Los personajes de El Guardián.

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Los personajes de El Guardián.

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Como en posts anteriores quiero mostrarte un poco más de mis personajes. En esta ocasión de los que viven en mi novela El Guardián.

El Guardián es la historia de Paul, un chico tímido y con poco carácter, cuya novia lo mangonea y su padre no le respeta, al que su vida da un giro de 180 grados de la manera más inesperada.

Viajando con su manipuladora novia, visitan el campo de concentración de Auschwitz, tristemente célebre por su participación en el holocausto nazi y que se conserva para que la humanidad nunca olvide esa masacre. Durante esa visita, Paul libera sin querer a Alger, un berserker o espíritu guerrero, que había estado confinado en un sótano oculto desde la Segunda Guerra Mundial.

Unidos y obligados a entenderse, ambos deberán trabajar juntos para huir de La Orden, que los persigue para aniquilarlos, y encontrar una antigua reliquia mágica que custodiaba Alger y que perdió al ser atrapado.

El Guardián es parte del universo La Comunidad Mágica vs La Orden, apareciendo algunos personajes de otras novelas como Jack T.R. o Kamelot 2.0.

Voy a presentarte un poco más a esos dos.

Paul es un chico tímido y con muy poco carácter. Es de los que se deja manejar con tal de contentar a los demás, sobre todo a su novia Leah y a su padre.

De hecho, su padre está todo el tiempo haciéndole notar su decepción. Nunca está contento con nada de lo que haga el chico. Por eso Paul está haciendo las practicas en su oficina, para contentarle.

Su novia tampoco es un dulce, precisamente. Usa a Paul porque su padre tiene dinero y nombre. Pero no quiere al chico. Mientras está con él, le engaña y le es infiel. Paul lo sabe pero se hace el ciego para no enfrentarse a la realidad.

Paul es un buen chico. Es noble, decente y leal. Simplemente, no es capaz de levantarse y luchar para si mismo.

Pero si lo hará para otros.

Esa es la razón por la que, cuando escucha a alguien pidiendo socorro, acude, a pesar de su propio miedo.

Y así conoce a Alger.

Alger es un berserker o espíritu guerrero. Tiene la forma de un puma gigante, con los ojos dorados y lleva miles de años paseando por el mundo. Ha visto mil cosas y podría contarte muchas historias sobre la naturaleza, los espíritus que la protegen y los humanos.

Encuentra fascinantes a los humanos. Sabe que su raza puede unirse a ellos y crear una nueva versión de berserker, un guerrero imparable. Pero solo si el humano es digno y ambos lo hacen de motu proprio.

Sin embargo, antes de que pueda decidir si quiere seguir como espíritu o buscar a un humano que cumpla los requisitos, es atrapado por el infame doctor Megele, tristemente recordado por sus crueles experimentos en el campo de concentración usando a los judíos como conejillos de indias.

Ante el asalto de los ejércitos aliados, los nazis y Mengele se ven obligados a abandonar el campo de concentración y Alger es oculto y olvidado en un sótano secreto.

Hasta la llegada de Paul.

Alger es valiente, con la sabiduría de siglos de experiencias y un ansia de vivir que lo mantuvo cuerdo durante los años de su cautiverio.

Juntos, Alger y Paul, podrían convertirse en un berserker muy poderoso.

¿Lo harán o La Orden les encontrará y destruirá antes?

¡Ven a descubrirlo!

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Jack T.R. Capítulo 6.

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Capítulo 6

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Cuando Charles le pidió explicaciones, Aidan pensó que sería mucho mejor darlas en un lugar más privado y lo más alejado posible de donde el detective sufrió el ataque. Por el bien mental de ambos.

El librero aun no conseguía calmar su corazón, que latía desbocado desde que se encararan a ese demonio. ¡No podía creer que de verdad se hubieran enfrentado a eso! ¡Y habían salido vivos!

Por el momento, al menos.

No sabía cuándo ni cómo, pero sí que volvería a atacarles. De eso estaba seguro.

Así que lo llevó al único sitio donde estarían a salvo. Su librería.

Él por lo menos se sentía mejor ahí, en su tienda, protegido de cualquier cosa maligna que quisiera entrar sin invitación.

Si algo había aprendido durante su tiempo llevando el negocio fue a protegerse contra sus propios clientes. En especial, contra todos los que eran sobrenaturales. Ese era un lugar neutral, pero eso no implicaba que todos respetaran las reglas.

No se le ocurrió que, después de dos vasos de whisky y pasado un poco el shock, Charles iba a ponerse tan frenético.

No, frenético era quedarse corto.

Rayando un poco la histeria, exigiendo saber que había pasado y ladrando más que su perra, la cual había optado por esconderse debajo del mostrador, asustada por la ira nerviosa y los gritos del detective.

Aidan estaba pensando seriamente en hacer algo parecido, porque estaba asustándole más que el mismo demonio al que se habían enfrentado. Él no cabía debajo del mostrador, pero a lo mejor dentro del armario…

Julian, el muy bastardo, estaba disfrutando mucho con eso. No lo veía tan feliz desde que asustó a aquellos adolescentes en el último Halloween. Aidan aun recordaba cómo perdió una hora mintiendo a las familias de los críos para encubrir las travesuras del fantasma.

― Detective, por favor, ¿podría sentarse? Me está mareando. ― pidió lo más calmado que pudo después de verle dar la octava vuelta a la pequeña tienda. Charles le miró como si le hubiera pedido matar a su madre o algo parecido.

Lo peor era que Rolf se había ido hacía ya un buen rato, para informar a su jefe que la reunión tendría que posponerse un poco más, así que no tenía quien le ayudara si el policía se ponía violento. Cosa, que viendo cómo se comportaba, podría pasar en cualquier momento.

― ¿Sentarme? ¿Sentarme? — chilló, ya perdiendo los nervios del todo y acercándosele, pisando fuerte. ― ¿Cómo se supone que voy a sentarme?

― Pues es muy simple. Coges una silla y pones tu culo en ella. ― bromeó el fantasma encogiéndose de hombros y ganándose un par de miradas malhumoradas. Eso solo consiguió hacerle sonreír divertido.

― Julian, no ayudas.

― ¡No quiero sentarme! — Charles pateó la silla que tenía más cerca, volcándola y mandándola lejos. Luna gimió asustada bajo el mostrador. ― ¡Quiero saber qué demonios ha pasado allí y por qué hay un tío transparente hablándome en mitad de la tienda!

Julian bufó, atravesando el mostrador donde se había agachado para comprobar a la perra, y se cruzó de brazos frente al policía, con expresión indignada.

― Me siento ofendido por eso de transparente. Sí estoy ahora más incorpóreo es porque gasté mucha energía anoche y hasta que no me recupere seguiré así, gracias por preguntar.

― Nos estamos desviando del tema. Si se sienta, puedo intentar explicar lo que sé.

Renuente, Charles recogió del suelo la silla que había pateado antes y se sentó frente a ellos, cruzándose de brazos y mirándolos expectante, terminándose de un solo trago lo que le quedaba del tercer whisky.

Debía ser por la adrenalina que no le estaba afectando ni lo más mínimo el alcohol. O eso, o tenía un aguante muy bueno. Físicamente, Charles no parecía haber salido herido del enfrentamiento. Aún tenía el pecho dolorido por la presión a la que esa cosa le sometió y la ropa manchada de cuando cayó al suelo al ser liberado, pero por lo demás estaba bien. Solo asustado, alterado, nervioso y un largo etcétera de sinónimos en los que no quería pensar en ese momento.

Aidan respiró hondo y trató de ordenar un poco sus pensamientos. El encuentro con esa criatura también le había afectado bastante. A pesar de su propia experiencia con lo sobrenatural, jamás tuvo la mala suerte de cruzarse con un demonio antes y no tenía más información sobre ese tema que lo que había leído.

Y la realidad resultó ser más escalofriante de lo esperado.

― Vamos a empezar por lo más simple… este es Julian. Como puedes ver, es un fantasma. Lleva muerto ciento sesenta años y…

― Ciento sesenta y tres. – le interrumpió Julian, sacándole un suspiro frustrado.

― Estaba redondeando. – masculló entre dientes.

― Redondea con la fecha de la muerte de otro, si no te importa.

― Está bien. ― respiró hondo de nuevo, esa vez para no dejarse llevar por las casi irresistibles ganas de mandar al fantasma de paseo. ― Lleva muerto ciento sesenta y tres años. ¿Contento? ― Julian sonrió, divertido.

― Mucho.

Aidan negó en silencio y volvió a centrar su atención en el detective.

― Su espíritu está atado al mundo de los vivos por… un pequeño objeto personal. Vamos a dejarlo así. Yo lo encontré, le ofrecí destruirlo para que pudiera descansar pero no quiso. Así que aquí sigue. — como resumen apestaba bastante, pensó rascándose la nuca, pero no se atrevía a dar más detalles sobre el fantasma y su único punto débil.

Charles le miró parpadeando entre sorprendido y abrumado. No podía creer que estuviera oyendo semejante historia. Y lo que era peor, se la estaba creyendo. ¿Pero qué otra explicación había? Podía ver con absoluta claridad al fantasma.

― ¿Por qué no tiraste el objeto por ahí? ¿O destruirlo sin más? — preguntó curioso el policía, olvidando por un minuto el asunto que les había traído ahí. Julian le dirigió una mirada envenenada.

― No podía dejar que lo encontrara nadie más. — respondió, encogiéndose de hombros. ― Nunca se sabe. Algo así en malas manos. Y no puedo destruirlo si él no quiere irse al otro lado. Eso no sería justo.

― Sería lo más lógico.

Y tanto que lo sería, pensó el librero con tristeza. Nadie se lo habría pensado antes de poner a descansar al viejo vaquero. Él no tuvo corazón para hacerlo. No después de oír su historia.

En el fondo era un blando y un romántico. Podía entender que Julian no quisiera pasar la eternidad lejos de la que fue el amor de su vida. Aunque también sabía que, tarde o temprano, el fantasma se vería obligado por las circunstancias a cruzar al otro lado o perdería su esencia.

― Mi vida no tiene mucha lógica, de todas maneras. — repuso Aidan, quitándole importancia con un gesto, levantándose de su silla para acercarse al mostrador. ― Y no hay mucha gente que pueda verle. Tú puedes porque acabas de sufrir un suceso sobrenatural. Eso suele ayudar.

Charles le miró sin terminar de entender de qué le estaba hablando.

― ¿Hablas del psicópata ese? Está loco y es un asesino, ¿qué tiene eso de sobrenatural?

― Demonio. Es un demonio. — corrigió Julian, uniéndose a la conversación. De alguna manera había conseguido que la perra saliera de debajo del mostrador. El animal se escondió tras él, lo que resultaba bastante ridículo ya que tanto Aidan como Charles la podían ver a través del fantasma. ― Quien fuera el tipo al que está poseyendo, probablemente esté muerto y si no, lo deseara cuando le libere. Lo que le ha obligado a hacer, si le permitió mirar, le volverá loco.

― Un demonio. ― Charles repitió la palabra mirándolos incrédulo. Aidan resopló.

― Se cómo suena. Pero sí. Un demonio. Si nos ponemos prácticos, un alma humana que ha pasado demasiado tiempo en el Infierno.

― ¿Eso fue antes humano?

El librero miró al fantasma con expresión triste, cosa que no entendió Charles. Se estaba perdiendo algo ahí. Pero no quiso preguntar. Ya tenía suficiente con lo ocurrido hasta ese momento.

― Todos, salvo los originales, lo fueron alguna vez. Pero unos cuantos cientos de años de tortura y maldad acaban convirtiéndote en eso.

Aidan se frotó la cara y volvió a caminar, sintiéndose agobiado por las intensas emociones que había en la habitación en ese instante. La incredulidad del detective y la pena de Julian le estaban ahogando un poco.

Paseó hasta el escaparate, observando la nieve que volvía a caer lentamente en el exterior, tratando de apartarse mentalmente de los sentimientos de los otros dos.

― Encontré el libro por el que vino preguntando el otro día. El debió pedirle a alguien que lo dejara dentro de la tienda. — Charles le dirigió una mirada inquisitiva. ― Soy médium y empático. Normalmente suelo ver espíritus y sentir las emociones de la gente a través de un objeto que hayan tocado. Él dejó una fuerte huella psíquica en el libro a propósito para que pudiera verla. Quería que supiera que iba a por ti. Por eso fuimos capaces de encontrarte a tiempo.

― ¿Qué más viste?

El chico no pudo evitar estremecerse al recordar lo que vio y sintió después de tocar el libro.

― Nada que quiera volver a ver en mi vida. No fue nada bonito.

― Él dijo que era «El Destripador». — el librero parpadeó. Ahora ya estaba confirmado. Iban tras el demonio del que hablaba el diario. O él iba tras ellos. ― ¿Cómo es posible que existiera hace doscientos años y aun esté con vida? ¿Dónde ha estado todo este tiempo? ¿Cómo no lo hemos descubierto hasta ahora?

― Es un demonio, no puede morir. Y si el diario que encontré hace unas semanas es auténtico, fue exorcizado y enviado al Infierno. Ahí es donde ha estado. Lo que no sé es cómo ha salido.

― ¿Un diario? — el policía empezaba a sentirse un poco como un loro. Solo era capaz de repetir lo que oía. Pero era todo tan inverosímil…

― Lo conseguí en el mercadillo del parque. Era, o parece ser, el diario de un cazador sobrenatural. Lo consulté con un contacto mío en Europa, pero no hay nada «oficial» sobre el tema. Extraoficialmente, el dueño del diario pertenecía a un grupo que se hace llamar La Orden, el cual lleva siglos funcionando en las sombras y de los que muy pocos saben de su existencia.

― A mí no me miréis. ― añadió el fantasma encogiéndose de hombros cuando la mirada del policía se dirigió hacia él. ― Morí mucho antes de que eso ocurriera. Ni siquiera sabía que pasaba en Europa por aquella época. Bastante tenía con mis problemas en casa.

― La cuestión es que ese demonio estuvo sembrando el terror en Whitechapel en aquella época hasta que este hombre fue enviado allí para atraparlo. Con ayuda del detective encargado de los asesinatos consiguió localizarlo justo después de matar a su última víctima. Le exorcizó y taparon todo para que el público nunca pudiera averiguar la verdad. Fue por eso por lo que el asesino paró, de repente y sin motivo, de matar y desapareció sin dejar rastro.

― Si tan seguro estás de que es un demonio y ese grupo se dedica a eso, ¿por qué no te pones en contacto con ellos para que se hagan cargo? Ya lo hicieron una vez.

― No puedo. Lamentablemente, soy persona non grata en su círculo.

― ¡Esto es ridículo!

― Sé cómo suena todo esto, pero es verdad. Tú mismo lo has visto. ¿Cómo explicas lo que ha pasado en ese parking? ¿Con qué crees que te retuvo?

― ¡No! ― masculló el detective levantándose de su silla. — ¡Esto es estúpido! No voy a creer que…

― Sé que no es fácil, pero es la verdad. Y mientras sigas sin querer reconocerla, él seguirá matando. — Aidan se acercó a él, para tratar de calmarlo pero manteniendo una distancia prudencial para evitar tocarlo. Lo último que necesitaba en ese momento era que las emociones de Charles se mezclaran con las suyas. ― Tenemos una oportunidad de detenerle de nuevo. De volver a mandarle al Infierno por otros doscientos años.

― ¡No! — Charles se alejó de ellos, retrocediendo hacia la puerta y mirándolos como si fueran dos locos peligrosos. Claro, que después de lo que había oído, ¿quién podía culparle? ― ¡Quiero que os mantengáis alejados de mí y del caso! ¡Si os veo, aunque sea a cien metros de una de las escenas o de mí, os arrestare! ¿Queda claro? — el fantasma rio, claramente divertido con sus palabras.

― ¿Cómo demonios se supone que vas a arrestarme?

― ¡Julian!

Aidan se acercó al detective y le tendió una petaca. Era una de las que había rellenado con la receta que había encontrado en uno de sus libros cuando todo eso había empezado. Una anodina petaca de plata rellena con una serie de especias y hierbas con agua bendita.

― Si vas a irte, bien. No vamos a detenerte. Pero llévate esto… solo por si acaso.

― Estáis locos… ― el librero le dio una mirada triste, ignorando el resoplido que el fantasma había soltado detrás de él.

― Por favor… solo es agua. No va a hacerte ningún daño llevarla. Y me quedaría más tranquilo.

Charles se apartó de él, pero se guardó la petaca en el bolsillo de la chaqueta antes de salir de la librería dando un portazo. Los otros dos se miraron, soltando un suspiro al unísono.

― Bueno… tampoco ha ido tan mal. He visto reacciones peores a estos temas.

― No nos ha detenido. Bueno, a mí. A ti no sé cómo se suponía que iba a detenerte. — Julian volvió a reír.

― Mi punto exactamente.

El chico suspiró y se encaminó al mostrador para recoger los vasos vacíos y esconder la botella en el estante que tenía bajo la caja registradora, junto a una pequeña caja fuerte donde solía guardar el dinero hasta la hora del cierre. Al coger el que había estado usando el policía casi se cayó de rodillas. Julian se acercó a él, raudo, con la perra pegada a sus talones.

― ¿Aidan?

― ¡Joder! — gruñó Aidan, apoyándose en el mostrador mientras la visión pasaba. ― ¡Mierda!

― ¿Qué pasa? ¿Qué has visto?

El librero se frotó la cara, cansado y mareado. Cuando algo así de fuerte le golpeaba, lo dejaba casi sin poder moverse. Con gran esfuerzo se puso derecho y se separó tentativamente del mostrador. Al ver que no corría peligro de caer redondo al suelo, se acercó a la silla que ocupara antes el detective y se sentó en ella, riendo de manera sombría.

Ahora tenía algo más de sentido que Charles hubiera acabado envuelto en todo eso y su especial celo con ese caso.

― Que tenías razón… no es un poli normal.

Jack T.R. Capítulo 5.

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Capítulo 5

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― ¡Esto es la cosa más estúpida que has hecho jamás!

― ¿Entonces para qué me acompañas?

― ¡Para evitar que te metan en la cárcel si te equivocas, por ejemplo!

Rolf conducía su Ducati 848 Corsea negra a toda velocidad por las calles de Chicago, con Aidan fuertemente agarrado a su cintura. El vampiro había pasado por la tienda para comprobar si podía o no celebrarse la reunión entre el librero y su jefe encontrándose con que el chico se disponía a salir solo para avisar al policía.

Julian fue quien le puso sobre aviso de las intenciones del chico y del posible demonio que podía estar implicado en todo ese asunto y por esa razón decidió acompañarle. Su grupo tenía muchos intereses que dependían del librero y su relación con ellos siempre había sido cordial, como poco. Karl, su jefe, le tenía en alta estima,lo cual era motivo más que de sobra para ayudarle. Pero el mismo Rolf también le apreciaba bastante.

Así que se ofreció a acompañarle, cosa que Aidan agradeció internamente, aunque exteriormente protestó bastante.

La idea de enfrentarse a ese demonio no le hacía ninguna ilusión.

El tener que explicarle todo ese asunto al detective, menos aún.

Pero su conciencia no iba a dejarle tranquilo hasta que se asegurara que lo que había visto no se hiciera realidad.

Cerró los ojos con fuerza cuando el vampiro tomó una curva demasiado rápido y rezó para que no fuera tarde.

Charles acababa de llegar a la escena del crimen. Mientras esperaba a que los de la científica hicieran su trabajo y dejaran al juez levantar el cadáver, bebió el último sorbo de su café con leche y echó un vistazo al hombre que había encontrado el cuerpo.

El pobre tipo estaba al borde de un ataque de ansiedad. Era un simple chico de no más de veinte años, moreno y bastante enclenque, que se dirigía a su trabajo en un supermercado cercano y que dejaba su coche en ese parking todas las mañanas. La noche anterior hubo inventario, por lo que fue a trabajar de madrugada, tropezándose con el asesino.

Después de diez minutos con él, el detective lo acabó dejando por imposible y lo envió con uno de los patrulleros para que lo llevaran a un hospital. Necesitaba media caja de tranquilizantes… por lo menos.

Aunque con lo que tuvo que ver (y Charles sabía perfectamente que había visto ya que fue testigo indirecto e involuntario de todo) no le extrañaba nada. Según su declaración (o   lo poco que habían sacado en claro) estaba entrando al parking a las cuatro dela madrugada cuando los faros de su coche alumbraron a un hombre agachado sobre algo o alguien. El hombre, al verle se levantó rápidamente y salió corriendo, desapareciendo por la parte trasera del supermercado. El testigo se acercó para comprobar que había en el suelo y vio a la víctima ya muerta.

Llevaba temblando como una hoja desde entonces.

El cuerpo estaba tal como en su sueño. Pero desde el punto de vista de ella no era igual que desde fuera. Era aún más grotesco. Nadie podría adivinar que ese montón de carne golpeado y sanguinolento fue una guapa muchacha que se dedicaba a bailar y  robar para ganarse la vida.

En esta ocasión no había podido mover el cadáver, dejándolo en el mismo sitio donde cometió el asesinato. Uno de los patrulleros le entregó la cartera de la chica, que había encontrado en su bolso, unos metros más allá del cuerpo. Lucy, veintiséis años,según su licencia de conducir. En la foto de la identificación la vio como en su sueño, cuando se miró en el retrovisor de un coche antes de que ese monstruo la atacara. Rubia, cabello largo y con bucles, ojos azules que chispeaban al sonreír a la cámara.

Por ahora las tres víctimas tenían algo en común y eso les daba una bastante clara victimología del asesino. Todas tenían algún problema con las drogas, por pequeño que fuera.Aún no habían visto su firma por ninguna parte, pero era probable que el testigo le interrumpiera antes de poder hacerla.

Se frotó la cara, cansado y asqueado. No había podido tomar nada que no fuera café desde que despertó y sentía nauseas a causa de lo visto en el sueño. El olor a sangre que había en el aire no estaba ayudándole nada. Empezaba a sentirse más y más enfermo.

Necesitaba encontrar algo que pudiera darle una pista del asesino. Debía volver a comisaría y leer el informe de la unidad de perfiles, hablar de nuevo con el forense… algo que le diera ese pequeño retazo de información que buscaba y pudiera ayudarle.

Y necesitaba otro café. O tal vez mejor un té, pensó cuando su estómago volvió a dar un vuelco desagradable.

Los de la científica encontraron en la nieve las que podrían ser las huellas que dejó el asesino cuando salió corriendo y un cuchillo de grandes dimensiones, que ya estaba embolsado y listo para ser analizado. Cuando llegara Henricksen y desayunaran regresarían a comisaría para ver que les decían de todo eso.

Era extraño que su compañero llegara tarde. Miró su móvil, considerando llamarle o no. Luego recordó la reciente paternidad de Henricksen y lo volvió a guardar en su bolsillo. Seguramente la niña habría reclamado su atención con cualquier cosa típica de niños en el último minuto. Era algo muy normal.

Decidió pasear mientras le esperaba, alejándose del cuerpo para buscar un poco de aire fresco que aliviara su mareo.

Fue esa necesidad la que le llevó a caminar por el parking, deshaciendo el camino que la víctim arecorrió esa noche, el mismo que él vio en su sueño. Anduvo despacio hasta llegar al bar donde ella bailó por última vez esa noche, buscando el lugar donde le vio.

El parking estaba casi desierto a esas horas de la mañana, una vez pasada la hora de cierre del bar. A su alrededor no había mucho que ver salvo una pequeña licorería, el supermercado y el parque. Ya habían tomado declaración a los trabajadores tanto del bar como de la licorería, pero ninguno vio ni oyó nada. Hubiera sido todo un milagro que escucharan algo, pensó. El volumen al que solían tener la música en esa clase de locales era demasiado alto.

El coche donde estuvo apoyado el asesino antes de atacarla aún seguía en su lugar. Un maltratado sedan negro, con la pintura levantada en una de sus puertas, probablemente por un roce al aparcar.

Frunció el ceño al verlas tres letras que representaban la firma del asesino dibujadas con sangre en el parabrisas del coche. Así que le dio tiempo a firmar su crimen antes de huir…

Tocó el capó pero estaba helado. Nadie lo había conducido en varias horas. Tal vez pudiera buscar huellas en el más tarde.

― ¿Puedo ayudarle? —Charles se giró al oír una voz, tropezándose con un hombre más joven que él, de más o menos su estatura, con el cabello rubio y corto y ojos azules. De complexión fuerte, vestido con unos vaqueros, jersey azul y cazadora tipo aviador, el tipo le dedicó una cordial pero fría sonrisa.

― Si. Soy el detective Andrews, estoy aquí por el asesinato que ha ocurrido esta noche en el parking.— se presentó, sacando la placa y mostrándosela al hombre. ― ¿Ha estado usted esta noche por la zona?

La sonrisa del tipo se volvió torcida. Le oyó reír por lo bajo, como si hubiera recordado alguna broma divertida.

― ¡Ah, sí! ¡Pobre chica! He oído lo que le ha ocurrido. Una desgracia.

El tono del hombre fue tan falso que despertó sus sospechas. Había algo en él que le ponía los vellos de la nuca de punta. Guardó su placa en el bolsillo interior de su chaqueta y dejó la mano ahí, abriendo el cierre de su pistolera disimuladamente.

― No ha respondido a mi pregunta, señor…

― Estuve aquí toda la noche. La vi bailar. — le interrumpió, con el mismo tono que seguía siendo equivocado, como si hablara de un objeto en vez de una persona. Charles rozó la culata de su pistola con los dedos. El tipo estaba esquivando identificarse. ―Una chica preciosa… tan llena de vida a pesar de su adicción. ― el hombre levantó la mano y una fuerza invisible empujó al detective contra el coche, dejándole sin aire momentáneamente por lo brusco del golpe. La pistola salió volando, escapándose de sus dedos. — Los humanos siempre tan débiles.

― ¿Qué demonios…? —para sorpresa de Charles comprobó que no podía moverse. Estaba atrapado por alguna clase de poder que lo mantenía contra el coche e inmóvil, una especie decampo de fuerza. El hombre se acercó a él, con una sonrisa aterradora y sus ojos brillando dorados y antinaturales. Igual que el monstruo de sus sueños. —¡Tú! ¡Eres tú!

Un miedo atroz empezó a recorrerle entero. ¡Era él! ¡El asesino! Trató de moverse y liberarse pero era imposible. Con cada intento la presión se hacía más fuerte hasta el punto de sentir como su pecho era aplastado por esa fuerza invisible. ¿Cómo demonios lo hacían? Debía ser alguna clase de truco, como los ojos.

― No ha sido de muy buena educación por su parte espiarme mientras me divertía, detective. — la voz del asesino estaba cargada de risa, mientras sacaba un cuchillo largo y afilado del interior de su cazadora, muy parecido al que habían encontrado en la escena. ― ¿Disfrutó mi trabajo? Ha sido muy refrescante volver a donde lo dejé hace doscientos años.

― ¿Doscientos años? ¿De qué estás hablando? ¡Tú eres el que está matando a esas chicas! ¡Quien mandó ese paquete a comisaría!

― El mismo. Soy lo que vosotros los humanos llamáis un demonio. Yo prefiero el término «alma corrupta». Es más acertado. ― Charles lo miraba, parpadeando sorprendido por sus palabras. No se esperaba eso. ― Pero que pocos modales los míos… ¡no me he presentado! Antes solían llamarme Jack.

― ¿Jack?

― The Ripper. El Destripador. Me encantaban los periodistas de antes, eran siempre tan imaginativos…

Rolf esquivó dos coches con su moto y giró a la derecha con más brusquedad de la que esperaba, haciendo que Aidan se agarrara con más fuerza a él.

― ¿Estás seguro de que esto va a funcionar?

― Hombre, a menos que sea uno especialmente poderoso, sí. Todos los demonios son susceptibles de ser exorcizados. ― el chico estaba muy agradecido porque los vampiros estuvieran tan obsesionados por los aparatos modernos como por su pasado o no podrían tener esa conversación mientras conducían a lo loco en la moto.

Y esa obsesión hacía que Rolf tuviera siempre lo último de lo último en tecnología. Y los cascos con intercomunicadores que estaban usando en ese momento resultaban muy útiles.

― Espero que tengas razón.

― Yo también.

Charles aun no podía entender que era lo que estaba ocurriendo.

Tenía al asesino que visitaba sus sueños frente a él y estaba más loco de lo que había pensado en un principio. O era un habitual de las drogas duras.

Se creía Jack el Destripador y que era un demonio.

No. Iba más allá de eso. Estaba absolutamente convencido de ello.

Pero eso era la parte normal. Lo no tan normal era el no poder moverse por mucho que forcejeara a pesar de no estar atado ni sujeto por nada físico. Tenía que estar alucinando o drogado o soñando.

Porque si no era así y lo que decía ese tipo era verdad, estaba frente a un demonio.

Y eso no podía ser verdad… ¿verdad?

Esas cosas solo existían en la Biblia y para los católicos como una manera de asustarles para que se portaran bien.

Solo eran una metáfora. Un cuento.

Nada más.

No podía ser real.

― Pero soy muy real, detective. ― la voz burlona del asesino le hizo regresar su atención a él. Al parecer había pensado en voz alta sin darse cuenta. — Soy más que real. Más antiguo que esto que vosotros llamáis civilización. Me he divertido por siglos con vuestras mujeres, destrozándolas, convirtiéndolas en mis obras maestras. ¡Tan hermosas cuando termino con ellas!

― ¡Estás loco!

― He estado mucho tiempo encerrado. ― prosiguió como si no hubiese escuchado la interrupción. ― Ese cabrón de Campbless me hizo regresar al hoyo pero pude escapar. Necesité doscientos años pero por fin estoy fuera de nuevo y ahora no hay nadie que pueda detenerme.

El detective cada vez estaba más y más anonadado con lo que oía. ¿De qué estaba hablando? ¿Tan grande era su delirio que pensaba que había estado encerrado en el infierno doscientos años? ¿Sería esa su manera de decir que había estado en un psiquiátrico? Tenía que ser…

― ¡Estaba deseando entrar en esta época! ¡Es perfecta! Aquí te tengo, inmovilizado sin tocarte, estás viendo mi poder, mi verdadero rostro y sigues sin creer nada de lo que te digo. ¡Qué maravilloso milenio de escepticismo! — rio. Charles volvió a forcejear para liberarse, aunque solo consiguió que la presión se hiciera más fuerte, asfixiándole.

― Cuando te meta dos balas en la cabeza veremos quién tenía razón. — le gruñó, ya harto de tanta palabrería. Odiaba a los locos por esa razón. Se podían pasar horas y horas hablando de todo lo que iban a hacer y matarte de una jaqueca antes que de un tiro. El asesino se carcajeó, claramente divertido, tal vez por su enfado o tal vez por la amenaza.

― Puedes meterme hasta tres, si quieres. Solo mataras este… traje de carne. No me interesa que esté vivo de todas maneras. No le necesito así. Si se estropea, encontrare otro nuevo. O…

El asesino se acercó a él, cogiéndole de la barbilla y casi pegando su cara a la del detective. Este se estremeció sin poder evitarlo.

― ¿Qué estás haciendo?

― También podría usar tu cuerpo. Te dejaría encerrado en tu mente, solo para que pudieras ver y oír todo el dolor y la muerte que podría causar con tu cuerpo… con tus manos. ― los ojos del asesino brillaron con más fuerza. ― Verías la sangre empapártelas hasta que no pudieras ni sostener el cuchillo. ¡Eso sería tan perfecto!

― ¡No!

― ¡Aléjate de él, demonio!

Tanto Charles como Jack volvieron la cabeza hacia de donde provenía la voz. Las sorpresas parecían no terminar ese día para el policía. O eso pensó al ver al librero correr hacia ellos con un casco de moto en el brazo y gritando. Tras él, apareció el tipo que vio el primer día que visitó la librería, el que pertenecía a la banda demoteros.

Jack… el asesino… eldemonio… se tensó visiblemente, sus brillantes ojos dorados despidiendo odio hacia el chico.

― ¿Crees que puedes detenerme? No tienes poder para derrotarme, niño. — Aidan no se mostró muy impresionado ya que se limitó a abrir una botella que traía en la mano y a rociarles con lo que contenía. Para asombro de Charles era solo agua sazonada con lo que parecía un montón de especias y hierbas.

Sin embargo su atacante siseó dolorido, su piel humeando como si le hubieran echado ácido, retrocediendo y soltándole por fin. Sintió como esa fuerza extraña que le había retenido hasta ese momento, desaparecía, dejándole libre.

Como pudo se arrastró lejos del asesino, respirando profundamente ahora que la presión ya no estaba ahogándole, sin dejar de observar la extraña escena. Aidan seguía con la petaca abierta en la mano, dispuesto a seguir rociando agua al asesino, que lo miraba con la cara deformada por la ira. El motero que le acompañaba casi parecía estar gruñendo, vigilando de cerca lo que ocurría.

― Podemos hacer un intento y ver si funciona o no o puedes largarte antes de que acabe. Tú eliges.— Aidan enseñó un pequeño y maltratado libro. Charles buscó su pistola con la mirada, pero esta había caído demasiado lejos para alcanzarla a tiempo. Volvió su mirada hacia el asesino y, para su sorpresa, parecía estar debatiéndose entre huir y atacar. ¿Qué tenía ese libro para conseguir asustarle?

― Esto no ha acabado.

― Pues nos veremos, entonces.

El librero abrió el libro y comenzó a recitar una parrafada en latín a toda prisa, de la cual, Charles no consiguió entender más que unas pocas palabras. Jack maldijo en voz alta y huyó del lugar, desapareciendo entre los coches.

― ¿Estás bien? ―preguntó Aidan al policía cuando se quedaron solos. Rolf estaba en el otro extremo del parking, por donde había huido el demonio, para asegurarse de que no seguían en peligro.

Y eso fue todo lo que Charles pudo soportar antes de estallar.

Demasiado para un día.

Las pesadillas, el nuevo asesinato, el encuentro con el asesino, que este le pudiera manejar y amenazar sin apenas tocarle, la aparición inexplicable del librero… demasiado.

― ¡No! ¡No estoy bien! ¿Qué cojones ha pasado aquí?

Dagas de venganza: Recapitulamos

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Dagas de venganza: Recapitulamos.

¡La espera está acabando!

Dagas de venganza casi ha llegado y pronto (el día 20 de diciembre) la podrás tener en tus manos igual que la tengo yo.

Y estoy deseando que la leas y que la disfrutes. Y, a la vez, estoy muerta de miedo, temiendo que no te guste.

Pero vamos a ser positivos y a esperar lo mejor y que te guste. Eso lo deseo con todo el corazón.

Todo el corazón y todo el alma que he puesto haciendo esta historia y todas sus partes.

Pero mientras llega, que ya queda muy poquito, vamos a recapitular en todos los post y curiosidades y relatos y extras que he ido colocando en el blog sobre la novela.

¿Te apetece?

¡Pues vamos a ello!

¿De qué va mi nueva novela?

Sinopsis y su lugar en la saga. 

Personajes.

Nueva Orleans, un escenario perfecto.

Mini relato para ponernos en situación.

Astrid, descendiente de Medusa.

Alec, el último poli bueno.

Un ejercito en las sombras: la Legión de Iscariote.

Sinopsis extendida.

¿Qué trama La Orden?

Primer capítulo.

¡Vistazo a la portada!

¡Y listo!

Por cierto, mi sincera enhorabuena a los ganadores del concurso.

Siento que se retrasara pero mil gracias a todos los que participasteis y espero que los ganadores disfruten de la historia.

Jack T.R.: Capítulo 3.

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Capítulo 3

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― Bien, ¿qué me puedes decir, doctor?

 

El doctor John Morgan, médico forense de su departamento, se subió ligeramente las gafas y ojeó su informe.

 

A sus cincuenta años recién cumplidos, seguía siendo un hombre atlético y atractivo, si Charles hacía caso a los cuchicheos de la mitad del personal femenino de la comisaría.

 

Con el cabello y barba negros aunque con canas visibles, los ojos marrón verdosos y su voz ronca solía hacer suspirar a más de una de sus compañeras cuando iba y venía para hablar con los detectives sobre cualquier caso que llevara en ese momento.

 

Su metro ochenta y su retorcido sentido del humor ayudaban algo. La seguridad y el desparpajo con el que coqueteaba con toda fémina en comisaría conseguía que hasta su capitán se hubiera visto en la obligación de llamarle la atención un par de veces porque distraía al personal femenino y tenía celoso al masculino (incluido Charles). Lamentablemente para su club de fans, llevaba quince años felizmente casado, aunque eso no detenía sus coqueteos o, como él lo llamaba, «juegos inofensivos».

 

Aunque ese día solo se veía al profesional en él. En toda su carrera como forense había presenciado más cadáveres y heridas repulsivas de lo que un ser humano debería. Pero aun conseguía asombrarlo la «creatividad» y la crueldad de algunos asesinatos que llegaban a su mesa. Y este, era especialmente dotado en ambas cosas.

 

― No hay muchas diferencias del otro cuerpo. Incisiones profundas en garganta, torso, extremidades… varias más de menor profundidad en el pecho y rostro, claro ensañamiento… ― dejó los papeles sobre la camilla y levantó la sabana que cubría el cadáver, dejando a la vista el desastre de lo que fue el cuerpo de una chica. – Y, como veras, ha vuelto a extraer algunos órganos.

 

― ¿Cuáles? — preguntó Charles haciendo una mueca cuando Morgan separó la piel del estómago mostrando las entrañas de la víctima.

 

― El hígado y los órganos sexuales.

 

― ¿El hígado? — el médico asintió, mientras el detective revisaba el informe de la autopsia de la otra víctima. ― A Loretta le faltaba un riñón, si no me equivoco.

 

― Exactamente. Se llevó uno y destrozó el otro. Al parecer ha preferido el hígado con esta. Como verás, nuestro asesino volvió a atacar por detrás. — informó el forense, señalando el largo corte que iba de un extremo al otro del cuello de la mujer. ― Se desangró hasta morir. Los demás cortes fueron hechos mientras ella agonizaba, pero la extracción de órganos fue post mortem. A pesar de que cortó la yugular, pudo haber durado varios minutos viva.

 

― ¡Joder!

 

― Y ha repetido su modus operandi. — Morgan cogió el archivo de la víctima, mirando los datos que había estado apuntando durante la autopsia. ― Las incisiones han sido hechas con un cuchillo largo, de unos treinta centímetros, seguramente el mismo que el del molde que saqué con los de la científica de la otra chica. Las heridas son similares. Todo encaja. En la anterior víctima no hubo tanto ensañamiento, los cortes fueron apresurados… pero aparte de eso creo que tenéis un asesino en serie en ciernes.

 

― ¿Qué me puedes decir sobre los golpes?

 

― Por lo que pude ver en los informes de la científica sobre la escena del crimen, yo diría que con la primera le interrumpieron. De ahí los cortes chapuceros. A nuestra nueva visitante consiguió llevarla a un lugar más tranquilo. Eso podría explicar porque la ha molido a golpes, aunque no puedo asegurarte de que esa fuera la razón. — tapó el cadáver, mirando con pena la cara destrozada de la muchacha. — Los de perfiles pueden decirte más que yo de eso. Pero puedo asegurarte de que este tío es un sádico de cuidado y muy inteligente.

 

― Gracias, doctor.

 

― Imagino que no era lo que querías oír. — el médico sonrió sombrío quitándose los guantes de goma para tirarlos a la papelera.

 

― Si te soy sincero, no sé qué quería. ― negó suavemente con la cabeza. ― Preferiría que no pasaran estas cosas. Que gente capaz de hacer esto, no existieran.

 

― Y yo… pero entonces estaríamos sin trabajo.

 

Charles salió del laboratorio con el estómago revuelto. Otro día que pasaría en ayunas. Algo que le ocurría en cada ocasión que se veía obligado a visitar la zona de autopsias y estar presente en una. Pero las normas le obligaban a ser testigo del procedimiento.

 

Necesitaban encontrar a ese asesino antes de que volviera a matar de nuevo, pero ni las pruebas ni sus sueños le daban ninguna pista de por dónde empezar. A pesar de que habían peinado la escena e incluso encontrado la primaria del segundo asesinato, no fueron capaces de conseguir algo útil. Había varios testigos que la vieron salir del bar, pero ninguno prestó atención a si iba sola, acompañada o si la seguía alguien.

 

También consiguieron las grabaciones de seguridad del bar. El dueño tenía una cámara enfocada hacia la zona de cobro. Los técnicos estaban con ellas, pero ya le habían dicho que casi todo lo grabado era estática. Algo debió interferir con la señal de la cámara durante una buena media hora. Y justo en ese lapso fue cuando la víctima pasó cerca de la barra.

 

Lo único útil que encontraron fue la identificación de la chica.

 

Se llamaba Nancy Spencer, veintiocho años. Trabajaba entre semana en un supermercado en la calle 71, cerca del parque donde fue encontrada. Su hermana, único familiar que pudieron localizar, había sido avisada y estaba en camino para identificar y reclamar el cadáver. Por lo poco que pudo hablar con ella, mientras la oía llorar desconsoladamente, llevaban unos meses sin mantener contacto por una pelea.

 

No iba a ser agradable tener que tomarle declaración.

 

Los chicos de perfiles, a quienes los federales enviaron hacía unos días para echar una mano, iban a tratar de hacer un perfil psicológico y geográfico del sujeto que les ayudara a descartar sospechosos y a tratar de adelantarse a él.

 

El problema era que no había sospechosos a los que descartar aún.

 

Si, tenían lo de siempre. Bandas, mafias, posibles ajustes de cuentas, venganzas, los chulos de esa zona… Esos serían los habituales si no fuera porque tenían otra víctima similar y que no tenía absolutamente ninguna relación con la nueva salvo su asesino.

 

Igualmente indagarían en la vida de la chica e interrogarían a cualquiera que consideraran sospechoso. Había que seguir el procedimiento.

 

― ¡Ey, Charlie! — el detective se giró y vio a Henricksen acercarse corriendo hasta él. No era raro que lo llamara por su nombre de pila, pero tampoco era habitual. Solo lo hacía cuando estaba especialmente nervioso.

 

Su compañero era diez años más joven que él. Un crío a su lado, que ya había cumplido los cuarenta. A veces se preguntaba por qué su capitán les puso a trabajar juntos, ya que eran completamente opuestos, tanto físicamente como en personalidad. Él tenía el pelo castaño, Gordon pelirrojo. Él media metro ochenta, su compañero llegaba raspando el metro setenta y tres. O eso decía él. Charles estaba seguro de que mentía sobre su altura, pero nunca tuvo corazón para llevarle la contraria.

 

Henricksen, además, estaba especialmente dotado para sacar confesiones con facilidad. Sabía ganarse la confianza de cualquiera y era muy bueno disfrazándose. Una habilidad que aprendió en su tiempo en narcóticos, donde tuvo que infiltrarse en más de una ocasión.

 

A veces pensaba que su compañero debería haberse quedado allí. Hubiera progresado más. Su mujer, sin embargo, no era de la misma opinión, porque consideraba su anterior destino mucho más peligroso y en homicidios tenían un horario más estable.

 

Así que, por petición de su esposa, dejó una brillante carrera en ese departamento y aceptó una no tan prometedora en homicidios, donde lo emparejaron con él.

 

La primera cosa que aprendió de su compañero fue que era agotador trabajar con él. No podía ser sano tanta energía en una sola persona. Ni para él ni para quienes estaban a su alrededor.

 

― ¿Qué pasa? ― preguntó, encaminándose de nuevo hacia la máquina de café. Al pasar cerca del escritorio del detective Landon, este le dedicó una sonrisa divertida al ver al otro casi corriendo tras él.

 

― Adivina que acaba de aparecer en la recepción. — Henricksen estaba literalmente dando saltitos como un niño de cinco años. Charles arqueó una ceja mientras se llenaba una taza, esperando pacientemente a que se decidiera a terminar de hablar. Si preguntaba sería mucho peor. ― Un mensajero ha traído un paquete a nuestra comisaría. Envío anónimo y pagado con una tarjeta que fue denunciada como robada hace una hora.

 

― ¿Me vas a decir que tenía el paquete o voy a tener que adivinarlo de verdad?

 

Gordon Henricksen miró hacia los lados, como comprobando que nadie les estaba espiando y se acercó más para hablar, componiendo una expresión tan ridícula que hizo reír a una agente que pasaba por ahí.

 

En ocasiones como esa, su compañero le hacía sentir vergüenza ajena.

 

Mucha.

 

― Un hígado. ― Charles parpadeó, sorprendido, casi ahogándose con el sorbo de café que acababa de dar. Esa no era la respuesta que esperaba.

 

― ¿Qué?

 

― Lo que has oído. Un hígado. — el rostro de su compañero estaba mortalmente serio, pero seguía dando saltitos, demasiado nervioso para contenerse. ― El forense está con el ahora mismo, pero creo que podemos dar por hecho que es humano. Morgan piensa que probablemente sea de nuestra última víctima.

 

― ¡Hijo de puta! Se está burlando de nosotros. – gruñó, pasando por delante de su compañero y dirigiéndose hacia su escritorio. De repente, el café se le había agriado.

 

― También había una nota. — eso consiguió que se detuviera. Aprovechó para tirar la taza de papel a la papelera. ― Aunque no tengo ni idea de a quién demonios va dirigida.

 

― ¿Qué quieres decir? ¿Qué ponía? — Henricksen le entregó una bolsita de pruebas con un papel manchado de sangre en su interior. — «Querido jefe: es bueno estar de vuelta. Pronto le enviare más regalos como este. Saludos desde el infierno. J.T.R.» — Leyó ― ¿Qué coño significa esto? – el otro se encogió de hombros, tan perdido como él.

 

― El único que lo sabe es ese loco. Voy a llevarlo a que lo analicen y comparen la sangre con la de la víctima y a ver si encuentran alguna huella, aunque lo dudo. — Charles miró más atentamente el papel, sin poder dar crédito a lo que veía. ¡No podía ser!

 

― Es un ticket.

 

― Si… ¿y? ― Gordon trató de recuperar la bolsita de pruebas con la nota dentro pero Charles lo esquivó y se acercó al escritorio más cercano, poniéndola bajo la luz de una de las lámparas para ver mejor.

 

― Un ticket de compra. Alguien compró «El infierno» de Dante y usó esto para escribir la nota. ¡No puedo creerlo!

 

― Quizás cogió el papel del suelo.

 

― No. Esto fue deliberado. — su compañero lo miró extrañado.

 

― ¿Qué te hace pensar eso? — Charles volvió a mirar el papel, incrédulo y sorprendido. No podía ser una coincidencia. Imposible.

 

― ¡Yo estuve en esta librería ayer! ¡Es del chico que vi en la escena del crimen!

 

― ¿Ese que te llamó la atención? ¡Menuda coincidencia!

 

― No puede ser una coincidencia. ¿Recuerdas ese aviso de la ATF?

 

― ¿El de la banda de «Los vampiros»?

 

― ¡Ese mismo! Uno de sus miembros estaba allí haciendo alguna clase de negocio con el dueño.

 

― Eso ya es algo más que sospechoso. ― Henricksen cogió la nota y la guardó en el bolsillo de su chaqueta. ― Voy a llevar esto a los de la científica y buscare lo que tengamos de ese grupo. Puede que sean los responsables de estos asesinatos.

 

Charles no fue consciente de su compañero alejándose, ni de los otros policías a su alrededor haciendo su trabajo. No oyó el sonido de los teléfonos sonando, ni a su capitán gritando a alguien. Estaba demasiado centrado en algo que había visto mientras tenía la bolsita con la nota en sus manos.

 

Las letras habían bailado frente a sus ojos, cambiando el orden y formando otra frase completamente distinta.

 

«¡Cójame si puede, detective!»

 

Nevaba suavemente cuando regresó a la librería. La nieve en la entrada estaba aún blanca, resaltando entre el negro pavimento y la fachada beige de la tienda, y apenas sin pisadas por lo que imaginó que no había demasiado movimiento en la tienda a esas horas. Eso era muy conveniente.

 

Aún seguía asustado por lo ocurrido en comisaría. No sabía si fue su mente jugándole malas pasadas por la falta de sueño y su obsesión con ese caso o de verdad había pasado.

 

Volvió a oír las campanillas de cristal sobre su cabeza al abrir la puerta y esa vez encontró al chico tras el mostrador, revisando lo que parecía un libro de cuentas.

 

― ¡Detective! ― le saludó, claramente extrañado de verlo ahí de nuevo. ― ¿Qué se le ofrece esta vez?

 

― ¿Hay alguna manera de saber quién se llevó un libro en específico? — preguntó a bocajarro y sin saludar siquiera. Aidan le dirigió una mirada sorprendida por la pregunta.

 

― Me temo que no llevamos ningún registro para eso. ¿De qué libro estamos hablando y cuando fue esa compra?

 

― Ayer, después de irme. «El infierno» de Dante.

 

― Pues no. Ni idea. No me suena que…

 

― ¿Qué libro se llevó su amigo? ― le interrumpió Charles, más alterado.

 

― ¿Qué amigo?

 

― ¡El motero!

 

― «Las leyendas de Bécquer». ― mintió Aidan, molesto por el tono insolente del detective.

 

Charles paseaba frente al mostrador, cada vez más inquieto.

 

― No puede ser una coincidencia… Un miembro de «Los vampiros» aquí, la nota hecha con un ticket de esta tienda… ¡No puede ser una coincidencia!

 

― Espera… ¿Qué? ¿Qué nota? ¿De qué está hablando?

 

El librero estaba bastante confundido. ¿De qué iba todo eso?

 

― No puedo comentar detalles de una investigación abierta con alguien ajeno al departamento.

 

Charles se pasó una mano por la cara, cansado. De pronto se sentía estúpido por estar ahí, preguntando por un libro. ¿En qué demonios estaba pensando?

 

― Usted fue quien vino hasta aquí. ¿Es sobre esos asesinatos? Si piensa que Rolf puede estar involucrado en eso, se equivoca. — el detective lo consideró un minuto antes de decidirse. ¿Qué daño podía hacer? Estaba desesperado.

 

― Alguien ha enviado un paquete a comisaría. Quien fuera ha reclamado la autoría de esos dos asesinatos y el papel que usaron era un ticket de compra de este establecimiento.

 

Aidan parpadeó varias veces, asombrado. ¿Alguien había usado algo de su tienda para eso? ¿Y quién? No había duda de que hablaba del asesino del diario. ¿Cómo hizo para conseguir un ticket de su tienda? Si hubiera entrado, lo habrían notado… ¿verdad?

 

Trató de hacer memoria de la gente que entró a su tienda el día anterior, pero solo recordaba a un montón de adolescentes ruidosos y dos habituales que vinieron casi al cierre a parte de Rolf.

 

Ningún extraño que pudiera darle mala espina.

 

― Lo siento… no consigo recordar… ¿tal vez envió a alguien a por el libro? ¿O cogió el ticket de alguien que comprara aquí ayer? No recuerdo a nadie que comprara ese libro en específico y tampoco a nadie que me pudiera resultar llamativo.

 

― ¿Está absolutamente seguro de que su amigo no tiene nada que ver? ¿Tiene cámaras de vigilancia en el local? ― el chico sintió pena por el detective. Debía ser frustrante no encontrar nada que le ayudara a resolver esos asesinatos.

 

― Sí, estoy seguro de que Rolf no tuvo nada que ver. Si quiere puede comprobar si tiene coartada para esos días, pero dudo que encuentre lo que quiere. Y, no, no tengo cámaras aquí, lo siento. — la única razón por la que no había cámaras en su local era porque Julian creaba interferencias en los aparatos electrónicos. Además, la mayoría de sus clientes no podían ser grabados. ― Siento no haber sido de ayuda. Si necesita algo…

 

― No es su culpa. ― le interrumpió con un gruñido.  Gracias de todas maneras, señor Kelly.

 

― Aidan. Mejor llámeme Aidan.

 

― Aidan. ― Charles asintió, serio. Pensaba comprobar con los de la ATF, en cuanto llegara a comisaría, si el tal Rolf tenía coartadas para esas noches. Llevaban un par de semanas vigilando a esa banda estrechamente. ― Siento haberle molestado con todo esto, ha sido una idea ridícula venir por algo así. Pero si consigue recordar algo…

 

― Le llamaré. Tengo su tarjeta.

 

Julian se apareció a su lado en cuanto el detective salió de su tienda. Para no variar su costumbre, volvió a resoplar dirigiendo miradas envenenadas a la espalda del policía.

 

― Sigue habiendo algo en ese poli que no termina de encajarme. ¿Qué clase de policía viene preguntando algo así?

 

― Uno muy desesperado. Y parece cansado. — suspiró Aidan, volviendo a sus cuentas. En la radio, un locutor comentaba las últimas noticias sobre la reciente e inesperada muerte del multimillonario P. Drake en Nueva York. ― Sinceramente, no podría hacer su trabajo. Ver todo eso a diario y no perder la cabeza… ― el librero negó suavemente con la cabeza y apagó la radio. ― Voy a llamar a Rolf y avisarle de que la policía le tiene como sospechoso de esos asesinatos.

 

― No sé. ― murmuró Julian, sin apartar la vista de la puerta por donde se había ido el policía. — Ese tío no es un poli normal.

 

Dagas de venganza: ¡Concurso!

concurso

Dagas de venganza: ¡Concurso!

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¡Cada vez queda menos para que salga Dagas de venganza!

Estoy deseando que la veas.

¡Ha quedado tan bonita!

Pero mientras llega o no, vamos  a jugar un poquito.

¿Juegas?

Voy a sortear cinco Dagas de venganza en PDF para los que me contesten correctamente una pregunta muy fácil.

Puedes contestar en los comentarios, en el tuit que voy a fijar en mi perfil en Twitter o en el post que haré en Instagram.

La pregunta es muy sencilla si has seguido los post que he estado publicando sobre la novela.

¿Listo?

¿Qué clase de criatura es Astrid, la protagonista?

¿Lo sabes?

¿Si?

¡Pues corre y contesta!

Pondré a los ganadores en el post de la semana que viene, el jueves 6 de diciembre.

¡Buena suerte!

Resumen semanal: tercera semana de noviembre.

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Resumen semanal: del 12 al 16 de noviembre.

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Lunes.

Empezamos la semana con un post sobre tres de los personajes de mi novela Kamelot 2.0 y su relación entre ellos.

Arthur, Merlin y Uther.

Su relación es muy importante ya que es lo que provoca la novela y la leyenda artúrica.

¡No te lo pierdas!

 

Martes.

Sigo buscando…

 

Miércoles.

¡Último capítulo del relato Dioses y demonios!

Acabamos la historia o, más bien, le ponemos un punto y seguido, ya que sus personajes regresarán en un futuro no muy lejano.

¡Espero que te haya gustado este relato!

 

Jueves.

¡La fecha se va acercando!

Ya queda poco más de un mes para que Dagas de venganza esté aquí. Y para celebrar que ya falta poquísimo te regalo el primer capítulo.

¡Enterito para disfrutarlo!

Por cierto, ya tengo mi portada. ¡Hecha por David Orell y es preciosa! ¡Estoy deseando enseñártela y me va a costar la vida no hacerlo antes de tiempo!

Pero hay que esperar un poco aún. La próxima semana te la enseñaré.

 

Viernes.

¡Por fin se acabó la semana! Este finde lo tengo completito y espero que me quede tiempo para descansar algo.

¡Disfruta tu viernes y tu finde!

 

 

Dagas de venganza: Primer capítulo

dagas de venganza

dagas de venganza

¡La hora se acerca!

En poco menos de un mes, Dagas de venganza estará en Amazon y en el blog para que puedas conseguirla. ¡Estoy deseando que la leas!

Pero, mientras esperamos, te dejo el primer capítulo para que le eches un ojo y lo disfrutes.

¡Espero que te guste!


 Capítulo 1

 

 

Escuchar el crujir de huesos y sentir el cráneo de ese tipo haciéndose añicos en su mano no le resultó tan satisfactorio como debería haber sido.

El sonido tendría que haber calmado su ira. Un poco, al menos.

Pero no. Nada de nada. Seguía notando la furia, quemándole por dentro.

Se sacudió la suciedad de las manos con gesto molesto. Una de las pocas ventajas de poder convertir en piedra a la gente era lo limpio que resultaba matarlas y poder convertirlas en polvo.

Sin sangre, sin cuerpo, sin pistas que la incriminaran… completamente limpio.

Una lástima que ese mismo polvo le produjera alergia. Estropeaba un poco su victoria.

Pateó lejos un cascote de piedra con forma de mano. No era ese el cadáver que deseaba.

No era esa la presa que buscaba. No era por quien había viajado miles de kilómetros abandonándolo todo y dejando atrás su hogar.

 

No fue ese el monstruo que desmembró a sus queridas hermanas al creer que eran ella.

No… quien había cometido semejante atrocidad y desatado su furia era otro. Un humano llamado Dolph Bauman, un cazador alemán que trabajaba para la facción europea de La Orden y que era, también, responsable de la muerte del último dragón, según contaban. Un experto en eliminar criaturas mágicas de gran poder.

Un fanático despiadado al que no le importaba acabar con vidas inocentes. Mientras pertenecieran a la comunidad, todo valía.

Poseía un largo currículum para alguien que no tenía más de treinta años. Sin embargo, parecía que sus habilidades venían de familia y había sido entrenado para exterminar bestias mágicas desde muy pequeño.

Pero eso se iba a acabar cuando le encontrara. Astrid pensaba encargarse de que terminara peor que todos los subordinados a los que había enviado contra ella. Él no tendría la suerte de acabar petrificado y aplastado, no. Eso era demasiado fácil. Tenía planes muy especiales y mucho más divertidos para ese monstruo.

Miró frustrada a su alrededor, escuchando la música y el ruido de los humanos mientras estos celebraban el Mardi Gras.

La calle principal estaba abarrotada de gente, bailando y participando en el desfile. Desde las carrozas lanzaban collares y flores a los viandantes mientras la banda de música tocaba algo de jazz ligero.

La música y la fiesta creaba un ambiente demasiado alegre y colorido para su amargo humor.

Había llegado a Nueva Orleans la noche anterior justo cuando empezaba su fiesta grande, algo que, por poco que le gustara, jugó a su favor.

Era una suerte ya que el ruido había ahogado toda la pelea. Todo el mundo estaba demasiado ocupado festejando como para notar algo.

Dos juerguistas tropezaron frente al callejón y vieron el jaleo desde la distancia, pero estaban muy borrachos y no le dieron importancia, así que regresaron a la fiesta.

Sus atacantes, por otra parte, no estaban tan distraídos ni borrachos.

Cuatro humanos de apariencia normal que no llamaban para nada la atención… o no habrían llamado su atención si hubieran olido a otra cosa que no fuera pólvora y no hubieran pasado media hora siguiéndola.

Los cuatro, armados con porras y cuchillos, intentaron emboscarla en ese callejón cuando creyeron, erróneamente, que ella no les había detectado.

Astrid se libró de ellos rápido. Mató a dos, dejó ko a otro mientras el cuarto consiguió huir, mezclándose entre la multitud. Seguidamente, se acercó al que aún seguía vivo e inconsciente y lo cogió del cuello de la chaqueta, levantándolo del suelo bruscamente, poniendo su cara a centímetros de la suya y lo sacudió para despertarlo.

Lo bueno de no ser humana era que su apariencia física engañaba a todos. Podía parecer una mujer delgada de poco más de metro setenta, pero su fuerza era muy superior a la de dos hombres el doble de grandes que ella. Mangonearlo era un juego de niños para ella.

 

—Dile a tu jefe que no va a conseguir detenerme —le siseó—. Voy a ir a por él y destruiré a todos los que envíe contra mí.

De pronto, escuchó un ruido, algo así como cuando te quedas sin aire y levantó rápidamente la mirada, esperando encontrarse con otro borracho. En su lugar vio a un policía mirándola paralizado desde la entrada del callejón.

Un chico joven de color, con uniforme de patrullero, probablemente novato y sin galones. La miraba, estupefacto con su pistola desenfundada y apuntando hacia ella. Le temblaban las manos y sus ojos marrones viajaban, asustados, de ella a los restos petrificados de los otros cazadores.

«¡Ups, que fallo!» exclamó en voz alta.

—¡No se mueva! —Astrid bufó, porque… ¿en serio? ¿Se encuentra con semejante escena y en vez de salir corriendo le da por ser el héroe e intentar detenerla? ¡Buena suerte con eso, niño!

Claro que esa interrupción significaban problemas para ella. Se le acababa de complicar la tarde y mucho. Una cosa era eliminar cazadores, que estaba autorizada a ello, y otra muy distinta, niñatos vestidos de uniforme que se creían superhéroes.

¿Qué iba a hacer ahora con él?

—¡Esto te viene grande, niño! —gritó, intentando asustarlo. Con suerte eso sería suficiente para librarse de él sin necesidad de matarlo. No quería matar a un inocente solo porque fuera estúpido—. Desaparece antes de que te hagas daño con ese juguetito que no sabes usar.

El policía frunció el ceño, estupefacto. Era un joven que aparentaba veintipocos, alto y de complexión delgada. El cabello corto y negro con un fino bigote sobre su boca, en la cual se dibujaba un rictus de incredulidad.

El sudor brillaba en su piel de ébano, delatando su nerviosismo y el miedo.

Como si no pudiera oler ya.

Astrid dejó caer al cazador, que soltó un quejido al chocar contra el suelo, y se giró, dándole la espalda al chico y a su pistola. No le preocupaba que fuera a disparar. Por cómo le temblaba la mano, no parecía que la usara a menudo.

¡No tenía tiempo para esto! Debía encontrar a su presa y no iba a hacerlo ahí. Prefería regresar a su motel, organizarse y trazar otro plan para obligarle a salir de su madriguera.

—¡He dicho que no se mueva! —gritó el chico.

Debía darle algo de crédito. Demostraba agallas, a pesar de estar muerto de miedo. Otro, en otras circunstancias, habría salido corriendo en dirección contraria gritando por refuerzos.

Astrid se giró de nuevo, quedando frente a él y se bajó ligeramente las gafas, dejando sus ojos al descubierto durante una décima de segundo, lo suficiente como para que la pistola se convirtiera en piedra.

Ese era un truco que había perfeccionado con los años. De niña, cuando sus poderes empezaban a aflorar, convertía todo en piedra sin control alguno. Ahora, podía calibrar la potencia de su poder y decidir qué parte deseaba petrificar.

Asustado, el policía dejó caer la ahora petrificada arma, que se hizo añicos al chocar contra el suelo. Durante un largo minuto, el chico se quedó helado mirando la pistola, luego a ella y de nuevo al trozo de piedra que momentos antes era su arma reglamentaria. Parecía haber entrado en un bucle. Resultaba casi cómico.

Casi.

—¿Qué demonios…?

—Te lo he dicho. Esto te viene grande —le repitió, con tono aburrido—. Lárgate antes de que tenga que hacerte daño.

Por el rabillo del ojo vio al cazador que quedaba vivo sacar otro cuchillo y saltar para atacarla. Los había que eran más tontos de lo que aparentaban.

Antes de que pudiera ser considerado una amenaza, ella le esquivó y golpeó, haciéndole caer. Sin darle tiempo a reaccionar, Astrid volvió a cogerlo de la chaqueta, obligándole a mirarla.

—Podías haberte quedado quieto y hubieras salido vivo… —gruñó, molesta—. Ahora tendré que enviar mi mensaje a través de otro. No tienes idea de lo inconveniente que me resulta matarte.

Con esas palabras, Astrid se quitó las gafas y sus ojos brillaron de manera extraña, cambiando de color. El cazador gritó mientras se convertía en piedra despacio, empezando por los pies y subiendo, dejando su cabeza para el final.

No merecía una muerte rápida.

Astrid hizo un ruido despectivo y lanzó el cuerpo contra la pared. Este estalló en pedazos, rebotando por todo el callejón.

El policía seguía en el mismo sitio, con una mano tapando su boca, los ojos desorbitados y una expresión de horror en su joven rostro.

—¿Qué eres? —consiguió balbucear.

Astrid suspiró, enfurruñada. Su plan de enviar un mensaje a Dolph a través de sus matones acababa de estallar, literalmente. Tendría que idear otra cosa o esperar a que volvieran a atacarla.

Ninguna de las opciones le entusiasmaba, la verdad.

—Nada que puedas comprender. Vuelve a tu comisaría y no le cuentes nada de esto a nadie. No te creerán, niñato. —le gruñó amenazante antes de salir del callejón, desapareciendo entre la multitud que seguía celebrando su gran fiesta, ajenos a esas sobrenaturales muertes.

Antes de perderlo de vista, lo vio sentado en el suelo.


¿Te ha gustado? ¡Pronto llegará la novela completa!

 

Kamelot 2.0: la relación entre Arthur, Merlin y Uther

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Kamelot 2.0: la relación entre Arthur, Merlin y Uther.

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Cuando pienso en mi Kamelot 2.0, me viene a la cabeza siempre Arthur, Merlin y su relación entre ellos y Uther.

Además de ser una novela sobre fantasía urbana y parte de un universo más complejo de lo que parece, es también una historia sobre relaciones, confianza y aceptar tu lugar.

Y la principal relación que se trata es la de Arthur y Merlin con Uther.

Uther es la razón por la que esos dos existen y trabajan juntos. Tanto en el universo de mi novela como en la leyenda artúrica.

En la leyenda artúrica Uther pide a Merlin ayuda para seducir a la dama Igraine, librándose de su esposo y concibiendo a Arthur. El niño sería criado lejos de Uther, el cual se volvería loco y acabaría siendo el único heredero real de la corona de Inglaterra y de Excalibur.

En mi universo, Uther tendría sueños con su yo del pasado, quien le va indicando donde encontrar, primero a Excalibur y luego a Merlin. Todo para proteger a Arthur, el cual todavía era un bebe.

Uther, en una visión tras encontrar Excalibur, vería dónde y cómo conocería a Merlin, a quien acogería (aún era un adolescente cuando hizo el pacto con la Dama y no ha envejecido nada. No lo hará hasta que esté en Kamelot con Uther y su familia.)

Merlin acabaría viviendo con Uther y su familia, convirtiéndose en su sombra y su mano derecha en todo lo relacionado con los negocios y con Excalibur. Sería idea de Merlin contratar a la Dama, a Gawain… buscó uno a uno a todos los caballeros reencarnados para reunirlos de nuevo con su rey.

Reuniendo de nuevo lo que una vez fue su familia.

Arthur se vio forzado a tener un hermano, un protector que no deseaba pero que tenia impuesto. Y un destino del que quería huir a toda costa.

¡Oh, el destino de mi pobre Arthur!

Huye de ese camino que le han trazado una y otra vez… pero no puede escapar. Cada paso que da le lleva de vuelta a Kamelot y a Excalibur.

Merlin lo sabe y no quiere obligarle, pero el intento de Morgan de vender la empresa a su mayor rival le obliga a traer a Arthur de vuelta.

Y todo lo que ocurre después… ya es historia.

¿Quieres saber que pasa?

¡Ven a leerlo en Kamelot 2.0!

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Astrid: descendiente de Medusa y prota de Dagas de venganza

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Astrid: descendiente de Medusa y protagonista de Dagas de venganza.

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Astrid Samaras es la protagonista de mi siguiente novela, Dagas de venganza.

Como ya te conté Astrid es una Gorgona, descendiente directa de Medusa, la gorgona castigada por Atenea y asesinada por Perseo.

Pero Astrid también es medio humana. Su padre era un humano, irlandés con una preciosa casa en mitad de ninguna parte, donde se criaron Astrid y sus hermanas.

Ese hombre se casó con una gorgona sabiéndolo y amándola hasta el final de sus días, con todas sus consecuencias y que educó a sus hijas conociendo el peligro que corrían por ser hijas de su madre. Él les enseñó a defenderse, a usar cualquier arma y a pelear cuerpo a cuerpo para que no tuvieran que vivir con miedo.

La infancia de Astrid no fue nada común, eso está claro. Y ella misma no iba a resultar alguien común.

Cuando la dejaban ser ella y no tenía que entrenar o esconder su apariencia y poderes, Astrid resultaba ser muy friki. Fan de comics, series y películas de ciencia ficción. Tan fan que suelta frases o citas de sus personajes favoritos sin venir a cuento en cualquier situación que le parezca bien.

Pero Astrid es alguien a quien han arrebatado a su familia. La Orden, usando a un asesino de la Legión de Iscariote, ha atacado su hogar y asesinado a sus padres y hermanas. Suceso que ha roto algo en la gorgona. Obviamente, un trauma así no pasa sin dejar huella y en mi protagonista ha dejado una muy marcada.

Hasta que llega a Nueva Orleans, persiguiendo al asesino, y se tropieza con Alec y su caso de desapariciones, Astrid solo vive y respira para matar a Dolph. No hace nada más en el día que seguir su pista y prepararse para su venganza.

Es lo que la mantiene con vida y, más o menos, cuerda. Que no es mucho decir, ya que esa actitud no es muy sana que digamos. Su estado mental no es el ideal, lo que hace que su carácter, ya de por si peculiar, sea más extravagante.

Cuando Alec y Astrid se encuentran ella esta centrada solo en eliminar a todo el que se interponga en su camino hacia Dolph.

Pero sus planes van a cambiar… ¿Para peor o mejor?

Tendrás que averiguarlo el 20 de diciembre en Dagas de venganza.