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Resumen semanal: segunda semana de diciembre.

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Resumen semanal: del 10 al 14 de diciembre.

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Lunes.

Empezamos la semana con un post sobre uno de mis placeres culpables en lo que a televisión se refiere: Lucifer.

Basada en un comic al que no se parece ni en el color de los ojos, esta serie mezcla sobrenatural, comedia, policiaca y drama. Una mezcla bastante común pero muy efectiva.

¡Échale un vistazo!

Martes.

No, sigo sin saber que hacer con los martes.

Miércoles.

¡Cuarto capítulo de Jack T.R.! La investigación avanza pero los asesinatos también. El asesino ha vuelto a matar y Charles lo ha vivido de nuevo en sus sueños.

Mientras, Aidan hace un descubrimiento nada agradable.

Jueves.

¡El tiempo se acaba!

Dagas de venganza está a puntito de llegar y lo celebramos recapitulando todo lo que he posteado de ella durante estos meses.

¡Ven a leer un rato!

Viernes.

¡Y por fin es viernes!

Se acaba la semana, al fin. ¡Feliz finde y a disfrutar!

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¡Ahora, gratis! : Jack T.R.: Capítulo 3.

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Capítulo 3

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― Bien, ¿qué me puedes decir, doctor?

 

El doctor John Morgan, médico forense de su departamento, se subió ligeramente las gafas y ojeó su informe.

 

A sus cincuenta años recién cumplidos, seguía siendo un hombre atlético y atractivo, si Charles hacía caso a los cuchicheos de la mitad del personal femenino de la comisaría.

 

Con el cabello y barba negros aunque con canas visibles, los ojos marrón verdosos y su voz ronca solía hacer suspirar a más de una de sus compañeras cuando iba y venía para hablar con los detectives sobre cualquier caso que llevara en ese momento.

 

Su metro ochenta y su retorcido sentido del humor ayudaban algo. La seguridad y el desparpajo con el que coqueteaba con toda fémina en comisaría conseguía que hasta su capitán se hubiera visto en la obligación de llamarle la atención un par de veces porque distraía al personal femenino y tenía celoso al masculino (incluido Charles). Lamentablemente para su club de fans, llevaba quince años felizmente casado, aunque eso no detenía sus coqueteos o, como él lo llamaba, «juegos inofensivos».

 

Aunque ese día solo se veía al profesional en él. En toda su carrera como forense había presenciado más cadáveres y heridas repulsivas de lo que un ser humano debería. Pero aun conseguía asombrarlo la «creatividad» y la crueldad de algunos asesinatos que llegaban a su mesa. Y este, era especialmente dotado en ambas cosas.

 

― No hay muchas diferencias del otro cuerpo. Incisiones profundas en garganta, torso, extremidades… varias más de menor profundidad en el pecho y rostro, claro ensañamiento… ― dejó los papeles sobre la camilla y levantó la sabana que cubría el cadáver, dejando a la vista el desastre de lo que fue el cuerpo de una chica. – Y, como veras, ha vuelto a extraer algunos órganos.

 

― ¿Cuáles? — preguntó Charles haciendo una mueca cuando Morgan separó la piel del estómago mostrando las entrañas de la víctima.

 

― El hígado y los órganos sexuales.

 

― ¿El hígado? — el médico asintió, mientras el detective revisaba el informe de la autopsia de la otra víctima. ― A Loretta le faltaba un riñón, si no me equivoco.

 

― Exactamente. Se llevó uno y destrozó el otro. Al parecer ha preferido el hígado con esta. Como verás, nuestro asesino volvió a atacar por detrás. — informó el forense, señalando el largo corte que iba de un extremo al otro del cuello de la mujer. ― Se desangró hasta morir. Los demás cortes fueron hechos mientras ella agonizaba, pero la extracción de órganos fue post mortem. A pesar de que cortó la yugular, pudo haber durado varios minutos viva.

 

― ¡Joder!

 

― Y ha repetido su modus operandi. — Morgan cogió el archivo de la víctima, mirando los datos que había estado apuntando durante la autopsia. ― Las incisiones han sido hechas con un cuchillo largo, de unos treinta centímetros, seguramente el mismo que el del molde que saqué con los de la científica de la otra chica. Las heridas son similares. Todo encaja. En la anterior víctima no hubo tanto ensañamiento, los cortes fueron apresurados… pero aparte de eso creo que tenéis un asesino en serie en ciernes.

 

― ¿Qué me puedes decir sobre los golpes?

 

― Por lo que pude ver en los informes de la científica sobre la escena del crimen, yo diría que con la primera le interrumpieron. De ahí los cortes chapuceros. A nuestra nueva visitante consiguió llevarla a un lugar más tranquilo. Eso podría explicar porque la ha molido a golpes, aunque no puedo asegurarte de que esa fuera la razón. — tapó el cadáver, mirando con pena la cara destrozada de la muchacha. — Los de perfiles pueden decirte más que yo de eso. Pero puedo asegurarte de que este tío es un sádico de cuidado y muy inteligente.

 

― Gracias, doctor.

 

― Imagino que no era lo que querías oír. — el médico sonrió sombrío quitándose los guantes de goma para tirarlos a la papelera.

 

― Si te soy sincero, no sé qué quería. ― negó suavemente con la cabeza. ― Preferiría que no pasaran estas cosas. Que gente capaz de hacer esto, no existieran.

 

― Y yo… pero entonces estaríamos sin trabajo.

 

Charles salió del laboratorio con el estómago revuelto. Otro día que pasaría en ayunas. Algo que le ocurría en cada ocasión que se veía obligado a visitar la zona de autopsias y estar presente en una. Pero las normas le obligaban a ser testigo del procedimiento.

 

Necesitaban encontrar a ese asesino antes de que volviera a matar de nuevo, pero ni las pruebas ni sus sueños le daban ninguna pista de por dónde empezar. A pesar de que habían peinado la escena e incluso encontrado la primaria del segundo asesinato, no fueron capaces de conseguir algo útil. Había varios testigos que la vieron salir del bar, pero ninguno prestó atención a si iba sola, acompañada o si la seguía alguien.

 

También consiguieron las grabaciones de seguridad del bar. El dueño tenía una cámara enfocada hacia la zona de cobro. Los técnicos estaban con ellas, pero ya le habían dicho que casi todo lo grabado era estática. Algo debió interferir con la señal de la cámara durante una buena media hora. Y justo en ese lapso fue cuando la víctima pasó cerca de la barra.

 

Lo único útil que encontraron fue la identificación de la chica.

 

Se llamaba Nancy Spencer, veintiocho años. Trabajaba entre semana en un supermercado en la calle 71, cerca del parque donde fue encontrada. Su hermana, único familiar que pudieron localizar, había sido avisada y estaba en camino para identificar y reclamar el cadáver. Por lo poco que pudo hablar con ella, mientras la oía llorar desconsoladamente, llevaban unos meses sin mantener contacto por una pelea.

 

No iba a ser agradable tener que tomarle declaración.

 

Los chicos de perfiles, a quienes los federales enviaron hacía unos días para echar una mano, iban a tratar de hacer un perfil psicológico y geográfico del sujeto que les ayudara a descartar sospechosos y a tratar de adelantarse a él.

 

El problema era que no había sospechosos a los que descartar aún.

 

Si, tenían lo de siempre. Bandas, mafias, posibles ajustes de cuentas, venganzas, los chulos de esa zona… Esos serían los habituales si no fuera porque tenían otra víctima similar y que no tenía absolutamente ninguna relación con la nueva salvo su asesino.

 

Igualmente indagarían en la vida de la chica e interrogarían a cualquiera que consideraran sospechoso. Había que seguir el procedimiento.

 

― ¡Ey, Charlie! — el detective se giró y vio a Henricksen acercarse corriendo hasta él. No era raro que lo llamara por su nombre de pila, pero tampoco era habitual. Solo lo hacía cuando estaba especialmente nervioso.

 

Su compañero era diez años más joven que él. Un crío a su lado, que ya había cumplido los cuarenta. A veces se preguntaba por qué su capitán les puso a trabajar juntos, ya que eran completamente opuestos, tanto físicamente como en personalidad. Él tenía el pelo castaño, Gordon pelirrojo. Él media metro ochenta, su compañero llegaba raspando el metro setenta y tres. O eso decía él. Charles estaba seguro de que mentía sobre su altura, pero nunca tuvo corazón para llevarle la contraria.

 

Henricksen, además, estaba especialmente dotado para sacar confesiones con facilidad. Sabía ganarse la confianza de cualquiera y era muy bueno disfrazándose. Una habilidad que aprendió en su tiempo en narcóticos, donde tuvo que infiltrarse en más de una ocasión.

 

A veces pensaba que su compañero debería haberse quedado allí. Hubiera progresado más. Su mujer, sin embargo, no era de la misma opinión, porque consideraba su anterior destino mucho más peligroso y en homicidios tenían un horario más estable.

 

Así que, por petición de su esposa, dejó una brillante carrera en ese departamento y aceptó una no tan prometedora en homicidios, donde lo emparejaron con él.

 

La primera cosa que aprendió de su compañero fue que era agotador trabajar con él. No podía ser sano tanta energía en una sola persona. Ni para él ni para quienes estaban a su alrededor.

 

― ¿Qué pasa? ― preguntó, encaminándose de nuevo hacia la máquina de café. Al pasar cerca del escritorio del detective Landon, este le dedicó una sonrisa divertida al ver al otro casi corriendo tras él.

 

― Adivina que acaba de aparecer en la recepción. — Henricksen estaba literalmente dando saltitos como un niño de cinco años. Charles arqueó una ceja mientras se llenaba una taza, esperando pacientemente a que se decidiera a terminar de hablar. Si preguntaba sería mucho peor. ― Un mensajero ha traído un paquete a nuestra comisaría. Envío anónimo y pagado con una tarjeta que fue denunciada como robada hace una hora.

 

― ¿Me vas a decir que tenía el paquete o voy a tener que adivinarlo de verdad?

 

Gordon Henricksen miró hacia los lados, como comprobando que nadie les estaba espiando y se acercó más para hablar, componiendo una expresión tan ridícula que hizo reír a una agente que pasaba por ahí.

 

En ocasiones como esa, su compañero le hacía sentir vergüenza ajena.

 

Mucha.

 

― Un hígado. ― Charles parpadeó, sorprendido, casi ahogándose con el sorbo de café que acababa de dar. Esa no era la respuesta que esperaba.

 

― ¿Qué?

 

― Lo que has oído. Un hígado. — el rostro de su compañero estaba mortalmente serio, pero seguía dando saltitos, demasiado nervioso para contenerse. ― El forense está con el ahora mismo, pero creo que podemos dar por hecho que es humano. Morgan piensa que probablemente sea de nuestra última víctima.

 

― ¡Hijo de puta! Se está burlando de nosotros. – gruñó, pasando por delante de su compañero y dirigiéndose hacia su escritorio. De repente, el café se le había agriado.

 

― También había una nota. — eso consiguió que se detuviera. Aprovechó para tirar la taza de papel a la papelera. ― Aunque no tengo ni idea de a quién demonios va dirigida.

 

― ¿Qué quieres decir? ¿Qué ponía? — Henricksen le entregó una bolsita de pruebas con un papel manchado de sangre en su interior. — «Querido jefe: es bueno estar de vuelta. Pronto le enviare más regalos como este. Saludos desde el infierno. J.T.R.» — Leyó ― ¿Qué coño significa esto? – el otro se encogió de hombros, tan perdido como él.

 

― El único que lo sabe es ese loco. Voy a llevarlo a que lo analicen y comparen la sangre con la de la víctima y a ver si encuentran alguna huella, aunque lo dudo. — Charles miró más atentamente el papel, sin poder dar crédito a lo que veía. ¡No podía ser!

 

― Es un ticket.

 

― Si… ¿y? ― Gordon trató de recuperar la bolsita de pruebas con la nota dentro pero Charles lo esquivó y se acercó al escritorio más cercano, poniéndola bajo la luz de una de las lámparas para ver mejor.

 

― Un ticket de compra. Alguien compró «El infierno» de Dante y usó esto para escribir la nota. ¡No puedo creerlo!

 

― Quizás cogió el papel del suelo.

 

― No. Esto fue deliberado. — su compañero lo miró extrañado.

 

― ¿Qué te hace pensar eso? — Charles volvió a mirar el papel, incrédulo y sorprendido. No podía ser una coincidencia. Imposible.

 

― ¡Yo estuve en esta librería ayer! ¡Es del chico que vi en la escena del crimen!

 

― ¿Ese que te llamó la atención? ¡Menuda coincidencia!

 

― No puede ser una coincidencia. ¿Recuerdas ese aviso de la ATF?

 

― ¿El de la banda de «Los vampiros»?

 

― ¡Ese mismo! Uno de sus miembros estaba allí haciendo alguna clase de negocio con el dueño.

 

― Eso ya es algo más que sospechoso. ― Henricksen cogió la nota y la guardó en el bolsillo de su chaqueta. ― Voy a llevar esto a los de la científica y buscare lo que tengamos de ese grupo. Puede que sean los responsables de estos asesinatos.

 

Charles no fue consciente de su compañero alejándose, ni de los otros policías a su alrededor haciendo su trabajo. No oyó el sonido de los teléfonos sonando, ni a su capitán gritando a alguien. Estaba demasiado centrado en algo que había visto mientras tenía la bolsita con la nota en sus manos.

 

Las letras habían bailado frente a sus ojos, cambiando el orden y formando otra frase completamente distinta.

 

«¡Cójame si puede, detective!»

 

Nevaba suavemente cuando regresó a la librería. La nieve en la entrada estaba aún blanca, resaltando entre el negro pavimento y la fachada beige de la tienda, y apenas sin pisadas por lo que imaginó que no había demasiado movimiento en la tienda a esas horas. Eso era muy conveniente.

 

Aún seguía asustado por lo ocurrido en comisaría. No sabía si fue su mente jugándole malas pasadas por la falta de sueño y su obsesión con ese caso o de verdad había pasado.

 

Volvió a oír las campanillas de cristal sobre su cabeza al abrir la puerta y esa vez encontró al chico tras el mostrador, revisando lo que parecía un libro de cuentas.

 

― ¡Detective! ― le saludó, claramente extrañado de verlo ahí de nuevo. ― ¿Qué se le ofrece esta vez?

 

― ¿Hay alguna manera de saber quién se llevó un libro en específico? — preguntó a bocajarro y sin saludar siquiera. Aidan le dirigió una mirada sorprendida por la pregunta.

 

― Me temo que no llevamos ningún registro para eso. ¿De qué libro estamos hablando y cuando fue esa compra?

 

― Ayer, después de irme. «El infierno» de Dante.

 

― Pues no. Ni idea. No me suena que…

 

― ¿Qué libro se llevó su amigo? ― le interrumpió Charles, más alterado.

 

― ¿Qué amigo?

 

― ¡El motero!

 

― «Las leyendas de Bécquer». ― mintió Aidan, molesto por el tono insolente del detective.

 

Charles paseaba frente al mostrador, cada vez más inquieto.

 

― No puede ser una coincidencia… Un miembro de «Los vampiros» aquí, la nota hecha con un ticket de esta tienda… ¡No puede ser una coincidencia!

 

― Espera… ¿Qué? ¿Qué nota? ¿De qué está hablando?

 

El librero estaba bastante confundido. ¿De qué iba todo eso?

 

― No puedo comentar detalles de una investigación abierta con alguien ajeno al departamento.

 

Charles se pasó una mano por la cara, cansado. De pronto se sentía estúpido por estar ahí, preguntando por un libro. ¿En qué demonios estaba pensando?

 

― Usted fue quien vino hasta aquí. ¿Es sobre esos asesinatos? Si piensa que Rolf puede estar involucrado en eso, se equivoca. — el detective lo consideró un minuto antes de decidirse. ¿Qué daño podía hacer? Estaba desesperado.

 

― Alguien ha enviado un paquete a comisaría. Quien fuera ha reclamado la autoría de esos dos asesinatos y el papel que usaron era un ticket de compra de este establecimiento.

 

Aidan parpadeó varias veces, asombrado. ¿Alguien había usado algo de su tienda para eso? ¿Y quién? No había duda de que hablaba del asesino del diario. ¿Cómo hizo para conseguir un ticket de su tienda? Si hubiera entrado, lo habrían notado… ¿verdad?

 

Trató de hacer memoria de la gente que entró a su tienda el día anterior, pero solo recordaba a un montón de adolescentes ruidosos y dos habituales que vinieron casi al cierre a parte de Rolf.

 

Ningún extraño que pudiera darle mala espina.

 

― Lo siento… no consigo recordar… ¿tal vez envió a alguien a por el libro? ¿O cogió el ticket de alguien que comprara aquí ayer? No recuerdo a nadie que comprara ese libro en específico y tampoco a nadie que me pudiera resultar llamativo.

 

― ¿Está absolutamente seguro de que su amigo no tiene nada que ver? ¿Tiene cámaras de vigilancia en el local? ― el chico sintió pena por el detective. Debía ser frustrante no encontrar nada que le ayudara a resolver esos asesinatos.

 

― Sí, estoy seguro de que Rolf no tuvo nada que ver. Si quiere puede comprobar si tiene coartada para esos días, pero dudo que encuentre lo que quiere. Y, no, no tengo cámaras aquí, lo siento. — la única razón por la que no había cámaras en su local era porque Julian creaba interferencias en los aparatos electrónicos. Además, la mayoría de sus clientes no podían ser grabados. ― Siento no haber sido de ayuda. Si necesita algo…

 

― No es su culpa. ― le interrumpió con un gruñido.  Gracias de todas maneras, señor Kelly.

 

― Aidan. Mejor llámeme Aidan.

 

― Aidan. ― Charles asintió, serio. Pensaba comprobar con los de la ATF, en cuanto llegara a comisaría, si el tal Rolf tenía coartadas para esas noches. Llevaban un par de semanas vigilando a esa banda estrechamente. ― Siento haberle molestado con todo esto, ha sido una idea ridícula venir por algo así. Pero si consigue recordar algo…

 

― Le llamaré. Tengo su tarjeta.

 

Julian se apareció a su lado en cuanto el detective salió de su tienda. Para no variar su costumbre, volvió a resoplar dirigiendo miradas envenenadas a la espalda del policía.

 

― Sigue habiendo algo en ese poli que no termina de encajarme. ¿Qué clase de policía viene preguntando algo así?

 

― Uno muy desesperado. Y parece cansado. — suspiró Aidan, volviendo a sus cuentas. En la radio, un locutor comentaba las últimas noticias sobre la reciente e inesperada muerte del multimillonario P. Drake en Nueva York. ― Sinceramente, no podría hacer su trabajo. Ver todo eso a diario y no perder la cabeza… ― el librero negó suavemente con la cabeza y apagó la radio. ― Voy a llamar a Rolf y avisarle de que la policía le tiene como sospechoso de esos asesinatos.

 

― No sé. ― murmuró Julian, sin apartar la vista de la puerta por donde se había ido el policía. — Ese tío no es un poli normal.

 

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Dagas de venganza: ¿De qué va mi novela? : Dagas de venganza: ¡Concurso!

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Dagas de venganza: ¡Concurso!

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¡Cada vez queda menos para que salga Dagas de venganza!

Estoy deseando que la veas.

¡Ha quedado tan bonita!

Pero mientras llega o no, vamos  a jugar un poquito.

¿Juegas?

Voy a sortear cinco Dagas de venganza en PDF para los que me contesten correctamente una pregunta muy fácil.

Puedes contestar en los comentarios, en el tuit que voy a fijar en mi perfil en Twitter o en el post que haré en Instagram.

La pregunta es muy sencilla si has seguido los post que he estado publicando sobre la novela.

¿Listo?

¿Qué clase de criatura es Astrid, la protagonista?

¿Lo sabes?

¿Si?

¡Pues corre y contesta!

Pondré a los ganadores en el post de la semana que viene, el jueves 6 de diciembre.

¡Buena suerte!

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¡Seguimos con Jack T.R.!: Jack T.R. Capítulo 2.

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Capítulo 2

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Charles miró dudoso de nuevo el papel que tenía en sus manos. Frente a él, una vieja librería se alzaba orgullosa a pesar de su diminuto tamaño y lo decrépito de su fachada.

En el cartel sobre la puerta rezaba el nombre de la tienda: El pergamino.

Se encontraba en un cruce entre la calle 85 y Avalon, cerca del parque con el mismo nombre. Mayoritariamente, una zona residencial donde los pocos comercios que existían destacaban entre las pequeñas casitas adosadas con sus diminutos jardines.

No estaba muy seguro de que estaba haciendo ahí.

Después de investigar infructuosamente durante una hora acabó encontrando el nombre del chico de las fotos de la manera más ridícula. Resultaba que Mathewson, un patrullero que hacía su ruta por Marynook, lo vio en su pantalla al pasar por café y le reconoció. Vivían en la misma calle.

Se llamaba Aidan Kelly.

Después de averiguar el nombre, el resto fue sencillo. Veintiocho años, padres fallecidos en el Katrina, abuelo paterno ingresado en una residencia de ancianos en Palm Springs. Nacido y criado en Nueva Orleans, se trasladó a Chicago, ocho años atrás, después de la muerte de sus padres para mudarse con su abuelo y, más tarde, hacerse cargo de la librería cuando este tuvo que retirarse a causa de su alzhéimer.

No tenía antecedentes ni licencia de conducir pero, por suerte para Charles, sus datos y dirección estaban en la escritura de la librería.

La idea de que debía encontrar al muchacho para interrogarle le pareció estupenda en comisaría. No se debía dejar piedra por remover en casos así. Pero ahí, frente a la librería, se dio cuenta de que no tenía más excusa para hacerlo que unas pocas fotos en las que aparecía como mirón en las escenas del crimen y poco más. Razones para nada validas si le preguntabas a cualquiera.

Por no hablar si le preguntabas a un abogado.

Se sentía un poco ridículo.

Está bien, se sentía muy ridículo.

Aun así, cruzó la calle y curioseó un poco a través del cristal.

En el escaparate había unos pocos libros expuestos. “Inferno” de D. Bronw, “Pídeme lo que quieras” de M. Maxwell, “Joyland” de S. King, “El invierno del mundo”, de K. Follett. Las últimas novedades en novelas a la venta.

En el interior se podía ver que la tienda no era demasiado amplia. Un par de pasillos con varias estanterías cubiertas de libros, todas con cartelitos de papel que anunciaban el género y un mostrador de madera de estilo antiguo y color oscuro, con una caja registradora moderna cerca de la puerta.

No se veía a nadie dentro aunque en el cartel de madera que colgaba del cristal de la puerta anunciaba que estaba abierto. Supuso que estaría en alguno de los dos pasillos, fuera de la vista.

Pasó un minuto admirando el cartelito. Tanto las letras como el árbol que tenía sobre estas estaban labradas en la madera. Era un trabajo precioso y muy artesanal para estar en un simple cartel.

― ¡Qué demonios! Ya que estoy aquí. ― murmuró finalmente, armándose de valor y empujando la puerta.

El musical sonido de unas campanillas de cristal le hizo alzar la vista. Eran pequeñas, de cristal opaco y tintinearon unos minutos más después de cerrar la puerta. También estaban decoradas con pequeños arboles como el del cartel de la entrada. Parecían bastante antiguas. Le recordaron a las que tenía aquella vieja tienda de comestibles cerca de la casa de sus padres, donde su madre solía enviarle cuando necesitaba alguna cosa de última hora para la cena. Tenía muy buenos recuerdos de esa tienda y su dueño. Siempre le regalaba caramelos.

― ¡Estaré ahí en un momento! ¡Vaya mirando lo que quiera! — oyó gritar desde el interior, sacándole de sus recuerdos. Encogiéndose de hombros, Charles empezó a curiosear la tienda.

Como observara desde el exterior, la tienda no era demasiado grande. De unos ochenta metros cuadrados, el mostrador se encontraba a la izquierda, cerca de la entrada, dándole una buena vista de los dos pasillos y las estanterías. Al fondo a la derecha, se veía una anodina puerta de madera clara con un cartel donde ponía «Privado». Probablemente el baño.

Estuvo más de cinco minutos revisando los libros de la sección de misterio sin que nadie apareciera. Si fuera un ladrón ya habría robado media tienda y el dueño ni lo notaría.

Por fin escuchó su voz de nuevo, solo que esta vez parecía estar discutiendo con alguien en murmullos molestos.

― ¡Estoy empezando a cansarme de que hagas esto! — lo oyó decir, con tono de reproche. ― Tienes que dejar de desordenarme la sección de literatura fantástica. Solo porque tú no lo aguantes, no significa que puedas poner «Crepúsculo» en la sección de auto-ayuda.

Charles arqueó una ceja por la curiosa conversación y al verle aparecer solo. A lo mejor estaba hablando por teléfono con algún empleado.

― Me importa bien poco que pienses que a quien le guste debería ir al psicólogo con urgencia. No vuelvas a moverla y ya. No quiero oír más adolescentes preguntando que hace la novela en esa sección. Y… uh… ― el chico interrumpió su perorata bruscamente al verle, sonrojándose. — Pensaba que se habría ido. Como no oí nada más…

Ahora que lo tenía cerca, Charles pudo observarlo más atentamente. Como había supuesto antes era algo más alto que él, como de metro noventa, su cabello era negro, cortado de manera desordenada y le llegaba casi a los hombros. Sus ojos grises le miraban con una mezcla de sorpresa y desconfianza que levantó sus sospechas. También tenía una cicatriz que partía casi por la mitad su ceja izquierda. Llevaba cuatro libros en sus manos. Nada que pareciera a un móvil o teléfono o bluetooth.

― No. Aún sigo aquí. — el detective se encogió de hombros, comentando lo obvio.

― Puedo verlo. ¿Ha encontrado alguna cosa que le guste? ¿O está buscando algo en especial? — le preguntó, rodeándole para dirigirse al mostrador y evitando mirarle a los ojos, aun azorado.  Charles sacó su placa y se la mostró.

― Señor Kelly, soy el detective Andrews. Quería preguntarle sobre el asesinato de anoche en el parque Meyering. — el chico parpadeó, claramente sorprendido, dejando los libros sobre la mesa.

― ¿A mí? No sé nada de eso. El parque está algo lejos de mi tienda, por si no lo había notado, detective.

Charles lo observó usar una etiquetadora para ponerles el precio a los libros que había traído antes. Sus manos temblaban imperceptiblemente.

― Pero usted estuvo esta mañana allí. — insistió, haciendo caso omiso al tono indiferente que había adoptado. Aún seguía rehuyéndole la mirada y se envaró al oírle.

― Estuve… si… tenía que hacer un recado por la calle 71 y pasé a comprar un café antes de regresar a la tienda. Vi las luces y me acerqué a mirar por curiosidad. — bajó la mirada a los libros, sacudiendo la cabeza como si tratara de borrar algo de su mente. ― Hubiera preferido no hacerlo. Tuve que tirar el café en la siguiente papelera. No he comido nada después de eso.

― No, no era una vista agradable. — coincidió Charles, sacando su libretita para tomar notas. ― ¿Suele hacer muchos recados por esa zona, señor?

― Solo cuando tengo que ir a recoger algún libro. — respondió, encogiéndose de hombros. ― A parte de novelas, también tengo libros antiguos de colección. Me ofrecieron una bonita primera edición de “El perro de los Baskerville” y no pude resistirme. — el chico señaló a una vitrina de cristal, apoyada en la pared de detrás del mostrador donde se podían ver varios ejemplares, claramente antiguos, de novelas.

El libro de Arthur C. Doyle que había mencionado destacaba entre los demás por su encuadernación roja de piel y sus grabados dorados y negros.

― ¿A dónde fue a recoger el libro?

― Al colegio St. Columbanus, cerca del parque. Su profesor de literatura es un conocido de mi abuelo y me lo ofreció a buen precio. — Charles notó como con cada pregunta parecía más y más incómodo y no dejaba de mirar de reojo a su derecha. ¿Sería un tic? ― ¿Hay alguna razón para este interrogatorio? No entiendo que tiene que ver esto con su caso.

― Solo estamos comprobando quien estuvo por esa zona a la hora del asesinato.

― Pasé cuando la policía ya estaba allí. ¿Voy a necesitar una coartada o algo así? — preguntó, tenso.

Algo no andaba bien con ese chico. Charles tenía años de experiencia detectando mentiras y ese muchacho no estaba siendo del todo sincero con él. Era muy sospechoso.

Si realmente no tenía nada que ver con eso, ¿por qué mentía?

― Si la tuviera sería estupendo. — hizo caso omiso al resoplido del joven. ― ¿Dónde se encontraba anoche a eso de las cuatro de la madrugada?

― En casa. Mi piso está encima de la tienda.

― ¿Solo? — el chico pareció dudar un segundo antes de contestar.

― Si. — sus ojos se desviaron a la derecha de nuevo e hizo un gesto como negando algo — Un amigo estuvo conmigo pero se fue a las dos. Luego me fui a dormir.

― Ya veo.

La campanilla volvió a sonar, haciéndoles volver la mirada a ambos hacia la puerta. Un hombre corpulento y piel tostada entró y se les quedó mirando con expresión de no saber muy bien si quedarse o irse. Tenía el cabello rubio oscuro largo y recogido en una coleta.

El tipo parecía el estereotipo de motero de banda. Igual de alto que el chico, pero mucho más ancho y musculoso, vestido por completo de cuero negro. Llevaba pantalones, de cuyo cinturón colgaban un par de cadenas finas y una cazadora sobre una camiseta también negra. Una calavera con colmillos de vampiro era el logo de la banda a la que pertenecía.

De hecho, Charles conocía ese dibujo de haberlo visto en un aviso que la ATF (Departamento de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos) envió a la comisaría hacía meses. Pertenecía a “Los Vampiros”, una banda que llevaba establecida en Chicago desde hacía veinte años y que era sospechosa de la mayoría de los trapicheos con armas y droga en la ciudad. Pero nadie duraba tanto en ese negocio si no era muy cuidadoso.

Y esos tipos lo eran. Extremadamente.

A pesar de las sospechas que tenían sobre la banda, la ATF no había sido capaz jamás de demostrar o encontrar alguna prueba consistente contra ellos.

Y él se tropezaba uno justo en aquella tienda mientras investigaba esos asesinatos… ¡Qué casualidad!

Hasta ahora, todos los avisos que existían sobre esa banda eran por drogas y armas. Ningún asesinato aunque eso no significaba que no estuvieran involucrados en alguno. Había rumores de que la banda estaba relacionados con la mafia rusa, entre otras cosas.

― Este… ¿estás ocupado, Aidan? — preguntó con tono sorprendentemente educado y voz suave teniendo en cuenta las pintas de pandillero que gastaba. Tenía un leve acento que Charles no fue capaz de precisar a pesar de que le resultaba conocido. Probablemente de Europa del Este…

― Estaré contigo en un minuto, Rolf. Espérame en la sección de poesía. — el tal Rolf asintió, dirigiendo una mirada especulativa al policía y se marchó sin decir una palabra más.

― No parece del tipo que compra poesía. — ironizó Charles cuando el otro hubo desaparecido.

Aidan le miró mordaz, arqueando las cejas. A pesar de eso, parecía más divertido que molesto por su comentario.

― Se asombraría lo que engaña un libro por su cubierta, detective. Si hemos terminado, tengo un cliente que atender. Siento no haberle sido de ayuda con su caso.

― Nunca se sabe lo que puede ayudar o no en un caso. — sacó una tarjeta de visita de su cartera y se la tendió. — Si recuerda algo que piense que puede ser importante, llámeme. Y no salga de la ciudad, podría necesitar hacerle más preguntas.

Aidan no respiró tranquilo hasta que el detective se subió en su Chevrolet y se marchó calle abajo. No tenía ni idea de cómo le había encontrado y no le gustaba.

Puede que él no tuviera nada que ver con esos asesinatos, pero no quería policías cerca de su tienda. Mucho menos con la clase de clientela especial que él tenía.

― Ese tío no me gusta. — Aidan rodó los ojos, sonriendo sin querer.

― A ti no te gusta ningún policía, Julian. Te mató uno, ¿recuerdas?

A su lado la figura fantasmal de un hombre vestido al estilo vaquero se materializó. Este era algo más bajo que él, con el cabello rubio oscuro y desgreñado y ojos verdes que le fulminaron al girarse hacia él. Llevaba unos pantalones gastados marrón oscuro, botas de piel muy estropeadas, camisa beige y sombrero vaquero del mismo tono que los pantalones. Una leve barba de varios días oscurecía su rostro, dándole un aire de bandido de película antigua.

Contrario a otros espectros con los que Aidan se había tropezado a lo largo de su vida, Julian podía aparecerse de cuerpo entero y sin mostrar la herida que le llevó a la muerte. Estaba seguro de que su apariencia actual no debía ser muy diferente a como fue mientras vivía. No todos los fantasmas conseguían eso. Algunos solo podían hacer ruidos, mover cosas o aparecerse parcialmente.

― Eso no ha tenido gracia. — el chico se encogió de hombros, cogiendo los libros que acababa de marcar para volver a colocarlos en su sitio. Las luces de la tienda parpadearon un par de veces a causa de la estática que provocaba la energía que el fantasma gastaba para mantener la aparición.

― Tampoco que me sigas desordenando la librería cuando te aburres. Tardo horas en volver a poner las cosas en su sitio.

― Como si tuvieras algo mejor que hacer. Apenas tienes amigos fuera de la tienda y hace como un siglo que no te veo teniendo una cita. ― antes de que pudiera replicar a ese comentario sarcástico sobre su vida, fue interrumpido por su otro visitante, del que casi se había olvidado.

― ¿Estáis discutiendo de nuevo por su inexistente vida social? Yo puedo ayudarte con eso, Aidan. Un mordisquito y… ― rio Rolf, haciendo una mueca y mostrando unos largos y afilados colmillos.

Aidan suspiró hastiado y cogió un paquete de su mostrador, para entregárselo bruscamente al otro hombre, sacándole una risa cuando le golpeó en el pecho con él.

En eso consistía la herencia que le había dejado su familia.

Unos conseguían deudas, dinero, animales, casas… él una librería que era frecuentada por criaturas sobrenaturales que no deberían existir fuera de las leyendas. Un lugar neutral donde cualquiera podía conseguir desde una novela a un libro de hechizos verdadero.

Y él era el encargado de asegurarse de que nada iba a manos equivocadas.

― Otro chistecito de mordiscos, Rolf y voy a tener que prohibirte la entrada por acoso. Por enésima vez, me siento halagado, pero no quiero ser un vampiro. Me gusta ser lo que soy, gracias.

― ¡Pero si se dé buena tinta que te gusta que te muerdan! ― Aidan se sonrojó. ― Y como sigas sin pareja, esto lo acabara heredando un banco. ¿Y qué será de nosotros después? — terminó con fingido tono dramático.

― Seguro que la Comunidad encontrará a alguien adecuado que se haga cargo del negocio. No van a permitir que la librería acabe en manos de un banco, descuida. — el tono amargo de sus palabras hizo que los otros dos intercambiaran una mirada. ― Además, ¿de qué iba a servir que tenga pareja? Te recuerdo que soy gay. Los herederos están descartados.

No era desconocido para casi nadie en su gremio que ese no era el trabajo soñado de Aidan. Se había ocupado de hacerlo bien público desde el principio. Aun así, cumplía con sus deberes de manera eficiente.

― Podéis adoptar. Ya es legal. ¿Pero qué hay de mantener la zona neutra? Deberías tomar más en serio tu legado, muchacho.

― Nunca quise esto. — murmuró, mirándole con rencor. Rolf se encogió de hombros.

― Ni yo ser vampiro. Ni Julian estar muerto y ser un fantasma. ¡Bienvenido al mundo real! ― Aidan casi rio por sus palabras. ¡Qué irónico que una criatura de leyenda le hablara de realidad! ― Pero ya que tienes que hacer esto, hazlo bien. — el vampiro le dio un par de golpecitos reconfortantes en el hombro. ― Por cierto, Karl quiere verte cuando puedas. ¿Será seguro venir o tendrás más polis por aquí rondando?

Karl era el jefe de la banda y el vampiro dominante. Con sus dos metros de alto, ojos azules, cabello rubio y más musculoso que el mismo Rolf resultaba un hombre de lo más intimidante. Para Aidan, que sabía exactamente lo que era, daba miedo. Pero siempre respetó la zona neutral y lo trataba con anticuada cortesía, como la mayoría de los vampiros.

― Dile que espere una semana, por si acaso. Puede que ese detective vuelva. ¿Vosotros habéis oído algo de esos asesinatos en los parques?

― ¿Ese que va destripando chicas? — Aidan asintió. ― Es el tema del momento en toda la Comunidad. Todos piensan que quién sea es un animal. No se había visto algo así en siglos. Puedes oler la sangre en toda la ciudad por su culpa. Los novicios lo están pasando mal por eso. ― el vampiro rio por lo bajo. ― A lo mejor deberías preguntarle a los lobos.

El librero soltó una carcajada imaginándose la escena.

Los lobos, u hombres lobos en realidad, solían ser más disimulados y sociables que los vampiros. Incluso amables y respetuosos de la ley, siempre y cuando su manada no corriera peligro. Pero no eran gente a los que acusar en vano o sin pruebas. Tenían un sentido del honor muy sensible.

Además, sus zonas de «paseo» (como ellos acostumbraban a llamar a esos parques que usaban para convertirse y correr libres un par de veces al mes) estaban más al norte de donde se habían encontrado los cadáveres.

Aidan no recordaba la última vez que el clan tuviera algún problema. Como los vampiros, vivían todos en la misma zona y eran un grupo muy unido. Pero a la vez, también se relacionaban y mezclaban con los humanos sin causarles problemas o daños de ninguna clase. Trataban por todos los medios de no llamar la atención y cualquier miembro que pusiera en evidencia a la manada frente a los humanos, era fuertemente castigado.

― Sí, claro. Me planto en su cubil y les pregunto… oye, ¿podéis ayudarme a rastrear a un asesino? ¿A lo Rin Tin Tin? Sí, eso es una idea genial. Les iba a encantar. — ironizó. Rolf rio divertido por la ocurrencia.

― Conociéndolos, probablemente se reirían. O se lo tomarían literalmente. Vete a saber. — el vampiro le tendió la mano y se la estrechó con firmeza. ― Te llamaré la semana siguiente para comprobar si está la cosa más tranquila.

Julian vio al vampiro irse, chasqueando la lengua, disgustado. Mientras vivió tuvo una trágica experiencia con lo sobrenatural. No fue lo que le mató al final, irónicamente, pero si lo que dio un giro dramático a su vida, cambiándola por completo. Soportaba a los clientes especiales de Aidan ahí porque no podía irse a ninguna otra parte, pero eso no impedía que le molestara muchísimo. Tampoco le gustaba que el librero los tratara como si fueran gente normal.

― Supéralo, Julian. Los tiempos han cambiado.

― Sabes de lo que se alimentan. ¿Cómo puedes ayudarles?

― No matan a nadie. Ya ni siquiera se alimentan de gente, solo de los bancos de sangre. Y solo son libros sobre su historia. Jamás han roto la tregua en el tiempo que llevan viviendo aquí.

― Ese era de magia. — replicó el fantasma, fulminándole con la mirada. Aidan le ignoró, encaminándose hacia una de las estanterías.

― Karl quiere encontrar un hechizo que le haga completamente inmune al sol. El que aun pueda hacerles daño le molesta. Pero no va a encontrar nada ahí para eso.

― Pero el libro…

― No soy estúpido, ¿vale? Puede que Karl y su nido controlen lo que comen, pero otros no lo harán. Y él no va a estar aquí para siempre vigilando a los suyos. — le interrumpió, sacándole un bufido incrédulo. ― No voy a darles nada que pueda hacerles demasiado poderosos. Hay un equilibrio que mantener.

― En mis tiempos se les cortaba la cabeza y punto. A la mierda el equilibrio ese del que hablas.

Aidan rio por lo bajo y colocó unos libros en la estantería. Que él supiera, Julian jamás se había enfrentado a un vampiro. Pero si conoció a alguien que se enfrentó con un nido en su época. De ahí que supiera como matarlos realmente.

― Podemos estar discutiendo esto para siempre. Lamentablemente, no dispongo de todo tu tiempo libre, Julian. Mientras no hagan nada que rompa el pacto, seguirán teniendo mi permiso para entrar y comprar. Así ha sido durante más de un siglo y así seguirá siendo.

― Espero que no tengas que arrepentirte de esa decisión…

El joven se detuvo, preocupado.

Un par de semanas atrás encontró un viejo diario en una subasta donde solía ir a buscar entre los puestos de antigüedades. Gracias a sus contactos supo que su dueño fue un antiguo miembro de La Orden durante el siglo XIX. Un grupo que no le resultaba para nada desconocido.

Todo eso no habría quedado como una simple anécdota si su don no se hubiera vuelto loco al tocarlo. Sus poderes empáticos le regalaron una muy desagradable visión de todo lo que había allí escrito.

Un día después se tropezó con la primera víctima, mientras regresaba a casa tras realizar un recado en el banco. La chica había sido asesinada y su cuerpo colocado exactamente igual que había visto en su visión.

Y si hacía caso a lo que relataba el diario… Algo muy malo había llegado a la ciudad para quedarse.

― Me preocupa más lo que ha dicho Rolf sobre el asesino. — volvió a caminar, esa vez hacia una estantería al fondo de la tienda. ― Si hasta ellos mismos lo consideran un animal, ¿qué puede ser?

― Tengo una lista de una veintena de bichos sobrenaturales que han podido hacer algo así pero a veces es más simple, Aidan… Una persona. Los humanos podemos ser capaces de cosas más horribles que cualquier monstruo de cuento.

― ¿Crees que no hay nada sobrenatural en ese asunto?

― ¿Y tú? — Aidan dudó un segundo, antes de dirigirse de nuevo hacia la parte de atrás del local.

― ¿Recuerdas ese diario del que te hable? ¿El que encontré hace unas semanas en el mercadillo?

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Todo está conectado: La relación entre todas mis novelas.

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La relación entre todas mis novelas.

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Cuando digo (y lo repito mucho, lo sé. Soy una plasta con ese tema) que mis novelas están relacionadas, no exagero.

Mis novelas están todas ambientadas en el mismo universo. Sus personajes se cruzan entre historias, se relacionan entre ellos, forman parte del mismo mundo y les afectan las acciones de los otros.

Luchan todos contra el mismo enemigo.

¿Te gustan las teorías conspiratorias? XD ¡A mí me encantan!

No digo que me las crea. No soy de las que insiste en ellas, porque no. Pero si creo que ciertas cosas no pasan por casualidad o destino. Hay ocasiones en las que suceden cosas que afectan al curso de la historia y no pienso que todas sean fortuitas.

Pero cosas a nivel realista.

También me encantan las teorías de grupos que controlan a los gobiernos en la sombra. Como los Illuminati o los Templarios en su época.

Ahora hay alguno nuevo pero ya estoy desfasada en ese tema.

Así que, con semejantes ideas, imagina esto… una organización que lleva siglos en la sombra, no controlando, si no… “protegiendo” a la humanidad de las criaturas sobrenaturales que se desmandan o se convierten en una amenaza para el mundo tal y como lo conocemos.

Imagina un dragón al que hay que eliminar, porque está prendiendo fuego a media California y las noticias achacan los incendios una y otra vez a pirómanos o descuidos.

Imagina el poder y la influencia de esa organización si puede manipular los medios y a los gobiernos de esa manera para hacer creer a la sociedad de un mundo entero que nada raro está ocurriendo.

Imagina ahora que los que se descontrolan son ellos.

Ya te comenté, cuando hice el post sobre la película John Wick, que uno de los puntos que más me gustaba del guion era esa sociedad de asesinos ocultos entre las personas normales. Como era absolutamente genial y espeluznante a la vez esa escena en la que todos los que pasean en el parque se detienen a la orden del jefe principal demostrando que son muchos y están en todos lados y no estás a salvo jamás.

Quería que mi Orden fuera igual.

La Orden no empezó siendo peligrosos. Pero como todo lo que los humanos tocamos, se estropeó a causa de la codicia y los prejuicios.

En vez de evolucionar y aceptar los cambios que provocaron las treguas entre las razas mágicas, decidieron seguir estancados en el pasado.

¿Te suena? ¿Cuántas veces hemos visto gente que se niega a avanzar con el tiempo?

Al principio resultaban útiles ya que las razas mágicas estaban en guerra entre ellos, poniendo a los humanos en peligro. Además, de que también los atacaban por gusto, miedo o necesidad. Pero las razas han encontrado un equilibrio, viviendo entre los humanos sin hacerles daño ni llamar la atención sobre ellos.

La Orden aun sigue luchando contra ellos como si siguieran en el siglo XV.

Y, como decía antes y volviendo al tema principal de este post, todo lo que haga La Orden afecta a todos los personajes de las novelas.

Fueron sus acciones lo que causó que apareciera Jack y, por lo tanto, Aidan y Charles se conocieran.

Fueron sus acciones lo que convirtieron a Charles en lo que es hoy en día y que este acabara apareciendo y ayudando a Paul o Will.

Fueron esas mismas acciones las que hicieron regresar a Arthur y que Kamelot se involucrará en la guerra que empezaba sin que nadie lo notará.

Y son esas acciones las que reunirán a Astrid y Alec y los meterá de cabeza en una aventura que será otro paso más de este universo.

Me encanta hilarlo todo muy fino para que encaje. Es la parte más divertida de escribir esto. Y, créeme… cuando acabe este universo voy a echarlo muchísimo de menos.

¡Pero primero habría que acabarlo y aun le queda un rato!

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Resumen semanal: del 12 al 16 de noviembre. : Resumen semanal: tercera semana de noviembre.

resumen

Resumen semanal: del 12 al 16 de noviembre.

resumen

Lunes.

Empezamos la semana con un post sobre tres de los personajes de mi novela Kamelot 2.0 y su relación entre ellos.

Arthur, Merlin y Uther.

Su relación es muy importante ya que es lo que provoca la novela y la leyenda artúrica.

¡No te lo pierdas!

 

Martes.

Sigo buscando…

 

Miércoles.

¡Último capítulo del relato Dioses y demonios!

Acabamos la historia o, más bien, le ponemos un punto y seguido, ya que sus personajes regresarán en un futuro no muy lejano.

¡Espero que te haya gustado este relato!

 

Jueves.

¡La fecha se va acercando!

Ya queda poco más de un mes para que Dagas de venganza esté aquí. Y para celebrar que ya falta poquísimo te regalo el primer capítulo.

¡Enterito para disfrutarlo!

Por cierto, ya tengo mi portada. ¡Hecha por David Orell y es preciosa! ¡Estoy deseando enseñártela y me va a costar la vida no hacerlo antes de tiempo!

Pero hay que esperar un poco aún. La próxima semana te la enseñaré.

 

Viernes.

¡Por fin se acabó la semana! Este finde lo tengo completito y espero que me quede tiempo para descansar algo.

¡Disfruta tu viernes y tu finde!

 

 

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¡En exclusiva! : Dagas de venganza: Primer capítulo

dagas de venganza

dagas de venganza

¡La hora se acerca!

En poco menos de un mes, Dagas de venganza estará en Amazon y en el blog para que puedas conseguirla. ¡Estoy deseando que la leas!

Pero, mientras esperamos, te dejo el primer capítulo para que le eches un ojo y lo disfrutes.

¡Espero que te guste!


 Capítulo 1

 

 

Escuchar el crujir de huesos y sentir el cráneo de ese tipo haciéndose añicos en su mano no le resultó tan satisfactorio como debería haber sido.

El sonido tendría que haber calmado su ira. Un poco, al menos.

Pero no. Nada de nada. Seguía notando la furia, quemándole por dentro.

Se sacudió la suciedad de las manos con gesto molesto. Una de las pocas ventajas de poder convertir en piedra a la gente era lo limpio que resultaba matarlas y poder convertirlas en polvo.

Sin sangre, sin cuerpo, sin pistas que la incriminaran… completamente limpio.

Una lástima que ese mismo polvo le produjera alergia. Estropeaba un poco su victoria.

Pateó lejos un cascote de piedra con forma de mano. No era ese el cadáver que deseaba.

No era esa la presa que buscaba. No era por quien había viajado miles de kilómetros abandonándolo todo y dejando atrás su hogar.

 

No fue ese el monstruo que desmembró a sus queridas hermanas al creer que eran ella.

No… quien había cometido semejante atrocidad y desatado su furia era otro. Un humano llamado Dolph Bauman, un cazador alemán que trabajaba para la facción europea de La Orden y que era, también, responsable de la muerte del último dragón, según contaban. Un experto en eliminar criaturas mágicas de gran poder.

Un fanático despiadado al que no le importaba acabar con vidas inocentes. Mientras pertenecieran a la comunidad, todo valía.

Poseía un largo currículum para alguien que no tenía más de treinta años. Sin embargo, parecía que sus habilidades venían de familia y había sido entrenado para exterminar bestias mágicas desde muy pequeño.

Pero eso se iba a acabar cuando le encontrara. Astrid pensaba encargarse de que terminara peor que todos los subordinados a los que había enviado contra ella. Él no tendría la suerte de acabar petrificado y aplastado, no. Eso era demasiado fácil. Tenía planes muy especiales y mucho más divertidos para ese monstruo.

Miró frustrada a su alrededor, escuchando la música y el ruido de los humanos mientras estos celebraban el Mardi Gras.

La calle principal estaba abarrotada de gente, bailando y participando en el desfile. Desde las carrozas lanzaban collares y flores a los viandantes mientras la banda de música tocaba algo de jazz ligero.

La música y la fiesta creaba un ambiente demasiado alegre y colorido para su amargo humor.

Había llegado a Nueva Orleans la noche anterior justo cuando empezaba su fiesta grande, algo que, por poco que le gustara, jugó a su favor.

Era una suerte ya que el ruido había ahogado toda la pelea. Todo el mundo estaba demasiado ocupado festejando como para notar algo.

Dos juerguistas tropezaron frente al callejón y vieron el jaleo desde la distancia, pero estaban muy borrachos y no le dieron importancia, así que regresaron a la fiesta.

Sus atacantes, por otra parte, no estaban tan distraídos ni borrachos.

Cuatro humanos de apariencia normal que no llamaban para nada la atención… o no habrían llamado su atención si hubieran olido a otra cosa que no fuera pólvora y no hubieran pasado media hora siguiéndola.

Los cuatro, armados con porras y cuchillos, intentaron emboscarla en ese callejón cuando creyeron, erróneamente, que ella no les había detectado.

Astrid se libró de ellos rápido. Mató a dos, dejó ko a otro mientras el cuarto consiguió huir, mezclándose entre la multitud. Seguidamente, se acercó al que aún seguía vivo e inconsciente y lo cogió del cuello de la chaqueta, levantándolo del suelo bruscamente, poniendo su cara a centímetros de la suya y lo sacudió para despertarlo.

Lo bueno de no ser humana era que su apariencia física engañaba a todos. Podía parecer una mujer delgada de poco más de metro setenta, pero su fuerza era muy superior a la de dos hombres el doble de grandes que ella. Mangonearlo era un juego de niños para ella.

 

—Dile a tu jefe que no va a conseguir detenerme —le siseó—. Voy a ir a por él y destruiré a todos los que envíe contra mí.

De pronto, escuchó un ruido, algo así como cuando te quedas sin aire y levantó rápidamente la mirada, esperando encontrarse con otro borracho. En su lugar vio a un policía mirándola paralizado desde la entrada del callejón.

Un chico joven de color, con uniforme de patrullero, probablemente novato y sin galones. La miraba, estupefacto con su pistola desenfundada y apuntando hacia ella. Le temblaban las manos y sus ojos marrones viajaban, asustados, de ella a los restos petrificados de los otros cazadores.

«¡Ups, que fallo!» exclamó en voz alta.

—¡No se mueva! —Astrid bufó, porque… ¿en serio? ¿Se encuentra con semejante escena y en vez de salir corriendo le da por ser el héroe e intentar detenerla? ¡Buena suerte con eso, niño!

Claro que esa interrupción significaban problemas para ella. Se le acababa de complicar la tarde y mucho. Una cosa era eliminar cazadores, que estaba autorizada a ello, y otra muy distinta, niñatos vestidos de uniforme que se creían superhéroes.

¿Qué iba a hacer ahora con él?

—¡Esto te viene grande, niño! —gritó, intentando asustarlo. Con suerte eso sería suficiente para librarse de él sin necesidad de matarlo. No quería matar a un inocente solo porque fuera estúpido—. Desaparece antes de que te hagas daño con ese juguetito que no sabes usar.

El policía frunció el ceño, estupefacto. Era un joven que aparentaba veintipocos, alto y de complexión delgada. El cabello corto y negro con un fino bigote sobre su boca, en la cual se dibujaba un rictus de incredulidad.

El sudor brillaba en su piel de ébano, delatando su nerviosismo y el miedo.

Como si no pudiera oler ya.

Astrid dejó caer al cazador, que soltó un quejido al chocar contra el suelo, y se giró, dándole la espalda al chico y a su pistola. No le preocupaba que fuera a disparar. Por cómo le temblaba la mano, no parecía que la usara a menudo.

¡No tenía tiempo para esto! Debía encontrar a su presa y no iba a hacerlo ahí. Prefería regresar a su motel, organizarse y trazar otro plan para obligarle a salir de su madriguera.

—¡He dicho que no se mueva! —gritó el chico.

Debía darle algo de crédito. Demostraba agallas, a pesar de estar muerto de miedo. Otro, en otras circunstancias, habría salido corriendo en dirección contraria gritando por refuerzos.

Astrid se giró de nuevo, quedando frente a él y se bajó ligeramente las gafas, dejando sus ojos al descubierto durante una décima de segundo, lo suficiente como para que la pistola se convirtiera en piedra.

Ese era un truco que había perfeccionado con los años. De niña, cuando sus poderes empezaban a aflorar, convertía todo en piedra sin control alguno. Ahora, podía calibrar la potencia de su poder y decidir qué parte deseaba petrificar.

Asustado, el policía dejó caer la ahora petrificada arma, que se hizo añicos al chocar contra el suelo. Durante un largo minuto, el chico se quedó helado mirando la pistola, luego a ella y de nuevo al trozo de piedra que momentos antes era su arma reglamentaria. Parecía haber entrado en un bucle. Resultaba casi cómico.

Casi.

—¿Qué demonios…?

—Te lo he dicho. Esto te viene grande —le repitió, con tono aburrido—. Lárgate antes de que tenga que hacerte daño.

Por el rabillo del ojo vio al cazador que quedaba vivo sacar otro cuchillo y saltar para atacarla. Los había que eran más tontos de lo que aparentaban.

Antes de que pudiera ser considerado una amenaza, ella le esquivó y golpeó, haciéndole caer. Sin darle tiempo a reaccionar, Astrid volvió a cogerlo de la chaqueta, obligándole a mirarla.

—Podías haberte quedado quieto y hubieras salido vivo… —gruñó, molesta—. Ahora tendré que enviar mi mensaje a través de otro. No tienes idea de lo inconveniente que me resulta matarte.

Con esas palabras, Astrid se quitó las gafas y sus ojos brillaron de manera extraña, cambiando de color. El cazador gritó mientras se convertía en piedra despacio, empezando por los pies y subiendo, dejando su cabeza para el final.

No merecía una muerte rápida.

Astrid hizo un ruido despectivo y lanzó el cuerpo contra la pared. Este estalló en pedazos, rebotando por todo el callejón.

El policía seguía en el mismo sitio, con una mano tapando su boca, los ojos desorbitados y una expresión de horror en su joven rostro.

—¿Qué eres? —consiguió balbucear.

Astrid suspiró, enfurruñada. Su plan de enviar un mensaje a Dolph a través de sus matones acababa de estallar, literalmente. Tendría que idear otra cosa o esperar a que volvieran a atacarla.

Ninguna de las opciones le entusiasmaba, la verdad.

—Nada que puedas comprender. Vuelve a tu comisaría y no le cuentes nada de esto a nadie. No te creerán, niñato. —le gruñó amenazante antes de salir del callejón, desapareciendo entre la multitud que seguía celebrando su gran fiesta, ajenos a esas sobrenaturales muertes.

Antes de perderlo de vista, lo vio sentado en el suelo.


¿Te ha gustado? ¡Pronto llegará la novela completa!

 

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Los personajes de Kamelot 2.0: Kamelot 2.0: la relación entre Arthur, Merlin y Uther

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Kamelot 2.0: la relación entre Arthur, Merlin y Uther.

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Cuando pienso en mi Kamelot 2.0, me viene a la cabeza siempre Arthur, Merlin y su relación entre ellos y Uther.

Además de ser una novela sobre fantasía urbana y parte de un universo más complejo de lo que parece, es también una historia sobre relaciones, confianza y aceptar tu lugar.

Y la principal relación que se trata es la de Arthur y Merlin con Uther.

Uther es la razón por la que esos dos existen y trabajan juntos. Tanto en el universo de mi novela como en la leyenda artúrica.

En la leyenda artúrica Uther pide a Merlin ayuda para seducir a la dama Igraine, librándose de su esposo y concibiendo a Arthur. El niño sería criado lejos de Uther, el cual se volvería loco y acabaría siendo el único heredero real de la corona de Inglaterra y de Excalibur.

En mi universo, Uther tendría sueños con su yo del pasado, quien le va indicando donde encontrar, primero a Excalibur y luego a Merlin. Todo para proteger a Arthur, el cual todavía era un bebe.

Uther, en una visión tras encontrar Excalibur, vería dónde y cómo conocería a Merlin, a quien acogería (aún era un adolescente cuando hizo el pacto con la Dama y no ha envejecido nada. No lo hará hasta que esté en Kamelot con Uther y su familia.)

Merlin acabaría viviendo con Uther y su familia, convirtiéndose en su sombra y su mano derecha en todo lo relacionado con los negocios y con Excalibur. Sería idea de Merlin contratar a la Dama, a Gawain… buscó uno a uno a todos los caballeros reencarnados para reunirlos de nuevo con su rey.

Reuniendo de nuevo lo que una vez fue su familia.

Arthur se vio forzado a tener un hermano, un protector que no deseaba pero que tenia impuesto. Y un destino del que quería huir a toda costa.

¡Oh, el destino de mi pobre Arthur!

Huye de ese camino que le han trazado una y otra vez… pero no puede escapar. Cada paso que da le lleva de vuelta a Kamelot y a Excalibur.

Merlin lo sabe y no quiere obligarle, pero el intento de Morgan de vender la empresa a su mayor rival le obliga a traer a Arthur de vuelta.

Y todo lo que ocurre después… ya es historia.

¿Quieres saber que pasa?

¡Ven a leerlo en Kamelot 2.0!

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¡Nuevo capítulo! Dioses y demonios. : Relato: Dioses y demonios. Capítulo 10

dioses demonios

Relato: Dioses y demonios. Capítulo 10.

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–  ¡Finn! ¿Podemos hablar?

Finn maldijo por lo bajo, observando molesto como Zeus se acercaba a él a grandes zancadas.

Sabía que estaba siendo ridículo pero tras lo ocurrido en los últimos días y después de la reveladora conversación que tuvo con su abuelo no quería tener a nadie cerca.

Su abuelo le contó toda la leyenda. Renuente, al principio, pero acabó revelándole todo sobre la maldición de su familia. De cómo, siglos atrás y para salvar a su gente, un antepasado suyo hizo un pacto con un demonio milenario. A cambio de evitar que un ejercito invasor devastara su pueblo, el guerrero concedió al demonio el uso de su cuerpo y el de toda su estirpe.

Y, por loco que sonara, él creía la historia. Sabía que esa voz en su cabeza era real. El demonio era real.

Y muy peligroso.

Al demonio no le gustaba Zeus y Finn temía que fuera a herirle si se acercaba demasiado.

–  Lo siento… no tengo tiempo. Estoy ocupado. — se excusó, intentando huir. Pero Zeus fue más rápido y le agarró de la muñeca.

–  ¡Y una mierda! ¡Vamos a hablar! – gruñó, arrastrándole hasta un armario y metiéndoles dentro. Finn casi rio.

–  ¿En un armario? ¿En serio? — pero Zeus no lo encontraba tan gracioso.

–  ¿Por qué me estas evitando? ¡Y no te atrevas a decir que no lo estas haciendo porque ambos sabemos que sería una mentira! — añadió al ver que el chico iba a replicar.

–  Está bien… estaba evitándote. ¡Es lo mejor para los dos! No quiero que te haga daño.

–  ¿Quién? — preguntó Zeus, confundido.

–  Es complicado.

– ¿Hice algo para molestarte?

–  No. — el chico negó rápidamente. No podía permitir que Zeus pensara que era su culpa. — No eres tú. Sé como suena, pero no eres tú, de verdad. Hay algo mal conmigo y podría hacerte daño. Eso no puedo permitirlo.

–  No vas a hacerme daño, créeme. — Zeus le cogió de las manos, acercándole un poco más hasta juntar sus frentes. — Te prometo que no vas a hacerme daño. Ni yo a ti.

– No puedes prometerme eso…

«Los dioses prepotentes suelen hacer esa clase de promesas vacías.»

Finn se estremeció al oír la voz del demonio en su cabeza aunque su tono no era el de siempre. Parecía más bien molesto que furioso.

¡Un momento! ¿Había dicho dioses?

–  ¿Dios? ¿Quién es un dios? — preguntó sin darse cuenta de que lo había hecho en voz alta.

–  ¿Qué?

«Él es un dios. Hasta te dijo su nombre real, el muy arrogante. Es el padre de los dioses, el dios del rayo y el dios que hace cualquier cosa por llevarse a la cama a quien llama su atención. Te hará daño, chico. Eso no lo dudes.»

–  ¿Eres un dios?

Zeus le miró, sorprendido, soltándole las manos. Sus ojos reflejaban culpa y sorpresa.

–  Yo… ¿Quién te ha dicho…?

–  ¿Lo eres? ¿Eres el verdadero Zeus?

–  Es complicado.

–  ¿Qué tiene de complicado? ¿Lo eres o no? – volvió a preguntar, empezando a molestarse. Había estado tan preocupado con herir accidentalmente a Zeus con su demonio que el hecho de que le hubiera mentido le pilló completamente por sorpresa.

–  Lo soy. Estoy en la Tierra porque Atenea creyó más sensato mandarme aquí sin poderes a que me quedara en el Olimpo, intentando recuperar la vieja gloria y tratando de conquistar de nuevo el mundo de los mortales. No esperaba encontrar a alguien como tu aquí.

–  No soy un entretenimiento. – respondió Finn con tono amargo. Había sido demasiadas veces usado en su vida como para permitir ni una más. Hacía mucho que se prometió que no volverían a usarlo. – Ni una muesca más en tu lista de conquistas.

–  No lo he pensado nunca. Créeme.

–  No puedo creerte. Él tenia razón. Vas a hacerme daño.

Finn salió del armario, dejando atrás a un aturdido Zeus. El dios le vio marcharse sin poder evitarlo y sin reaccionar.

Mientras, en la entrada trasera del local, Kevin se acercaba al callejón dispuesto a regresar con los recados de D y listo para empezar a trabajar. Pero, antes de llegar a la puerta, vio a Finn salir del local, agitado y luciendo confuso.

Kevin estaba a punto de llamarle, ya que le veía muy nervioso y se preocupó por su amigo pero una furgoneta negra apareció en el otro extremo del callejón, derrapando y frenando a pocos metros del irlandés. Tres tipos enmascarados se bajaron del vehículo y atraparon a Finn, arrastrándole al interior de la furgoneta a pesar de los esfuerzos del muchacho por liberarse.

Antes de que pudiera hacer nada, ni siquiera gritar por ayuda, la furgoneta con su amigo dentro arrancó de nuevo y desapareció en la noche neoyorkina.

–  ¡Mierda!

 

Ir al capítulo anterior. 

 

 

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Resumen semanal: del 29 de octubre al 2 de noviembre. : Resumen semanal: primera semana de noviembre.

resumen

Resumen semanal: del 29 de octubre al 2 de noviembre.

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Lunes.

Empezamos la semana con un post sobre los personajes de mi novela El juego de Schrödinger. En realidad, debería decir personaje en singular. Hay más, claro pero si los nombro destripo media novela XD Así que solo te hablo de su protagonista, Will Moore.

Will es muy majo, estoy segura de que te va a gustar.

 

Martes.

Pues no, aun no he encontrado algo que pueda poner los martes. ¿Sugerencias?

 

Miércoles.

¡Nuevo capitulo del relato Dioses y demonios!

Zeus usa sus influencias para tratar de razonar con el demonio y Finn tiene una conferencia internacional.

Se nos va acabando el relato y no sé que voy a poner luego…

 

Jueves.

¡Y nuevo post sobre mi nueva novela Dagas de venganza!

La cual también se acerca. ¡Ya queda menos de dos meses!

Esta semana te cuento la sinopsis extendida de la novela.

¿A que mola?

 

Viernes.

¡Por fin es viernes! Vamos a descansar un poquito y a organizar la semana que viene.

¡Feliz finde!