Relato: Luna llena en Memphis.

Capítulo 7.

luna

–  ¡Esto es culpa mía! ¡Si le pasa algo…!

Ambar le dio un apretón reconfortante en el hombro sin dejar de mirar su Tablet. Entendía el miedo y la culpa de la otra mujer pero no podían permitirse perder el tiempo autocompadeciéndose.

No, si querían encontrar con vida a su compañero.

–  No creo que le mate. Lo está usando de escudo para detenerte, está claro. Tenemos que averiguar por qué necesita que estés lejos de él.

–  ¿A parte de para que no le mate?

–  A parte de eso, sí. Con salir de la ciudad tendría suficiente. ¿Por qué usarle a él de parapeto? No es su modo de actuar. Él no pierde el tiempo con esa clase de tonterías.

Lamentablemente, Astrid debía darle la razón. Bauman no era conocido por usar esa clase de trucos. Era más de atacar directamente. Estaba claro que trataba de desviar la atención de otra cosa. Probablemente, del trabajo que estaba haciendo allí.

–  Pues si… ¿Qué estás haciendo?

–  Usar una aplicación para encontrar mi móvil.

–  ¿El chico está en manos de un psicópata peligroso y una arpía y tú te pones a buscar tu móvil? – no sabía si estaba más sorprendida o indignada. La loba le dirigió una mirada de condescendencia.

–  El móvil estaba en el coche. Tú sabes, ese coche que se llevaron con el chico. – Astrid notó como le ardía el rostro de la vergüenza.

–  Sigue buscando. – gruñó.

Ambar sonrió y siguió mirando la pantalla de su Tablet. A los pocos minutos la aplicación le mostraba una ubicación en el mapa donde, aparentemente, estaría el coche y, en su interior, el teléfono móvil que afortunadamente no cogió cuando decidieron entrar en el hotel.

Con suerte, el chico no estaría muy lejos del vehículo, o eso esperaba.

Resultó que el coche estaba aparcado en los alrededores de las instalaciones de un Motel 8 que parecía haber vivido mejores años. Ambas mujeres se acercaron al coche que, como imaginaron, se encontraba vacío. El motor estaba helado, lo que indicaba que llevaba un buen rato ahí parado.

Astrid rebuscó entre las cosas del interior, por si encontraba alguna pista mientras la loba cogía su mochila con su teléfono dentro.

–  Voy a preguntar en la recepción del motel, por si han visto algo. – anunció Ambar. – Aunque no creo que estén por aquí. Lo siento.

–  No… lo encontraré. – afirmó la gorgona. – No va a poder esconderse de mi para siempre.

Cuando Ambar se fue y la dejó sola, Astrid bajó la visera del piloto, encontrando un papel doblado y enganchado a ella. Al levantar la mano del volante, pudo ver la flecha dibujada con rotulador que apuntaba hacia arriba, lo que le dio la pista.

Al abrir el papel y leer su contenido la rabia y preocupación que sentía se intensificó. Sin esperar a que la loba regresara, arrancó el coche y salió a toda velocidad del aparcamiento.

«Si quieres recuperar a tu amigo ven a la dirección que te indico, sola. Voy a terminar lo que empecé el día que acabé con tus monstruosa familia, engendro.»


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