Rugidos del corazón: Capítulo 9.

La moto chirrió al derrapar en el aparcamiento mientras se detenía junto a aquel bar de carretera en las afueras de Hurricane, Utah.

En mitad de ninguna parte, para ser más exactos.

Se había detenido porque necesitaba descansar un poco y tomar algo fresco antes de que el calor y las horas de conducción le hicieran tener un accidente.

Tal vez, pensó mientras entraba al bar y le llegaba el olor a carne asada, incluso podía comer algo.

El bar era el típico bar de carretera en el que solo se detenían moteros y camioneros, clientela siempre de paso y poco recomendable. Y esos eran los sitios con mejores comidas.

Se sentó en una mesa apartada del bullicio que había cerca de la máquina de discos y la de dardos y se dedicó a observar el lugar tras haber hecho su pedido.

Justo en el otro extremo, había un grupo de motoristas ruidosos que bebían y hacían jaleo mientras jugaban a los dardos. Debian pertenecer a una banda, ya que todos llevaban la misma serpiente en la espalda de sus chaquetas o chalecos de cuero.

Nada fuera de lo común.

Algo más allá, dos tipos grandes comían en silencio apoyados en la barra. Eran hombres musculosos, pero de actitud tranquila. Probablemente, camioneros que habían parado a comer y descansar, como él.

Y algo más alejado de los dos grupos y medio escondido entre las sombras del local había un chico joven sentado solo en una mesa. No tenía ningún plato con comida frente a él, solo un vaso de agua y miraba constantemente sobre su hombro, como si esperara a alguien.

Kenny arqueó una ceja, intrigado. El chico parecía fuera de lugar allí, demasiado joven, con el cabello rubio oscuro y largo recogido en una cola baja medio oculta por una gorra gris. Tenía la piel clara y unos bonitos ojos azules que miraban nerviosos alrededor.

  • Aquí tiene. – una profunda voz masculina y el plato de comida que apareció frente a él le sacaron de sus pensamientos. Pero antes de que tuviera tiempo de mirar, el chico que le había traído la comida se había dado la vuelta, alejándose a paso ligero hacia la mesa del misterioso joven.

Kenny solo lo pudo ver de espaldas. Alto, aunque no tanto como él, buen cuerpo, hombros anchos y cintura estrecha, con el cabello oscuro recogido en un moño y andares decididos. Kenny miró con algo más que curiosidad las anchas espaldas y los brazos fuertes.

Lo vio acercarse al otro joven e inclinarse para comprobar que estaba bien. Incluso llegó a ponerle la mano en la frente. El otro le apartó la mano, mascullando algo y el del cabello oscuro se marchó, dejándole solo.

Así que era a ese a quien estaba esperando.

Kenny empezó a comer, olvidándose temporalmente de los misteriosos chicos y disfrutando de las costillas que había encargado. Estaban deliciosas.

Cuando ya casi había acabado con ellas y terminaba su refresco, empezó a escuchar un gran jaleo.

Fue una cosa gradual, empezando por solo las risas y las voces de los motoristas mezclándose con la música y el ruido de la televisión y acabó con gritos y una voz más joven en medio pidiendo ayuda.

Kenny alzó la mirada y comprobó que uno de los motoristas, un tipo enorme con barba cana y rostro repugnante había cogido al chico de la mesa de su cabello y lo arrastraba hacia el grupo.

Algo dentro de Kenny se revolvió al ver como trataban al muchacho. Se disponía a levantarse cuando alguien pasó como una exhalación a su lado y se tiró sobre el motorista, placándolo y obligándole a soltar a su presa.

Era el otro chico, al que ahora que, si podía verle la cara, se parecía muchísimo al más joven. ¿Serian familia? Este tenía los ojos castaños y barba no muy poblada.

  • ¡Ey, gilipollas! ¡Aléjate de mi hermano! – le escuchó gruñir y eso confirmó lo que acababa de pensar. Eran familia.

Al motero no le hizo ninguna gracia ni el golpe ni el insulto ni que le quitaran su diversión. Pronto todo el grupo rodeaba a los dos muchachos y los motoristas empezaron a sacar navajas y palos. Eso no iba a acabar bien para ellos.

Kenny se levantó con calma y en silencio y se acercó al grupo. Se detuvo en seco un segundo antes de llegar.

Los dos chicos eran leones como él, podía olerlos.

Decidió que eso debía esperar. No le apetecía tener nada que ver con nadie de su raza, pero tampoco podía dejar que les hicieran daño. Eran demasiados para ellos solos.

Los chicos le miraron, sorprendidos y desconfiados cuando se acercó. Pero esbozaron una sonrisa al ver a Kenny atacar al primer motorista que le pilló más cerca. Acto seguido, se desató el caos.

Kenny no tenía mucha idea de cómo sucedió todo, si era sincero consigo mismo. Se había metido en ese lio por ayudar a esos cachorros y no se arrepentía. En cuestión de segundos se formó una batalla campal entre ellos tres y los siete motoristas en la que todo el mobiliario voló por los aires.

Cinco minutos más tarde, con más golpes de los que deseaba haber recibido, pero relativamente bien, Kenny corría calle abajo siguiendo a los otros dos ya que el dueño del local llamó a la policía y ya se escuchaban las sirenas acercándose.

Ninguno tenía ningunas ganas de pasar una noche en comisaría.

Por un segundo, casi se sintió como cuando era más joven y todos sus problemas no existían.

Los dos hermanos se detuvieron tras unos minutos corriendo, en la entrada al aparcamiento de un motel barato. Ambos se giraron para encarar a Kenny, con sendas sonrisas y la respiración agitada.

  • Creo que ya no corremos peligro de que nos pillen. – anunció el del cabello oscuro. – ¡Ey! ¡Gracias por ayudarnos con esos matones, tío!
  • Sip, gracias.
  • No hay de qué. – contestó Kenny, repentinamente tímido.
  • Yo soy Max… – se presentó con una sonrisa dulce el que tenía el cabello más oscuro. Luego señaló al otro. – …y este es mi hermano Nicky. Somos de la manada de Los Ángeles.
  • Soy Kenny, de la manada de Winnipeg, Canadá. ¿Estáis de excursión? – Kenny frunció el ceño. – Pareces algo mayor para eso.  
  • Mi padre me permitió esperar a que este tuviera la edad y así ir juntos. – repuso encogiéndose de hombros. – Tengo veintidós.
  • Oye, ¿Vives por aquí o estás de paso? – preguntó Nicky, quitándose la gorra y soltándose el pelo.

Kenny observó que ambos hermanos tenían una bonita y larga melena, algo muy típico entre los de su raza. Él había recuperado algo de la suya, tras su estancia en Destruction Bay, pero no la llevaba ni la mitad de larga que cuando vivía con su manada. Ahora le llegaba solo a los hombros.  

  • No, estoy de paso. Tengo la moto en el aparcamiento del bar, con mis cosas. Ahora iré a buscarlas y seguiré mi camino. – Max hizo una mueca.
  • Si, no creo que sea buena idea de que vayas en este momento. Estará lleno de polis. – razonó y Kenny se vio obligado a darle la razón. – Deberías esperar a mañana. Nosotros tenemos una habitación aquí. Si no te importa compartir la cama con nosotros o dormir en el sofá, te puedes quedar. Es una cama grande.

Kenny consideró la idea. Cierto era que no podía ir en ese momento a por su moto o le pillaría la policía. Compartir cama no era algo que le apeteciera, pero no diría que no al sofá, si este era lo suficientemente grande para que cupiera.

  • Si no es molestia…
  • Ninguna. ¡Vamos!

Siguió a los hermanos al motel, a la habitación 710. Entraron y Kenny descubrió que no iba a poder dormir en ese sofá ni con toda la buena intención del mundo. Era minúsculo para alguien de su tamaño. La cama, por otro lado, era una de matrimonio enorme y en la que podrían caber los tres sin estar demasiado apretados.

Bueno, solo era una noche y se pondría en un rincón alejado de los otros dos. Podía hacer eso.

Se turnaron para el baño y, puesto que no tenía ninguna de su ropa ahí, Kenny decidió dormir en ropa interior. No quería arrugar de más la que llevaba puesta. Esperó a que los otros se prepararan para dormir y que entraran en la cama para poder ponerse él en el extremo opuesto.

Habían pasado más de cinco años desde que tuviera que dejar su casa y a su familia y Kenny olvidó algunas peculiaridades de su raza tras tanto tiempo sin relacionarse con ninguno de los suyos.

Cuando Kenny se subió a la cama, colocándose casi en el borde del colchón, los dos hermanos intercambiaron una mirada. Nicky saltó por encima de él y le obligó a ponerse en el centro de la cama, con un hermano a cada lado.

No tardaron ni medio segundo en pegarse a él como si fueran lapas.

Eso, que para un humano podría parecer raro, era de lo más normal en los leones. Kenny casi había olvidado lo muy necesitados de tacto que eran los de su raza, la incapacidad de respetar el espacio personal de los demás y lo muy cariñosos que eran los leones jóvenes.

Nicky se abrazó a su espalda, rodeándole la cintura con sus brazos y Max le abrazó de frente, colocando la barbilla en su hombro para rozar su mejilla con la de Kenny, en un gesto de cariño que hacía años que el otro no recibía.

Kenny se encontró rodeado y sin saber que hacer. Por un lado, estaba incomodo porque no conocía a esos chicos y la marca en su cuello le hacía sentir que no merecía ningún gesto tierno.

Por otro lado, estaba hambriento de ese tacto, de ese afecto que le estaban mostrando y no se había dado cuenta de lo mucho que lo necesitaba hasta ese momento.

Con algo de miedo, colocó las manos en la cintura de Max y le devolvió el abrazo, sintiendo como su piel se erizaba al notar el cálido aliento del otro en su cuello. Nicky parecía ya dormido, respirando pesadamente en su espalda.

Max, al contrario, seguía despierto y se apartó lo justo para mirarle, sonreírle y darle un leve beso en los labios antes de volver a acomodarse y esconder su rostro en el cuello de Kenny.

Kenny aun tardó un buen rato en dormirse, demasiado abrumado para poder conciliar el sueño. Supuso que si supieran de la marca no serían tan amigables. Así le habían tratado casi todos los que la veían.

Por eso, cuando ya comenzó a clarear la mañana, se desenredó de los otros dos con mucho cuidado para no despertarles y salió en silencio de la habitación. Agradeció el momento de normalidad, pero no se atrevió a quedarse más tiempo, temiendo que, si descubrieran la verdad sobre él, le rechazarían. Y no estaba seguro de si podría soportar un nuevo desprecio.

Rugidos del corazón: Capítulo 8.

El día que Charles Andrews regresó a Destruction Bay, Kenny llevaba viviendo allí casi dos años.

Había oído hablar sobre él, un medio humano loco que se había unido a La Orden para poder aprender todo de la organización y ahora se dedicaba a tratar de fastidiar todos sus planes a la vez que ayudaba a los miembros de la Comunidad que lo necesitaban.

Ronald habló de él en un par de ocasiones, frente a Kenny y los otros.

Edgar también. Lo hizo el mismo día que apareció por la ciudad, indicando que se quedaría a dormir en la granja. El león sentía mucha curiosidad por el visitante.

¿Qué clase de persona sería?

¿Cómo podía alguien unirse a La Orden, incluso para estudiarla?

¿Qué motivos le impulsaron a hacer eso?

Esas y muchas más preguntas rondaban su mente mientras terminaba de limpiar el granero, la última de las tareas que le quedaban ese día. Tras eso, era libre para hacer lo que quisiera y Kenny estaba considerando sus opciones.

No era sábado, así que no había quedado con los otros. Pero podía bajar para tomar algo con Rose, si no estaba ocupada o, incluso, llamar a Jon y ofrecerle ver juntos el combate que había en la televisión esa noche.

¿Quién iba a decirle que una noche juntos haría que los dos forjaran una buena amistad? Amistad que, a veces, iba un poco más allá.

Salió del granero, dispuesto a entrar y darse una ducha cuando vio un coche desconocido acercarse a la puerta. Extrañado, espero a que el coche se detuviera y observó salir de él a un hombre vestido con traje negro y abrigo oscuro.

El tipo era alto, aunque no tanto como Kenny, con el cabello castaño oscuro, ensortijado y revuelto, como si hiciera días que no se peinara. La barba de varios días empezaba a ponérsele cana y las arrugas de expresión de su rostro mostraban que era bastante más mayor que él.

El hombre abrió el maletero y sacó una mochila que se colgó al hombro antes de que Edgar saliera de la casa y se acercara para saludarle afectuosamente.

Kenny decidió entrar y ducharse antes de que notaran su presencia.

Al salir del baño se tropezó cara a cara con él. Este le sonrió, con una sonrisa tentativa, ofreciéndole la mano para saludarse.

¡Que curiosa era esa costumbre humana de darse la mano!

Los leones solían frotarse las mejillas para saludarse y solo lo hacían con quienes eran cercanos. Así ofrecías tu aroma a un aliado y era, además, un gesto de amistad.

Pero los humanos ofrecían su mano a cualquiera. Lo había visto mil veces, incluso entre gente que no se soportaba.

  • Tú debes ser Kenny. Soy Charles Andrews. Edgar me ha hablado mucho de ti. – Kenny aceptó la mano, preguntándose qué sería lo que habría contado Edgar sobre él a ese tipo.
  • Tú eres el ex cazador. – Charles frunció el ceño antes de volver a sonreír, esta vez más confiado.
  • Si, lo soy. Veo que también te han hablado de mí.
  • Solo un poco. No conozco mucho de La Orden y de su gente. – Charles arqueó una ceja.
  • Curioso porque he oído tu nombre allí. Bastante, de hecho.

Kenny le miró, extrañado. Iba a preguntarle a que se refería, pero Edgar les avisó de que la cena estaba servida y decidió dejarlo para más tarde.

La comida pasó tranquila. Charles y Edgar comentaron sobre varias personas que conocían y poco más. Al acabar, Kenny se ofreció a recoger la cocina y, cuando Edgar se marchó a descansar, el león arrinconó al ex cazador. No había podido dejar de pensar en lo que le dijo antes.

Charles parecía más curioso que preocupado cuando se vio atrapado por el joven.

  • ¿Qué quieres decir con que has oído mi nombre allí? – le preguntó directamente. No había tiempo para rodeos y sutilezas. El otro pareció considerar su respuesta.
  • Hace año y pico, no recuerdo cuanto exactamente, llegó un chico joven a la sede de Illinois. Yo estaba allí haciendo un recado para mi supervisor. Este chico venía desde Canadá muy recomendado, porque, al parecer, presumía de haber dejado a una manada de leones debilitada y de robar unos documentos muy importantes con nombres de muchos miembros de la Comunidad. – Kenny palideció tanto que Charles se preocupó. – Oye, ¿estás bien?
  • ¿Cómo se llamaba? – preguntó, con un hilo de voz temiendo y sabiendo la repuesta.
  • Cody. Cody Knox.

A Kenny le fallaron las rodillas y hubiera ido al suelo si Charles no le hubiera sujetado para evitarlo. Durante lo que le pareció una eternidad pero que en realidad fueron unos pocos minutos, el león no fue consciente de absolutamente nada. Los ojos se le habían nublado y el corazón le retumbaba tanto en los oídos que no podía escuchar nada más.

Charles consiguió arrastrarlo hasta su habitación y sentarle en la cama. Allí se arrodilló frente a él para poder examinarle bien.

  • ¡Kenny! ¡Kenny! – le llamó, casi gritando.
  • Sabía que estaba vivo, pero… – consiguió musitar cuando se recuperó un poco del shock.
  • No es lo mismo saberlo que escucharlo, lo sé. – acordó Charles, levantándose. Se dirigió al baño y regresó con una toalla húmeda con la que le limpió el rostro con cuidado. – Supongo que ese desgraciado hablaba de tu manada.
  • Disparó a mi padre. Robó esos documentos porque yo le dejé entrar a nuestra casa. Va presumiendo de sus logros por mi culpa.

Charles suspiró. Así que lo que había contado aquel niñato era verdad. Había usado al hijo del Alfa para colarse en su casa y poder robarle y dispararle allí mismo. Algo que le hizo ganar muchos puntos ante los superiores y ser trasladado a Illinois, donde estaba la última vez que le vio.

Ese chico era uno de esos futuros peligros para su causa. Ambicioso y despiadado, una mezcla peligrosa y perfecta para la organización.

Ahora sabia también que era un manipulador muy dotado, si había conseguido que el hijo de un Alfa le permitiera entrar en su casa, algo que estaba terminantemente prohibido. Nadie ajeno a la familia podía entrar en una casa de un alfa.

  • Lo siento mucho. Siento haberte traído tan malos recuerdos. – Kenny negó con la cabeza, tapándose la cara con las manos.
  • No. En este tiempo me había hecho a la idea de que no volvería a escuchar su nombre. ¡Qué ingenuo y estúpido he sido! ¡Otra vez! – gimió, con aire triste. – ¿Dónde está?

Charles miró al chico al notar como el tono de su voz había cambiado a más acerado, seco y monótono.

  • Hace bastante de la última vez que lo vi. – respondió. – Seguramente ya no esté allí.
  • ¿Dónde? – rugió.
  • En las afueras de Illinois. La Orden tiene una sede y Cody estaba trabajando allí hace año y medio, que fue la cuando le vi por última vez. Me marche al poco de llegar él.

Kenny asintió, ausente. Tenía la mirada perdida, metido en su propio mundo. Charles le trajo de vuelta, al cogerle del brazo.

  • Entiendo que quieras vengarte de él. Yo lo haría también. Pero ten en cuenta una cosa cuando vayas a hacerlo. Él no está solo. Tiene a toda la organización tras él y dispone de todos sus recursos y personal. Si vas a por él, vas tras La Orden y es algo que no te recomiendo.
  • Entiendo. – Charles negó, con aire triste.
  • No, no creo que lo hagas. Pero lo harás. Piensa seriamente si merece la pena. – le advirtió. – Puedes perder algo más que tu vida si te enfrentas a ellos.

Kenny asintió de nuevo. No se dio cuenta cuando Charles salió de su habitación, dejándole a solas con sus pensamientos.

Esa noche el león no durmió nada. Ni siquiera llegó a moverse de donde lo había dejado el ex cazador.

Pasó toda la noche en vela, pensando, considerando sus opciones y sus oportunidades de que funcionara lo de ir a buscar a Cody.

Primero, tendría que salir de la ciudad. Debería abandonar la seguridad que le proveía ese lugar y sus habitantes y regresar a la cruel realidad. No estaba seguro de estar preparado para ello.

También debía abandonar Canadá y dirigirse a Estados Unidos, algo con lo que había estado soñando desde que se enteró de la existencia de la excursión y que, ahora, le aterraba.

Y la posibilidad de que llegara allí y Cody no estuviera. ¿Dónde iría después? ¿Por dónde podría empezar a buscarle?

Si decidía ir a buscar al otro, sabía que estaba saltando a la piscina sin tener ni idea de si había agua o no. Y las probabilidades de darse el golpe contra el cemento eran muy altas.

El día pasó como un sueño, trabajando sin tener la cabeza en las tareas, si no a kilómetros. Tan distraído estaba que Edgar se preocupó bastante. Y esa preocupación se tradujo en llamada a cierto lobo.

Kenny se sorprendió al ver a Jon acercarse a su sitio favorito de la granja. Era un rincón en el que había un viejo tocón caído en el que Kenny solía sentarse a ver el atardecer. Jon parecía tan fuera de lugar allí, con su cazadora de cuero, las gafas de sol y las botas de motorista que le hizo sonreír sin darse cuenta.

El lobo se sentó a su lado sin decir una palabra. Pasaron en silencio un largo rato antes de que Kenny decidiera romperlo.

  • Voy a marcharme.
  • ¿Cuándo? – Jon no parecía realmente sorprendido, solo triste.
  • No lo sé. Pronto, supongo. Tengo una pista de donde puede estar Cody. – Kenny le había contado hacía tiempo lo ocurrido en Winnipeg.
  • ¿Estás seguro de que es buena idea?
  • ¿Si tuvieras una pista de Colby, no irías? – le preguntó de vuelta.  
  • Preferiría que te marcharas a buscar una pareja, no venganza.

Kenny se giró para poder mirar al lobo que abrió los brazos ofreciéndole un abrazo que el león aceptó encantado. Sabía que no iba a tener esa clase de consuelo en mucho tiempo, tal vez nunca.

  • Prométeme que te despedirás de nosotros y que vas a cuidarte mucho. No dejes que ese bastardo pueda contigo. No permitas que te manipule. – le susurró al oído, sin dejar de abrazarle.
  • Te lo prometo.

Una semana más tarde, Kenny cruzaba la frontera de Canadá con Estados Unidos acompañado de Charles quien conducía una vieja camioneta.

Los planes eran que el ex cazador le ayudaría a cruzar la frontera y le dejaría en Dakota del Norte. Allí, Kenny se reuniría con un amigo del otro hombre, quien le tendría preparada documentación con un nuevo nombre para él y un medio de transporte que le ayudaría a llegar a su destino.

Kenny estaba asustado y nervioso, pero, a la vez, emocionado. No sabía que le depararía esta nueva parte de su vida, pero iría a por ello con todo lo que tenía. Y si podía localizar a Cody, mucho mejor.

Seis meses tardó Kenny en encontrar una pista sobre el paradero de Cody.

Llegó a Dakota del Norte y se reunió con el contacto de Charles, que, para su sorpresa, resultó ser una bibliotecaria. El león no podía salir de su estupor cuando aquella menuda mujer le encañonó con un rifle de caza hasta que le demostró ser amigo del ex cazador.

Alba, que así se llamaba la mujer, le entregó sus nuevos documentos de identidad, una mochila con ropa nueva y una vieja Yamaha que aún ronroneaba como un gatito cuando arrancaba.

Kenny estaba entusiasmado con la moto. Siempre había querido una y esa, aunque estuviera algo deslucida, era un verdadero sueño para él. Le costó un poco controlarla al principio, pero ahora era como una extensión de sí mismo en la carretera.

Con eso y algo de dinero que te había guardado mientras estuvo en Destruction Bay, se dirigió hacia Illinois. Pero como le advirtiera Charles, al llegar allí no encontró nada.

La base que existiera allí cuando Charles trabajaba para La Orden, había desaparecido. Revisó el abandonado local pero solo encontró papeles rotos o quemados y poco más.

Aquello le frustró lo indecible. Después de semejante viaje y todas las molestias que se había tomado, ahora se encontraba con nada.

Sin embargo, un día más tarde un indigente que dormía una calle más lejos le comentó que había oído hablar a los que se encargaron de trasladar el material del local y que estos dijeron que iban a llevar todo a Atlanta, Georgia.

Y Kenny puso rumbo hacia a Atlanta.

Durante meses, el león viajó de un lado al otro del país, buscando una pista de Cody sin encontrarla y siguiendo rumores. Se había tropezado con algunas bases de la organización, detuvo algunas operaciones, pero no encontraba a nadie que le diera alguna indicación sobre el paradero del humano que buscaba.

Meses y meses dando vueltas hasta el día que volvió a escuchar su voz en Corpus Christi, Texas.

Fue por pura casualidad, mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde, con la moto vibrando entre sus piernas y la lluvia empapando su chaqueta. Un coche negro y grande, de aspecto caro, se detuvo a su lado y una de las ventanillas del asiento de atrás se abrió un poco para que su ocupante tirara un chicle usado.

Y en ese segundo que estuvo la ventanilla abierta, escuchó la voz inconfundible de Cody.

Jamás podría olvidar esa voz que tantas pesadillas le había causado.

Se quedó helado en el sitio mientras veía alejarse el coche hasta que las bocinas de los coches tras él le regresaron a la realidad. Arrancó la moto y persiguió al coche.

Llegaron a una zona industrial cerca del puerto, repleta de grandes naves donde La Orden prefería poner sus negocios. Había descubierto que sentían predilección por esa clase de ubicación a la hora de realizar sus peores experimentos.

Fue esa la razón por la que no se lanzó de cabeza a despedazar al otro en cuanto le vio salir del coche. Quería asegurarse de que no había nada raro en esa nave.

Dejó que el otro pasara e hiciera sus recados mientras él se dedicaba a averiguar cuantos hombres habría en el interior.

Tras un buen rato dando vueltas y asomándose por donde podía, que había unos tres hombres además de Cody y sus acompañantes. Lo que hacía un total de diez.

También hizo otro descubrimiento más preocupante. Había dos personas en sendas camillas en una de las habitaciones del local. Apartadas, vigiladas, atadas y con algún tipo de maquina conectada a sus cuerpos.

Aquello no pintaba bien para los ocupantes de las camas, que estaban pálidos como cadáveres.

Eso fastidiaba sus planes. No podía entrar, solo, cuando había tantos soldados a los que enfrentarse. Diez eran demasiados para él. Debía esperar a que se fuera Cody y, esperaba, que le acompañaran la mayoría.

Pero si dejaba ir a Cody… ¿Cuándo podría volver a encontrarlo? Le volvería a perder la pista y había tardado mucho en encontrarlo.

Se debatía internamente en qué hacer. Lo correcto o lo que deseaba. Y, para su sorpresa, se dio cuenta de que no era una elección fácil.

Se sintió morir un poco cuando dejó ir el coche negro con Cody y su camarilla en su interior. Los vio alejarse hasta que desapareció en el horizonte y, maldiciendo por lo bajo, se dirigió a la nave.

Tenía un sitio que destrozar, unos soldados a los que apalizar y unas personas a las que salvar. No pensaba dejar a nadie atrás.

Se coló discretamente, intentando no llamar la atención de los guardias. Quedaban tres, si no había contado mal.

Fue hasta la habitación en la que había visto las camillas y lo que se encontró le puso los vellos de punta, de puro horror. Era mucho peor de lo que había imaginado.

Como viera antes, había dos camillas ocupadas por sendas personas. Por el aspecto Kenny pudo comprobar que se trataban de una sirena y una ninfa. Una combinación curiosa, por decir algo.

Ambas tenían una aguja clavada en el brazo que parecía estar extrayéndoles la sangre y, por su palidez extrema, no quedaba mucho tiempo antes de que las desangraran vivas. Con mucho cuidado, las desconectó de las máquinas y les tomó el pulso. Era débil pero constante. Necesitaban un médico, pero uno que perteneciera a la Comunidad.

Al llegar a la ciudad se encontró con una familia de trolls que regentaban un supermercado y que le dejaron su número por si necesitaba alguna cosa para la moto. Ellos podrían ayudarle a buscar ese médico, así que Kenny se apresuró a llamarles.

Explicó lo mejor posible al cabeza de familia dónde estaba y que ocurría, haciéndole prometer que enviaría a alguien para recoger a las víctimas que necesitaban con urgencia ayuda médica.

Luego, se dispuso a deshacerse de los guardias.

Lamentablemente, no contó bien cuantos había. Un cuarto guarda apareció tras él, disparándole por la espalda. Por suerte, la bala solo le atravesó el antebrazo, en una herida limpia.

Se encargó del tipo y luego se sentó a intentar taparse la herida, de la que manaba abundante sangre.

Para su sorpresa, el móvil del ultimo guardia sonó, reflejando en su pantalla el nombre de Cody. Un intenso escalofrío le recorrió al contestar el teléfono y oír de nuevo la voz del otro.

  • ¡James! ¿Por qué has tardado tanto en contestar? – Kenny sintió su corazón detenerse durante un segundo. Era doloroso escucharle sabiendo ahora lo que sabía.
  • James está muerto, Cody. – se hizo un silencio sorprendido al otro lado de la línea.
  • ¿Quién eres?
  • ¿No lo sabes? ¿No eres capaz de reconocer mi voz?
  • No… no puede ser. – Kenny soltó una risita cruel, disfrutando del estupor y el miedo que reflejaba la voz del otro.
  • Si que puede ser. Empieza a mirar por encima del hombro, Cody. Voy a por ti. – le advirtió antes de cortar la llamada y romper el teléfono.

Se levantó del suelo y se dirigió hacia la habitación donde estaban las camillas. Empezaba a marearse por la pérdida de sangre así que se dejó caer al suelo sentado cuando consiguió llegar a su destino.

Ahí fue donde le encontraron los refuerzos, formados por un médico de la Comunidad, el troll del supermercado y dos más a los que no conocía de nada, pero olían como elfos.

Luego, perdió el conocimiento.

Cuando lo volvió en sí, un tiempo indefinido después, estaba tumbado en una cama, con el brazo vendado y sus cosas colocadas en una silla a su lado. No reconocía el lugar. Preocupado, se sentó, pero el dolor de la herida le hizo soltar un gemido que alertó al dueño de la casa en la que se encontraba.

  • Veo que ya te encuentras mejor. – le saludó un hombre, de unos cuarenta años y que olía a bosque y madera. ¿Un hada?
  • Si, gracias. Gracias por curarme. – el hombre sonrió.
  • Gracias a ti por rescatar a esas chicas. Llevaban desaparecidas un mes. Ya las dábamos por muertas.
  • ¿Cómo no las habíais encontrado antes? – el hombre suspiro, triste y cansado de repente.
  • Cuando La Orden se lleva a alguien, ya lo puedes dar por muerto. Demasiados escondites, demasiada vigilancia… no sabíamos que seguían aquí. Imaginaba que ya las habrían usado y tirado, como hacen siempre. – horrible, pero cierto. Lamentablemente.
  • ¿Para qué querrían su sangre? – preguntó, recordando la máquina a la que estaban conectadas las chicas.
  • Se rumorea que están experimentando, intentando crear algo que nos extermine. Pero aún no han dado con lo que buscan. Y esperemos que jamás lo consigan o estaremos muertos.

Kenny se estremeció, pensando en esa imagen. La idea de que La Orden estuviera gastando medios y tiempo en averiguar una manera de exterminarles era para sentir algo más que miedo.

Y Cody estaba detrás de todo eso. Él había mantenido ese lugar y ocultado a esas chicas para experimentar con ellas, haciéndoles daño para su beneficio.

¿Cómo había podido estar tan ciego con ese tipo? ¿Cómo no había sido capaz de ver lo que era en realidad?

El medico carraspeó, repentinamente incomodo por algo. Kenny no tenía idea de que era lo que ocurría, pero intuía que no iba a gustarle.

  • ¿Sí? – preguntó a pesar de que no deseaba saberlo. La mirada de culpabilidad del otro decía mucho.
  • Lamento tener que pedírtelo… sobre todo, después de lo que has hecho, pero no puedo… o sea, no puedes… – Kenny sintió sus mejillas arder de vergüenza y se llevó la mano a la nuca de manera inconsciente.

Su melena había crecido lo suficiente para tapar la marca, pero seguía ahí. El hombre debía haberla visto al curarle.

  • Oh… sí, entiendo. Me marcharé enseguida. – repuso con pena. El otro le miró apesadumbrado.
  • A mí no me importa. Y ya te digo que después de lo que has hecho, mucho menos. Pero el Consejo no quiere a un desterrado en su ciudad. Algunos son muy anticuados para la época en la que vivimos. – se excusó.
  • No pasa nada, no se preocupe. – Kenny empezó a ponerse la camiseta que estaba en la silla.

El hombre le ofreció una bolsita que el león cogió, desconfiado. Al abrirla vio un montón de gasas, vendas, esparadrapo y desinfectante en su interior.

  • Debes curarte la herida al menos una semana más. A diario. Si tienes problemas o se te infecta, ve a un médico. Por una cosa así podrás acudir hasta al de los humanos. No corres peligro. Con esto creo que tendrás de sobra. Guarda por si necesitas más adelante.
  • Gracias.
  • No. No me las des. Siento que tengas que marcharte así. Tu moto está aparcada delante de la puerta.

Kenny asintió y salió del lugar, con su mochila a cuestas y el casco en la mano. Como le dijera el otro, su moto estaba esperándole en la entrada. Se subió en ella y arrancó.

Ahora… ¿hacia dónde se dirigía para encontrar a Cody de nuevo?

Rugidos del corazón: Capítulo 7.

(Aviso: Escenas subidas de tono.)

Había pasado todo un año desde que Kenny llegara a Destruction Bay.

Doce meses de trabajo duro en la granja, de ir todos los fines de semana a la cafetería a tomar algo con los hermanos lobo y Jerrad, con los que había trabado una curiosa amistad.

Doce meses de hacer reír a Rose, la protegida de Jerome y que ella le usase de conejillo de indias cuando quería probar un nuevo tinte o peinado, usando su melena, la cual había dejado crecer de nuevo.

Doce meses de sentarse a ver puestas de sol en su rincón privado en la granja, sintiendo la soledad como si fuera un ente vivo que siempre le acompañaba.

Había sido un año duro, para ser sinceros. Pero seguía vivo y cuerdo y se sentía algo más fuerte que antes de llegar allí.

Un poquito más sano que un año antes.

Esa tarde, como cada sábado, estaba en la cafetería, tomando algo con los demás.

Llegaban y bebían algo, mientras comentaban el partido que estaban retransmitiendo en el televisor en ese momento. Cervezas o refrescos y unas patatas fritas y mucha conversación y compañía. Una noche de sábado más que pasaban juntos.

A Kenny le encantaban esas noches. Eran las únicas en las que no se sentía tan solo todo el rato. Y podía decir sin duda alguna que esos tres que le acompañaban en ese momento eran sus amigos. En su peculiar manera, eso sí.

En esos sábados de patatas y deportes por cable llegó a conocer muy bien a esos tres hombres.

Jerrad, el dragón, era alguien muy interesante con el que hablar. Tenía cientos de años y había participado en varias guerras a lo largo de la historia humana porque era un soldado que no sabía dejar de pelear y buscaba cada batalla que existiera para poder saciar su sed de pelea.

Pero en la última en la que estuvo había hecho mucha amistad con su batallón y se acabó descubriendo por protegerlos. Lamentablemente, eso hizo que el ejército para el que trabajaba intentara capturarlo y fueron sus hombres quienes le sacaron de allí y le ayudaron a llegar a Destruction Bay. Unos pocos se habían quedado allí con él, hasta que las cosas se calmaran. Por eso Jerrad era tan protector con la ciudad.

Protegía a sus leales hombres.

Además de un soldado, Jerrad era un ávido lector de casi cualquier clase de novela que cayera en sus manos y adoraba hablar sobre ellas con quien fuera. Eso fue lo que los llevó a hablar civilizadamente por primera vez, semanas después de su primer encontronazo. Kenny defendió una de las novelas de Stephen King frente a Rose, a quien no le entusiasmaba y llamó la atención del dragón, que no tardó en unirse a la discusión.

A partir de ahí, era uno de sus temas favoritos para hablar. Su relación era más bien cortés, pero podía considerarlo alguien que le ayudaría si lo necesitara de verdad.

Con los lobos fue algo distinto.

Joseph, el mayor de los dos, era un tipo tranquilo, al que le gustaba el deporte, tanto verlo como practicarlo y salía a correr todas las mañanas temprano. Obviamente, en un lugar tan pequeño no tardaron en encontrarse, ya que Kenny también corría antes de desayunar y empezar con su día. Al principio se ignoraron mutuamente, escogiendo cada uno caminos separados, pero pronto acabaron entablando conversación y dándose cuenta de que tenían algunas cosas en común.

Ambos valoraban la familia y el deseo de formar una, sobre todo.

Ahora, cuando salían a correr todas las mañanas, hablaban, Joe sobre sus hermanos y su infancia y Kenny sobre cómo eran las cosas en su casa cuando todo era normal y él seguía teniendo una familia.

En cuanto a Jon, la cosa fue muy distinta a los otros dos.

Muy muy distinta.

Joseph le obligó a acompañarlo uno de los sábados a tomar algo y el otro casi no habló en toda la noche. Solo le observaba de una manera que le hacía sentir ligeramente incómodo.

Kenny estaba preocupado, porque Jon siempre parecía preparado para saltarle al cuello por alguna razón que él desconocía.

La siguiente vez que acompañó a su hermano, después de un par de cervezas, se relajó e, incluso, participó varias veces en la conversación. Y fue mucho más agradable.

Resultó que Jon tenía un sentido del humor muy cortante y sarcástico y Kenny se encontró riendo de alguna de sus réplicas sin darse cuenta.

Las miradas de Jon prosiguieron, pero cambiaron ligeramente, pasando de hacerle sentir incomodo a intimidado en el buen sentido.

Una noche, Joseph no pudo acudir a la cita porque debía acompañar a Ronald a un recado y a Jerrad le surgió un imprevisto con sus hombres y se quedaron los dos solos.

Esa noche empezó un poco incomoda, con ambos sin saber muy bien cómo o de qué hablar sin los otros dos haciendo de puente. Pero la cosa mejoró cuando alguien sintonizó un combate de artes marciales mixtas en el televisor y resultó que los dos eran fans. Compartieron unas alitas a la barbacoa y unas patatas mientras comentaban la pelea y fue una muy buena noche.

Al salir, Kenny se sentía feliz y cómodo y agradeció el fresco de la noche, tras pasar la ultima hora casi sudando en la cafetería. Acompañó a Jon al aparcamiento para llevarle de vuelta a casa en su coche, porque este había tomado un par de cervezas de más.

El lobo se había quitado la chaqueta de cuero, quedando en mangas cortas y Kenny se sorprendió admirando como le quedaba la camiseta cuando Jon le pilló. Su rostro cambió radicalmente, pasando de la sonrisa despreocupada que portaba al salir del local a una expresión depredadora. Le cogió del brazo para arrastrarle hasta el callejón, donde le arrinconó para besarle.

No fue un mal beso, pero si inesperado y denotaba más desesperación que ganas, como si tratara de probarse algo. Kenny se dejó hasta que el otro acabó rompiendo el beso, mirándole con sus ojos azules llenos de culpabilidad y, sin dejar de sujetarle de los brazos.

El joven león levantó una mano para acariciarle el cabello cuando el otro apoyó la cabeza en su pecho, intentando consolarlo un poco. Cuando por fin se separaron y se sentaron en la camioneta, Kenny se atrevió a preguntarle.

  • ¿A qué ha venido eso?
  • Lo siento mucho, no debí hacerlo. Lo siento. – Kenny le dio un apretón suave en el hombro.
  • Oye, no pasa nada. No importa, en serio. – le dijo, sonriendo. – Hubiera sido agradable, si no pensara que lo has hecho más para probar algo que porque te apeteciera. – la mirada de culpabilidad del otro se acentuó.
  • Intentaba hacer caso a Jerome y seguir con mi vida, pero no puedo olvidarle. Estaba besándote y en mi mente solo le veía a él.

Kenny suspiró. Podía comprender como se sentía su amigo. Hubo un tiempo en que él también pensaba que no podría sustituir a Cody.

Veía la misma desesperación por olvidar en los ojos del lobo.

¿Estarían los dos condenados a vivir con su corazón en manos de personas que no lo merecían? ¿O podrían rehacer sus vidas en algún momento?

Lo que fuera a pasar, no sería esa noche.

  • Es normal, Jon. Le amas. Si amas a alguien así cuesta mucho olvidarlo. Quizás un día encontremos quien nos haga borrar esos nombres de nuestras mentes.  
  • Lo siento.
  • No te disculpes más. – le regañó, poniendo su mano en la rodilla del otro. – Ninguno de los dos está preparado para nada aún. – terminó, con una risita.

Jon asintió.

  • ¿Y tú? ¿Qué es lo que quieres? – Kenny se encogió de hombros.
  • Yo no estoy seguro aún. Pero no me disgustaría saldar cierta deuda antes de pensar en rehacer mi vida.

Kenny se inclinó y besó suavemente a Jon. Esa vez, el beso fue más lento y dulce, más un consuelo que otra cosa y se sintió bien. Y Kenny se dio cuenta de que podría volver a enamorarse y ser feliz con alguien más en un futuro. Que Cody no había estropeado eso para él.

Y se sintió feliz por ese descubrimiento.

Por eso mismo invitó a Jon esa noche a su habitación. Ambos tenían muy claro de que no era más que puro consuelo y necesidad de no sentirse solo por una noche. Una promesa de que mañana todo estaría bien y se podría arreglar.

Kenny echó los brazos al cuello de Jon cuando le besó, una vez cerrada la puerta de su habitación, abrazándole fuerte y permitiéndose una cercanía que hacía demasiado que no sentía. Su corazón saltó en su pecho cuando el otro le correspondió, rodeando su cintura para atraerlo y pegarle más a su cuerpo.

Se besaron durante un largo rato hasta que Kenny se obligó a separarse, con los labios hinchados y los pantalones más apretados que antes. Jon tenía las pupilas dilatadas y las mejillas rosas y le parecía lo más adorable que había visto en mucho tiempo.

Se alejó de él un par de pasos, sin soltarle la mano y se dirigió hacia la cama. El otro no tardó en seguirle, cogiéndole de nuevo de la cintura para besarle más intensamente mientras se dejaban caer en el colchón.

Se besaron así, tumbados en la cama y con la ropa puesta por lo que parecieron horas, sintiendo como la excitación de ambos iba creciendo cada vez más, hasta quedar jadeando y muertos de ganas. Jon le acarició por encima del pantalón, mordiéndole el cuello y Kenny gimió al sentir sus colmillos rozarle la piel.

De repente, toda la ropa sobraba. El león nunca había odiado tanto unos pantalones como a los de Jon cuando se le atascó la cremallera. El lobo rio, entre excitado y divertido y le apartó las manos para poder quitarse los pantalones sin tantos problemas. Kenny le imitó, lanzando bien lejos la camisa y los vaqueros.

Los dos se quedaron un largo minuto así, de rodillas en la cama en ropa interior y mirándose. Jon dibujó una sonrisa lobuna en su rostro cuando gateó para acercarse, besándole de nuevo. Con una mano en su pecho, obligó al león a tumbarse boca arriba, sin romper el beso. Kenny gimió al sentir su peso sobre él, las manos recorriendo sus costados hasta llegar a la cintura de sus calzoncillos. Jon se los bajó despacio y rompió el beso para disfrutar de la vista.

Kenny se sintió intimidado por esa mirada y trató de distraerse quitándole a Jon su propia ropa interior, cosa que divirtió aún más al otro. La mano del lobo se colocó sobre su miembro, acariciándole con tortuosa lentitud sin dejar de mirarle a los ojos haciéndole gemir más fuerte y sin control. Kenny podía sentir la dureza del lobo rozándose contra su muslo y decidió corresponderle, sorprendiéndole, antes de besarle con más violencia.

El ritmo de las caricias se intensificó y Kenny sentía que no iba a poder aguantar más. Agarró la muñeca de Jon, deteniéndole y ganándose una mirada interrogante.

  • Como sigas, acabamos antes de empezar. – le dijo, con la respiración entrecortada. – Déjame… déjame probarte.

Jon asintió, los ojos oscurecidos de pura lascivia e intercambio de lugar con el león, quien le obligó a quedar recostado contra el cabecero de la cama. Kenny le dio un corto beso antes de empezar a descender, beso a beso, por su cuello, su pecho, su estómago… La respiración del lobo se volvía cada vez más errática y se quedó totalmente sin aire al notar el calor de la boca del león rodearle su miembro. Kenny degustó su sabor, soltando un quejido cuando Jon le agarró del pelo con más fuerza de la necesaria. Sin embargo, no hizo nada para liberarse. 

La mano en su cabello aflojó su agarre, acariciándole la nuca y la marca, algo que le hizo tensarse. La voz de Jon fue dulce cuando le habló.

  • Lo siento. No quería incomodarte. – Kenny dejó de lamerle, para alzar la mirada.
  • No pasa nada. – Jon le atrajo y le besó, primero en los labios y luego en la marca.
  • Esto no significa nada. No te hace menos que los demás. No dejes que te controle. – le susurró, volviendo a besarle en los labios.

Jon le volvió a tumbar en la cama, una de sus manos deslizándose hacia su entrada para empezar a prepararle. Con desesperante lentitud, fue abriéndole hasta que consideró que estaba listo. Retiró los dedos y empezó a introducirse despacio, gruñendo al sentir la estrechez y el calor del otro.

Pronto estaban ambos llenando la habitación de gemidos y gruñidos, el aire caldeándose a su alrededor mientras Jon seguía moviéndose en su interior, cada vez a un ritmo más acelerado y errático.

El lobo empezó a notar como el orgasmo le alcanzaba y se apresuró a volver a acariciar a Kenny, intentando y consiguiendo que llegara antes que él. Al sentir su mano manchada, se permitió terminar, escondiendo el rostro en el cuello del otro y mordiéndole, tan fuerte que a Kenny se le escapó un rugido de sorpresa y excitación.

Aun jadeando, Jon rodó a un lado, liberando al león de su peso. Hubo un momento de silencio, en el que el lobo no sabía qué hacer. No estaba seguro de si debía quedarse o irse a su casa con su hermano.

Kenny acabó con su dilema, echándole un brazo encima y colocando su cabeza en el pecho del otro. Jon sonrió.

Había sido agradable y se sentía mucho menos solo y triste que antes. Pero seguía pensando en Colby y en que le seguía queriendo y echando de menos a pesar de lo que había hecho.

Besó al león en el pelo y se dispuso a dormir.

Un día, tendría que reunir el valor suficiente para volver a salir y buscar a Colby. Ya fuera para perdonarlo o matarlo. Eso lo decidiría en su momento.

Rugidos del corazón. Capítulo 6.

Una semana después de su llegada a Destruction Bay, Kenny estaba casi adaptado a la rutina y tareas de la granja. El joven agradecía el tener un lugar al que poder regresar y donde descansar de cuerpo y mente.

Las tareas no eran nada fáciles, eso sí. Cuidar del ganado, darles de comer, limpiar el granero y los establos, cargar y descargar camiones con heno, paja y lo que tocara, cortar leña…

Todo muy físico y duro y justo lo que necesitaba. Acababa tan agotado que no tenía ni ganas ni tiempo para pensar en nada que no fuera dormir y descansar.

Era perfecto y empezaba a ponerse en forma. Eso era mucho mejor y más efectivo que un gimnasio.

Lo que no había hecho todavía era visitar la ciudad. Tampoco le apetecía mucho, pues imaginaba que todos estarían enterados de su llegada y odiaba ser el centro de atención.

Y, hasta ese momento, evitó bajar, pero la suerte se le había acabado.

  • ¡Ey, Kenny! – le llamó Edgar. – Acompáñame. Tengo que ir a la tienda a por alambre de espino. – el león hizo una mueca.
  • ¿Es necesario que vaya?
  • Si. No pienso venir cargando con tanto alambre yo solo. Venga, muévete.

Kenny refunfuñó, pero obedeció, subiendo a la furgoneta con el hombre. Hasta ese día no le había obligado a relacionarse con nadie más, esperando al momento adecuado.

Y el día había llegado.

Tras unos pocos minutos conduciendo, Edgar aparcó frente a la tienda de conveniencia. Kenny supuso que la ciudad era demasiado pequeña para tener una ferretería o algo parecido.

Al entrar a la tiendecita, notó dos cosas.

La primera era que tenía de todo. Desde el dichoso alambre de espinos a gel de baño a cerveza a comida.

Absolutamente de todo.

Lo segundo, que la dirigían dos lobos que no tardaron en gruñirle cuando notaron su olor.

Los leones y los lobos no se llevaban mal per se. Pero ambas razas eran muy dominantes y territoriales. Así que no era raro ese comportamiento cuando se cruzaban, sobre todo si se trataba de alfas.

Kenny esperó que solo quedara en gruñidos y que no trataran de buscar pelea porque no le apetecía dar un motivo a su anfitrión para echarle.

Edgar rodó los ojos al escucharlos y les dirigió una mirada de advertencia que los lobos entendieron a la primera, ya que dejaron de gruñir.

Esos debían ser los dos hermanos de los que le habló Edgar el primer día. El joven león no les encontró demasiado parecido físico. Si notó los golpes y moratones en ambos. Alguien se había ensañado y bien con esos dos.

Edgar le hizo coger tres paquetes de alambre y cargarlos en la camioneta mientras él pagaba. Al salir de la tienda tropezó con alguien, se disculpó apresuradamente y siguió su camino. El alambre pesaba mucho y estaba deseando soltarlo.

  • ¡Oye, ten cuidado por donde andas, imbécil! – le gritó la persona con la que había tropezado. Kenny se molestó. Había pedido perdón, ¿qué más quería?
  • ¡Ya te he pedido perdón! No hace falta insultar. – gruñó, colocando el alambre en la parte de atrás de la furgoneta.

Al girarse para enfrentarse al otro se encontró con un tipo más alto que él y mucho más ancho. A Kenny le sorprendió el tamaño del hombre. Él mismo media metro noventa y solo le llegaba al hombro al otro. ¿Cuánto podía medir?

Y lo peor, parecía furioso con él.

  • ¿Qué has dicho, enano? – le increpó, cogiéndole de la camisa y levantándolo hasta hacerle ponerse de puntillas.

Kenny jadeó sorprendido. No iba a poder pelear contra semejante montaña.

Pero antes de que la cosa pasara a mayores, un extraño perro marrón oscuro trotó hacia ellos, sentándose justo en medio, rascándose una oreja mientras observaba curioso al otro hombre.

Kenny parpadeó, sorprendido y confuso cuando el tipo grande le soltó, gruñendo una maldición.

  • Tienes suerte de que Jerome haya decidido salvarte el pellejo, enano.
  • ¿Enano? ¡Mido metro noventa! – le gritó, mientras le veía irse. Suspiró aliviado y miró al perro. – ¿Y quién demonios es Jerome?

El perro le miró, doblando la cabeza y sacudiéndose antes de convertirse en un hombre enorme. El tipo tenía el cabello largo y moreno y vestía entero de negro con un guardapolvo del mismo color. Su rostro era tan pálido que parecía casi un fantasma.

  • Yo soy Jerome. Y tú debes ser Kenny. Edgar y Ron me han hablado de ti. – se presentó, ofreciéndole una mano que Kenny aceptó, reticente. ¿Es que todos los tipos de esa ciudad eran gigantes?
  • Uh… hola. – Jerome sonrió, dándole un poco de vida a su rostro lo que le hacía parecer menos inquietante.
  • No es muy común ver un león de tu edad que no esté de excursión. – el chico se encogió de hombros, apenado.
  • Bueno, no puedo ir de excursión ya.
  • ¿Por qué?

El león consideró si responder o no, pero el hombre parecía realmente interesado.

  • El objetivo de las excursiones es encontrar una pareja y crear una familia y yo ya no puedo.
  • ¿Por qué? – Kenny se sintió incómodo. No le gustaba hablar ni recordar las razones por las que estaba desterrado.
  • Estoy marcado como omega.
  • Eso solo es una marca. – la mirada del otro hombre se suavizó. – No puede impedirte crear tu familia si así lo quieres.
  • Nadie de mi raza va a querer a alguien marcado. – repuso Kenny con un hilo de voz. Jerome puso una mano en su hombro, apretándole ligeramente.
  • No estaría tan seguro de ello. Y menos si llegan a conocerte. – Kenny se sonrojó un poco, pero hizo un gesto para quitarle importancia.
  • Como habrás comprobado mi popularidad no es precisamente muy buena. – Jerome rio, haciéndole un gesto para que le siguiera.

Ambos cruzaron la calle hacia la cafetería, en la que entraron. El hombre le hizo sentarse en una de las mesas antes de acompañarle.

  • Jerrad, el tío con el que has chocado es un dragón. Lo suyo es tener mal genio, le viene de raza. Se pelea con todos, sobre todo con los nuevos.
  • ¡Un dragón! Vaya, eso explica su tamaño. – el león estaba asombrado. Un dragón… nunca pensó que vería uno con sus propios ojos.  
  • Pues deberías verlo transformado. Es una lagartija del tamaño de un elefante. – eso hizo reír a Kenny. – En cuanto a los lobos, ni caso. Tampoco están pasando un buen momento y no confían en nadie. Lógico, si tenemos en cuenta que están aquí porque les traicionó y atacó su propio hermano.
  • ¡Buff! Eso debió ser duro.
  • Ya has visto como acabaron. – Jerome se encogió de hombros. – Pero se recuperarán y volverán a la carretera para buscarlo, no tengo duda de ello. – eso sorprendió al león. ¿Irse? ¿Por qué? Si ya estaban establecidos ahí e incluso con su propio negocio. ¿Para qué marcharse?
  • ¿Se marcharán? ¿Por qué?
  • Porque aquí nadie llega para quedarse, Kenny. – Kenny recordó a Ronald diciéndole las mismas palabras cuando se conocieron en Whitehorse y en el mismo tono triste. – Siempre es una zona de paso. Todos llegamos escapando de algo, pero la gran mayoría supera sus miedos y vuelve al mundo real para recuperar su vida. Y tú lo harás también, estoy seguro de ello. – el chico negó con la cabeza.

Una bonita camarera les trajo dos tazas de café y un trozo de tarta de frambuesa a cada uno. ¿Habían pedido? ¿Cuándo?

  • No tengo a donde ir.
  • Por ahora. Pero cuando llegue el momento saldrás de aquí, como todos, a buscar tu camino. Tal vez en busca de esa familia que crees que no te mereces. Tal vez a cerrar viejas heridas, saldando esa cuenta pendiente que tienes. Eso dependerá de ti.

Kenny consideró sus palabras mientras se comía la tarta. Vengarse de Cody por lo que le había hecho sería algo muy apetecible. Pero no sabría ni por dónde empezar a buscarlo.

Lo de buscar una pareja ni lo consideró. Estaba al cien por cien seguro de que nadie de su raza le querría al estar marcado. No tenía duda de ello.

¿Quién en su sano juicio tendría una relación con un omega acusado de robo e intento de asesinato y desterrado por su propia familia?, pensó con tristeza.

  • Te oigo pensar desde aquí, joven león. – la voz de Jerome le regresó a la realidad. – La venganza no es la mejor opción. Pero si eso lo que quieres, puede que tengas una oportunidad. Solo hay que tener paciencia y esperar a que aparezca.
  • Tiempo y paciencia es lo que me sobra.
  • Pues, entonces, tendrás tu oportunidad. Pero considera la otra opción. No todas las manadas de leones son como la tuya. Otras hace siglos que dejaron atrás las viejas tradiciones, como la marca. La única que suelen mantener todas es la de la excursión. Supongo que piensan que es bueno para sus jóvenes.
  • Es algo que se espera con mucha ilusión. – susurró Kenny, recordando sus antiguos planes.

¿Cuánto había pasado desde eso? Solo unos meses. Pero parecían años. ¿Cómo era posible eso?

  • ¿Dónde pensabas ir?
  • Al sur. Estaba harto de tanto frio. Quería ir a Los Ángeles o Texas, cualquier sitio donde la temperatura más fría no bajara de los veinte grados. Pensaba buscar a mi pareja y que nos estableciéramos en una de esas ciudades.
  • ¿Y si tu pareja estaba harta de calor? – preguntó, riendo Jerome.
  • No se me pasó por la cabeza que alguien pudiera hartarse del calor. – contesto simplemente haciendo reír de nuevo al otro.
  • No, supongo que no. Guarda esos planes. – le aconsejó, levantándose de la mesa y dejando un puñado de billetes por la comida. – Puede que dentro de unos meses consideres realizarlos. Ahora, vamos. Edgar debe estar esperándote para regresar a la granja.

Ambos salieron de la cafetería y se encontraron con Edgar apoyado en la furgoneta, hablando con uno de los lobos. Era un chico algo mayor que él, rubio con una chaqueta de cuero y no parecía demasiado feliz con lo que estaba escuchando. Kenny deseó no tener que acercarse para no interrumpir, pero Jerome no parecía preocupado por eso.

  • Sé que estáis pasando un mal momento, Jon. Solo te pido que intentéis no buscar bronca con todos. – escuchó decir a Edgar. El lobo bajó la cabeza, ligeramente apesadumbrado.
  • Lo sé. Lo intentaremos. Andamos un poco susceptibles.
  • Y es comprensible. Recuerda que, si necesitáis algo, lo que sea, podéis contar con nosotros.
  • Gracias. – murmuró el lobo, antes de alejarse.

Edgar se encogió de hombros cuando se giró para saludarles.

  • Son buenos chicos. Solo necesitan tiempo. – Jerome asintió.
  • Están en una situación complicada. Pero son fuertes y están juntos. Lo superaran. – Jerome se volvió hacia Kenny. – Y tú piensa en lo que hemos hablado. El mundo no se acaba aquí, joven león. Y la vida tampoco.

Kenny asintió y acompañó a Edgar de regreso a la granja.

Mientras reparaba una parte de la verja que se había roto con el alambre de espino recién comprado, Kenny volvió a pensar en lo que había hablado con el otro hombre.

Sobre la posibilidad de salir de allí para vengarse o para buscar una pareja con la que formar su familia.

¿Sería capaz de permitirse soñar un poquito en la idea de encontrar a alguien que le quisiera a pesar de la marca?

Con un suspiro triste, siguió con la verja. Era imposible que alguien así existiera.

Rugidos del corazón. Capítulo 3.

Decidieron ir a buscar el dinero esa misma noche.

Kenny esperó a la madrugada, cuando sabía que sus padres ya estarían acostados, para colarse en su casa junto a Cody.

Utilizó sus propias llaves y desconectó la alarma para no despertar a nadie y así poder entrar al despacho de su padre.

Pero, a pesar de las palabras de su pareja, del enfado que aun sentía y de sus ganas de marcharse de allí, seguía sin estar convencido con lo que estaba haciendo.

Hubiera preferido hablar con su padre primero. O su madre, quien tal vez hubiera sido más receptiva a la idea. O, incluso, irse sin ese dinero.

Pero no quería que su pareja pensara que no deseaba marcharse con él.

Por eso guio al otro hasta el despacho y quitó el cuadro del paisaje africano de la pared, descubriendo la pequeña caja fuerte que su padre escondía allí.

Kenny introdujo inseguro la contraseña y la caja se abrió. Y, como había dicho al otro, estaba repleta de papeles. Pero también había un puñado de billetes de cien. No era mucho, tal vez un par de miles. Pero tendría que servir.

Cogió los billetes y se los ofreció a Cody.

Sin embargo, este ignoró el dinero. Apartó a Kenny y se acercó, rebuscando entre los papeles hasta sacar un sobre marrón.

El joven león lo reconoció como el que su padre guardara esa mañana mientras discutían.

– ¡Cody, venga! – le urgió. – ¡Ya tenemos el dinero! ¡Vámonos!

Sin embargo, el otro no tenía tanta prisa.

– No tan rápido, cariño. – repuso, abriendo el sobre y sacando su contenido.

Eran un puñado de papeles, lo que parecían un par de mapas y algunas fotografías en blanco y negro. Kenny no solía prestar mucha atención a los negocios de su padre. Sabía que, a veces, tenía trabajos y consultas con la Comunidad o el Consejo. Por algo era el alfa.

Pero no eran tampoco demasiadas las ocasiones en que algo así ocurría. Esos papeles parecían algo de la Comunidad, como la mayoría de alfas. Y Kenny sintió su sangre helarse en sus venas al ver como Cody los doblaba y se los guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta.

¿Para que los quería?

– Cody, ¿qué haces? ¿Para qué quieres eso? ¿Qué son esos papeles?

La expresión de Cody había cambiado completamente, como si se hubiera despojado de una máscara. Su rostro, habitualmente sonriente y amable ahora portaba una expresión de desdén y crueldad que le hacía parecer otra persona completamente distinta.

– ¡Oh, mi pequeño Kenny! – hasta su voz parecía haber cambiado. El león se sentía como si estuviera en una pesadilla. – Esto es más importante que el dinero. Y la razón por la que estoy aquí.

– No te entiendo…

El rostro de Cody se torció en una horrible mueca que le hizo parecer desquiciado. Kenny tembló al verle. Daba miedo.

– ¿No lo entiendes? Y sin embargo es muy simple, querido. Mi trabajo era conseguir estos papeles. A cualquier precio. Y si para eso tenía que acostarme contigo para conseguir el acceso, pues…

El joven león se estremeció de nuevo, esa vez de asco e incredulidad. ¿Todo había sido una mentira? ¿Una cruel manipulación para robar unos papeles a su padre? ¿Por qué?

– Dios mío… ¿Cómo has podido? – preguntó, aún en shock. – Iba a dejarlo todo por ti.  

– Ya, adorable. Y, ahora… – siguió, sacando una pistola de la parte de atrás de sus pantalones.

Kenny retrocedió, asustado. ¿Una pistola? ¿Iba a matarle?

Seguía sin terminar de comprender que ocurría. Su Cody, su dulce Cody, se había transformado de repente en un loco que clamaba haberle usado para conseguir unos papeles de su padre.

¿Cómo había podido hacerle eso? ¿Y como no lo había notado? ¿Cómo había creído cada una de las mentiras que le había dicho todo este tiempo?

Había planeado su vida con él.

En ese momento, todo lo que no le contó sobre su vida y pasado, las veces que no le llevó a su apartamento y que no le correspondió al confesar sus sentimientos volvieron a su cabeza para mostrarle con claridad todo lo que había estado ignorando a propósito.  

Cody se separó, retrocediendo hacia la puerta, sin dejar de apuntarle con la pistola.

– ¿Sabes? Ha sido tan fácil engañarte que casi va a darme pena matarte. – dijo, quitando el seguro del arma. Kenny cerró los ojos, maldiciendo por lo bajo.

– ¿Qué ocurre aquí?

La voz de su padre les pilló por sorpresa a ambos. Kenny no tuvo tiempo de advertirle cuando Cody se giró y le disparó sin mediar palabra.

Tres disparos al torso y su padre cayó al suelo de rodillas, con un ruido sordo y gimiendo de dolor.

Cody gruñó, claramente disgustado. Eso no entraba en sus planes, pero tampoco parecía disgustarle la idea de haber herido al alfa.

– ¡Papá! – gritó Kenny, ignorando al otro y saltando para arrodillarse junto a su padre. Respiraba muy débilmente y perdía sangre a borbotones, pero seguía vivo.

Se quitó la chaqueta y trató de taponar las heridas para evitar que siguiera desangrándose. Mientras, en la casa, la gente se había despertado con los disparos y empezaban a escucharse carreras y gritos.

Cody maldijo, volviendo a encañonarles y este vio como el humano realmente apretaba el gatillo.

Salvo que nada ocurrió. No hubo disparo, no hubo bala, no hubo nada. La pistola se había encasquillado.

Furioso y apurado porque las voces se acercaban, Cody soltó una maldición a gritos y salió corriendo de allí, dejando atrás a Kenny y su padre.

Y así fue como lo encontraron su madre y los guardias cuando llegaron. Arrodillado junto a su padre, con las manos manchadas de su sangre.

Veinticuatro horas más tarde, Kenny se encontraba encerrado en una celda.

Llevaba incomunicado tanto tiempo que no sabía ni qué hora era ni cuánto tiempo había pasado. No existían ventanas ni relojes y nadie le decía absolutamente nada.

No le han dejado ni cambiarse de ropa ni lavarse las manos así que todavía estaba manchado de sangre. El olor le había puesto tan enfermo que vomitó dos veces.

Aunque tampoco le habían traído nada de comer ni beber, así que ya no le quedaba nada en el estómago para seguir vomitando.

Se preguntaba, mientras permanecía sentado en el sucio suelo, si su padre habría muerto y si él va a morir.

No era ningún iluso.

Sabía que había metido la pata y a lo bestia. Dejo entrar en la casa del Alfa a un humano, algo que jamás se debía permitir.

Jamás.

Dicho humano, además, robó documentos importantes y disparado al Alfa, presumiblemente asesinándolo.

Le iban a condenar a muerte, daba igual que lo hubieran manipulado y engañado. Él jamás debió permitir que entrara en la casa, para empezar.

Tendría suerte si le ejecutaban rápido.

Kenny estaba sentado en el suelo, intentando no volverse loco con la idea de lo que se le avecinaba, cuando alguien apareció por fin.

Uno de los guardias abrió la puerta y su madre entró, con el rostro serio y desencajado. Nunca la había visto así de demacrada.

– Mamá… – su madre alzó la mano, pidiendo silencio y Kenny obedeció, apesadumbrado.

– Voy a ser breve, hijo. Tu padre sigue vivo. – Kenny alzó la mirada, esperanzado. ¿Seguía vivo? ¡Eso era un alivio enorme! Pero la expresión de su madre eliminó toda esperanza de que eso fueran buenas noticias. – Eso no va a evitar que te juzguen. Gracias a que ha sobrevivido y a que he pedido clemencia al Consejo, no van a ejecutarte.

– ¿Entonces?

– Van a desterrarte y a marcarte como omega. – Kenny palideció. Había oído rumores sobre la marca de omega y ninguno era agradable. – Tu padre ha quedado muy mal herido. Tardará meses, si no más, en recuperarse lo suficiente como para poder volver a dirigir esta manada.

– Lo siento. – su madre le dirigió una mirada gélida al escuchar sus disculpas.

– ¡Te advertimos sobre ese humano! ¿Por qué no nos escuchaste? ¡Te dijimos que no podías confiar en ellos! – gritó su madre, con lágrimas en los ojos. – Has traído la deshonra a esta familia al escogerle antes que a nosotros. ¡Te repudio! – terminó, dándole la espalda y dejándole solo en la celda.

Kenny no tuvo mucho tiempo más para apenarse por las duras palabras de su madre. Para eso tendría tiempo mucho después.

En ese momento le preocupaba más el grupo que entró tras marcharse su madre. Entre ellos destacaba un león enorme, que portaba una especie de maletín de médico y que se alejó hacia una esquina, usando el catre que allí había como mesa improvisada.

Mientras, el grupo se separó y uno de ellos, que resultó ser un notario, empezó a soltar una parrafada legal eterna. Lo único que sacó en claro Kenny era que lo estaban desterrando y que ese tipo le explicaba las condiciones en que se realizaría dicho destierro y sus derechos (o falta de ellos).

Lo acompañarían al límite de la ciudad y él estaría obligado a marcharse y no regresar jamás. Al parecer, alguien, presumiblemente su madre, había preparado y traído su mochila con algo de ropa y su documentación.

Y ahí fue cuando notó el olor.

Mientras el notario y todos los demás hablaban, Kenny no había prestado atención al tipo del maletín. Pero le empezó a llegar un olor extraño. Algo que no debía olerse en ese lugar.

Hierro calentándose.

Y se le erizó el cabello al ver como ese tipo grande calentaba un hierro de marcar con un soplete.

La marca no era demasiado grande. Del tamaño de una moneda de dólar, redonda con el símbolo de la letra griega omega.

Para su horror, los otros cuatro leones, le rodearon y sujetaron mientras el grande se les acercaba con el hierro candente en su mano derecha.

Como si el tiempo se hubiera ralentizado, vio al tipo acercarse mientras uno de los que le sujetaban le obligaba a bajar la cabeza y cortaba su largo cabello dejando su nuca al descubierto.

El dolor de la quemadura fue espantoso, jamás había sentido algo igual. Pero lo peor fue el olor.

La peste a carne quemada y el saber que era la suya le revolvió el estómago lo suficiente como para provocarle arcadas.

Lamentablemente, al no tener nada desde hacía horas impidió que pudiera vomitar nada y sentir algún alivio.

Asqueado y dolorido, con el rostro lleno de lágrimas y las manos manchadas aún de sangre. Así fue como lo arrastraron fuera de la celda para meterle en una furgoneta para llevarle a los límites de la ciudad.

Una vez allí, empezaron a darle una paliza, golpeándole con puños y patadas cuando cayó al suelo.

Estuvieron minutos golpeándole, sintiendo cada golpe y rezando para que fuera el ultimo. Cuando por fin se detuvo, le arrojaron su mochila y regresaron a la furgoneta, que no tardó en alejarse del lugar.

Kenny tardó casi una hora en conseguir fuerzas suficientes solo para levantarse y quedar sentado en el suelo, intentando averiguar si tenía algo roto.

Cuando comprobó que no había nada dañado de gravedad, se centró en el contenido de su mochila. Tenía ropa, sus documentos y, por alguna clase de suerte o piedad, algo de dinero.

Todavía tardó otra hora más en conseguir ponerse en pie y alejarse de la ciudad, caminando por el borde de la carretera.

No tenía ni idea de que iba a hacer ahora. Ni a donde dirigirse. No conocía a nadie a quien pudiera acudir ni pedir ayuda. Y el dinero era bastante escaso. Lamentablemente, en las condiciones en que le habían dejado no estaba para hacer mucho para conseguir más.

¿Qué iba a ser de él?, pensó mientras se alejaba carretera arriba, cojeando, hacia un cielo negro y tormentoso.

¿Qué iba a ser de él?

¡Estamos de celebración!

¿Y qué celebramos? Te preguntaras… ¡pues Halloween!

Halloween ha sido una fecha muy especial para mi desde que empecé a escribir, ya que en estas fechas es cuando más he publicado mis novelas.

Es por eso que vamos a celebrar. Y lo haremos a lo grande.

Corazón de cazador, mi última novela por ahora, estará gratis en formato kindle desde el sábado 29 hasta el martes 1 de noviembre.

¡4 días para conseguir mi novela gratis!

¿Te lo vas a perder?

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¡Nueva colaboración!

¡Hola de nuevo!

¡Cuánto tiempo! ¿Verdad?

Lamentablemente he estado y seguiré estando desaparecida del blog por una temporada. Al fin he encontrado un nuevo trabajo y quiero asentarme un poco antes de poder regresar, ahora que tengo algo de motivación.

Estar tanto tiempo parada acabó afectándome anímicamente y espero que ahora regresen mis ganas de hacer cosas y escribir.

Pero mientras vuelven o no, tengo noticias chachis para vosotros.

Galiana, adorable compañera escritora, me ha concedido el honor de dejarme participar en su Galiana y Cia, con un pequeño relato de siete capítulos cortos.

El relato se empezará a publicar el día 11 de este mes (hoy) hasta el 17 y tratará sobre la relación entre Merlin y Lance, personajes de mi novela Kamelot 2.0. Vamos a ver un poquito como era su relación en su vida pasada y cuando se reunieron en este presente.

Ha quedado bonito, la verdad.

Así que espero que lo leáis y que os guste.

Podéis encontrar el relato aquí.

Especial Halloween: Relatos cortos sobrenaturales

Especial Halloween: Relatos cortos sobrenaturales.

 

Pues para celebrar este año Halloween, durante el mes de octubre las entradas del blog del lunes seran relatos cortos cortísimos de temática sobrenatural. No van a ser de miedo, ni de cerca pero, al menos, los protagonistas serán criaturas sobrenaturales.

Algo es algo.

¡Disfrutadlos!


  • ¿Cual es tu nombre?

  • Faith… Faith Porter.

El bombero susurró algo al oído del policía y ambos la observaron con expresión de estupefacción.

  • Faith, ¿sabe cómo se ha producido el incendio? ¿Había alguien más dentro? ¿Cómo ha sobrevivido?

La ambulancia llegó al lugar y dos enfermeros bajaron a todo correr, cargados de todo el equipo. Su sorpresa fue visible al comprobar que la chica parecía no estar herida. Aun así, insistieron en llevarla al hospital. Debían comprobar que no tenía heridas internas.

Faith observó a su alrededor, contemplando los escombros humeantes de lo que antes fuera una nave industrial. No habían quedado ni los cimientos de lo salvaje que fue el incendio.

Sabía cómo había llegado allí. Unos hombres la llevaron a ese lugar para golpearla y averiguar que sabía sobre ellos, que era nada y luego prendieron fuego al edificio con ella dentro.

Recordaba el calor intenso, doloroso, el aire desapareciendo de sus pulmones sustituyéndose por humo y fuego que la abrasaron por dentro.

Y luego… luego nada.

Durante unos minutos eternos no hubo nada. Ni ruido, ni fuego, ni nada.

Pasados esos minutos todo volvió de golpe. Como si hubiera estado privada de consciencia, volvió a la vida, llenando sus pulmones de oxígeno y dando un grito de dolor y alivio al recibir aire y no fuego. Se arrastró por el suelo, quedando sentada entre los escombros mientras los bomberos no daban crédito a lo que veían.

Un milagro, decían. Había sido un milagro que sobreviviera. Un auténtico milagro que no tuviera heridas graves.

Algo inexplicable cuando, ya en el hospital, comprobaron que no tenía un rasguño, ni una sola quemadura, ni leve ni grave.

Faith les dejó creer que, de alguna manera, se había formado una bolsa de aire con los escombros, protegiéndola del mortal calor. Ella sabía que no había sido así.

Tampoco quiso contarles la verdad de por qué había acabado allí, para empezar.

Eso le recordaba que debía salir de la ciudad a toda velocidad. Esos tipos no tardarían en enterarse de que seguía viva y vendrían a por ella.

Todo lo que había hecho era estar en el sitio equivocado en el momento equivocado. Nada más.

Mientras recogía apresuradamente sus escasas pertenencias para huir de la ciudad vino a su mente lo último que recordaba del incidente antes de caer inconsciente.

Una explosión y un enorme pájaro hecho de fuego.

Y no era la primera vez que lo veía.


Recuerda que tienes todas mis novelas disponibles en Amazon Kindle para disfrutarlas durante este Halloween.

 

Especial Halloween: Relatos cortos sobrenaturales

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Pues para celebrar este año Halloween, durante el mes de octubre las entradas del blog del lunes seran relatos cortos cortísimos de temática sobrenatural. No van a ser de miedo, ni de cerca pero, al menos, los protagonistas serán criaturas sobrenaturales.

Algo es algo.

¡Disfrutadlos!


Una de las cosas que primero aprendió de su abuela fue a pensar en si mismo primero.

«Recuerda, malysh, tú puedes marcar la diferencia y salir de este basurero. Pero solo lo conseguirás ocupándote de ti y solo de ti. No dejes que nadie te distraiga de tu objetivo.»

Sabias palabras, pensó Rasputín mientras se preparaba para realizar el hechizo.

Cuando se descuidó un poco acabó envenenado, disparado y apuñalado repetidamente. Y casi ahogado en un rio. Ese fue el precio de preocuparse por alguien más que de si mismo.

La segunda vez que cometió ese error le hizo terminar con sus huesos en esa prisión de La Orden y convertido en un triste esclavo, mago de segunda para ese horrible Pemberton.

No iba a equivocarse una tercera vez.

Preparó los ingredientes y recitó el ensalmo sacado del libro que habían requisado al guardián de Chicago. Con eso podría recuperar su libertad y acabar con Pemberton antes de huir de allí, lo más lejos posible.

No era ningún ingenuo. Sabía que si no eliminaba a Pemberton, este le perseguiría hasta el fin del mundo solo por principios. Así que debía matarlo para poder ser libre.

Sonrió mientras recitaba el hechizo.

Esa era una muerte que estaba deseando provocar.


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Especial Halloween: Relatos cortos sobrenaturales

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Algo es algo.

¡Disfrutadlos!


Había luna llena esa noche.

Una de esas lunas enormes y brillantes cuya luz es suficiente para andar por el bosque sin perderte.

Una luna azul, pura y deslumbrante.

Una luna de leyenda, de cuentos de terror que evocaba aullidos profundos y cacerías nocturnas.

Esa noche, con esa luna, dos lobos se persiguen, jugando, en la espesura del bosque, esquivando arboles y saltando arbustos. Mordiéndose la cola y tirándose del pelaje.

No era su primer paseo juntos pero si uno de los más especiales. Su primer paseo desde que se emparejaran.

El lobo con el pelaje más oscuro iba en cabeza, huyendo de su perseguidor, tentándole al mismo tiempo. El otro tenía el pelo marrón muy claro, casi anaranjado. Seguía al otro, dejándole ganar pero sin perderle de vista.

Al llegar a un pequeño claro en el bosque, donde la luz de la luna era más intensa, el segundo lobo derribó al primero, colocándose sobre él y sujetándole la garganta con sus fauces.

Los dos tomaron su forma humana a la vez antes de comenzar a besarse apasionadamente.

Dos hombres, uno con el cabello oscuro y largo y el otro rubio rojizo y ensortijado, se miraron a los ojos, hipnotizados por la luz de la luna que podían ver reflejada en la mirada del otro.

La misma luna enorme y brillante, de luz azulada y pura.

La luna del lobo.


Recuerda que tienes todas mis novelas disponibles en Amazon Kindle para disfrutarlas durante este Halloween.