Rugidos del corazón. Capítulo 4.

Kenny se ocultó en las afueras durante un par de días antes de poder alejarse de la ciudad. La paliza sufrida a manos de sus ejecutores no le dejó otra opción que esperar.

Tenía un ojo tan hinchado que apenas podía ver y las costillas le dolían tanto que le costaba incorporarse y andar.

Además, necesitaba algo más de ropa y provisiones, por lo que, cuando pudo moverse, regresó a la ciudad e hizo unas rápidas compras. Tuvo que esconder su rostro bajo la capucha de una sudadera para que nadie le reconociera ni viera sus heridas.

Corría peligro de que le volvieran a golpear o algo peor si le atrapaban en la ciudad tras ser desterrado.

Pero, una vez aprovisionado y algo más recuperado, se encontró con otro problema.

¿Hacia dónde ir?

Kenny no tenía más familia ni amigos fuera de Winnipeg a los que pudiera acudir y sabía que no tenía suficiente dinero para dirigirse hacia el sur y establecerse.

Seguir con sus planes de buscar una pareja y formar su propia familia también estaban descartado. Ya no era más un alfa, si no un omega. Ningún león que se preciara se relacionaría con un omega y tras lo ocurrido con Cody no pensaba volver a acercarse a un humano ni para pedirle la hora.

Irónicamente, fue su padre quien le dio la solución a su problema. Al menos, una solución temporal.

Años atrás, escuchó a su padre hablar de un lugar en la zona del Yukón que era un refugio para los desamparados y los perseguidos.

Destruction Bay.

Pero iba a ser un viaje largo y muy complicado para hacerlo a pie ya que el lugar estaba bastante aislado.

La suerte le sonrió, ya que al poco de salir un camionero le recogió y se ofreció a acercarle hasta Alberta, lo que significaba la mitad del camino hecho.

Mientras el camionero hablaba sin parar, Kenny repasó su plan, ese que había estado gestando mientras se recuperaba de la paliza.

Llegaría a Alberta y allí intentaría encontrar algún trabajillo que le permitiera ahorrar algo de dinero. Compraría un billete de autobús hacia Whitehorse y de allí saldría rumbo a Destruction Bay.

Solo esperaba que no le prohibieran la entrada a la ciudad o la estancia por ser un desterrado o por sus antecedentes.

Se preguntó si el Consejo le habría puesto antecedentes criminales además de la marca o si habrían dejado fuera de la ley humana el asunto del tiroteo. Con la paliza no tuvo muchas oportunidades de preguntar nada, pero esperaba que hubieran dejado el asunto lejos de la ley humana. La marca de omega ya le cerraría suficientes puertas.

Mike, el camionero, fue muy amable con él. Incluso le invitó a comer en una de las paradas para camioneros, poco antes de llegar a Alberta. Kenny no se había sentido con muchos ánimos de hablar, pero le dejó entrever que le habían echado de casa sus padres, cosa que no era del todo mentira. Eso despertó aún más las simpatías del hombre.

– Escúchame, chico. Si de verdad quieres llegar al Yukón aun te queda un largo camino, así que no debes malgastar el dinero. – Kenny asintió. Su madre había dejado algo de dinero en su mochila, pero apenas le llegaría para un mes o poco más. No era suficiente. – Te voy a dejar cerca del centro, donde podrás encontrar un albergue para gente sin hogar. Allí tendrás comida caliente dos veces al día y cama para unas cuantas noches.

– No puedo… habrá gente que lo necesite más. – sin embargo, se dio cuenta de que esa era ahora su situación. Estaba en la calle y sin dinero ni trabajo.

Era, oficialmente, un indigente.

– ¡Tonterías! Cuando vean a un chico tan joven, te ayudaran. Incluso puede que te consigan un trabajo temporal para conseguir algo más de dinero. Obviamente, esa ayuda es muy limitada y solo podrán darte alojamiento y comida por unos pocos días. Así que aprovéchalo para ahorrar dinero. No intentes ir a Whitehorse haciendo autostop. Morirás congelado antes.

Kenny intentó memorizar todo lo que le decía. Cuando un par de horas después, Mike le dejó en el centro de Alberta y le indicó hacia dónde debía dirigirse, Kenny lo hizo.

Así que se dirigió hacia el albergue, pidió asilo a uno de los voluntarios que repartían el almuerzo y el director le asignó una litera para tres noches, lo que era más de lo que esperaba al principio.

No hubo tanta suerte con el trabajo. Preocupado, se sentó en la litera, con su mochila a su lado.

– No dejes la mochila nunca sola o cualquiera de aquí te saqueara lo poco que tengas. – le advirtió una voz por encima de su cabeza.

Kenny alzó la mirada y se encontró con una cara envejecida y tostada por el sol con una barba cana y descuidada. El cabello, también cano, estaba semi oculto por una vieja y rápida gorra gris.

El león parpadeó, sorprendido al ver a su vecino de litera.

– Eso haré, gracias. – contestó, después de recuperarse de la sorpresa. El hombre le sonrió, mostrando unos dientes amarillentos y mal cuidados.

– ¿De dónde eres, chico? No te he visto por aquí antes. ¿Y qué te ha pasado en la cara? Parece que te haya arrollado un camión. – Kenny no pudo evitar sonreír por la observación.

– De Winnipeg. Y más bien fue un par de botas las que me arrollaron.

– ¡Ouch! ¿Winnipeg? ¿Y qué se te ha perdido por Alberta? – preguntó. – Nadie deja Winnipeg por Alberta.

– Voy camino a Whitehorse. – contestó el chico, encogiéndose de hombros. La sorpresa en el rostro del hombre era un poema. Si raro era dejar Winnipeg por Alberta, más raro era dejarla por Whitehorse, que estaba más aislada aún del mundo.

– ¿Para qué? Allí no hay nada más que hielo y más hielo.

– Tengo familia allí que puede acogerme. – mintió, esperando que no le siguiera cuestionando. Algo debió notar en su tono, porque el hombre dejó de preguntar.

– Bueno, soy Eddie, por cierto. – se presentó, bajando de la litera para ofrecerle su mano. – Vamos a ser vecinos unos días. ¿Cuál es tu nombre, niño?

– Kenny.

– Encantado, Kenny. He oído antes que buscabas un trabajo. – el chico asintió. – Sé de un sitio donde te podrían ayudar.

Resultó que Eddie acostumbraba a echar una mano cargando mercancía en una tiendecita de conveniencia cuyo dueño estaba muy mayor para hacerlo él solo. Le daba poco, pero era suficiente para Eddie.

El problema era que el mismo Eddie empezaba a estar mayor para cargar tanta mercancía, así que iba a dejar de ir a la tienda. Acompañó a Kenny hasta la tienda y habló por él ante el dueño.

Al acabar el primer día, Kenny estaba agotado, con los brazos doloridos de tanto cargar y descargar cajas del camión al almacén, pero con veinte dólares más en el bolsillo y el estómago lleno.

El día siguiente fue un poco más de lo mismo. El dueño de la tienda estaba muy contento con él y su trabajo. Kenny jugaba con ventaja, ya que los leones eran mucho más fuertes y resistentes que los humanos y podía descargar el camión más rápido que otros.

Pero al regresar comprobó que había llegado un grupo nuevo al centro buscando refugio, como los demás. La diferencia era que este grupo de cuatro hombres bastante grandes, molestaban y trataban de robar a los demás.

Kenny les vio intimidar a varios, intentando y consiguiendo que algunos le dieran su dinero o comida. El joven león se mantuvo aparte, no implicándose. Ya tenía suficientes problemas como para además meterse en uno más por enfrentarse a unos matones.

Cuando intentaron que él les diera su dinero, Kenny simplemente se dio la vuelta y salió del albergue para dar una vuelta antes de cenar. Lo bueno de medir más de metro noventa era que pocos se atrevían a buscar pelea con él.

Cuando regresó, se dirigió al comedor, para la cena, pero no vio a Eddie por ningún lado, algo que le extrañó. Desde que se conocieran en el dormitorio, el hombre siempre le acompañaba para aconsejarle y contarle sobre su pasado.  Al preguntar, nadie quiso responderle y Kenny empezó a sospechar que algo iba mal.

Fue hacia las literas, buscándole, y se encontró con Eddie, echado en su cama. Al acercarse comprobó, como temía, que le habían dado una paliza. Tenía marcas de puños en el rostro y el torso. También parecía tener marcas de botas.

Kenny gruñó, rechinando los dientes al ver el estado del hombre que había sido tan amable con él.

– ¿Quién ha hecho esto? – Eddie tosió, pero le dio una débil sonrisa.

– ¿Tú quién crees? – preguntó de vuelta y el león no necesitó más respuesta. – Ahora, no vayas a hacer nada estúpido, niño. Son cuatro y podrán contigo por muy grande que seas. Tipos como esos nunca pelean limpio. – al ver la expresión del chico, Eddie se puso serio. – Kenny, no hagas ninguna tontería. Uno de ellos es muy propenso a sacar la navaja y no quiero que te haga daño.

Kenny forzó una sonrisa, intentando calmar a su amigo. Se levantó despacio y dejó su mochila en la cama, junto al hombre.

– No te preocupes. Solo voy a pedir algo de hielo a la cocina, ¿vale? Cuídame la mochila mientras tanto. No voy a tardar.

– ¡No hagas nada estúpido, Kenny! – le gritó el otro mientras le veía marchar.

El joven león se encaminó al comedor, donde sabía que los otros estarían, ya que se quedaban hasta que les echaban para cerrar. Solían aprovechar para jugar a las cartas y seguir trapicheando lo que fuera que trapichearan.

Pero esa noche no iba a dejarles hacer sus cosas.

Se acercó a su mesa, donde los otros le recibieron con risas socarronas.

– ¿Qué pasa, niñato? ¿Algún problema? – le preguntó el cabecilla del grupo, un tipo lleno de tatuajes al que llamaban Mike. Kenny gruñó, tan fuerte que los otros le escucharon y retrocedieron un poco.

– ¿Por qué has pegado a Eddie?

– ¿Nosotros? – Mike fingió espanto, haciendo reír a sus compañeros. – Estás equivocado. Eddie nos ha atacado y nosotros nos hemos defendido, ¿verdad, chicos? – los otros tres rieron la broma, asintiendo. – ¿Ves? Es más, creo que debería denunciar a Eddie por ese ataque. Es un tío muy peligroso.

La amenaza de la denuncia y las burlas ya fueron la gota que colmó el vaso. Se acercó y cogió al cabecilla de la pechera de la camisa, levantándole a pulso del asiento.

Eso asustó bastante a los otros tres, que no esperaban semejante respuesta por parte de Kenny. Este le acercó a su rostro, para gruñirle. Sus ojos brillaron con la luz verdosa que delataba la criatura sobrenatural que era.

– Si vuelves a tocar a Eddie, te sacaré el corazón con mis propias manos. ¿Entiendes? Eddie está fuera de tus límites. No se le vuelve a tocar. – casi rugió, lanzándolo contra una pared cercana.

– ¡Vas a arrepentirte de esto, imbécil!

Los otros tres se lanzaron contra él, recuperados de la sorpresa, pero Kenny les esquivó y golpeó hasta dejarlos tirados en el suelo, gimoteando. No les había hecho daño, realmente. Pero estarían lo suficientemente adoloridos como para no intentar ninguna otra estupidez como volver a atacarle.

Su cabecilla sí que lo intentó, demostrando no ser muy inteligente. Se levantó del suelo, sacando una navaja del bolsillo y trató de clavársela en el costado. El joven león la esquivó y le sujetó la mano, retorciéndosela hasta hacerle tirar el cuchillo que cayó al suelo con un tintineo.

– Salid de aquí antes de que decida terminar con vosotros. – rugió, tan fuerte que llamó la atención de algunos de los trabajadores del centro.

Kenny maldijo mentalmente al verlos cuchichear entre ellos, mirándole asustados. Salió del comedor para ir a los dormitorios, donde Eddie ya se había incorporado, sentándose en la cama. Le recibió con una expresión de reproche que no se molestó en disimular.

– Te dije que no hicieras nada estúpido. – le recriminó. Kenny se encogió de hombros. No se arrepentía.

– Están bien y yo también.

– Si, pero los del centro no dejan pasar las peleas ni las amenazas. Son motivo de expulsión.  

– A ellos sí.

– A ellos tampoco. Lo hacen cuando nadie mira. Y a ti te hemos escuchado todos amenazarles. Vas a tener que irte, chico. No van a tardar mucho en pedírtelo. – Kenny suspiró.

Tenía pensado pasar un día más en la ciudad, pero tampoco le importaba marcharse algo más temprano de lo esperado. No se sentía cómodo allí. Recogió su mochila y le dio una sonrisa de agradecimiento al otro hombre.

– Gracias por tu ayuda, Eddie. De verdad. – Eddie le estrechó la mano, apesadumbrado.  

– Ten cuidado en tu viaje, chico. Espero que llegues bien a tu destino.

– Yo también. Cuídate.

Sin esperar a que le echaran, Kenny fue hacia la estación de autobuses, donde compró un billete a Whitehorse, como tenía planeado. Una hora más tarde, estaba en la carretera, rumbo a su nuevo destino.

Rugidos del corazón. Capítulo 2.

Un mes y medio más tarde, Kenny y Cody estaban juntos y todo el mundo en Winnipeg lo sabía. Incluso su familia.

Eran, extraoficialmente, una pareja.

Kenny estaba muy feliz. Su familia, no tanto.

Faltaban tres semanas para su cumpleaños y, por lo tanto, un mes escaso para su viaje. Su padre había guardado silencio sobre su relación hasta ese momento, pensando que era nada solo un capricho.

Su hijo no podía emparejarse con un humano. Era inconcebible. Pero conforme fueron pasando los días comenzó a preocuparse más y más.

Hasta que ocurrió lo que más se temía.

Kenny bajó al despacho en la biblioteca y tocó a la puerta, indeciso. Sabía que lo que quería decirle a su padre no iba a gustarle nada. Pero era su vida y su decisión y su familia debía aceptarla.

O eso esperaba.

Cuando le dio permiso para entrar, cogió aire y forzó una sonrisa.

– ¿Ocurre algo, hijo? – su padre, el alfa estaba sentado tras su escritorio. Estaba terminando de guardar unos papeles en un sobre grande y marrón. – Pareces preocupado.

– No… o sea, sí. – tartamudeó. – No estoy preocupado, papá. Pero si ocurre algo. – su padre arqueó una ceja y se levantó para guardar el sobre marrón en su caja fuerte.

Era una de esas cajas fuertes pequeñas, incrustada en la pared y escondida tras un cuadro de un paisaje africano. Todo muy tópico, pensó Kenny.

– Vas a tener que explicarte un poco más.

– Veras… – el chico tragó en seco. – No voy a andarme por las ramas. Sabes que estoy saliendo con Cody.

– El humano. – eso le irritó. ¿Por qué no podía ver más allá de la raza de su pareja? Nunca usaba su nombre.

– Si, papá, el humano. Tiene nombre, ¿sabes? – su padre hizo un gesto restándole importancia.

– ¿Y qué pasa con él? ¿Te has cansado ya de jugar con él?

– No juego con él, papá.

– Lo que sea.

– Y no, no me he cansado. Sigo con él y estoy muy feliz a su lado. Lo que me lleva a lo que me trae aquí… no voy a hacer la excursión.

Su padre se quedó clavado en el sitio, mirándole. Muy muy quieto. Extremadamente quieto y silencioso.

Y eso no era bueno.

Kenny tragó en seco cuando le vio sentarse, sin apartar la mirada de él con una mueca de disgusto enorme en su rostro.

– ¿Qué quieres decir con que no vas a hacer la excursión? – rugió bajo, haciendo que Kenny retrocediera un paso sin darse cuenta. – Tienes que hacerla. Es tu obligación como alfa y futuro Alfa de manada salir y encontrar a tu pareja para formar una familia.

– Ya he encontrado a mi pareja. – su padre soltó una carcajada sin humor.

– No te estarás refiriendo a ese humano, ¿verdad? No puedes tener a ese humano de pareja, Kenny.

– No hay ninguna norma que lo prohíba.

El joven león vio como su padre respiraba profundamente, en un intento por calmarse. Pero Kenny sabía que no serviría de mucho. Su padre no era el león más paciente del mundo y siempre perdía los nervios, especialmente con él.

– Kenny, te he dejado jugar con ese humano porque creía que era un capricho. Una última aventura antes de salir y seguir con la tradición. Está claro que cometí un grave error.

El chico sintió enrojecer sus mejillas de pura rabia. ¿De verdad pensaba su padre que hubiera dejado de ver a Cody solo porque él se lo pidiera?

Por lo visto, sí.

– Primero, no he estado jugando a nada. Cody es mi pareja y así va a seguir siendo. Me voy a emparejar con él.

– ¡De eso nada! – gritó el Alfa, haciendo temblar los cristales de las ventanas.

– Me temo, papá, que no tienes voz ni voto en esto. – replicó Kenny, intentando mostrar una calma que no sentía. No tenía miedo de su padre pero no le apetecía nada un enfrentamiento entre ambos.

– ¿Eso crees? – su padre parecía furioso. Sus ojos, normalmente del mismo tono celeste que los de Kenny, estaban brillando con esa luz verdosa antinatural que les delataba como cambia formas. – ¡Mientras vivas en mi casa y bajo mi techo, tú obedecerás lo que te diga! – le rugió.

Los cristales del despacho volvieron a temblar y un vaso que había sobre el escritorio cayó al suelo, haciéndose pedazos.

Kenny frunció el ceño, entre enfadado por la cabezonería de su padre e indignado por su idea de que Kenny debía obedecerle ciegamente solo por vivir en su casa.

Bien, eso tenía una solución muy sencilla.

– No te preocupes por eso. Cojo algo de ropa y me voy. Así no podrás mandarme en nada más. Y seguiré con Cody. – gruñó, dándose la vuelta para salir pisando fuerte del despacho.

– ¡Kenneth! ¡No te atrevas a desobedecerme!

– ¡Oh, claro que me atrevo!

Furioso, Kenny subió a su habitación y llenó una vieja mochila con algo de ropa antes de colgársela al hombro y marcharse.

¿Por qué tenía que ser su padre siempre tan difícil? ¿No podía simplemente alegrarse de que hubiera encontrado a su pareja tan rápido?

Otros padres seguro que estarían felices de que sus hijos no tuvieran que hacer ese estúpido viaje. El suyo, no, claro. El suyo le quería lejos para que no se mezclara con humanos y estropeara la reputación de la familia.

¿Cómo podía ser tan absolutamente racista?

Su padre necesitaba aprender que ya no vivían en el siglo pasado y que si él quería emparejarse con Cody, lo haría.

Cody había sido muy bueno y comprensivo con él cuando le explicó lo que era. Y se había mostrado bastante afectado cuando le contó sobre la excursión.

Kenny no quería separarse de él. Le quería y estaba bastante seguro de que era correspondido. ¿Por qué iba a dejar eso para salir en busca de algo que podía tener en casa?

¡Era ridículo! Pensó mientras salía de su casa y cogía su coche. Se dirigió a casa de Cody, confiando en que ya estaría de regreso del trabajo. Le explicaría que había ocurrido y le pediría que le dejara pasar la noche allí.

Lo cual sería la primera vez.

A pesar de llevar ya mes y medio saliendo, Kenny apenas había pisado la casa de su pareja. Un par de veces, para recoger algo y poco más pero nunca se había quedado allí a dormir. Cuando habían mantenido relaciones siempre lo hacían en el coche o en un motel.

Nunca en casa de Cody.

Bueno, en esa ocasión no iba a poder negarle el pasar la noche allí.

Kenny aparcó frente al edificio del otro y subió a su apartamento, en el tercer piso. El edificio era un bloque de apartamentos de uno o dos dormitorios, la mayoría en alquiler, con la fachada color crema y puertas negras. Resultaba muy anodino pero el interior, al menos en el caso del piso de su pareja, mejoraba.

Cody le abrió la puerta y le arqueó una ceja al verle allí con la mochila al hombro, pero le dejó pasar, cosa que Kenny agradeció.

– ¿Qué ha pasado? – le preguntó, simplemente haciéndole un gesto para que se sentara en el sofá con él.

– He hablado con mi padre.

– E intuyo que no ha ido muy bien. – comentó, señalando con un gesto la mochila.

– No demasiado. ¿Te importa si duermo esta noche aquí? – Cody le sonrió, rodeándole los hombros con un brazo.

– Claro que no. Pero ¿qué ha pasado exactamente?

– Mi padre no aprueba que esté contigo. – suspiró el león. – Eso pasa.

– Era algo que sabíamos que pasaría, Kenny.

– Si, lo sé, pero no esperaba que se negaría en redondo a todo.

Cody le atrajo en un medio abrazo, dándole un beso en el cabello. Kenny suspiró, relajándose por primera vez en todo el día gracias al aroma del otro.

– Me dijo que mientras viviera en su casa tenía que obedecerle y dejarte. Así que me he venido aquí. – el otro soltó una risita.

– Los padres suelen usar mucho ese discurso. Nunca funciona, pero no lo cambian. ¿Y qué vas a hacer ahora?

– No quiero dejarte.

– No tienes por qué. Pero no nos podemos quedar aquí.

– ¿Por qué no? – preguntó Kenny, sorprendido.

– Porque si nos quedamos, tu familia estará siempre intentando interferir entre nosotros. Y acabaran consiguiéndolo, Kenny.

Eso le pilló por sorpresa. En sus planes nunca entró la posibilidad de que su familia tratara de separarlos a toda costa, pero ahora que Cody lo había comentado, lo veía muy posible.

Su padre jamás se detendría y seguiría insistiendo y haciéndoles la vida imposible hasta que Kenny entrara en razón.

– ¿Entonces qué podemos hacer?

– Debemos marcharnos. Lejos. Al sur. Podemos ir al sur, donde haya mar y sol y no tanto frio.

Eso animó a Kenny. Eran los mismos planes que él tuviera antes de conocer a Cody. Viajar al sur y alejarse de la nieve y el frio. Si. Podían ir a California. O a Texas. Cualquier sitio caluroso sería mejor que Winnipeg, Manitoba.

– Si. El sur estaría bien. ¿California? Podríamos ir a San Diego. O Los Ángeles. – Cody le sonrió, indulgente.

– Si, claro que sí. Pero para eso necesitaremos dinero. Yo tengo algo ahorrado, pero no creo que sea suficiente. – Kenny frunció el ceño.

Por supuesto que necesitaban dinero para el viaje. Y para quedarse en algún lado mientras encontraban como mantenerse. Él no temía trabajar, pero no podían vivir en el coche eternamente.

Kenny también tenía algo de dinero ahorrado, para la excursión. Le daría para sobrevivir sin muchos lujos y durmiendo en el coche algunos meses, pero para dos personas y quedándose en un motel, ese tiempo se reducía considerablemente.

No era suficiente dinero.

– Yo tengo algo también. Pero no será bastante. Incluso si unimos lo de los dos. – confesó, desanimado. Cody se inclinó y le dio un beso.

– ¿Podríamos cogerle algo prestado a tu padre? – le sugirió, antes de volver a besarle.

– ¿Robarle? No creo que… – el humano le interrumpió, poniendo un dedo sobre sus labios.

– No, no. No robar. Coger prestado. Cuando nos establezcamos y tengamos un trabajo para mantenernos, le enviaremos el dinero de vuelta, por supuesto.

Kenny le miró, dudoso. Estaba muy enfadado con su padre y deseaba por encima de todo estar con Cody y marcharse de ese lugar. No había nada ahí que le retuviera. Pero… ¿robar a su padre? Incluso con la promesa de Cody de devolvérselo cuando pudieran no estaba muy convencido.

Su pareja notó sus dudas, porque le sujetó del rostro y le besó de nuevo, esta vez más profundamente para luego dedicarle una mirada triste.

– No pasa nada, cariño. No tenemos que hacerlo si no quieres. Podemos esperar y reunir algo más de dinero. En unos meses puede que tengamos lo suficiente.

Kenny le observó durante un minuto y suspiró. ¿Podían permitirse esperar tanto? ¿O su familia interferiría para separarlos antes?

¿Podía arriesgarse a eso solo por sus escrúpulos?

Volvió a mirar a Cody, el cual estaba buscando algo de beber en la nevera.

No estaba seguro de lo que iba a hacer y, seguramente, era un error enorme. Pero no podía esperar a estar con Cody bien lejos de allí, donde nadie de su familia pudiera incordiarles.

Lejos, lejos… bien lejos.

Se levantó del sofá y se acercó a su pareja, abrazándole por la espalda para darle un beso en la nuca.

– Mi padre tiene una caja fuerte en su despacho y sé la contraseña. Normalmente suele guardar documentos, pero también algo de dinero. No creo que tenga más de dos mil ahí. ¿Será suficiente? – Cody sonrió.

– Será perfecto.

Rugidos del corazón. Capítulo 1.

(Ese es el título provisional porque, si, después de dos años y sumando aún no le he puesto título al borrador. Poner títulos se me da fatal y lo odio…)

Como tengo medio borrador corregido he decidido irlo subiendo aquí y a mi Tumblr. Hasta donde está corregido queda bien, así voy tanteando si gusta o no. Espero comentarios cuando la historia avance.


Capítulo 1.

«Una mala decisión puede arruinar tu vida.»

Kenny había escuchado decir esa frase muchas veces a su padre, pero nunca pensó que fuera cierta hasta que le ocurrió a él.

Pero siendo un joven león a punto de cumplir su mayoría de edad era normal que se creyera intocable.

Los leones como Kenny eran una variante más del cambia formas, como los lobos, los tigres o los zorros. Seres que nacían con la capacidad de pasar de una forma a la otra sin problemas, más animales que humanos en muchos sentidos. Desde hacía siglos, vivían sin ser notados en ciudades y pueblos.

Los lobos eran la versión más común, tanto que se habían colado en la mitología humana. Lobos rebeldes o enfermos que se volvían descuidados o indiscretos frente a los humanos creando las leyendas sobre hombres lobos.

Los leones, sin embargo, eran mucho menos sociables. Vivían entre los humanos, pero sin mezclarse y casi sin relacionarse con ellos, ya que, al principio, estaba terminantemente prohibido.

Así pues, existían manadas de leones por todo el mundo aunque en un numero bastante más pequeño que sus primos los lobos. Sus antiguas y estrictas costumbres empezaban a hacer mella en su número ya que les prohibían mezclarse con otras razas.

Por suerte, algunas manadas empezaban a ser más flexibles. En la zona de California y más al sur, las familias de leones habían empezado a emparejarse con humanos e, incluso, otras razas mágicas.

Pero en el norte aun no llegaba esa idea. Ahí, en Winnipeg, Manitoba, las cosas seguían exactamente igual que hacía siglos.

Y Kenny estaba muy aburrido de ello.

Siempre veía y hablaba con las mismas personas y de los mismos temas. Día tras día.

Para alguien con la mente inquieta del león eso era una tortura. Estaba deseando que llegara su cumpleaños para poder salir de allí y marcharse lo más lejos posible.

La única costumbre antigua de su raza que el joven encontraba interesante decía que cuando un león cumplía la mayoría de edad debía salir en un viaje buscando a su pareja definitiva y formar su propia familia, lejos de la de nacimiento. Una costumbre ancestral para evitar luchas territoriales y que se remontaba a los años cuando los leones eran mucho más numerosos.

Kenny no veía la hora de coger su coche y desaparecer de ese lugar. Iría al sur, bien lejos del frio de Canadá. Pasaría la frontera y conduciría hasta llegar a la playa. Nunca había visto el mar y deseaba poder bañarse en aguas cálidas y pasear sin camiseta.

Cuando ya tuviera su pareja, algo que no dudaba tardaría poco en suceder, se establecerían en una zona como Texas o Montana. Ambas opciones le apetecían mucho, ya que quería zonas abiertas y campo. No quería más ciudades grandes que le producían claustrofobia.

No. Cuando encontrara a su pareja se irían a un sitio con mucho espacio libre. Le daba igual si era bosque, desierto o playa. Él solo deseaba kilómetros y kilómetros de espacio para correr.

Un lugar donde hubiera espacio para convertirse y que nadie les descubriera.

Aunque a Kenny no le gustaba demasiado convertirse en león. Los leones no necesitaban convertirse cada cierto tiempo, como les ocurría a los lobos. Era algo que se hacía por comodidad, no por necesidad. 

Pero a Kenny no le hacía gracia recordarse que no era humano. Si, ser un león tenía muchas ventajas, como la visión, el olfato, la fuerza. Pero también muchas desventajas, como la limitación a relacionarse con los demás a causa de su condición.

Sus padres, ambos los alfas de la familia y, por tanto, quienes dirigían su pequeña manada de la ciudad de Winnipeg, eran bastante estrictos. Solo le habían tenido a él, algo muy poco común en su raza, ya que lo normal era que las leonas tuvieran trillizos o gemelos. Pero, por algún motivo, su madre solo le tuvo a él.

Ser hijo único le brindó una infancia muy solitaria y sus padres no pudieron impedir que hiciera amistad con los humanos con los que compartía estudios.

Pero, claro, no le permitían participar en las actividades deportivas ya que su agilidad y fuerza destacaría sobre la de los otros niños y le descubrirían.

A pesar de todo y de su disconformidad, Kenny pudo estudiar en un colegio e instituto humano. Ahora, sus amigos se preparaban para ir a la universidad mientras él pensaba en el viaje que debía emprender en unos meses.

Un par de meses antes de su cumpleaños, su amigo Adam le invitó a la fiesta que celebraba antes de empezar la universidad. Kenny no era muy aficionado a esa clase de fiestas porque sus amigos siempre intentaban que bebiera y él detestaba el alcohol.

Aún así asistió, ya que esa sería una de las últimas ocasiones en las que vería a sus amigos antes de partir él también.

Y fue allí donde le conoció.

Estaba en la mesa de las bebidas sirviéndose un refresco cuando vio por el rabillo del ojo a un tipo grande con traje ponerse a su lado. Sus amigos eran más de usar vaqueros y sudaderas, así que un traje en esa fiesta era algo que llamaba mucho la atención. 

Kenny le echó un discreto vistazo. El tipo parecía algo mayor que todos los que estaban ahí. Su traje era gris oscuro de tres piezas, con una camisa blanca y una corbata morada que llevaba con el nudo flojo, como si no se decidiera si quitársela del todo o no.

Kenny se giró para poder observarle mejor. Era más o menos de su estatura, con el cabello corto pintado de rubio y los ojos azul oscuro. Muy atractivo y con aire elegante que no provenía únicamente de la ropa.

Kenny no podía considerarse así mismo feo. Sabía que era bastante guapo. Casi metro noventa, con una larga melena rizada rubia y los ojos celestes. Muchas chicas le consideraban simpático y con una bonita sonrisa.

Pero al lado de ese tipo se sintió muy poquita cosa. Y cuando este le miró y le sonrió, sintió arder las mejillas de vergüenza al ser atrapado comiéndoselo con los ojos.

– ¡Hola! Soy Cody, amigo de Allen, que es amigo de Adam… y, bueno… ¿Qué tal? – Kenny se sintió un poco mejor al verlo tan incómodo. Y menos intimidado.

– Encantado, Cody. Soy Kenny, amigo de Adam y Allen. No pareces que hayas estudiado con ellos. – añadió, señalando su ropa. – ¿De qué los conoces, si se puede preguntar?

– Trabajo como becario en la firma de abogados del padre de Allen. Él se suele pasa por allí a saludar a su padre y este nos presentó. Hoy me comentó si me apetecía pasar un rato agradable en la fiesta de un amigo y acepté.

– Si, eso suena como Allen, siempre mirando por los demás. – contestó Kenny con una sonrisa boba. Le gustaban mucho los ojos de ese Cody. Eran celestes y muy bonitos.

– ¿Qué bebes? ¿Te apetece una cerveza? – Kenny negó.

– No, no bebo alcohol. Solo refresco.

– ¿Y eso? ¿Alguna razón en particular?

– No me gusta el sabor. – mintió, encogiéndose de hombros. No conocía a ese chico como para contarle la verdadera razón.

Cody rio por lo bajo y se acercó a él. Kenny se quedó congelado, como un ciervo que ve acercarse los focos de un coche hacia él y no puede moverse para esquivarlo. El otro alargó la mano y le apartó un mechón de la cara, la yema de sus dedos rozándole la mejilla.

– Oye, no conozco a casi nadie aquí y tú pareces simpático. ¿Te apetece salir de aquí e ir a comer una pizza ahí enfrente?

– Uh… claro… estaría bien.

Sin que nadie se diera cuenta se escabulleron de la fiesta. La verdad era que estaba tan llena de gente que su marcha pasó desapercibida.

Justo frente al edificio de Adam se encontraba la pizzería D-Jays, conocida en toda Winnipeg por sus enormes y sabrosas pizzas. Se sentaron en una mesa apartada en un rinconcito tranquilo y pidieron dos pizzas. Kenny se pidió una The Jericho, Cody una Nº1 y comieron y hablaron durante casi toda la noche.

Las horas volaron, mientras se contaban todo y nada y los camareros se vieron en la obligación de llamarles la atención porque el local iba a cerrar y ellos seguían en su mesa.

Al salir, Cody se ofreció a acompañarle al coche porque era tarde. Y, aunque Kenny lo veía ridículo, accedió porque le pareció un gesto muy dulce.

De camino al coche Cody le cogió de la mano y no le soltó hasta que tuvo que buscar las llaves. Cuando ya tenía la puerta abierta y se disponía a entrar, el otro le agarró de nuevo de la mano y tiró de él hasta tenerle casi en sus brazos. Kenny se quedó muy quieto, sin saber muy bien cómo responder a eso. Él era un alfa, solía ser el dominante siempre. No estaba acostumbrado a ser manejado por nadie.

– Me lo he pasado muy bien. ¿Puedo… puedo verte de nuevo? – le preguntó Cody con voz incierta. Y esa duda en su voz borró todas las que él mismo tenía.

– Claro. Eso me gustaría.

Con una sonrisa lobuna, Cody se acercó más y le besó en los labios. Solo un roce, pero le hizo sentir un cosquilleo desde los dedos de los pies hasta la cabeza.

No era su primer beso, pero jamás había sentido algo así al dar o recibir uno. ¿Por qué era eso?

Cuando se separaron, Kenny sentía arder sus mejillas y, al ver el brillo en los ojos de Cody, se le escapó un suspiro.

Mientras conducía hacia su casa, después de haberle dado su número al otro, se preguntó qué estaba haciendo.

Cody era humano y él se marcharía en un par de meses de viaje, cruzando la frontera y largándose bien lejos de allí.

¡No podía tener una relación ahora!

Y su familia nunca aceptaría que saliera con un humano.

¿Para qué molestarse?

Se rozó los labios, aun calientes por el beso y sonrió.

Si… ¿para qué molestarse?

Pero si le llamaba para tomar un café, ¿Qué mal había en eso?