Rugidos del corazón: Capítulo 8.

El día que Charles Andrews regresó a Destruction Bay, Kenny llevaba viviendo allí casi dos años.

Había oído hablar sobre él, un medio humano loco que se había unido a La Orden para poder aprender todo de la organización y ahora se dedicaba a tratar de fastidiar todos sus planes a la vez que ayudaba a los miembros de la Comunidad que lo necesitaban.

Ronald habló de él en un par de ocasiones, frente a Kenny y los otros.

Edgar también. Lo hizo el mismo día que apareció por la ciudad, indicando que se quedaría a dormir en la granja. El león sentía mucha curiosidad por el visitante.

¿Qué clase de persona sería?

¿Cómo podía alguien unirse a La Orden, incluso para estudiarla?

¿Qué motivos le impulsaron a hacer eso?

Esas y muchas más preguntas rondaban su mente mientras terminaba de limpiar el granero, la última de las tareas que le quedaban ese día. Tras eso, era libre para hacer lo que quisiera y Kenny estaba considerando sus opciones.

No era sábado, así que no había quedado con los otros. Pero podía bajar para tomar algo con Rose, si no estaba ocupada o, incluso, llamar a Jon y ofrecerle ver juntos el combate que había en la televisión esa noche.

¿Quién iba a decirle que una noche juntos haría que los dos forjaran una buena amistad? Amistad que, a veces, iba un poco más allá.

Salió del granero, dispuesto a entrar y darse una ducha cuando vio un coche desconocido acercarse a la puerta. Extrañado, espero a que el coche se detuviera y observó salir de él a un hombre vestido con traje negro y abrigo oscuro.

El tipo era alto, aunque no tanto como Kenny, con el cabello castaño oscuro, ensortijado y revuelto, como si hiciera días que no se peinara. La barba de varios días empezaba a ponérsele cana y las arrugas de expresión de su rostro mostraban que era bastante más mayor que él.

El hombre abrió el maletero y sacó una mochila que se colgó al hombro antes de que Edgar saliera de la casa y se acercara para saludarle afectuosamente.

Kenny decidió entrar y ducharse antes de que notaran su presencia.

Al salir del baño se tropezó cara a cara con él. Este le sonrió, con una sonrisa tentativa, ofreciéndole la mano para saludarse.

¡Que curiosa era esa costumbre humana de darse la mano!

Los leones solían frotarse las mejillas para saludarse y solo lo hacían con quienes eran cercanos. Así ofrecías tu aroma a un aliado y era, además, un gesto de amistad.

Pero los humanos ofrecían su mano a cualquiera. Lo había visto mil veces, incluso entre gente que no se soportaba.

  • Tú debes ser Kenny. Soy Charles Andrews. Edgar me ha hablado mucho de ti. – Kenny aceptó la mano, preguntándose qué sería lo que habría contado Edgar sobre él a ese tipo.
  • Tú eres el ex cazador. – Charles frunció el ceño antes de volver a sonreír, esta vez más confiado.
  • Si, lo soy. Veo que también te han hablado de mí.
  • Solo un poco. No conozco mucho de La Orden y de su gente. – Charles arqueó una ceja.
  • Curioso porque he oído tu nombre allí. Bastante, de hecho.

Kenny le miró, extrañado. Iba a preguntarle a que se refería, pero Edgar les avisó de que la cena estaba servida y decidió dejarlo para más tarde.

La comida pasó tranquila. Charles y Edgar comentaron sobre varias personas que conocían y poco más. Al acabar, Kenny se ofreció a recoger la cocina y, cuando Edgar se marchó a descansar, el león arrinconó al ex cazador. No había podido dejar de pensar en lo que le dijo antes.

Charles parecía más curioso que preocupado cuando se vio atrapado por el joven.

  • ¿Qué quieres decir con que has oído mi nombre allí? – le preguntó directamente. No había tiempo para rodeos y sutilezas. El otro pareció considerar su respuesta.
  • Hace año y pico, no recuerdo cuanto exactamente, llegó un chico joven a la sede de Illinois. Yo estaba allí haciendo un recado para mi supervisor. Este chico venía desde Canadá muy recomendado, porque, al parecer, presumía de haber dejado a una manada de leones debilitada y de robar unos documentos muy importantes con nombres de muchos miembros de la Comunidad. – Kenny palideció tanto que Charles se preocupó. – Oye, ¿estás bien?
  • ¿Cómo se llamaba? – preguntó, con un hilo de voz temiendo y sabiendo la repuesta.
  • Cody. Cody Knox.

A Kenny le fallaron las rodillas y hubiera ido al suelo si Charles no le hubiera sujetado para evitarlo. Durante lo que le pareció una eternidad pero que en realidad fueron unos pocos minutos, el león no fue consciente de absolutamente nada. Los ojos se le habían nublado y el corazón le retumbaba tanto en los oídos que no podía escuchar nada más.

Charles consiguió arrastrarlo hasta su habitación y sentarle en la cama. Allí se arrodilló frente a él para poder examinarle bien.

  • ¡Kenny! ¡Kenny! – le llamó, casi gritando.
  • Sabía que estaba vivo, pero… – consiguió musitar cuando se recuperó un poco del shock.
  • No es lo mismo saberlo que escucharlo, lo sé. – acordó Charles, levantándose. Se dirigió al baño y regresó con una toalla húmeda con la que le limpió el rostro con cuidado. – Supongo que ese desgraciado hablaba de tu manada.
  • Disparó a mi padre. Robó esos documentos porque yo le dejé entrar a nuestra casa. Va presumiendo de sus logros por mi culpa.

Charles suspiró. Así que lo que había contado aquel niñato era verdad. Había usado al hijo del Alfa para colarse en su casa y poder robarle y dispararle allí mismo. Algo que le hizo ganar muchos puntos ante los superiores y ser trasladado a Illinois, donde estaba la última vez que le vio.

Ese chico era uno de esos futuros peligros para su causa. Ambicioso y despiadado, una mezcla peligrosa y perfecta para la organización.

Ahora sabia también que era un manipulador muy dotado, si había conseguido que el hijo de un Alfa le permitiera entrar en su casa, algo que estaba terminantemente prohibido. Nadie ajeno a la familia podía entrar en una casa de un alfa.

  • Lo siento mucho. Siento haberte traído tan malos recuerdos. – Kenny negó con la cabeza, tapándose la cara con las manos.
  • No. En este tiempo me había hecho a la idea de que no volvería a escuchar su nombre. ¡Qué ingenuo y estúpido he sido! ¡Otra vez! – gimió, con aire triste. – ¿Dónde está?

Charles miró al chico al notar como el tono de su voz había cambiado a más acerado, seco y monótono.

  • Hace bastante de la última vez que lo vi. – respondió. – Seguramente ya no esté allí.
  • ¿Dónde? – rugió.
  • En las afueras de Illinois. La Orden tiene una sede y Cody estaba trabajando allí hace año y medio, que fue la cuando le vi por última vez. Me marche al poco de llegar él.

Kenny asintió, ausente. Tenía la mirada perdida, metido en su propio mundo. Charles le trajo de vuelta, al cogerle del brazo.

  • Entiendo que quieras vengarte de él. Yo lo haría también. Pero ten en cuenta una cosa cuando vayas a hacerlo. Él no está solo. Tiene a toda la organización tras él y dispone de todos sus recursos y personal. Si vas a por él, vas tras La Orden y es algo que no te recomiendo.
  • Entiendo. – Charles negó, con aire triste.
  • No, no creo que lo hagas. Pero lo harás. Piensa seriamente si merece la pena. – le advirtió. – Puedes perder algo más que tu vida si te enfrentas a ellos.

Kenny asintió de nuevo. No se dio cuenta cuando Charles salió de su habitación, dejándole a solas con sus pensamientos.

Esa noche el león no durmió nada. Ni siquiera llegó a moverse de donde lo había dejado el ex cazador.

Pasó toda la noche en vela, pensando, considerando sus opciones y sus oportunidades de que funcionara lo de ir a buscar a Cody.

Primero, tendría que salir de la ciudad. Debería abandonar la seguridad que le proveía ese lugar y sus habitantes y regresar a la cruel realidad. No estaba seguro de estar preparado para ello.

También debía abandonar Canadá y dirigirse a Estados Unidos, algo con lo que había estado soñando desde que se enteró de la existencia de la excursión y que, ahora, le aterraba.

Y la posibilidad de que llegara allí y Cody no estuviera. ¿Dónde iría después? ¿Por dónde podría empezar a buscarle?

Si decidía ir a buscar al otro, sabía que estaba saltando a la piscina sin tener ni idea de si había agua o no. Y las probabilidades de darse el golpe contra el cemento eran muy altas.

El día pasó como un sueño, trabajando sin tener la cabeza en las tareas, si no a kilómetros. Tan distraído estaba que Edgar se preocupó bastante. Y esa preocupación se tradujo en llamada a cierto lobo.

Kenny se sorprendió al ver a Jon acercarse a su sitio favorito de la granja. Era un rincón en el que había un viejo tocón caído en el que Kenny solía sentarse a ver el atardecer. Jon parecía tan fuera de lugar allí, con su cazadora de cuero, las gafas de sol y las botas de motorista que le hizo sonreír sin darse cuenta.

El lobo se sentó a su lado sin decir una palabra. Pasaron en silencio un largo rato antes de que Kenny decidiera romperlo.

  • Voy a marcharme.
  • ¿Cuándo? – Jon no parecía realmente sorprendido, solo triste.
  • No lo sé. Pronto, supongo. Tengo una pista de donde puede estar Cody. – Kenny le había contado hacía tiempo lo ocurrido en Winnipeg.
  • ¿Estás seguro de que es buena idea?
  • ¿Si tuvieras una pista de Colby, no irías? – le preguntó de vuelta.  
  • Preferiría que te marcharas a buscar una pareja, no venganza.

Kenny se giró para poder mirar al lobo que abrió los brazos ofreciéndole un abrazo que el león aceptó encantado. Sabía que no iba a tener esa clase de consuelo en mucho tiempo, tal vez nunca.

  • Prométeme que te despedirás de nosotros y que vas a cuidarte mucho. No dejes que ese bastardo pueda contigo. No permitas que te manipule. – le susurró al oído, sin dejar de abrazarle.
  • Te lo prometo.

Una semana más tarde, Kenny cruzaba la frontera de Canadá con Estados Unidos acompañado de Charles quien conducía una vieja camioneta.

Los planes eran que el ex cazador le ayudaría a cruzar la frontera y le dejaría en Dakota del Norte. Allí, Kenny se reuniría con un amigo del otro hombre, quien le tendría preparada documentación con un nuevo nombre para él y un medio de transporte que le ayudaría a llegar a su destino.

Kenny estaba asustado y nervioso, pero, a la vez, emocionado. No sabía que le depararía esta nueva parte de su vida, pero iría a por ello con todo lo que tenía. Y si podía localizar a Cody, mucho mejor.

Seis meses tardó Kenny en encontrar una pista sobre el paradero de Cody.

Llegó a Dakota del Norte y se reunió con el contacto de Charles, que, para su sorpresa, resultó ser una bibliotecaria. El león no podía salir de su estupor cuando aquella menuda mujer le encañonó con un rifle de caza hasta que le demostró ser amigo del ex cazador.

Alba, que así se llamaba la mujer, le entregó sus nuevos documentos de identidad, una mochila con ropa nueva y una vieja Yamaha que aún ronroneaba como un gatito cuando arrancaba.

Kenny estaba entusiasmado con la moto. Siempre había querido una y esa, aunque estuviera algo deslucida, era un verdadero sueño para él. Le costó un poco controlarla al principio, pero ahora era como una extensión de sí mismo en la carretera.

Con eso y algo de dinero que te había guardado mientras estuvo en Destruction Bay, se dirigió hacia Illinois. Pero como le advirtiera Charles, al llegar allí no encontró nada.

La base que existiera allí cuando Charles trabajaba para La Orden, había desaparecido. Revisó el abandonado local pero solo encontró papeles rotos o quemados y poco más.

Aquello le frustró lo indecible. Después de semejante viaje y todas las molestias que se había tomado, ahora se encontraba con nada.

Sin embargo, un día más tarde un indigente que dormía una calle más lejos le comentó que había oído hablar a los que se encargaron de trasladar el material del local y que estos dijeron que iban a llevar todo a Atlanta, Georgia.

Y Kenny puso rumbo hacia a Atlanta.

Durante meses, el león viajó de un lado al otro del país, buscando una pista de Cody sin encontrarla y siguiendo rumores. Se había tropezado con algunas bases de la organización, detuvo algunas operaciones, pero no encontraba a nadie que le diera alguna indicación sobre el paradero del humano que buscaba.

Meses y meses dando vueltas hasta el día que volvió a escuchar su voz en Corpus Christi, Texas.

Fue por pura casualidad, mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde, con la moto vibrando entre sus piernas y la lluvia empapando su chaqueta. Un coche negro y grande, de aspecto caro, se detuvo a su lado y una de las ventanillas del asiento de atrás se abrió un poco para que su ocupante tirara un chicle usado.

Y en ese segundo que estuvo la ventanilla abierta, escuchó la voz inconfundible de Cody.

Jamás podría olvidar esa voz que tantas pesadillas le había causado.

Se quedó helado en el sitio mientras veía alejarse el coche hasta que las bocinas de los coches tras él le regresaron a la realidad. Arrancó la moto y persiguió al coche.

Llegaron a una zona industrial cerca del puerto, repleta de grandes naves donde La Orden prefería poner sus negocios. Había descubierto que sentían predilección por esa clase de ubicación a la hora de realizar sus peores experimentos.

Fue esa la razón por la que no se lanzó de cabeza a despedazar al otro en cuanto le vio salir del coche. Quería asegurarse de que no había nada raro en esa nave.

Dejó que el otro pasara e hiciera sus recados mientras él se dedicaba a averiguar cuantos hombres habría en el interior.

Tras un buen rato dando vueltas y asomándose por donde podía, que había unos tres hombres además de Cody y sus acompañantes. Lo que hacía un total de diez.

También hizo otro descubrimiento más preocupante. Había dos personas en sendas camillas en una de las habitaciones del local. Apartadas, vigiladas, atadas y con algún tipo de maquina conectada a sus cuerpos.

Aquello no pintaba bien para los ocupantes de las camas, que estaban pálidos como cadáveres.

Eso fastidiaba sus planes. No podía entrar, solo, cuando había tantos soldados a los que enfrentarse. Diez eran demasiados para él. Debía esperar a que se fuera Cody y, esperaba, que le acompañaran la mayoría.

Pero si dejaba ir a Cody… ¿Cuándo podría volver a encontrarlo? Le volvería a perder la pista y había tardado mucho en encontrarlo.

Se debatía internamente en qué hacer. Lo correcto o lo que deseaba. Y, para su sorpresa, se dio cuenta de que no era una elección fácil.

Se sintió morir un poco cuando dejó ir el coche negro con Cody y su camarilla en su interior. Los vio alejarse hasta que desapareció en el horizonte y, maldiciendo por lo bajo, se dirigió a la nave.

Tenía un sitio que destrozar, unos soldados a los que apalizar y unas personas a las que salvar. No pensaba dejar a nadie atrás.

Se coló discretamente, intentando no llamar la atención de los guardias. Quedaban tres, si no había contado mal.

Fue hasta la habitación en la que había visto las camillas y lo que se encontró le puso los vellos de punta, de puro horror. Era mucho peor de lo que había imaginado.

Como viera antes, había dos camillas ocupadas por sendas personas. Por el aspecto Kenny pudo comprobar que se trataban de una sirena y una ninfa. Una combinación curiosa, por decir algo.

Ambas tenían una aguja clavada en el brazo que parecía estar extrayéndoles la sangre y, por su palidez extrema, no quedaba mucho tiempo antes de que las desangraran vivas. Con mucho cuidado, las desconectó de las máquinas y les tomó el pulso. Era débil pero constante. Necesitaban un médico, pero uno que perteneciera a la Comunidad.

Al llegar a la ciudad se encontró con una familia de trolls que regentaban un supermercado y que le dejaron su número por si necesitaba alguna cosa para la moto. Ellos podrían ayudarle a buscar ese médico, así que Kenny se apresuró a llamarles.

Explicó lo mejor posible al cabeza de familia dónde estaba y que ocurría, haciéndole prometer que enviaría a alguien para recoger a las víctimas que necesitaban con urgencia ayuda médica.

Luego, se dispuso a deshacerse de los guardias.

Lamentablemente, no contó bien cuantos había. Un cuarto guarda apareció tras él, disparándole por la espalda. Por suerte, la bala solo le atravesó el antebrazo, en una herida limpia.

Se encargó del tipo y luego se sentó a intentar taparse la herida, de la que manaba abundante sangre.

Para su sorpresa, el móvil del ultimo guardia sonó, reflejando en su pantalla el nombre de Cody. Un intenso escalofrío le recorrió al contestar el teléfono y oír de nuevo la voz del otro.

  • ¡James! ¿Por qué has tardado tanto en contestar? – Kenny sintió su corazón detenerse durante un segundo. Era doloroso escucharle sabiendo ahora lo que sabía.
  • James está muerto, Cody. – se hizo un silencio sorprendido al otro lado de la línea.
  • ¿Quién eres?
  • ¿No lo sabes? ¿No eres capaz de reconocer mi voz?
  • No… no puede ser. – Kenny soltó una risita cruel, disfrutando del estupor y el miedo que reflejaba la voz del otro.
  • Si que puede ser. Empieza a mirar por encima del hombro, Cody. Voy a por ti. – le advirtió antes de cortar la llamada y romper el teléfono.

Se levantó del suelo y se dirigió hacia la habitación donde estaban las camillas. Empezaba a marearse por la pérdida de sangre así que se dejó caer al suelo sentado cuando consiguió llegar a su destino.

Ahí fue donde le encontraron los refuerzos, formados por un médico de la Comunidad, el troll del supermercado y dos más a los que no conocía de nada, pero olían como elfos.

Luego, perdió el conocimiento.

Cuando lo volvió en sí, un tiempo indefinido después, estaba tumbado en una cama, con el brazo vendado y sus cosas colocadas en una silla a su lado. No reconocía el lugar. Preocupado, se sentó, pero el dolor de la herida le hizo soltar un gemido que alertó al dueño de la casa en la que se encontraba.

  • Veo que ya te encuentras mejor. – le saludó un hombre, de unos cuarenta años y que olía a bosque y madera. ¿Un hada?
  • Si, gracias. Gracias por curarme. – el hombre sonrió.
  • Gracias a ti por rescatar a esas chicas. Llevaban desaparecidas un mes. Ya las dábamos por muertas.
  • ¿Cómo no las habíais encontrado antes? – el hombre suspiro, triste y cansado de repente.
  • Cuando La Orden se lleva a alguien, ya lo puedes dar por muerto. Demasiados escondites, demasiada vigilancia… no sabíamos que seguían aquí. Imaginaba que ya las habrían usado y tirado, como hacen siempre. – horrible, pero cierto. Lamentablemente.
  • ¿Para qué querrían su sangre? – preguntó, recordando la máquina a la que estaban conectadas las chicas.
  • Se rumorea que están experimentando, intentando crear algo que nos extermine. Pero aún no han dado con lo que buscan. Y esperemos que jamás lo consigan o estaremos muertos.

Kenny se estremeció, pensando en esa imagen. La idea de que La Orden estuviera gastando medios y tiempo en averiguar una manera de exterminarles era para sentir algo más que miedo.

Y Cody estaba detrás de todo eso. Él había mantenido ese lugar y ocultado a esas chicas para experimentar con ellas, haciéndoles daño para su beneficio.

¿Cómo había podido estar tan ciego con ese tipo? ¿Cómo no había sido capaz de ver lo que era en realidad?

El medico carraspeó, repentinamente incomodo por algo. Kenny no tenía idea de que era lo que ocurría, pero intuía que no iba a gustarle.

  • ¿Sí? – preguntó a pesar de que no deseaba saberlo. La mirada de culpabilidad del otro decía mucho.
  • Lamento tener que pedírtelo… sobre todo, después de lo que has hecho, pero no puedo… o sea, no puedes… – Kenny sintió sus mejillas arder de vergüenza y se llevó la mano a la nuca de manera inconsciente.

Su melena había crecido lo suficiente para tapar la marca, pero seguía ahí. El hombre debía haberla visto al curarle.

  • Oh… sí, entiendo. Me marcharé enseguida. – repuso con pena. El otro le miró apesadumbrado.
  • A mí no me importa. Y ya te digo que después de lo que has hecho, mucho menos. Pero el Consejo no quiere a un desterrado en su ciudad. Algunos son muy anticuados para la época en la que vivimos. – se excusó.
  • No pasa nada, no se preocupe. – Kenny empezó a ponerse la camiseta que estaba en la silla.

El hombre le ofreció una bolsita que el león cogió, desconfiado. Al abrirla vio un montón de gasas, vendas, esparadrapo y desinfectante en su interior.

  • Debes curarte la herida al menos una semana más. A diario. Si tienes problemas o se te infecta, ve a un médico. Por una cosa así podrás acudir hasta al de los humanos. No corres peligro. Con esto creo que tendrás de sobra. Guarda por si necesitas más adelante.
  • Gracias.
  • No. No me las des. Siento que tengas que marcharte así. Tu moto está aparcada delante de la puerta.

Kenny asintió y salió del lugar, con su mochila a cuestas y el casco en la mano. Como le dijera el otro, su moto estaba esperándole en la entrada. Se subió en ella y arrancó.

Ahora… ¿hacia dónde se dirigía para encontrar a Cody de nuevo?

Rugidos del corazón: Capítulo 7.

(Aviso: Escenas subidas de tono.)

Había pasado todo un año desde que Kenny llegara a Destruction Bay.

Doce meses de trabajo duro en la granja, de ir todos los fines de semana a la cafetería a tomar algo con los hermanos lobo y Jerrad, con los que había trabado una curiosa amistad.

Doce meses de hacer reír a Rose, la protegida de Jerome y que ella le usase de conejillo de indias cuando quería probar un nuevo tinte o peinado, usando su melena, la cual había dejado crecer de nuevo.

Doce meses de sentarse a ver puestas de sol en su rincón privado en la granja, sintiendo la soledad como si fuera un ente vivo que siempre le acompañaba.

Había sido un año duro, para ser sinceros. Pero seguía vivo y cuerdo y se sentía algo más fuerte que antes de llegar allí.

Un poquito más sano que un año antes.

Esa tarde, como cada sábado, estaba en la cafetería, tomando algo con los demás.

Llegaban y bebían algo, mientras comentaban el partido que estaban retransmitiendo en el televisor en ese momento. Cervezas o refrescos y unas patatas fritas y mucha conversación y compañía. Una noche de sábado más que pasaban juntos.

A Kenny le encantaban esas noches. Eran las únicas en las que no se sentía tan solo todo el rato. Y podía decir sin duda alguna que esos tres que le acompañaban en ese momento eran sus amigos. En su peculiar manera, eso sí.

En esos sábados de patatas y deportes por cable llegó a conocer muy bien a esos tres hombres.

Jerrad, el dragón, era alguien muy interesante con el que hablar. Tenía cientos de años y había participado en varias guerras a lo largo de la historia humana porque era un soldado que no sabía dejar de pelear y buscaba cada batalla que existiera para poder saciar su sed de pelea.

Pero en la última en la que estuvo había hecho mucha amistad con su batallón y se acabó descubriendo por protegerlos. Lamentablemente, eso hizo que el ejército para el que trabajaba intentara capturarlo y fueron sus hombres quienes le sacaron de allí y le ayudaron a llegar a Destruction Bay. Unos pocos se habían quedado allí con él, hasta que las cosas se calmaran. Por eso Jerrad era tan protector con la ciudad.

Protegía a sus leales hombres.

Además de un soldado, Jerrad era un ávido lector de casi cualquier clase de novela que cayera en sus manos y adoraba hablar sobre ellas con quien fuera. Eso fue lo que los llevó a hablar civilizadamente por primera vez, semanas después de su primer encontronazo. Kenny defendió una de las novelas de Stephen King frente a Rose, a quien no le entusiasmaba y llamó la atención del dragón, que no tardó en unirse a la discusión.

A partir de ahí, era uno de sus temas favoritos para hablar. Su relación era más bien cortés, pero podía considerarlo alguien que le ayudaría si lo necesitara de verdad.

Con los lobos fue algo distinto.

Joseph, el mayor de los dos, era un tipo tranquilo, al que le gustaba el deporte, tanto verlo como practicarlo y salía a correr todas las mañanas temprano. Obviamente, en un lugar tan pequeño no tardaron en encontrarse, ya que Kenny también corría antes de desayunar y empezar con su día. Al principio se ignoraron mutuamente, escogiendo cada uno caminos separados, pero pronto acabaron entablando conversación y dándose cuenta de que tenían algunas cosas en común.

Ambos valoraban la familia y el deseo de formar una, sobre todo.

Ahora, cuando salían a correr todas las mañanas, hablaban, Joe sobre sus hermanos y su infancia y Kenny sobre cómo eran las cosas en su casa cuando todo era normal y él seguía teniendo una familia.

En cuanto a Jon, la cosa fue muy distinta a los otros dos.

Muy muy distinta.

Joseph le obligó a acompañarlo uno de los sábados a tomar algo y el otro casi no habló en toda la noche. Solo le observaba de una manera que le hacía sentir ligeramente incómodo.

Kenny estaba preocupado, porque Jon siempre parecía preparado para saltarle al cuello por alguna razón que él desconocía.

La siguiente vez que acompañó a su hermano, después de un par de cervezas, se relajó e, incluso, participó varias veces en la conversación. Y fue mucho más agradable.

Resultó que Jon tenía un sentido del humor muy cortante y sarcástico y Kenny se encontró riendo de alguna de sus réplicas sin darse cuenta.

Las miradas de Jon prosiguieron, pero cambiaron ligeramente, pasando de hacerle sentir incomodo a intimidado en el buen sentido.

Una noche, Joseph no pudo acudir a la cita porque debía acompañar a Ronald a un recado y a Jerrad le surgió un imprevisto con sus hombres y se quedaron los dos solos.

Esa noche empezó un poco incomoda, con ambos sin saber muy bien cómo o de qué hablar sin los otros dos haciendo de puente. Pero la cosa mejoró cuando alguien sintonizó un combate de artes marciales mixtas en el televisor y resultó que los dos eran fans. Compartieron unas alitas a la barbacoa y unas patatas mientras comentaban la pelea y fue una muy buena noche.

Al salir, Kenny se sentía feliz y cómodo y agradeció el fresco de la noche, tras pasar la ultima hora casi sudando en la cafetería. Acompañó a Jon al aparcamiento para llevarle de vuelta a casa en su coche, porque este había tomado un par de cervezas de más.

El lobo se había quitado la chaqueta de cuero, quedando en mangas cortas y Kenny se sorprendió admirando como le quedaba la camiseta cuando Jon le pilló. Su rostro cambió radicalmente, pasando de la sonrisa despreocupada que portaba al salir del local a una expresión depredadora. Le cogió del brazo para arrastrarle hasta el callejón, donde le arrinconó para besarle.

No fue un mal beso, pero si inesperado y denotaba más desesperación que ganas, como si tratara de probarse algo. Kenny se dejó hasta que el otro acabó rompiendo el beso, mirándole con sus ojos azules llenos de culpabilidad y, sin dejar de sujetarle de los brazos.

El joven león levantó una mano para acariciarle el cabello cuando el otro apoyó la cabeza en su pecho, intentando consolarlo un poco. Cuando por fin se separaron y se sentaron en la camioneta, Kenny se atrevió a preguntarle.

  • ¿A qué ha venido eso?
  • Lo siento mucho, no debí hacerlo. Lo siento. – Kenny le dio un apretón suave en el hombro.
  • Oye, no pasa nada. No importa, en serio. – le dijo, sonriendo. – Hubiera sido agradable, si no pensara que lo has hecho más para probar algo que porque te apeteciera. – la mirada de culpabilidad del otro se acentuó.
  • Intentaba hacer caso a Jerome y seguir con mi vida, pero no puedo olvidarle. Estaba besándote y en mi mente solo le veía a él.

Kenny suspiró. Podía comprender como se sentía su amigo. Hubo un tiempo en que él también pensaba que no podría sustituir a Cody.

Veía la misma desesperación por olvidar en los ojos del lobo.

¿Estarían los dos condenados a vivir con su corazón en manos de personas que no lo merecían? ¿O podrían rehacer sus vidas en algún momento?

Lo que fuera a pasar, no sería esa noche.

  • Es normal, Jon. Le amas. Si amas a alguien así cuesta mucho olvidarlo. Quizás un día encontremos quien nos haga borrar esos nombres de nuestras mentes.  
  • Lo siento.
  • No te disculpes más. – le regañó, poniendo su mano en la rodilla del otro. – Ninguno de los dos está preparado para nada aún. – terminó, con una risita.

Jon asintió.

  • ¿Y tú? ¿Qué es lo que quieres? – Kenny se encogió de hombros.
  • Yo no estoy seguro aún. Pero no me disgustaría saldar cierta deuda antes de pensar en rehacer mi vida.

Kenny se inclinó y besó suavemente a Jon. Esa vez, el beso fue más lento y dulce, más un consuelo que otra cosa y se sintió bien. Y Kenny se dio cuenta de que podría volver a enamorarse y ser feliz con alguien más en un futuro. Que Cody no había estropeado eso para él.

Y se sintió feliz por ese descubrimiento.

Por eso mismo invitó a Jon esa noche a su habitación. Ambos tenían muy claro de que no era más que puro consuelo y necesidad de no sentirse solo por una noche. Una promesa de que mañana todo estaría bien y se podría arreglar.

Kenny echó los brazos al cuello de Jon cuando le besó, una vez cerrada la puerta de su habitación, abrazándole fuerte y permitiéndose una cercanía que hacía demasiado que no sentía. Su corazón saltó en su pecho cuando el otro le correspondió, rodeando su cintura para atraerlo y pegarle más a su cuerpo.

Se besaron durante un largo rato hasta que Kenny se obligó a separarse, con los labios hinchados y los pantalones más apretados que antes. Jon tenía las pupilas dilatadas y las mejillas rosas y le parecía lo más adorable que había visto en mucho tiempo.

Se alejó de él un par de pasos, sin soltarle la mano y se dirigió hacia la cama. El otro no tardó en seguirle, cogiéndole de nuevo de la cintura para besarle más intensamente mientras se dejaban caer en el colchón.

Se besaron así, tumbados en la cama y con la ropa puesta por lo que parecieron horas, sintiendo como la excitación de ambos iba creciendo cada vez más, hasta quedar jadeando y muertos de ganas. Jon le acarició por encima del pantalón, mordiéndole el cuello y Kenny gimió al sentir sus colmillos rozarle la piel.

De repente, toda la ropa sobraba. El león nunca había odiado tanto unos pantalones como a los de Jon cuando se le atascó la cremallera. El lobo rio, entre excitado y divertido y le apartó las manos para poder quitarse los pantalones sin tantos problemas. Kenny le imitó, lanzando bien lejos la camisa y los vaqueros.

Los dos se quedaron un largo minuto así, de rodillas en la cama en ropa interior y mirándose. Jon dibujó una sonrisa lobuna en su rostro cuando gateó para acercarse, besándole de nuevo. Con una mano en su pecho, obligó al león a tumbarse boca arriba, sin romper el beso. Kenny gimió al sentir su peso sobre él, las manos recorriendo sus costados hasta llegar a la cintura de sus calzoncillos. Jon se los bajó despacio y rompió el beso para disfrutar de la vista.

Kenny se sintió intimidado por esa mirada y trató de distraerse quitándole a Jon su propia ropa interior, cosa que divirtió aún más al otro. La mano del lobo se colocó sobre su miembro, acariciándole con tortuosa lentitud sin dejar de mirarle a los ojos haciéndole gemir más fuerte y sin control. Kenny podía sentir la dureza del lobo rozándose contra su muslo y decidió corresponderle, sorprendiéndole, antes de besarle con más violencia.

El ritmo de las caricias se intensificó y Kenny sentía que no iba a poder aguantar más. Agarró la muñeca de Jon, deteniéndole y ganándose una mirada interrogante.

  • Como sigas, acabamos antes de empezar. – le dijo, con la respiración entrecortada. – Déjame… déjame probarte.

Jon asintió, los ojos oscurecidos de pura lascivia e intercambio de lugar con el león, quien le obligó a quedar recostado contra el cabecero de la cama. Kenny le dio un corto beso antes de empezar a descender, beso a beso, por su cuello, su pecho, su estómago… La respiración del lobo se volvía cada vez más errática y se quedó totalmente sin aire al notar el calor de la boca del león rodearle su miembro. Kenny degustó su sabor, soltando un quejido cuando Jon le agarró del pelo con más fuerza de la necesaria. Sin embargo, no hizo nada para liberarse. 

La mano en su cabello aflojó su agarre, acariciándole la nuca y la marca, algo que le hizo tensarse. La voz de Jon fue dulce cuando le habló.

  • Lo siento. No quería incomodarte. – Kenny dejó de lamerle, para alzar la mirada.
  • No pasa nada. – Jon le atrajo y le besó, primero en los labios y luego en la marca.
  • Esto no significa nada. No te hace menos que los demás. No dejes que te controle. – le susurró, volviendo a besarle en los labios.

Jon le volvió a tumbar en la cama, una de sus manos deslizándose hacia su entrada para empezar a prepararle. Con desesperante lentitud, fue abriéndole hasta que consideró que estaba listo. Retiró los dedos y empezó a introducirse despacio, gruñendo al sentir la estrechez y el calor del otro.

Pronto estaban ambos llenando la habitación de gemidos y gruñidos, el aire caldeándose a su alrededor mientras Jon seguía moviéndose en su interior, cada vez a un ritmo más acelerado y errático.

El lobo empezó a notar como el orgasmo le alcanzaba y se apresuró a volver a acariciar a Kenny, intentando y consiguiendo que llegara antes que él. Al sentir su mano manchada, se permitió terminar, escondiendo el rostro en el cuello del otro y mordiéndole, tan fuerte que a Kenny se le escapó un rugido de sorpresa y excitación.

Aun jadeando, Jon rodó a un lado, liberando al león de su peso. Hubo un momento de silencio, en el que el lobo no sabía qué hacer. No estaba seguro de si debía quedarse o irse a su casa con su hermano.

Kenny acabó con su dilema, echándole un brazo encima y colocando su cabeza en el pecho del otro. Jon sonrió.

Había sido agradable y se sentía mucho menos solo y triste que antes. Pero seguía pensando en Colby y en que le seguía queriendo y echando de menos a pesar de lo que había hecho.

Besó al león en el pelo y se dispuso a dormir.

Un día, tendría que reunir el valor suficiente para volver a salir y buscar a Colby. Ya fuera para perdonarlo o matarlo. Eso lo decidiría en su momento.

Rugidos del corazón. Capítulo 4.

Kenny se ocultó en las afueras durante un par de días antes de poder alejarse de la ciudad. La paliza sufrida a manos de sus ejecutores no le dejó otra opción que esperar.

Tenía un ojo tan hinchado que apenas podía ver y las costillas le dolían tanto que le costaba incorporarse y andar.

Además, necesitaba algo más de ropa y provisiones, por lo que, cuando pudo moverse, regresó a la ciudad e hizo unas rápidas compras. Tuvo que esconder su rostro bajo la capucha de una sudadera para que nadie le reconociera ni viera sus heridas.

Corría peligro de que le volvieran a golpear o algo peor si le atrapaban en la ciudad tras ser desterrado.

Pero, una vez aprovisionado y algo más recuperado, se encontró con otro problema.

¿Hacia dónde ir?

Kenny no tenía más familia ni amigos fuera de Winnipeg a los que pudiera acudir y sabía que no tenía suficiente dinero para dirigirse hacia el sur y establecerse.

Seguir con sus planes de buscar una pareja y formar su propia familia también estaban descartado. Ya no era más un alfa, si no un omega. Ningún león que se preciara se relacionaría con un omega y tras lo ocurrido con Cody no pensaba volver a acercarse a un humano ni para pedirle la hora.

Irónicamente, fue su padre quien le dio la solución a su problema. Al menos, una solución temporal.

Años atrás, escuchó a su padre hablar de un lugar en la zona del Yukón que era un refugio para los desamparados y los perseguidos.

Destruction Bay.

Pero iba a ser un viaje largo y muy complicado para hacerlo a pie ya que el lugar estaba bastante aislado.

La suerte le sonrió, ya que al poco de salir un camionero le recogió y se ofreció a acercarle hasta Alberta, lo que significaba la mitad del camino hecho.

Mientras el camionero hablaba sin parar, Kenny repasó su plan, ese que había estado gestando mientras se recuperaba de la paliza.

Llegaría a Alberta y allí intentaría encontrar algún trabajillo que le permitiera ahorrar algo de dinero. Compraría un billete de autobús hacia Whitehorse y de allí saldría rumbo a Destruction Bay.

Solo esperaba que no le prohibieran la entrada a la ciudad o la estancia por ser un desterrado o por sus antecedentes.

Se preguntó si el Consejo le habría puesto antecedentes criminales además de la marca o si habrían dejado fuera de la ley humana el asunto del tiroteo. Con la paliza no tuvo muchas oportunidades de preguntar nada, pero esperaba que hubieran dejado el asunto lejos de la ley humana. La marca de omega ya le cerraría suficientes puertas.

Mike, el camionero, fue muy amable con él. Incluso le invitó a comer en una de las paradas para camioneros, poco antes de llegar a Alberta. Kenny no se había sentido con muchos ánimos de hablar, pero le dejó entrever que le habían echado de casa sus padres, cosa que no era del todo mentira. Eso despertó aún más las simpatías del hombre.

– Escúchame, chico. Si de verdad quieres llegar al Yukón aun te queda un largo camino, así que no debes malgastar el dinero. – Kenny asintió. Su madre había dejado algo de dinero en su mochila, pero apenas le llegaría para un mes o poco más. No era suficiente. – Te voy a dejar cerca del centro, donde podrás encontrar un albergue para gente sin hogar. Allí tendrás comida caliente dos veces al día y cama para unas cuantas noches.

– No puedo… habrá gente que lo necesite más. – sin embargo, se dio cuenta de que esa era ahora su situación. Estaba en la calle y sin dinero ni trabajo.

Era, oficialmente, un indigente.

– ¡Tonterías! Cuando vean a un chico tan joven, te ayudaran. Incluso puede que te consigan un trabajo temporal para conseguir algo más de dinero. Obviamente, esa ayuda es muy limitada y solo podrán darte alojamiento y comida por unos pocos días. Así que aprovéchalo para ahorrar dinero. No intentes ir a Whitehorse haciendo autostop. Morirás congelado antes.

Kenny intentó memorizar todo lo que le decía. Cuando un par de horas después, Mike le dejó en el centro de Alberta y le indicó hacia dónde debía dirigirse, Kenny lo hizo.

Así que se dirigió hacia el albergue, pidió asilo a uno de los voluntarios que repartían el almuerzo y el director le asignó una litera para tres noches, lo que era más de lo que esperaba al principio.

No hubo tanta suerte con el trabajo. Preocupado, se sentó en la litera, con su mochila a su lado.

– No dejes la mochila nunca sola o cualquiera de aquí te saqueara lo poco que tengas. – le advirtió una voz por encima de su cabeza.

Kenny alzó la mirada y se encontró con una cara envejecida y tostada por el sol con una barba cana y descuidada. El cabello, también cano, estaba semi oculto por una vieja y rápida gorra gris.

El león parpadeó, sorprendido al ver a su vecino de litera.

– Eso haré, gracias. – contestó, después de recuperarse de la sorpresa. El hombre le sonrió, mostrando unos dientes amarillentos y mal cuidados.

– ¿De dónde eres, chico? No te he visto por aquí antes. ¿Y qué te ha pasado en la cara? Parece que te haya arrollado un camión. – Kenny no pudo evitar sonreír por la observación.

– De Winnipeg. Y más bien fue un par de botas las que me arrollaron.

– ¡Ouch! ¿Winnipeg? ¿Y qué se te ha perdido por Alberta? – preguntó. – Nadie deja Winnipeg por Alberta.

– Voy camino a Whitehorse. – contestó el chico, encogiéndose de hombros. La sorpresa en el rostro del hombre era un poema. Si raro era dejar Winnipeg por Alberta, más raro era dejarla por Whitehorse, que estaba más aislada aún del mundo.

– ¿Para qué? Allí no hay nada más que hielo y más hielo.

– Tengo familia allí que puede acogerme. – mintió, esperando que no le siguiera cuestionando. Algo debió notar en su tono, porque el hombre dejó de preguntar.

– Bueno, soy Eddie, por cierto. – se presentó, bajando de la litera para ofrecerle su mano. – Vamos a ser vecinos unos días. ¿Cuál es tu nombre, niño?

– Kenny.

– Encantado, Kenny. He oído antes que buscabas un trabajo. – el chico asintió. – Sé de un sitio donde te podrían ayudar.

Resultó que Eddie acostumbraba a echar una mano cargando mercancía en una tiendecita de conveniencia cuyo dueño estaba muy mayor para hacerlo él solo. Le daba poco, pero era suficiente para Eddie.

El problema era que el mismo Eddie empezaba a estar mayor para cargar tanta mercancía, así que iba a dejar de ir a la tienda. Acompañó a Kenny hasta la tienda y habló por él ante el dueño.

Al acabar el primer día, Kenny estaba agotado, con los brazos doloridos de tanto cargar y descargar cajas del camión al almacén, pero con veinte dólares más en el bolsillo y el estómago lleno.

El día siguiente fue un poco más de lo mismo. El dueño de la tienda estaba muy contento con él y su trabajo. Kenny jugaba con ventaja, ya que los leones eran mucho más fuertes y resistentes que los humanos y podía descargar el camión más rápido que otros.

Pero al regresar comprobó que había llegado un grupo nuevo al centro buscando refugio, como los demás. La diferencia era que este grupo de cuatro hombres bastante grandes, molestaban y trataban de robar a los demás.

Kenny les vio intimidar a varios, intentando y consiguiendo que algunos le dieran su dinero o comida. El joven león se mantuvo aparte, no implicándose. Ya tenía suficientes problemas como para además meterse en uno más por enfrentarse a unos matones.

Cuando intentaron que él les diera su dinero, Kenny simplemente se dio la vuelta y salió del albergue para dar una vuelta antes de cenar. Lo bueno de medir más de metro noventa era que pocos se atrevían a buscar pelea con él.

Cuando regresó, se dirigió al comedor, para la cena, pero no vio a Eddie por ningún lado, algo que le extrañó. Desde que se conocieran en el dormitorio, el hombre siempre le acompañaba para aconsejarle y contarle sobre su pasado.  Al preguntar, nadie quiso responderle y Kenny empezó a sospechar que algo iba mal.

Fue hacia las literas, buscándole, y se encontró con Eddie, echado en su cama. Al acercarse comprobó, como temía, que le habían dado una paliza. Tenía marcas de puños en el rostro y el torso. También parecía tener marcas de botas.

Kenny gruñó, rechinando los dientes al ver el estado del hombre que había sido tan amable con él.

– ¿Quién ha hecho esto? – Eddie tosió, pero le dio una débil sonrisa.

– ¿Tú quién crees? – preguntó de vuelta y el león no necesitó más respuesta. – Ahora, no vayas a hacer nada estúpido, niño. Son cuatro y podrán contigo por muy grande que seas. Tipos como esos nunca pelean limpio. – al ver la expresión del chico, Eddie se puso serio. – Kenny, no hagas ninguna tontería. Uno de ellos es muy propenso a sacar la navaja y no quiero que te haga daño.

Kenny forzó una sonrisa, intentando calmar a su amigo. Se levantó despacio y dejó su mochila en la cama, junto al hombre.

– No te preocupes. Solo voy a pedir algo de hielo a la cocina, ¿vale? Cuídame la mochila mientras tanto. No voy a tardar.

– ¡No hagas nada estúpido, Kenny! – le gritó el otro mientras le veía marchar.

El joven león se encaminó al comedor, donde sabía que los otros estarían, ya que se quedaban hasta que les echaban para cerrar. Solían aprovechar para jugar a las cartas y seguir trapicheando lo que fuera que trapichearan.

Pero esa noche no iba a dejarles hacer sus cosas.

Se acercó a su mesa, donde los otros le recibieron con risas socarronas.

– ¿Qué pasa, niñato? ¿Algún problema? – le preguntó el cabecilla del grupo, un tipo lleno de tatuajes al que llamaban Mike. Kenny gruñó, tan fuerte que los otros le escucharon y retrocedieron un poco.

– ¿Por qué has pegado a Eddie?

– ¿Nosotros? – Mike fingió espanto, haciendo reír a sus compañeros. – Estás equivocado. Eddie nos ha atacado y nosotros nos hemos defendido, ¿verdad, chicos? – los otros tres rieron la broma, asintiendo. – ¿Ves? Es más, creo que debería denunciar a Eddie por ese ataque. Es un tío muy peligroso.

La amenaza de la denuncia y las burlas ya fueron la gota que colmó el vaso. Se acercó y cogió al cabecilla de la pechera de la camisa, levantándole a pulso del asiento.

Eso asustó bastante a los otros tres, que no esperaban semejante respuesta por parte de Kenny. Este le acercó a su rostro, para gruñirle. Sus ojos brillaron con la luz verdosa que delataba la criatura sobrenatural que era.

– Si vuelves a tocar a Eddie, te sacaré el corazón con mis propias manos. ¿Entiendes? Eddie está fuera de tus límites. No se le vuelve a tocar. – casi rugió, lanzándolo contra una pared cercana.

– ¡Vas a arrepentirte de esto, imbécil!

Los otros tres se lanzaron contra él, recuperados de la sorpresa, pero Kenny les esquivó y golpeó hasta dejarlos tirados en el suelo, gimoteando. No les había hecho daño, realmente. Pero estarían lo suficientemente adoloridos como para no intentar ninguna otra estupidez como volver a atacarle.

Su cabecilla sí que lo intentó, demostrando no ser muy inteligente. Se levantó del suelo, sacando una navaja del bolsillo y trató de clavársela en el costado. El joven león la esquivó y le sujetó la mano, retorciéndosela hasta hacerle tirar el cuchillo que cayó al suelo con un tintineo.

– Salid de aquí antes de que decida terminar con vosotros. – rugió, tan fuerte que llamó la atención de algunos de los trabajadores del centro.

Kenny maldijo mentalmente al verlos cuchichear entre ellos, mirándole asustados. Salió del comedor para ir a los dormitorios, donde Eddie ya se había incorporado, sentándose en la cama. Le recibió con una expresión de reproche que no se molestó en disimular.

– Te dije que no hicieras nada estúpido. – le recriminó. Kenny se encogió de hombros. No se arrepentía.

– Están bien y yo también.

– Si, pero los del centro no dejan pasar las peleas ni las amenazas. Son motivo de expulsión.  

– A ellos sí.

– A ellos tampoco. Lo hacen cuando nadie mira. Y a ti te hemos escuchado todos amenazarles. Vas a tener que irte, chico. No van a tardar mucho en pedírtelo. – Kenny suspiró.

Tenía pensado pasar un día más en la ciudad, pero tampoco le importaba marcharse algo más temprano de lo esperado. No se sentía cómodo allí. Recogió su mochila y le dio una sonrisa de agradecimiento al otro hombre.

– Gracias por tu ayuda, Eddie. De verdad. – Eddie le estrechó la mano, apesadumbrado.  

– Ten cuidado en tu viaje, chico. Espero que llegues bien a tu destino.

– Yo también. Cuídate.

Sin esperar a que le echaran, Kenny fue hacia la estación de autobuses, donde compró un billete a Whitehorse, como tenía planeado. Una hora más tarde, estaba en la carretera, rumbo a su nuevo destino.

¡Estamos de celebración!

¿Y qué celebramos? Te preguntaras… ¡pues Halloween!

Halloween ha sido una fecha muy especial para mi desde que empecé a escribir, ya que en estas fechas es cuando más he publicado mis novelas.

Es por eso que vamos a celebrar. Y lo haremos a lo grande.

Corazón de cazador, mi última novela por ahora, estará gratis en formato kindle desde el sábado 29 hasta el martes 1 de noviembre.

¡4 días para conseguir mi novela gratis!

¿Te lo vas a perder?

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Descubriendo el pasado. Capítulo 8 y final

¿Te puedes creer que acabo de darme cuenta de que deje este relato sin terminar de subir?

¡A un capítulo, para más horror!

En fin, que como voy a ir intentando recuperar el blog y la costumbre de escribir y publicar, te dejo el último capítulo de este relato y el link de los otros por si quieres releerlo.

En anteriores capítulos…


Había pasado una semana desde su regreso a casa y todo parecía estar normal. O casi normal.

Arthur siguió con su trabajo en la empresa, siempre con Joss a su lado y Gawain protegiéndole fuera a donde fuera.

Para alguien que no los conociera o no perteneciera a la empresa, todo parecía completamente normal.

Para los que si trabajan allí, las cosas no estaban para nada normales.

Ni un poco.

Arthur, que se había ganado fama entre el personal de la oficina con su costumbre de intentar huir del trabajo o de bromear con Gawain, permanecía encerrado en su despacho durante todo el día, trabajando.

No era que normalmente no trabajara. Todo lo contrario. Pero siempre intentaba escapar de sus obligaciones, en broma para recordar cuando no deseaba estar ahí de verdad. Era una tradición ya entre ellos.

Y Gawain, que siempre iba tan alegre y bromista ahora le acompañaba a todos lados con expresión seria, casi sin sonreír.

Incluso parecía triste.

Ya no esperaba dentro del despacho, como hacia antes, si no fuera, sentado en una silla cerca de la puerta.

Y todo el mundo se había dado cuenta.

Las secretarias se habían dado cuenta. Toda la plantilla de seguridad se había dado cuenta. Toda la oficina se había dado cuenta.

Y, por supuesto, Joss, Lance y Lydia se habían dado cuenta.

  • ¿Qué demonios les pasa a esos dos? – preguntó Lydia, haciéndose eco de los pensamientos de los hombres que la acompañaban.

Estaban los tres en el laboratorio de Lydia, la cual había hackeado las cámaras para que enfocaran a Arthur y Gawain. Los dos parecían bastante infelices. Joss se encogió de hombros, tan perdido como los otros.

  • No tengo idea. Cuando se fueron estaban bien. Al regresar, no. Obviamente, algo ha pasado en ese lapso de tiempo. – contestó, completamente perdido.
  • Te digo que ha pasado. Esos dos se han acostado. – sentenció Lance, moviendo su café. Joss rodó los ojos.
  • No seas simple, anda. Contigo todo tiene que ver con el sexo.
  • Pues me da que el simple tiene razón. – replicó Lydia, con una risita. Lance protestó.
  • ¡Ey!
  • ¿De verdad crees que es eso lo que ha pasado? – preguntó Merlin, ignorando las quejas del otro.

Lydia hizo zoom con las cámaras, centrándolas más en los rostros alicaídos de los dos chicos.

  • Pues no sé decirte, pero muy felices no están. Así que si se han acostado, como piensa Lance… ¿Por qué están así de deprimidos? – Lance bufó, como si los otros fueran torpes por no ver lo obvio.
  • Mira, conozco a Alex desde que Uther lo reclutó. He trabajado días enteros con él. Y es un chico de lo más responsable que existe.
  • Eso lo sabemos, Lance. – Lance bufó de nuevo. De verdad, los seres mágicos a veces podían ser de lo más ciegos para lo obvio.  
  • Lo que quiero decir es que siendo como es, ha pasado algo y ha decidido cortar lo que fuera de raíz. – Lydia los observó, intrigada.
  • ¿No estaban esos dos liados en el pasado? – Lance y Joss rieron. Los recuerdos de las habladurías del castillo por ese escandalo aun les hacía bastante gracia.
  • ¡Oh, si! ¡Menudo escandalo dieron! Arthur no era muy discreto mostrando su cariño y predilección por Alex. No le importaba que pensara nadie, menos aun después de que se fuera Ginebra con aquel soldado. Nunca estuvo enamorado de ella. Si lo estuvo de Gawain.
  • Pero recuerda que, incluso entonces, Gawain trató de evitar todo eso. – puntualizó Lance, terminándose el café. – Arthur tuvo que casi perseguirlo para estar juntos porque Alex no lo veía bien. Decía que no podía protegerle bien si estaban juntos.

Joss recordaba esos tiempos. Era cierto que el pelirrojo trató de poner espacio, incluso llegó a pedir salir del castillo en alguna misión para evitar lo inevitable. Pero Arthur no desistió, no se detuvo hasta conseguir que el otro diera su brazo a torcer.

Si eso era lo que estaba ocurriendo en esa ocasión, ¿Cómo iban a arreglarlo?

  • La diferencia que estoy viendo entre aquella ocasión y esta es que Arthur no está haciendo nada.
  • Exacto. Se está escondiendo en el trabajo. Nuestro Arthur se ha criado de una manera muy diferente en esta ocasión, no es el rey arrogante que no aceptaba un no por respuesta. Es solo un chiquillo inseguro al que le acaban de decir que no puede estar con quien le gusta por su bien. – Lydia suspiró.
  • ¿No estamos dando por hecho demasiadas cosas sin saberlas realmente?
  • ¿Quieres apostar? – sugirió Merlin, riendo. Eso era una vieja historia de los dos. Un día tenía que contársela a Lance.
  • Mejor no. – gruñó. – Siempre pierdo. Está bien. ¿Qué podemos hacer para arreglar esto? ¿Será seguro para Arthur si Gawain sigue protegiéndole, estando juntos?
  • Lo que tú no puedes entender, milady, es que, aunque no estén juntos, Gawain no va a dejar de tener sentimientos por él. – explicó Merlin, encogiéndose de hombros. – Así que es lo mismo si están o no juntos.
  • Humanos… – murmuró, chasqueando los dedos.

Las luces del laboratorio parpadearon un par de veces, algunas bombillas incluso estallaron, las chispas saltando por todos lados. Los dos hombres intercambiaron una mirada antes de volverse a mirar a la chica.

  • ¿Qué has hecho? – preguntó Lance, con cautela.
  • Dar un empujoncito.

Arthur no estaba seguro cuando se había dormido, pero tampoco le extrañó demasiado. No había descansado demasiado desde que regresó. Le costaba conciliar el sueño, pensando en como superar lo de Gawain.

Y no encontraba una manera.

Miró a su alrededor y vio que estaba de nuevo en el castillo, en su habitación. Se preguntó que iba a ocurrir en su sueño esa vez. ¿Seria otro recuerdo?

¿Qué habría hecho su yo anterior ante esa situación?

La puerta de su habitación se abrió y apareció Gawain, luciendo un poco perdido. Eso sorprendió a Arthur. Normalmente, en sus sueños o recuerdos, Gawain siempre parecía seguro de si mismo.

  • ¿Arthur? – vale, eso ya si que era raro. Nunca le había llamado por su nombre en los sueños. – ¿Estoy soñando? Tiene que ser un sueño porque yo estaba en la oficina esperándote y ahora estoy aquí.

Arthur parpadeó, sorprendido. Su Gawain, el del presente, estaba ahí. En su sueño. ¿Cómo era posible?

  • Estamos soñando los dos. – respondió, llamando la atención del otro.
  • Vale, no tiene sentido, pero vale. Ya he soñado con esto antes. Y era muy divertido, pero… raro.
  • ¿Has soñado con este sitio antes? – preguntó, esperanzado. Pensaba que no recordaba nada de su pasado.
  • Si. Hace unos meses. Supongo que fue por ver Juego de Tronos, yo que sé. – Arthur rio ante la lógica del otro.
  • No creo que esto se parezca a Invernalia.
  • No, pero es la única explicación a tanto detalle. – respondió el otro, encogiéndose de hombros.

Arthur se sentó en su cama, observando como Gawain paseaba por la habitación admirando la decoración y los muebles.

  • Normalmente, no son así. – le escuchó comentar.
  • ¿El qué?
  • Mis sueños. – aclaró Gawain. – Normalmente estamos más… ocupados. – Arthur rio.
  • Imagino como. ¿Quieres que estemos ocupados? – le preguntó, usando sus propias palabras haciéndole reír.
  • Tampoco está mal hablar contigo. Echo de menos eso.
  • Y yo. ¿Por qué no me hablas? – se atrevió a preguntar el chico. El otro contraatacó con otra pregunta.
  • ¿Y tú?
  • Creí que no querrías. Dejaste claro que no quieres estar conmigo, ¿Por qué ibas a querer hablarme?

Gawain se acercó a él y se sentó a su lado en la cama. Le pasó un brazo por los hombros y le abrazó.

  • Eso no es así. No creo que pueda protegerte como es debido si dejo que mis sentimientos interfieran. Y no voy a poder estar contigo y que eso no pase.
  • ¡Pero a mi eso no me importa! – protestó el chico.
  • A mí sí. No sé que iba a hacer si te pasa algo porque no he sabido ser un buen profesional.
  • Yo no tengo dudas de que si lo vas a ser, como siempre lo has sido. Podemos hacer que funcione.
  • No lo sé… – Arthur le cogió del rostro y le besó, un beso tierno y desesperado.
  • Mírame a los ojos y dime que no quieres estar conmigo. – le susurró, con la voz rota.

Gawain le miró y supo que no podría decir eso. No podía mentirle de esa manera. En vez de eso, le atrajo y le besó, intentando demostrarle todo lo que sentía.

Todo el cariño que había ido creciendo desde el primer día que se vieron. La atracción que sintió por él cuando descubrió que no era un crío consentido si no alguien con quien se podía hablar y reír a gusto. La pasión que sintió cuando le besó por primera vez.

Cuando se separaron por fin, Gawain apoyó la frente en la del otro, cerrando los ojos.

  • Cuando despierte, lo primero que voy a hacer es decirte todo esto. – murmuró, dándole otro suave beso. Arthur sonrió.
  • Creo que ya lo voy a saber, pero te esperaré.

Gawain abrió los ojos y se vio en su sitio de costumbre en la ultima semana. Sentado en una silla junto a la puerta del despacho de Arthur. Miró a su alrededor, para comprobar si alguien había notado su cabezadita, pero nadie le prestaba atención. Eso solía ser lo normal, después de la sorpresa del primer día, claro.

Se frotó los ojos y se levantó, dispuesto a cumplir lo que había dicho. Se dirigió al despacho y entró sin llamar, cerrando la puerta tras de sí.

Arthur estaba de pie frente a su escritorio, como si estuviera a punto de salir y le sonrió al verle.

No podía saber a lo que había venido, ¿verdad?

Decidió no dedicarle más pensamientos a ese detalle en ese momento. Ya habría tiempo después. Se acercó a Arthur y le besó, sintiéndose feliz y completo por primera vez en una semana.

Había sido la semana más horrible de su vida.

Pero ya estaba todo bien. No sabía como iban a hacerlo ni si podría hacer su trabajo bien en esas circunstancias, pero no le importaba. Se esforzaría el doble… el triple, si era necesario. Pero no pensaba dejar pasar otra vez esa oportunidad.

Mientras, en el laboratorio de Lydia, Lance, Joss y ella estaban mirando a la pantalla, con unas enormes sonrisas en sus rostros.

  • ¡Eso ha sido tan bonito! – comentó Lydia, haciendo aparecer unas palomitas. Joss negó con la cabeza.
  • Muy bonito. Pero tendré que hablar con los dos. Hay que poner unos limites o vamos a tener a la oficina hablando en segundos.
  • Creo que ya es tarde para eso. – rio Lance. – Yo hablaré con Alex. No va a querer ceder su puesto, pero puedo ponerle una ayuda extra, si ve que eso interfiere con su trabajo.
  • Bien. No quiero que acaben como la ultima vez. – en la pantalla, los otros dos empezaban a ponerse excesivamente cariñosos. – Oye, Lydia, apaga eso.
  • ¿Por qué?
  • Porque están a punto de darnos un espectáculo porno y no me apetece.
  • Pues a mí, sí. Así que cerrad la puerta al salir. – Lance soltó una carcajada mientras seguía a Merlin fuera del laboratorio.

Mejor dejar a la Dama del Lago con su nuevo entretenimiento.

Relato: Descubriendo el pasado. Capítulo 5.

Capítulo 5.

descubriendo el pasado

La mañana siguiente no fue tan incomoda como podía pensarse que debía ser.

Gawain hizo como que no había pasado absolutamente nada, Arthur también y ahí se acabó el problema.

Amanecieron hechos un lio en la cama, enredados el uno en el otro, con Arthur dormido con la cabeza apoyada en el pecho del otro y todavía desnudo porque no se puso ninguna ropa limpia después de lo ocurrido.

El chico salió corriendo al baño a vestirse, avergonzado pero tras el desayuno todo volvió más o menos a la normalidad.

Más o menos, claro. Tampoco se podía pedir peras a un olmo.

Arthur estaba un poco demasiado en su mundo, distraído y metido en sus pensamientos. Algo lógico, vista la situación. Gawain se sintió un poco culpable, al ser el causante de todo eso.

No se arrepentía para nada, pero sabía que debió haber esperado a estar en casa o, al menos, a haber hablado algo con el chico. Le estaba confundiendo y lo sabía.

Cuando vio que a Arthur se le caía por cuarta vez la cuchara al suelo de lo despistado que andaba, decidió tomar cartas en el asunto.

– ¿Arthur? – el chico parpadeó, como si acabara de despertar. Al ver que era Gawain quien le llamaba la atención, se sonrojó.

– ¿Sí?

– Quería disculparme por lo de anoche. – Arthur se atragantó con el café que estaba bebiendo.

– No hace falta…

– No, debo disculparme. – insistió. – No fue profesional por mi parte dejarme llevar de esa manera. Estoy aquí para protegerte y estamos bajo ataque. No debo olvidar mi sitio.

– ¿Tu sitio? – repitió el chico, con voz extraña. Parecía sorprendido por sus palabras. Gawain no entendió el porqué.

– Soy tu guardaespaldas y tu empleado.

– ¿Solo eso? – el pelirrojo ablandó la expresión, sonriéndole.

– No. Pero es lo que debo ser ahora mismo si quiero llevarte a casa sano y salvo.

Arthur frunció el ceño pero asintió. Tal vez pudiera encontrar el valor para hablar del asunto cuando llegaran a casa. O, al menos, pensó, intentarlo. Primero debía decidir que sentía porque no estaba seguro de ello.

La noche anterior todo lo ocurrido se sintió correcto, bien, perfecto de hecho. Casi como en sus sueños. Pero esa mañana no estaba tan seguro. Se había sentido tan avergonzado que no sabía si aquello fue buena idea o no. Ni si lo repetiría.

Pero cuando Gawain insinuó que solo era su empleado le había dolido. Mucho. Siempre le había considerado un amigo, después de todo el tiempo que llevaban juntos. Al menos le confirmó que no solo era un empleado. Pero entendía perfectamente que quisiera comportarse más profesional en esos momentos.

Gawain puso la mano sobre la de Arthur, llamándole la atención.

– Cuando lleguemos a casa, hablaremos. Ahora, vamos a intentar llegar, que es lo importante.

– De acuerdo.

Terminaron el desayuno y se dirigieron con el coche hasta la siguiente ciudad en la que Lance les había reservado otra habitación para que pudieran descansar y esconderse.

Durante el camino, Arthur siguió pensando en que debía hacer sobre Gawain y su relación. No podía negar que se sentía atraído por él y que le encontraba atractivo. Pero su duda era si todo eso había empezado al mismo momento que los sueños o si ya se sentía así antes y no se había dado cuenta.

Recordaba el primer día que Gawain apareció en su vida, irritantemente alegre y molesto. Recordaba la primera vez que le acompañó a un evento social y lo que se burló de él por el traje de pingüino que tuvo que ponerse. También recordaba la primera vez que lo llevó a tomar algo después de una de esas fiestas de accionistas y como eso se convirtió en una tradición entre ellos.

Durante todo eso se habían convertido en amigos. Pero nada más. Ni Gawain había mostrado ningún interés en él de ese estilo ni Arthur tampoco.

No, hasta el sueño.

Entonces, ¿había sido por los sueños por lo que se sentía así? ¿Era influencia de lo ocurrido en su pasado?

Era todo muy confuso, pensó frunciendo el ceño.

Pero debía reconocer que la noche anterior se había sentido muy bien. Demasiado bien. Cuando Gawain empezó a besarle en el cuello y a susurrarle con voz ronca lo que quería hacerle…

Casi combustionó ahí.

Si no llega a tocarle, lo hubiera tenido que hacer él mismo.

No se sintió nada avergonzado de cogerle la mano y guiársela hasta donde la quería y necesitaba.

Pero amanecer abrazado al otro ya era mucho más íntimo y se asustó. No sabía cómo tratarlo después de eso.

¿Eran algo ahora? ¿O solo había sido una cosa de un rato y ya?

Por lo que había dicho Gawain en el desayuno, iba a tener que esperar a llegar a casa para averiguarlo y no estaba seguro de si sería capaz de esperar tanto.

Llegaron por fin al motel que Lance les tenía reservado y, en esa ocasión, no hubo problemas para conseguir dos camas, así que Arthur respiró aliviado.

El día pasó sin pena ni gloria. Compraron comida para llevar y comer en su habitación. Pasaron el resto del día viendo la televisión y luego salieron a cenar tranquilos en una pizzería cercana.

Nada anormal.

El problema empezó al irse a dormir. Otra vez.

Arthur se vio de nuevo en un lugar desconocido. Un bosque. Parecía distinto al del otro sueño.

Hacia frio, llovía y el suelo estaba embarrado. Tanto que sus botas se resbalaban al andar por el terreno. Arthur notó algo raro. Le costaba respirar y se sentía débil.

El aire olía a sangre. Mucha sangre.

Al mirar a su alrededor notó que el bosque era un campo de batalla. Había unos pocos soldados luchando. Unos con su emblema, un león dorado. Otros, con un águila blanca en sus capas o armaduras.

No estaba seguro de que estuviera ganando. Solo de que, por alguna razón, ya no le importaba.

Se sentía terriblemente triste y no estaba seguro del por qué.

Siguió caminando, trabajosamente hasta llegar a un claro. Allí vio un cuerpo en el suelo y el alma se le cayó a los pies.

Pelo rojo manchado de barro y sangre.

– ¡Gawain! – se oyó gritar, arrodillándose ante el cuerpo.

Lo giró y comprobó que, efectivamente, era su amigo. Tenía una herida de espada que le había atravesado el pecho.

Le cerró los ojos y murmuró una plegaria.

Al menos esperaba que no hubiera sufrido demasiado, pensó mientras las lágrimas caían por su rostro.

Sintió su corazón hacerse pedazos y abrazó fuerte a su amante.

Cuando le dejó por fin en el suelo, se levantó con las pocas fuerzas que le quedaban. Unos metros más allá, estaba su asesino.

Mordred.

Y él iba a encargarse de vengar a su Gawain.

– ¿Arthur? ¡Arthur, despierta!

La voz de Gawain y el roce de su mano en su mejilla consiguieron sacarlo de su pesadilla. Abrió los ojos y se encontró con la imagen borrosa del pelirrojo, vivo y luciendo muy preocupado.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba llorando.

Gawain estaba sentado en el borde de su cama, mirándole sin entender que pasaba, con una mano en el rostro de Arthur.

El chico se lanzó a sus brazos y escondió el rostro en su cuello, mientras el pelirrojo le abrazaba extrañado y desconcertado.

Pero aunque le preguntó varias veces, no consiguió voz para explicarle porque estaba llorando. El sueño le había dejado con una tristeza tal que no podía dejar de sentirla a pesar de estar viendo a Gawain vivo y sano frente a él.

Seguía notando esa pena que debió sentir en el pasado.

Gawain le abrazó estrechamente y esperó a que se calmara para alzarle el rostro y, tras limpiarle las lágrimas que aun caían, mirarle preocupado.

– ¿Qué ha pasado? – le preguntó. Al chico le salió la voz ronca al contestar.

– Nada.

– Eso no ha parecido nada. ¿Ha sido una pesadilla?

– Una horrible.

– ¿Quieres hablar de ello? – Arthur negó con vehemencia con la cabeza.

– No.

– Está bien. – Gawain volvió a acariciarle las mejillas. – ¿Vas a estar bien?

– No lo sé. – admitió con un hilo de voz.

Con un suspiro, Gawain le empujó para que le hiciera sitio en la cama.

– Bien, entonces dormiré contigo. ¿Te parece bien? – Arthur asintió y Gawain volvió a abrazarle al estar tumbados juntos en la cama.

Así, abrazados y con el pelirrojo acariciándole el cabello, el chico se fue quedando dormido poco a poco, olvidada ya la pesadilla.

Pero mientras aún estaba despierto, se encontró pensando en que haría si a Gawain le pasaba algo. Había sentido tal dolor que no estaba seguro de si lo sobreviviría.

¿Eso significaba que si sentía algo por el otro hombre?


Si, lo sé. Voy un día tarde. Pero ayer fue fiesta en Málaga y se me fue el santo al cielo. El próximo si será en miércoles.

Relato: Descubriendo el pasado. Capítulo 3.

Capítulo 3.

descubriendo el pasado

– ¿Tengo algo en la cara?

Arthur maldijo internamente. Ya era la tercera vez que Gawain le pillaba mirándole descaradamente, pero no podía evitarlo.

Después de dos noches seguidas de sueños con el pelirrojo le era imposible no mirarle. Estaba peligrosamente cerca de obsesionarse con el asunto y lo sabía, pero… ¿Cómo no iba a hacerlo con esos sueños?

Ya estaba seguro de que eran recuerdos, no simples juegos de su mente. Pero eso no hacía más que empeorarlo todo. Ahora quería saber cómo habían llegado a tener esa relación en el pasado. ¿Por qué? ¿Cuándo?

Nunca antes había oído hablar de que el rey Arturo tuviera ningún amante. No era raro, la verdad y tampoco resultaba extraño que tuviera uno de su mismo sexo. Esos viajes largos a solas con su ejército debían dejar a más de uno con ganas de dormir en una cama caliente y acompañado.

Pero del rey Arturo solo había escuchado la historia de Ginebra y se acabó. Y, por lo que había podido comprobar, esa no fue cierta del todo, ya que sabía por Joss que él y Lance habían estado juntos también en el pasado y que Lance nunca estuvo involucrado con ella.

Gawain le seguía mirando interrogante mientras comía su hamburguesa y Arthur suspiró, pensando una excusa.

– No, perdona. Estaba pensando. – el otro arqueó una ceja pero no le replicó.

Estaban a las afueras de Billings, haciendo una parada para comer antes de dirigirse hacia la ciudad a buscar un motel donde dormir y descansar. Había sido un día muy largo de conducir y conducir para evitar que les pudieran localizar. Arthur no creía que les estuvieran siguiendo todavía, pero no podían fiarse.

Así que decidió hacer caso a Gawain, que era lo más inteligente en ese momento.

– ¿Has vuelto a hablar con Lance? – Gawain asintió.

– Si, esta mañana temprano. Ha enviado coordenadas para un motel donde podemos quedarnos sin correr peligro. Pasaremos la noche allí y seguiremos hasta la siguiente ciudad. En esa nos quedaremos algo más. – Arthur parpadeó, sorprendido. Pensaba que tenían prisa por llegar a Filadelfia.

– ¿Por qué?

– Necesito cambiar el coche para estar seguros. Y nos vendrá bien descansar un poco de carretera. Dos días, tres máximo.

La idea de no tener que pasar un par de días en el coche le parecía genial. Empezaba a sentirse enfermo de tanta carretera. El estrés de la fuga y tantas horas en el coche estaban pasándole factura. Necesitaban descansar apropiadamente.

Pero, luego, había un problema con esos planes.

¿Iba a ser capaz de pasar esos dos días en el motel con Gawain sin que el asunto de los sueños le diera problemas?

Esa mañana ya había sido muy vergonzoso. Gawain estuvo burlándose de él durante horas, porque, al parecer, había sido muy vocal durante el sueño. Incluso llegó a despertar al pelirrojo. Arthur deseó desaparecer en ese momento.

¿Y si esa noche volvía a repetirse?

Suspiró y rezó para que esa noche no hubiera sueños.

Una hora después, ambos estaban acomodándose en la habitación de motel. Muy parecida a la del día anterior, con dos camas y un baño. Chiquitita y deprimente. Arthur se tomó el primer turno en la ducha y luego se sentó en su cama para ver la televisión, en un vano intento de distraerse de su problema.

Como la noche anterior, Gawain salió del baño sin camiseta, aunque esa vez llevaba unos pantalones de pijama que le quedaban por la cadera. Arthur no pudo evitar fijar sus ojos en los huesos de la cadera de Gawain, en la fina línea de vello dorado bajando desde su ombligo hasta desaparecer bajo la cintura de dichos pantalones, en el bulto que escondía bajo la tela.

Un carraspeo le hizo desviar la mirada a la cara de Gawain, quien estaba intentando por todos los medios no reírse y Arthur notó como le ardían las mejillas. Le había pillado comiéndoselo con los ojos.

– ¿Ves algo que te guste? – le preguntó el pelirrojo con la voz impregnada de risa.

– ¡No! – se apresuró Arthur en contestar. Gawain le arqueó una ceja. – Pensaba que esos pantalones eran míos. – mintió. El otro se mordió el labio, intentando no reírse.

– ¿Estos? – preguntó, tirando de la cintura. – Si son tuyos, puedo quitármelos. – e hizo el amago de bajárselos. Arthur se apresuró en detenerle, agarrándole de la muñeca.

– ¡No, no! – los dos estaban de pie, cara a cara y con Arthur sujetándole del brazo. La mirada de Gawain pasó de divertida a algo más oscuro y el chico sintió que se le doblaban las rodillas por el calor de esa mirada.

Gawain cogió su mano, liberando su muñeca y atrajo a Arthur hasta hacerle chocar con su pecho. El mas joven cerró los ojos al sentir el aliento del otro prácticamente en su cara. Gawain le rozó la mejilla con las yemas de los dedos, sintiéndose muy tentado de romper su propia regla por esa noche.

Sin embargo, no lo hizo. Tenía un trabajo que hacer y debía proteger al chico, antes que nada.

– Es hora de dormir, Arthur. – le susurró a escasos centímetros de su boca, deseando probarla y negándose ese deseo.

Se separó, finalmente y Arthur se dejó caer sentado en su cama, casi temblando mientras el otro se metía en la suya, dispuesto a dormir. Unos minutos después, Arthur le imitaba, cuando por fin consiguió recuperar el control de su cuerpo.

Cuando volvió a ser consciente de algo, estaba de nuevo en el castillo. Y de nuevo en su habitación, por lo que podía ver. Era el mismo escenario del primer sueño y Arthur temía que fuera una repetición.

Sin embargo, había algo diferente. En esa ocasión había una mesa grande, llena de comida con un par de velas en el centro y dos asientos. Una jarra con vino y dos copas junto a la mesa. La chimenea estaba encendida y daba una luz acogedora a la habitación, con una piel de oso enorme en el suelo junto a ella.

Arthur parpadeó. ¿Eran imaginaciones suyas o parecía estar todo preparado para una cena romántica?

Alguien llamó a la puerta antes de entrar y Arthur vio a Gawain sonreírle, sus ojos iluminándose al ver todas las cosas que había preparadas.

– ¿Majestad?

– Feliz cumpleaños, Alex. – se escuchó decir y la sonrisa que le dedicó el otro era lo más bonito que había visto en mucho tiempo.

Arthur notó que era así como se sentía el viejo Arturo. Pero que él mismo pensaba igual. Comprendía que hubiera montado todo eso solo por ver esa sonrisa.

Gawain se acercó a paso ligero y le cogió del rostro para darle un largo y apasionado beso, sin dejar de sonreír.

Cenaron y charlaron durante horas, hasta que la luna estuvo alta y el fuego de la chimenea amenazaba con apagarse.

Arthur le llevó hasta su cama, cubierta con pieles de varios animales que prefería no ver en ese momento, y se tumbaron juntos, solo besándose.

Cuando Gawain quiso mover las cosas algo más allá, Arthur le detuvo, ganándose una mirada extrañada del otro.

– Esta noche no. – le dijo. – Esta noche solo quiero disfrutar de tu compañía.

– Pensaba que disfrutaba también de lo demás. – Arthur rio.

– Por supuesto. Pero hoy quiero solo estar contigo. Quiero besarte hasta que nos gane el sueño. Mirarte hasta memorizar todo de ti. Acariciarte hasta que mis dedos sepan tu forma de memoria. Hoy no necesito sexo. Solo te necesito a ti.

Los ojos de Gawain se llenaron de lágrimas y le volvió a besar, largo y profundo, casi dejándole sin aliento. Arthur podía notar como su excitación iba creciendo pero la ignoró por completo. No le importaba, ya estaba saciado con sentir al otro a su lado.

Aun así, no pudo evitar que se le escapara algún que otro gemido al notar el muslo de Gawain rozándole la entrepierna.

Despertó, abriendo los ojos y encontrándose de nuevo con la mirada divertida de Gawain, el Gawain del presente. Arthur maldijo por lo bajo, empezando a cansarse de semejante situación. Ya estaba harto de pasar tanta vergüenza gratuita, la verdad.

– ¿Qué se supone que no debía hacer? – le preguntó Gawain, pillándole por sorpresa.

– ¿Qué?

– Has dicho mientras soñabas «¡No, Gawain!». Así que me preguntaba qué era lo que no debía hacer. – Arthur se sonrojó. ¿Había hablado en sueños? ¿Podía la situación volverse todavía más vergonzosa? Al parecer, sí.

– Oh… tú… tú estabas… estabas rompiendo una camiseta mía. – mintió. Gawain soltó una carcajada. Estaba claro que no le había creído ni media palabra.

– ¿Ah, sí? ¿Y siempre que tratas de que no te rompan una camiseta lo pides gimiendo?

¡Oh, dios! Pensó Arthur, tapándose la cara con las manos. ¿Cómo iba a arreglar eso? No tuvo que hacerlo, ya que al parecer Gawain tuvo piedad de él y cambió de tema.

– De todas maneras, ha venido bien que te hayas despertado. Tenemos que irnos ya. Si salimos ahora, llegaremos a la siguiente ciudad al medio día. Aprovecharemos para comer bien, buscar un buen sitio donde descansar y hacer la colada, que la ropa limpia empieza a escasear.

– Está bien. Voy a ducharme. – Gawain volvió a sonreír, pícaro.

– Puede que quieras ocuparte de ese problemita, ya que estas en la ducha. – rio. Arthur gruñó algo y salió corriendo al baño. – O, si quieres, puedo echarte una mano.

El portazo que dio el chico al encerrarse en el baño fue toda la respuesta que recibió y el pelirrojo soltó una carcajada, realmente divertido con la situación.

Al principio le había parecido raro e incómodo, pero ahora le hacía mucha gracia las reacciones de Arthur a su obvia atracción hacia él. Cuando llegaran a casa, iba a hacer un movimiento hacia el chico. Le gustaba bastante y, estaba claro, que Arthur sentía algo por él.

Pero eso sería en la seguridad y tranquilidad de su casa. Ahí, aun siendo perseguidos y con la vida del chico dependiendo de sus habilidades para protegerlo, no iba a hacer nada.

Tenía otras cosas más importantes en las que centrarse. Como llevarlos sanos y salvos a casa.

Llamó a Lance, para dar su informe y así mantenerlo informado de todo lo que hacían, como le habían pedido.

– ¿Cómo lo lleva Arthur? – le preguntó Lance, en un momento de la conversación. Gawain consideró no contar lo que estaba pasando pero sabía que Lance se enteraría más tarde o temprano. Siempre lo hacía.

– Bien, bien. Está haciéndome caso, lo cual es estupendo. Y no ha protestado mucho, pero…

– ¿Pero?

– Está actuando un poco raro.

– ¿Raro como qué? – preguntó Lance, carraspeando.

– Está teniendo sueños… sueños eróticos.

– Oh. – casi podía escuchar la sonrisa en la voz del otro y Gawain sonrió a su vez, divertido.

– Ya, dímelo a mí. Tengo que escucharlo. – Lance soltó una risita.

– ¿Y cómo lo llevas tú?

– Regular. – bufó. – Esta mañana ha gemido mi nombre.

– Vaya, eso sí es una novedad.

– Sinceramente, nunca pensé… ni se me pasó por la cabeza, la verdad. – Lance soltó un sonido despectivo.

– Bueno, tendría que estar ciego para no interesarse. – eso hizo reír al pelirrojo.

– Gracias. No se lo diré a Joss.

– Mejor. Igualmente, ándate con pies de plomo. – le advirtió. – Es el jefe, es mucho más joven que tú y no estáis en la mejor situación para tonterías.

– Lo sé, lo sé. No pienso hacer nada. – aseguró y Lance murmuró su acuerdo. – Solo me ha resultado curioso. Ni siquiera sabía que le gustaban los chicos. – el otro soltó una carcajada.

– ¿En qué mundo vives? ¡Te ha mirado el culo más veces de las que puedo contar! Y por lo que Joss dice, siempre le ha ido las dos bandas.

– Bueno es saberlo. – rio Gawain. – Nos vemos en unos días.

– Procura que no sean más de los necesarios.

Gawain cortó la llamada y se quedó mirando hacia la puerta del baño, en donde seguía Arthur duchándose.

– Y ahora… ¿Qué hago yo con esta información?


¿No tienes que leer? ¿Llegas a casa y todo está cerrado y no sabes qué leer?

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Relato: Descubriendo el pasado. Capítulo 2.

Capítulo 2.

descubriendo el pasado

Para sorpresa y alivio de Arthur, Gawain sí que sabía hacia donde iban.

Tras casi una hora andando por el bosque, acabaron llegando a la carretera, muy cerca del límite de la ciudad de la que iban a salir. El guardaespaldas usó su propia tarjeta de crédito para conseguir dinero y le empujó hacia un Walmart. Su traje y el del pelirrojo estaban rotos y manchados de sangre y tierra. Llamaban demasiado la atención.

Allí compraron ropa más normal, vaqueros y camisetas para un par de días. Nada de trajes. Con todo eso preparado, Gawain consiguió un coche de segunda mano en una tienda y condujo hasta la siguiente ciudad sin parar ni para comer.

Arthur quería protestar y mucho.

Tenía hambre, estaba cansado y asustado. Algo normal dadas las circunstancias. Pero sabía que ponerse a protestar como un niño no iba a servirle de nada y que Gawain estaba haciendo lo mejor que podía para protegerle.

Cuando por fin se detuvieron, casi a la noche, a las puertas de un motel mugriento, Arthur no estaba seguro de si debía alegrarse o llorar. El sitio era deprimente.

Gawain le dejó en su habitación y volvió a salir, prometiendo traer comida a su regreso.

Arthur observó la habitación y gimió. Era minúscula, con dos pequeñas camas en las que casi no iban a entrar y un diminuto baño.

Entendía el porqué. Resultaba más sencillo proteger un espacio pequeño y allí no les buscaría nadie, eso era seguro. No iban a imaginar que un multimillonario se estaba escondiendo en semejante cuchitril.

Pero lo único que podía pensar Arthur era que allí no tenía manera de huir de su sueño. No con el protagonista durmiendo en la cama de al lado o paseándose por la habitación ligero de ropa.

¿Cómo iba a sobrevivir a eso?

Una hora después, Gawain aparecía con una bolsa de comida rápida y una expresión nada feliz.

– ¿Has conseguido hablar con Lance? – le preguntó, sabiendo que ese era el motivo de su seria expresión.

Gawain suspiró, sacando paquetes de comida china de la bolsa y ofreciéndole un par de ellos a Arthur. Cuando este los abrió se sorprendió al ver sus favoritos. Arqueó una ceja ante eso. ¿Cuándo había aprendido Gawain lo que le gustaba comer del chino?

El pelirrojo se sentó en la otra cama, frente a él con su propia comida.

– No está nada contento, obviamente. – eso debía ser la subestimación del siglo, conociendo a Lance. – Pero nos ha dicho que sigamos así. Que lo más seguro es ir por carretera, como teníamos planeado y mantener un perfil bajo hasta que podamos llegar a un lugar más seguro.

– ¿Dónde? – preguntó Arthur, dando un bocado a sus tallarines. Estaba muerto de hambre y esos tallarines estaban deliciosos.

– En Filadelfia hay una sede de Kamelot. – el chico la recordaba. Había acompañado a sus padres allí cuando era pequeño. – No es ni la mitad de grande pero es lo más seguro que podremos estar hasta que vengan a recogernos. Mientras, no es recomendable pasar mucho tiempo en el mismo sitio. Hoy dormiremos aquí y nos iremos a primera hora hasta la siguiente parada.

– Uhm.

– ¿Hay algún problema?

¿Algún problema? Pensó Arthur, frustrado.

Si, sí que lo había.

El problema era que había soñado con ese hombre y fue el mejor sueño erótico de su vida. El problema era que eso podía ser un antiguo recuerdo y ahora no sabía como mirar al otro a los ojos.

El problema era que Gawain ya no llevaba el traje negro y la camisa blanca que eran su uniforme como personal de seguridad. Llevaba unos vaqueros rotos estrechos, una camiseta negra que se le ajustaba como un guante y una sudadera que llevaba abierta en ese momento y Arthur no podía dejar de mirarle el pecho.

¿Qué iba a hacer si volvía a soñar con Gawain? En tan diminuto espacio era imposible que el otro no lo notara. Arthur estaba muy seguro de que no había sido nada silencioso esa mañana.

¿Y si volvía a tener un sueño de esa clase y Gawain le escuchaba?

No pensaba que pudiera haber algo más vergonzoso.

– No, ninguno. – mintió y siguió comiendo sus rollitos de primavera.

¿Qué iba a decir?

¡Ah, Gawain, adivina! Estoy teniendo sueños con nuestro pasado y por lo visto, estábamos liados.

Gawain era el único del grupo que no sabía que era un renacido.

Cuando Merlin hizo su pacto con la Dama del Lago, Lydia, para usar Excalibur y resucitarlos a todos en un futuro no contó con si debían o no saber sobre ese pacto o su vida anterior.

La mayoría lo fueron averiguando poco a poco, unos por sueños o visiones y otros, como en el caso de Lance, porque el propio Merlin se lo contó.

Pero Gawain jamás tuvo ningún sueño o visión sobre su antigua vida y se asumió que nunca recordaría nada. Y eso estaba bien para todos.

Tener recuerdos de tu vida pasada a veces hacia la actual más complicada.

Como el caso presente, por ejemplo.

Terminaron de cenar, en silencio, cada uno metido en sus propios pensamientos. Arthur con sus preocupaciones ridículas y Gawain considerando si podía permitirse el lujo de dormir o si debía hacer guardia toda la noche.

Finalmente optó por dormir. Al día siguiente debía conducir unas cuantas horas hasta el siguiente motel, donde Lance les había reservado una habitación y no podría si estaba agotado. Ahí estaban a salvo por esa noche.

Fue al baño a darse una corta ducha y, cuando regresó, se encontró con que Arthur se estaba desvistiendo. Tenía los vaqueros abiertos, mostrando sus bóxer azules y sin camiseta.

El chico no estaba tan fuerte o marcado como él o el resto de los guardias. Y era lógico. Gawain le había llevado al gimnasio con ellos durante sus primeras semanas trabajando juntos para poder establecer un lazo con el chico y que este dejara de desconfiar de él. Necesitaba su confianza si quería poder protegerlo como era debido.

Consiguió esa confianza, su amistad y un compañero de gimnasio diario. Pero, obviamente, no estaba tan fuerte como el resto.

Sin embargo, seguía teniendo un buen cuerpo. Delgado pero muy atractivo.

Y Arthur era muy guapo, además, con ese pelo oscuro y unos ojos verdes de película. Gawain no estaba ciego. Pero era su jefe y con el trabajo no se tonteaba. Esa era su norma.

Eso no prohibía que pudiera disfrutar de la vista.

Carraspeó, llamando la atención del otro quien se sonrojó al ser sorprendido de semejante guisa, haciéndole reír.

Y ahí fue cuando la cosa se puso algo rara, en opinión de Gawain, ya que, como acababa de salir de la ducha, él solo llevaba la toalla en la cintura y poco más. Se había olvidado la ropa allí y pensaba vestirse sentado en su cama. Nada que no hubiera hecho mil veces también en el vestuario delante de todo el mundo, Arthur incluido.

Pero el chico le observaba como si no le hubiera visto nunca, con los ojos clavados en su pecho y Gawain arqueó una ceja, intrigado.

¿Sería posible que Arthur le encontrara atractivo?

No pensaba hacer nada con esa información, porque no se mezclaban el trabajo y el placer, pero…

Decidió hacer una prueba.

Cogió unos pantalones de chándal que había comprado antes y se quitó la toalla, para ponérselos. Casi se carcajeó al ver la reacción de Arthur, que fue la de sonrojarse como un tomate maduro y ser incapaz de apartar la mirada. Una mirada que se volvía más y más ardiente por segundos.

Interesante, pensó mientras se ponía una camiseta, decidiendo dejar de molestar al otro.

– Deberíamos dormir ya. – le dijo, sonriendo sin poder evitarlo al ver que el otro seguía en shock. – Mañana va a ser un día muy largo.

– Si, claro.

Y el peor miedo de Arthur se hizo realidad. O sueño.

Cuando volvió a ser consciente de algo se vio en un lugar muy diferente al que se había ido a dormir. No estaba en la habitación del motel, estaba sentado al pie de un árbol.

Al mirar a su alrededor, vio que estaba en lo más profundo de un bosque. Veía y escuchaba a otros hombres, hablando, riendo. Los caballos relinchaban, no muy lejos. Escuchaba agua correr y chapotear muy cerca de donde estaba.

Se había sentado apartado de los demás. No recordaba que momento era ese, pero si sentía que deseaba estar solo y tranquilo.

Pero, claro, su sombra siempre estaba ahí, aunque él no lo deseara.

Gawain estaba delante de él, vestido con ropas más gruesas y ásperas que las de su anterior sueño. Algo en su cerebro le dijo que era la que solía llevar bajo la armadura, tela fuerte para mantenerlo caliente y protegido bajo el metal.

El pelirrojo le sonrió, una sonrisa cansada pero afectuosa y se arrodilló frente a él, para poder besarle de la misma tierna manera que lo había hecho en el otro sueño.

Arthur no pudo evitar un gemido, tanto había deseado repetir ese beso.

Alargó las manos y cogió del rostro al otro hombre, obligándole a sentarse sobre su regazo en el suelo.

– Cualquiera diría que me ha echado de menos, majestad. – rio Gawain, volviendo a besarle. Arthur le abrazó por la cintura, tratando de acercarlo aún más.

Jadeó al sentir la dureza del otro frotándose contra la suya. Los ojos azules de Gawain se oscurecieron un tono cuando le volvió a mirar.

– ¿Quieres hacerlo delante de todos esos soldados? – le susurró Gawain al oído, moviendo las caderas para buscar más fricción. Arthur volvió a jadear, casi sin aire. – Estoy seguro de que puedo hacerlo sin que ellos se den cuenta. Pero debes estar en silencio. ¿Crees que puedes guardar silencio por mí?

– Si. Si.

– Bien.

Gawain se incorporó lo justo para poder acceder a la ropa de Arthur y abrirle y bajarle los pantalones que llevaba, liberando su ya hinchado miembro. Le acarició un par de veces antes de dedicarse a quitarse sus propios pantalones.

Echó un rápido vistazo por encima del hombro, para comprobar que los demás estuvieran en sus propios asuntos y volvió a sentarse sobre Arthur, frotando su trasero contra su miembro, sacándole un tembloroso gemido que se apresuró a acallar con un beso.

Al separarse, le sonrió y le hizo un gesto para que guardara silencio. Arthur asintió y se mordió el labio mientras veía como Gawain se preparaba a sí mismo, sin dejar de mirarle a los ojos, con las mejillas enrojecidas y la respiración agitada.

Una eternidad después, si le preguntabas a Arthur, Gawain se empaló a si mismo con el miembro de Arthur y comenzó a moverse rítmicamente.

Cuando los jadeos de Arthur empezaron a subir el volumen, le tapó la boca con la mano, casi riendo al ver su expresión de enfado.

Para vengarse, Arthur comenzó a acariciarle haciéndole perder el poco control que le quedaba. No tardaron en acabar. Demasiado para los dos.

Arthur abrazó a Gawain, quien escondió el rostro en su cuello, y cerró los ojos.

Al volver a abrirlos volvía a estar en la habitación del motel y Gawain le observaba con una expresión de diversión que debería ser ilegal en cualquier situación.

– ¿Qué? ¿Hemos soñado algo interesante?

Arthur sabía que no iba a salir vivo de ese viaje. Ya empezaba a arrepentirse de que no le hubieran matado el día anterior.


¿Te ha gustado?

Pues dentro de dos semanas, más.

Y, recuerda, si llegas a casa, después de un largo día y quieres desconectar y no hay nada interesante en la tele y es demasiado tarde para buscar ningun libro en las librerías…relato

¿Qué puedes hacer?

¡Fácil!

Encontrarás montones de relatos y novelas de fantasía urbana con las que evadirte y disfrutar de una buena lectura en este blog o en mi página de Amazon.

¿A qué esperas?

Mi aventura de escribir: Podcast: Reescribir

Mi aventura de escribir. Podcast. Reescribir.

podcast

¡Hola! ¿Qué tal, queridos aventureros? Bienvenidos un día más al podcast de Mi aventura de escribir, el podcast donde se reescribe todo.

Reescribir es agotador. Y no se acaba nunca, eso lo tengo claro.

Aprovechando el confinamiento y el exceso de tiempo libre decidí dar un repaso a las novelas que tengo ya publicadas, en especial las primeras. Esas siempre van a tener fallos, ¿a qué si?

Pues empecé con Jack T.R., que ya debe ir por su cuarta o así y decidí también meter ciertas cosas que en un principio no tenía pensamiento de meter.

Escenas y capítulos enteros que antes eran cortos para conocer a los personajes. Un primer capítulo que luego quité y he vuelto a poner.

He escrito también escenas extras para meter más al lector en la historia y empatizar o explicarle mejor ciertas cosas que, al principio no conté porque creí que si lo hacía, desvelaba demasiado. Luego vi que no era así. O eso espero.

He metido a personajes que mencionaba de pasada pero no salían y ahora pienso que deberían haber hecho acto de presencia.

He desvelado datos de los personajes que yo sabía pero no los contaba porque no me parecían relevantes. Y ahora creo que si lo son.

Cosas así. Vamos, que le he dado un señor repaso.

Y con la tontería Jack T.R. ha crecido un buen numero de páginas, lo cual me ha hecho muy feliz.

También le he añadido el relato de El diario de Charles, que era una especie de continuación y spin off al mismo tiempo, sobre lo que hacia Charles, su prota, justo al acabar la novela.

Pero la versión que puse en el blog, años atrás, era muy corta y resumida y… no, no quedaba bien ahí. Así que también la reescribí, dándole más contenido y metido más trama.

Todo eso servirá también para cuando veamos a Charles en las otras novelas, poder entender porque está como está y hace lo que hace. Ahí se va a desvelar bastante de eso.

Total, que con la tontería pasé tres semanas y pico sin parar y ha sido muy divertido.

Ahora la tienes nuevamente en Amazon, con todo el contenido extra y también en Wattpad, dónde la he ido publicando a dos capítulos por semana.

Espero que la disfrutes mucho, si la lees.

Y tras Jack T.R. ha seguido Kamelot 2.0 y luego irán las demás. Kamelot ya lleva un buen repaso y dos nuevos relatos que ya he empezado a compartir también en el blog. ¡No te los pierdas!

La pregunta del millón para cualquier escritor es… ¿se acaba alguna vez de reescribir o repasar tus novelas?

La respuesta corta es: No.

No se acaba nunca, porque siempre encontraras algún fallo o errata o cosa que en ese momento te parecía genial y, meses después, te parece una birria.

Siempre.

Es algo que ocurre mientras escribes, también. El no saber cuando dar por finalizada tu novela. Y ese es el truco, saber que nunca va a estar terminada del todo y que tienes la oportunidad de volver a revisarla en un futuro.

Tengo fics antiguos, de cuando empezaba a escribir, que ahora leo y me dan vergüenza ajena. Muchos no puedo ni leerlos por ese motivo. He cambiado y evolucionado en mi manera de escribir, de expresarme y de crear y ahora no soporto lo que escribía diez o más años antes.

Y la mayoría son insalvables, por absurdos. Tenían menos trama que un anuncio de contactos. Pero si es cierto que me gustaría poder rescatar algunos, porque significaron mucho en su momento y me encantaría reescribirlos.

Pero, en esos, la reescritura sí que está complicada. Bastante.

Todo se andará. O ya ando, que he cogido la idea base de uno de los últimos que hice para hacerla relato corto o novelita. Espero que funcione.

Mientras tanto, espero que leas las novelas nuevamente, descubras cosas nuevas y las disfrutes porque en algunas quedaron cosas que contar y que podrían interesarte.

Ya sabes que puedes encontrarlas todas en Amazon, buscando por mi nombre, Eva Tejedor, y que puedes echar una manita invitándome a un Kofi, en Ko-fi.es/evatejedorescritora

También recordarte que visites mi blog, miaventuradeescribir.com y disfrutes de los post y relatos que allí encontrarás.

Un salud, aventureros y nos vemos en dos semanas.

 

 

Relato: Descubriendo el pasado

Pues tengo un par de relatos nuevos y alguna cosa por ahí perdida, así que los miércoles que no haya podcast, iré poniendo capítulos de relatos para no aburrirnos. ¿Qué te parece?

Este está inspirado en el universo de Kamelot 2.0, donde Arthur, el prota, descubre algo muy intresante de su vida pasada como rey de Camelot.

¡Disfrútalo!


2020-05-27 14.10.01

Capítulo 1.

Arthur estaba soñando.

Y lo sabía porque estaba en lo que parecía una habitación extraña con paredes de piedra, fría y desagradable a pesar de los adornos de pieles, terciopelo y la enorme cama. Todo lucía muy antiguo.

Estaba ahí en vez de en su habitación del hotel a la que fue a dormir la noche anterior, cuando acabó la junta de accionistas celebrada en San Francisco, a la que había sido obligado a asistir junto con Gawain.

Había un enorme espejo de cuerpo entero con el marco dorado y Arthur contempló su reflejo con una expresión de sorpresa.

Vestía una túnica morada de lana y una especie de capa que llegaba hasta sus rodillas, sujeta en sus hombros por dos broches gemelos de zafiros. Su cabello parecía distinto, cortado de una manera muy extraña.

Y llevaba una espada colgada en su cintura. Al sacarla de su vaina vio que era Excalibur, luciendo nueva y brillante.

Toda la situación se sentía un poco como un déjà vu. Le recordó a aquella vez que soñó con su última batalla antes de que su padre muriera.

Todavía intentando procesar que hacia allí y si era o no un sueño, escuchó un par de golpes suaves en la gruesa puerta de madera y un casi irreconocible Gawain entró en la habitación.

Arthur le vio hacer una reverencia antes de cuadrarse y observarle con ese brillo travieso que siempre iluminaba sus ojos azules.

Estaba tan diferente al que conocía… el cabello más rebelde y largo, varias cicatrices visibles en su rostro y brazos, más fuerte y rudo. Había algo fiero y duro en su mirada.

Pero la misma sonrisa pícara en ese rostro conocido.

– Majestad, vengo a daros el informe de la zona norte. – incluso su voz era ligeramente distinta, más ronca.

Arthur se quedó un segundo en blanco. Al parecer le iba a tocar escuchar más informes. Incluso en sueños tenía que trabajar.

– Adelante.

Para sorpresa del chico, la postura y la actitud de Gawain cambió radicalmente. Pasó de estar serio y envarado a relajado y con una sonrisa socarrona. Gawain comenzó a quitarse los guantes, dejándolos sobre una mesa. Luego le tocó el turno a la espada, la capa… todo eso sin dejar de hablar sobre ganado, fronteras, aldeanos que no querían pagar impuestos, otros que solo se quejaban de los lobos y cosas así a las que Arthur no estaba prestando mucha atención porque el otro estaba frente a él, quedándose solo con una túnica y sus zapatos.

Había algo en esa situación que se le escapaba y no tenía idea de que podía ser.

Entonces, Gawain se acercó a él, despacio hasta quedar a solo un paso. Su mirada se suavizó, su expresión varió a la de alguien que estaba mirando algo que le gustaba mucho y notó la áspera mano del otro en su mejilla, alzándole levemente la barbilla para poder besarle, lento y dulce. Arthur no entendía nada pero no pudo evitar que se le escapara un gemido porque hacía años que nadie le besaba de esa manera.

No. Estaba seguro de que jamás le habían besado de esa manera.

Cuando se separaron, Gawain le cogió el rostro con ambas manos, sus pulgares acariciándole suavemente y Arthur se sintió derretir por la ternura y el calor de la mirada del otro.

– ¿Ocurre algo, majestad? ¿Es mal momento? – el chico negó con la cabeza, enérgicamente. Le daba igual que estuviera pasando ahí. Era un sueño, ¿verdad? Pues quería más de ese sueño.

Así que puso sus manos en la cintura del otro y lo acercó, ganándose una sonrisa divertida.

– No, nada. No pasa nada. – Arthur le dio un leve apretón en la cintura. – ¿No vas a besarme otra vez?

– Si es lo que su majestad quiere… – y el tono de Gawain es todo burla.

– Una orden, vamos.

Gawain, sin dejar de sonreír, le besó de nuevo y Arthur volvió a derretirse, necesitando sujetarse con más fuerza al otro para no caer.

Tanto era lo que le hacía sentir.

¿Por qué? No lo entendía, realmente. En el tiempo que llevaba de vuelta en Kamelot y con Gawain como su guardaespaldas particular, nunca sintió ninguna necesidad de besarle. Ni de tocarle de más.

Si, eran amigos. Habían hecho amistad en esos meses. Era complicado no sentir algo por el pelirrojo, cuando era siempre tan divertido, tan atento, siempre cuidando de él incluso cuando no debía.

Claro que eran amigos. Buenos amigos, le gustaba pensar a Arthur. Gawain era siempre al primero que recurría si necesitaba hablar de lo que fuera.

Pero nunca sintió esa necesidad. ¿Por qué soñar con esto, entonces?

Porque era un sueño, ¿verdad?

Se sentía tan real que casi parecía más un recuerdo que un sueño. Pero no podía ser. Alguien le habría dicho algo al respecto.

Joss le habría avisado, más sabiendo que había soñado con su pasado antes.

Las manos de Gawain dejaron su rostro para deslizarse por su espalda, tirando de su túnica para levantarla y colar las manos bajo ella, tocando piel por fin.

Arthur jadeó, sorprendido al sentir las manos callosas y desnudas del otro en su piel, calientes y exigentes, apretando y acariciando, encendiéndole en segundos.

La sonrisa de Gawain se amplió al escucharle, volviéndose lobuna y le besó con más pasión aun, dejándole sin aliento.

– ¿Qué le parece la idea de le ponga contra esa mesa y le haga mío? ¿Me permitiría eso, majestad? – le preguntó en un susurro sugerente.

Para ese momento, Gawain ya estaba acariciando su excitación con dolorosa parsimonia y Arthur no podría negarse a nada que le pidiera aunque quisiera, que no era el caso.

Quería. Él quería.

Vaya si quería.

No contestó. No podía, no le salían las palabras. Aún seguía tan sorprendido con su propio cuerpo y como respondía al toque del otro que era incapaz de pensar algo coherente. Además, estaba tan excitado que sería capaz de llorar si lo dejaba así.

Retrocedió un par de pasos, arrastrando a Gawain con él hasta chocar con la mencionada mesa.

Y el pelirrojo no necesitó más respuesta que esa.

Con movimientos rápidos y bruscos, Gawain le liberó de su espada, la capa y la túnica, dejándole completamente desnudo y a su merced. Le dirigió una mirada de tal adoración que Arthur se sonrojó violentamente.

Un nuevo beso, corto pero profundo y Gawain le obligó a darse la vuelta, quedando de espaldas al pelirrojo. Sus manos pronto estuvieron sobre Arthur, acariciándole por todas partes hasta centrarse en su excitación y en su entrada.

Le preparó con extremo cuidado, sacándole gemidos que debían escucharse en todo el castillo pero a Arthur no le podía importar menos quien le escuchara.

Era su sueño, ¿verdad?

Nada importaba.

Notó algo más grande y duro introducirse despacio en su cuerpo y se tensó, sintiendo un gran dolor. Gawain, enseguida trató de relajarlo, volviendo a acariciarle y besándole en los hombros, susurrando palabras de cariño en su oído que le excitaron más que cualquier otro toque.

¿Por qué? ¿Por qué las promesas de amor de un tipo por el que se suponía no sentía nada tenían ese poder en él?

Gawain comenzó a moverse de nuevo cuando notó que se relajaba al fin y no tardó en acelerar el ritmo, haciendo que Arthur chocara contra la recia madera de la mesa con cada embestida, dándole una mezcla de dolor y placer que le estaba volviendo loco.

Clavó las uñas en la superficie de la mesa, arañándola, gritando el nombre del otro hombre cuando llegó, cayendo agotado sobre la mesa mientras notaba a Gawain embestir más rápido y descoordinado varias veces antes de acabar él también.

Arthur sintió como Gawain le cogía, obligándole a girarse para mirarle y vio tal amor en sus ojos que se quedó sin habla.

Y se despertó.

El chico parpadeó, desconcertado. Estaba de vuelta en la habitación del hotel, el último en el que se habían alojado la noche anterior y estaba solo.

Solo y empapado, notó con cierta incomodidad.

Maldiciendo, salió de su cama y se metió en la ducha. Eran poco más de las siete de la mañana y Gawain estaría pronto por ahí para recordarle que debían salir en una hora o así.

En la ducha, todo el sueño volvió a su cabeza como si fuera una película.  Se notó de nuevo duro y cambio la temperatura del agua de templada a fría.

No podía permitirse volver a pensar en ese sueño. En minutos iba a tener que tratar con el protagonista de semejante fantasía y no estaba seguro de que pudiera mirarle a los ojos.

¿Cómo iba a hacerlo después de lo que había soñado?

Porque era un sueño, ¿verdad?

Preocupado por eso, cogió su móvil y llamó al único que podía responder a ciertas preguntas, sobre todo a las que se referían a su vida pasada.

Joss Merlin.

Joss no tardó ni dos tonos en contestarle.

– ¿Arthur? ¿Ocurre algo?

– No, no… solo… – de repente se sintió estúpido. ¿Cómo iba a contarle que había tenido un sueño erótico con su guardaespaldas? – Nada, déjalo. Es una tontería.

– No creo que lo sea. ¿Qué ocurre? – insistió el otro. De fondo se escuchaba el ruido inconfundible de la cafetera.

– En mi vida anterior… Gawain… o sea… – tartamudeó. – Él y yo… o sea… él y yo… ¿éramos?

– ¿Erais, qué? – preguntó Joss y se notaba que estaba aguantando las ganas de reír.

– ¿Algo más que amigos? – y ahora, sí. Joss soltó una carcajada larga y divertida.

– Gawain y tú erais algo más que amigos en esa época, sí. Erais la comidilla del castillo. – le confirmó. Arthur se sorprendió. ¿Por qué no había recordado eso antes? ¿Y por qué nadie le dijo nada? – Todo el mundo lo sabía, obvio, porque no erais lo más discreto del mundo cuando estabais en tu habitación. Pero al menos lo manteníais ahí.

– Oh…

– ¿Por qué preguntas eso? ¿Ha pasado algo?

– Solo he soñado… algo.

– Oh, espero que fuera divertido.

– Estúpido. – Joss volvió a reír. – Debiste avisarme.

– ¿Para qué?Mira, Arthur, aquello fue tu vida anterior. No tiene que repetirse nada de lo ocurrido ahí. Ahora eres otro y tienes otra vida distinta. Nada está escrito en piedra. Puedes elegir con quien quieres o no estar. Es tú decisión. Además, Gawain no recuerda nada de su vida pasada.

– Lo sé. – recordaba que Lance y Joss mencionaron eso un par de veces. Era algo muy curioso.

– ¿Eso va a ser un problema?

– No, no. Es que me ha sorprendido. Nunca he tenido ningún sueño con él… no de este calibre.

– Pues disfrútalos y no les des más vueltas. Son solo recuerdos que se quedan ahí por puro capricho. Olvida el asunto.

– Lo intentaré. – aunque sabía que estaba mintiendo. No iba a poder olvidar el sueño y lo que había sentido en él.

Era imposible.

Se despidió de Joss y procedió a vestirse. Gawain no tardaría en estar allí y prefería que no le pillara sin ropa. Ya iba a resultarle incomodo sin añadir más cosas.

Para cuando Gawain tocó en la puerta y entró, Arthur ya estaba preparado y con su maleta lista para salir de nuevo hacia el aeropuerto, donde les esperaba un avión de la compañía. Arthur iba inusualmente silencioso, lo que fue notado por su acompañante.

– Oye, ¿estás bien? – le preguntó y la preocupación que reflejaron sus ojos azules le hizo estremecerse al recordar el sueño.

– Si, sí. No he dormido bien.

– Bueno, podrás dormir en el avión. Yo tampoco duermo bien en los hoteles. Prefiero mi cama.

– No hay nada como la cama de uno. – bromeó Arthur, sin saber que decir. Gawain rio, dedicándole después una sonrisa pícara. La misma clase de sonrisa que le dedicó en su sueño.

– Pues sí. Para todo, ¿verdad?

Arthur tragó en seco, con la mirada enganchada a la del otro, que se fue poniendo serio poco a poco, luciendo algo confuso.

El momento se rompió cuando algo, presumiblemente un coche, golpeó brutalmente el suyo, sacándoles de la carretera y haciéndoles estrellarse en un lado donde todo era tierra y campo.

Arthur estaba dolorido y aturdido. No sabía que había ocurrido. ¿Habían tenido un accidente?

Pero la mano de Gawain tirando de él e instándole a salir del coche y seguirle, llevando su pistola en la otra, le indicaba lo contrario.

Más por inercia e instinto de supervivencia que otra cosa, corrió tras su guardaespaldas, quien se detenía cada pocos pasos para volverse y disparar su arma, empujándole hacia el bosque que se encontraba unos metros más allá.

Corrió todo lo que le dieron sus piernas, con el guardaespaldas pegado a él, vigilando. No le dejó detenerse hasta un buen rato después, ya bien dentro del bosque.

Y perdidos, presumiblemente. Al menos él no tenía idea de donde estaban.

– ¿Qué ha pasado? – Gawain guardó su pistola y se acercó para comprobar que no estaba herido. Él mismo tenía un golpe en la mejilla que sangraba un poco y que corría peligro de ponerse morado pronto.

– No estoy seguro. Pero nos han atacado, eso es indiscutible. – gruñó, tocándole la ceja. Arthur siseó de dolor. – Parece que te has hecho un corte aquí. Esperemos que no deje marca.

– ¿Y qué hacemos ahora?

– Ahora aplicamos el protocolo para estos casos, que es escondernos y pasar desapercibidos mientras intentamos ponernos en contacto con Lance y volvemos a casa.

Arthur miró a su alrededor. Estaban en mitad de ninguna parte, rodeados de bosque, árboles y nada que pareciera civilización. Pero no podían volver a su coche, donde estaban sus cosas, por si habían enviado más asesinos a buscarlos.

– ¿Cómo?

– Empezamos a andar hacia allí – dijo, señalando a una dirección. Arthur imaginó que había escogido esa dirección como podría haber escogido la contraria. – y nos escondemos bien en la siguiente ciudad. Buscaremos un motel barato. No nos buscaran por ahí. Y luego llamamos a Lance. No te preocupes. Estas a salvo conmigo.


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Pues dentro de dos semanas, más.

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