Relato: Luna llena en Memphis.

Capítulo 6.

luna

 

–  ¿Una arpía?

–  Tal como oyes, chico. Esa criatura puede romperte los tímpanos con uno solo de sus gritos.

Ambar aún se frotaba los oídos, dolorida.

–  No hace falta que lo jures. – gruñó.

Habían conseguido huir del motel y coger el coche y no pararon hasta que estuvieron seguros de no les estaban siguiendo. Se escondieron en un parque local, lo bastante alejado del centro como para no estar abarrotado pero aun lleno de familias.

Astrid no tardó en acercarse a un puesto de perritos a comprar su tercer desayuno. A veces parecía un hobbit. Ambar la siguió y las dos mujeres dejaron al vendedor muy sorprendido, con varios dólares de más y media docena de perritos y pretzel menos.

–  ¿No me has comprado nada? – bromeó el chico al ver aparecer a su amiga cargada de comida. Esta le dirigió una mirada torcida pero le ofreció uno de sus perritos con mostaza y cebolla. – ¡Gracias! ¿Y como nos deshacemos de la arpía?

–  No te voy a mentir. Lo tenemos complicado.

–  A parte de la voz, es muy fuerte. – añadió Ambar. – Nos va a costar detenerla si va detrás de nosotros, como parece. Y no tienen puntos débiles.

– ¿Puntos débiles?

– Como por ejemplo… a ella… – Astrid señaló a Ambar. – …le afecta la plata. No tanto como cuentan las leyendas, pero si lo suficiente como para provocarle quemaduras y dolor. – el chico asintió, entendiendo.

– Pero las arpías no tienen nada que las debilite.

–  Nop.

–  ¿Y las armas normales? Digo… las balas le harán algo, ¿verdad? – preguntó, acabando su comida.

–  Si y no. Le harán daño, claro. Pero no tanto como quisieras. Vas a necesitar tener muy buena puntería o meterle más de una en el cuerpo para detenerla.

–  Que bien.

Alec las observó comer en silencio. Su vida había dado un giro radical desde que acabara metido en todo ese lio pero no lo cambiaria por nada. Jamás se arrepentiría de haberse enterado de todo lo que se escondía a plena vista (la Comunidad, la magia, La Orden) y, desde luego, seguía queriendo ayudar a Astrid en su venganza. Sobre todo porque no quería dejarla sola. La conocía desde hacía poco pero la veía tan obsesionada que temía que la venganza acabara consumiéndola.

–  Está claro que la ha debido enviar Bauman. Si conseguimos averiguar de donde ha salido la arpía, podríamos encontrar a ese desgraciado.

–  ¡Me gusta como piensas! Un humano es fácil de esconder. ¿Una arpía? No tanto. ¡Vamos!

Resultó ser más fácil de lo que pensaron en un primer momento. No vivían arpías en Memphis y la llegada de una no pasó desapercibida para la Comunidad. La arpía en cuestión se llamaba Lilith Red y era originaria de Las Vegas. La Comunidad perdió contacto con ella tres años atrás en los que se presumía que empezó a trabajar para La Orden.

Ahora esas sospechas se habían confirmado.

La gente a la que preguntaron también les indicó dónde se estaba alojando. Un lujoso hotel en el centro. Nada discreto, pensó Astrid con amargura, pero era lo normal cuando se trataba de Bauman. Ese hombre nunca se escondía, realmente.

–  Alec, tú espera en el coche y vigila que no se escape nadie. – soltó la gorgona, para asombro del chico. – Nosotras vamos a entrar.

–  No estoy nada de acuerdo con ese plan.

–  Lastima que esto no sea una democracia. – se burló Astrid, saliendo del coche y dejando atrás a un enfurruñado Alec.

Las dos mujeres desaparecieron en el interior del hotel. Alec las vio marcharse desde el asiento del conductor, molesto.

Entendía que ellas fueran primero, ya que eran mucho más fuertes pero le dolía que le hubieran dejado atrás. Había sido policía y podía manejar una situación así.

Sin embargo, ahí estaba. Dejado atrás como una colilla.

–  Pues no pienso volver a comprarle un pretzel. – refunfuñó.

–  ¡Oh! ¿No es adorable? – la voz le pilló tan de sorpresa que saltó en el asiento y se golpeó la cabeza contra el techo del coche.

Al girarse se le heló la sangre en las venas. Sentado tras él y con una pistola apuntándole a la cabeza estaba Dolph Bauman.

¿Qué hacía ahí? ¿Cómo había llegado al coche?

–  ¿Qué cojones?

–  Veras, he visto que tu amiguita ha decidido entrar a buscarme, así que he salido porque me gusta no ser de piedra y seguir vivo. Pero para evitar que trate de seguir intentando matarme, voy a llevarte conmigo y usarte como escudo. ¿Qué te parece? – Alec tragó en seco. Estaba muy jodido.

–  Que no me gusta la idea.

–  Una lastima. ¿Lilith? – la arpía apareció de repente y abrió su puerta, empujándole al asiento del copiloto mientras ella se sentaba tras el volante. – Vamos a dar un paseo con el chico, gorrioncito.

–  Si, señor.


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