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Criaturas mitológicas: Los lobos en la fantasía moderna

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Los lobos en la fantasía moderna.

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Siempre que se ha escrito una historia de fantasía o terror, se han usado cierto número de criaturas básicas.

Dragones, hadas, vampiros y lobos.

En la fantasía y terror más actuales usamos más variedad, pero ese cuarteto se repite más veces de las que nos damos cuenta.

¿Cuántas novelas sobre vampiros existen?

Vale, dragones y hadas han quedado algo más atrás. Estamos trabajando para que recuperarlos XD

Pero los lobos siguen ahí también. Aunque, en un plano más secundario, lamentablemente.

Gracias a autoras como Sherrilyn Kenyon, los were vuelven a estar de moda. No son los principales, pero si los protagonistas de algunas de sus novelas de la saga Dark Hunter.

Me encantan los lobos.

Los reales y los de fantasía.

En mi saga estoy intentando que esos lobos sean parte importante de la historia. Espero estar consiguiéndolo, porque deben compartir escenario con más criaturas y, a veces, no hay espacio suficiente para todas.

Pero son unas criaturas tan fascinantes y útiles si las usas bien y decides bien sus normas y limites.

Por ejemplo, antiguamente se creía que solo podía aparecer el lobo en luna llena, que era una maldición o enfermedad contagiosa y que no tenían control en su forma animal.

Bien, eso era antes. Ahora la leyenda ha mutado en algo más manejable para el escritor.

Eso es lo bueno de las leyendas, que pueden cambiarse y modificarse a algo más conveniente. Ya no están influenciados por la luna (no del todo), no se convierten por contagio, nacen así y controlan lo que hacen en su forma animal.

Los lobos son muy divertidos de escribir.

Y de leer. ¿Quieres leer algo con ellos?

Puedes leer el relato 3 hermanos o algunas de mis novelas.

¿A qué esperas?

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¡Nuevo capítulo! : Relato: El juego de La Orden. Capítulo 4.

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Relato: El juego de La Orden.

Capítulo 4.

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–  ¿Cómo está Patrice?

Will suspiró, entregando el teléfono móvil a Charles. Lo que empezó como una simple llamada para asegurarse de que ella estaba bien e informarla de que estaba a salvo y con su hermano, acabó siendo un largo rapapolvo por haberla asustado.

Estaba bastante enfadada con él, aunque también se mostró muy aliviada y feliz de saber que se encontraba bien.

–  Más tranquila… y cabreada. Muy cabreada. – Charles rio al ver la expresión de desconcierto del lobo. – Me ha echado una bronca épica.

–  Pobre… mi hermana siempre ha tenido mucho carácter. Te destrozará cada vez que hagas algo mal. Por tu propio bien, procura no darle motivos para cabrearla a menudo.

El lobo se encogió de hombros. No se sentía nada intimidado por el carácter de la chica. Fue eso, precisamente, lo que hizo que se fijara en ella, en primer lugar. Y lo que más le gustaba de ella.

–  Los lobos no nos achantamos por unos mordiscos… más bien nos gustan. – le dijo en tono de guasa, riendo cuando el otro le dirigió una mirada envenenada.

Parecía que Charles no era tan frio como quería aparentar. Seguía preocupado por las muertes que había provocado antes y no tenía ningunas ganas de explicárselo a la manada.

– ¡Basta! ¡No quiero saberlo! Vamos a centrarnos en lo importante, que es averiguar dónde está La Orden y por qué querían eliminarte.

Tras huir de la casa, Charles había conducido de vuelta a la ciudad, a la zona este, bien alejado del apartamento de Will.

El lobo miró pensativo por la ventana. Estaban en un piso vacío, uno que el otro usaba como tercera opción de escondite cuando visitaba a su hermana, o algo así le había comentado cuando entraron. La verdad era que no estaba seguro de querer conocer las dos opciones primeras como tampoco quería saber cuántos más tenía ni cómo los mantenía.

Tenían cosas más importantes de las que ocuparse, como averiguar por qué y cómo La Orden había hecho que su compañero de trabajo, del que cada vez estaba más seguro que no tenía que ver con todo eso, le secuestrara e intentara matar.

–  No tengo ni idea. – admitió. – No he hecho nada fuera de lo normal… he trabajado en casos humanos en los últimos meses. Solo he hablado con la manada tres veces desde lo del hellhound porque no ha ocurrido nada notable desde entonces. Tampoco soy ya candidato a Alfa, desde que me mudé aquí.

Charles asintió. Sabía que Will renunció a ser Alfa en Nueva York cuando se mudó a Detroit y que se había mantenido con un perfil bajo desde entonces, intentando no llamar la atención de sus nuevos compañeros.

–  ¿Tal vez sea en represalia por interferir en sus planes con el sabueso?

–  No lo sé, tío… Esto me ha pillado tan de sorpresa como al resto.

–  Quizás deberíamos preguntarle a tu amigo. A ver qué es lo que le motiva… – Will se estremeció por el tono frio con el que había hablado el otro.

–  Primero tendremos que encontrarlo, porque dudo que se quedara en la casa cuando haya descubierto a todos sus compañeros muertos.

–  No, obviamente. No pienso que sea tan estúpido. Tampoco habrá ido a comisaria, así que… ¿Dónde?

–  ¿Su casa?

Tuvieron suerte. Sorprendentemente, Jordan estaba en su casa aunque no por mucho rato. A la media hora de estar allí, aparcados y vigilando, el hombre salió y cogió su coche.

–  ¿Hacia dónde ira? – musitó Will, después de un rato conduciendo tras el policía. – Parecía bastante alterado.

–  Quizás vaya a un bar a tomar algo.

–  Es alcohólico. Dejó de beber hace quince años y no pisa los bares desde entonces. Siempre va directo a casa. Presumía de ello.

–  Habrá que seguirlo. Puede que nos lleve hasta quien le ordenó secuestrarte.

Siguieron al policía durante un buen rato, atravesando la ciudad. Se detuvo en el Parque Campus Martius, un enorme parque natural lleno de monumentos y familias que iban a patinar en invierno y a pasar el rato en la playa o paseando en los jardines.

Allí dejó su coche y se adentró andando hacia los jardines botánicos. Parecía buscar a alguien, mirando hacia todos lados, nervioso. Will y Charles le siguieron lo más discretamente posible para poder ver y oír sin ser vistos.

Al poco rato, se detuvo junto a una fuente, donde un tipo vestido con traje negro le abordó. Era un tipo enorme. Debía medir más de metro noventa y muy musculoso. Tenía la piel muy clara y el cabello y la barba pelirrojos. Llevaba unas gafas de sol ocultando sus ojos.

No era alguien que pasara desapercibido, dado su tamaño y color de cabello, pero, además, llevaba el pelo peinado con una alta cresta. No lo conocía pero el aspecto le resultó familiar a Charles. Estaba casi seguro de que había oído hablar de alguien con esas pintas.

Will agudizó el oído. Él era capaz de oírles a esa distancia, si no había demasiado ruido de fondo.

–  ¿Qué ha pasado con el lobo? – espeto el recién llegado, con un marcado acento irlandés. Jordan se encogió de hombros, cada minuto más agitado.

–  Logró escapar. Alguien vino y lo rescató. Mató a mis hombres. – el hombre de negro hizo un gesto de disgusto.

–  Eso es inaceptable.

–  Mira, tío, yo he cumplido. Me lleve a Moore a la casa, como pediste y fui a buscarte. No es mi culpa que alguien, con quien no contabais, viniera a rescatarlo. Debisteis avisarme de que eso podía pasar.

–  Pero si lo es, señor Jordan. Solo tenía que hacer una cosa. Mantenerlo ahí hasta que llegáramos. Y ha sido incapaz de cumplir.

Jordan se alejó del hombre, sacando su pistola de la parte trasera de sus pantalones y apuntándole con ella. Will hizo el intento de ir a detenerlos, pero Charles no le dejó.

–  ¡Dijisteis que estaba solo! Si hubiera sabido que había alguien más habría puesto más seguridad. ¡No es mi culpa!

El hombre sonrió y se quitó las gafas de sol que llevaba, mostrando unos ojos celestes y fríos que hicieron estremecer al policía. Alzó la mirada por encima del hombro de Jordan y se encogió de hombros.

–  Tiene razón… tendríamos que haber imaginado que enviarían ayuda. Pero nos ocuparemos de ello.

–  ¿Van a dejar en paz a mi familia?

–  Su familia está a salvo, como prometí. Usted, por otra parte… – un silbido cortó el aire y una bala impacto en la frente de Jordan, quien cayó al suelo fulminado. – Usted ya no nos es útil.


¡Y hasta aquí! Si te ha gustado lo que has leído, puedes echar un vistazo a mis novelas. ¡Están muy interesantes!

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Resumen semanal: del 7 al 11 de Mayo. : Resumen semanal: Segunda semana de Mayo.

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Resumen semanal: del 7 al 11 de Mayo.

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Lunes.

¡Esta semana la empezamos fuertecito! El post de esta semana va sobre una idea no inspirada por los garbanzos que tuvo David Orell.

¿En qué nos parecemos los escritores independientes a Wile E. Coyote?

Pues, después de verlo detenidamente, en mucho.

¡Hasta tenemos nuestros propios productos ACME!

 

Martes.

El hilo tuitero de la Tuit-Curiosidad de este martes ha ido dedicado a los lobos, hombres lobo y mi versión de esa criatura, a la que he usado en varias de mis novelas y relatos.

Es un bicho muy desaprovechado en la literatura y al que se le puede sacar mucho más de lo que imaginamos.

 

Miércoles.

Pues como las entrevistas las di por pausadas la semana anterior, hoy hemos estrenado relato. En realidad, es el mismo relato que fui posteando en Twitter hasta el jueves pasado, pero aquí ya puedo ponerlo más completo.

Este relato está ambientado después de la novela El juego de Schrödinger y con parte de sus personajes, como una transición a lo que pasará en las siguientes novelas.

Ya está posteado el capítulo primero. ¡No te lo pierdas!

 

Jueves.

¡Y estrenamos Tuit-Relato!

Bueno, tanto como estrenar… Voy a ir compartiendo los capítulos del relato 3 Hermanos en Twitter para quien no lo haya leído aun.

¡Disfrútalo!

Y, en otras noticias, el post de David Orell de esta semana, que va sobre la presencia LGBT+ en la literatura. Léelo que está muy interesante.

 

Viernes.

Voy a ver si espabilo y sigo con los cuatro o cinco proyectos que tengo abiertos en este momento en el portátil… a ver si acabo alguno.

 

 

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¡Nuevo relato!: Relato: El juego de La Orden. Capítulo 1.

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Relato: El juego de La Orden.

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Capítulo 1.

Era uno de esos días perfectos.

Sol, cielos sin nubes, temperatura agradable… Todo rematado con una cena deliciosa y una compañía aún mejor.

¿Cómo pudo irse todo a la mierda en cuestión de un segundo?

–  Detective William Moore, queda arrestado por robo de pruebas y aceptar sobornos.

Había sido una tarde perfecta. Para su suerte, después de varios intentos y muchos ruegos y negociaciones, por fin consiguió convencer a Patrice de darle una oportunidad a lo suyo, avanzar un paso más en su relación e intentar ser una pareja.

Como era lógico, ella seguía asustada por todo lo ocurrido con el hellhound y La Orden y se negaba a dejar la casa sin su pequeña Lauren.

O se negaba a salir y punto.

Pasaron meses antes de que pudiera sentirse lo bastante segura como para regresar a su trabajo y hacer vida casi normal sin temor a ser atacada por algún loco sobrenatural. Ni siquiera la vigilancia de la manada conseguía calmarla.

Will pasó esos meses a su lado, vigilando, cuidando y apoyando. Al principio,  le motivaba el complejo de culpa. Se sentía responsable de no haberla encontrado más rápido de lo que lo hizo.

Luego, cuidarla se convirtió en una excusa para verla y hablar con ella.

Se dio cuenta de que le gustaba Patrice. La humana era intrigante y muy divertida, cuando conseguía relajarse y olvidar todo el asunto del secuestro. Su humor era bastante sarcástico y afilado, con rápidas respuestas que le dejaban descolocado y complacido.

Nunca antes se había sentido tan atraído por una humana. Sí, claro que tuvo sus aventuras de una noche con algunas chicas que buscaban lo mismo que él. Diversión sin compromiso. Siempre le resultaron entretenidas y muy imaginativas en la cama. Pero nunca consideró la idea de escoger a una humana como pareja.

Sin embargo, Patrice era simplemente perfecta.

Fue toda una victoria personal para él cuando, tras verla superar un miedo tras otro, la chica le tomó en serio y decidió decir que si, para variar, cuando le pidió una cita. Will decidió no ocultarle su condición de lobo ni su pasado desde el principio, lo que no puso las cosas más fáciles. Ella no parecía creer que pudieran tener una relación seria al ser de diferentes razas así que necesitó demostrarle que se equivocaba y que merecía la pena intentarlo.

Por eso, que hubieran escogido esa tarde en particular para venir y arrestarlo con acusaciones falsas le resultó un pelín molesto.

Por no decir que fue una completa putada, claro.

Conocía a los policías que habían venido a detenerle. Todos pertenecían a su comisaria, esa a la que se trasladó tras lo ocurrido con el hellhound y a la que no debió ir, precisamente por lo ocurrido con el hellhound.

No tuvo la mejor de las bienvenidas, la verdad fuera dicha. No todos pero algunos compañeros parecían poco felices con la idea de que apareciera allí, después de todo el asunto con el FBI y la muerte del agente Lewis. Muchos le culpaban por la muerte del federal.

No fue ninguna sorpresa que el detective Jordan estuviera allí y se encargara de esposarle y que, además, pareciera encantado de hacerlo. Él y los otros cinco que le acompañaban y ponían patas arriba su casa.

Había estado en registros las suficientes veces como para distinguir entre buscar y destrozar, que era lo que hacían esos en ese instante en su apartamento. Iba a hacerles pagar por cada cosa rota después.

–  ¿De qué coño estás hablando, Jordan? ¿De dónde has sacado esa estúpida idea? – la risa que soltó el otro le puso los pelos de punta. Era una risa cruel.

–  ¿Estúpida idea? Tenemos fotos, videos de ti entregando droga a narcotraficantes conocidos a cambio de dinero. Esa droga que robaste del sótano de pruebas. – Will estaba estupefacto. ¿Qué fotos? ¿Qué videos? ¡Él no había hecho nada! – Tenemos hasta un testigo. Cuando acabe contigo vas a acabar en la celda más profunda de la prisión y tirare la llave para que no puedas salir nunca.

Patrice le miró entre sorprendida y espantada. No estaría creyéndole, ¿verdad?

–  ¡Estás loco! ¡Cuando se demuestre que mientes, voy a hacer que te quiten la placa, cabron!

–  Eso si consigues demostrarlo.

Sabía que Jordan era de los que menos felices se mostró cuando lo trasladaron oficialmente a esa comisaria. Pero no imaginaba que le odiara hasta el punto de inventarse pruebas para inculparle.

–  ¡Will!

El lobo maldijo entre dientes al ver la expresión de la chica. No parecía segura de a quién creer y no podía culparla. No le conocía lo suficiente como para confiar tanto en él.

–  Ve despidiéndote de tu amiguita, lobo. – le susurró para que nadie más le oyera. – No vas a volver a estar con ella… jamás.

Will se tensó al oírle, fulminando con la mirada al otro policía. Nadie en su comisaria sabía lo que era. No tenía amigos ni gente de su raza allí, así que no había ni una sola persona que supiera que era un lobo.

Solo podía existir una razón para que Jordan supiera lo que era. Solo La Orden sabía su verdadera identidad.

Estaba bien jodido.

–  ¡Will! ¡Llamaré a un abogado! ¡No te preocupes!

El lobo casi suelta una carcajada. No necesitaba un abogado, porque no iban a ir a comisaria. Estaba seguro de ello.

Necesitaba algo más.

–  ¡Llama a tu hermano!

 

¿Te gusta lo que lees? ¡Ven y consigue El juego de Schrödinger aquí!

 

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¡Último capítulo!: Relato: 3 Hermanos. Capítulo 8

relato hermanos

Relato: 3 Hermanos. Capítulo final.

Si, último capítulo. La semana que viene ya no habrá lobitos, pero te tengo preparada una cosita nueva hasta que acabe el siguiente relato. ¡Disfruta!

relato hermanos

La zona de la ciudad que pertenecía a la manada estaba a más de cuarenta minutos en coche de donde les habían atrapado. Los tres lobos visitantes se resistieron lo indecible pero, al ser ampliamente superados en número, fueron reducidos, esposados (con unas esposas especiales para lobos con aleación de plata) y metidos a la fuerza en una furgoneta junto con Aidan.

Al librero no le encadenaron ni nada parecido pero tampoco le dieron otra opción que la de acompañarles. Aunque en ningún momento hicieron uso de la fuerza con él. Para sorpresa de los otros tres, le trataron con mucho respeto.

En la parte de atrás de la furgoneta, Jon no dejaba de gruñir como un animal. Incluso en su forma humana, daba bastante miedo.

Joseph había dejado de pelear hacia un buen rato, aunque tampoco ponía las cosas fáciles. Estaba esperando a ver cuál iba a ser el movimiento de la manada. Las cadenas no eran realmente un problema (sabía que Jon y él eran más que capaces de romperlas a pesar de la plata) pero no quería herir a un lobo si no había razones de peso para ello.

Colby, por su parte, parecía que iba al matadero. Teniendo en cuenta su situación, no era extraña su preocupación. Su manada le buscaba por traición y, ahora, La Orden también lo haría. Las cosas no pintaban nada bien para el chico.

Cuando por fin se detuvo la furgoneta, habían llegado a un barrio céntrico con edificios de apartamentos y tiendas pequeñas. Era una zona tranquila, con parques y calles amplias.

Y repleto de lobos.

Toda esa zona era exclusiva de la manada. No había ni un solo humano viviendo en esos edificios de ladrillo rojo. De paseo o visita, sí. Viviendo, no.

Sus captores les hicieron entrar al edificio más cercano y los empujaron hacia el ascensor. Subieron hasta la última planta, donde se encontraba un loft que ocupaba todo el piso. Allí les metieron en lo que parecía un comedor y echaron la llave.

Cuando se quedaron solos, Jon volvió a gruñir y rompió sus esposas, ganándose la mirada sorprendida de Aidan y la fastidiada de los otros dos.

–  ¿Cómo has roto eso? ¡Se supone que los lobos no podéis romper ese metal! – exclamó Aidan, sin dejar de mirar las esposas rotas en el suelo. Colby refunfuñó una maldición, cogiendo una servilleta de la mesa y acercándose al rubio. De la muñeca derecha de Jon manaba un hilo de sangre. No era mucha pero no paraba.

–  ¡Te has hecho sangre! ¿No podías esperar a que nos las quitaran?

–  No tengo tanta paciencia… – mientras Colby intentaba limpiar el corte que se había hecho Jon con las esposas, Joseph suspiró, fastidiado.

–  Nos pasamos un año esquivando a todo el mundo para que no nos pillen y nos cogen de la forma más tonta. Papa va a matarnos…

–  ¿Papa? – rio Jon. – Mama sí que va a matarnos.

–  Estoy muerto… – susurró Colby. – Si no me despellejan en la manada, lo harán en La Orden…

–  Nadie va a tocarte un pelo. – gruñó Jon, cogiendo las esposas del pequeño y rompiendo la cadena. Joe asintió.

–  No vamos a dejar que te hagan nada.

Aidan, mientras, empezaba a sentirse incómodo. No por la compañía actual, sino por la que vendría en breve. Conocía a todos los miembros del Consejo y temía que apareciera alguien más a quien no estaba tan dispuesto a volver a ver tan pronto.

–  ¿Qué va a pasar ahora? – preguntó, intentando distraerse.

–  Con suerte avisaran a nuestra manada.

–  Eso si no se toman la justicia por su mano, que podría pasar. – Colby no se sentía tan optimista como su hermano mayor.

–  No van a hacerte nada.

–  J, no puedes protegerme siempre.

–  Oh… ¿no? Tú espera y mira.

La puerta de la habitación en la que estaban se abrió y entraron cuatro lobos. Uno de ellos, un tipo alto, con el cabello corto castaño claro y barba se acercó directamente a Aidan, quien hizo un mohín descontento.

–  Aidan… ¿Qué estabas haciendo con estos? – el librero bufó, cruzándose de brazos y poniéndose a la defensiva.

–  ¡Oh, hola Zack! ¿Cómo has estado? ¡Yo, bien, gracias! – soltó con tono sarcástico. – En cuanto a que hacía, no es asunto tuyo.

–  Es asunto de la manada. – replicó el otro con sequedad. – Son prófugos. Deberías haber dado aviso.

–  Te recuerdo que no soy un lobo y no formo parte de tu manada, así que no me puedes exigir nada.

Los tres hermanos se apartaron sutilmente. Sabían reconocer una pelea de pareja cuando la veían y también sabían que no debían entrometerse a menos que la cosa se pusiera violenta. Por ahora el único que parecía en peligro de que le dieran una paliza era el tal Zack y ese, la verdad, no les importaba mucho.

–  ¿Me estoy perdiendo algo? – preguntó Colby señalando a los otros dos disimuladamente.

–  Son pareja. – respondió simplemente Jon. Joseph rio por lo bajo, quitándose sus propias esposas.

–  No jodas… ¿Un lobo y un hada? Menuda mezcla.

–  ¡No somos pareja! – gruñó Aidan molesto. Al parecer les había oído. – No lo hemos sido nunca.

–  ¿Entonces por qué te marcó?

Aidan se giró a mirarlos, sorprendido antes de volver su atención al otro lobo. Zack perdió en un segundo su aire arrogante y parecía estar deseando que le tragara la tierra. El librero parecía furioso. Tanto, que el aire de la habitación crepitó. Sus emociones habían descontrolado su magia.

–  ¿Me marcaste? ¿Sin mi permiso?

–  Era para protegerte…

–  ¿Protegerme? ¡Te largaste! ¡Me marcas y te largas! ¡Eres un cabrón!

Las puertas volvieron a abrirse y, en esa ocasión entró un grupo de cinco lobos, bastante más mayores que los anteriores. Uno de ellos era claramente el Alfa. Solo había que fijarse en la postura altiva y el comportamiento de los que le acompañaban.

También notaron que era el padre de Zack.

–  ¡Basta ya! Tenemos asuntos más importantes ahora mismo. Aunque no voy a olvidar esto. Hablaremos luego sobre esto, hijo. – añadió, dirigiéndose a Zack. El Alfa se giró entonces hacia los tres hermanos, sonriendo imperceptiblemente al ver las cadenas rotas en el suelo. – Vuestro Alfa está en camino. Se ha decidido que sea él quien se ocupe de vuestro castigo o lo que quiera hacer con vosotros.

–  Genial…

–  De todas maneras, tenemos un visitante que quiere hablar con vosotros primero. Debatiremos sobre el asunto de los planes de La Orden en un rato, cuando lleguen los demás.

Eso sí que era una sorpresa. ¿Los demás? ¿A quiénes se refería? ¿Y quién era el misterioso visitante? Joseph no podía imaginar quien podría ser.

–  ¿Quiénes más van a venir? – preguntó, curioso.

–  Además del Alfa de Davenport y varios miembros de vuestra manada, vienen en camino también el heredero de Excalibur y su gente. Están bastante comprometidos con la idea de detener a La Orden.

–  ¿El heredero de Excalibur? – preguntaron Colby y Jon a la vez en voz baja.

–  Los tipos de Nueva York – aclaro Joseph. – Uno de ellos, al parecer, la reencarnación de Arturo Pendragon.

–  Vaya…

En ese instante, un hombre grande, de porte militar y cabello rubio entró en la habitación, acercándose a Jon y Joe. El resto de los lobos se tensaron. No era extraño, ya que un depredador más grande y peligroso había entrado en su territorio.

Aidan lo observó, fascinado. No todos los días veías a un dragón en su forma humana paseando delante de tus narices.

–  ¿Jerrad? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás en Alaska?

–  Ya iba siendo hora de que volviera al campo de batalla… Veo que habéis encontrado a vuestro hermano. Bien. Así podrá contarnos todo lo que trama La Orden para que podamos destruirlos de una vez por todas.

 

 

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¡El penúltimo!: Relato 3 hermanos: Capítulo 7

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Relato 3 hermanos: Capítulo 7

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–  ¿Estás loco, Jon? ¡Te has puesto en peligro! ¡A los dos!

Jon miró a su hermano, dedicándole un mohín de puro disgusto.

–  ¿Podrías no usaras esa palabra?

Joe se mordió el labio, culpable. Los nervios habían hecho que olvidara lo mucho que su hermano detestaba que le llamaran “loco”, incluso de broma. Hubo un tiempo, cuando aún eran unos niños, en el que muchos cuestionaron la salud mental del rubio al negarse a hablar y por el genio tan volátil que tenía.

De hecho, en la manada casi todo el mundo andaba de puntillas a su alrededor, esperando el momento en que estallara y tratara de destrozar lo que tuviera cerca.

La realidad, sin embargo, era otra muy distinta. Jon no había hablado cuando eran pequeños porque estaba en shock por la muerte repentina de su madre. Era alguien extremadamente sensible que lo ocultaba tras una fachada de tipo violento.

Jon no estaba loco ni era inestable. Simplemente había pasado demasiado y lo manejaba a su manera. Sus padres nunca tuvieron problema para ayudarle cuando averiguaron cómo. Y ni Colby ni él necesitaron a nadie para comprender y apoyar a su hermano cuando tenía un mal día.

–  Vale… lo siento. – se disculpó. – Pero reconóceme que irte sin avisar a buscarle ha sido la cosa más estúpida que has hecho últimamente. ¡Podían haberos descubierto los de La Orden o la manada! ¡Podría haber sido una trampa!

–  No, no fue muy inteligente. Lo reconozco. – repuso, encogiéndose de hombros. Joseph suspiró, derrotado.

–  ¿Y qué pasó? ¿Qué dijo?

–  Dice que están planeando algo. Algo muy gordo. Y va a tratar de averiguar qué es.

–  ¿Te dijo que? – ambos se giraron hacia Aidan, que acababa de entrar a la habitación.

–  No… no dijo qué. No creo que lo sepa con seguridad aun.

El chico se sentó en el sofá, cerca de ellos, entregándoles una taza de café a ambos hermanos. Jon gruñó un gracias mientras Joseph le sonrió. Aidan se encontró reconociendo que aquellos dos lobos eran bastante atractivos.

Joseph, con su cabello largo, su piel tostada y tatuada y los ojos castaños y de expresión suave parecía un modelo. Y más dulce de lo que esperarías encontrar en un tipo de ese tamaño y fuerza.

Y Jon, a pesar de sus gruñidos y su aspereza, era un hombre guapo con esos rebeldes rizos rubios y los ojos celestes. Tenía, además, una faceta traviesa que dejaba escapar cuando hablaba con su hermano y resultaba de lo más encantador.

Pero, regresando a la realidad, tenían otros asuntos más importantes en ese momento que sus atractivos invitados. Como los planes secretos de La Orden, por ejemplo.

–  He recibido una llamada de Merlin, hace una hora. – comentó, llamando la atención de los otros dos, que habían empezado a discutir en susurros. – Por lo visto os conoce.

–  ¡Ah… si! Nos dio varias pistas y nos habló de lo ocurrido en Detroit y en Nueva York. ¿Qué ha dicho?

–  Lo mismo que vuestro hermano, me temo. Los rumores sobre que traman algo importante vuelan por todo el país. Pero hace unos días, los rumores tomaron más forma. Han descubierto que La Orden está creando una especie de virus mágico con el que eliminar solo a los miembros de la Comunidad mágica.

–  ¿Eso es posible? – Aidan se encogió de hombros.

–  No tengo ni idea. Se puede mezclar magia con ciencia, eso lo sé. Es la alquimia moderna. ¿Lo que ellos pretenden? Depende. Necesitarían magia muy poderosa. Hechizos muy antiguos y alguien, un verdadero hechicero para realizarlos. Esto no puede hacerlo cualquiera.

–  ¿Qué clase de libros? Tal vez podríamos rastrearlos a través de ellos. – el librero negó con la cabeza, apesadumbrado.

–  Sin saber que pretenden realmente, no puedo decírtelo. Necesitaríamos saber qué es lo que quieren hacer. Pero si consiguen crear ese “virus mágico” o lo que sea… si crean algo capaz de matar a todas las criaturas mágicas… va a ser un genocidio…

El teléfono de Aidan sonó, en la cocina, donde lo había dejado después de hablar con Merlin, haciéndoles saltar a los tres. El muchacho corrió a cogerlo y, antes de que pudiera decir nada, hizo una mueca y le pasó el aparato a Jon, quien lo miraba como si hubiera perdido un tornillo.

–  Es para ti. – le dijo, mirándoles igual de sorprendido que ellos. Jon lo cogió reticente.

–  ¿Si? – contestó ausente. Aidan observó, fascinado, como su rostro pasó de la extrañeza a la alegría y, de ahí, a la preocupación en décimas de segundo. – Allí estaremos. – Joseph le cogió de la muñeca, quitándole el teléfono de la mano y dejándolo sobre la mesa.

–  ¿Quién era? – preguntó.

–  Quiere vernos.

–  Eso es un poco sospechoso… ¿Acababa de pedirte que le des tiempo para investigar y ahora te llama para que vayas?

–  Lo sé. Ha pasado algo. – Aidan observó el intercambio.

–  ¿Qué vais a hacer?

–  Ir, obviamente. Habrá que averiguar que ha pasado. Puede que sea una trampa de La Orden.

El librero les miró, estupefacto. ¿Estaban seguros de que era una trampa e iban a ir igualmente?

–  Un momento… ¿Cómo sabía que estabais aquí?

–  ¡Es Colby! ¡Lo averigua todo! – respondieron los dos lobos, riendo.

Una hora después, los tres se encontraban en un parque esperando. Había un pequeño bosquecillo, donde podían permanecer ocultos a la vista de los paseantes.

Aidan había insistido en acompañarles, a pesar de la posibilidad de ir de cabeza a una trampa. Ninguno de los dos lobos parecía feliz con la idea de que estuviera ahí, pero pensó que no podría quedarse tranquilo hasta saber que no corrían un verdadero peligro.

Colby apareció, cuando ya llevaban esperando quince minutos, con aspecto más cansado y desastrado que el día anterior. Jon se le acercó rápidamente, lo que hizo sonreír al recién llegado.

–  ¿Estás bien? Te ves como la mierda.

–  Hombre, gracias… – rio, pasándose una mano por la cara. – Anoche, cuando regresé, les oí hablar. Decían algo de encontrar un libro de magia en un pueblo de Irlanda.

–  ¿Qué libro?

–  No lo han dicho. Solo que era magia celta. Pero nada más. – Colby bajó la mirada y vio que el rubio le tenía cogido de la mano. Sonrió sin darse cuenta. – También dijeron algo de una bomba… y de un tipo… una especie de mago monje o algo así… tenía un nombre raro… ¿Rasputín?

– Joder… – los tres lobos miraron interrogantes al librero.

–  ¿Qué? ¿Le conoces?

–  En persona no… y no voy a daros una clase de historia ahora mismo, pero digamos que es alguien muy muy poderoso.

–  ¿Alquimista? – preguntó Joseph, recordando la conversación anterior. El chico asintió.

Jon se volvió hacia Colby, apretándole más fuerte la mano.

–  Ven con nosotros. Ya no es seguro que te quedes ahí.

–  Aun puedo averiguar más.

–  No. – el tono del rubio era suplicante. – Ven.

Pero antes de que Colby pudiera negarse de nuevo un grupo numeroso de hombres les rodeó, cerrando cualquier vía de escape que existiera. Pronto, los cuatro se vieron sujetos a la fuerza y sin poder liberarse, a pesar de la resistencia que ofrecían.

Al menos, pensó Joseph, eran lobos y no hombres de La Orden. Aunque no impedía que siguieran en problemas. En graves problemas.

–  Al único sitio que vais a ir todos es al Consejo.

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¡Continuamos con los lobos! : Relato 3 hermanos: Capítulo 6

relato hermanos

3 Hermanos
hermanos

Resultó que La Orden y sus cazadores no estaban intentado esconderse demasiado.

Habían hecho caso a Aidan y, a primera hora y después de recoger el salón y guardar las mantas, se dirigieron al puerto. No tardaron mucho en encontrar alguien que, por un billete de cincuenta, les comentara sobre los tipos de negro que iban y venían con furgonetas y camiones cargados de cajas a dos naves industriales que hasta hacia poco estaban abandonadas.

Cuando por fin llegaron, pudieron comprobar que ambos edificios se encontraban rodeados una docena de guardias armados que vigilaban el perímetro. Guardias, cámaras de seguridad, alarmas de toda clase… incluso perros.

–  ¿Has visto que cantidad de armas? – preguntó Joshep, preocupado. Ambos estaban escondidos en el tejado de otro edificio, no demasiado cerca para evitar ser descubiertos. – ¿Qué cojones estarán escondiendo ahí?

–  Ni idea, pero debemos averiguarlo. Tiene que ser algo muy gordo si lo protegen tanto.

De repente, Joseph se envaró, levantando el rostro al cielo y olfateando el aire como si buscara algo.

–  Espera… ¿hueles eso?

Jon olfateó el aire, al igual que su hermano y el corazón le dio un vuelco.

Olía regaliz y tierra mojada. Una mezcla que les era muy conocida. No tardaron en ver a Colby aparecer en su rango de visión, hablando con uno de los guardias antes de dirigirse a uno de los coches aparcados en la entrada, subirse en él y salir del recinto a toda velocidad.

–  ¡Jon! ¡Espera!

Antes de que pudiera impedirlo, Jon perseguía el coche en el que iba Colby, corriendo por los callejones hasta salir del puerto. Joseph no tardó en alcanzarlo y ambos siguieron el vehículo por la ciudad.

Colby parecía estar bastante bien. Incluso, pensó Joe sin dejar de correr tras Jon, parecía estar en mejor forma que cuando vivía con ellos. Seguía siendo delgado pero estaba más fuerte y se le veía más seguro de sí mismo. Tal vez fuera porque se había dejado el cabello y la barba más poblados y le hacían parecer mayor.

Lo que le molestaba más era que no había tenido ocasión de ver bien su rostro. Deseaba poder verlo y comprobar si estaba realmente bien, si era feliz, si se sentía culpable y preguntarle por qué… por qué les había abandonado de esa manera.

Iba tan distraído pensando en eso que chocó con la espalda del otro al no darse cuenta que se había detenido.

–  ¿Qué pasa?

–  Se ha bajado del coche. – susurró Jon. – ¡Ven! – Joe se vio arrastrado por la muñeca siguiendo a su hermano sin tiempo para detenerlo.

Colby había entrado en una tienda de ropa masculina mientras su coche se alejaba calle abajo. Parecía ser que haría el resto del recorrido a pie. Lo esperaron, escondidos en una esquina y, cuando salió diez minutos después, lo arrastraron al callejón.

Colby luchó ciegamente, llegando a golpearles varias veces pero se detuvo bruscamente cuando consiguió ver quiénes eran sus atacantes.

Su hermano pequeño se mostró sorprendido de verlos, aunque no asustado. Un poco en shock.

–  ¿Qué… que hacéis aquí? – preguntó, zafándose del agarre. – ¿Estáis locos? ¡Si os ven, os mataran!

–  ¡Ah! ¿Pero eso no era lo que querías la última vez que nos vimos, Col? – repuso con tono acido Jon. El pequeño palideció, como si recordar lo que había hecho le pusiera enfermo.

–  No… yo no… no era… – tartamudeó. – ¡Debéis iros! ¡Nos van a ver! ¡No pueden vernos juntos!

–  No hasta que nos des una explicación.

–  Colby, vas a venir con nosotros. A casa. – Jon no estaba por la labor de ser sutil. Colby tuvo que librarse nuevamente de su agarre, ya que había empezado a tirar de él hacia la calle.

–  ¡Ni de coña! ¿Estás loco? ¡Ya os podéis estar largando por donde habéis venido! No voy a ninguna parte con vosotros. No os he pedido que vengáis a buscarme.

–  ¡Eres un crío desagradecido! ¡Aquí van a matarte!

–  ¡No he pedido que vengas a salvarme, Jon!

El coche en el que había llegado Colby volvió a aparcar frente a la tienda de ropa. Al parecer solo se habían alejado porque no tenían donde parar a esperar. El conductor se bajó y entró en la tienda, presumiblemente buscando al pequeño. Los tres miraron preocupados hacia el local. En cualquier momento, el conductor saldría y les vería ahí.

–  ¡Vais a conseguir que nos maten a los tres! ¡Debéis largaros!

Lamentablemente, Colby tenía razón. Si el tipo los descubría, la cosa no iba a acabar bien para ninguno y el pequeño parecía preocupado de veras. Tal vez por su propio pellejo.

Aun así, no era el momento para arriesgarse. Joe agarró a Jon del brazo y tiró de él, intentando llevárselo de ahí aunque este se resistía a moverse.

–  Jon, por favor. – suplicó Colby, en un susurro desesperado.

Solo entonces el otro permitió que le llevaran de ahí.

No hablaron apenas mientras regresaban a la librería. Joseph no sabía que pensar de lo que había ocurrido. Estaba muy confundido.

Esperaba encontrar al Colby que les atacó. Pero el Colby que se encontró fue a su hermano pequeño, asustado por ser descubierto y temiendo por su vida. Tenían que sacarlo de ahí.

Deseaba hacerle pagar por el daño que les había causado. Darle un par de puñetazos para estar a mano.

Pero no pudo. Al igual que Jon, lo único que pasó por su cabeza mientras estaban en ese callejón era coger a sus hermanos y sacarlos de ahí lo más rápido posible, bien lejos de La Orden y todo aquel que quisiera hacerles daño.

También estaba preocupado por Jon. La traición de Colby no había hecho desaparecer el lazo que les unía antes de todo eso. El pequeño todavía tenía el mismo efecto sobre el otro y Jon aún seguía queriéndole igual.

Lo había podido ver en sus ojos.

–  Deberíamos mantenernos alejados de él por ahora… parecía realmente asustado de que nos fueran a atrapar. – sugirió, cuando llegaron al apartamento de Aidan.

El chico les había dejado dormir ahí una noche más, preocupado por ellos y por el silencio obstinado de su hermano. No había dicho una palabra desde que dejaran al otro atrás.

Jon asintió y le dio la espalda para disponerse a dormir.

Cuando Joseph se durmió al fin, todavía preocupado, Jon se levantó lo más silenciosamente posible y se escabulló del piso sin que nadie lo notara. No sabía cómo ni por qué pero debía volver al callejón donde había visto a Colby ese día.

Cuando llegó y le vio, el alivio que sintió fue tan grande que necesitó un segundo para recuperar el aliento. El pequeño parecía feliz de verle también. Se acercó a él en dos grandes zancadas y lo abrazó tan fuerte que le sacó todo el aire.

–  ¿Por qué has vuelto? – preguntó Colby, sin dejar de abrazarle.

–  ¿Por qué lo has hecho tú?

Y, como pasara antes, Jon vio todo su resentimiento desaparecer. Siempre había sentido un gran amor por sus hermanos. Podía ser que no estuvieran relacionados realmente, ya que no compartían sangre, pero eran su familia y les quería.

Pero siempre fue más especial con Colby. Jon se dejaría matar por Joseph sin dudarlo. Pero mataría por el pequeño. Y sabía que era correspondido.

Por eso había sido tan dolorosa su traición.

–  Sabía que ibas a estar aquí. No sé porque, pero lo sabía.

–  Yo también. – Jon se separó, a regañadientes, poniendo las manos en los hombros del otro y mirándole fijamente con sus ojos celestes. – Tienes que venir con nosotros, Col. Déjales antes de que te maten. Ven conmigo… – terminó, cogiéndole de las manos.

Colby bajó la mirada a sus manos unidas y suspiró, triste.

–  No puedo… – susurró, con la voz rota. – Sé que no vas a creerme, pero lo siento… siento mucho lo que te hice… lo que os hice. No sabes cuánto llevo arrepintiéndome…

–  ¡Entonces vuelve! Mama y papa te echan de menos. ¡Yo te echo de menos! – Colby negó con la cabeza, intentando separarse pero Jon no se lo permitió.

–  Estos están organizando algo muy gordo, J. Muy muy muy gordo. Y estoy muy cerca de averiguar qué, cómo y dónde… tengo que quedarme. Es lo mínimo que puedo hacer para compensar mi traición a la manada. No puedo volver sin arreglar lo que hice.

Jon le cogió bruscamente del rostro, acercándole. Cerró los ojos y juntó sus frentes, sintiendo impotencia por no poder sacar a su hermano de ese avispero en el que estaba metido. Si Colby deseaba enmendar su error, debía dejarle. Era demasiado cabezota como para hacerle cambiar de idea.

Abrió los ojos de nuevo al sentir una caricia en su mejilla.

–  Pronto… cuando averigüe que es lo que traman y pueda redimirme, venid a buscarme. Sé que me vas a encontrar.


 

¡Y hasta aquí el capítulo de esta semana!

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¡Seguimos con los lobos! ¡Nuevo capítulo del relato! : ¡A leer! Relato 3 hermanos: Capítulo 5.

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relato 3 hermanos

Relato 3 hermanos: Capítulo 5.

–  Vuestro hermano se ha metido en un buen avispero. – suspiró Aidan, después de escuchar toda la historia.

–  Dinos algo que no sepamos…

Joe soltó una risa por lo bajo al oír el refunfuño malhumorado de su hermano. Se encontraban los tres en el apartamento del librero, que se situaba en el piso superior a la tienda.

Aidan había cerrado temprano la tienda, como les dijera que haría, y les acompañó a su apartamento, donde los lobos le explicaron con más detalle su historia. Con algo de reticencia, ambos le contaron cómo su hermano pequeño se había distanciado de ellos sin que lo notaran y cómo fue aprovechado por alguien de la organización, manipulándole hasta conseguir que traicionara a la manada y a su familia.

El librero podía ver que aquella traición les había resultado dolorosa.

–  Lo que yo me pregunto es… ¿para qué lo quieren? – el librero soltó la pregunta al aire, mientras limpiaba los platos que habían usado para cenar. Joseph había recogido las latas vacías y las colocó en la basura. – Es solo un lobo sin ninguna influencia, ¿verdad? Y un lobo joven… no tiene sentido.

–  Pienso que tenían otra idea en mente, pero no contaban con lo neurótico que puede ser Colby. – Jon rio, murmurando “neurótico se queda corto” mientras se terminaba la última cerveza. – Nuestro hermano siempre ha sido muy cuadriculado, paranoico… No lleva bien los cambios o la presión. Es algo que le pasa desde pequeño. Ellos debían querer que se quedara en la manada, influyendo a nuestro padre o, tal vez, robando información sobre la manada. Pero no les salió como esperaban.

El chico pareció considerar sus palabras, terminando de secar y colocar el último plato en el fregadero. Tenía más sentido que pensaran usar a un lobo joven para recopilar información, tal vez no solo de la manada. Siendo uno de los hijos adoptivos del Alfa, los chicos tenían acceso a reuniones importantes de la comunidad. Eso era información de lo más atractiva para La Orden. Debían estar bastante decepcionados de que el asunto no saliera bien.

–  Y ahora está siendo usado… No va a acabar bien, lo sabéis, ¿verdad? – Jon se estremeció. Fue algo muy sutil pero Aidan lo vio. – ¿Cómo supisteis en qué andaba?

–  Un tipo llamado Andrews se puso en contacto con nosotros en Alaska, donde estábamos recuperándonos de un ataque. – la cara del librero se iluminó.

–  ¿Charles? ¿Sigue vivo?

–  Vivo y dando vueltas por el país ayudando a la Comunidad contra La Orden.

Aidan se sentía realmente aliviado y feliz de escuchar la noticia. Su cuerpo se relajó visiblemente, recostándose en el sillón, sonriendo.

–  Imagino que le conoces.

–  Es un amigo. Un buen amigo. Lamenté mucho cuando decidió unirse a La Orden, pero pensó que así podría aprender más para defenderse de lo sobrenatural. – el chico se encogió de hombros. – No fui capaz de decirle lo que realmente hacían ni lo que yo era. Le perdí la pista pocos meses después. Estaba preocupado.

–  ¿Cómo acabó sabiendo sobre la Comunidad? Tiene algo de mágico pero casi es inexistente. No creo que sepa nada, así que… ¿Cómo se enteró?

–  El demonio que atacó en la ciudad hace un año. Él fue el detective que se enfrentó a Jack. – los hermanos intercambiaron una mirada.

–  Aquello fue cosa de La Orden, por lo que escuchamos después.

–  En ese momento no lo sabíamos. Yo lo descubrí meses después, por pura casualidad. No pude decírselo porque tuvo que huir de la ciudad, acusado por los crímenes de Jack. – Aidan suspiró, levantándose para abrir un armario en el salón y sacar un montón de mantas de su interior. – Por un lado, estar con la organización le salvó de la cárcel. Por otro… Me alegro de que viera la verdad antes de que fuera tarde, pero no creo que sea consciente de la clase de enemigo que se ha creado.

El chico les entregó las mantas a los lobos. Los tres estaban cansados y el día había sido muy largo pero la conversación aún no estaba terminada. Volvió a sentarse en el sillón.

–  La Orden lleva siglos… incluso me atrevería a decir milenios, funcionando. A veces, más en la luz, otras más en la sombra… siempre han estado ahí. Los Templarios, los Masones, los gobiernos de los principales países del mundo… Lo mismo puedes encontrar uno en la comisaria como en el ayuntamiento. Siempre se han escondido entre la sociedad. Al igual que nosotros. Pero ellos no buscan vivir en paz. Buscan destruirnos.

–  Pero nunca habían intentado tanto y tan descaradamente. – añadió Jon. – Los últimos ataques han sido muy descuidados.

–  Saben que no corren peligro. – rio Aidan. – Los humanos no van a creer nada de esto aunque lo vieran con sus propios ojos. Vivimos en una era de lógica y ciencia, no supersticiones. Da igual lo reales que seamos. Pero planean algo gordo, solo que no sabemos qué. Y eso puede ser muy peligroso. ¿Todo lo que hemos visto hasta ahora? Nada comparado con lo que va a venir, estoy seguro. – Jon se levantó bruscamente, casi tirando la mesita que había delante del sofá.

–  ¡Exactamente! Por eso es importante que los encontremos. ¿Dónde se esconden en la ciudad?

Aidan sopesó la pregunta durante un minuto. El lobo parecía cada vez más impaciente y, realmente, daba un poco de miedo. Si no estuviera tan acostumbrado por Zack, le habría intimidado cuando le gruñó en la tienda. Pero eso no funcionaba con él. Conocía de sobra las normas entre los lobos y lo mucho que las respetaban. Atacar a alguien sin provocación no era algo que hicieran.

Regresando su mente a la pregunta, no era nada fácil de responder. La ciudad era grande y tenía muchos buenos escondites. Demasiadas fabricas cerradas y en desuso, naves industriales…

–  Aquí tienen mucho donde esconderse. La zona de los lobos y los vampiros es muy amplia pero aún quedan muchos escondites disponibles. Está la zona del puerto. Es un sitio más ocupado por humanos que de los nuestros, salvo un pequeño grupo de sirenas y poco más. Es un lugar con bastantes naves industriales y fábricas abandonadas. Si tuviera que escoger un sitio, diría ese. Además, está rodeado de hierro y acero.

Los dos hermanos intercambiaron una mirada. El hierro y el acero lo hacían inhabitable para cualquier raza mágica que obtuviera sus poderes de la naturaleza, como los elfos o las hadas. También repelía al resto.

–  Es un buen sitio para empezar como otro cualquiera. Gracias.

–  No me las des. Seguramente acabareis metidos en un lio peor que el de vuestro hermano.

–  No te preocupes. Somos expertos en salir de líos. – rio Joseph. – Deberíamos echar un vistazo esta noche.

–  Podéis empezar con los líos mañana. – repuso Aidan, intentado evitar que se fueran. – Tenéis pinta de no haber descansado mucho. ¿Por qué no dormís algo esta noche y mañana seguís con vuestros asuntos?

–  No queremos molestar…

–  No lo hacéis y ya os he dado las mantas. Quedaros, por favor.

Algo más tarde, con la casa a oscuras y su anfitrión durmiendo en su dormitorio, los dos hermanos se acomodaban como podían en los dos sillones del salón. No eran lo suficientemente grandes para dos hombres de su tamaño pero seguían siendo mejor que dormir en el suelo o en el coche, como habían tenido que hacer días anteriores. Aidan les había dado almohadas así que estaban cómodos.

–  ¿Crees que lo sabe? – la voz de Jon rompió el silencio en la habitación. Ambos seguían despiertos, a pesar del cansancio, demasiado preocupados para poder conciliar el sueño.

–  ¿El qué y quién?

–  El chico… el guardián. ¿Crees que sabe que está marcado? – Joseph miró a su hermano en la oscuridad. Los ojos celestes del otro brillaban.

Él también había olido la marca. Era un olor específico e inconfundible que desprendían los que eran parejas de un lobo. No era habitual que uno de los suyos se emparejara con alguien de otra especie pero tampoco imposible.

Pero en ese caso en concreto… resultaba un poco raro.

–  No lo sé. No huele a lobo en la casa. Y en él tampoco. Quien fuera, tuvo que ser hace tiempo. – Jon se incorporó, quedando sentado en el sillón.

–  Pero está marcado. ¿Cómo pudo su pareja dejarle? ¿O permitir que se fuera?

–  No tengo idea, Jon. Nosotros jamás haríamos algo así pero…

–  ¿Y si no lo sabe?

–  Tiene relación con la manada… bastante cercana, por lo que hemos visto. ¿Crees que podrían marcarlo y que no se enterara? – el otro sonrió, pícaro.

–  Podría haber sido sin querer… en un calentón. Ha pasado.

–  No es asunto nuestro. No creo que debamos preguntarle. Deberíamos centrarnos en mañana y en recuperar a Colby para que podamos volver a casa.

–  Está bien…

Pero Joseph sabía que eso no había sido el fin de esa conversación. Jon no iba a dejar el tema tan fácilmente. Bueno… mientras lo hiciera cuando ya hubieran recuperado a Colby y vuelto a casa, a él no le importaba.

 


 

El Charles del que hablan es, obviamente, Charles Andrews de Jack T.R., el otro prota. Puedes conseguir su relato con La Orden en Lektu por un tuit.

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Y continuamos por dónde lo dejamos... : Capítulo 3: Relato 3 hermanos

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Joseph miró a través de la ventana, suspirando cansado.

Estaban en otro motel, a las afueras de Chicago, tras más de doce horas en coche. Le dolía todo el cuerpo. Había sido un viaje infernal, pero no hubo manera de convencer a Jon de que se lo tomaran con más calma.

Al menos, pensó mientras intentaba no dormirse en la silla, su hermano tuvo piedad de él y paró para hacer noche cerca de Toledo. Claro que hubiera sido más rápido y fácil aceptar los billetes de avión que les ofreció el tipo de Kamelot, pero no les pareció aceptar algo tan caro de alguien a quien no conocían.

Además, Jon detestaba volar.

No era que le diera miedo, simplemente, no le gustaba. Sus oídos eran muy sensibles y el cambio de presión resultaba muy doloroso para cualquier lobo. A Jon parecía afectarle más, por alguna razón.

La única vez que Jon cogió un avión, para asistir a un evento del Consejo en otra ciudad y por insistencia de su padre, casi se volvió loco del dolor. Solo Colby fue capaz de calmarlo y Joseph no sabía si él tendría tanta suerte.

Era muy consciente de la relación especial que tenían sus dos hermanos pequeños. Jon sentía un amor muy especial por Colby. Era su punto débil. Era así desde el primer día en aquel hospital, al quedarse huérfanos los tres. Fue algo instantáneo que había ido creciendo con los años.

Era por eso que su hermano se culpaba por no ver a tiempo lo que ocurría con el pequeño.

También sabía también que la traición del pequeño había herido más a Jon, a causa de lo que este sentía por Colby. Puede que les hubiera traicionado a los dos, pero rompió el corazón de Jon en más pedazos.

Un dolor intenso en el brazo le hizo regresar a la realidad. Su hermano le había dado un puñetazo. Joe gruñó, dirigiéndole una mirada de enfado.

–  ¿A qué cojones viene eso?

–  Llevo cinco minutos preguntándote si quieres una cerveza. ¿Dónde estabas? – le preguntó, pasándole una lata de cerveza.

El cansancio estaba haciendo más mella en él de lo que pensaba, si había estado tan abstraído. Vio a su hermano sentándose en su cama, mientras se bebía su cerveza.

–  En ninguna parte. – suspiró. – Solo pensando en qué vamos a hacer cuando lleguemos a Chicago. ¿Por dónde deberíamos empezar?

–  El mago mencionó la zona neutral de la ciudad. Y que el dueño había tenido tratos con Andrews y La Orden. Tal vez pueda darnos alguna pista sobre dónde buscar.

Joseph asintió. No tenían más opciones.

–  Mejor que ir directamente a la manada. – Jon soltó una risita, tirándole la almohada.

–  ¡Y más seguro! Habrá que tener cuidado de no cruzarse con nadie. Allí tienen un territorio más amplio y no conocemos los límites. – el mayor asintió, lanzando de vuelta la almohada.

–  Compartido con los vampiros. Recuerdo que lo comentó papa en una ocasión, en el Consejo.

La animosidad entre vampiros y lobos era milenaria. La tregua llegó un par de siglos atrás, con ambos bandos diezmados por sus guerras internas, las batallas con otras razas y el acoso de los humanos. Fue entonces cuando se reunieron y decidieron no atacarse, firmando una alianza histórica. Desde entonces, ambos bandos solían compartir las ciudades, manteniendo unas normas de convivencia que exigían no traspasar los límites establecidos sin autorización y solo en casos muy especiales.

Todo vampiro o lobo que visitara la ciudad debía presentarse ante los Alfas para evitar traspasar fronteras por error.

Chicago era una de las ciudades con la población más alta de lobos y vampiros. Sorprendentemente, también era la que menos problemas de territorio tenia, lo que era casi un milagro. Las otras cuatro ciudades que existieron con ambos bandos conviviendo, fueron un completo fracaso.

Nadie comprendía que era lo que hacía a Chicago tan especial para que funcionara la tregua.

–  Iremos directamente a la zona neutral y le preguntaremos por las fronteras, para no meter la pata. Y recuerda, Jon… nada de asustar al guardián. – su hermano lo miró a medio camino entre ofendido y divertido por la advertencia. – Necesitamos su ayuda. Intenta comportarte.

–  ¿Qué? ¡Yo no voy asustando a la gente por que sí! – ante la expresión de incredulidad del otro, Jon bufó. – ¡No lo hago!

–  Perdona, pero si, lo haces. Y lo haces porque eres un crio y te parece divertido, pero esta vez no. No gruñas, no grites, no te muestres violento y no enseñes los colmillos. Necesitamos la ayuda del guardián.

Jon volvió a bufar, apagando la luz del dormitorio. Joseph simplemente rio por lo bajo.

–  ¡Aguafiestas! – le escuchó protestar.

–  Ya, ya… ve a dormir. Mañana hay que salir temprano ya que no conocemos la ciudad y hay que buscar la zona neutral.

Un camión pasó cerca del motel, haciendo temblar ligeramente los cristales de la ventana y Joseph escuchó a su hermano moverse en la cama.

–  ¿Crees que nos ayudará?

–  No lo sé. Eso espero. Las zonas neutrales se crearon para asistir y pedir consejo. Esperemos que el guardián de esta sea comprensivo con nuestra situación.

–  Y si no, le muerdo. – Joseph no pudo contener la carcajada.

–  Y si no, le muerdes. De acuerdo.

 


 

La próxima semana, los que ya hayan leído Jack T.R. disfrutarán del cameo de su protagonista. Y los que no… ¡estáis tardando! ¡Ven y sigue las aventuras de mis hermanos lobo por mi universo!

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¡Seguimos con los lobos!: Capítulo 2: Relato 3 hermanos

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Capítulo 2.

La Torre Kamelot era uno de los edificios más altos de la ciudad de Nueva York, situado en el Bajo Manhattan, en el centro de los negocios.

Una enorme estructura de metal y cristal, sobrio e imponente que parecía presidir el distrito financiero ya que destacaba entre los demás.

Y en ese mar de trajes oscuros y maletines, los dos hermanos resaltaban como los lobos que eran en un redil lleno de ovejas. Su aspecto resultaba demasiado llamativo al estar rodeados de tanto yupi trajeado.

Los dos iban vestidos como siempre. Joseph con sus pantalones de estilo militar y camiseta negra sin mangas, a pesar de que el tiempo era más bien fresco. Pero los lobos no sentían el frio igual que los humanos y a él le gustaba mostrar el tatuaje que cubría todo su brazo derecho.

Jon llevaba sus vaqueros rotos, camiseta blanca, botas y la cazadora de cuero negro que le ganó a las cartas a un motero, en un bar de mala muerte en Ohio. Para variar, no se había peinado y su cabello estaba hecho un desastre. No que a él le importara…

Pero las miradas sospechosas les siguieron al acercarse a la Torre y entrar.

En recepción una hermosa mujer les informó, con pocas palabras y tono nada cordial, que nadie podía atenderles. Cualquier persona debía pedir cita con, al menos, un mes de antelación.

Eso enfadó mucho a Jon, quien no soportaba a la gente que se creía por encima de los demás. Intercambió una mirada con su hermano, que parecía suplicarle en silencio que no formara un escándalo.

Obviamente, eso fue exactamente lo que hizo. Un segundo después de que la mujer, educadamente, les mandara a paseo empezó a gritar, asustándola tanto que acabó llamando a seguridad.

Al menos así había acudido alguien a recibirles.

–  ¿No habíamos acordado que íbamos a ser discretos? – preguntó Joseph al verse rodeados por un mini ejercito de hombres vestidos con trajes negros y el logo de la empresa en el bolsillo de la chaqueta.

Debían pertenecer la seguridad privada de la empresa.

–  ¿Cuándo? – los hombres sacaron porras extensibles al comprobar que no retrocedían. Todos eran tipos grandes y fuertes. Posiblemente, militares. Era la norma en las empresas privadas.

–  ¡Antes de salir del motel!

Los hombres eran buenos y presentaron una buena pelea pero no pudieron contra los dos lobos. Cuando ya los tenían a todos en el suelo, la campanita del ascensor sonó y de su interior salió otro hombre.

Este no pertenecía a seguridad, eso estaba claro. Ni su físico ni su porte eran como los de los otros. Este vestía un traje de tres piezas gris ceniza con camisa blanca y corbata burdeos. Era un hombre joven aunque el cabello totalmente cubierto de canas le hacía parecer mayor.

Además, no era humano. La magia chisporroteaba y le rodeaba como un escudo.

El hombre dirigió sus ojos azules a la pareja y les sonrió, haciendo un gesto a los de seguridad para que se retiraran. Estos parecían reticentes a obedecer, pero se marcharon.

–  ¿Qué puedo hacer por dos lobos a los que no conozco? No pertenecéis a la manada de la ciudad.

Ambos se sorprendieron. No era fácil, incluso entre la gente de la Comunidad, reconocer la raza de un solo vistazo. El hecho de que ese joven lo hiciera demostraba que era muy poderoso. Y, también, que habían acertado al venir.

Jon dejó que su hermano tomara la palabra. Era el más diplomático de los dos y conseguiría más que él.

–  Soy Joseph y este es Jonathan. – les presentó. El hombre les saludó con un gesto. -Queremos que nos ayudes a detener a nuestro hermano.

El joven arqueó una ceja, visiblemente intrigado.

– ¿Por qué? ¿Qué es lo que está haciendo para necesitar ser detenido?

– Trabajar con La Orden. – el hombre silbó, componiendo una expresión preocupada.

–  Vamos a hablar a otra parte. Por favor, seguidme.

Los tres se dirigieron hacia los ascensores, entrando en el primero que se abrió. Jon observó como el otro pulsaba el botón de la planta treintaisiete.

–  Eso no es habitual… lo de vuestro hermano, me refiero. Y nada bueno para la Comunidad. Aunque, me temo, que no es el único del que tenemos noticias.

Ahora fue el turno de los hermanos de lucir preocupados. ¿Existían más lobos trabajando para La Orden? ¿Cuántos? ¿A qué otras manadas habían conseguido influir?

Al llegar el ascensor a la planta, el hombre les hizo un gesto para que les siguiera y comenzaron a andar pasillo abajo. Los lobos intercambiaron una mirada al ver el lujo que les rodeaba.

–  ¿Cuántos más? – preguntó Joseph.

–  No estamos seguros. Sabemos de un caso más, que fue solucionado hace poco con ayuda de nuestra gente. Un renegado que fue expulsado de la manada de Chicago y buscaba venganza. También descubrimos que están usando hellhounds.

–  Tienen demonios a su servicio. – gruñó Jon, apretando los puños. ¡Odiaba a los demonios! En su viaje persiguiendo a Colby habían cruzado caminos con muchísima gente. También con algún demonio. No existían criaturas más desagradables y malvadas que los demonios.

Joe le intentó tranquilizar, poniendo su mano en el hombro.

–  O demonios o hechiceros poderosos. – el hombre ignoró la reacción de Jon y siguió andando. – Lo que sea no pinta bien para nadie. Vuestro hermano está en un avispero. Estos no dudan en usar a los suyos como cabezas de turco para conseguir sus planes. – Jon se estremeció. – Y ya sabemos lo que valen las vidas de los no humanos para ellos.

Finalmente, se detuvieron frente a una puerta de madera oscura labrada. Un enorme árbol de la vida estaba gravado en la superficie. Al abrir la puerta, descubrieron una habitación amplia que resultó ser una enorme biblioteca. Era tan grande que había varias decenas de librerías, sofás y un muy surtido mueble bar. Todo muy lujoso. A Jon casi le dio vergüenza pisar esas alfombras, que parecían valer una fortuna, con sus botas sucias. Al mirar a su hermano notó que debía pensar parecido, ya que se mantenía alejado de cualquier cosa temiendo romper algo valioso.

En el interior había otro hombre, más joven, casi un muchacho, con el cabello corto y oscuro vestido también con traje. Estaba sentado en uno de los sillones, con un libro en las manos y su teléfono móvil apoyado en la pierna derecha. La magia en él no era tan poderosa como en el primero, pero también le rodeaba, como protegiéndole.

–  Arthur, estos son Joseph y Jonathan, lobos. – les presentó. El joven se levantó rápidamente y se acercó para saludarles. – Han venido a porque su hermano está con La Orden. Señores, este es Arthur P. Drake, dueño de Kamelot. Y yo soy Joss Merlin, su asistente.

–  Y mago. – matizó Jon, sin acercarse para estrechar su mano como su hermano estaba haciendo. No era nada personal, simplemente, no se fiaba de nadie. Menos si ese alguien tenía tal poder.

Merlin pareció gratamente sorprendido, ya que le sonrió divertido.

–  Y mago, sí. Buen olfato. No todos los lobos pueden oler magia. ¿A qué manada habéis dicho que pertenecéis?

–  No lo hemos dicho. Y preferimos no decirlo. – la respuesta sorprendió a los otros dos y Joseph intentó explicarse. – La manada no aprueba que saliéramos a buscar a nuestro hermano.

–  Está bien.

Arthur, quien había permanecido junto al sillón durante la conversación, se acercó un par de pasos pero se detuvo al oír el gruñido de advertencia de uno de los lobos y notar que se ponían  a la defensiva.

Levantó las manos en son de paz y se colocó junto a su ayudante.

–  Tengo una curiosidad. ¿Cómo acabó vuestro hermano con La Orden? – preguntó. – ¿Cómo lo convencieron?

–  No estamos seguros pero imaginamos que se aprovecharon sus inseguridades. – respondió Jon, con tono amargo. – Siempre ha sido un estúpido.

–  Entonces está con ellos por decisión propia. ¿Cómo vais a convencerlo para que los deje? Lo tenéis bastante difícil.

–  Sabemos que quiere salir.

Arthur y Merlin intercambiaron una mirada, cada vez más desconcertados con el asunto. Los lobos habían acudido ahí porque no tenían pistas para encontrar a su hermano y La Orden. Pero si sabían que quería salir…

–  ¿Cómo sabéis eso? ¿Habéis hablado con él?

–  Un ex cazador llamado Andrews. Al parecer, La Orden envió a Colby para acabar con él. En vez de obedecer, le dejó en un hospital con nuestra localización y el recado de que estaba bien.

El mago les miró, sorprendido.

–  Eso no es mucho.

–  Si no quisiera que fuéramos a buscarle, le habría dejado en el hospital y ya. No habría enviado ningún mensaje. Conocemos a nuestro hermano. Pero el ex cazador no pudo decirnos dónde buscar. La única localización que supo darnos fue esta ciudad.

Arthur y Merlin intercambiaron una mirada antes de volver a hablar.

–  Conocemos a Andrews. Estuvo aquí para ayudarnos con La Orden para evitar que se hicieran con un berserker y también nos echó una mano con el hellhound en Detroit.

–  El tío está en todas partes… – murmuró Arthur, haciendo reír a los otros tres.

Arthur se sentó en un sillón, pensativo mientras observaba a los dos lobos. Parecían tan fuera de lugar en esa habitación. Cualquiera que no supiera lo que eran realmente, pensaría que veía a dos hombres, algo desastrados, de apariencia ruda, demasiado grandes y toscos para estar cómodos en un sitio lleno de lujos.

Pero había algo animal en su postura, en su forma de moverse… podía ver a los depredadores que realmente eran.

El que parecía mayor y hablaba más, Joseph, sacó una gomilla del bolsillo de sus pantalones y se recogió su largo cabello negro en un pequeño moño sin dejar de susurrar algo a su hermano. El otro no dejaba de mover la pierna y morderse la uña del pulgar. Parecían estar discutiendo.

–  Sabéis que será muy difícil que pueda salir de ahí con vida. Nadie deja La Orden.

–  Lo sabemos. Vamos a intentar sacarlo pero necesitamos saber dónde está exactamente.

–  ¿Y luego? – los dos lobos miraron interrogantes a Arthur, que era quien había hecho la pregunta. Este intentó no sentirse intimidado por ellos pero estaba fracasando estrepitosamente. – Quiero decir… Os traicionó… imagino que vuestra manada tendrá algo que decir al respecto.

–  Esto es cosa de familia. Si nuestro padre, como Alfa, cree que debe castigarlo, así será. Pero dudo que nuestra madre lo permitiera.

–  Eso sí… – añadió Jon, crujiéndose los nudillos. – De camino a casa va a recibir de lo lindo.

Merlin se encogió de hombros, casi riendo al ver la expresión de estupefacción de Arthur por las respuestas.

–  Siempre me ha parecido fascinante la forma en que las manadas dirigen sus asuntos. Pero la respeto. Aun así, la situación de vuestro hermano es realmente delicada. ¿Qué tenéis pensado?

–  Aun nada. Le perdimos la pista aquí.

–  En eso no creo que podamos ayudaros pero si podemos daros todo lo que tenemos de La Orden.

Casi dos horas después, los lobos salían de la Torre con más información y más dudas. Habían escuchado con atención todo el relato sobre lo ocurrido recientemente en la ciudad, con La Orden y el nigromante. También lo acontecido en Detroit y el hellhound y la implicación de otro lobo para cubrir su rastro. Por todo lo contado y descrito estaban casi seguros de que Colby no había estado ahí… o no a la vista, al menos.

Lo cual no les ayudaba realmente con el paradero de su hermano.

–  ¿Qué sacamos de todo esto? – preguntó Joseph, cuando hubieron regresado al motel.

Jon le observó coger un par de cervezas de la nevera y le agradeció cuando le entregó una de ellas.

–  ¿Además de que me está dando la impresión de que esto nos viene grande? No mucho. No sabemos cuál es su siguiente objetivo. Ni donde están, ni donde se esconde su base… la dirección que nos dio el cazador estaba vacía. Probablemente, evacuaron el lugar temiendo que alguien hubiera sido informado. – gruñó, dando un sorbo a su cerveza. El otro lo imitó. Seguía pensativo y no tan frustrado como Jon se sentía.

¿Por qué?

–  Pero si tenemos una pista…

–  ¿Cuál?

–  De todo lo que nos han contado, hay algo que se repite. El demonio, el lobo traidor, el cazador… de alguna manera, todo parece estar conectado a Chicago.

– ¿Crees que tienen ahí la base?

– No tengo ni idea. Pero me resulta sospechoso que se repita tantas veces el nombre en dos casos totalmente diferentes. – el rubio terminó su cerveza y aplastó la lata en su mano antes de lanzarla a la papelera.

Su hermano tenía razón. Era demasiada casualidad. Y no tenían más pistas.

–  Está bien… Descansamos un día más y salimos hacia Chicago. Tal vez tengamos suerte y podamos rastrearle ahí.

Jonathan se dejó caer en su cama, cansado. Aun no se habían recuperado y el día había resultado especialmente largo. No tardó en notar el peso de su hermano tumbándose a su lado. La cama, aunque grande, resultaba estrecha para dos hombres de su tamaño, pero no iba a ser el quien le dijera a su hermano que se fuera a su propia cama. Si Joseph estaba ahí, era porque necesitaba consuelo.

Y, ¡que demonios! Él mismo también estaba necesitando un abrazo.

Se giró, quedando cara a cara con el otro y se dejó abrazar, apoyando la barbilla en el hombro del mayor.

–  Vamos a encontrarle…

–  Sigo pensando que fue mi culpa… – murmuró Jon. – No debí molestarle tanto.

–  Fueron sus propias decisiones las que le llevaron ahí, Jon. Pudo hablar, discutir, pelear… decidió huir. No es tu culpa. Y vamos a encontrarlo para que puedas comprobarlo.

 


 

Lo prometido es deuda y aquí tenéis el segundo capítulo del relato. ¡La semana que viene más!

Lee el capítulo 1 aquí.

¿No sabes quienes son Arthur y Merlin? ¡Lee Kamelot 2.0 y enterate!