Resumen semanal: última semana de enero

Resumen semanal: del 28 de enero al 1 de febrero.

resumen

Lunes.

En el post de esta semana te cuento mis planes de futuro y la de ideas que tengo para este año. Y esperando cumplirlas todas, claro.

 

Miércoles.

¡Último capítulo de Jack T.R.! 

Se acaba la historia. Averigua como acaba el asunto para nuestros protagonistas y que les deparara el futuro.

 

Jueves.

¡La nueva historia avanza!

Aunque sus personajes me tengan atascada porque no saben llevarse bien, su historia sigue avanzando. Aunque hay que trabajarla un poco más.

 

Viernes.

¡Se acabó la semana!

Pasa un buen fin de semana y nos vemos el lunes.

Si quieres tener algo entretenido que leer este finde, suscríbete al blog y consigue el relato 3 Hermanos gratis.

¡También recuerda que tienes mis novelas en la sección Tienda!

 

Jack T.R. Capítulo 10 y final.

Capítulo 10

jack tr

Aidan estaba en su trastienda, frente a la estantería que se encontraba al fondo de la habitación. Movió tres grandes atlas (esos que su abuelo rescató del sótano de una iglesia y que mostraban la ubicación de varios lugares a los que el ser humano no debía ir jamás) para sacar una caja rectangular de madera oscura, cuya tapa tenía un manzano labrado en ella.

 

La abrió y colocó con cuidado el diario en su interior, envuelto en un trozo de tela blanco.

 

Mientras volvía a colocar la caja en su sitio y la ocultaba de nuevo tras los tres grandes atlas, deseó no tener que verlo nunca más.

 

Una hora antes tuvo la última visita de la policía. O, al menos, él esperaba que fuera la última.

 

Había vuelto a ser interrogado sobre Charles. Al parecer su nombre aparecía en los informes del antiguo detective y consideraron necesario ver si estaba relacionado con los recientes sucesos.

 

Si ellos supieran…

 

Los asesinatos de Jack y las muertes de la familia Henricksen en el incendio se habían convertido en un solo caso.

 

Por lo que había oído, los que fueran compañeros de Charles habían barajado primero la teoría de que Henricksen fue el asesino todo el tiempo, matando a su mujer y a su hija, además de al resto de las víctimas. Las heridas de Angela y el cuchillo encontrado entre los escombros y cenizas de lo que fuera el salón de su casa apoyaban esa teoría.

 

Pero el testimonio de un testigo que afirmaba haber visto el día del incendio a un hombre que coincidía con la descripción de Charles y la repentina desaparición del detective les hizo cambiar de idea.

 

Por lo que el ex detective entró en la lista de sospechosos y Aidan dudaba seriamente que saliera de ella algún día. No había manera de demostrar la verdad y Charles no iba a volver para defenderse.

 

La policía no tenía manera de saber lo ocurrido en realidad y que la niña estaba viva y a salvo, bien lejos de ahí. Aidan no quiso saber a donde la enviaba Charles y este no hizo ningún intento de informarle, pero si le aseguró que estaría con una buena familia y segura.

 

Habían transcurrido ya tres meses de todo aquello. El ex detective se marchó a la mañana siguiente del incendio, tras reunir unas pocas de sus pertenencias, su coche y la información que deseaba. Con la ayuda de Rolf y sus contactos pudo salir de la ciudad sin que las autoridades le descubrieran.

 

No era necesario ser un médium ni tener ningún don especial para notar la ira ciega y las ansias de venganza del hombre. El dolor que sentía por perder a sus amigos era inmenso, pero la frustración por no haber descubierto antes lo que aquel demonio hacía con su compañero le estaba matando.

 

No hubo modo de hacerle cambiar de idea cuando este le pidió ayuda para ponerse en contacto con La Orden para averiguar su relación con ella. Incluso Julian, que era bastante partidario de ellos, trató de disuadirle. Charles estaba convencido de que podría evitar otra desgracia así a personas inocentes si sabía cómo ver los indicios desde el primer momento. Que ese conocimiento unido a su adiestramiento como detective sería muy útil para salvar y proteger gente de una manera distinta a la que había usado hasta ese momento, ahora que no podía ser policía.

 

Y Aidan no pudo seguir negándose a darle lo que quería a pesar de que de esa manera Charles se convertía, sin saberlo, en un enemigo para él.

 

Le entristeció pensar que el expolicía pudiera mirarle de manera diferente si supiera su verdadero origen.

 

La Orden, como bien le dijo, no se detenía demasiado en pensar y juzgar antes de destruir cualquier cosa sobrenatural. Y, la mayoría de las veces, eliminaban inocentes sin una pizca de remordimientos.

 

Tenían información que muy pocas personas conocían sobre criaturas que nadie pensaba que existían siquiera y eso les hacía terriblemente peligrosos para gente como el librero.

 

Porque Aidan no era humano. Pretendía serlo, como muchos en esa ciudad. O en el mundo. Pero no lo era.

 

Él era un mestizo.

 

Siglos atrás, varias razas no humanas empezaron a vivir a escondidas en las ciudades, en los pueblos, sin que nadie lo notara. Al principio, solo se emparejaban con los de su misma especie, pero en algún punto eso cambió.

 

Hombres lobo, arpías, brujas, hadas… los mestizos fueron creciendo en número. Nacidos, la gran mayoría, con aspecto humano, pero con algún poder especial.

 

Gente como él llamaba especialmente la atención de La Orden. Más incluso que los mismos seres originales, ya que eran más vulnerables y se les consideraba una aberración. Unos traidores a su raza.

 

Pero, a pesar de esa amenaza, los mestizos no se rindieron. Crearon la contraparte de La Orden.

 

La Comunidad Mágica.

 

Una sociedad secreta y pacifica que se encargaba de mantener el anonimato de todos los seres sobrenaturales y mestizos en las ciudades a la vez que ocultaba sus secretos y su historia de quien pudiera usarlos en su contra.

 

Una sociedad que mantenía el equilibrio.

 

Era por ello por lo que existían lugares como la librería «El pergamino», por lo que había gente como Aidan y su familia. Ellos eran los encargados de evitar que ninguna raza, mágica o no, sobrenatural o no, tuviera más poder que las otras.

 

― Ey, ¿estás listo? — Rolf asomó la cabeza al interior de la trastienda y le miró, arqueando las cejas.

 

Aidan suspiró, regresando al presente y a la tarea que debía enfrentar ese día. Tenía una visita de cortesía que hacer al nido de vampiros, por poco que le gustara.

 

― Casi estoy. Dame un minuto y cojo mi chaqueta. — se alejó de la estantería donde había escondido el diario para dirigirse hacia otra, que estaba en la pared derecha de la habitación.

 

No estaba entusiasmado con hacer esa visita.

 

Los vampiros siempre habían sido cordiales con su gente. Sabían que La Comunidad guardaba el registro más completo sobre su historia, además de libros de hechizos ya olvidados que nadie usaba y a los que era muy aficionado su líder. Karl era muy consciente de ello y nunca disimuló su interés. El viejo vampiro estaba algo más que obsesionado con sus orígenes. Tal vez fuera porque su creador lo dejó a su suerte al poco de traerlo a ese lado. Tal vez no.

 

Pero a pesar de que su relación con el clan de vampiros local fuera bastante buena, seguía sin hacerle ilusión pasar no sabía cuántos días con ellos. También eran contrabandistas de armas y traficantes de drogas, lo que convertía su guarida en algo muy ruidoso e incómodo. No era el mejor lugar para ponerse a descifrar un manuscrito en russenorsk.

 

No era que le necesitaran para traducirlo, en realidad. Estaba seguro de que el mismo Karl podría leerlo mejor que él. El chico sabía que solo era una estratagema para no perderle de vista, después de lo ocurrido con el demonio. A su extraña manera, estaban preocupados por su seguridad.

 

― Está bien. — Rolf entró con cautela en la trastienda, como si esperara que algo le atacase. Aidan casi rio, sabiendo que aguardaba una emboscada del fantasma. ― Oye… ¿Y Julian? No ha aparecido para molestarme.

 

― Julian se ha ido. Hace una semana me pidió que quemara el relicario. — el vampiro le miró, parpadeando sorprendido al oírle.

 

― ¿En serio? ¿Y ese cambio de opinión? Pensaba que no quería irse.

 

― Llevaba una temporada comentándome que tenía problemas para materializarse y que cada vez le costaba más mantenerse corpóreo si hacia algún esfuerzo. — comentó, cogiendo una carpeta marrón de la estantería y guardándola en su mochila. ― Los últimos acontecimientos nos han afectado a todos un poco y creo que tenía miedo de desaparecer sin más o convertirse en un poltergeist.

 

― Lo imagino. Lo siento, era un tío majo… para ser un fantasma, claro.

 

― Lo voy a echar de menos, pero ya era su hora de pasar. Llevaba demasiado tiempo postergándolo.

 

― ¿Quieres hablar de ello? — ese ofrecimiento le hizo sonreír a su pesar. Rolf era de los pocos con los que trabajaba que podía casi considerar un amigo.

 

― Te lo agradezco, pero no. No es necesario.

 

Un suspiro triste se escapó del librero al pensar en el fantasma. Julian había sido su compañero durante años. Su marcha no iba a ser fácil de superar porque Aidan no se permitía a si mismo tener muchos amigos.

 

Cuando, una semana atrás, Julian le comunicó que quería irse no podía decir que le sorprendiera la petición. Había notado que cada vez discutía menos cuando sacaba el tema. Pero le dolió igual.

 

El fantasma había sido bastante claro al explicar sus razones, pero el chico sospechaba que existía algo más que le hizo cambiar de opinión.

 

Aidan salió de la trastienda, cerrando bien la puerta tras él y cogió su chaqueta y sus guantes de piel.

 

― ¿Y tu perro?

 

― Perra. La he dejado con los de la carnicería de la esquina. No podía dejarla sola sin saber cuántos días voy a estar fuera y ellos la cuidaran bien.

 

― Bien pensado. Con suerte esto lo traduces rápido. Ya sabes cómo es Karl para los negocios. Los quiere sin complicaciones y en el acto.

 

― Pues va a tener que ser algo más paciente con esto. No puedo traducirle ese manuscrito en un día, por muy corto que sea. Solo espero que sepa que no va a sacar nada en claro de eso.

 

Los dos salieron. El sol empezaba a ocultarse y la temperatura descendía rápidamente, haciendo que saliera vaho de sus bocas con cada respiración. La Ducati de Rolf les esperaba aparcada frente a la tienda, negra y reluciente. El vampiro hizo su acostumbrada revisión a los alrededores mientras Aidan se aseguraba que la alarma estaba conectada y todo quedaba bien cerrado con llave.

 

― Lo sabe. Solo es curiosidad. Sabemos que cualquier cosa «interesante» sobre nosotros no la va a encontrar en EBay, precisamente. — rio Rolf, encaminándose hacia su moto con el chico pisándole los talones. — Mientras se mantengan con vosotros y no con La Orden, estamos bien.

 

― ¿Por qué las prisas con este papel, entonces? — Aidan cogió el casco que le pasó el vampiro y se lo puso. Era negro y sin adornos. El de Rolf, por el contrario, llevaba el logo de la banda. La discreción nunca fue el fuerte de los vampiros, razón por la cual siempre había tantas leyendas sobre ellos. — Si sabe que no es nada transcendental ¿para qué quiere saber que hay escrito?

 

― Te comenté que Karl piensa que podría haber pertenecido a su creador, ¿verdad? Y ya sabes cómo somos con la «familia». — el chico asintió. Si, los vampiros eran muy posesivos con cualquier pertenencia familiar. Por muy ridícula que esta fuera. — Ahora, sube. Espero que esa chaqueta que llevas sea suficiente. Y agárrate bien.

 

Aidan no tuvo mucho tiempo para replicar antes de que el vampiro se lanzara a toda velocidad por su calle.

 

Odiaba ir con Rolf en moto. Siempre iba rompiendo el límite de velocidad y, podía ser que él fuera inmune a las caídas y se recuperara de cualquier herida en segundos, pero Aidan no lo era y no tenía ninguna intención de acabar estrellado en una cuneta porque Rolf disfrutara tanto de la velocidad.

 

Se agarró fuertemente a la cintura del otro para no caer y usó el más amplio cuerpo del vampiro para escudarse del viento y del frío. Su chaqueta era perfecta para esa época del año, pero no tanto como para ir en moto a toda velocidad. Oyó la risa de Rolf, amortiguada por el viento y el ruido del motor, cuando escondió las manos en los bolsillos de la cazadora de cuero del vampiro.

 

― Ni una palabra.

 

― No iba a decir nada.

 

Ninguno de los dos notó que estaban siendo vigilados.

 

Desde un anodino sedan negro, el doctor Morgan les observaba con unos prismáticos hasta que los vio desaparecer al doblar la esquina de la calle.

 

Se rascó la barba, preocupado. No contaba con el vampiro. Su idea principal había sido abordar al chico en cuanto saliera de la tienda, pero la visita del otro torció sus planes.

 

Cogió su teléfono móvil y usó la marcación rápida para hacer una llamada. Necesitaba nuevas órdenes.

 

― Si, soy yo. No he podido hacerme con el objetivo. Uno de los chupa sangres se lo ha llevado. ― rodó los ojos al oír lo que le preguntaban al otro lado de la línea. ― ¡Claro que estoy seguro! Es uno de los locales. No… No hay rastro del otro. ¿Qué queréis que haga?

 

Morgan frunció el ceño mientras escuchaba sus nuevas órdenes, frotándose la cara, repentinamente cansado. Le acababan de dar una larga guardia.

 

― Bien. Así será. Vigilare hasta que vuelva. Tal vez el otro aparezca antes. ¿Qué hago con el chico si no sabe nada o no habla?

 

Se estremeció mientras cortaba la llamada, las últimas palabras aun rondando por su mente.

 

La Orden había sido clara. Atrapar al chico, interrogarle y eliminarle.

 

Pero, sobre todo, atrapar y eliminar al traidor Charles Andrews.

 


 

¡Y se acabó! Espero que hayas disfrutado con la historia y que quieras seguir a Charles y más personajes en las demás novelas.

¡No te las pierdas!

 

 

Jack T.R. Capítulo 9.

jack tr

Capítulo 9

jack tr

Charles llegó a su destino poco antes de que se le acabara el plazo que le había dado Jack. Aparcó su Chevrolet, apagando el motor con mano temblorosa, tomándose un minuto antes de salir. Necesitaba calmar sus nervios.

 

El asesino le había enviado a la avenida S. Ridgland. En específico a una de las múltiples y adorables casitas de dos pisos de ladrillo rojizo y tejado beige que formaban una larga fila por toda la calle.

 

La casa estaba rodeada por setos. Estos habían sido cortados en forma rectangular para ocultar la verja, aunque parecía que varias ramas habían empezado a crecer fuera del diseño principal.

 

Caminó sobre los cuatro ladrillos grises que componían el camino de la entrada y vio también signos de dejadez en el césped del pequeño jardín. Nadie había retirado la nieve de la entrada en días.

 

Observando con un poco más de atención notó también que las ventanas tenían las persianas echadas y el correo se amontonaba en el buzón.

 

Su preocupación y sus nervios aumentaron ante esos nuevos descubrimientos. Esa casa donde se encontraba era la de su compañero Henricksen.

 

Y por las señales que estaba viendo parecía que llevaran varios días fuera. En una casa donde vivían dos adultos y una niña pequeña debía haber más movimiento y ruido, no ese lúgubre silencio que parecía haber rodeado todo el lugar.

 

Daba la impresión de que la sombra del infortunio se hubiera posado sobre ella.

 

Eso le hizo sospechar. Creía que Henricksen había sido una elección de última hora del demonio para hacerle acudir a la cita, pero ¿y si le hubiera usado antes?

 

Ese pensamiento le puso los pelos de punta. ¿Significaba eso que Jack había seguido toda la investigación desde el principio? ¿Sabía, entonces, cada detalle, testimonio y pista que siguieron durante el proceso completo?

 

Si eso fue así no le extrañaba que jamás hubieran conseguido acercarse siquiera a él. Siempre estuvo ahí y no se habían dado cuenta.

 

Algo más que el frío le hizo estremecerse. La sola idea de que pudiera haber estado trabajando, codo con codo, con esa cosa…

 

Trató de sacudirse ese mal presentimiento. Al acercarse a la puerta de entrada comprobó que estaba entreabierta. Agudizó el oído y sacó su arma de la pistolera, asegurándose de que estuviera cargada primero. Oyó un leve rumor sordo, como de música, y unos gemidos demasiado bajos para ser notados desde la calle.

 

Empuñó su pistola y entró, lo más sigilosamente que pudo.

 

Había estado varias veces allí para cenar, cuando Angela le invitaba, siempre en navidades o Acción de Gracias. Decía que existían fechas en el año en las que una persona no debería pasar sola.

 

Era una mujer encantadora. Solo esperaba que estuviera a salvo, pensó mientras dejaba atrás el desastre que era el recibidor. El interior de la casa estaba revuelto, con signos de lucha.

 

La música que había creído oír se hizo más clara y pudo reconocer la canción. Era «The Ripper», de Judas Priest. Charles tuvo que reconocer que el cabrón tenía sentido del humor.

 

La música parecía proceder del salón, hacia donde se dirigió. No esperaba encontrarse con tan horrible espectáculo.

 

Jack estaba en el cuerpo de su compañero, de pie junto a la chimenea encendida. Esos odiosos ojos dorados le delataban. A su lado, amordazada y atada a una silla, se encontraba Angela, la mujer de Henricksen. Su habitualmente arreglado cabello rubio estaba revuelto y sucio, la ropa desgarrada y manchada de sangre. Por un segundo temió haber llegado demasiado tarde, ya que no se movía, pero el asesino la cogió bruscamente del pelo y le alzó la cabeza, sacándole un sollozo ahogado.

 

Todo a su alrededor parecía haber sido volcado o roto, llenando la alfombra burdeos de trozos de cristal y cerámica que brillaban a la luz de las llamas. Se encontraban de espaldas de la que debía ser la única ventana con las persianas levantadas de toda la casa, la cual daba al patio trasero.

 

No había rastro de la niña.

 

El bastardo le sonrió, usando el control remoto del equipo de música para apagarlo, cuando Charles sacó su arma y le apuntó con ella.

 

― Bienvenido, detective. Empezábamos a pensar que no vendría. Angie ya estaba impacientándose. — Charles jadeó al fijarse en la cara llena de cortes de la mujer.

 

Angela tenía numerosas heridas su torso y brazos que manchaban de sangre su camisa blanca y la falda gris que llevaba. Algunas solo eran meros arañazos, pero otras se veían terriblemente mal, más profundas y peligrosas. Estaba pálida y casi inconsciente.

 

Empezaba a dudar de que pudiera sacarla de ahí con vida.

 

― ¡Oh, lo siento! Estaba algo lejos de aquí. — ironizó sin dejar de apuntarle con su arma y acercándose un paso más. — Creí que yo era tu entretenimiento, Jack. ¿Por qué no les dejas ir a los dos?

 

― Tres. — le corrigió el asesino, jugando con su cuchillo. Era de hoja larga, ancha y empuñadura de madera, muy parecido al que encontraran anteriormente en la escena del crimen. ― Y no, detective. No sea tan arrogante.

 

― ¿Tres?

 

― ¿Te olvidas de la pequeña Lauren? — al ver la expresión de horror que compuso el policía cuando mencionó al bebe, Jack rio. — Tranquilo, ella será el postre. La tengo reservada para cuando acabe contigo. O tal vez te deje ver como la despedazo, mientras agonizas en el suelo.

 

― ¡Cabrón! ¿Dónde está?

 

Charles miró preocupado a su alrededor, buscando dónde podía haberla escondido. La casa tenía dos plantas y un desván.

 

Y la niña podía estar en cualquier sitio.

 

Mientras trataba calcular en cuál estaría y cuánto tardaría en encontrarla, miró a su compañero. Si Angela estaba mal, su marido no tenía mucho mejor aspecto. Podía ver las líneas de tensión en el rostro demacrado de Gordon. Su piel estaba cenicienta y cubierta de sudor, como si estuviera realizando un gran esfuerzo físico y su traje gris manchado con sangre.

 

Al notar el escrutinio, Jack sonrió torcido.

 

― Tu compañero está aquí. ― el asesino se golpeó la sien izquierda un par de veces con un dedo de su mano libre. Con la derecha seguía empuñando el cuchillo en la garganta de la víctima. ― Sigue tratando de escapar. No sabe que no le va a servir de nada. Solo va a empeorarlo.

 

― ¡Déjales ir! — chilló, preocupado por la seguridad de su compañero y su familia. ¡Maldita sea! La niña empezó a llorar en la habitación de al lado. Suspiró mentalmente de alivio. Ahora sabía que seguía viva y dónde. Solo necesitaba sacarla de ahí antes de que a ese animal se le ocurriera usarla. ― ¡Ya me tienes aquí! ¿Qué más quieres?

 

― ¿Qué quiero? — los ojos del demonio brillaron con una luz siniestra. ― Quiero que veas cómo tu compañero mata a su mujer mientras te cuento cómo le hice destripar a todas aquellas chicas. Eso para empezar.

 

― ¡Cállate!

 

― No sabes cuánto lo disfruté. — con una sonrisa diabólica hizo otro corte en el cuello a la mujer. ― Lo satisfactorio que fue volver a sentir la sangre en mis manos.

 

Esta gimió, la sangre brotando de la nueva herida con fuerza. Jack apretó el cuchillo en la tierna carne, haciéndola más profunda. Charles cargó su arma, horrorizado al pensar que podía haberle cortado la yugular, y disparó.

 

La bala alcanzó al demonio en el hombro derecho. Para sorpresa de Charles, Jack ni se inmutó. Se limitó a mirar la herida con expresión aburrida antes de alzar la vista hacia él.

 

― Disparar no le va a servir de nada, detective. No va a detenerme con eso. Y lo sabe.

 

El detective miró furtivamente hacia la ventana, recordando lo que Aidan y Julian le habían comentado sobre las posesiones. Jack tenía razón. Disparando solo había conseguido herir el cuerpo ocupado, pero no haría ningún daño al demonio.

 

Por suerte, tenían un plan… solo esperaba que funcionara antes de que alguien más muriera.

 

― Déjala ir. ¿Quieres contarme tus estúpidas historias? ¡Adelante! No la necesitas para eso.

 

― ¿En cuánto muera? No. ¿Ahora mismo? Te mantiene a raya un rato más. — Charles gruñó frustrado y volvió a desviar la mirada a la ventana, disimuladamente. ― ¿Está esperando a la caballería, detective?

 

― No hay ninguna caballería a la que esperar.

 

El demonio acarició el pelo de Angela con ternura una vez más, sus manos manchadas de sangre ensuciando las rubias hebras, antes de alejarse hacia la ventana. Charles no dejó de apuntarle con la pistola, siguiendo todos sus movimientos y vigilando de reojo la respiración casi inexistente de la víctima.

 

― Le voy a contar una historia, detective. — comenzó, apartando la cortina y mirando hacia el exterior. La nieve volvía a caer suavemente. ― Cómo conseguí escapar del Infierno donde estuve retenido durante doscientos años.

 

― No me interesa.

 

Jack soltó una carcajada, girándose hacia él.

 

― Oh, que descortés. ¿Por qué no? — cogió de nuevo el cabello de la mujer, tirando para hacerle levantar la cabeza. ― Tenemos tiempo hasta que Angela se desangre, ¿verdad, querida? Aún le quedan unos minutos.

 

― Sigue sin interesarme. — Charles trató de acercarse a la mujer, pero el asesino levantó la mano y le hizo retroceder con esa energía invisible. El policía jadeó, por el golpe y la sorpresa. Se alejó un par de pasos, aliviado al comprobar que en esa ocasión no le había dejado inmovilizado.

 

― No, no. Aún no le he contado como Gordon y yo matamos a esas mujeres.

 

― No te creo. Hubiera notado algo. Él hubiera dicho algo.

 

― Para nada. No podía. No iba a dejar que importunara mi juego con su estúpida conciencia. Le impedí acceder a esos recuerdos y lo mantuve en la ignorancia hasta que salía a jugar. Lo elegí a él desde el primer día.

 

― ¿Por qué? ¿Por qué a él?

 

― ¿Por qué no? Me pareció divertido usar a un policía para esto. Además, fue él quien rompió accidentalmente el sello que me mantenía preso. Se merecía el honor de ser mi recipiente.

 

El asesino le sonrió, siniestro, riendo por lo bajo mientras limpiaba el cuchillo con el bajo de su chaqueta, claramente divertido.

 

― Tú… tú, sin embargo, fuiste un plus en todo esto. — levantó de nuevo la vista hacia Charles, con los ojos dorados brillantes de la risa. ― ¿Quién iba a decirme que me encontraría con el único descendiente de quien me mandó a mi prisión? ¿Quien, además, era capaz de ver lo que hacía en sueños? Eso fue oro. Siempre he querido un testigo de mi arte.

 

― ¿Arte? — no quería ni tenía tiempo de analizar lo que el demonio había insinuado sobre su familia. ¿Descendiente de quién?

 

La expresión de asco del policía hizo sonreír aún más al otro. Era una sonrisa de orgullo.

 

― Si, arte. Entre los míos estoy considerado como un gran artista, detective. Cuando vuelva, seré aclamado, como lo fui hace doscientos años. Pero no tengo intención de regresar todavía. Hay tanto que hacer todavía…

 

Charles volvió a desviar la mirada a la ventana. Algo le había llamado la atención. Algo que llevaba esperando desde que entró a la casa. Se acercó otro paso al asesino, empuñando con más firmeza su pistola.

 

― No pienso permitirlo.

 

― ¿Y cómo vas a evitarlo? Cuando quiera puedo abandonar este cuerpo e irme de esta casa. Y jamás podrás encontrarme, no hasta que sea demasiado tarde.

 

― No, no puedes.

 

Fue ligeramente cómico ver al demonio parpadear sorprendido. Le vio cerrar los ojos y fruncir el ceño cuando no ocurrió nada.

 

― ¿Qué has hecho? — rugió. Charles sacó una bolsita de cuero del bolsillo de sus pantalones y la abrió, mostrándole al demonio lo que contenía, para luego desviar los ojos al suelo donde había dibujado una línea entre el monstruo y él. Era polvo de plata. Según Aidan, eso debería impedir que se acercara más a Charles y le dejaría un poco de margen para lo que tenía que hacer.

 

― ¿Yo? Nada. — el policía se encogió de hombros, intentando aparentar indiferencia mientras tiraba la bolsita de cuero al suelo. ― ¿Recuerdas que dije que no esperaba a la caballería? Eso era porque ya estaba aquí. Ha cerrado todas las salidas posibles para que tú no puedas ir a ninguna parte, bastardo. Y, ahora, estás atrapado.

 

Mientras él estuvo hablando con el asesino, distrayéndolo, Aidan había sellado con polvo de plata todas las ventanas y puertas de la casa.

 

Esa era la primera parte del plan.

 

Ahora debía funcionar la segunda.

 

Guardó su pistola y buscó en el interior de abrigo el papel que el librero le había dado antes de entrar.

 

Le dirigió una mirada desafiante al demonio antes de abrirlo, mientras rezaba para que eso funcionara. Si no lo hacía…

 

― Espero que tengas un bonito viaje hacia abajo. ― Charles empezó a recitar a toda prisa el exorcismo en latín que Aidan había encontrado entre sus libros.

 

― No voy a irme solo. — gruñó el demonio antes de clavar el cuchillo en su propio pecho.

 

― ¡Hijo de puta! — con horror vio como Jack sacaba el cuchillo de su cuerpo y se lo enseñaba, sin dejar de sonreír perverso para luego clavárselo a Angela. Ambas heridas sangraban sin parar.

 

― Ahora, detective si salgo de este cuerpo, tu amigo muere. De hecho, creo que ya está muerto. No noto su estúpido corazón latiendo.

 

Charles se obligó a dejar de mirar al que fuera su compañero durante años. Su amigo. La pena le inundó al recordar todas las veces que había estado en esa casa. La última fue para celebrar el nacimiento de la niña.

 

Dirigió una mirada triste a la pareja y siguió leyendo a pesar de que tenía la vista nublada por las lágrimas.

 

Jack, mientras, seguía buscando una manera de salir de allí, pero al tocar la ventana, se alejó siseando de ella como si le hubiera quemado.

 

Furioso, tiró todos los papeles y libros que había sobre una mesa, que cayeron entre la alfombra y la chimenea. Ninguno de los dos notó cuando empezaron a arder.

 

― Te lo advierto, pienso volver. ¡Y seguiré donde lo he dejado!

 

― Y te estaré esperando, cabrón. ― gruñó el policía antes de finalizar el exorcismo.

 

Aidan estaba fuera de la casa, esperando.

 

Tal como habían planeado, se dedicó a sellar las salidas de la casa con plata, como Julian y él habían leído en uno de los libros copiados a La Orden, mientras Charles entraba. Eso no solo encerraría al demonio en la casa, sino que también debilitaría notablemente su poder.

 

Ahora esperaba a que el policía saliera de allí vivo.

 

No quería ni pensar en lo que ocurriría si fallaba. Tenían un plan de reserva, pero no estaba demasiado seguro de que pudiera convencer a alguien de La Orden para que se ocupase de eso.

 

Tampoco quería pensar en lo que estaría sufriendo Charles al ver a su compañero poseído por ese monstruo.

 

Se estremeció al oír gritos, las voces de dos hombres hablando. El llanto de un bebe. Cosas cayendo al suelo y rompiéndose.

 

El cielo se nubló de repente.

 

El brillante cielo azul celeste con unas pocas nubes que hubiera unos segundos antes, se encontraba ahora cubierto de nubarrones negros de tormenta. Comenzó a nevar con fuerza. Aidan no tardó en empaparse, su ropa mojada pegándose a su cuerpo y haciéndole tiritar por el frío y el miedo al saber que ese fenómeno no era normal.

 

De entre esas nubes negras cayó un rayo, justo sobre el tejado y atravesó la casa, lanzando madera y tejas hacia la calle. El chico se vio obligado a alejarse con rapidez cuando los escombros amenazaron con caerle encima.

 

Y tal como comenzó, se detuvo todo. Las nubes se disolvieron lentamente, dejando de nuevo paso a un cielo despejado y azul. La tormenta paró, la temperatura subió varios grados…

 

Los minutos pasaban y Aidan se impacientaba cada vez más cuando vio humo salir por las ventanas de la planta baja de la casa. Oyó más ruido y más golpes procedentes del interior, preocupándole.

 

¿Qué acababa de ocurrir? ¿Qué era ese rayo? ¿Había acabado Charles con Jack? ¿O, por el contrario, el demonio había salido victorioso?

 

Una de las ventanas estalló, a causa del calor del fuego, llenando el porche de cristales y devolviéndole al presente. Los vecinos de las casas colindantes empezaron a gritar pidiendo ayuda y usando sus móviles para llamar a los bomberos.

 

Charles debía salir rápido de ahí o les iban a pillar.

 

Estaba a punto de entrar a la casa cuando la puerta se abrió y salió por fin el detective, con un bebe en brazos que lloraba sin parar.

 

Fue una imagen que impactó a Aidan. El aspecto sombrío del policía, vestido con su abrigo negro y llevando en un brazo al bebe envuelto en una mantita rosa.

 

Y a sus espaldas, las llamas devorando la casa.

 

Le vinieron a la mente las palabras de Julian sobre por qué alguien perseguía a lo sobrenatural, del por qué alguien se enfrentaba a algo tan terrorífico como demonios, fantasmas y monstruos sedientos de sangre. Y estaba seguro de que el detective acababa de cruzar esa línea.

 

Horas más tarde y ya a salvo en su piso sobre la librería, miraba las noticias mientras terminaba de ponerse ropa limpia que no oliera a humo. Charles estaba en la ducha. La bebe dormía plácidamente en su sofá, con Luna acostada en el suelo a su lado, como si su perra hubiera decidido convertirse en guardián de la pequeña.

 

En su televisor, una guapa presentadora del canal CBS narraba el suceso de una familia entera devorada por las llamas del incendio que había asolado su casa.

 

No decían nada de que el incendio había sido provocado y que las víctimas no habían muerto realmente por el fuego. Eso, imaginó el chico, solo lo sabía la policía y los bomberos, quienes trataban de evitar que el público supiera que sospechaban del compañero de la víctima.

 

Aidan se entristeció pensando en Charles, el cual no podría volver a trabajar como policía. Su vida ahí, tal y como la había vivido, estaba acabada. Ahora tendría que empezar una nueva, bien lejos de Chicago.

 

El hombre permitió ser acusado del asesinato de sus amigos por proteger esa ciudad de un demonio. Perdió su vida entera por mandar a ese monstruo de vuelta al Infierno.

 

Y había descubierto la pasada relación de su familia con La Orden.

 

Demasiado que asumir para una persona normal.

 

Pero, como dijo Julian cuando le conoció, Charles no era una persona normal.

 

 

 

 

 

Jack T.R. Capítulo 8.

jack tr

Capítulo 8

jack tr

― ¡Detective!

 

Aidan se quedó asombrado al ver como el policía entraba corriendo a su tienda y cerraba la puerta con fuerza, apoyándose en ella, jadeando. Estaba sudando, despeinado y mirando nervioso a su alrededor como si esperara un ataque en cualquier momento.

 

Era una suerte que no tuviera clientes en ese momento.

 

― ¿Qué ha ocurrido?

 

Charles no respondió. Había llegado allí corriendo. A mitad de camino pensó que ese monstruo le podía seguir y dio un rodeo a toda velocidad por los callejones. Se dirigió directamente al mostrador, buscando la botella de whisky que Aidan escondía debajo y se sirvió un vaso hasta arriba, que bebió de un solo trago. No fue suficiente para calmar sus nervios.

 

Al verle servirse otro vaso más, el librero se acercó y se lo quitó de las manos antes de que pudiera bebérselo, haciendo caso omiso a la mirada hosca del otro hombre.

 

― ¿Qué ha pasado?

 

― Lo he visto.

 

― ¿A Jack? ¿Te ha atacado? ¿Te ha herido? — le preguntó, alarmado, mirándole detenidamente, buscando cualquier indicio de heridas en el policía.

 

― Lo intentó. Me abordó en mitad de la calle… hablamos… desapareció en la nada…

 

El chico suspiró aliviado al oírle. Al menos no le había hecho daño.

 

― No me entiendas mal, me alegro de que estés bien y a salvo, pero… ¿para qué has venido?

 

― Después de que se fuera, encontré la petaca. Pensé que nadie más podría creer esto salvo vosotros. ― Aidan rio, vaciando el contenido del vaso en la maceta que tenía junto al mostrador y guardando la botella en su lugar. — No puedo resolver este caso y deshacerme de ese demonio sin ayuda.

 

― Me alegro de que la guardaras aunque me sorprende. — repuso el chico, poniendo el cartel de cerrado en la puerta y echando la llave. ― Creo que sería buena idea pedir algo para comer. No sé tú, pero yo a estas horas estoy hambriento.

 

El detective le observó descolgar el teléfono y pulsar la marcación rápida, revolviendo entre los papeles sobre el mostrador hasta encontrar el que buscaba. Un menú del restaurante China Express.

 

― ¿Comer? ¿En serio? ¡Son las nueve de la mañana!

 

― Si, comer. Tengo unos horarios muy raros para la comida. ¿Chino está bien para ti? Este sitio me sirve a cualquier hora. Ya les tengo acostumbrados a pedidos raros.

 

Veinte minutos más tarde estaban los dos comiendo, sentados en el mostrador. Casi no habían vuelto a hablar desde que llegara el repartidor con el pedido y, aunque no era un silencio incómodo, Charles seguía necesitando respuestas. Había regresado a la librería porque era el único sitio donde podría encontrar una manera de detener a ese monstruo.

 

― Por cierto… ― Aidan parecía levemente molesto, sin querer mirarle a los ojos y moviendo la comida, sin probarla. — Sé lo de tus sueños.

 

― ¿Perdón?

 

― Tienes sueños premonitorios, ¿verdad? Has estado viendo lo que hacía ese asesino todo el tiempo.

 

Charles tragó con dificultad el trozo de cerdo agridulce que se había pedido y lo miró con los ojos como platos.

 

¿Cómo podía saber eso?

 

― No te asustes. Ya te lo dije. Soy médium y empático. Cuando te fuiste… estuviste bebiendo, tocaste el vaso… al recogerlo me vino una visión. Lo siento. ― se apresuró a disculparse al ver la expresión de horror del policía. ― No lo hago a propósito. Vienen cuando menos me lo espero y no puedo controlarlas.

 

― Yo no… Nunca he hablado de eso con nadie.

 

― No debe ser fácil, lo sé. ¿Cómo lo explicas? — Aidan le miró, comprensivo. ― Yo solo tengo esas visiones a veces y son un dolor de cabeza. ¿Soñar con eso? ¡Buff! ¡Debe ser horrible!

 

El detective carraspeó.

 

Horrible era una palabra que se quedaba corta para definir lo que sufría con sus sueños, pero se acercaba bastante.

 

Decidió cambiar la conversación. No se sentía cómodo hablando de su don. Era algo demasiado íntimo.

 

― ¿Cómo sabes tanto de estas cosas siendo solo un librero? Y no me digas que leyendo.

 

El chico no pudo evitar reírse, a pesar de todo. Masticó el trozo de pato a la pekinesa que estaba comiendo, aprovechando para pensar qué podía decir o no al policía.

 

No era nada sencillo. Él guardaba muchos secretos que no le pertenecían.

 

― Pues aunque no te lo creas, si, la mayoría lo aprendí leyendo. Pero también de mis… «clientes», por así decirlo. Tengo una clientela algo especial.

 

― ¿Cómo el tipo de la sección de poesía? ¿El que te acompañó la última vez que nos vimos?

 

― Por ejemplo. Hace unos años, poco después de hacerme cargo de la librería y todo lo que conlleva, conocí a un miembro de La Orden.

 

― La has mencionado antes.

 

― Fue antes de que me pusieran en su lista negra, claro. Se dedican a tratar con cosas sobrenaturales. — Aidan hizo una pausa, mirando su plato y moviendo con los palillos la comida. — Son un poco radicales con sus métodos, eso sí.

 

― Vamos, que si algo como nuestro amigo Jack se sale del tiesto, ellos lo… ¿matan?

 

― En el caso de nuestro amigo Jack, no se podría. No creo que haya manera de matar a un demonio, pero sí de devolverlo a donde pertenece.

 

― El Infierno. — Charles puso los ojos en blanco al ver al chico asentir.

 

― Exactamente. Esta persona que conocí me encargó varios libros especiales y… yo soy muy curioso.

 

― Los leíste todos.

 

― ¡Por supuesto! ― exclamó Aidan. ― No todos los días se tiene la oportunidad de tener semejantes ejemplares al alcance de la mano. Y tomé notas. Nunca se sabe. Ya tenía a un fantasma en casa, ¿quién me aseguraba que no podía colárseme un demonio o algo peor? Necesitaba proteger la tienda.

 

― De repente, no me siento muy querido.

 

Julian apareció frente a ellos, haciendo un mohín y cruzado de brazos. Charles sonrió a su pesar al ver como Aidan se atragantaba con su comida mientras el otro golpeaba el suelo con el zapato.

 

― Sabes que no me refería a eso.

 

― Claro, claro… Bien, ¿qué me he perdido?

 

El fantasma estaba más corpóreo que cuando se fue. O eso le pareció al policía. Podía ver con más nitidez sus rasgos, que mostraban una vida al aire libre y bajo el sol, dado lo tostado de su piel y las arrugas de expresión. Le hacían parecer más mayor de lo que debió ser.

 

― Bueno, ¿y cómo mandamos a Jack al infierno?

 

― Eso no es tan simple, detective. Si la suposición de Aidan es verdadera y ese diario habla de nuestro amigo, no va a ser nada fácil. — el policía dejó los tallarines en el aire, mirándolos confundido.

 

― ¿Diario?

 

― El que mencioné el otro día. — explicó Aidan, dando un bocado a su pato a la pekinesa, gimiendo ligeramente al saborearlo. En ningún sitio lo hacían tan bien como en el China Express de su calle. — Perteneció a un miembro de La Orden. Al parecer lo localizó en Londres y le envió al Infierno.

 

― ¿Y cómo lo hizo?

 

― Usó un exorcismo especial, aunque no dejó constancia de cual.

 

― Y no tenemos a quien consultar cuál pudo ser, porque La Orden es muy quisquillosa con lo de compartir sus secretos. — gruñó Julian, mirándolos comer con envidia. Eso olía tan bien… y él sin poder comer. ¡Cómo echaba de menos la comida! ― Tendrás que revisar la reserva secreta. — añadió mirando hacia el librero. Este asintió, dando otro bocado.

 

― ¿Reserva secreta?

 

― A pesar de que La Orden no se fie un pelo de mí, siempre tengo material por si lo necesitan. Pero siguen sin querer venir a mi tienda.

 

― Sigues haciendo tratos con todo lo que matan y estoy seguro de que saben que te copiaste esos libros — rio el fantasma. — No te puede extrañar que no se fíen demasiado de ti.

 

― No con todo. — se defendió débilmente el chico, comiéndose el ultimo trozo de pato.

 

― Vampiros, lobos, el ogro de la semana pasada… ― enumeró con sorna. ― ¿Qué más quieres?

 

― Que piensen un poco antes de disparar, eso es lo que quiero. — suspiró el chico, levantándose y soltando el plato ya vacío en el mostrador. — No todo lo sobrenatural es malo, ¿sabes? Hay muchas criaturas conviviendo en paz y discretamente con los humanos.

 

Aidan se dirigió a la parte de atrás, seguido de cerca por los otros dos, hasta pararse frente a una estantería repleta de libros que estaba colocada al final de uno de los pasillos. Al tirar de «Guerra y paz», la estantería se movió, dejando la entrada clara a otra habitación, casi tan grande como la misma tienda.

 

― ¿Guerra y Paz? ¿En serio?

 

― ¿Qué? Es el único libro que sé que nunca me van a pedir. Los niños de ahora no leen algo tan largo.

 

Charles contempló asombrado la cantidad de objetos extraños y libros antiguos que atestaban la habitación. Había estanterías repletas, cajas, baúles, un par de espejos, vitrinas llenas de pequeños objetos como collares y relojes…

 

― ¡Espera, espera! ― los tres se pararon en seco bajo el umbral de la puerta. ― ¿Hay vampiros en la ciudad? — tanto Aidan como Julian rieron.

 

― ¡Pobre iluso! Estás hablando con un fantasma sobre como atrapar a un demonio y aun preguntas si hay vampiros.

 

― Deja de molestar al detective, Julian. ― regañó distraído el librero, buscando en una estantería particularmente llena. Casi daba la impresión de que iba a caerse del peso de los libros que tenía encima y todos parecían ser muy antiguos. ― No ayudas.

 

― Soy un fantasma. Mi trabajo es encantar cosas, no ayudar.

 

― Aún puedo quemar el guardapelo, tú sabes…

 

― Capullo.

 

― Ayuda y calla, anda. — el policía les observó, ligeramente divertido. Esos dos parecían un matrimonio discutiendo. Le recordaba a Henricksen y él cuando no tenían que trabajar en casos muy graves.

 

― ¿Siempre estáis así?

 

Aidan rio por lo bajo y siguió revisando libros sin responder mientras el detective se entretenía con el viejo diario que el chico había rescatado semanas antes y que acababa de entregarle.

 

― ¿Por qué hay gente que se dedica a esto? — preguntó Charles, buscando la página del diario que hablaba de Jack.

 

― ¿El qué? ¿Cazar estas cosas? — preguntó a su vez Julian, adivinando a que se refería. — No lo sé. Todos entran por una razón. Y no tiene nada que ver con el dinero, la fama ni nada de eso. — terminó, con tono amargo.

 

― Se refiere a que todos los que entran en la caza han tenido un encuentro nada agradable con algo sobrenatural. — el fantasma resopló.

 

― Me refiero a que todos los que hemos perdido a alguien por culpa de esas cosas tenemos una buena razón por la que entrar en esto. Y es por la única por la que se sigue. Tienen suerte de que muriera antes de poder cazarles.

 

― ¿A quién perdiste? — la mirada de Julian cambió de dura a triste en un segundo.

 

― Mi mujer. Hizo un pacto y vinieron a cobrárselo.

 

― Eso es… wow… lo siento. — murmuró sin saber que más decir. Sinceramente, no había entendido del todo lo que implicaban las palabras del fantasma, pero pensó que no sería buena idea preguntar más. Aidan pareció leerle el pensamiento porque dejó de buscar un segundo para aclararle la duda.

 

― Con lo de pacto se refiere a que negoció con un demonio. Su alma por lo que quisiera. Dependiendo del contrato que se firma, tienes un número determinado de años antes de que vengan a llevarte con ellos al Infierno.

 

El detective parpadeó un par de veces, sin palabras. Si lo que acababa de oír era cierto…

 

– ¡Un momento! Si existe el Infierno, ¿también el Cielo?

 

― No tengo ni idea. Nunca me he cruzado con alguien que lo haya visto. — ironizó el fantasma, cruzándose de brazos mientras observaba como Aidan pasaba a otra repisa para seguir buscando. — De ahí, si es que existe realmente, no se sale.

 

― ¿Y por qué quieres quedarte aquí? Si te vas, irías al Cielo, ¿no?

 

― Lo dudo.

 

― Si que iría.

 

Julian y Aidan intercambiaron una mirada y algo muy parecido a una discusión silenciosa que acabó con el librero resoplando y volviendo a su tarea de buscar. Ya había apartado tres viejos y enormes libros.

 

― Eso no lo sabes. También hice suficientes cosas malas como para no entrar.

 

― Eso sí que lo dudo mucho. — por el tono hastiado del librero, Charles supuso que esa discusión se había repetido varias veces.

 

― ¡Nah! De todas maneras, no quiero ir. Allí no hay nada que me interese ver.

 

― Y tu mujer…

 

― Mi mujer está quemándose en el Infierno. — contestó cortante el fantasma. ― Ella hizo un pacto. No hay salvación para quien vende voluntariamente su alma a un demonio. Y esos cabrones saben cómo cobrarse los intereses después.

 

― Lo siento.

 

― No lo hagas. Fue su decisión. — la voz del fantasma era tan amarga como la hiel y le hizo desviar la mirada hacia el diario. — Una decisión estúpida.

 

― ¿Por qué vendió su alma?

 

― Tuve una mala caída cuando llevaba el rebaño del prado a casa. Me rompí la espalda y el médico dijo que no sobreviviría. Al día siguiente de su visita, me recuperé. Inexplicablemente. — Julian se encogió de hombros, mirando hacia el detective. ― La gente pensaba que era un milagro. No lo fue.

 

― ¿Qué pasó?

 

― Lo que tenía que pasar. Con un pacto tienes un tiempo límite hasta que recojan el pago. Unos años después, Sarah salió de la casa y no volvió. La encontré cerca del rio, despedazada como si la hubiera atacado un animal grande. Pero las heridas no concordaban con nada que yo hubiera visto antes. Eran demasiado grandes para un lobo o un oso y no había huellas por ninguna parte.

 

Julian suspiró, visiblemente incomodo con la conversación. Compuso una sonrisa cansada antes de volver a hablar.

 

― Mirándolo por el lado positivo…

 

― ¿Tiene lado positivo? — Julian soltó una carcajada, que no sonó del todo forzada.

 

― Siendo un fantasma durante tantos años pude descubrir el misterio de la muerte de mi esposa. — se encogió de hombros de nuevo y volvió la mirada hacia Aidan, que le observaba con una sonrisa triste. — He podido ver como cambiaba el mundo, a veces para bien y, bueno… puedo molestar a este cuando me aburro, asustar clientes, poseer gente… aunque eso último te deja siempre para el arrastre. No compensa demasiado.

 

― Gracias. Me encanta ser una parte tan importante de tu no vida, Julian. — ironizó el librero, aguantando la risa.

 

― Suficiente charla por ahora. Tenemos que centrarnos en acabar con este demonio. Necesitamos localizarlo y retenerle el tiempo suficiente para exorcizarle y mandarle de vuelta al hoyo.

 

― ¿Y cómo vamos a hacer eso?

 

― Eso, detective, es una buena pregunta. Está claro que la tiene tomada contigo. Estoy bastante seguro de que volverá a intentar atacarte.

 

― Genial. — ironizó el policía.

 

― Hay que usar eso a nuestro favor.

 

― No me gusta la idea de que le usemos de cebo.

 

― A mí tampoco. — Charles se unió a la protesta de Aidan.

 

― Es lo que hay. A menos que tengáis una sugerencia mejor, claro.

 

Gordon Henricksen miraba preocupado su móvil sin decidirse a realizar la llamada.

 

No había visto a su compañero desde el día anterior y, cuando llegó a la cafetería, este no estaba por ninguna parte. Según la camarera ni siquiera había aparecido. Eso no encajaba con él. No solía desaparecer sin dejar ni rastro.

 

No sin avisar o dar un motivo. Y ya era la segunda vez esa semana que le hacía lo mismo.

 

Su compañero era muy predecible. Después de un caso donde estuvieron ambos amenazados de muerte por un asesino al que encarcelaron y que consiguió escapar, dándoles un susto considerable, acordaron que siempre estarían localizables.

 

Esa era una de las razones por la que le gustaba trabajar con él. Con Charles no había sorpresas ni avisos de última hora diciendo que estaba enfermo o excusas similares. Si no recordaba mal, no había faltado a trabajar ni un día desde que eran compañeros.

 

Así que, cuando se esfumó sin decir absolutamente nada, Gordon empezó a preocuparse. Y la cosa empeoró cuando regresó a comisaría desde la escena. Nadie lo había visto en todo el día.

 

A esas alturas ya empezaba a asustarse de veras.

 

Pero aún no veía una razón válida para llamarle. ¿Qué iba a decirle?

 

¿Perdona, pero como desapareciste sin decir nada me asusté?

 

Iba a parecer su madre o algo por el estilo. Otra vez. Y Charles se estaría burlando de él durante meses.

 

Gruñó una maldición y se guardó el móvil en el bolsillo interior de la chaqueta. Más le valía estar bien y tener una muy buena excusa para preocuparle de esa manera o le patearía el culo en cuanto le encontrara.

 

Bostezó y entró al baño. Al verse en el reflejo del espejo casi se asustó por lo que vio. Llevaba noches sin dormir bien a causa de la niña, pero también había tenido un par de veces que no recordaba cuando se levantó a mirar a la niña ni cuando regresó a la cama. En esas ocasiones se despertaba desorientado y más agotado que cuando se fue a dormir.

 

Estaba claro que necesitaba unas vacaciones. El cansancio le afectaba más de lo que deseaba reconocer.

 

Tan distraído estaba que no vio el pequeño chispazo negro que salió de su móvil en el bolsillo.

 

La habitación empezó a oler raro, como a huevos podridos y se giró buscando el origen de la peste, pensando que alguien debía haber tirado algo de comer allí y se había podrido.

 

La pequeña chispa que había salido de su móvil se arremolinó frente a él, convirtiéndose en un haz de luz negra que impactó contra sus ojos. Era como una especie de energía extraña que entró en su cuerpo y se adueñó de él.

 

Sin poder hacer nada para evitarlo, una presencia hostil le empujó y arrinconó en su propia mente dejándole solo como un mero espectador.

 

Estaba recluido en su propio cerebro.

 

Con horror sintió sus manos moverse sin su permiso, cogiendo de nuevo el teléfono y abriéndolo para llamar. Se oyó a si mismo hablar, vio su propio reflejo en el espejo del baño, la sonrisa aterradora que sus labios dibujaron, sus ojos tornándose dorados.

 

Sorprendido e impotente, oyó su propia voz tendiendo una trampa a su compañero.

 

La presencia fue muy clara con sus intenciones y disfrutó de su terror cuando le informó.

 

Charles estaba tratando de terminar de leer el diario cuando su móvil sonó, interrumpiéndole a él y a los otros dos que seguían discutiendo sobre cosas que prefería no saber que eran. Llevaban por lo menos una hora echándose puyas el uno al otro sobre anécdotas del pasado que implicaban, en su mayoría, al fantasma metiendo en líos al otro por asustar a los clientes más jóvenes.

 

Contestó distraído, sin mirar el número del identificador de llamadas.

 

― Detective Andrews.

 

― Charles. ― reconoció la voz de su compañero enseguida, sintiéndose culpable por no haberle avisado de donde estaba. Era la primera vez en años que faltaba al trabajo.

 

Sin embargo había algo que no estaba bien y que le puso alerta. Su compañero normalmente solía llamarle Charlie o Andrews.

 

Nunca Charles.

 

― ¿Henricksen? ¿Ocurre algo?

 

― Nada importante, detective. Solo estoy aquí pasando el rato con su amigo. — el terror le congeló, sintiéndose temblar un poco. Ese tono… era el del asesino.

 

― ¡Déjale en paz! — tanto Aidan como Julian se acercaron raudos a él, con sendas miradas preocupadas.

 

― ¡Ah, ah, detective! — el muy bastardo rio. Una risa de loco que no casaba para nada con la voz del Henricksen que él conocía. ― Sea bueno o se lo devolveré en pedacitos, como hice con aquella chica. Un día el hígado, otro podría ser un brazo… incluso podría mandarle por piezas y mantenerle con vida. Sería como un rompecabezas.

 

― ¿Qué es lo que quieres?

 

― Eso me gusta más. Veo que su amigo tiene una familia adorable. Lamentaría mucho que sufrieran por su culpa, así que haga lo que le digo y todo irá bien.

 

Charles ahogó un gemido al pensar en ese monstruo cerca de la pequeña hija o de la esposa de su compañero.

 

― Está bien.

 

― Voy a darle una dirección y le quiero allí en menos de una hora o haré que su amigo destroce a mi siguiente víctima, la cual, por cierto, usted conoce muy bien. Y después le destriparé a él. Me gusta hacer honor a mi nombre.

 


 

Recuerda que todas mis novelas las puedes encontrar aquí o en Amazon.

 

Resumen semanal: segunda semana de enero.

resumen

Resumen semanal: del 7 al 11 de enero.

resumen

Lunes.

En el post de esta semana te hablo sobre los personajes de El Guardián. Ven a conocer a Paul y Alger, protagonistas de la novela y dos bichos de lo más encantador XD

Los personajes de El Guardián.

 

Miércoles.

¡Y nuevo capítulo de Jack T.R.!

Esta semana Charles cada vez está más liado y confundido y más asustado también. Y no es para menos, ya que debe volver a vivir uno de los asesinatos de Jack.

¿Qué hará?

Jack T.R. Capítulo 7

 

Jueves.

Esta semana te cuento más sobre mi nuevo proyecto y los personajes que van a participar en él. Cómo y de dónde han salido y el desarrollo de sus personalidades.

Creando personajes para el nuevo proyecto

 

Viernes.

¡Por fin es viernes!

¡A disfrutar del finde todos!

 

 

Jack T.R. Capítulo 7.

jack tr

Capítulo 7

jack tr

Charles llegó a comisaría casi cuatro horas después de haber dejado la escena del crimen, dos desde que se marchara corriendo de la librería.

 

Había elegido dar un largo rodeo desde la librería hasta allí. Necesitaba calmarse y pensar antes de regresar al trabajo, por lo que optó por dejar su coche un par de manzanas más lejos de lo que acostumbraba. Perdió la noción del tiempo mientras paseaba inmerso en sus pensamientos. Tanto que, al llegar, Henricksen se le echó encima, bastante molesto, como si hubiera estado desaparecido años en vez de unas horas.

 

― ¿Dónde estabas? ¡Llevo toda la mañana llamándote al móvil! — extrañado, revisó su teléfono para darse cuenta de que la batería estaba muerta, probablemente porque no había recordado cargarlo la noche anterior.

 

― Lo siento. No me he dado cuenta de que no tenía batería.

 

― ¿Estás bien? Tienes mal aspecto.

 

― Si… si… Solo preocupado por este caso, eso es todo. — se excusó, dirigiéndose hacia su escritorio y esquivándole. No tenía ganas de responder las preguntas que inevitablemente le haría. Su compañero le siguió, aun molesto.

 

― ¿Dónde has estado? Los patrulleros me dijeron que te fuiste de la escena hace horas.

 

― Fui a… dar un paseo para despejar la mente. ― Henricksen bufó, incrédulo.

 

― ¿Dar un paseo? ¿Tú?

 

― Si, ¿qué pasa? ― preguntó de vuelta a la defensiva.

 

― ¿Desde cuándo das tú paseos? ― Charles le dirigió una mirada cortante. ― ¿Sabes qué? ¡No importa! Pero la próxima, avisa, capullo. ¿Otra vez has estado durmiendo mal?

 

El detective hizo una mueca.

 

Eso era el eufemismo del año. Él caía rendido cuando el cansancio le vencía, pero no descansaba nada a causa de sus sueños. Necesitaba terminar con ese caso de una vez.

 

― Si… Insomnio otra vez. ― mintió. ― Va a acabar conmigo. Tú tampoco tienes pinta de estar durmiendo demasiado. — No se había fijado demasiado bien antes, pero su compañero tenía las ojeras más marcadas que hacía un par de días. Este le dio una sonrisa débil, encogiéndose de hombros.

 

― La niña nos tiene locos. Anoche tuvo un cólico. Por cierto, Morgan está con la autopsia de la última víctima. — añadió, volviendo a ponerse serio y cambiando de tema. ― Me dijo que quería hablar con nosotros lo antes posible.

 

Charles frunció el ceño, intrigado por el mensaje, encaminándose hacia la zona de autopsias sin decir una palabra. Si Morgan les estaba buscando, tenía que ser algo importante. No tardó en oír los pasos de Henricksen tras él.

 

Cogieron el ascensor para ir al sótano del edificio, donde se encontraban los dominios del forense. En esa misma planta también estaban el depósito de cadáveres, el de pruebas y la armería. El sótano ocupaba prácticamente toda la superficie del edificio, adecuadamente insonorizado y ventilado, por suerte para ellos.

 

Charles todavía recordaba el horrible hedor que despedían los cadáveres de la primera comisaria a la que fue destinado, después de graduarse en la academia. Aquel lugar era tan antiguo que el sistema de ventilación no funcionaba correctamente y, en verano, cuando ponían el aire acondicionado solía colarse el olor a descomposición de los cuerpos que estaban siendo analizados.

 

Fue muy feliz cuando le trasladaron a su comisaría actual, un año después.

 

El sonido del ascensor llegando a su destino le hizo regresar al presente. Pasaron las puertas de la armería y del depósito antes de detenerse frente a la sala de autopsias.

 

Morgan estaba ya cosiendo a la chica cuando llegaron.

 

― ¡Hombre, por fin aparecéis! He tenido que hacer la autopsia sin vosotros.

 

― Lo siento. Estaba ocupado con otras cosas. ¿Qué es lo que tienes para nosotros?

 

― Bien, la conclusión es que es nuestro hombre, como ya sospechabais. Las heridas son iguales que en las otras dos víctimas e infligidas por la misma clase de cuchillo. No falta ningún órgano pero varios están destrozados por las cuchilladas.

 

― Un chico entró en el aparcamiento cuando estaba con ella, por eso no pudo coger nada. Le jodió los planes. — Charles suspiró, cansado antes de proseguir. ― Si le interrumpieron, probablemente esté frustrado por ello, así que volverá a matar antes de lo que tenía pensado.

 

― Eso, por desgracia, es muy posible. La otra noticia que os tenía es que he encontrado una nota. — Morgan les dio una bolsita con un arrugado papel dentro. — La dejó en la boca de la chica.

 

Charles ignoró el estremecimiento que le recorrió al cogerla, temiendo que volviera a tener otra alucinación como le ocurrió con la primera, pero no pasó nada. Alisó como pudo el papel a través del plástico de la bolsa y lo leyó, sus cejas alzándose con cada palabra.

 

En esa ocasión el asesino había incluso dibujado una calavera y un cuchillo, muy similar al que habían encontrado en la escena del crimen y usado un bolígrafo rojo.

 

― «Querido Jefe: ¿le gustó el espectáculo? Pronto podrá ver más. J.T.R.» — Charles sintió como se le helaba la sangre al leer la nota. ¿Se refería a él? ― Este tío está completamente loco.

 

― ¿A quién demonios se supone que envía estas notas? — preguntó Henricksen, rascándose la cabeza. ― ¿Quién cree que es el jefe? ¿El capitán? ¿El alcalde?

 

― No tengo ni idea.

 

Lo ocurrido en la escena del crimen volvió a su mente haciéndole recordar algo en lo que no había pensado hasta ese momento. El asesino había mencionado que sabía que podía verle en sus sueños. Mientras duró el ataque y, más tarde, en la librería no le dio ninguna importancia, incluso lo olvidó con todo el lio, pero… ¿cómo sabía eso?

 

Nunca había mencionado sus sueños a nadie. Absolutamente a nadie. Pero entonces, ¿cómo lo sabía?

 

― Este caso me está dando migraña. — gruñó su compañero, cogiendo la nota. — Voy a llevar esto a los de la científica y a comprobar si han sacado alguna huella del cuchillo que encontraron. ¿Te veo luego? — Charles volvió a la realidad y miró su reloj. Eran poco más de las once de la mañana.

 

― Si… claro… voy a hacer algo de papeleo y a hablar con los de perfiles. Cuando vuelvas vamos a por un café.

 

― De acuerdo.

 

Henricksen asintió y se marchó, dejándoles solos. Él mismo se disponía a salir también cuando Morgan le agarró del brazo, deteniéndole.

 

― Oye, ¿te encuentras bien? — le preguntó, dándole una mirada preocupada. ― No tienes buen aspecto. — Charles negó suavemente con la cabeza, componiendo una sonrisa tranquilizadora.

 

― No es nada. No he dormido bien desde hace unos días.

 

― Si quieres te puedo recetar algo para eso.

 

― Nah… No soy muy fan de las pastillas. Intentaré reducir un poco el café y, si no funciona, volveré a que me recetes algo.

 

― ¡Estos jóvenes y sus remedios «new age»! ― se rio el doctor, haciéndole sonreír. — Está bien. Pero ya sabes. Si sigues con problemas para dormir, ven a verme.

 

― Lo haré, descuida.

 

El resto del día pasó como un borrón.

 

Visitó a los de perfiles, quienes no le dieron nada nuevo sobre el asesino, salvo que habían configurado un perfil geográfico del sujeto, que situaba los asesinatos cada vez más cerca de su comisaría. Eso, junto con las notas recibidas, dejaba claro que deseaba su implicación en la investigación.

 

¿La razón? Eso no lo podían saber con seguridad, pero tenían varias ideas.

 

Después tomó un almuerzo temprano con Henricksen en la cafetería cercana a la comisaria y pasó la tarde absorto con unos informes retrasados.

 

La noche llegó más rápido de lo que hubiera querido el policía.

 

Por desgracia, pensó mientras descongelaba una pizza barbacoa y la metía en el horno, no sacaron nada en claro del cuchillo ni la nota. Y, en esa ocasión, el asesino había usado un papel normal y anodino, nada de tickets que pudieran darle alguna pista y el cuchillo estaba limpio de huellas.

 

Se fue a dormir con la preocupación y el miedo de que volviera a matar esa noche. Como bien había comentado con Morgan antes, Jack fue interrumpido. Y eso no era una buena cosa.

 

Estaba seguro de que mataría pronto. El problema era saber cuándo y dónde. Por eso no quería dormir. Temía verle en sus sueños de nuevo.

 

Consiguió luchar contra el cansancio durante unas pocas horas pero acabó sucumbiendo.

 

Cuando volvió a ser consciente de sí mismo, ya no estaba en su cama, si no en un parque. Gimió interiormente al notar esa ya familiar sensación de estar donde no debía, de ver las cosas desde los ojos de otra persona, esas emociones y pensamientos que no le pertenecían.

 

Vio su reflejo en una escultura de metal y comprobó que era una muchacha. Guapa, castaña y con el cabello recogido en una trenza. Y, en esa ocasión, no estaba solo. Caminaba por un parque con su amiga, otra chica de su edad, morena, de pelo corto y peinado de punta. Tenía pecas y los ojos verdes y no dejaba de reír por algo que les había ocurrido en el bar donde estaban antes.

 

Oyó pasos tras ellas… Dios… ¡iba a empezar!

 

No dieron importancia a los pasos que oían a sus espaldas. Acababan de entrar en el parque y había gente por los alrededores. Parejas besándose, un par de tíos que parecían vender drogas… lo usual a esas horas. Miró por encima del hombro y vio a un hombre con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo que andaba encorvado ligeramente.

 

Solo otro tío que salía del bar y volvía a su casa. Nada más.

 

Siguió bromeando con Tina, su amiga, sobre aquel perdedor que intentó ligar con las dos al mismo tiempo y como habían conseguido que les invitara a todas las copas hasta que decidieron marcharse, dejándole plantado con una hermosa factura que pagar.

 

Fue de lo más divertido. ¡Los hombres eran todos tan fáciles de manejar!

 

Al llegar a la mitad del camino los pasos se oían más cercanos y rápidos y se alarmó un poco. Tina también miraba preocupada al tipo, sus bonitos ojos verdes brillando asustados.

 

Atemorizada, iba a sugerirle el salir corriendo de allí cuando los pasos dejaron de oírse.

 

Se giró para comprobar si el extraño hombre seguía ahí pero no le vio. Suspiró aliviada, sintiéndose tonta por asustarse por nada, y siguieron su camino. El tipo solo estaba volviendo a su casa, igual que ellas.

 

Ya estaban cerca de salir del parque y llegar a su calle. Solo unos metros más y estarían a salvo.

 

Y ahí fue donde todo se fue al demonio.

 

No tuvo tiempo ni de gritar cuando sintió a alguien sujetándola por la trenza y un afilado cuchillo cortándole la garganta. Cayó al suelo de rodillas en la nieve, llevándose las manos al cuello, viendo con horror como la sangre manchaba sus pantalones beige para acabar formando un charco en la nieve.

 

Entonces oyó a su amiga chillar de dolor.

 

Fue el sonido más espantoso que había oído jamás. Le erizó todos los vellos del cuerpo. Incluso inmersa en su propio dolor y miedo, alzó los ojos y miró… y deseó no haberlo hecho.

 

Ese animal… no había otra palabra para describirlo… estaba arrodillado en el suelo, sobre el cuerpo tumbado de Tina, acuchillándola repetidamente. Veía su brazo subir y bajar rápidamente, la brillante hoja resplandeciendo bajo la luz de las farolas. Su pobre Tina daba pequeños gemidos, incapaz ya de gritar su agonía, y se estremecía con cada cuchillada hasta que dejó de moverse del todo.

 

Él se levantó y se giró hacia ella. El terror la hizo reaccionar y, a pesar de que seguía sangrando y estaba mareada, se incorporó y trató de huir.

 

Solo consiguió correr unos pocos metros antes de que él se lanzara sobre ella y la hiciera caer, aplastándola contra el suelo momentáneamente. La libró de su peso y tiró bruscamente de su brazo, haciéndola girar para quedar frente a frente. La sangre de su herida la ahogó cuando intentó gritar al ver los dorados y brillantes ojos mirándola con desprecio.

 

― ¡Hola, detective! Espero que esté disfrutando de esto tanto como yo. — le oyó decir antes de levantar el cuchillo y hundirlo en su estómago.

 

Charles despertó, sobresaltado y sintiendo el corazón en la garganta. Corrió, tropezando con las sabanas y llegó al baño justo a tiempo para vomitar la pizza que había cenado.

 

Lo había hecho… de nuevo lo había hecho… y esta vez sabía que estaba mirando.

 

Se dejó caer sentado junto a la taza del inodoro, incapaz de sacar fuerzas para levantarse de ahí, llevándose las manos a la cara.

 

¿Qué iba a hacer ahora?

 

Otras dos chicas habían sido asesinadas mientras él observaba impotente y ese monstruo le habló directamente, consciente de su presencia.

 

Hora y media después, su móvil empezó a sonar. Ese fue el lapso que estuvo sentado en el suelo, incapaz de moverse sin sentirse enfermo. Cuando por fin consiguió levantarse, tenía las piernas dormidas y casi se cayó al suelo de nuevo.

 

Llegó al parque Lorraine L. Dixon cuando daban las seis y media de la mañana.

 

Los cuerpos fueron encontrados por un grupo de chicos que regresaban del mismo bar donde estuvieron las víctimas. Uno de ellos aseguraba que les compró varias copas a ambas, pero que dejaron el local aproximadamente una hora antes que ellos. Ninguno fue capaz de decir si las vieron salir con alguien o no. Y dado el estado de embriaguez en el que se encontraban no resultaban una fuente muy fiable.

 

Daba igual. Él sabía que salieron solas y fueron atacadas en ese lugar, tras sufrir una emboscada de Jack.

 

― Detective, hemos encontrado algo.

 

Charles se acercó a los forenses. Uno de ellos sujetaba con sus manos enguantadas un papel. Sintió los vellos de la nuca erizarse al ver las siglas del asesino dibujadas con sangre en la nieve, junto a la chica.

 

― Estaba en la mano de esta. — comentó al dársela, señalando a la chica castaña. Aun no sabía su nombre. El policía se puso unos guantes que sacó de su bolsillo derecho del abrigo y lo cogió con cuidado. Estaba empapado en sangre pero era legible.

 

― ¿Tenemos identificación para las víctimas?

 

― Aun estamos buscando. Tenemos un bolso con identificación, pero no hemos encontrado el otro.

 

― Bien. — con miedo miró al papel. — «Querido Jefe: esto es en compensación por la que no pudo ser. Me he llevado un suvenir. Espero que no le importe. Lo compartiré pronto. J.T.R.»

 

― Este tío me está dando escalofríos. ― Charles no pudo más que estar de acuerdo con el forense.

 

― Si encontráis el otro bolso, avisadme. ¿Habéis visto alguno a Henricksen?

 

― No. No estaba aquí cuando llegamos.

 

Charles frunció el ceño, extrañado. Era la segunda vez que su compañero aparecía tarde al escenario de un crimen y eso no era habitual en él. Devolvió la bolsa de pruebas al otro policía y sacó su móvil, usando la marcación rápida para llamar a su compañero.

 

Este tardó tres tonos en contestarle y sonaba apurado.

 

― ¡Ey! ¿Dónde estás? Llevo media hora aquí esperándote.

 

― Lo siento, la niña tuvo cólicos otra vez esta noche. Nos ha tenido despiertos hasta la madrugada. Estoy en mi coche ahora mismo.

 

― Está bien. ¿Nos vemos en Brady’s? Hay uno cerca de la escena.

 

― ¡Genial! Tardaré como mucho media hora. ¡Ve pidiéndome mi cappuccino!

 

Charles guardó su móvil y se dirigió a la salida del parque, donde estaba la cafetería que le había mencionado a su compañero. Antes se aseguró de pedir a los forenses que le llamaran si encontraban algo más.

 

Paseó por la calle, viendo a la gente salir de sus casas para empezar el día, como si nada hubiera ocurrido. Ignorantes de que un monstruo había descuartizado a dos pobres chicas casi debajo de sus ventanas.

 

― Disculpe, ¿tiene hora? — se había detenido en el semáforo, esperando a que se pusiera en verde para poder cruzar la calle, cuando escuchó la pregunta. Sin mirar quien le hablaba, se levantó la manga de su abrigo y miró su reloj.

 

― Las siete y cuarto.

 

― ¿Qué le ha parecido mi regalo, detective? ¿Lo ha disfrutado?

 

Charles volvió la cabeza despacio, sintiendo como su corazón latía más deprisa a causa de la adrenalina y movió su mano instintivamente hacia la pistolera. A su lado, los ojos dorados del demonio le saludaron sonrientes. En esa ocasión tenía una apariencia diferente. No era el joven rubio de la otra vez, si no un hombre de poco pelo, entrado en los cincuenta y vestido con traje azul oscuro.

 

― ¡Tú!

 

― No, detective. — rio el asesino, al verle hacer el amago de sacar su pistola. ― No le recomiendo hacer eso. Este pobre contable no tuvo nada que ver con lo de anoche. No irá a matar a un inocente, ¿verdad? — El semáforo se puso en verde y la gente empezó a moverse, pasando entre ellos al cruzar la calle.

 

― ¿Qué es lo que quieres?

 

― ¿Qué queremos todos? — preguntó a su vez, haciendo un teatral gesto para abarcar a la gente que pasaba a su lado. ― Un poco de reconocimiento estaría bien. No habéis dejado que la prensa sepa de mí y eso duele. — Charles gruñó.

 

― No dejamos que la prensa sepa nada sobre bastardos como tú. No vamos a darte esa satisfacción, cabrón.

 

― Esa no era la respuesta correcta, detective. — el tono del asesino era de reprimenda, como si hablara con un niño pequeño.

 

― Me da exactamente igual lo que pienses.

 

― Lo veremos.

 

Una mujer especialmente gruesa pasó entre ellos, obstaculizándole la vista y cuando por fin consiguió esquivarla, el hombre no estaba en ninguna parte.

 

Charles se echó a temblar.

 

A pesar del frio que hacía a esas horas de la mañana, tenía la camisa empapada de sudor y su corazón amenazaba con salirse de su pecho a causa de la velocidad a la que estaba latiendo. Apoyó la mano sobre él, como si así pudiera conseguir que se calmara un poco y notó algo duro y metálico en el bolsillo de su chaqueta, bajo el abrigo. Extrañado, metió la mano y encontró la petaca de plata que le diera el librero antes de separarse.

 

Había olvidado por completo que la llevaba. La miró casi sin parpadear hasta que alguien chocó con él, haciéndole volver a la realidad.

 

Cuando empezó a andar, lo hizo en dirección opuesta a la cafetería.

 

 

 

 

Jack T.R. Capítulo 6.

jack tr

Capítulo 6

jack tr

Cuando Charles le pidió explicaciones, Aidan pensó que sería mucho mejor darlas en un lugar más privado y lo más alejado posible de donde el detective sufrió el ataque. Por el bien mental de ambos.

El librero aun no conseguía calmar su corazón, que latía desbocado desde que se encararan a ese demonio. ¡No podía creer que de verdad se hubieran enfrentado a eso! ¡Y habían salido vivos!

Por el momento, al menos.

No sabía cuándo ni cómo, pero sí que volvería a atacarles. De eso estaba seguro.

Así que lo llevó al único sitio donde estarían a salvo. Su librería.

Él por lo menos se sentía mejor ahí, en su tienda, protegido de cualquier cosa maligna que quisiera entrar sin invitación.

Si algo había aprendido durante su tiempo llevando el negocio fue a protegerse contra sus propios clientes. En especial, contra todos los que eran sobrenaturales. Ese era un lugar neutral, pero eso no implicaba que todos respetaran las reglas.

No se le ocurrió que, después de dos vasos de whisky y pasado un poco el shock, Charles iba a ponerse tan frenético.

No, frenético era quedarse corto.

Rayando un poco la histeria, exigiendo saber que había pasado y ladrando más que su perra, la cual había optado por esconderse debajo del mostrador, asustada por la ira nerviosa y los gritos del detective.

Aidan estaba pensando seriamente en hacer algo parecido, porque estaba asustándole más que el mismo demonio al que se habían enfrentado. Él no cabía debajo del mostrador, pero a lo mejor dentro del armario…

Julian, el muy bastardo, estaba disfrutando mucho con eso. No lo veía tan feliz desde que asustó a aquellos adolescentes en el último Halloween. Aidan aun recordaba cómo perdió una hora mintiendo a las familias de los críos para encubrir las travesuras del fantasma.

― Detective, por favor, ¿podría sentarse? Me está mareando. ― pidió lo más calmado que pudo después de verle dar la octava vuelta a la pequeña tienda. Charles le miró como si le hubiera pedido matar a su madre o algo parecido.

Lo peor era que Rolf se había ido hacía ya un buen rato, para informar a su jefe que la reunión tendría que posponerse un poco más, así que no tenía quien le ayudara si el policía se ponía violento. Cosa, que viendo cómo se comportaba, podría pasar en cualquier momento.

― ¿Sentarme? ¿Sentarme? — chilló, ya perdiendo los nervios del todo y acercándosele, pisando fuerte. ― ¿Cómo se supone que voy a sentarme?

― Pues es muy simple. Coges una silla y pones tu culo en ella. ― bromeó el fantasma encogiéndose de hombros y ganándose un par de miradas malhumoradas. Eso solo consiguió hacerle sonreír divertido.

― Julian, no ayudas.

― ¡No quiero sentarme! — Charles pateó la silla que tenía más cerca, volcándola y mandándola lejos. Luna gimió asustada bajo el mostrador. ― ¡Quiero saber qué demonios ha pasado allí y por qué hay un tío transparente hablándome en mitad de la tienda!

Julian bufó, atravesando el mostrador donde se había agachado para comprobar a la perra, y se cruzó de brazos frente al policía, con expresión indignada.

― Me siento ofendido por eso de transparente. Sí estoy ahora más incorpóreo es porque gasté mucha energía anoche y hasta que no me recupere seguiré así, gracias por preguntar.

― Nos estamos desviando del tema. Si se sienta, puedo intentar explicar lo que sé.

Renuente, Charles recogió del suelo la silla que había pateado antes y se sentó frente a ellos, cruzándose de brazos y mirándolos expectante, terminándose de un solo trago lo que le quedaba del tercer whisky.

Debía ser por la adrenalina que no le estaba afectando ni lo más mínimo el alcohol. O eso, o tenía un aguante muy bueno. Físicamente, Charles no parecía haber salido herido del enfrentamiento. Aún tenía el pecho dolorido por la presión a la que esa cosa le sometió y la ropa manchada de cuando cayó al suelo al ser liberado, pero por lo demás estaba bien. Solo asustado, alterado, nervioso y un largo etcétera de sinónimos en los que no quería pensar en ese momento.

Aidan respiró hondo y trató de ordenar un poco sus pensamientos. El encuentro con esa criatura también le había afectado bastante. A pesar de su propia experiencia con lo sobrenatural, jamás tuvo la mala suerte de cruzarse con un demonio antes y no tenía más información sobre ese tema que lo que había leído.

Y la realidad resultó ser más escalofriante de lo esperado.

― Vamos a empezar por lo más simple… este es Julian. Como puedes ver, es un fantasma. Lleva muerto ciento sesenta años y…

― Ciento sesenta y tres. – le interrumpió Julian, sacándole un suspiro frustrado.

― Estaba redondeando. – masculló entre dientes.

― Redondea con la fecha de la muerte de otro, si no te importa.

― Está bien. ― respiró hondo de nuevo, esa vez para no dejarse llevar por las casi irresistibles ganas de mandar al fantasma de paseo. ― Lleva muerto ciento sesenta y tres años. ¿Contento? ― Julian sonrió, divertido.

― Mucho.

Aidan negó en silencio y volvió a centrar su atención en el detective.

― Su espíritu está atado al mundo de los vivos por… un pequeño objeto personal. Vamos a dejarlo así. Yo lo encontré, le ofrecí destruirlo para que pudiera descansar pero no quiso. Así que aquí sigue. — como resumen apestaba bastante, pensó rascándose la nuca, pero no se atrevía a dar más detalles sobre el fantasma y su único punto débil.

Charles le miró parpadeando entre sorprendido y abrumado. No podía creer que estuviera oyendo semejante historia. Y lo que era peor, se la estaba creyendo. ¿Pero qué otra explicación había? Podía ver con absoluta claridad al fantasma.

― ¿Por qué no tiraste el objeto por ahí? ¿O destruirlo sin más? — preguntó curioso el policía, olvidando por un minuto el asunto que les había traído ahí. Julian le dirigió una mirada envenenada.

― No podía dejar que lo encontrara nadie más. — respondió, encogiéndose de hombros. ― Nunca se sabe. Algo así en malas manos. Y no puedo destruirlo si él no quiere irse al otro lado. Eso no sería justo.

― Sería lo más lógico.

Y tanto que lo sería, pensó el librero con tristeza. Nadie se lo habría pensado antes de poner a descansar al viejo vaquero. Él no tuvo corazón para hacerlo. No después de oír su historia.

En el fondo era un blando y un romántico. Podía entender que Julian no quisiera pasar la eternidad lejos de la que fue el amor de su vida. Aunque también sabía que, tarde o temprano, el fantasma se vería obligado por las circunstancias a cruzar al otro lado o perdería su esencia.

― Mi vida no tiene mucha lógica, de todas maneras. — repuso Aidan, quitándole importancia con un gesto, levantándose de su silla para acercarse al mostrador. ― Y no hay mucha gente que pueda verle. Tú puedes porque acabas de sufrir un suceso sobrenatural. Eso suele ayudar.

Charles le miró sin terminar de entender de qué le estaba hablando.

― ¿Hablas del psicópata ese? Está loco y es un asesino, ¿qué tiene eso de sobrenatural?

― Demonio. Es un demonio. — corrigió Julian, uniéndose a la conversación. De alguna manera había conseguido que la perra saliera de debajo del mostrador. El animal se escondió tras él, lo que resultaba bastante ridículo ya que tanto Aidan como Charles la podían ver a través del fantasma. ― Quien fuera el tipo al que está poseyendo, probablemente esté muerto y si no, lo deseara cuando le libere. Lo que le ha obligado a hacer, si le permitió mirar, le volverá loco.

― Un demonio. ― Charles repitió la palabra mirándolos incrédulo. Aidan resopló.

― Se cómo suena. Pero sí. Un demonio. Si nos ponemos prácticos, un alma humana que ha pasado demasiado tiempo en el Infierno.

― ¿Eso fue antes humano?

El librero miró al fantasma con expresión triste, cosa que no entendió Charles. Se estaba perdiendo algo ahí. Pero no quiso preguntar. Ya tenía suficiente con lo ocurrido hasta ese momento.

― Todos, salvo los originales, lo fueron alguna vez. Pero unos cuantos cientos de años de tortura y maldad acaban convirtiéndote en eso.

Aidan se frotó la cara y volvió a caminar, sintiéndose agobiado por las intensas emociones que había en la habitación en ese instante. La incredulidad del detective y la pena de Julian le estaban ahogando un poco.

Paseó hasta el escaparate, observando la nieve que volvía a caer lentamente en el exterior, tratando de apartarse mentalmente de los sentimientos de los otros dos.

― Encontré el libro por el que vino preguntando el otro día. El debió pedirle a alguien que lo dejara dentro de la tienda. — Charles le dirigió una mirada inquisitiva. ― Soy médium y empático. Normalmente suelo ver espíritus y sentir las emociones de la gente a través de un objeto que hayan tocado. Él dejó una fuerte huella psíquica en el libro a propósito para que pudiera verla. Quería que supiera que iba a por ti. Por eso fuimos capaces de encontrarte a tiempo.

― ¿Qué más viste?

El chico no pudo evitar estremecerse al recordar lo que vio y sintió después de tocar el libro.

― Nada que quiera volver a ver en mi vida. No fue nada bonito.

― Él dijo que era «El Destripador». — el librero parpadeó. Ahora ya estaba confirmado. Iban tras el demonio del que hablaba el diario. O él iba tras ellos. ― ¿Cómo es posible que existiera hace doscientos años y aun esté con vida? ¿Dónde ha estado todo este tiempo? ¿Cómo no lo hemos descubierto hasta ahora?

― Es un demonio, no puede morir. Y si el diario que encontré hace unas semanas es auténtico, fue exorcizado y enviado al Infierno. Ahí es donde ha estado. Lo que no sé es cómo ha salido.

― ¿Un diario? — el policía empezaba a sentirse un poco como un loro. Solo era capaz de repetir lo que oía. Pero era todo tan inverosímil…

― Lo conseguí en el mercadillo del parque. Era, o parece ser, el diario de un cazador sobrenatural. Lo consulté con un contacto mío en Europa, pero no hay nada «oficial» sobre el tema. Extraoficialmente, el dueño del diario pertenecía a un grupo que se hace llamar La Orden, el cual lleva siglos funcionando en las sombras y de los que muy pocos saben de su existencia.

― A mí no me miréis. ― añadió el fantasma encogiéndose de hombros cuando la mirada del policía se dirigió hacia él. ― Morí mucho antes de que eso ocurriera. Ni siquiera sabía que pasaba en Europa por aquella época. Bastante tenía con mis problemas en casa.

― La cuestión es que ese demonio estuvo sembrando el terror en Whitechapel en aquella época hasta que este hombre fue enviado allí para atraparlo. Con ayuda del detective encargado de los asesinatos consiguió localizarlo justo después de matar a su última víctima. Le exorcizó y taparon todo para que el público nunca pudiera averiguar la verdad. Fue por eso por lo que el asesino paró, de repente y sin motivo, de matar y desapareció sin dejar rastro.

― Si tan seguro estás de que es un demonio y ese grupo se dedica a eso, ¿por qué no te pones en contacto con ellos para que se hagan cargo? Ya lo hicieron una vez.

― No puedo. Lamentablemente, soy persona non grata en su círculo.

― ¡Esto es ridículo!

― Sé cómo suena todo esto, pero es verdad. Tú mismo lo has visto. ¿Cómo explicas lo que ha pasado en ese parking? ¿Con qué crees que te retuvo?

― ¡No! ― masculló el detective levantándose de su silla. — ¡Esto es estúpido! No voy a creer que…

― Sé que no es fácil, pero es la verdad. Y mientras sigas sin querer reconocerla, él seguirá matando. — Aidan se acercó a él, para tratar de calmarlo pero manteniendo una distancia prudencial para evitar tocarlo. Lo último que necesitaba en ese momento era que las emociones de Charles se mezclaran con las suyas. ― Tenemos una oportunidad de detenerle de nuevo. De volver a mandarle al Infierno por otros doscientos años.

― ¡No! — Charles se alejó de ellos, retrocediendo hacia la puerta y mirándolos como si fueran dos locos peligrosos. Claro, que después de lo que había oído, ¿quién podía culparle? ― ¡Quiero que os mantengáis alejados de mí y del caso! ¡Si os veo, aunque sea a cien metros de una de las escenas o de mí, os arrestare! ¿Queda claro? — el fantasma rio, claramente divertido con sus palabras.

― ¿Cómo demonios se supone que vas a arrestarme?

― ¡Julian!

Aidan se acercó al detective y le tendió una petaca. Era una de las que había rellenado con la receta que había encontrado en uno de sus libros cuando todo eso había empezado. Una anodina petaca de plata rellena con una serie de especias y hierbas con agua bendita.

― Si vas a irte, bien. No vamos a detenerte. Pero llévate esto… solo por si acaso.

― Estáis locos… ― el librero le dio una mirada triste, ignorando el resoplido que el fantasma había soltado detrás de él.

― Por favor… solo es agua. No va a hacerte ningún daño llevarla. Y me quedaría más tranquilo.

Charles se apartó de él, pero se guardó la petaca en el bolsillo de la chaqueta antes de salir de la librería dando un portazo. Los otros dos se miraron, soltando un suspiro al unísono.

― Bueno… tampoco ha ido tan mal. He visto reacciones peores a estos temas.

― No nos ha detenido. Bueno, a mí. A ti no sé cómo se suponía que iba a detenerte. — Julian volvió a reír.

― Mi punto exactamente.

El chico suspiró y se encaminó al mostrador para recoger los vasos vacíos y esconder la botella en el estante que tenía bajo la caja registradora, junto a una pequeña caja fuerte donde solía guardar el dinero hasta la hora del cierre. Al coger el que había estado usando el policía casi se cayó de rodillas. Julian se acercó a él, raudo, con la perra pegada a sus talones.

― ¿Aidan?

― ¡Joder! — gruñó Aidan, apoyándose en el mostrador mientras la visión pasaba. ― ¡Mierda!

― ¿Qué pasa? ¿Qué has visto?

El librero se frotó la cara, cansado y mareado. Cuando algo así de fuerte le golpeaba, lo dejaba casi sin poder moverse. Con gran esfuerzo se puso derecho y se separó tentativamente del mostrador. Al ver que no corría peligro de caer redondo al suelo, se acercó a la silla que ocupara antes el detective y se sentó en ella, riendo de manera sombría.

Ahora tenía algo más de sentido que Charles hubiera acabado envuelto en todo eso y su especial celo con ese caso.

― Que tenías razón… no es un poli normal.

Jack T.R. Capítulo 5.

jack tr

Capítulo 5

jack tr

― ¡Esto es la cosa más estúpida que has hecho jamás!

― ¿Entonces para qué me acompañas?

― ¡Para evitar que te metan en la cárcel si te equivocas, por ejemplo!

Rolf conducía su Ducati 848 Corsea negra a toda velocidad por las calles de Chicago, con Aidan fuertemente agarrado a su cintura. El vampiro había pasado por la tienda para comprobar si podía o no celebrarse la reunión entre el librero y su jefe encontrándose con que el chico se disponía a salir solo para avisar al policía.

Julian fue quien le puso sobre aviso de las intenciones del chico y del posible demonio que podía estar implicado en todo ese asunto y por esa razón decidió acompañarle. Su grupo tenía muchos intereses que dependían del librero y su relación con ellos siempre había sido cordial, como poco. Karl, su jefe, le tenía en alta estima,lo cual era motivo más que de sobra para ayudarle. Pero el mismo Rolf también le apreciaba bastante.

Así que se ofreció a acompañarle, cosa que Aidan agradeció internamente, aunque exteriormente protestó bastante.

La idea de enfrentarse a ese demonio no le hacía ninguna ilusión.

El tener que explicarle todo ese asunto al detective, menos aún.

Pero su conciencia no iba a dejarle tranquilo hasta que se asegurara que lo que había visto no se hiciera realidad.

Cerró los ojos con fuerza cuando el vampiro tomó una curva demasiado rápido y rezó para que no fuera tarde.

Charles acababa de llegar a la escena del crimen. Mientras esperaba a que los de la científica hicieran su trabajo y dejaran al juez levantar el cadáver, bebió el último sorbo de su café con leche y echó un vistazo al hombre que había encontrado el cuerpo.

El pobre tipo estaba al borde de un ataque de ansiedad. Era un simple chico de no más de veinte años, moreno y bastante enclenque, que se dirigía a su trabajo en un supermercado cercano y que dejaba su coche en ese parking todas las mañanas. La noche anterior hubo inventario, por lo que fue a trabajar de madrugada, tropezándose con el asesino.

Después de diez minutos con él, el detective lo acabó dejando por imposible y lo envió con uno de los patrulleros para que lo llevaran a un hospital. Necesitaba media caja de tranquilizantes… por lo menos.

Aunque con lo que tuvo que ver (y Charles sabía perfectamente que había visto ya que fue testigo indirecto e involuntario de todo) no le extrañaba nada. Según su declaración (o   lo poco que habían sacado en claro) estaba entrando al parking a las cuatro dela madrugada cuando los faros de su coche alumbraron a un hombre agachado sobre algo o alguien. El hombre, al verle se levantó rápidamente y salió corriendo, desapareciendo por la parte trasera del supermercado. El testigo se acercó para comprobar que había en el suelo y vio a la víctima ya muerta.

Llevaba temblando como una hoja desde entonces.

El cuerpo estaba tal como en su sueño. Pero desde el punto de vista de ella no era igual que desde fuera. Era aún más grotesco. Nadie podría adivinar que ese montón de carne golpeado y sanguinolento fue una guapa muchacha que se dedicaba a bailar y  robar para ganarse la vida.

En esta ocasión no había podido mover el cadáver, dejándolo en el mismo sitio donde cometió el asesinato. Uno de los patrulleros le entregó la cartera de la chica, que había encontrado en su bolso, unos metros más allá del cuerpo. Lucy, veintiséis años,según su licencia de conducir. En la foto de la identificación la vio como en su sueño, cuando se miró en el retrovisor de un coche antes de que ese monstruo la atacara. Rubia, cabello largo y con bucles, ojos azules que chispeaban al sonreír a la cámara.

Por ahora las tres víctimas tenían algo en común y eso les daba una bastante clara victimología del asesino. Todas tenían algún problema con las drogas, por pequeño que fuera.Aún no habían visto su firma por ninguna parte, pero era probable que el testigo le interrumpiera antes de poder hacerla.

Se frotó la cara, cansado y asqueado. No había podido tomar nada que no fuera café desde que despertó y sentía nauseas a causa de lo visto en el sueño. El olor a sangre que había en el aire no estaba ayudándole nada. Empezaba a sentirse más y más enfermo.

Necesitaba encontrar algo que pudiera darle una pista del asesino. Debía volver a comisaría y leer el informe de la unidad de perfiles, hablar de nuevo con el forense… algo que le diera ese pequeño retazo de información que buscaba y pudiera ayudarle.

Y necesitaba otro café. O tal vez mejor un té, pensó cuando su estómago volvió a dar un vuelco desagradable.

Los de la científica encontraron en la nieve las que podrían ser las huellas que dejó el asesino cuando salió corriendo y un cuchillo de grandes dimensiones, que ya estaba embolsado y listo para ser analizado. Cuando llegara Henricksen y desayunaran regresarían a comisaría para ver que les decían de todo eso.

Era extraño que su compañero llegara tarde. Miró su móvil, considerando llamarle o no. Luego recordó la reciente paternidad de Henricksen y lo volvió a guardar en su bolsillo. Seguramente la niña habría reclamado su atención con cualquier cosa típica de niños en el último minuto. Era algo muy normal.

Decidió pasear mientras le esperaba, alejándose del cuerpo para buscar un poco de aire fresco que aliviara su mareo.

Fue esa necesidad la que le llevó a caminar por el parking, deshaciendo el camino que la víctim arecorrió esa noche, el mismo que él vio en su sueño. Anduvo despacio hasta llegar al bar donde ella bailó por última vez esa noche, buscando el lugar donde le vio.

El parking estaba casi desierto a esas horas de la mañana, una vez pasada la hora de cierre del bar. A su alrededor no había mucho que ver salvo una pequeña licorería, el supermercado y el parque. Ya habían tomado declaración a los trabajadores tanto del bar como de la licorería, pero ninguno vio ni oyó nada. Hubiera sido todo un milagro que escucharan algo, pensó. El volumen al que solían tener la música en esa clase de locales era demasiado alto.

El coche donde estuvo apoyado el asesino antes de atacarla aún seguía en su lugar. Un maltratado sedan negro, con la pintura levantada en una de sus puertas, probablemente por un roce al aparcar.

Frunció el ceño al verlas tres letras que representaban la firma del asesino dibujadas con sangre en el parabrisas del coche. Así que le dio tiempo a firmar su crimen antes de huir…

Tocó el capó pero estaba helado. Nadie lo había conducido en varias horas. Tal vez pudiera buscar huellas en el más tarde.

― ¿Puedo ayudarle? —Charles se giró al oír una voz, tropezándose con un hombre más joven que él, de más o menos su estatura, con el cabello rubio y corto y ojos azules. De complexión fuerte, vestido con unos vaqueros, jersey azul y cazadora tipo aviador, el tipo le dedicó una cordial pero fría sonrisa.

― Si. Soy el detective Andrews, estoy aquí por el asesinato que ha ocurrido esta noche en el parking.— se presentó, sacando la placa y mostrándosela al hombre. ― ¿Ha estado usted esta noche por la zona?

La sonrisa del tipo se volvió torcida. Le oyó reír por lo bajo, como si hubiera recordado alguna broma divertida.

― ¡Ah, sí! ¡Pobre chica! He oído lo que le ha ocurrido. Una desgracia.

El tono del hombre fue tan falso que despertó sus sospechas. Había algo en él que le ponía los vellos de la nuca de punta. Guardó su placa en el bolsillo interior de su chaqueta y dejó la mano ahí, abriendo el cierre de su pistolera disimuladamente.

― No ha respondido a mi pregunta, señor…

― Estuve aquí toda la noche. La vi bailar. — le interrumpió, con el mismo tono que seguía siendo equivocado, como si hablara de un objeto en vez de una persona. Charles rozó la culata de su pistola con los dedos. El tipo estaba esquivando identificarse. ―Una chica preciosa… tan llena de vida a pesar de su adicción. ― el hombre levantó la mano y una fuerza invisible empujó al detective contra el coche, dejándole sin aire momentáneamente por lo brusco del golpe. La pistola salió volando, escapándose de sus dedos. — Los humanos siempre tan débiles.

― ¿Qué demonios…? —para sorpresa de Charles comprobó que no podía moverse. Estaba atrapado por alguna clase de poder que lo mantenía contra el coche e inmóvil, una especie decampo de fuerza. El hombre se acercó a él, con una sonrisa aterradora y sus ojos brillando dorados y antinaturales. Igual que el monstruo de sus sueños. —¡Tú! ¡Eres tú!

Un miedo atroz empezó a recorrerle entero. ¡Era él! ¡El asesino! Trató de moverse y liberarse pero era imposible. Con cada intento la presión se hacía más fuerte hasta el punto de sentir como su pecho era aplastado por esa fuerza invisible. ¿Cómo demonios lo hacían? Debía ser alguna clase de truco, como los ojos.

― No ha sido de muy buena educación por su parte espiarme mientras me divertía, detective. — la voz del asesino estaba cargada de risa, mientras sacaba un cuchillo largo y afilado del interior de su cazadora, muy parecido al que habían encontrado en la escena. ― ¿Disfrutó mi trabajo? Ha sido muy refrescante volver a donde lo dejé hace doscientos años.

― ¿Doscientos años? ¿De qué estás hablando? ¡Tú eres el que está matando a esas chicas! ¡Quien mandó ese paquete a comisaría!

― El mismo. Soy lo que vosotros los humanos llamáis un demonio. Yo prefiero el término «alma corrupta». Es más acertado. ― Charles lo miraba, parpadeando sorprendido por sus palabras. No se esperaba eso. ― Pero que pocos modales los míos… ¡no me he presentado! Antes solían llamarme Jack.

― ¿Jack?

― The Ripper. El Destripador. Me encantaban los periodistas de antes, eran siempre tan imaginativos…

Rolf esquivó dos coches con su moto y giró a la derecha con más brusquedad de la que esperaba, haciendo que Aidan se agarrara con más fuerza a él.

― ¿Estás seguro de que esto va a funcionar?

― Hombre, a menos que sea uno especialmente poderoso, sí. Todos los demonios son susceptibles de ser exorcizados. ― el chico estaba muy agradecido porque los vampiros estuvieran tan obsesionados por los aparatos modernos como por su pasado o no podrían tener esa conversación mientras conducían a lo loco en la moto.

Y esa obsesión hacía que Rolf tuviera siempre lo último de lo último en tecnología. Y los cascos con intercomunicadores que estaban usando en ese momento resultaban muy útiles.

― Espero que tengas razón.

― Yo también.

Charles aun no podía entender que era lo que estaba ocurriendo.

Tenía al asesino que visitaba sus sueños frente a él y estaba más loco de lo que había pensado en un principio. O era un habitual de las drogas duras.

Se creía Jack el Destripador y que era un demonio.

No. Iba más allá de eso. Estaba absolutamente convencido de ello.

Pero eso era la parte normal. Lo no tan normal era el no poder moverse por mucho que forcejeara a pesar de no estar atado ni sujeto por nada físico. Tenía que estar alucinando o drogado o soñando.

Porque si no era así y lo que decía ese tipo era verdad, estaba frente a un demonio.

Y eso no podía ser verdad… ¿verdad?

Esas cosas solo existían en la Biblia y para los católicos como una manera de asustarles para que se portaran bien.

Solo eran una metáfora. Un cuento.

Nada más.

No podía ser real.

― Pero soy muy real, detective. ― la voz burlona del asesino le hizo regresar su atención a él. Al parecer había pensado en voz alta sin darse cuenta. — Soy más que real. Más antiguo que esto que vosotros llamáis civilización. Me he divertido por siglos con vuestras mujeres, destrozándolas, convirtiéndolas en mis obras maestras. ¡Tan hermosas cuando termino con ellas!

― ¡Estás loco!

― He estado mucho tiempo encerrado. ― prosiguió como si no hubiese escuchado la interrupción. ― Ese cabrón de Campbless me hizo regresar al hoyo pero pude escapar. Necesité doscientos años pero por fin estoy fuera de nuevo y ahora no hay nadie que pueda detenerme.

El detective cada vez estaba más y más anonadado con lo que oía. ¿De qué estaba hablando? ¿Tan grande era su delirio que pensaba que había estado encerrado en el infierno doscientos años? ¿Sería esa su manera de decir que había estado en un psiquiátrico? Tenía que ser…

― ¡Estaba deseando entrar en esta época! ¡Es perfecta! Aquí te tengo, inmovilizado sin tocarte, estás viendo mi poder, mi verdadero rostro y sigues sin creer nada de lo que te digo. ¡Qué maravilloso milenio de escepticismo! — rio. Charles volvió a forcejear para liberarse, aunque solo consiguió que la presión se hiciera más fuerte, asfixiándole.

― Cuando te meta dos balas en la cabeza veremos quién tenía razón. — le gruñó, ya harto de tanta palabrería. Odiaba a los locos por esa razón. Se podían pasar horas y horas hablando de todo lo que iban a hacer y matarte de una jaqueca antes que de un tiro. El asesino se carcajeó, claramente divertido, tal vez por su enfado o tal vez por la amenaza.

― Puedes meterme hasta tres, si quieres. Solo mataras este… traje de carne. No me interesa que esté vivo de todas maneras. No le necesito así. Si se estropea, encontrare otro nuevo. O…

El asesino se acercó a él, cogiéndole de la barbilla y casi pegando su cara a la del detective. Este se estremeció sin poder evitarlo.

― ¿Qué estás haciendo?

― También podría usar tu cuerpo. Te dejaría encerrado en tu mente, solo para que pudieras ver y oír todo el dolor y la muerte que podría causar con tu cuerpo… con tus manos. ― los ojos del asesino brillaron con más fuerza. ― Verías la sangre empapártelas hasta que no pudieras ni sostener el cuchillo. ¡Eso sería tan perfecto!

― ¡No!

― ¡Aléjate de él, demonio!

Tanto Charles como Jack volvieron la cabeza hacia de donde provenía la voz. Las sorpresas parecían no terminar ese día para el policía. O eso pensó al ver al librero correr hacia ellos con un casco de moto en el brazo y gritando. Tras él, apareció el tipo que vio el primer día que visitó la librería, el que pertenecía a la banda demoteros.

Jack… el asesino… eldemonio… se tensó visiblemente, sus brillantes ojos dorados despidiendo odio hacia el chico.

― ¿Crees que puedes detenerme? No tienes poder para derrotarme, niño. — Aidan no se mostró muy impresionado ya que se limitó a abrir una botella que traía en la mano y a rociarles con lo que contenía. Para asombro de Charles era solo agua sazonada con lo que parecía un montón de especias y hierbas.

Sin embargo su atacante siseó dolorido, su piel humeando como si le hubieran echado ácido, retrocediendo y soltándole por fin. Sintió como esa fuerza extraña que le había retenido hasta ese momento, desaparecía, dejándole libre.

Como pudo se arrastró lejos del asesino, respirando profundamente ahora que la presión ya no estaba ahogándole, sin dejar de observar la extraña escena. Aidan seguía con la petaca abierta en la mano, dispuesto a seguir rociando agua al asesino, que lo miraba con la cara deformada por la ira. El motero que le acompañaba casi parecía estar gruñendo, vigilando de cerca lo que ocurría.

― Podemos hacer un intento y ver si funciona o no o puedes largarte antes de que acabe. Tú eliges.— Aidan enseñó un pequeño y maltratado libro. Charles buscó su pistola con la mirada, pero esta había caído demasiado lejos para alcanzarla a tiempo. Volvió su mirada hacia el asesino y, para su sorpresa, parecía estar debatiéndose entre huir y atacar. ¿Qué tenía ese libro para conseguir asustarle?

― Esto no ha acabado.

― Pues nos veremos, entonces.

El librero abrió el libro y comenzó a recitar una parrafada en latín a toda prisa, de la cual, Charles no consiguió entender más que unas pocas palabras. Jack maldijo en voz alta y huyó del lugar, desapareciendo entre los coches.

― ¿Estás bien? ―preguntó Aidan al policía cuando se quedaron solos. Rolf estaba en el otro extremo del parking, por donde había huido el demonio, para asegurarse de que no seguían en peligro.

Y eso fue todo lo que Charles pudo soportar antes de estallar.

Demasiado para un día.

Las pesadillas, el nuevo asesinato, el encuentro con el asesino, que este le pudiera manejar y amenazar sin apenas tocarle, la aparición inexplicable del librero… demasiado.

― ¡No! ¡No estoy bien! ¿Qué cojones ha pasado aquí?

Jack T.R. : Capítulo 1.

jack tr

Capítulo 1

jack tr

Sus ojos azules se abrieron de par en par, atemorizados.

 

Una rata chilló y corrió hacia ella, saltando entre los charcos que abundaban en el suelo y pasó por su lado antes de huir y perderse en la oscuridad.

 

Como ella deseaba hacer.

 

Sin embargo estaba corriendo desesperada en dirección contraria. Tropezó al interior de ese callejón que los clientes masculinos del bar solían usar cuando no querían esperar su turno en el baño y acabó cayendo al rompérsele uno de sus tacones en una grieta.

 

Se giró, quedando sentada en el sucio suelo, haciendo caso omiso al tacto pegajoso del asfalto bajo sus manos y a las lentejuelas que empezaban a desprenderse de su frágil falda, brillando levemente en la mortecina luz de una farola cercana.

 

Frente a ella la muerte la acorralaba, cerrándole el paso, como un lobo a su presa.

 

Por un segundo deseó estar teniendo una pesadilla. Una de la que pudiera despertar, a salvo en su cama y no ahí, rodeada por contenedores de basura y paredes sucias, cubiertas de carteles desgarrados del último espectáculo de strippers que actuaron la semana anterior.

 

No en aquel lugar, con el sonido de la gente divirtiéndose en el bar y la música estridente del interior como banda sonora de su futura muerte.

 

Porque estaba segura de que iba a morir esa noche.

 

Quería gritar para pedir ayuda, pero no conseguía que le saliera la voz. El miedo y el dolor, producido por un profundo corte en su hombro izquierdo, eran tan grandes que le impedían articular sonido alguno y paralizaban su cuerpo empapado de sudor frío. Solo era capaz de emitir gemidos entrecortados.

 

Con torpeza se llevó las manos a la herida en un vano intento de detener la sangre que manaba sin parar, viendo como sus manos y su top blanco se teñían de rojo rápidamente. Se arrastró un par de metros, sus rodillas raspándose contra el duro asfalto y rompiéndose las medias, tratando torpemente de huir de aquel monstruo.

 

Pero era inútil y lo sabía.

 

No existía escapatoria. Estaba en un callejón sin salida.

 

Pero se negaba a morir. Tan solo tenía veintiocho años y aun le quedaban muchas cosas pendientes. Ahora lamentaba no haber aclarado las cosas con su hermana. Ya no podría hacer las paces con ella y ver al fin a su sobrino, al que no conocía a causa de una estúpida discusión.

 

Estaba atrapada con un monstruo que jamás la dejaría salir de ahí con vida.

 

Ese pensamiento la hizo temblar aún más, el pánico atenazándola y sacándole sollozos mientras su vista se nublaba a causa de las lágrimas.

 

Los rizados mechones de su larga y sedosa melena negra cayeron sobre sus ojos, entorpeciéndole más la visión, cuando aquella cosa agarró su brazo con una fuerza antinatural y la alzó del suelo con un violento tirón. Como si fuera una muñeca de trapo, desencajándole el hombro y sacándole un grito ahogado de dolor.

 

Lo único que pudo ver con claridad al enfrentarse a él fueron sus ojos.

 

No los olvidaría nunca. Era incapaz de apartar la mirada de ellos. Ni siquiera cuando sintió la fría y afilada hoja del cuchillo clavándose nuevamente en su carne y rasgándola pudo desviar la vista.

 

El asesino la hizo girar entre sus brazos y le cortó el cuello. Con extremada lentitud.

 

–  Tú serás mi mayor obra, querida. — le susurró al oído, mientras la tumbaba boca arriba en el suelo.

 

A los cortes en la garganta se sumaron otros más en la cara, en el pecho, en los brazos al tratar de cubrirse y minimizar un daño que ya era inconmensurable. El golpe de gracia, el que la dejó finalmente rindiéndose a lo inevitable, fue en el estómago. El cuchillo se hundió en su interior hasta la empuñadura, subió y ya no se detuvo.

 

Mientras la vida se le escapaba a borbotones y oía la estridente risa de su asesino, su último pensamiento fue para esos ojos dorados. Ni siquiera prestó atención a que estaba abriéndola en canal como si solo fuera un pedazo de carne.

 

Aquellos aterradores y diabólicos ojos que no dejaban de mirarla, brillando anti naturalmente de satisfacción, observándola morir.

 

Charles Andrews despertó bruscamente, encontrándose en su cama y no en aquel callejón de su sueño. Jadeaba entrecortado, con el corazón a mil por hora haciéndole sentir mareado y sin poder dejar de tocarse el cuello donde aún sentía el roce fantasma del cuchillo. La vieja camiseta gris de «The Police» que usaba para dormir estaba empapada de un sudor frio que pegaba el algodón a su piel. Notaba el sabor de la bilis en la garganta, sabiendo que estaba muy cerca de vomitar lo poco que cenó la noche anterior.

 

Para cualquier persona normal, eso podría ser producto de una horrenda pesadilla.

 

Pero él no era alguien normal y una pesadilla ordinaria no le tendría temblando de puro terror y sin aliento. Sabía que ni siquiera todo lo que sentía era exclusivamente suyo. Todavía podía notar el miedo de la chica con la que había soñado, escuchar sus intentos de pedir ayuda, oler la sangre en el aire…

 

Notar el aliento del asesino cuando le susurró al oído.

 

Odiaba sus sueños. En específico los de esa clase.

 

En su familia, en cada generación, siempre existió un miembro que podía ver el futuro mientras dormía. Su padre, por ejemplo. Y, antes que él, su abuelo y su bisabuelo. Toda su rama paterna nació con ese don. Charles prefería llamarlo maldición aunque, probablemente, era una cuestión de perspectiva.

 

Él era uno de los últimos que quedaba con esa habilidad. Sufría, porque no había otra palabra mejor para expresarlo, sueños premonitorios.

 

En cada miembro de su familia esos sueños se manifestaban de manera distinta. Su padre podía ver sucesos con varios días de antelación, mientras que su abuelo veía cosas que podían estar sucediendo en otras ciudades. Charles los vivía en directo, sin opción a poder hacer algo para intervenir.

 

No había una razón que explicara el por qué sus sueños eran de esa manera y, para ser sinceros, tampoco se molestó en investigarlo o consultarlo cuando comenzaron, siendo él un adolescente. Bastante tuvo con lidiar con lo que veía.

 

Pero ese no era el mejor momento para ponerse a pensar en ello.

 

Alguien había muerto esa noche.

 

La chica de su sueño murió asesinada exactamente de la misma manera que él lo había visto y sintió cada cuchillada, cada intento de escapar, cada respiración hasta que su vida terminó. Cada instante con todo lujo de detalles, pero lo más importante, lo fundamental se le escapaba… no había podido ver al asesino.

 

¿Para qué le servía su don si era incapaz de evitar que sucediera lo que soñaba?

 

¿Por qué no podía verlo a tiempo para poder actuar y salvar a la víctima?

 

¿De qué le valía si nunca conseguía ver el rostro de quien realizaba esos actos terribles?

 

Esos sueños solo le desesperaban y frustraban hasta cotas inimaginables.

 

También eran la razón por la que acabó haciéndose policía. Si no podía hacer nada para impedirlos, haría algo para dar algo de paz a quienes veía morir y sus familias.

 

Con un gruñido, decidió levantarse por fin y prepararse.

 

Salió del dormitorio y se encaminó hacia el baño para tratar de borrar esas imágenes de su mente bajo el chorro de agua caliente. El frío del invierno y el sudor que cubría su cuerpo le hicieron estremecerse a pesar de que ya había encendido la calefacción.

 

Al mirarse en el espejo vio las ojeras oscuras que empezaban a profundizarse bajo sus ojos marrones. Hacía algún tiempo que no dormía bien, desde el primer asesinato, cuatro días antes. El cansancio hacía que su piel estuviera más pálida de lo habitual, casi cenicienta y que las pocas arrugas de expresión que solía tener estuvieran más marcadas.

 

Tras una corta ducha, regresó al dormitorio y preparó su ropa. Traje negro, camisa blanca de lino, abrigo de lana, corbata de seda burdeos… regresar a la cama estaba descartado a pesar de ser las seis de la mañana.

 

Hizo un no muy entusiasta intento de peinar su alborotado cabello castaño, el cual siempre decidía por su propia cuenta como quería estar, hiciera él lo que hiciera, y se tocó la barba, ya de una semana. La observó, crítico. Empezaba a verse canas en la barba. Probablemente sería mejor afeitársela, pero ese día no tenía ánimos para hacerlo.

 

Desechó la idea de desayunar y se limitó a tomarse un par de ibuprofenos para la futura jaqueca que ya andaba rondándole. Desayunaría con su compañero cuando acabaran con la escena del crimen. Era un ritual que ambos tenían desde que empezaran a trabajar juntos y lo mejor para asegurarse que no ibas a quedar en ridículo delante de todos los compañeros vomitando cuando el olor o la visión del cadáver te revolviera el estómago.

 

Se sentó en el sofá, frente al televisor e hizo un poco de zapping para matar el tiempo hasta que recibiera el aviso. Dejó el canal de noticias, donde un presentador con más Botox que Cher, hablaba sobre la muerte de un multimillonario en Nueva York.

 

Necesitaba despejar su mente del sueño para poder centrarse en el caso al que inevitablemente le iban a asignar.

 

Efectivamente, media hora después su móvil sonó.

 

— Detective Andrews. — contestó con la voz ronca. Aun sentía un poco adolorida la garganta por los gritos que esa pobre muchacha no había podido dar. Esperaba que su vecina no volviera a preguntarle que hacía por las noches para gritar tanto. La primera vez ya fue lo suficientemente bochornoso. — Aja… estaré allí en veinte minutos.

 

El aviso fue en el Parque Meyering, a menos de un kilómetro de una zona de bares ligeramente conflictiva. Un lugar frecuentado por familias con niños pequeños y corredores durante el día, pero, al anochecer, se convertía en el punto de encuentro favorito de yonkis y prostitutas. No era recomendable pasear por allí pasadas las diez de la noche, si se quería regresar con la cartera intacta.

 

Un hombre que hacía jogging con su perro fue quien descubrió el cuerpo y llamó a la policía. Le estaban tomando declaración cuando Charles aparcó su Chevrolet Camaro, veinticinco minutos después de recibir la llamada. Había varios coches patrulla rodeando el lugar, las luces tiñendo de rojo y azul la nieve que cubría los árboles.

 

Vio a su capitán inmerso en lo que parecía una acalorada conversación con el jefe de prensa del alcalde, un tipo verdaderamente detestable que era capaz de vender a su madre si con eso conseguía más votantes para su jefe.

 

No era extraño el verle allí. Un asesino en serie daba muy mala prensa a cualquier ciudad. Probablemente estaba amenazando al capitán Murphy con despedirle si no atrapaban pronto a ese asesino. Y, por la expresión de su jefe de departamento, este se estaba conteniendo para evitar mandarlo al diablo.

 

― ¿Qué tenemos? — preguntó al ver a su compañero, Gordon Henricksen, parecía haber dormido incluso peor que él, si las ojeras que tenía bajo sus ojos azules eran una indicación.

 

Su compañero llevaba el abrigo arrugado, el cabello pelirrojo despeinado y tampoco se había afeitado. Probablemente, ni siquiera llegó a su cama esa noche. Había sido padre un par de meses antes y la pequeña no les estaba dejando dormir una noche entera ni a él ni a su mujer.

 

― Nada bueno.

 

El detective podía oír a sus espaldas a dos novatos, un par de críos recién salidos de la academia, recuperándose después de haber vomitado todo el desayuno tras ver esa masacre. Y no era para menos. Incluso a él, que ya sabía que iba a encontrarse, la visión le hizo sentir enfermo.

 

La víctima era una chica de unos treinta y de cabello negro largo y rizado, tal como vio en su sueño. Iba vestida con una falda negra de lentejuelas muy corta y un top blanco. O debió ser blanco antes de que su sangre lo tiñera de rojo. A unos dos metros de su cuerpo se podían ver su pequeño abrigo de piel sintética negro y un bolso a juego con la falda. No había ni rastro de sus zapatos por ninguna parte.

 

La falta del calzado no le resultó una sorpresa. Probablemente, se le cayeron al trasladarla desde la verdadera escena del crimen hasta ahí. Debían encontrar ese callejón para procesarlo.

 

Esperaba que llevara algún documento en ese bolso, porque su cara estaba prácticamente irreconocible. Le habían golpeado brutalmente y cortado en el rostro, desfigurándola. Tenía, además, múltiples heridas de arma blanca por todo el cuerpo.

 

Un corte largo y profundo en la garganta, de izquierda a derecha. Podía incluso ver el hueso… Charles intentó centrarse en las pistas que le daba el cuerpo y no en lo demás.

 

Otro corte atravesaba su torso de arriba a abajo, dejando su interior expuesto de manera macabra.

 

Había mucha sangre alrededor del cuerpo, tanta que la nieve estaba completamente manchada, pero no la suficiente como para que los forenses pensaran que era el sitio donde había sido asesinada y parecía que habían extraído algunos órganos. Podía ver los intestinos enrollados pulcramente y colocados sobre el hombro izquierdo de la víctima, mientras que algo que parecían ser el estómago y los riñones estaban en el suelo, junto a la cabeza.

 

Tendrían que esperar al informe del forense para saber cuál de ellos faltaba, porque era obvio que así sería.

 

No muy separado del cuerpo, sobre la nieve y escrito con la sangre de la víctima, tres letras.

 

“J.T.R.”

 

Igual que en el caso anterior. ¿Qué podían significar?

 

― ¡Joder!

 

― Y que lo digas. Los novatos no han sido los únicos que han perdido el desayuno por ver esto. — Charles arqueó una ceja divertido a su compañero, sacándole una mueca. — Como si tú no estuvieras a punto de hacer lo mismo…

 

― Lo haría si hubiera desayunado, que no ha sido así. No aprendes. Nunca vengas a una escena del crimen recién desayunado. ― rio, sacando un gruñido descontento a su compañero. ― ¿Habéis encontrado los zapatos de la víctima? — Henricksen miró hacia los pies descalzos de la chica.

 

― No hay rastro de ellos por ninguna parte. Los patrulleros ya han estado buscando sin encontrarlos.

 

― Está claro que la chica no murió aquí. No hay suficiente sangre para semejante carnicería. Tuvo que recogerla en algún bar o algo por el estilo. — su compañero meditó en silencio un minuto antes de volver a hablar.

 

Sabía lo que estaba haciendo. Repasaba los locales cercanos a la zona. Saberlos no era imprescindible, pero si muy útil en su trabajo. Y si Charles no recordaba mal, había escuchado música donde la atacaron. Debía venir de un bar muy cercano.

 

― Hay pocos sitios lo bastante cerca de este lugar en los que pudo estar. Eso contando que no se alejara demasiado de donde la secuestró, claro. O que no sea una de las prostitutas de la zona.

 

― No pudo ser muy lejos o no habría tanta sangre aquí. Y no tiene pinta de prostituta. Lo sabremos con más seguridad cuando comprobemos si tiene antecedentes, claro. – respondió Andrews, evitando mirar demasiado a la chica. — Mover el cuerpo también coincide con el modus operandi de este tío y ha vuelto a dejar su firma.

 

― Hasta que no lo comprueben los forenses… Pero todo coincide con la otra víctima.

 

― No se ensañó tanto con la primera.

 

Con la anterior chica (Loretta, veintinueve años, castaña, trabajaba en un bar cercano a donde la encontraron y tenía antecedentes por trapichear con cocaína) no hubo paliza. Solo tenía heridas de arma blanca en el cuello y abdomen, pero no en brazos y, desde luego, no tenía la cara destrozada a puñetazos.

 

― ¿Tal vez lo interrumpieron? La otra escena era un desastre. Esta no. Parece que incluso hay una especie de siniestro orden.

 

― Tendría más sentido. La pobre ni siquiera lo vio venir. – Eso fue lo que dijo el forense. A la chica la habían inmovilizado por detrás y cortado la garganta antes de que pudiera emitir algún ruido. No tuvo ninguna oportunidad. ― ¿Pero por qué tanta violencia con esta?

 

― ¿Quién sabe qué pasa por la cabeza de un monstruo así?

 

El detective negó en silencio.

 

Monstruo… ojalá fuera tan fácil.

 

En la ficción siempre podías averiguar enseguida quien era el monstruo porque su maldad se reflejaba en su aspecto exterior.

 

En la vida real, estos se escondían bajo la fachada de una persona normal. Podía ser cualquiera. El cartero, el chico que repartía en el supermercado, o simplemente, ese tipo con el que siempre te cruzabas en el metro y del que no sabías absolutamente nada.

 

Y si todo era parecido a la anterior escena, este cabrón no habría dejado ninguna pista para encontrarle salvo su firma. Ni huellas, ni ADN, ni una fibra… nada.

 

Quién fuera ese bastardo, sabía lo que hacía y era extremadamente cuidadoso.

 

Andrews alzó la vista, paseándola por los alrededores de la escena, odiando el momento en que permitió a su compañero convencerle para dejar de fumar y deseando tener un cigarrillo.

 

Entonces le vio.

 

El chico no llamaba la atención por nada en especial. Era alguien normal, más bien del montón. Con no más de veinticinco, pelo oscuro oculto bajo una gorra gris, vestido con vaqueros y sudadera de los Chicago Bears debajo de una cazadora gruesa negra y algo más alto que él. Miraba horrorizado lo que podía vislumbrar del cadáver, como todos los curiosos a los que los agentes de a pie no conseguían alejar lo suficiente.

 

No, no llamaba para nada la atención.

 

Pero él le había visto antes.

 

No conseguía ubicar su rostro, pero estaba seguro de haberle visto antes de ese momento. Era muy bueno memorizando caras.

 

― Oye, Henricksen. ― Charles se giró hacia su compañero, desviando por un segundo la mirada del muchacho y tratando de hacer caso omiso del cuerpo inerte cerca de ellos.

 

― ¿Sí?

 

― ¿Habéis sacado algo de quien encontró el cuerpo?

 

― ¿El del perro? Aun le siguen tomando declaración. — respondió el otro, señalando por encima de su hombro, poniéndose en pie. Efectivamente, dos agentes seguían tomando testimonio al asustado hombre que acariciaba distraído a un bonito golden retriever que él viera al llegar. ― Estaba paseándolo mientras hacía jogging por el parque y se lo tropezó. Pero no creo que viera nada más que eso. ¿Por qué?

 

― ¿Ese chico de ahí no te suena de algo? Creo que lo he visto antes.

 

― ¿Qué chico?

 

Pero al girarse para señalárselo, el muchacho ya había desaparecido del lugar. Seguramente habría satisfecho su curiosidad y estaría camino de su casa o su trabajo.

 

Suspiró cansado. La falta de sueño le estaba volviendo paranoico.

 

― Nada… olvídalo. Vamos, te invito a un café mientras esperamos a que levanten el cadáver.

 

No fue hasta unas horas después, ya en su escritorio y con las fotos de las dos escenas de los asesinatos en sus manos para comparar, que volvió a pensar en aquel joven.

 

Estaba revisando las fotos que los agentes hacían a los alrededores de las escenas y lo vio. En algunas ocasiones, con casos peculiares como ese, solían tomar instantáneas a la gente que curioseaba. Muchas veces los autores de los crímenes volvían para ver el resultado de su hazaña y regodearse en ella o, incluso, ofrecían su ayuda.

 

Había para todos los gustos, por desgracia.

 

Y ahí estaba él. En las fotos del primer asesinato, entre los curiosos. Las dos escenas estaban muy separadas la una de la otra, casi cada una en un extremo distinto del distrito. Resultaba muy curioso que estuviera por los dos sitios el mismo día y en el mismo momento en que se descubrían los cuerpos.

 

Demasiada casualidad.

 

Y, la mayor parte del tiempo, en su trabajo eso no existía.

 

Mientras esperaba a que el forense empezara la autopsia decidió investigar eso por su cuenta.

 

¿Quién sabia?

 

En casos así no se debían dejar nada al aire.

 

¡La semana siguiente más!

 

Los personajes de Jack T.R.

personajes

Los personajes de Jack T.R.: Otra razón para leerla.

personajes

No hace mucho (un par de post o así) te contaba por qué Jack T.R. sería siempre mi novela favorita. Te di razones de sobra para eso y para justificar el spam de memes que llevo haciendo desde hace unas semanas XD

Aun creo que puedo darte más razones para eso y para que te animes a leerla.

Sus personajes, por ejemplo.

En varios post te puse entrevistas a esos personajes protagonistas de Jack T.R. y otras novelas para que supieras un poco más de las tramas.

Ahora te voy a contar algo más de ellos.

Los protagonistas son Aidan Kelly  y Charles  Andrews.

Aidan es un librero. Nació y se crio en Nueva Orleans, pero el infame Katrina se llevó por delante su casa y a sus padres, así que tuvo que irse a vivir a Chicago con su abuelo, verdadero dueño de la librería El Pergamino, hasta que este enfermó de Alzheimer.

Cuando eso ocurrió, Aidan heredó la librería, el apartamento que hay sobre ella y las responsabilidades de su abuelo, quien hasta ese momento era el guardián de la zona neutral de Chicago.

La zona neutral es un lugar donde cualquier criatura de la Comunidad Mágica puede estar sin peligro de ataque por parte de enemigos. Está prohibida la magia, los poderes y las rivalidades. Cualquiera es bienvenido ahí.

También es un lugar donde conseguir información sobre cualquier cosa de la Comunidad y donde un forastero puede ir a preguntar sobre costumbres o fronteras.

Aidan cumple con sus obligaciones pero no está nada contento con tenerlas. Él solo quería una vida normal y esas obligaciones le han hecho perder más de lo que hubiera querido. Como su relación con Zack, el hijo del Alpha de Chicago.

Así que no, no está muy contento con el tema. Pero sigue haciendo su trabajo porque sabe que es importante.

Luego está Charles, detective de la policía de Chicago, del departamento de homicidios. Charles acaba de descubrir que los asesinatos de varias mujeres por la zona que investigaba, están relacionados y son producto del mismo asesino.

Sabe bastante de esos asesinatos, de hecho. Los ha visto en el momento de producirse. Lo ha presenciado todo… menos la cara del asesino. E, igualmente, no serviría de nada porque lo ha visto todo en un sueño.

Charles tiene sueños premonitorios. Su padre, su abuelo, su bisabuelo… toda la rama paterna sufría de premoniciones, pero Charles considera las suyas bastante frustrantes. Como las sufre en el momento de producirse, no tiene tiempo de impedir nada de lo que ocurre.

Lleva semanas soñando con esos asesinatos y el asesino lo sabe y le envía mensajes, jugando con él.

Charles y Aidan son dos personajes que tienen mucho en común. Los dos son infelices con lo que hacen pero siguen haciéndolo igualmente por el bien de los demás. Ambos sacrifican su felicidad por el bienestar general y ambos odian su destino y sus poderes.

Y por eso acaban uniendo sus destinos en esta historia.

¿Quieres conocerlos?

¡Vente a leerlos en Jack T.R.! ¡No te vas a arrepentir!