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Jack T.R. Capítulo 6.

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Capítulo 6

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Cuando Charles le pidió explicaciones, Aidan pensó que sería mucho mejor darlas en un lugar más privado y lo más alejado posible de donde el detective sufrió el ataque. Por el bien mental de ambos.

El librero aun no conseguía calmar su corazón, que latía desbocado desde que se encararan a ese demonio. ¡No podía creer que de verdad se hubieran enfrentado a eso! ¡Y habían salido vivos!

Por el momento, al menos.

No sabía cuándo ni cómo, pero sí que volvería a atacarles. De eso estaba seguro.

Así que lo llevó al único sitio donde estarían a salvo. Su librería.

Él por lo menos se sentía mejor ahí, en su tienda, protegido de cualquier cosa maligna que quisiera entrar sin invitación.

Si algo había aprendido durante su tiempo llevando el negocio fue a protegerse contra sus propios clientes. En especial, contra todos los que eran sobrenaturales. Ese era un lugar neutral, pero eso no implicaba que todos respetaran las reglas.

No se le ocurrió que, después de dos vasos de whisky y pasado un poco el shock, Charles iba a ponerse tan frenético.

No, frenético era quedarse corto.

Rayando un poco la histeria, exigiendo saber que había pasado y ladrando más que su perra, la cual había optado por esconderse debajo del mostrador, asustada por la ira nerviosa y los gritos del detective.

Aidan estaba pensando seriamente en hacer algo parecido, porque estaba asustándole más que el mismo demonio al que se habían enfrentado. Él no cabía debajo del mostrador, pero a lo mejor dentro del armario…

Julian, el muy bastardo, estaba disfrutando mucho con eso. No lo veía tan feliz desde que asustó a aquellos adolescentes en el último Halloween. Aidan aun recordaba cómo perdió una hora mintiendo a las familias de los críos para encubrir las travesuras del fantasma.

― Detective, por favor, ¿podría sentarse? Me está mareando. ― pidió lo más calmado que pudo después de verle dar la octava vuelta a la pequeña tienda. Charles le miró como si le hubiera pedido matar a su madre o algo parecido.

Lo peor era que Rolf se había ido hacía ya un buen rato, para informar a su jefe que la reunión tendría que posponerse un poco más, así que no tenía quien le ayudara si el policía se ponía violento. Cosa, que viendo cómo se comportaba, podría pasar en cualquier momento.

― ¿Sentarme? ¿Sentarme? — chilló, ya perdiendo los nervios del todo y acercándosele, pisando fuerte. ― ¿Cómo se supone que voy a sentarme?

― Pues es muy simple. Coges una silla y pones tu culo en ella. ― bromeó el fantasma encogiéndose de hombros y ganándose un par de miradas malhumoradas. Eso solo consiguió hacerle sonreír divertido.

― Julian, no ayudas.

― ¡No quiero sentarme! — Charles pateó la silla que tenía más cerca, volcándola y mandándola lejos. Luna gimió asustada bajo el mostrador. ― ¡Quiero saber qué demonios ha pasado allí y por qué hay un tío transparente hablándome en mitad de la tienda!

Julian bufó, atravesando el mostrador donde se había agachado para comprobar a la perra, y se cruzó de brazos frente al policía, con expresión indignada.

― Me siento ofendido por eso de transparente. Sí estoy ahora más incorpóreo es porque gasté mucha energía anoche y hasta que no me recupere seguiré así, gracias por preguntar.

― Nos estamos desviando del tema. Si se sienta, puedo intentar explicar lo que sé.

Renuente, Charles recogió del suelo la silla que había pateado antes y se sentó frente a ellos, cruzándose de brazos y mirándolos expectante, terminándose de un solo trago lo que le quedaba del tercer whisky.

Debía ser por la adrenalina que no le estaba afectando ni lo más mínimo el alcohol. O eso, o tenía un aguante muy bueno. Físicamente, Charles no parecía haber salido herido del enfrentamiento. Aún tenía el pecho dolorido por la presión a la que esa cosa le sometió y la ropa manchada de cuando cayó al suelo al ser liberado, pero por lo demás estaba bien. Solo asustado, alterado, nervioso y un largo etcétera de sinónimos en los que no quería pensar en ese momento.

Aidan respiró hondo y trató de ordenar un poco sus pensamientos. El encuentro con esa criatura también le había afectado bastante. A pesar de su propia experiencia con lo sobrenatural, jamás tuvo la mala suerte de cruzarse con un demonio antes y no tenía más información sobre ese tema que lo que había leído.

Y la realidad resultó ser más escalofriante de lo esperado.

― Vamos a empezar por lo más simple… este es Julian. Como puedes ver, es un fantasma. Lleva muerto ciento sesenta años y…

― Ciento sesenta y tres. – le interrumpió Julian, sacándole un suspiro frustrado.

― Estaba redondeando. – masculló entre dientes.

― Redondea con la fecha de la muerte de otro, si no te importa.

― Está bien. ― respiró hondo de nuevo, esa vez para no dejarse llevar por las casi irresistibles ganas de mandar al fantasma de paseo. ― Lleva muerto ciento sesenta y tres años. ¿Contento? ― Julian sonrió, divertido.

― Mucho.

Aidan negó en silencio y volvió a centrar su atención en el detective.

― Su espíritu está atado al mundo de los vivos por… un pequeño objeto personal. Vamos a dejarlo así. Yo lo encontré, le ofrecí destruirlo para que pudiera descansar pero no quiso. Así que aquí sigue. — como resumen apestaba bastante, pensó rascándose la nuca, pero no se atrevía a dar más detalles sobre el fantasma y su único punto débil.

Charles le miró parpadeando entre sorprendido y abrumado. No podía creer que estuviera oyendo semejante historia. Y lo que era peor, se la estaba creyendo. ¿Pero qué otra explicación había? Podía ver con absoluta claridad al fantasma.

― ¿Por qué no tiraste el objeto por ahí? ¿O destruirlo sin más? — preguntó curioso el policía, olvidando por un minuto el asunto que les había traído ahí. Julian le dirigió una mirada envenenada.

― No podía dejar que lo encontrara nadie más. — respondió, encogiéndose de hombros. ― Nunca se sabe. Algo así en malas manos. Y no puedo destruirlo si él no quiere irse al otro lado. Eso no sería justo.

― Sería lo más lógico.

Y tanto que lo sería, pensó el librero con tristeza. Nadie se lo habría pensado antes de poner a descansar al viejo vaquero. Él no tuvo corazón para hacerlo. No después de oír su historia.

En el fondo era un blando y un romántico. Podía entender que Julian no quisiera pasar la eternidad lejos de la que fue el amor de su vida. Aunque también sabía que, tarde o temprano, el fantasma se vería obligado por las circunstancias a cruzar al otro lado o perdería su esencia.

― Mi vida no tiene mucha lógica, de todas maneras. — repuso Aidan, quitándole importancia con un gesto, levantándose de su silla para acercarse al mostrador. ― Y no hay mucha gente que pueda verle. Tú puedes porque acabas de sufrir un suceso sobrenatural. Eso suele ayudar.

Charles le miró sin terminar de entender de qué le estaba hablando.

― ¿Hablas del psicópata ese? Está loco y es un asesino, ¿qué tiene eso de sobrenatural?

― Demonio. Es un demonio. — corrigió Julian, uniéndose a la conversación. De alguna manera había conseguido que la perra saliera de debajo del mostrador. El animal se escondió tras él, lo que resultaba bastante ridículo ya que tanto Aidan como Charles la podían ver a través del fantasma. ― Quien fuera el tipo al que está poseyendo, probablemente esté muerto y si no, lo deseara cuando le libere. Lo que le ha obligado a hacer, si le permitió mirar, le volverá loco.

― Un demonio. ― Charles repitió la palabra mirándolos incrédulo. Aidan resopló.

― Se cómo suena. Pero sí. Un demonio. Si nos ponemos prácticos, un alma humana que ha pasado demasiado tiempo en el Infierno.

― ¿Eso fue antes humano?

El librero miró al fantasma con expresión triste, cosa que no entendió Charles. Se estaba perdiendo algo ahí. Pero no quiso preguntar. Ya tenía suficiente con lo ocurrido hasta ese momento.

― Todos, salvo los originales, lo fueron alguna vez. Pero unos cuantos cientos de años de tortura y maldad acaban convirtiéndote en eso.

Aidan se frotó la cara y volvió a caminar, sintiéndose agobiado por las intensas emociones que había en la habitación en ese instante. La incredulidad del detective y la pena de Julian le estaban ahogando un poco.

Paseó hasta el escaparate, observando la nieve que volvía a caer lentamente en el exterior, tratando de apartarse mentalmente de los sentimientos de los otros dos.

― Encontré el libro por el que vino preguntando el otro día. El debió pedirle a alguien que lo dejara dentro de la tienda. — Charles le dirigió una mirada inquisitiva. ― Soy médium y empático. Normalmente suelo ver espíritus y sentir las emociones de la gente a través de un objeto que hayan tocado. Él dejó una fuerte huella psíquica en el libro a propósito para que pudiera verla. Quería que supiera que iba a por ti. Por eso fuimos capaces de encontrarte a tiempo.

― ¿Qué más viste?

El chico no pudo evitar estremecerse al recordar lo que vio y sintió después de tocar el libro.

― Nada que quiera volver a ver en mi vida. No fue nada bonito.

― Él dijo que era «El Destripador». — el librero parpadeó. Ahora ya estaba confirmado. Iban tras el demonio del que hablaba el diario. O él iba tras ellos. ― ¿Cómo es posible que existiera hace doscientos años y aun esté con vida? ¿Dónde ha estado todo este tiempo? ¿Cómo no lo hemos descubierto hasta ahora?

― Es un demonio, no puede morir. Y si el diario que encontré hace unas semanas es auténtico, fue exorcizado y enviado al Infierno. Ahí es donde ha estado. Lo que no sé es cómo ha salido.

― ¿Un diario? — el policía empezaba a sentirse un poco como un loro. Solo era capaz de repetir lo que oía. Pero era todo tan inverosímil…

― Lo conseguí en el mercadillo del parque. Era, o parece ser, el diario de un cazador sobrenatural. Lo consulté con un contacto mío en Europa, pero no hay nada «oficial» sobre el tema. Extraoficialmente, el dueño del diario pertenecía a un grupo que se hace llamar La Orden, el cual lleva siglos funcionando en las sombras y de los que muy pocos saben de su existencia.

― A mí no me miréis. ― añadió el fantasma encogiéndose de hombros cuando la mirada del policía se dirigió hacia él. ― Morí mucho antes de que eso ocurriera. Ni siquiera sabía que pasaba en Europa por aquella época. Bastante tenía con mis problemas en casa.

― La cuestión es que ese demonio estuvo sembrando el terror en Whitechapel en aquella época hasta que este hombre fue enviado allí para atraparlo. Con ayuda del detective encargado de los asesinatos consiguió localizarlo justo después de matar a su última víctima. Le exorcizó y taparon todo para que el público nunca pudiera averiguar la verdad. Fue por eso por lo que el asesino paró, de repente y sin motivo, de matar y desapareció sin dejar rastro.

― Si tan seguro estás de que es un demonio y ese grupo se dedica a eso, ¿por qué no te pones en contacto con ellos para que se hagan cargo? Ya lo hicieron una vez.

― No puedo. Lamentablemente, soy persona non grata en su círculo.

― ¡Esto es ridículo!

― Sé cómo suena todo esto, pero es verdad. Tú mismo lo has visto. ¿Cómo explicas lo que ha pasado en ese parking? ¿Con qué crees que te retuvo?

― ¡No! ― masculló el detective levantándose de su silla. — ¡Esto es estúpido! No voy a creer que…

― Sé que no es fácil, pero es la verdad. Y mientras sigas sin querer reconocerla, él seguirá matando. — Aidan se acercó a él, para tratar de calmarlo pero manteniendo una distancia prudencial para evitar tocarlo. Lo último que necesitaba en ese momento era que las emociones de Charles se mezclaran con las suyas. ― Tenemos una oportunidad de detenerle de nuevo. De volver a mandarle al Infierno por otros doscientos años.

― ¡No! — Charles se alejó de ellos, retrocediendo hacia la puerta y mirándolos como si fueran dos locos peligrosos. Claro, que después de lo que había oído, ¿quién podía culparle? ― ¡Quiero que os mantengáis alejados de mí y del caso! ¡Si os veo, aunque sea a cien metros de una de las escenas o de mí, os arrestare! ¿Queda claro? — el fantasma rio, claramente divertido con sus palabras.

― ¿Cómo demonios se supone que vas a arrestarme?

― ¡Julian!

Aidan se acercó al detective y le tendió una petaca. Era una de las que había rellenado con la receta que había encontrado en uno de sus libros cuando todo eso había empezado. Una anodina petaca de plata rellena con una serie de especias y hierbas con agua bendita.

― Si vas a irte, bien. No vamos a detenerte. Pero llévate esto… solo por si acaso.

― Estáis locos… ― el librero le dio una mirada triste, ignorando el resoplido que el fantasma había soltado detrás de él.

― Por favor… solo es agua. No va a hacerte ningún daño llevarla. Y me quedaría más tranquilo.

Charles se apartó de él, pero se guardó la petaca en el bolsillo de la chaqueta antes de salir de la librería dando un portazo. Los otros dos se miraron, soltando un suspiro al unísono.

― Bueno… tampoco ha ido tan mal. He visto reacciones peores a estos temas.

― No nos ha detenido. Bueno, a mí. A ti no sé cómo se suponía que iba a detenerte. — Julian volvió a reír.

― Mi punto exactamente.

El chico suspiró y se encaminó al mostrador para recoger los vasos vacíos y esconder la botella en el estante que tenía bajo la caja registradora, junto a una pequeña caja fuerte donde solía guardar el dinero hasta la hora del cierre. Al coger el que había estado usando el policía casi se cayó de rodillas. Julian se acercó a él, raudo, con la perra pegada a sus talones.

― ¿Aidan?

― ¡Joder! — gruñó Aidan, apoyándose en el mostrador mientras la visión pasaba. ― ¡Mierda!

― ¿Qué pasa? ¿Qué has visto?

El librero se frotó la cara, cansado y mareado. Cuando algo así de fuerte le golpeaba, lo dejaba casi sin poder moverse. Con gran esfuerzo se puso derecho y se separó tentativamente del mostrador. Al ver que no corría peligro de caer redondo al suelo, se acercó a la silla que ocupara antes el detective y se sentó en ella, riendo de manera sombría.

Ahora tenía algo más de sentido que Charles hubiera acabado envuelto en todo eso y su especial celo con ese caso.

― Que tenías razón… no es un poli normal.

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Jack T.R.: Capítulo 4.

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Capítulo 4

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La noche no había ido mal del todo. Cerca de quinientos dólares después de cuatro bailes y aquel tipo tan borracho que ni siquiera notó como le robaba la cartera mientras movía las caderas sobre su regazo.

Los hombres eran tan fáciles de engañar…

Había sido una buena noche.

Si tenía suerte, tal vez podría esconderle algo de dinero a Ian, su camello. El cabrón siempre se lo quitaba todo. 

Debería mandarlo al diablo de una vez por todas. Aún tenía un moratón en el muslo derecho de una patada que le dio tres noches atrás. Cuando se colocaba, podía ser un agresivo hijo de puta. Pero era quien le conseguía trabajo y sus dosis diarias.

Si conseguía engatusarlo bien, podría colarle algo en su bebida y lo tendría fuera juego en cuestión de horas. Y mientras él durmiera, ella estaría visitando a escondidas a su hija y tratando que su madre aceptara el dinero para cuidarla.

Puede que su madre no estuviera muy feliz de cómo lo ganaba, pero lo necesitaba para criar a su pequeña.

Su preciosa Daisy. Siempre le asombraba como algo que surgió a causa de un error había resultado tan hermoso, tan perfecto… Su niña, que tenía los mismos bucles dorados y ojos azules que ella. Puede que su pequeña fuera fruto de un error, pero era el mejor que había cometido nunca. 

Se cruzó con un tipo en el parking, cuando iba a coger su coche, que le llamó un poco la atención. Su cabello era rubio oscuro o castaño rojizo, no demasiado alto, de complexión ancha. No consiguió distinguir bien el color de sus ojos, pero parecían claros. Por lo demás, bastante normal. Del tipo inofensivo. Sonrisa fácil, con encanto.

Sería sencillo de timar y no le vendría mal un poco más de pasta. Él no tardó mucho en aceptar su oferta. Ni regateó el precio. Le pidió trescientos y aceptó sin rechistar, el muy iluso, siguiéndola dócil como un corderito hasta el callejón.

Tal vez debería haberle pedido quinientos, pero no le gustaba abusar de los ingenuos.

No tenía ni idea del error tan grande que acababa de cometer.

Había oído una vez que existía un límite de dolor que un ser humano era capaz de soportar. Empezaba a pensar que ese razonamiento estaba equivocado.

Lo que sintió cuando el cuchillo cortó su carne por primera vez fue atroz, pero no fue nada comparado a lo que vino después.

Cuando la empujó, haciéndola caer al duro pavimento, todos sus músculos y huesos protestaron.

Y solo acababa de empezar. Lo sabía.

No era la primera vez que alguien la pegaba. Eran gajes del oficio. Pero la paliza de muerte que le estaba dando este tipo era completamente distinta. Perdió la cuenta de los puñetazos, patadas y cuchilladas que recibió de ese monstruo de brillantes ojos dorados.

Si no hubiera estado tan atontada por los golpes se habría horrorizado al pensar cómo iba a lucir su cara después de esto. Pero la paliza y la pérdida de sangre la tenían al borde de la inconsciencia.

Solo cuando volvió anotar a aquel fino cuchillo desgarrar su piel a la altura de su estómago,recuperó algo de lucidez. La agonía fue tal que su cuerpo reaccionó solo,tratando de huir, de alejarse de aquel maniático que reía a carcajadas, con las manos enguantadas y la ropa cubierta con su sangre.

― Así me gusta, nena. ¡Pelea! Me encantan las luchadoras.

Su risa estridente fue lo último que escuchó antes de que todo se volviera negro. La oscuridad y el frío la envolvieron, dándole la bienvenida, alejándola del dolor, del sufrimiento.

Se dejó ir, llorando, demasiado cansada para seguir luchando por su vida.

Era una batalla perdida.

Charles se despertó en esa ocasión en el suelo, donde había acabado mientras soñaba. Se pasó una mano por su cara, cansado, y notó la humedad del sudor y las lágrimas en la piel.

Maldiciendo en voz alta se levantó y fue al baño. Estaba tan agotado y tenso que la ducha no consiguió calmarle. Tampoco los dos cafés que se tomó casi seguidos. Como ese caso no acabara pronto no iba a sobrevivir.

Pero en esa ocasión había conseguido ver algo del asesino.

Sus ojos. Unos antinaturales y brillantes ojos dorados.

Debían ser lentillas o algo similar. Le recordaron a los de los gatos, cuando reflejan la luz en la noche.

Genial. Tenían a un psicópata suelto al que le gustaba disfrazarse… simplemente genial. Eso lo haría más sencillo, pensó con ironía.

También creía haber vislumbrado cabello rubio. Pero de eso no estaba completamente seguro, ya que la luz de la farola había sido muy tenue, demasiado para distinguir bien nada. De todas maneras, era un dato inútil… ¿Cómo demonios iban a explicar que tenía una pequeña pista sobre el aspecto del asesino? No podía ir diciendo que estaba soñando con los asesinatos. Sería echar su carrera a la basura.

Mientras se vestía, usó una técnica que la psicóloga del departamento (a la que tuvo que visitar obligatoriamente después de su primer tiroteo) le recomendó para vaciar su mente. Tararear una vieja canción que su madre solía cantar cuando cocinaba. Eso conseguía reemplazar las sangrientas imágenes del sueño con sus recuerdos de su infancia. Necesitaba estar centrado cuando llamaran de comisaría.

― Te juro por Dios, Julian, no sé qué demonios ves de divertido en desordenarme las estanterías cada día… en serio…

Aidan había llegado a su tienda temprano esa mañana, aunque la mantendría cerrada todo el día. Le esperaba una jornada larga y aburrida de hacer inventario para decidir que libros pedir y cuáles no para el siguiente mes.

Era una tarea que debía realizarse mensualmente, como la contabilidad, el pago de facturas y un arqueo especial para sus otros clientes. Los libros raros y de magia, además de otros objetos peculiares, no eran baratos.

Y, aunque aburrido, era una labor simple. Contar los libros, ver cuál se había vendido mejor, cuál no y hacer descartes.

Lógicamente, dejó de ser tan simple cuando encontró varios libros fuera de su lugar, cosa que le venía ocurriendo desde que Julian apareció en su tienda y en su vida.

Su historia con el fantasma era algo peculiar y no solo por su condición de espectro.

Aidan y su familia llevaban toda su vida tratando con lo paranormal y lo sobrenatural. Con sumisión de mantener la librería y sus clientes, fue complicado mantenerse al margen. Su poder de empatía y sus visiones tampoco ayudaron demasiado.

Julian apareció hacía seis años. Su espíritu permanecía atado al mundo de los vivos a través de un relicario que perteneció a su esposa y que el librero encontró en el mercadillo que solían poner los martes en el parque Avalon, cerca de su tienda. Era pequeño, hecho de latón y con la efigie de una mujer tallada en marfil en la tapa. Al abrirlo vio la foto de una pareja y dos mechones de pelo, uno rubio y el otro castaño oscuro.

Con solo tocarlo lo supo.

Su obligación habría sido destruirlo y dar el descanso eterno al fantasma que lo encantaba, pero cometió el error de hablar primero con él.

Si, probablemente, podría haberlo hecho sin su consentimiento pero… no le gustaba la idea de  obligar a alguien a cruzar al otro lado si no quería. No era ético. Y en sufamilia la ética se tomaba tan en serio como todo lo demás.

Así que intentó razonar con él hasta que acabó dejándolo por imposible. Pasó un mes entero discutiendo, usando todos los razonamientos lógicos que se le ocurrieron para que fuera al otro lado. Incluso le ignoró.

No sirvió para nada.

Acabó cediendo y permitió que se quedara en el edificio, guardando su relicario en la trastienda donde estaba seguro de cualquier intento de robo o pérdida. Y, a veces, su  compañía solía ser entretenida. Tener a alguien con quien hablar cuando tocaba inventario o limpieza y que no podía huir del local resultaba útil.

Ese día no.

― Entiendo que te aburres cuando cierro pero si vas a coger un libro para leerlo, al menos podrías volver a colocarlo en su sitio, ¿sabes? – gruñó.

Porque cuando Aidan cerraba e iba al piso de arriba, donde estaba su apartamento, había veces queJulian no le acompañaba. Se quedaba en la tienda y leía algunas de las novelas nuevas o releía alguna de las antiguas. Y no siempre dejaba las cosas como las encontraba.

― ¿Has puesto a Dante entre las novelas eróticas? ¿En serio? – masculló, incrédulo alargando la mano para poner el libro en su lugar.

Al tocar el volumen para volver a colocarlo en su sitio, este le quemó la mano. Lo dejó caer al suelo,sorprendido y dolorido. Estupefacto, se miró y no vio quemadura alguna en su piel, aunque seguía doliéndole como si la tuviera. Fue la cosa más extraña que le había ocurrido jamás. Y tenía una larga lista de cosas extrañas en su vida para comparar.

― ¿Qué demonios? – se agachó y lo volvió a coger, no soltándolo a pesar de que le quemó de nuevo.

Imágenes de un lugar desolado, yermo, lleno de fuego y roca invadieron su mente con fuerza. Dolor, pena, angustia, odio, furia… tantos sentimientos negativos al mismo tiempo que le dejaron sin aire y casi le ponen de rodillas por la sobrecarga sensorial.

Frío y calor a la vez. Todo era rojo y muerto. Más dolor y muerte y desolación y gritos… los gritos eran ensordecedores… clamaban piedad, lloraban lágrimas de sangre a las que nadie hacía caso.

El fuego no dejaba de arder nunca y convertía en cenizas a los que agonizaban en su interior. Podía ver las llamas arrastrándose por sus piernas, abrasando su ropa, atravesando su carne…

Entonces le vio.

No pudo distinguir su rostro, pero no había duda de que era él.

El asesino.

Era otro habitante más de ese lugar y Aidan se encontró paralizado mientras le veía acercarse. Sus ojos dorados brillaron cuando usó el cuchillo en él para empezar a cortar miembros,carne, músculos… notaba la afilada hoja, fría en contraste con el fuego, dibujando macabros diseños rojos en su piel.

El chico trató de alejarse. Podía sentir cada pensamiento, cada idea que esa horrible criatura pretendía realizar. Cada asesinato, perfectamente planeado y con todo lujo de  detalles.

Y lo que estabaobligando a ver… quiso gritar de horror, pero su voz se negaba a salir de su garganta.

― ¡Aidan!

Sintió un golpe seco en su mano y el libro cayó al suelo haciendo un ruido sordo. Aidan miró a Julian, quién le había golpeado, que le observaba asustado.

― ¿Estás bien? Llevo un rato llamándote. Te has quedado como congelado con ese libro en la mano… ¡Aidan, joder, responde! — gritó frustrado y deseando poder ser más corpóreo para poder sacudirle otra vez. Lo que más conseguía ese día era a golpear ya que había gastado gran parte de su energía esa noche con los libros.

― Yo… yo… ― pero siJulian estaba asustado, Aidan estaba aterrorizado. Se levantó las mangas de la  camisa azul que llevaba para asegurarse de que no estaban los cortes que había sentido un segundo antes. También comprobó, todavía con el corazón a mil por hora, que sus piernas no estaban quemadas.

― ¿Qué ha pasado?

― No lo sé… estaba…iba a poner ese libro en su sitio y he visto… ― balbuceó el librero,frotándose las manos en las perneras del pantalón como si quisiera limpiárselas. Aún podía sentirlas húmedas de sangre. ― ¡Joder, no sé qué es lo que he visto!

― ¿Qué libro? ¿Ese? — Julian iba a cogerlo pero Aidan lo pateó lejos.

― ¡No lo toques! ― elchico estaba prácticamente al borde de un ataque de nervios. No le había pasado algo así de intenso jamás y nunca tuvo tanto miedo como en ese instante.

― ¿Por qué? ¿Qué has visto? Tío, me estas asustando y soy un fantasma, no debería asustarme.

― Creo que… era el Infierno.

― El infierno… ¿El infierno infierno? ¿Cómo el que dice la biblia y todo eso? ¿Ese infierno?

― ¿Tú conoces otro? —chilló Aidan un poco histérico. Aun no conseguía deshacerse del sabor y olor de la tierra quemada y la sangre que había degustado en su visión. Siempre era duro quitarse esos sentimientos que absorbía con su don, pero en esa ocasión estaba siendo peor que cualquiera que recordara. ― ¡Si, joder! ¡El Infierno! Con el azufre, la muerte y todo lo demás.

― Bueno… es “El infierno” de Dante…

― El libro no tiene que ver con eso. Yo no veo lo que han escrito, para eso tendría que ser un manuscrito original. Veo lo que sentía el último que lo ha tocado… lo que me ha dejado sentir…

― ¿Lo que te ha dejado sentir? — Julian se rascó la nuca, mirándole con sospecha. Eso era raro hasta para ellos. ― Lo siento, estoy algo más que perdido ahora mismo.

― No sé cómo explicarlo para que lo entiendas. Quien sea, lo que fuera que ha tocado ese libro, era el mismo Infierno. Para esa cosa eso era su casa, es lo que tiene dentro de sí.

― ¿Un demonio? ¿Podría haberlo tocado un demonio?

― Eso tendría lógica, pero ¿cómo ha entrado? La tienda está protegida o eso pensaba.

― Lo está. Hay plata, hierro y símbolos sagrados en todas las posibles entradas. ¡Yo ni siquiera puedo acercarme a una ventana sin desvanecerme! Algo así no debería poder entrar. 

― Necesito sentarme…

Aidan caminó tropezando hasta el mostrador y se sentó en su silla, dejándose caer hasta apoyar los codos en sus rodillas. Todavía podía oler la sangre, la carne quemada, el azufre… Su perra Luna se acercó y gimió, lamiéndole la mano. Se abrazó a ella, buscando distraerse de la visión con la familiaridad que le daba el animal.

― He visto algo más.

― ¿El qué?

― Creo que es el asesino que buscaba ese detective. Y ha dejado aquí el libro a propósito para que lo viera. — Aidan seguía abrazado a su perra, ocultando el rostro en el blanco pelaje del animal.

― ¿Para qué?

― Sabe lo del diario. No sé si lo quiere o no, pero sabe que lo tengo. También ha dejado bien claro que va a por el detective.

― Joder… este es de los retorcidos a conciencia.

― Ha venido a divertirse. De hecho, se está divirtiendo de lo lindo, el muy cabrón. —masculló Aidan con expresión de asco.

― Tienes que calmarte un poco. ― Julian trató de palmearle amistosamente la espalda, pero su mano le atravesó, sacándole un estremecimiento. — Lo siento.

― Tengo que avisarle. — el chico se levantó, un poco tambaleante aún.

― ¿Y qué vas a decirle? Ey, disculpe detective, pero esta mañana cogí un libro y vi que el asesino quiere matarle. — ironizó el fantasma. ― ¡Piensa, chico! Ese es el camino más rápido al manicomio. Además, ¿cómo vas a encontrarle?

― Sé dónde está. Él ha vuelto a matar esta noche. Y me lo ha enseñado.


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¡Ahora, gratis! : Jack T.R.: Capítulo 3.

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Capítulo 3

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― Bien, ¿qué me puedes decir, doctor?

 

El doctor John Morgan, médico forense de su departamento, se subió ligeramente las gafas y ojeó su informe.

 

A sus cincuenta años recién cumplidos, seguía siendo un hombre atlético y atractivo, si Charles hacía caso a los cuchicheos de la mitad del personal femenino de la comisaría.

 

Con el cabello y barba negros aunque con canas visibles, los ojos marrón verdosos y su voz ronca solía hacer suspirar a más de una de sus compañeras cuando iba y venía para hablar con los detectives sobre cualquier caso que llevara en ese momento.

 

Su metro ochenta y su retorcido sentido del humor ayudaban algo. La seguridad y el desparpajo con el que coqueteaba con toda fémina en comisaría conseguía que hasta su capitán se hubiera visto en la obligación de llamarle la atención un par de veces porque distraía al personal femenino y tenía celoso al masculino (incluido Charles). Lamentablemente para su club de fans, llevaba quince años felizmente casado, aunque eso no detenía sus coqueteos o, como él lo llamaba, «juegos inofensivos».

 

Aunque ese día solo se veía al profesional en él. En toda su carrera como forense había presenciado más cadáveres y heridas repulsivas de lo que un ser humano debería. Pero aun conseguía asombrarlo la «creatividad» y la crueldad de algunos asesinatos que llegaban a su mesa. Y este, era especialmente dotado en ambas cosas.

 

― No hay muchas diferencias del otro cuerpo. Incisiones profundas en garganta, torso, extremidades… varias más de menor profundidad en el pecho y rostro, claro ensañamiento… ― dejó los papeles sobre la camilla y levantó la sabana que cubría el cadáver, dejando a la vista el desastre de lo que fue el cuerpo de una chica. – Y, como veras, ha vuelto a extraer algunos órganos.

 

― ¿Cuáles? — preguntó Charles haciendo una mueca cuando Morgan separó la piel del estómago mostrando las entrañas de la víctima.

 

― El hígado y los órganos sexuales.

 

― ¿El hígado? — el médico asintió, mientras el detective revisaba el informe de la autopsia de la otra víctima. ― A Loretta le faltaba un riñón, si no me equivoco.

 

― Exactamente. Se llevó uno y destrozó el otro. Al parecer ha preferido el hígado con esta. Como verás, nuestro asesino volvió a atacar por detrás. — informó el forense, señalando el largo corte que iba de un extremo al otro del cuello de la mujer. ― Se desangró hasta morir. Los demás cortes fueron hechos mientras ella agonizaba, pero la extracción de órganos fue post mortem. A pesar de que cortó la yugular, pudo haber durado varios minutos viva.

 

― ¡Joder!

 

― Y ha repetido su modus operandi. — Morgan cogió el archivo de la víctima, mirando los datos que había estado apuntando durante la autopsia. ― Las incisiones han sido hechas con un cuchillo largo, de unos treinta centímetros, seguramente el mismo que el del molde que saqué con los de la científica de la otra chica. Las heridas son similares. Todo encaja. En la anterior víctima no hubo tanto ensañamiento, los cortes fueron apresurados… pero aparte de eso creo que tenéis un asesino en serie en ciernes.

 

― ¿Qué me puedes decir sobre los golpes?

 

― Por lo que pude ver en los informes de la científica sobre la escena del crimen, yo diría que con la primera le interrumpieron. De ahí los cortes chapuceros. A nuestra nueva visitante consiguió llevarla a un lugar más tranquilo. Eso podría explicar porque la ha molido a golpes, aunque no puedo asegurarte de que esa fuera la razón. — tapó el cadáver, mirando con pena la cara destrozada de la muchacha. — Los de perfiles pueden decirte más que yo de eso. Pero puedo asegurarte de que este tío es un sádico de cuidado y muy inteligente.

 

― Gracias, doctor.

 

― Imagino que no era lo que querías oír. — el médico sonrió sombrío quitándose los guantes de goma para tirarlos a la papelera.

 

― Si te soy sincero, no sé qué quería. ― negó suavemente con la cabeza. ― Preferiría que no pasaran estas cosas. Que gente capaz de hacer esto, no existieran.

 

― Y yo… pero entonces estaríamos sin trabajo.

 

Charles salió del laboratorio con el estómago revuelto. Otro día que pasaría en ayunas. Algo que le ocurría en cada ocasión que se veía obligado a visitar la zona de autopsias y estar presente en una. Pero las normas le obligaban a ser testigo del procedimiento.

 

Necesitaban encontrar a ese asesino antes de que volviera a matar de nuevo, pero ni las pruebas ni sus sueños le daban ninguna pista de por dónde empezar. A pesar de que habían peinado la escena e incluso encontrado la primaria del segundo asesinato, no fueron capaces de conseguir algo útil. Había varios testigos que la vieron salir del bar, pero ninguno prestó atención a si iba sola, acompañada o si la seguía alguien.

 

También consiguieron las grabaciones de seguridad del bar. El dueño tenía una cámara enfocada hacia la zona de cobro. Los técnicos estaban con ellas, pero ya le habían dicho que casi todo lo grabado era estática. Algo debió interferir con la señal de la cámara durante una buena media hora. Y justo en ese lapso fue cuando la víctima pasó cerca de la barra.

 

Lo único útil que encontraron fue la identificación de la chica.

 

Se llamaba Nancy Spencer, veintiocho años. Trabajaba entre semana en un supermercado en la calle 71, cerca del parque donde fue encontrada. Su hermana, único familiar que pudieron localizar, había sido avisada y estaba en camino para identificar y reclamar el cadáver. Por lo poco que pudo hablar con ella, mientras la oía llorar desconsoladamente, llevaban unos meses sin mantener contacto por una pelea.

 

No iba a ser agradable tener que tomarle declaración.

 

Los chicos de perfiles, a quienes los federales enviaron hacía unos días para echar una mano, iban a tratar de hacer un perfil psicológico y geográfico del sujeto que les ayudara a descartar sospechosos y a tratar de adelantarse a él.

 

El problema era que no había sospechosos a los que descartar aún.

 

Si, tenían lo de siempre. Bandas, mafias, posibles ajustes de cuentas, venganzas, los chulos de esa zona… Esos serían los habituales si no fuera porque tenían otra víctima similar y que no tenía absolutamente ninguna relación con la nueva salvo su asesino.

 

Igualmente indagarían en la vida de la chica e interrogarían a cualquiera que consideraran sospechoso. Había que seguir el procedimiento.

 

― ¡Ey, Charlie! — el detective se giró y vio a Henricksen acercarse corriendo hasta él. No era raro que lo llamara por su nombre de pila, pero tampoco era habitual. Solo lo hacía cuando estaba especialmente nervioso.

 

Su compañero era diez años más joven que él. Un crío a su lado, que ya había cumplido los cuarenta. A veces se preguntaba por qué su capitán les puso a trabajar juntos, ya que eran completamente opuestos, tanto físicamente como en personalidad. Él tenía el pelo castaño, Gordon pelirrojo. Él media metro ochenta, su compañero llegaba raspando el metro setenta y tres. O eso decía él. Charles estaba seguro de que mentía sobre su altura, pero nunca tuvo corazón para llevarle la contraria.

 

Henricksen, además, estaba especialmente dotado para sacar confesiones con facilidad. Sabía ganarse la confianza de cualquiera y era muy bueno disfrazándose. Una habilidad que aprendió en su tiempo en narcóticos, donde tuvo que infiltrarse en más de una ocasión.

 

A veces pensaba que su compañero debería haberse quedado allí. Hubiera progresado más. Su mujer, sin embargo, no era de la misma opinión, porque consideraba su anterior destino mucho más peligroso y en homicidios tenían un horario más estable.

 

Así que, por petición de su esposa, dejó una brillante carrera en ese departamento y aceptó una no tan prometedora en homicidios, donde lo emparejaron con él.

 

La primera cosa que aprendió de su compañero fue que era agotador trabajar con él. No podía ser sano tanta energía en una sola persona. Ni para él ni para quienes estaban a su alrededor.

 

― ¿Qué pasa? ― preguntó, encaminándose de nuevo hacia la máquina de café. Al pasar cerca del escritorio del detective Landon, este le dedicó una sonrisa divertida al ver al otro casi corriendo tras él.

 

― Adivina que acaba de aparecer en la recepción. — Henricksen estaba literalmente dando saltitos como un niño de cinco años. Charles arqueó una ceja mientras se llenaba una taza, esperando pacientemente a que se decidiera a terminar de hablar. Si preguntaba sería mucho peor. ― Un mensajero ha traído un paquete a nuestra comisaría. Envío anónimo y pagado con una tarjeta que fue denunciada como robada hace una hora.

 

― ¿Me vas a decir que tenía el paquete o voy a tener que adivinarlo de verdad?

 

Gordon Henricksen miró hacia los lados, como comprobando que nadie les estaba espiando y se acercó más para hablar, componiendo una expresión tan ridícula que hizo reír a una agente que pasaba por ahí.

 

En ocasiones como esa, su compañero le hacía sentir vergüenza ajena.

 

Mucha.

 

― Un hígado. ― Charles parpadeó, sorprendido, casi ahogándose con el sorbo de café que acababa de dar. Esa no era la respuesta que esperaba.

 

― ¿Qué?

 

― Lo que has oído. Un hígado. — el rostro de su compañero estaba mortalmente serio, pero seguía dando saltitos, demasiado nervioso para contenerse. ― El forense está con el ahora mismo, pero creo que podemos dar por hecho que es humano. Morgan piensa que probablemente sea de nuestra última víctima.

 

― ¡Hijo de puta! Se está burlando de nosotros. – gruñó, pasando por delante de su compañero y dirigiéndose hacia su escritorio. De repente, el café se le había agriado.

 

― También había una nota. — eso consiguió que se detuviera. Aprovechó para tirar la taza de papel a la papelera. ― Aunque no tengo ni idea de a quién demonios va dirigida.

 

― ¿Qué quieres decir? ¿Qué ponía? — Henricksen le entregó una bolsita de pruebas con un papel manchado de sangre en su interior. — «Querido jefe: es bueno estar de vuelta. Pronto le enviare más regalos como este. Saludos desde el infierno. J.T.R.» — Leyó ― ¿Qué coño significa esto? – el otro se encogió de hombros, tan perdido como él.

 

― El único que lo sabe es ese loco. Voy a llevarlo a que lo analicen y comparen la sangre con la de la víctima y a ver si encuentran alguna huella, aunque lo dudo. — Charles miró más atentamente el papel, sin poder dar crédito a lo que veía. ¡No podía ser!

 

― Es un ticket.

 

― Si… ¿y? ― Gordon trató de recuperar la bolsita de pruebas con la nota dentro pero Charles lo esquivó y se acercó al escritorio más cercano, poniéndola bajo la luz de una de las lámparas para ver mejor.

 

― Un ticket de compra. Alguien compró «El infierno» de Dante y usó esto para escribir la nota. ¡No puedo creerlo!

 

― Quizás cogió el papel del suelo.

 

― No. Esto fue deliberado. — su compañero lo miró extrañado.

 

― ¿Qué te hace pensar eso? — Charles volvió a mirar el papel, incrédulo y sorprendido. No podía ser una coincidencia. Imposible.

 

― ¡Yo estuve en esta librería ayer! ¡Es del chico que vi en la escena del crimen!

 

― ¿Ese que te llamó la atención? ¡Menuda coincidencia!

 

― No puede ser una coincidencia. ¿Recuerdas ese aviso de la ATF?

 

― ¿El de la banda de «Los vampiros»?

 

― ¡Ese mismo! Uno de sus miembros estaba allí haciendo alguna clase de negocio con el dueño.

 

― Eso ya es algo más que sospechoso. ― Henricksen cogió la nota y la guardó en el bolsillo de su chaqueta. ― Voy a llevar esto a los de la científica y buscare lo que tengamos de ese grupo. Puede que sean los responsables de estos asesinatos.

 

Charles no fue consciente de su compañero alejándose, ni de los otros policías a su alrededor haciendo su trabajo. No oyó el sonido de los teléfonos sonando, ni a su capitán gritando a alguien. Estaba demasiado centrado en algo que había visto mientras tenía la bolsita con la nota en sus manos.

 

Las letras habían bailado frente a sus ojos, cambiando el orden y formando otra frase completamente distinta.

 

«¡Cójame si puede, detective!»

 

Nevaba suavemente cuando regresó a la librería. La nieve en la entrada estaba aún blanca, resaltando entre el negro pavimento y la fachada beige de la tienda, y apenas sin pisadas por lo que imaginó que no había demasiado movimiento en la tienda a esas horas. Eso era muy conveniente.

 

Aún seguía asustado por lo ocurrido en comisaría. No sabía si fue su mente jugándole malas pasadas por la falta de sueño y su obsesión con ese caso o de verdad había pasado.

 

Volvió a oír las campanillas de cristal sobre su cabeza al abrir la puerta y esa vez encontró al chico tras el mostrador, revisando lo que parecía un libro de cuentas.

 

― ¡Detective! ― le saludó, claramente extrañado de verlo ahí de nuevo. ― ¿Qué se le ofrece esta vez?

 

― ¿Hay alguna manera de saber quién se llevó un libro en específico? — preguntó a bocajarro y sin saludar siquiera. Aidan le dirigió una mirada sorprendida por la pregunta.

 

― Me temo que no llevamos ningún registro para eso. ¿De qué libro estamos hablando y cuando fue esa compra?

 

― Ayer, después de irme. «El infierno» de Dante.

 

― Pues no. Ni idea. No me suena que…

 

― ¿Qué libro se llevó su amigo? ― le interrumpió Charles, más alterado.

 

― ¿Qué amigo?

 

― ¡El motero!

 

― «Las leyendas de Bécquer». ― mintió Aidan, molesto por el tono insolente del detective.

 

Charles paseaba frente al mostrador, cada vez más inquieto.

 

― No puede ser una coincidencia… Un miembro de «Los vampiros» aquí, la nota hecha con un ticket de esta tienda… ¡No puede ser una coincidencia!

 

― Espera… ¿Qué? ¿Qué nota? ¿De qué está hablando?

 

El librero estaba bastante confundido. ¿De qué iba todo eso?

 

― No puedo comentar detalles de una investigación abierta con alguien ajeno al departamento.

 

Charles se pasó una mano por la cara, cansado. De pronto se sentía estúpido por estar ahí, preguntando por un libro. ¿En qué demonios estaba pensando?

 

― Usted fue quien vino hasta aquí. ¿Es sobre esos asesinatos? Si piensa que Rolf puede estar involucrado en eso, se equivoca. — el detective lo consideró un minuto antes de decidirse. ¿Qué daño podía hacer? Estaba desesperado.

 

― Alguien ha enviado un paquete a comisaría. Quien fuera ha reclamado la autoría de esos dos asesinatos y el papel que usaron era un ticket de compra de este establecimiento.

 

Aidan parpadeó varias veces, asombrado. ¿Alguien había usado algo de su tienda para eso? ¿Y quién? No había duda de que hablaba del asesino del diario. ¿Cómo hizo para conseguir un ticket de su tienda? Si hubiera entrado, lo habrían notado… ¿verdad?

 

Trató de hacer memoria de la gente que entró a su tienda el día anterior, pero solo recordaba a un montón de adolescentes ruidosos y dos habituales que vinieron casi al cierre a parte de Rolf.

 

Ningún extraño que pudiera darle mala espina.

 

― Lo siento… no consigo recordar… ¿tal vez envió a alguien a por el libro? ¿O cogió el ticket de alguien que comprara aquí ayer? No recuerdo a nadie que comprara ese libro en específico y tampoco a nadie que me pudiera resultar llamativo.

 

― ¿Está absolutamente seguro de que su amigo no tiene nada que ver? ¿Tiene cámaras de vigilancia en el local? ― el chico sintió pena por el detective. Debía ser frustrante no encontrar nada que le ayudara a resolver esos asesinatos.

 

― Sí, estoy seguro de que Rolf no tuvo nada que ver. Si quiere puede comprobar si tiene coartada para esos días, pero dudo que encuentre lo que quiere. Y, no, no tengo cámaras aquí, lo siento. — la única razón por la que no había cámaras en su local era porque Julian creaba interferencias en los aparatos electrónicos. Además, la mayoría de sus clientes no podían ser grabados. ― Siento no haber sido de ayuda. Si necesita algo…

 

― No es su culpa. ― le interrumpió con un gruñido.  Gracias de todas maneras, señor Kelly.

 

― Aidan. Mejor llámeme Aidan.

 

― Aidan. ― Charles asintió, serio. Pensaba comprobar con los de la ATF, en cuanto llegara a comisaría, si el tal Rolf tenía coartadas para esas noches. Llevaban un par de semanas vigilando a esa banda estrechamente. ― Siento haberle molestado con todo esto, ha sido una idea ridícula venir por algo así. Pero si consigue recordar algo…

 

― Le llamaré. Tengo su tarjeta.

 

Julian se apareció a su lado en cuanto el detective salió de su tienda. Para no variar su costumbre, volvió a resoplar dirigiendo miradas envenenadas a la espalda del policía.

 

― Sigue habiendo algo en ese poli que no termina de encajarme. ¿Qué clase de policía viene preguntando algo así?

 

― Uno muy desesperado. Y parece cansado. — suspiró Aidan, volviendo a sus cuentas. En la radio, un locutor comentaba las últimas noticias sobre la reciente e inesperada muerte del multimillonario P. Drake en Nueva York. ― Sinceramente, no podría hacer su trabajo. Ver todo eso a diario y no perder la cabeza… ― el librero negó suavemente con la cabeza y apagó la radio. ― Voy a llamar a Rolf y avisarle de que la policía le tiene como sospechoso de esos asesinatos.

 

― No sé. ― murmuró Julian, sin apartar la vista de la puerta por donde se había ido el policía. — Ese tío no es un poli normal.

 

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¡Ahora, gratis! : Jack T.R. : Capítulo 1.

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Capítulo 1

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Sus ojos azules se abrieron de par en par, atemorizados.

 

Una rata chilló y corrió hacia ella, saltando entre los charcos que abundaban en el suelo y pasó por su lado antes de huir y perderse en la oscuridad.

 

Como ella deseaba hacer.

 

Sin embargo estaba corriendo desesperada en dirección contraria. Tropezó al interior de ese callejón que los clientes masculinos del bar solían usar cuando no querían esperar su turno en el baño y acabó cayendo al rompérsele uno de sus tacones en una grieta.

 

Se giró, quedando sentada en el sucio suelo, haciendo caso omiso al tacto pegajoso del asfalto bajo sus manos y a las lentejuelas que empezaban a desprenderse de su frágil falda, brillando levemente en la mortecina luz de una farola cercana.

 

Frente a ella la muerte la acorralaba, cerrándole el paso, como un lobo a su presa.

 

Por un segundo deseó estar teniendo una pesadilla. Una de la que pudiera despertar, a salvo en su cama y no ahí, rodeada por contenedores de basura y paredes sucias, cubiertas de carteles desgarrados del último espectáculo de strippers que actuaron la semana anterior.

 

No en aquel lugar, con el sonido de la gente divirtiéndose en el bar y la música estridente del interior como banda sonora de su futura muerte.

 

Porque estaba segura de que iba a morir esa noche.

 

Quería gritar para pedir ayuda, pero no conseguía que le saliera la voz. El miedo y el dolor, producido por un profundo corte en su hombro izquierdo, eran tan grandes que le impedían articular sonido alguno y paralizaban su cuerpo empapado de sudor frío. Solo era capaz de emitir gemidos entrecortados.

 

Con torpeza se llevó las manos a la herida en un vano intento de detener la sangre que manaba sin parar, viendo como sus manos y su top blanco se teñían de rojo rápidamente. Se arrastró un par de metros, sus rodillas raspándose contra el duro asfalto y rompiéndose las medias, tratando torpemente de huir de aquel monstruo.

 

Pero era inútil y lo sabía.

 

No existía escapatoria. Estaba en un callejón sin salida.

 

Pero se negaba a morir. Tan solo tenía veintiocho años y aun le quedaban muchas cosas pendientes. Ahora lamentaba no haber aclarado las cosas con su hermana. Ya no podría hacer las paces con ella y ver al fin a su sobrino, al que no conocía a causa de una estúpida discusión.

 

Estaba atrapada con un monstruo que jamás la dejaría salir de ahí con vida.

 

Ese pensamiento la hizo temblar aún más, el pánico atenazándola y sacándole sollozos mientras su vista se nublaba a causa de las lágrimas.

 

Los rizados mechones de su larga y sedosa melena negra cayeron sobre sus ojos, entorpeciéndole más la visión, cuando aquella cosa agarró su brazo con una fuerza antinatural y la alzó del suelo con un violento tirón. Como si fuera una muñeca de trapo, desencajándole el hombro y sacándole un grito ahogado de dolor.

 

Lo único que pudo ver con claridad al enfrentarse a él fueron sus ojos.

 

No los olvidaría nunca. Era incapaz de apartar la mirada de ellos. Ni siquiera cuando sintió la fría y afilada hoja del cuchillo clavándose nuevamente en su carne y rasgándola pudo desviar la vista.

 

El asesino la hizo girar entre sus brazos y le cortó el cuello. Con extremada lentitud.

 

–  Tú serás mi mayor obra, querida. — le susurró al oído, mientras la tumbaba boca arriba en el suelo.

 

A los cortes en la garganta se sumaron otros más en la cara, en el pecho, en los brazos al tratar de cubrirse y minimizar un daño que ya era inconmensurable. El golpe de gracia, el que la dejó finalmente rindiéndose a lo inevitable, fue en el estómago. El cuchillo se hundió en su interior hasta la empuñadura, subió y ya no se detuvo.

 

Mientras la vida se le escapaba a borbotones y oía la estridente risa de su asesino, su último pensamiento fue para esos ojos dorados. Ni siquiera prestó atención a que estaba abriéndola en canal como si solo fuera un pedazo de carne.

 

Aquellos aterradores y diabólicos ojos que no dejaban de mirarla, brillando anti naturalmente de satisfacción, observándola morir.

 

Charles Andrews despertó bruscamente, encontrándose en su cama y no en aquel callejón de su sueño. Jadeaba entrecortado, con el corazón a mil por hora haciéndole sentir mareado y sin poder dejar de tocarse el cuello donde aún sentía el roce fantasma del cuchillo. La vieja camiseta gris de “The Police” que usaba para dormir estaba empapada de un sudor frio que pegaba el algodón a su piel. Notaba el sabor de la bilis en la garganta, sabiendo que estaba muy cerca de vomitar lo poco que cenó la noche anterior.

 

Para cualquier persona normal, eso podría ser producto de una horrenda pesadilla.

 

Pero él no era alguien normal y una pesadilla ordinaria no le tendría temblando de puro terror y sin aliento. Sabía que ni siquiera todo lo que sentía era exclusivamente suyo. Todavía podía notar el miedo de la chica con la que había soñado, escuchar sus intentos de pedir ayuda, oler la sangre en el aire…

 

Notar el aliento del asesino cuando le susurró al oído.

 

Odiaba sus sueños. En específico los de esa clase.

 

En su familia, en cada generación, siempre existió un miembro que podía ver el futuro mientras dormía. Su padre, por ejemplo. Y, antes que él, su abuelo y su bisabuelo. Toda su rama paterna nació con ese don. Charles prefería llamarlo maldición aunque, probablemente, era una cuestión de perspectiva.

 

Él era uno de los últimos que quedaba con esa habilidad. Sufría, porque no había otra palabra mejor para expresarlo, sueños premonitorios.

 

En cada miembro de su familia esos sueños se manifestaban de manera distinta. Su padre podía ver sucesos con varios días de antelación, mientras que su abuelo veía cosas que podían estar sucediendo en otras ciudades. Charles los vivía en directo, sin opción a poder hacer algo para intervenir.

 

No había una razón que explicara el por qué sus sueños eran de esa manera y, para ser sinceros, tampoco se molestó en investigarlo o consultarlo cuando comenzaron, siendo él un adolescente. Bastante tuvo con lidiar con lo que veía.

 

Pero ese no era el mejor momento para ponerse a pensar en ello.

 

Alguien había muerto esa noche.

 

La chica de su sueño murió asesinada exactamente de la misma manera que él lo había visto y sintió cada cuchillada, cada intento de escapar, cada respiración hasta que su vida terminó. Cada instante con todo lujo de detalles, pero lo más importante, lo fundamental se le escapaba… no había podido ver al asesino.

 

¿Para qué le servía su don si era incapaz de evitar que sucediera lo que soñaba?

 

¿Por qué no podía verlo a tiempo para poder actuar y salvar a la víctima?

 

¿De qué le valía si nunca conseguía ver el rostro de quien realizaba esos actos terribles?

 

Esos sueños solo le desesperaban y frustraban hasta cotas inimaginables.

 

También eran la razón por la que acabó haciéndose policía. Si no podía hacer nada para impedirlos, haría algo para dar algo de paz a quienes veía morir y sus familias.

 

Con un gruñido, decidió levantarse por fin y prepararse.

 

Salió del dormitorio y se encaminó hacia el baño para tratar de borrar esas imágenes de su mente bajo el chorro de agua caliente. El frío del invierno y el sudor que cubría su cuerpo le hicieron estremecerse a pesar de que ya había encendido la calefacción.

 

Al mirarse en el espejo vio las ojeras oscuras que empezaban a profundizarse bajo sus ojos marrones. Hacía algún tiempo que no dormía bien, desde el primer asesinato, cuatro días antes. El cansancio hacía que su piel estuviera más pálida de lo habitual, casi cenicienta y que las pocas arrugas de expresión que solía tener estuvieran más marcadas.

 

Tras una corta ducha, regresó al dormitorio y preparó su ropa. Traje negro, camisa blanca de lino, abrigo de lana, corbata de seda burdeos… regresar a la cama estaba descartado a pesar de ser las seis de la mañana.

 

Hizo un no muy entusiasta intento de peinar su alborotado cabello castaño, el cual siempre decidía por su propia cuenta como quería estar, hiciera él lo que hiciera, y se tocó la barba, ya de una semana. La observó, crítico. Empezaba a verse canas en la barba. Probablemente sería mejor afeitársela, pero ese día no tenía ánimos para hacerlo.

 

Desechó la idea de desayunar y se limitó a tomarse un par de ibuprofenos para la futura jaqueca que ya andaba rondándole. Desayunaría con su compañero cuando acabaran con la escena del crimen. Era un ritual que ambos tenían desde que empezaran a trabajar juntos y lo mejor para asegurarse que no ibas a quedar en ridículo delante de todos los compañeros vomitando cuando el olor o la visión del cadáver te revolviera el estómago.

 

Se sentó en el sofá, frente al televisor e hizo un poco de zapping para matar el tiempo hasta que recibiera el aviso. Dejó el canal de noticias, donde un presentador con más Botox que Cher, hablaba sobre la muerte de un multimillonario en Nueva York.

 

Necesitaba despejar su mente del sueño para poder centrarse en el caso al que inevitablemente le iban a asignar.

 

Efectivamente, media hora después su móvil sonó.

 

— Detective Andrews. — contestó con la voz ronca. Aun sentía un poco adolorida la garganta por los gritos que esa pobre muchacha no había podido dar. Esperaba que su vecina no volviera a preguntarle que hacía por las noches para gritar tanto. La primera vez ya fue lo suficientemente bochornoso. — Aja… estaré allí en veinte minutos.

 

El aviso fue en el Parque Meyering, a menos de un kilómetro de una zona de bares ligeramente conflictiva. Un lugar frecuentado por familias con niños pequeños y corredores durante el día, pero, al anochecer, se convertía en el punto de encuentro favorito de yonkis y prostitutas. No era recomendable pasear por allí pasadas las diez de la noche, si se quería regresar con la cartera intacta.

 

Un hombre que hacía jogging con su perro fue quien descubrió el cuerpo y llamó a la policía. Le estaban tomando declaración cuando Charles aparcó su Chevrolet Camaro, veinticinco minutos después de recibir la llamada. Había varios coches patrulla rodeando el lugar, las luces tiñendo de rojo y azul la nieve que cubría los árboles.

 

Vio a su capitán inmerso en lo que parecía una acalorada conversación con el jefe de prensa del alcalde, un tipo verdaderamente detestable que era capaz de vender a su madre si con eso conseguía más votantes para su jefe.

 

No era extraño el verle allí. Un asesino en serie daba muy mala prensa a cualquier ciudad. Probablemente estaba amenazando al capitán Murphy con despedirle si no atrapaban pronto a ese asesino. Y, por la expresión de su jefe de departamento, este se estaba conteniendo para evitar mandarlo al diablo.

 

― ¿Qué tenemos? — preguntó al ver a su compañero, Gordon Henricksen, parecía haber dormido incluso peor que él, si las ojeras que tenía bajo sus ojos azules eran una indicación.

 

Su compañero llevaba el abrigo arrugado, el cabello pelirrojo despeinado y tampoco se había afeitado. Probablemente, ni siquiera llegó a su cama esa noche. Había sido padre un par de meses antes y la pequeña no les estaba dejando dormir una noche entera ni a él ni a su mujer.

 

― Nada bueno.

 

El detective podía oír a sus espaldas a dos novatos, un par de críos recién salidos de la academia, recuperándose después de haber vomitado todo el desayuno tras ver esa masacre. Y no era para menos. Incluso a él, que ya sabía que iba a encontrarse, la visión le hizo sentir enfermo.

 

La víctima era una chica de unos treinta y de cabello negro largo y rizado, tal como vio en su sueño. Iba vestida con una falda negra de lentejuelas muy corta y un top blanco. O debió ser blanco antes de que su sangre lo tiñera de rojo. A unos dos metros de su cuerpo se podían ver su pequeño abrigo de piel sintética negro y un bolso a juego con la falda. No había ni rastro de sus zapatos por ninguna parte.

 

La falta del calzado no le resultó una sorpresa. Probablemente, se le cayeron al trasladarla desde la verdadera escena del crimen hasta ahí. Debían encontrar ese callejón para procesarlo.

 

Esperaba que llevara algún documento en ese bolso, porque su cara estaba prácticamente irreconocible. Le habían golpeado brutalmente y cortado en el rostro, desfigurándola. Tenía, además, múltiples heridas de arma blanca por todo el cuerpo.

 

Un corte largo y profundo en la garganta, de izquierda a derecha. Podía incluso ver el hueso… Charles intentó centrarse en las pistas que le daba el cuerpo y no en lo demás.

 

Otro corte atravesaba su torso de arriba a abajo, dejando su interior expuesto de manera macabra.

 

Había mucha sangre alrededor del cuerpo, tanta que la nieve estaba completamente manchada, pero no la suficiente como para que los forenses pensaran que era el sitio donde había sido asesinada y parecía que habían extraído algunos órganos. Podía ver los intestinos enrollados pulcramente y colocados sobre el hombro izquierdo de la víctima, mientras que algo que parecían ser el estómago y los riñones estaban en el suelo, junto a la cabeza.

 

Tendrían que esperar al informe del forense para saber cuál de ellos faltaba, porque era obvio que así sería.

 

No muy separado del cuerpo, sobre la nieve y escrito con la sangre de la víctima, tres letras.

 

“J.T.R.”

 

Igual que en el caso anterior. ¿Qué podían significar?

 

― ¡Joder!

 

― Y que lo digas. Los novatos no han sido los únicos que han perdido el desayuno por ver esto. — Charles arqueó una ceja divertido a su compañero, sacándole una mueca. — Como si tú no estuvieras a punto de hacer lo mismo…

 

― Lo haría si hubiera desayunado, que no ha sido así. No aprendes. Nunca vengas a una escena del crimen recién desayunado. ― rio, sacando un gruñido descontento a su compañero. ― ¿Habéis encontrado los zapatos de la víctima? — Henricksen miró hacia los pies descalzos de la chica.

 

― No hay rastro de ellos por ninguna parte. Los patrulleros ya han estado buscando sin encontrarlos.

 

― Está claro que la chica no murió aquí. No hay suficiente sangre para semejante carnicería. Tuvo que recogerla en algún bar o algo por el estilo. — su compañero meditó en silencio un minuto antes de volver a hablar.

 

Sabía lo que estaba haciendo. Repasaba los locales cercanos a la zona. Saberlos no era imprescindible, pero si muy útil en su trabajo. Y si Charles no recordaba mal, había escuchado música donde la atacaron. Debía venir de un bar muy cercano.

 

― Hay pocos sitios lo bastante cerca de este lugar en los que pudo estar. Eso contando que no se alejara demasiado de donde la secuestró, claro. O que no sea una de las prostitutas de la zona.

 

― No pudo ser muy lejos o no habría tanta sangre aquí. Y no tiene pinta de prostituta. Lo sabremos con más seguridad cuando comprobemos si tiene antecedentes, claro. – respondió Andrews, evitando mirar demasiado a la chica. — Mover el cuerpo también coincide con el modus operandi de este tío y ha vuelto a dejar su firma.

 

― Hasta que no lo comprueben los forenses… Pero todo coincide con la otra víctima.

 

― No se ensañó tanto con la primera.

 

Con la anterior chica (Loretta, veintinueve años, castaña, trabajaba en un bar cercano a donde la encontraron y tenía antecedentes por trapichear con cocaína) no hubo paliza. Solo tenía heridas de arma blanca en el cuello y abdomen, pero no en brazos y, desde luego, no tenía la cara destrozada a puñetazos.

 

― ¿Tal vez lo interrumpieron? La otra escena era un desastre. Esta no. Parece que incluso hay una especie de siniestro orden.

 

― Tendría más sentido. La pobre ni siquiera lo vio venir. – Eso fue lo que dijo el forense. A la chica la habían inmovilizado por detrás y cortado la garganta antes de que pudiera emitir algún ruido. No tuvo ninguna oportunidad. ― ¿Pero por qué tanta violencia con esta?

 

― ¿Quién sabe qué pasa por la cabeza de un monstruo así?

 

El detective negó en silencio.

 

Monstruo… ojalá fuera tan fácil.

 

En la ficción siempre podías averiguar enseguida quien era el monstruo porque su maldad se reflejaba en su aspecto exterior.

 

En la vida real, estos se escondían bajo la fachada de una persona normal. Podía ser cualquiera. El cartero, el chico que repartía en el supermercado, o simplemente, ese tipo con el que siempre te cruzabas en el metro y del que no sabías absolutamente nada.

 

Y si todo era parecido a la anterior escena, este cabrón no habría dejado ninguna pista para encontrarle salvo su firma. Ni huellas, ni ADN, ni una fibra… nada.

 

Quién fuera ese bastardo, sabía lo que hacía y era extremadamente cuidadoso.

 

Andrews alzó la vista, paseándola por los alrededores de la escena, odiando el momento en que permitió a su compañero convencerle para dejar de fumar y deseando tener un cigarrillo.

 

Entonces le vio.

 

El chico no llamaba la atención por nada en especial. Era alguien normal, más bien del montón. Con no más de veinticinco, pelo oscuro oculto bajo una gorra gris, vestido con vaqueros y sudadera de los Chicago Bears debajo de una cazadora gruesa negra y algo más alto que él. Miraba horrorizado lo que podía vislumbrar del cadáver, como todos los curiosos a los que los agentes de a pie no conseguían alejar lo suficiente.

 

No, no llamaba para nada la atención.

 

Pero él le había visto antes.

 

No conseguía ubicar su rostro, pero estaba seguro de haberle visto antes de ese momento. Era muy bueno memorizando caras.

 

― Oye, Henricksen. ― Charles se giró hacia su compañero, desviando por un segundo la mirada del muchacho y tratando de hacer caso omiso del cuerpo inerte cerca de ellos.

 

― ¿Sí?

 

― ¿Habéis sacado algo de quien encontró el cuerpo?

 

― ¿El del perro? Aun le siguen tomando declaración. — respondió el otro, señalando por encima de su hombro, poniéndose en pie. Efectivamente, dos agentes seguían tomando testimonio al asustado hombre que acariciaba distraído a un bonito golden retriever que él viera al llegar. ― Estaba paseándolo mientras hacía jogging por el parque y se lo tropezó. Pero no creo que viera nada más que eso. ¿Por qué?

 

― ¿Ese chico de ahí no te suena de algo? Creo que lo he visto antes.

 

― ¿Qué chico?

 

Pero al girarse para señalárselo, el muchacho ya había desaparecido del lugar. Seguramente habría satisfecho su curiosidad y estaría camino de su casa o su trabajo.

 

Suspiró cansado. La falta de sueño le estaba volviendo paranoico.

 

― Nada… olvídalo. Vamos, te invito a un café mientras esperamos a que levanten el cadáver.

 

No fue hasta unas horas después, ya en su escritorio y con las fotos de las dos escenas de los asesinatos en sus manos para comparar, que volvió a pensar en aquel joven.

 

Estaba revisando las fotos que los agentes hacían a los alrededores de las escenas y lo vio. En algunas ocasiones, con casos peculiares como ese, solían tomar instantáneas a la gente que curioseaba. Muchas veces los autores de los crímenes volvían para ver el resultado de su hazaña y regodearse en ella o, incluso, ofrecían su ayuda.

 

Había para todos los gustos, por desgracia.

 

Y ahí estaba él. En las fotos del primer asesinato, entre los curiosos. Las dos escenas estaban muy separadas la una de la otra, casi cada una en un extremo distinto del distrito. Resultaba muy curioso que estuviera por los dos sitios el mismo día y en el mismo momento en que se descubrían los cuerpos.

 

Demasiada casualidad.

 

Y, la mayor parte del tiempo, en su trabajo eso no existía.

 

Mientras esperaba a que el forense empezara la autopsia decidió investigar eso por su cuenta.

 

¿Quién sabia?

 

En casos así no se debían dejar nada al aire.

 

¡La semana siguiente más!

 

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Mis libros favoritos: Una noche de perros. Hugh Laurie.

noche perros

Mis libros favoritos: Una noche de perros.

noche perros

Cuando en 2004 empezó la emisión del Dr. House, muchos (yo incluida) nos hicimos adictos a esa serie y al humor mordaz del médico.

Terriblemente sincero, absolutamente maleducado. Todos pensábamos lo mismo. Si lo tuviéramos de médico, lo mandábamos a la mierda en cero coma, pero en la tele nos hacía mucha gracia.

La cosa fue que, gracias a la serie, conocí a Hugh Laurie, una maravilla de actor inglés al que el cine no había tratado tan bien como se merecía. Y con una voz que deleitaba incluso si leía las páginas amarillas.

Al descubrirlo, decidí ver toda su filmografía… bueno… casi toda. Con Stuart Little me planté. Una tiene un límite.

Pero no fue lo único que descubrí.

También resultó ser una gran músico y un buen cantante.

Y, lo mejor… un muy buen escritor.

Si, Hugh Laurie también escribe. O ha escrito. Un par, al menos.

En español puedes encontrar Una noche de perros, una de mis novelas policíacas favoritas.

En Una noche de perros, conocemos a Thomas Lang, un expolicía que ha acabado convirtiéndose en pistolero a sueldo y al que ofrecen cien mil dólares por asesinar a un tipo. Lo rechaza e intenta avisar a la futura víctima, lo que le cuesta más de un disgusto.

Hay muchas similitudes entre Lang y su personaje en la serie, House. Ambos tienen el mismo carácter amargado, el sarcasmo a flor de piel y la lengua afilada.

Y conducen una moto de gran cilindrada. Esto es, obvio, porque a Laurie le encantan las motos grandes y tiene varias.

Todos ponemos un poquito de nosotros mismos en nuestras novelas, en nuestros personajes. Me sentí muy identificada, como escritora, con Hugh Laurie al comprobar que su personaje tenía tanto de él mismo. Ese humor inglés, las respuestas rápidas y acidas. Dicen que es muy majo, el actor, pero que, como Alan Rickman, tiene ese carácter ingles que tanto nos gustó en su personaje.

Si tienes la ocasión de tropezarte con esta novela, léela. La vas a disfrutar mucho. Y si fuiste fan de la serie, más aún.

Mientras, puedes disfrutar de las mías también, aquí y en Amazon.

¡Por cierto, aprovecho para avisarte de que Jack T.R. está para descargar gratis en el blog! ¡No te la pierdas!

 

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Siempre va a ser mi favorita: Jack T.R., la novela con la que me estrené

jack t.r.

Jack T.R., la novela con la que me estrené.

jack t.r.

Si eres parte de los pobres que me siguen en Twitter y Facebook, habrás comprobado que llevo una semana y poco haciendo campaña a mi novela Jack T.R.

Creo que ya iba tocándole volver a estar en el punto de mira.

Jack T.R. siempre va a ser mi favorita de todas porque fue mi primera. Y porque es buena, coñe.

Y no lo digo solo yo, que la quiero mucho y es la niña de mis ojos y mis gafas. Tengo gente que opina también que merece la pena leerla.

Ejemplo… En Amazon (y uno en el blog) dejaron estos comentarios sobre la novela:

jack t.r.

También ha tenido unas cuantas reseñas positivas (y otras algo menos, aunque ninguna mala, he de recalcar).

Blogs como La lectora de libros, Devoradores de mundos y Contra la Inercia son algunos de los que han opinado sobre Jack T.R.

La lectora de libros: Reseña Jack T.R.

Devoradores de mundos: Reseña Jack T.R.

Contra La Inercia: Reseña Jack T.R.

No hace mucho te contaba en Twitter, en varios hilos, curiosidades sobre Jack T.R., su inspiración sacada del asesino Jack el Destripador y sobre los demonios que pueblan la novela.

Puedes leerlos por aquí:

Hilo sobre curiosidades de Jack T.R.

Hilo sobre curiosidades de Jack el Destripador.

Hilo sobre Bloody Mary, los fantasmas y Julian, el fantasma de Jack T.R.

Hilo sobre demonios. 

Y no olvidemos su booktrailer que algún año de estos tendré que renovar pero que no va a ser por ahora porque estoy liada y con tantas cosas pendientes que estoy por mandarlo todo a paseo…

Jack T.R. siempre (como he dicho antes) será mi preferida. Así que voy a seguir un poquito más con su campaña porque sé que cuando la leas, te va a encantar y vas a querer saber más sobre sus personajes. Y sus personajes aparecen más en el las demás novelas.

¡Ah, que se me olvidaba! Las dos mejores reseñas que me han hecho sobre ella fueron mis vecinas (mujeres las dos que me han visto crecer de mico a mico adulto) y a las dos les encantó.

¡Chúpate esa, Stephen King! ¡A ti tus vecinos no te aguantaban! XD

Lo mejor fue una de ellas amenazándome si le hacía daño a uno de los protagonistas XD

¿Quieres cotillear a Jack T.R.? Fíjate si quiero que la leas que solo cuesta 1,70 €.

¡Solo 1,70 €!

¡Vamos, que me la quitan de las manos!

 

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¿Cuál es vuestro género?

Hablo del literario, por supuesto. No vayáis a pensar cosas raras.

La pregunta (o preguntas, más bien) seria…

¿Cuál es vuestro género literario favorito para leer? ¿Y para escribir?

Cuando empecé a investigar lo de la marca personal y todo eso, recuerdo haber leído que, en un autor, parte de esa marca lo formaba el género que escribía.

Los libros que escribes son tu producto y como parte del marketing de ese producto está trabajarse a los seguidores del género literario que has escogido.

Todos sabemos que no puedes venderle un libro de temática policiaca a una editorial que publica ensayo o romántica (hombre, si hay romance… pero si no es el centro de la historia, no entraría ahí, digo yo). Tampoco puedes convencer a un lector que es forofo de ciencia ficción que lea una novela histórica. Bueno, tanto como no convencer…

Pero todos tenemos nuestros géneros favoritos y rara vez nos movemos de esos. Es como la comida. Puedes probar un par de veces al mes algo exótico que no has comido nunca y, con suerte, te gusta. O lo odias. Pero el resto del tiempo gastas dinero en comprar la comida que sabes que va a gustarte y punto.

Así que podría decirse que estoy de acuerdo con eso de que el que has escogido escribir (normalmente porque es uno que te encanta y se te da bien) formara parte de tu imagen frente a tus lectores.

Lo que me ha dejado este tiempo un poco perdida es la cantidad de géneros y subgéneros literarios que han ido surgiendo (a veces un poco de la nada). Ando un poco perdida, en serio. Quizás porque siempre he sido muy de “sota, caballo, rey” y de ahí no me he movido demasiado. Y mientras yo estaba quieta con los que me gustaban, han aparecido un montón más y no conozco casi ninguno.

La romántica y la fantástica han creado subgéneros juntas y por separado, la inmensa mayoría geniales. Tenemos fantasía épica, fantasía urbana, romance paranormal, el romance histórico… Vale, muchos ya existían, pero debo informar que yo vivo en mi parra y no me entero. Y hablo de esos porque son los que medianamente conozco.

A mí me gusta la fantasía, pero no la épica. Lo siento, soy de las poquísimas personas que se duerme cada vez que intenta leer “El hobbit”. Os daría permiso para tirarme piedras por ello, pero una amiga mía ya me chilla de todo cada vez que lo digo. A pesar de que me encante el universo que creó Tolkien, soy incapaz de leer un libro suyo. Cosas que pasan.

Me gustaron más los de “Harry Potter”, aunque no me dejaría a solas con Rowling, porque le echaría en cara ser la “Tarantino” de la escritura. Sería interesante ver que escribirían juntos ella y R.R. Martin, oye…

Me gusta Kenyon y el mundo que creó en su saga de “Dark Hunters”. Además, hace los diálogos más chistosos en los momentos más raros y sus personajes son geniales.

Lindsay Sands creó una saga de vampiros muy especiales y muy divertidos de leer que si algún fan del romance paranormal no ha leído, debería conseguírselos.

Por supuesto, me gustan otros escritores de otros géneros como Conan Doyle, Dumas, Pérez Reverte y unos cuantos más que ahora mismo no me vienen los nombres a la cabeza.

Pero teniendo en cuenta esa preferencia por la fantasía, magia y criaturas raras, decidí que ese debía ser mi género para escribir. A mi manera, claro. Soy más de demonios, tratos en cruces de carretera, fantasmas y armas modernas que de unicornios, dragones y espadas. Y mis esfuerzos, cuando trate de publicar mis historias, ya sea por libre o una editorial, deberá centrarse en los que gusten de eso o será una guerra perdida.

Lo divertido será escoger el nombre para esto… a ver… una historia donde metes un asesino, policías, demonios, videntes, criaturas sobrenaturales, fantasmas… ¿Qué más? Exorcismos… algo más había… ¿eso donde entra? ¿Ciencia ficción? Seguro. ¿Policiaca? Hay policías. ¿Fantasía? Buena pregunta.

¿Veis mi problema con tanto género suelto?

Tonterías mías aparte… ¿Cuál es vuestro favorito para leer? ¿Y para escribir? ¿Y por qué?

Esa si es una pregunta que me interesa. A ver quien la responde.