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Resumen semanal: segunda semana de diciembre.

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Resumen semanal: del 10 al 14 de diciembre.

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Lunes.

Empezamos la semana con un post sobre uno de mis placeres culpables en lo que a televisión se refiere: Lucifer.

Basada en un comic al que no se parece ni en el color de los ojos, esta serie mezcla sobrenatural, comedia, policiaca y drama. Una mezcla bastante común pero muy efectiva.

¡Échale un vistazo!

Martes.

No, sigo sin saber que hacer con los martes.

Miércoles.

¡Cuarto capítulo de Jack T.R.! La investigación avanza pero los asesinatos también. El asesino ha vuelto a matar y Charles lo ha vivido de nuevo en sus sueños.

Mientras, Aidan hace un descubrimiento nada agradable.

Jueves.

¡El tiempo se acaba!

Dagas de venganza está a puntito de llegar y lo celebramos recapitulando todo lo que he posteado de ella durante estos meses.

¡Ven a leer un rato!

Viernes.

¡Y por fin es viernes!

Se acaba la semana, al fin. ¡Feliz finde y a disfrutar!

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Jack T.R.: Capítulo 4.

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Capítulo 4

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La noche no había ido mal del todo. Cerca de quinientos dólares después de cuatro bailes y aquel tipo tan borracho que ni siquiera notó como le robaba la cartera mientras movía las caderas sobre su regazo.

Los hombres eran tan fáciles de engañar…

Había sido una buena noche.

Si tenía suerte, tal vez podría esconderle algo de dinero a Ian, su camello. El cabrón siempre se lo quitaba todo. 

Debería mandarlo al diablo de una vez por todas. Aún tenía un moratón en el muslo derecho de una patada que le dio tres noches atrás. Cuando se colocaba, podía ser un agresivo hijo de puta. Pero era quien le conseguía trabajo y sus dosis diarias.

Si conseguía engatusarlo bien, podría colarle algo en su bebida y lo tendría fuera juego en cuestión de horas. Y mientras él durmiera, ella estaría visitando a escondidas a su hija y tratando que su madre aceptara el dinero para cuidarla.

Puede que su madre no estuviera muy feliz de cómo lo ganaba, pero lo necesitaba para criar a su pequeña.

Su preciosa Daisy. Siempre le asombraba como algo que surgió a causa de un error había resultado tan hermoso, tan perfecto… Su niña, que tenía los mismos bucles dorados y ojos azules que ella. Puede que su pequeña fuera fruto de un error, pero era el mejor que había cometido nunca. 

Se cruzó con un tipo en el parking, cuando iba a coger su coche, que le llamó un poco la atención. Su cabello era rubio oscuro o castaño rojizo, no demasiado alto, de complexión ancha. No consiguió distinguir bien el color de sus ojos, pero parecían claros. Por lo demás, bastante normal. Del tipo inofensivo. Sonrisa fácil, con encanto.

Sería sencillo de timar y no le vendría mal un poco más de pasta. Él no tardó mucho en aceptar su oferta. Ni regateó el precio. Le pidió trescientos y aceptó sin rechistar, el muy iluso, siguiéndola dócil como un corderito hasta el callejón.

Tal vez debería haberle pedido quinientos, pero no le gustaba abusar de los ingenuos.

No tenía ni idea del error tan grande que acababa de cometer.

Había oído una vez que existía un límite de dolor que un ser humano era capaz de soportar. Empezaba a pensar que ese razonamiento estaba equivocado.

Lo que sintió cuando el cuchillo cortó su carne por primera vez fue atroz, pero no fue nada comparado a lo que vino después.

Cuando la empujó, haciéndola caer al duro pavimento, todos sus músculos y huesos protestaron.

Y solo acababa de empezar. Lo sabía.

No era la primera vez que alguien la pegaba. Eran gajes del oficio. Pero la paliza de muerte que le estaba dando este tipo era completamente distinta. Perdió la cuenta de los puñetazos, patadas y cuchilladas que recibió de ese monstruo de brillantes ojos dorados.

Si no hubiera estado tan atontada por los golpes se habría horrorizado al pensar cómo iba a lucir su cara después de esto. Pero la paliza y la pérdida de sangre la tenían al borde de la inconsciencia.

Solo cuando volvió anotar a aquel fino cuchillo desgarrar su piel a la altura de su estómago,recuperó algo de lucidez. La agonía fue tal que su cuerpo reaccionó solo,tratando de huir, de alejarse de aquel maniático que reía a carcajadas, con las manos enguantadas y la ropa cubierta con su sangre.

― Así me gusta, nena. ¡Pelea! Me encantan las luchadoras.

Su risa estridente fue lo último que escuchó antes de que todo se volviera negro. La oscuridad y el frío la envolvieron, dándole la bienvenida, alejándola del dolor, del sufrimiento.

Se dejó ir, llorando, demasiado cansada para seguir luchando por su vida.

Era una batalla perdida.

Charles se despertó en esa ocasión en el suelo, donde había acabado mientras soñaba. Se pasó una mano por su cara, cansado, y notó la humedad del sudor y las lágrimas en la piel.

Maldiciendo en voz alta se levantó y fue al baño. Estaba tan agotado y tenso que la ducha no consiguió calmarle. Tampoco los dos cafés que se tomó casi seguidos. Como ese caso no acabara pronto no iba a sobrevivir.

Pero en esa ocasión había conseguido ver algo del asesino.

Sus ojos. Unos antinaturales y brillantes ojos dorados.

Debían ser lentillas o algo similar. Le recordaron a los de los gatos, cuando reflejan la luz en la noche.

Genial. Tenían a un psicópata suelto al que le gustaba disfrazarse… simplemente genial. Eso lo haría más sencillo, pensó con ironía.

También creía haber vislumbrado cabello rubio. Pero de eso no estaba completamente seguro, ya que la luz de la farola había sido muy tenue, demasiado para distinguir bien nada. De todas maneras, era un dato inútil… ¿Cómo demonios iban a explicar que tenía una pequeña pista sobre el aspecto del asesino? No podía ir diciendo que estaba soñando con los asesinatos. Sería echar su carrera a la basura.

Mientras se vestía, usó una técnica que la psicóloga del departamento (a la que tuvo que visitar obligatoriamente después de su primer tiroteo) le recomendó para vaciar su mente. Tararear una vieja canción que su madre solía cantar cuando cocinaba. Eso conseguía reemplazar las sangrientas imágenes del sueño con sus recuerdos de su infancia. Necesitaba estar centrado cuando llamaran de comisaría.

― Te juro por Dios, Julian, no sé qué demonios ves de divertido en desordenarme las estanterías cada día… en serio…

Aidan había llegado a su tienda temprano esa mañana, aunque la mantendría cerrada todo el día. Le esperaba una jornada larga y aburrida de hacer inventario para decidir que libros pedir y cuáles no para el siguiente mes.

Era una tarea que debía realizarse mensualmente, como la contabilidad, el pago de facturas y un arqueo especial para sus otros clientes. Los libros raros y de magia, además de otros objetos peculiares, no eran baratos.

Y, aunque aburrido, era una labor simple. Contar los libros, ver cuál se había vendido mejor, cuál no y hacer descartes.

Lógicamente, dejó de ser tan simple cuando encontró varios libros fuera de su lugar, cosa que le venía ocurriendo desde que Julian apareció en su tienda y en su vida.

Su historia con el fantasma era algo peculiar y no solo por su condición de espectro.

Aidan y su familia llevaban toda su vida tratando con lo paranormal y lo sobrenatural. Con sumisión de mantener la librería y sus clientes, fue complicado mantenerse al margen. Su poder de empatía y sus visiones tampoco ayudaron demasiado.

Julian apareció hacía seis años. Su espíritu permanecía atado al mundo de los vivos a través de un relicario que perteneció a su esposa y que el librero encontró en el mercadillo que solían poner los martes en el parque Avalon, cerca de su tienda. Era pequeño, hecho de latón y con la efigie de una mujer tallada en marfil en la tapa. Al abrirlo vio la foto de una pareja y dos mechones de pelo, uno rubio y el otro castaño oscuro.

Con solo tocarlo lo supo.

Su obligación habría sido destruirlo y dar el descanso eterno al fantasma que lo encantaba, pero cometió el error de hablar primero con él.

Si, probablemente, podría haberlo hecho sin su consentimiento pero… no le gustaba la idea de  obligar a alguien a cruzar al otro lado si no quería. No era ético. Y en sufamilia la ética se tomaba tan en serio como todo lo demás.

Así que intentó razonar con él hasta que acabó dejándolo por imposible. Pasó un mes entero discutiendo, usando todos los razonamientos lógicos que se le ocurrieron para que fuera al otro lado. Incluso le ignoró.

No sirvió para nada.

Acabó cediendo y permitió que se quedara en el edificio, guardando su relicario en la trastienda donde estaba seguro de cualquier intento de robo o pérdida. Y, a veces, su  compañía solía ser entretenida. Tener a alguien con quien hablar cuando tocaba inventario o limpieza y que no podía huir del local resultaba útil.

Ese día no.

― Entiendo que te aburres cuando cierro pero si vas a coger un libro para leerlo, al menos podrías volver a colocarlo en su sitio, ¿sabes? – gruñó.

Porque cuando Aidan cerraba e iba al piso de arriba, donde estaba su apartamento, había veces queJulian no le acompañaba. Se quedaba en la tienda y leía algunas de las novelas nuevas o releía alguna de las antiguas. Y no siempre dejaba las cosas como las encontraba.

― ¿Has puesto a Dante entre las novelas eróticas? ¿En serio? – masculló, incrédulo alargando la mano para poner el libro en su lugar.

Al tocar el volumen para volver a colocarlo en su sitio, este le quemó la mano. Lo dejó caer al suelo,sorprendido y dolorido. Estupefacto, se miró y no vio quemadura alguna en su piel, aunque seguía doliéndole como si la tuviera. Fue la cosa más extraña que le había ocurrido jamás. Y tenía una larga lista de cosas extrañas en su vida para comparar.

― ¿Qué demonios? – se agachó y lo volvió a coger, no soltándolo a pesar de que le quemó de nuevo.

Imágenes de un lugar desolado, yermo, lleno de fuego y roca invadieron su mente con fuerza. Dolor, pena, angustia, odio, furia… tantos sentimientos negativos al mismo tiempo que le dejaron sin aire y casi le ponen de rodillas por la sobrecarga sensorial.

Frío y calor a la vez. Todo era rojo y muerto. Más dolor y muerte y desolación y gritos… los gritos eran ensordecedores… clamaban piedad, lloraban lágrimas de sangre a las que nadie hacía caso.

El fuego no dejaba de arder nunca y convertía en cenizas a los que agonizaban en su interior. Podía ver las llamas arrastrándose por sus piernas, abrasando su ropa, atravesando su carne…

Entonces le vio.

No pudo distinguir su rostro, pero no había duda de que era él.

El asesino.

Era otro habitante más de ese lugar y Aidan se encontró paralizado mientras le veía acercarse. Sus ojos dorados brillaron cuando usó el cuchillo en él para empezar a cortar miembros,carne, músculos… notaba la afilada hoja, fría en contraste con el fuego, dibujando macabros diseños rojos en su piel.

El chico trató de alejarse. Podía sentir cada pensamiento, cada idea que esa horrible criatura pretendía realizar. Cada asesinato, perfectamente planeado y con todo lujo de  detalles.

Y lo que estabaobligando a ver… quiso gritar de horror, pero su voz se negaba a salir de su garganta.

― ¡Aidan!

Sintió un golpe seco en su mano y el libro cayó al suelo haciendo un ruido sordo. Aidan miró a Julian, quién le había golpeado, que le observaba asustado.

― ¿Estás bien? Llevo un rato llamándote. Te has quedado como congelado con ese libro en la mano… ¡Aidan, joder, responde! — gritó frustrado y deseando poder ser más corpóreo para poder sacudirle otra vez. Lo que más conseguía ese día era a golpear ya que había gastado gran parte de su energía esa noche con los libros.

― Yo… yo… ― pero siJulian estaba asustado, Aidan estaba aterrorizado. Se levantó las mangas de la  camisa azul que llevaba para asegurarse de que no estaban los cortes que había sentido un segundo antes. También comprobó, todavía con el corazón a mil por hora, que sus piernas no estaban quemadas.

― ¿Qué ha pasado?

― No lo sé… estaba…iba a poner ese libro en su sitio y he visto… ― balbuceó el librero,frotándose las manos en las perneras del pantalón como si quisiera limpiárselas. Aún podía sentirlas húmedas de sangre. ― ¡Joder, no sé qué es lo que he visto!

― ¿Qué libro? ¿Ese? — Julian iba a cogerlo pero Aidan lo pateó lejos.

― ¡No lo toques! ― elchico estaba prácticamente al borde de un ataque de nervios. No le había pasado algo así de intenso jamás y nunca tuvo tanto miedo como en ese instante.

― ¿Por qué? ¿Qué has visto? Tío, me estas asustando y soy un fantasma, no debería asustarme.

― Creo que… era el Infierno.

― El infierno… ¿El infierno infierno? ¿Cómo el que dice la biblia y todo eso? ¿Ese infierno?

― ¿Tú conoces otro? —chilló Aidan un poco histérico. Aun no conseguía deshacerse del sabor y olor de la tierra quemada y la sangre que había degustado en su visión. Siempre era duro quitarse esos sentimientos que absorbía con su don, pero en esa ocasión estaba siendo peor que cualquiera que recordara. ― ¡Si, joder! ¡El Infierno! Con el azufre, la muerte y todo lo demás.

― Bueno… es “El infierno” de Dante…

― El libro no tiene que ver con eso. Yo no veo lo que han escrito, para eso tendría que ser un manuscrito original. Veo lo que sentía el último que lo ha tocado… lo que me ha dejado sentir…

― ¿Lo que te ha dejado sentir? — Julian se rascó la nuca, mirándole con sospecha. Eso era raro hasta para ellos. ― Lo siento, estoy algo más que perdido ahora mismo.

― No sé cómo explicarlo para que lo entiendas. Quien sea, lo que fuera que ha tocado ese libro, era el mismo Infierno. Para esa cosa eso era su casa, es lo que tiene dentro de sí.

― ¿Un demonio? ¿Podría haberlo tocado un demonio?

― Eso tendría lógica, pero ¿cómo ha entrado? La tienda está protegida o eso pensaba.

― Lo está. Hay plata, hierro y símbolos sagrados en todas las posibles entradas. ¡Yo ni siquiera puedo acercarme a una ventana sin desvanecerme! Algo así no debería poder entrar. 

― Necesito sentarme…

Aidan caminó tropezando hasta el mostrador y se sentó en su silla, dejándose caer hasta apoyar los codos en sus rodillas. Todavía podía oler la sangre, la carne quemada, el azufre… Su perra Luna se acercó y gimió, lamiéndole la mano. Se abrazó a ella, buscando distraerse de la visión con la familiaridad que le daba el animal.

― He visto algo más.

― ¿El qué?

― Creo que es el asesino que buscaba ese detective. Y ha dejado aquí el libro a propósito para que lo viera. — Aidan seguía abrazado a su perra, ocultando el rostro en el blanco pelaje del animal.

― ¿Para qué?

― Sabe lo del diario. No sé si lo quiere o no, pero sabe que lo tengo. También ha dejado bien claro que va a por el detective.

― Joder… este es de los retorcidos a conciencia.

― Ha venido a divertirse. De hecho, se está divirtiendo de lo lindo, el muy cabrón. —masculló Aidan con expresión de asco.

― Tienes que calmarte un poco. ― Julian trató de palmearle amistosamente la espalda, pero su mano le atravesó, sacándole un estremecimiento. — Lo siento.

― Tengo que avisarle. — el chico se levantó, un poco tambaleante aún.

― ¿Y qué vas a decirle? Ey, disculpe detective, pero esta mañana cogí un libro y vi que el asesino quiere matarle. — ironizó el fantasma. ― ¡Piensa, chico! Ese es el camino más rápido al manicomio. Además, ¿cómo vas a encontrarle?

― Sé dónde está. Él ha vuelto a matar esta noche. Y me lo ha enseñado.


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¡Ahora, gratis! : Jack T.R.: Capítulo 3.

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Capítulo 3

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― Bien, ¿qué me puedes decir, doctor?

 

El doctor John Morgan, médico forense de su departamento, se subió ligeramente las gafas y ojeó su informe.

 

A sus cincuenta años recién cumplidos, seguía siendo un hombre atlético y atractivo, si Charles hacía caso a los cuchicheos de la mitad del personal femenino de la comisaría.

 

Con el cabello y barba negros aunque con canas visibles, los ojos marrón verdosos y su voz ronca solía hacer suspirar a más de una de sus compañeras cuando iba y venía para hablar con los detectives sobre cualquier caso que llevara en ese momento.

 

Su metro ochenta y su retorcido sentido del humor ayudaban algo. La seguridad y el desparpajo con el que coqueteaba con toda fémina en comisaría conseguía que hasta su capitán se hubiera visto en la obligación de llamarle la atención un par de veces porque distraía al personal femenino y tenía celoso al masculino (incluido Charles). Lamentablemente para su club de fans, llevaba quince años felizmente casado, aunque eso no detenía sus coqueteos o, como él lo llamaba, «juegos inofensivos».

 

Aunque ese día solo se veía al profesional en él. En toda su carrera como forense había presenciado más cadáveres y heridas repulsivas de lo que un ser humano debería. Pero aun conseguía asombrarlo la «creatividad» y la crueldad de algunos asesinatos que llegaban a su mesa. Y este, era especialmente dotado en ambas cosas.

 

― No hay muchas diferencias del otro cuerpo. Incisiones profundas en garganta, torso, extremidades… varias más de menor profundidad en el pecho y rostro, claro ensañamiento… ― dejó los papeles sobre la camilla y levantó la sabana que cubría el cadáver, dejando a la vista el desastre de lo que fue el cuerpo de una chica. – Y, como veras, ha vuelto a extraer algunos órganos.

 

― ¿Cuáles? — preguntó Charles haciendo una mueca cuando Morgan separó la piel del estómago mostrando las entrañas de la víctima.

 

― El hígado y los órganos sexuales.

 

― ¿El hígado? — el médico asintió, mientras el detective revisaba el informe de la autopsia de la otra víctima. ― A Loretta le faltaba un riñón, si no me equivoco.

 

― Exactamente. Se llevó uno y destrozó el otro. Al parecer ha preferido el hígado con esta. Como verás, nuestro asesino volvió a atacar por detrás. — informó el forense, señalando el largo corte que iba de un extremo al otro del cuello de la mujer. ― Se desangró hasta morir. Los demás cortes fueron hechos mientras ella agonizaba, pero la extracción de órganos fue post mortem. A pesar de que cortó la yugular, pudo haber durado varios minutos viva.

 

― ¡Joder!

 

― Y ha repetido su modus operandi. — Morgan cogió el archivo de la víctima, mirando los datos que había estado apuntando durante la autopsia. ― Las incisiones han sido hechas con un cuchillo largo, de unos treinta centímetros, seguramente el mismo que el del molde que saqué con los de la científica de la otra chica. Las heridas son similares. Todo encaja. En la anterior víctima no hubo tanto ensañamiento, los cortes fueron apresurados… pero aparte de eso creo que tenéis un asesino en serie en ciernes.

 

― ¿Qué me puedes decir sobre los golpes?

 

― Por lo que pude ver en los informes de la científica sobre la escena del crimen, yo diría que con la primera le interrumpieron. De ahí los cortes chapuceros. A nuestra nueva visitante consiguió llevarla a un lugar más tranquilo. Eso podría explicar porque la ha molido a golpes, aunque no puedo asegurarte de que esa fuera la razón. — tapó el cadáver, mirando con pena la cara destrozada de la muchacha. — Los de perfiles pueden decirte más que yo de eso. Pero puedo asegurarte de que este tío es un sádico de cuidado y muy inteligente.

 

― Gracias, doctor.

 

― Imagino que no era lo que querías oír. — el médico sonrió sombrío quitándose los guantes de goma para tirarlos a la papelera.

 

― Si te soy sincero, no sé qué quería. ― negó suavemente con la cabeza. ― Preferiría que no pasaran estas cosas. Que gente capaz de hacer esto, no existieran.

 

― Y yo… pero entonces estaríamos sin trabajo.

 

Charles salió del laboratorio con el estómago revuelto. Otro día que pasaría en ayunas. Algo que le ocurría en cada ocasión que se veía obligado a visitar la zona de autopsias y estar presente en una. Pero las normas le obligaban a ser testigo del procedimiento.

 

Necesitaban encontrar a ese asesino antes de que volviera a matar de nuevo, pero ni las pruebas ni sus sueños le daban ninguna pista de por dónde empezar. A pesar de que habían peinado la escena e incluso encontrado la primaria del segundo asesinato, no fueron capaces de conseguir algo útil. Había varios testigos que la vieron salir del bar, pero ninguno prestó atención a si iba sola, acompañada o si la seguía alguien.

 

También consiguieron las grabaciones de seguridad del bar. El dueño tenía una cámara enfocada hacia la zona de cobro. Los técnicos estaban con ellas, pero ya le habían dicho que casi todo lo grabado era estática. Algo debió interferir con la señal de la cámara durante una buena media hora. Y justo en ese lapso fue cuando la víctima pasó cerca de la barra.

 

Lo único útil que encontraron fue la identificación de la chica.

 

Se llamaba Nancy Spencer, veintiocho años. Trabajaba entre semana en un supermercado en la calle 71, cerca del parque donde fue encontrada. Su hermana, único familiar que pudieron localizar, había sido avisada y estaba en camino para identificar y reclamar el cadáver. Por lo poco que pudo hablar con ella, mientras la oía llorar desconsoladamente, llevaban unos meses sin mantener contacto por una pelea.

 

No iba a ser agradable tener que tomarle declaración.

 

Los chicos de perfiles, a quienes los federales enviaron hacía unos días para echar una mano, iban a tratar de hacer un perfil psicológico y geográfico del sujeto que les ayudara a descartar sospechosos y a tratar de adelantarse a él.

 

El problema era que no había sospechosos a los que descartar aún.

 

Si, tenían lo de siempre. Bandas, mafias, posibles ajustes de cuentas, venganzas, los chulos de esa zona… Esos serían los habituales si no fuera porque tenían otra víctima similar y que no tenía absolutamente ninguna relación con la nueva salvo su asesino.

 

Igualmente indagarían en la vida de la chica e interrogarían a cualquiera que consideraran sospechoso. Había que seguir el procedimiento.

 

― ¡Ey, Charlie! — el detective se giró y vio a Henricksen acercarse corriendo hasta él. No era raro que lo llamara por su nombre de pila, pero tampoco era habitual. Solo lo hacía cuando estaba especialmente nervioso.

 

Su compañero era diez años más joven que él. Un crío a su lado, que ya había cumplido los cuarenta. A veces se preguntaba por qué su capitán les puso a trabajar juntos, ya que eran completamente opuestos, tanto físicamente como en personalidad. Él tenía el pelo castaño, Gordon pelirrojo. Él media metro ochenta, su compañero llegaba raspando el metro setenta y tres. O eso decía él. Charles estaba seguro de que mentía sobre su altura, pero nunca tuvo corazón para llevarle la contraria.

 

Henricksen, además, estaba especialmente dotado para sacar confesiones con facilidad. Sabía ganarse la confianza de cualquiera y era muy bueno disfrazándose. Una habilidad que aprendió en su tiempo en narcóticos, donde tuvo que infiltrarse en más de una ocasión.

 

A veces pensaba que su compañero debería haberse quedado allí. Hubiera progresado más. Su mujer, sin embargo, no era de la misma opinión, porque consideraba su anterior destino mucho más peligroso y en homicidios tenían un horario más estable.

 

Así que, por petición de su esposa, dejó una brillante carrera en ese departamento y aceptó una no tan prometedora en homicidios, donde lo emparejaron con él.

 

La primera cosa que aprendió de su compañero fue que era agotador trabajar con él. No podía ser sano tanta energía en una sola persona. Ni para él ni para quienes estaban a su alrededor.

 

― ¿Qué pasa? ― preguntó, encaminándose de nuevo hacia la máquina de café. Al pasar cerca del escritorio del detective Landon, este le dedicó una sonrisa divertida al ver al otro casi corriendo tras él.

 

― Adivina que acaba de aparecer en la recepción. — Henricksen estaba literalmente dando saltitos como un niño de cinco años. Charles arqueó una ceja mientras se llenaba una taza, esperando pacientemente a que se decidiera a terminar de hablar. Si preguntaba sería mucho peor. ― Un mensajero ha traído un paquete a nuestra comisaría. Envío anónimo y pagado con una tarjeta que fue denunciada como robada hace una hora.

 

― ¿Me vas a decir que tenía el paquete o voy a tener que adivinarlo de verdad?

 

Gordon Henricksen miró hacia los lados, como comprobando que nadie les estaba espiando y se acercó más para hablar, componiendo una expresión tan ridícula que hizo reír a una agente que pasaba por ahí.

 

En ocasiones como esa, su compañero le hacía sentir vergüenza ajena.

 

Mucha.

 

― Un hígado. ― Charles parpadeó, sorprendido, casi ahogándose con el sorbo de café que acababa de dar. Esa no era la respuesta que esperaba.

 

― ¿Qué?

 

― Lo que has oído. Un hígado. — el rostro de su compañero estaba mortalmente serio, pero seguía dando saltitos, demasiado nervioso para contenerse. ― El forense está con el ahora mismo, pero creo que podemos dar por hecho que es humano. Morgan piensa que probablemente sea de nuestra última víctima.

 

― ¡Hijo de puta! Se está burlando de nosotros. – gruñó, pasando por delante de su compañero y dirigiéndose hacia su escritorio. De repente, el café se le había agriado.

 

― También había una nota. — eso consiguió que se detuviera. Aprovechó para tirar la taza de papel a la papelera. ― Aunque no tengo ni idea de a quién demonios va dirigida.

 

― ¿Qué quieres decir? ¿Qué ponía? — Henricksen le entregó una bolsita de pruebas con un papel manchado de sangre en su interior. — «Querido jefe: es bueno estar de vuelta. Pronto le enviare más regalos como este. Saludos desde el infierno. J.T.R.» — Leyó ― ¿Qué coño significa esto? – el otro se encogió de hombros, tan perdido como él.

 

― El único que lo sabe es ese loco. Voy a llevarlo a que lo analicen y comparen la sangre con la de la víctima y a ver si encuentran alguna huella, aunque lo dudo. — Charles miró más atentamente el papel, sin poder dar crédito a lo que veía. ¡No podía ser!

 

― Es un ticket.

 

― Si… ¿y? ― Gordon trató de recuperar la bolsita de pruebas con la nota dentro pero Charles lo esquivó y se acercó al escritorio más cercano, poniéndola bajo la luz de una de las lámparas para ver mejor.

 

― Un ticket de compra. Alguien compró «El infierno» de Dante y usó esto para escribir la nota. ¡No puedo creerlo!

 

― Quizás cogió el papel del suelo.

 

― No. Esto fue deliberado. — su compañero lo miró extrañado.

 

― ¿Qué te hace pensar eso? — Charles volvió a mirar el papel, incrédulo y sorprendido. No podía ser una coincidencia. Imposible.

 

― ¡Yo estuve en esta librería ayer! ¡Es del chico que vi en la escena del crimen!

 

― ¿Ese que te llamó la atención? ¡Menuda coincidencia!

 

― No puede ser una coincidencia. ¿Recuerdas ese aviso de la ATF?

 

― ¿El de la banda de «Los vampiros»?

 

― ¡Ese mismo! Uno de sus miembros estaba allí haciendo alguna clase de negocio con el dueño.

 

― Eso ya es algo más que sospechoso. ― Henricksen cogió la nota y la guardó en el bolsillo de su chaqueta. ― Voy a llevar esto a los de la científica y buscare lo que tengamos de ese grupo. Puede que sean los responsables de estos asesinatos.

 

Charles no fue consciente de su compañero alejándose, ni de los otros policías a su alrededor haciendo su trabajo. No oyó el sonido de los teléfonos sonando, ni a su capitán gritando a alguien. Estaba demasiado centrado en algo que había visto mientras tenía la bolsita con la nota en sus manos.

 

Las letras habían bailado frente a sus ojos, cambiando el orden y formando otra frase completamente distinta.

 

«¡Cójame si puede, detective!»

 

Nevaba suavemente cuando regresó a la librería. La nieve en la entrada estaba aún blanca, resaltando entre el negro pavimento y la fachada beige de la tienda, y apenas sin pisadas por lo que imaginó que no había demasiado movimiento en la tienda a esas horas. Eso era muy conveniente.

 

Aún seguía asustado por lo ocurrido en comisaría. No sabía si fue su mente jugándole malas pasadas por la falta de sueño y su obsesión con ese caso o de verdad había pasado.

 

Volvió a oír las campanillas de cristal sobre su cabeza al abrir la puerta y esa vez encontró al chico tras el mostrador, revisando lo que parecía un libro de cuentas.

 

― ¡Detective! ― le saludó, claramente extrañado de verlo ahí de nuevo. ― ¿Qué se le ofrece esta vez?

 

― ¿Hay alguna manera de saber quién se llevó un libro en específico? — preguntó a bocajarro y sin saludar siquiera. Aidan le dirigió una mirada sorprendida por la pregunta.

 

― Me temo que no llevamos ningún registro para eso. ¿De qué libro estamos hablando y cuando fue esa compra?

 

― Ayer, después de irme. «El infierno» de Dante.

 

― Pues no. Ni idea. No me suena que…

 

― ¿Qué libro se llevó su amigo? ― le interrumpió Charles, más alterado.

 

― ¿Qué amigo?

 

― ¡El motero!

 

― «Las leyendas de Bécquer». ― mintió Aidan, molesto por el tono insolente del detective.

 

Charles paseaba frente al mostrador, cada vez más inquieto.

 

― No puede ser una coincidencia… Un miembro de «Los vampiros» aquí, la nota hecha con un ticket de esta tienda… ¡No puede ser una coincidencia!

 

― Espera… ¿Qué? ¿Qué nota? ¿De qué está hablando?

 

El librero estaba bastante confundido. ¿De qué iba todo eso?

 

― No puedo comentar detalles de una investigación abierta con alguien ajeno al departamento.

 

Charles se pasó una mano por la cara, cansado. De pronto se sentía estúpido por estar ahí, preguntando por un libro. ¿En qué demonios estaba pensando?

 

― Usted fue quien vino hasta aquí. ¿Es sobre esos asesinatos? Si piensa que Rolf puede estar involucrado en eso, se equivoca. — el detective lo consideró un minuto antes de decidirse. ¿Qué daño podía hacer? Estaba desesperado.

 

― Alguien ha enviado un paquete a comisaría. Quien fuera ha reclamado la autoría de esos dos asesinatos y el papel que usaron era un ticket de compra de este establecimiento.

 

Aidan parpadeó varias veces, asombrado. ¿Alguien había usado algo de su tienda para eso? ¿Y quién? No había duda de que hablaba del asesino del diario. ¿Cómo hizo para conseguir un ticket de su tienda? Si hubiera entrado, lo habrían notado… ¿verdad?

 

Trató de hacer memoria de la gente que entró a su tienda el día anterior, pero solo recordaba a un montón de adolescentes ruidosos y dos habituales que vinieron casi al cierre a parte de Rolf.

 

Ningún extraño que pudiera darle mala espina.

 

― Lo siento… no consigo recordar… ¿tal vez envió a alguien a por el libro? ¿O cogió el ticket de alguien que comprara aquí ayer? No recuerdo a nadie que comprara ese libro en específico y tampoco a nadie que me pudiera resultar llamativo.

 

― ¿Está absolutamente seguro de que su amigo no tiene nada que ver? ¿Tiene cámaras de vigilancia en el local? ― el chico sintió pena por el detective. Debía ser frustrante no encontrar nada que le ayudara a resolver esos asesinatos.

 

― Sí, estoy seguro de que Rolf no tuvo nada que ver. Si quiere puede comprobar si tiene coartada para esos días, pero dudo que encuentre lo que quiere. Y, no, no tengo cámaras aquí, lo siento. — la única razón por la que no había cámaras en su local era porque Julian creaba interferencias en los aparatos electrónicos. Además, la mayoría de sus clientes no podían ser grabados. ― Siento no haber sido de ayuda. Si necesita algo…

 

― No es su culpa. ― le interrumpió con un gruñido.  Gracias de todas maneras, señor Kelly.

 

― Aidan. Mejor llámeme Aidan.

 

― Aidan. ― Charles asintió, serio. Pensaba comprobar con los de la ATF, en cuanto llegara a comisaría, si el tal Rolf tenía coartadas para esas noches. Llevaban un par de semanas vigilando a esa banda estrechamente. ― Siento haberle molestado con todo esto, ha sido una idea ridícula venir por algo así. Pero si consigue recordar algo…

 

― Le llamaré. Tengo su tarjeta.

 

Julian se apareció a su lado en cuanto el detective salió de su tienda. Para no variar su costumbre, volvió a resoplar dirigiendo miradas envenenadas a la espalda del policía.

 

― Sigue habiendo algo en ese poli que no termina de encajarme. ¿Qué clase de policía viene preguntando algo así?

 

― Uno muy desesperado. Y parece cansado. — suspiró Aidan, volviendo a sus cuentas. En la radio, un locutor comentaba las últimas noticias sobre la reciente e inesperada muerte del multimillonario P. Drake en Nueva York. ― Sinceramente, no podría hacer su trabajo. Ver todo eso a diario y no perder la cabeza… ― el librero negó suavemente con la cabeza y apagó la radio. ― Voy a llamar a Rolf y avisarle de que la policía le tiene como sospechoso de esos asesinatos.

 

― No sé. ― murmuró Julian, sin apartar la vista de la puerta por donde se había ido el policía. — Ese tío no es un poli normal.

 

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¡Seguimos con Jack T.R.!: Jack T.R. Capítulo 2.

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Capítulo 2

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Charles miró dudoso de nuevo el papel que tenía en sus manos. Frente a él, una vieja librería se alzaba orgullosa a pesar de su diminuto tamaño y lo decrépito de su fachada.

En el cartel sobre la puerta rezaba el nombre de la tienda: El pergamino.

Se encontraba en un cruce entre la calle 85 y Avalon, cerca del parque con el mismo nombre. Mayoritariamente, una zona residencial donde los pocos comercios que existían destacaban entre las pequeñas casitas adosadas con sus diminutos jardines.

No estaba muy seguro de que estaba haciendo ahí.

Después de investigar infructuosamente durante una hora acabó encontrando el nombre del chico de las fotos de la manera más ridícula. Resultaba que Mathewson, un patrullero que hacía su ruta por Marynook, lo vio en su pantalla al pasar por café y le reconoció. Vivían en la misma calle.

Se llamaba Aidan Kelly.

Después de averiguar el nombre, el resto fue sencillo. Veintiocho años, padres fallecidos en el Katrina, abuelo paterno ingresado en una residencia de ancianos en Palm Springs. Nacido y criado en Nueva Orleans, se trasladó a Chicago, ocho años atrás, después de la muerte de sus padres para mudarse con su abuelo y, más tarde, hacerse cargo de la librería cuando este tuvo que retirarse a causa de su alzhéimer.

No tenía antecedentes ni licencia de conducir pero, por suerte para Charles, sus datos y dirección estaban en la escritura de la librería.

La idea de que debía encontrar al muchacho para interrogarle le pareció estupenda en comisaría. No se debía dejar piedra por remover en casos así. Pero ahí, frente a la librería, se dio cuenta de que no tenía más excusa para hacerlo que unas pocas fotos en las que aparecía como mirón en las escenas del crimen y poco más. Razones para nada validas si le preguntabas a cualquiera.

Por no hablar si le preguntabas a un abogado.

Se sentía un poco ridículo.

Está bien, se sentía muy ridículo.

Aun así, cruzó la calle y curioseó un poco a través del cristal.

En el escaparate había unos pocos libros expuestos. “Inferno” de D. Bronw, “Pídeme lo que quieras” de M. Maxwell, “Joyland” de S. King, “El invierno del mundo”, de K. Follett. Las últimas novedades en novelas a la venta.

En el interior se podía ver que la tienda no era demasiado amplia. Un par de pasillos con varias estanterías cubiertas de libros, todas con cartelitos de papel que anunciaban el género y un mostrador de madera de estilo antiguo y color oscuro, con una caja registradora moderna cerca de la puerta.

No se veía a nadie dentro aunque en el cartel de madera que colgaba del cristal de la puerta anunciaba que estaba abierto. Supuso que estaría en alguno de los dos pasillos, fuera de la vista.

Pasó un minuto admirando el cartelito. Tanto las letras como el árbol que tenía sobre estas estaban labradas en la madera. Era un trabajo precioso y muy artesanal para estar en un simple cartel.

― ¡Qué demonios! Ya que estoy aquí. ― murmuró finalmente, armándose de valor y empujando la puerta.

El musical sonido de unas campanillas de cristal le hizo alzar la vista. Eran pequeñas, de cristal opaco y tintinearon unos minutos más después de cerrar la puerta. También estaban decoradas con pequeños arboles como el del cartel de la entrada. Parecían bastante antiguas. Le recordaron a las que tenía aquella vieja tienda de comestibles cerca de la casa de sus padres, donde su madre solía enviarle cuando necesitaba alguna cosa de última hora para la cena. Tenía muy buenos recuerdos de esa tienda y su dueño. Siempre le regalaba caramelos.

― ¡Estaré ahí en un momento! ¡Vaya mirando lo que quiera! — oyó gritar desde el interior, sacándole de sus recuerdos. Encogiéndose de hombros, Charles empezó a curiosear la tienda.

Como observara desde el exterior, la tienda no era demasiado grande. De unos ochenta metros cuadrados, el mostrador se encontraba a la izquierda, cerca de la entrada, dándole una buena vista de los dos pasillos y las estanterías. Al fondo a la derecha, se veía una anodina puerta de madera clara con un cartel donde ponía «Privado». Probablemente el baño.

Estuvo más de cinco minutos revisando los libros de la sección de misterio sin que nadie apareciera. Si fuera un ladrón ya habría robado media tienda y el dueño ni lo notaría.

Por fin escuchó su voz de nuevo, solo que esta vez parecía estar discutiendo con alguien en murmullos molestos.

― ¡Estoy empezando a cansarme de que hagas esto! — lo oyó decir, con tono de reproche. ― Tienes que dejar de desordenarme la sección de literatura fantástica. Solo porque tú no lo aguantes, no significa que puedas poner «Crepúsculo» en la sección de auto-ayuda.

Charles arqueó una ceja por la curiosa conversación y al verle aparecer solo. A lo mejor estaba hablando por teléfono con algún empleado.

― Me importa bien poco que pienses que a quien le guste debería ir al psicólogo con urgencia. No vuelvas a moverla y ya. No quiero oír más adolescentes preguntando que hace la novela en esa sección. Y… uh… ― el chico interrumpió su perorata bruscamente al verle, sonrojándose. — Pensaba que se habría ido. Como no oí nada más…

Ahora que lo tenía cerca, Charles pudo observarlo más atentamente. Como había supuesto antes era algo más alto que él, como de metro noventa, su cabello era negro, cortado de manera desordenada y le llegaba casi a los hombros. Sus ojos grises le miraban con una mezcla de sorpresa y desconfianza que levantó sus sospechas. También tenía una cicatriz que partía casi por la mitad su ceja izquierda. Llevaba cuatro libros en sus manos. Nada que pareciera a un móvil o teléfono o bluetooth.

― No. Aún sigo aquí. — el detective se encogió de hombros, comentando lo obvio.

― Puedo verlo. ¿Ha encontrado alguna cosa que le guste? ¿O está buscando algo en especial? — le preguntó, rodeándole para dirigirse al mostrador y evitando mirarle a los ojos, aun azorado.  Charles sacó su placa y se la mostró.

― Señor Kelly, soy el detective Andrews. Quería preguntarle sobre el asesinato de anoche en el parque Meyering. — el chico parpadeó, claramente sorprendido, dejando los libros sobre la mesa.

― ¿A mí? No sé nada de eso. El parque está algo lejos de mi tienda, por si no lo había notado, detective.

Charles lo observó usar una etiquetadora para ponerles el precio a los libros que había traído antes. Sus manos temblaban imperceptiblemente.

― Pero usted estuvo esta mañana allí. — insistió, haciendo caso omiso al tono indiferente que había adoptado. Aún seguía rehuyéndole la mirada y se envaró al oírle.

― Estuve… si… tenía que hacer un recado por la calle 71 y pasé a comprar un café antes de regresar a la tienda. Vi las luces y me acerqué a mirar por curiosidad. — bajó la mirada a los libros, sacudiendo la cabeza como si tratara de borrar algo de su mente. ― Hubiera preferido no hacerlo. Tuve que tirar el café en la siguiente papelera. No he comido nada después de eso.

― No, no era una vista agradable. — coincidió Charles, sacando su libretita para tomar notas. ― ¿Suele hacer muchos recados por esa zona, señor?

― Solo cuando tengo que ir a recoger algún libro. — respondió, encogiéndose de hombros. ― A parte de novelas, también tengo libros antiguos de colección. Me ofrecieron una bonita primera edición de “El perro de los Baskerville” y no pude resistirme. — el chico señaló a una vitrina de cristal, apoyada en la pared de detrás del mostrador donde se podían ver varios ejemplares, claramente antiguos, de novelas.

El libro de Arthur C. Doyle que había mencionado destacaba entre los demás por su encuadernación roja de piel y sus grabados dorados y negros.

― ¿A dónde fue a recoger el libro?

― Al colegio St. Columbanus, cerca del parque. Su profesor de literatura es un conocido de mi abuelo y me lo ofreció a buen precio. — Charles notó como con cada pregunta parecía más y más incómodo y no dejaba de mirar de reojo a su derecha. ¿Sería un tic? ― ¿Hay alguna razón para este interrogatorio? No entiendo que tiene que ver esto con su caso.

― Solo estamos comprobando quien estuvo por esa zona a la hora del asesinato.

― Pasé cuando la policía ya estaba allí. ¿Voy a necesitar una coartada o algo así? — preguntó, tenso.

Algo no andaba bien con ese chico. Charles tenía años de experiencia detectando mentiras y ese muchacho no estaba siendo del todo sincero con él. Era muy sospechoso.

Si realmente no tenía nada que ver con eso, ¿por qué mentía?

― Si la tuviera sería estupendo. — hizo caso omiso al resoplido del joven. ― ¿Dónde se encontraba anoche a eso de las cuatro de la madrugada?

― En casa. Mi piso está encima de la tienda.

― ¿Solo? — el chico pareció dudar un segundo antes de contestar.

― Si. — sus ojos se desviaron a la derecha de nuevo e hizo un gesto como negando algo — Un amigo estuvo conmigo pero se fue a las dos. Luego me fui a dormir.

― Ya veo.

La campanilla volvió a sonar, haciéndoles volver la mirada a ambos hacia la puerta. Un hombre corpulento y piel tostada entró y se les quedó mirando con expresión de no saber muy bien si quedarse o irse. Tenía el cabello rubio oscuro largo y recogido en una coleta.

El tipo parecía el estereotipo de motero de banda. Igual de alto que el chico, pero mucho más ancho y musculoso, vestido por completo de cuero negro. Llevaba pantalones, de cuyo cinturón colgaban un par de cadenas finas y una cazadora sobre una camiseta también negra. Una calavera con colmillos de vampiro era el logo de la banda a la que pertenecía.

De hecho, Charles conocía ese dibujo de haberlo visto en un aviso que la ATF (Departamento de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos) envió a la comisaría hacía meses. Pertenecía a “Los Vampiros”, una banda que llevaba establecida en Chicago desde hacía veinte años y que era sospechosa de la mayoría de los trapicheos con armas y droga en la ciudad. Pero nadie duraba tanto en ese negocio si no era muy cuidadoso.

Y esos tipos lo eran. Extremadamente.

A pesar de las sospechas que tenían sobre la banda, la ATF no había sido capaz jamás de demostrar o encontrar alguna prueba consistente contra ellos.

Y él se tropezaba uno justo en aquella tienda mientras investigaba esos asesinatos… ¡Qué casualidad!

Hasta ahora, todos los avisos que existían sobre esa banda eran por drogas y armas. Ningún asesinato aunque eso no significaba que no estuvieran involucrados en alguno. Había rumores de que la banda estaba relacionados con la mafia rusa, entre otras cosas.

― Este… ¿estás ocupado, Aidan? — preguntó con tono sorprendentemente educado y voz suave teniendo en cuenta las pintas de pandillero que gastaba. Tenía un leve acento que Charles no fue capaz de precisar a pesar de que le resultaba conocido. Probablemente de Europa del Este…

― Estaré contigo en un minuto, Rolf. Espérame en la sección de poesía. — el tal Rolf asintió, dirigiendo una mirada especulativa al policía y se marchó sin decir una palabra más.

― No parece del tipo que compra poesía. — ironizó Charles cuando el otro hubo desaparecido.

Aidan le miró mordaz, arqueando las cejas. A pesar de eso, parecía más divertido que molesto por su comentario.

― Se asombraría lo que engaña un libro por su cubierta, detective. Si hemos terminado, tengo un cliente que atender. Siento no haberle sido de ayuda con su caso.

― Nunca se sabe lo que puede ayudar o no en un caso. — sacó una tarjeta de visita de su cartera y se la tendió. — Si recuerda algo que piense que puede ser importante, llámeme. Y no salga de la ciudad, podría necesitar hacerle más preguntas.

Aidan no respiró tranquilo hasta que el detective se subió en su Chevrolet y se marchó calle abajo. No tenía ni idea de cómo le había encontrado y no le gustaba.

Puede que él no tuviera nada que ver con esos asesinatos, pero no quería policías cerca de su tienda. Mucho menos con la clase de clientela especial que él tenía.

― Ese tío no me gusta. — Aidan rodó los ojos, sonriendo sin querer.

― A ti no te gusta ningún policía, Julian. Te mató uno, ¿recuerdas?

A su lado la figura fantasmal de un hombre vestido al estilo vaquero se materializó. Este era algo más bajo que él, con el cabello rubio oscuro y desgreñado y ojos verdes que le fulminaron al girarse hacia él. Llevaba unos pantalones gastados marrón oscuro, botas de piel muy estropeadas, camisa beige y sombrero vaquero del mismo tono que los pantalones. Una leve barba de varios días oscurecía su rostro, dándole un aire de bandido de película antigua.

Contrario a otros espectros con los que Aidan se había tropezado a lo largo de su vida, Julian podía aparecerse de cuerpo entero y sin mostrar la herida que le llevó a la muerte. Estaba seguro de que su apariencia actual no debía ser muy diferente a como fue mientras vivía. No todos los fantasmas conseguían eso. Algunos solo podían hacer ruidos, mover cosas o aparecerse parcialmente.

― Eso no ha tenido gracia. — el chico se encogió de hombros, cogiendo los libros que acababa de marcar para volver a colocarlos en su sitio. Las luces de la tienda parpadearon un par de veces a causa de la estática que provocaba la energía que el fantasma gastaba para mantener la aparición.

― Tampoco que me sigas desordenando la librería cuando te aburres. Tardo horas en volver a poner las cosas en su sitio.

― Como si tuvieras algo mejor que hacer. Apenas tienes amigos fuera de la tienda y hace como un siglo que no te veo teniendo una cita. ― antes de que pudiera replicar a ese comentario sarcástico sobre su vida, fue interrumpido por su otro visitante, del que casi se había olvidado.

― ¿Estáis discutiendo de nuevo por su inexistente vida social? Yo puedo ayudarte con eso, Aidan. Un mordisquito y… ― rio Rolf, haciendo una mueca y mostrando unos largos y afilados colmillos.

Aidan suspiró hastiado y cogió un paquete de su mostrador, para entregárselo bruscamente al otro hombre, sacándole una risa cuando le golpeó en el pecho con él.

En eso consistía la herencia que le había dejado su familia.

Unos conseguían deudas, dinero, animales, casas… él una librería que era frecuentada por criaturas sobrenaturales que no deberían existir fuera de las leyendas. Un lugar neutral donde cualquiera podía conseguir desde una novela a un libro de hechizos verdadero.

Y él era el encargado de asegurarse de que nada iba a manos equivocadas.

― Otro chistecito de mordiscos, Rolf y voy a tener que prohibirte la entrada por acoso. Por enésima vez, me siento halagado, pero no quiero ser un vampiro. Me gusta ser lo que soy, gracias.

― ¡Pero si se dé buena tinta que te gusta que te muerdan! ― Aidan se sonrojó. ― Y como sigas sin pareja, esto lo acabara heredando un banco. ¿Y qué será de nosotros después? — terminó con fingido tono dramático.

― Seguro que la Comunidad encontrará a alguien adecuado que se haga cargo del negocio. No van a permitir que la librería acabe en manos de un banco, descuida. — el tono amargo de sus palabras hizo que los otros dos intercambiaran una mirada. ― Además, ¿de qué iba a servir que tenga pareja? Te recuerdo que soy gay. Los herederos están descartados.

No era desconocido para casi nadie en su gremio que ese no era el trabajo soñado de Aidan. Se había ocupado de hacerlo bien público desde el principio. Aun así, cumplía con sus deberes de manera eficiente.

― Podéis adoptar. Ya es legal. ¿Pero qué hay de mantener la zona neutra? Deberías tomar más en serio tu legado, muchacho.

― Nunca quise esto. — murmuró, mirándole con rencor. Rolf se encogió de hombros.

― Ni yo ser vampiro. Ni Julian estar muerto y ser un fantasma. ¡Bienvenido al mundo real! ― Aidan casi rio por sus palabras. ¡Qué irónico que una criatura de leyenda le hablara de realidad! ― Pero ya que tienes que hacer esto, hazlo bien. — el vampiro le dio un par de golpecitos reconfortantes en el hombro. ― Por cierto, Karl quiere verte cuando puedas. ¿Será seguro venir o tendrás más polis por aquí rondando?

Karl era el jefe de la banda y el vampiro dominante. Con sus dos metros de alto, ojos azules, cabello rubio y más musculoso que el mismo Rolf resultaba un hombre de lo más intimidante. Para Aidan, que sabía exactamente lo que era, daba miedo. Pero siempre respetó la zona neutral y lo trataba con anticuada cortesía, como la mayoría de los vampiros.

― Dile que espere una semana, por si acaso. Puede que ese detective vuelva. ¿Vosotros habéis oído algo de esos asesinatos en los parques?

― ¿Ese que va destripando chicas? — Aidan asintió. ― Es el tema del momento en toda la Comunidad. Todos piensan que quién sea es un animal. No se había visto algo así en siglos. Puedes oler la sangre en toda la ciudad por su culpa. Los novicios lo están pasando mal por eso. ― el vampiro rio por lo bajo. ― A lo mejor deberías preguntarle a los lobos.

El librero soltó una carcajada imaginándose la escena.

Los lobos, u hombres lobos en realidad, solían ser más disimulados y sociables que los vampiros. Incluso amables y respetuosos de la ley, siempre y cuando su manada no corriera peligro. Pero no eran gente a los que acusar en vano o sin pruebas. Tenían un sentido del honor muy sensible.

Además, sus zonas de «paseo» (como ellos acostumbraban a llamar a esos parques que usaban para convertirse y correr libres un par de veces al mes) estaban más al norte de donde se habían encontrado los cadáveres.

Aidan no recordaba la última vez que el clan tuviera algún problema. Como los vampiros, vivían todos en la misma zona y eran un grupo muy unido. Pero a la vez, también se relacionaban y mezclaban con los humanos sin causarles problemas o daños de ninguna clase. Trataban por todos los medios de no llamar la atención y cualquier miembro que pusiera en evidencia a la manada frente a los humanos, era fuertemente castigado.

― Sí, claro. Me planto en su cubil y les pregunto… oye, ¿podéis ayudarme a rastrear a un asesino? ¿A lo Rin Tin Tin? Sí, eso es una idea genial. Les iba a encantar. — ironizó. Rolf rio divertido por la ocurrencia.

― Conociéndolos, probablemente se reirían. O se lo tomarían literalmente. Vete a saber. — el vampiro le tendió la mano y se la estrechó con firmeza. ― Te llamaré la semana siguiente para comprobar si está la cosa más tranquila.

Julian vio al vampiro irse, chasqueando la lengua, disgustado. Mientras vivió tuvo una trágica experiencia con lo sobrenatural. No fue lo que le mató al final, irónicamente, pero si lo que dio un giro dramático a su vida, cambiándola por completo. Soportaba a los clientes especiales de Aidan ahí porque no podía irse a ninguna otra parte, pero eso no impedía que le molestara muchísimo. Tampoco le gustaba que el librero los tratara como si fueran gente normal.

― Supéralo, Julian. Los tiempos han cambiado.

― Sabes de lo que se alimentan. ¿Cómo puedes ayudarles?

― No matan a nadie. Ya ni siquiera se alimentan de gente, solo de los bancos de sangre. Y solo son libros sobre su historia. Jamás han roto la tregua en el tiempo que llevan viviendo aquí.

― Ese era de magia. — replicó el fantasma, fulminándole con la mirada. Aidan le ignoró, encaminándose hacia una de las estanterías.

― Karl quiere encontrar un hechizo que le haga completamente inmune al sol. El que aun pueda hacerles daño le molesta. Pero no va a encontrar nada ahí para eso.

― Pero el libro…

― No soy estúpido, ¿vale? Puede que Karl y su nido controlen lo que comen, pero otros no lo harán. Y él no va a estar aquí para siempre vigilando a los suyos. — le interrumpió, sacándole un bufido incrédulo. ― No voy a darles nada que pueda hacerles demasiado poderosos. Hay un equilibrio que mantener.

― En mis tiempos se les cortaba la cabeza y punto. A la mierda el equilibrio ese del que hablas.

Aidan rio por lo bajo y colocó unos libros en la estantería. Que él supiera, Julian jamás se había enfrentado a un vampiro. Pero si conoció a alguien que se enfrentó con un nido en su época. De ahí que supiera como matarlos realmente.

― Podemos estar discutiendo esto para siempre. Lamentablemente, no dispongo de todo tu tiempo libre, Julian. Mientras no hagan nada que rompa el pacto, seguirán teniendo mi permiso para entrar y comprar. Así ha sido durante más de un siglo y así seguirá siendo.

― Espero que no tengas que arrepentirte de esa decisión…

El joven se detuvo, preocupado.

Un par de semanas atrás encontró un viejo diario en una subasta donde solía ir a buscar entre los puestos de antigüedades. Gracias a sus contactos supo que su dueño fue un antiguo miembro de La Orden durante el siglo XIX. Un grupo que no le resultaba para nada desconocido.

Todo eso no habría quedado como una simple anécdota si su don no se hubiera vuelto loco al tocarlo. Sus poderes empáticos le regalaron una muy desagradable visión de todo lo que había allí escrito.

Un día después se tropezó con la primera víctima, mientras regresaba a casa tras realizar un recado en el banco. La chica había sido asesinada y su cuerpo colocado exactamente igual que había visto en su visión.

Y si hacía caso a lo que relataba el diario… Algo muy malo había llegado a la ciudad para quedarse.

― Me preocupa más lo que ha dicho Rolf sobre el asesino. — volvió a caminar, esa vez hacia una estantería al fondo de la tienda. ― Si hasta ellos mismos lo consideran un animal, ¿qué puede ser?

― Tengo una lista de una veintena de bichos sobrenaturales que han podido hacer algo así pero a veces es más simple, Aidan… Una persona. Los humanos podemos ser capaces de cosas más horribles que cualquier monstruo de cuento.

― ¿Crees que no hay nada sobrenatural en ese asunto?

― ¿Y tú? — Aidan dudó un segundo, antes de dirigirse de nuevo hacia la parte de atrás del local.

― ¿Recuerdas ese diario del que te hable? ¿El que encontré hace unas semanas en el mercadillo?

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Resumen semanal: del 19 al 23 de noviembre. : Resumen semanal: cuarta semana de noviembre

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Resumen semanal: del 19 al 23 de noviembre.

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Lunes.

Comenzamos la semana con un nuevo post sobre la gran combinación de Netflix y Marvel. Una combinación que le está dando grandes alegrías a la cadena privada.

 

Martes.

Sigo pensando…

 

Miércoles.

Como la semana pasada acabamos el relato Dioses y demonios y no tengo ninguno preparado aun (pero está en proceso), he decidido poner Jack T.R. por capítulos semanales en el blog. ¡Recuerda que está para descarga gratuita en la tienda del blog!

 

Jueves.

¡Llegó el día de enseñar la portada de Dagas de venganza!

¿Tienes curiosidad? ¡Pues corre al post!

 

Viernes.

Y se acabó la semana por fin.

¡Aleluya!

 

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¡Ahora, gratis! : Jack T.R. : Capítulo 1.

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Capítulo 1

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Sus ojos azules se abrieron de par en par, atemorizados.

 

Una rata chilló y corrió hacia ella, saltando entre los charcos que abundaban en el suelo y pasó por su lado antes de huir y perderse en la oscuridad.

 

Como ella deseaba hacer.

 

Sin embargo estaba corriendo desesperada en dirección contraria. Tropezó al interior de ese callejón que los clientes masculinos del bar solían usar cuando no querían esperar su turno en el baño y acabó cayendo al rompérsele uno de sus tacones en una grieta.

 

Se giró, quedando sentada en el sucio suelo, haciendo caso omiso al tacto pegajoso del asfalto bajo sus manos y a las lentejuelas que empezaban a desprenderse de su frágil falda, brillando levemente en la mortecina luz de una farola cercana.

 

Frente a ella la muerte la acorralaba, cerrándole el paso, como un lobo a su presa.

 

Por un segundo deseó estar teniendo una pesadilla. Una de la que pudiera despertar, a salvo en su cama y no ahí, rodeada por contenedores de basura y paredes sucias, cubiertas de carteles desgarrados del último espectáculo de strippers que actuaron la semana anterior.

 

No en aquel lugar, con el sonido de la gente divirtiéndose en el bar y la música estridente del interior como banda sonora de su futura muerte.

 

Porque estaba segura de que iba a morir esa noche.

 

Quería gritar para pedir ayuda, pero no conseguía que le saliera la voz. El miedo y el dolor, producido por un profundo corte en su hombro izquierdo, eran tan grandes que le impedían articular sonido alguno y paralizaban su cuerpo empapado de sudor frío. Solo era capaz de emitir gemidos entrecortados.

 

Con torpeza se llevó las manos a la herida en un vano intento de detener la sangre que manaba sin parar, viendo como sus manos y su top blanco se teñían de rojo rápidamente. Se arrastró un par de metros, sus rodillas raspándose contra el duro asfalto y rompiéndose las medias, tratando torpemente de huir de aquel monstruo.

 

Pero era inútil y lo sabía.

 

No existía escapatoria. Estaba en un callejón sin salida.

 

Pero se negaba a morir. Tan solo tenía veintiocho años y aun le quedaban muchas cosas pendientes. Ahora lamentaba no haber aclarado las cosas con su hermana. Ya no podría hacer las paces con ella y ver al fin a su sobrino, al que no conocía a causa de una estúpida discusión.

 

Estaba atrapada con un monstruo que jamás la dejaría salir de ahí con vida.

 

Ese pensamiento la hizo temblar aún más, el pánico atenazándola y sacándole sollozos mientras su vista se nublaba a causa de las lágrimas.

 

Los rizados mechones de su larga y sedosa melena negra cayeron sobre sus ojos, entorpeciéndole más la visión, cuando aquella cosa agarró su brazo con una fuerza antinatural y la alzó del suelo con un violento tirón. Como si fuera una muñeca de trapo, desencajándole el hombro y sacándole un grito ahogado de dolor.

 

Lo único que pudo ver con claridad al enfrentarse a él fueron sus ojos.

 

No los olvidaría nunca. Era incapaz de apartar la mirada de ellos. Ni siquiera cuando sintió la fría y afilada hoja del cuchillo clavándose nuevamente en su carne y rasgándola pudo desviar la vista.

 

El asesino la hizo girar entre sus brazos y le cortó el cuello. Con extremada lentitud.

 

–  Tú serás mi mayor obra, querida. — le susurró al oído, mientras la tumbaba boca arriba en el suelo.

 

A los cortes en la garganta se sumaron otros más en la cara, en el pecho, en los brazos al tratar de cubrirse y minimizar un daño que ya era inconmensurable. El golpe de gracia, el que la dejó finalmente rindiéndose a lo inevitable, fue en el estómago. El cuchillo se hundió en su interior hasta la empuñadura, subió y ya no se detuvo.

 

Mientras la vida se le escapaba a borbotones y oía la estridente risa de su asesino, su último pensamiento fue para esos ojos dorados. Ni siquiera prestó atención a que estaba abriéndola en canal como si solo fuera un pedazo de carne.

 

Aquellos aterradores y diabólicos ojos que no dejaban de mirarla, brillando anti naturalmente de satisfacción, observándola morir.

 

Charles Andrews despertó bruscamente, encontrándose en su cama y no en aquel callejón de su sueño. Jadeaba entrecortado, con el corazón a mil por hora haciéndole sentir mareado y sin poder dejar de tocarse el cuello donde aún sentía el roce fantasma del cuchillo. La vieja camiseta gris de “The Police” que usaba para dormir estaba empapada de un sudor frio que pegaba el algodón a su piel. Notaba el sabor de la bilis en la garganta, sabiendo que estaba muy cerca de vomitar lo poco que cenó la noche anterior.

 

Para cualquier persona normal, eso podría ser producto de una horrenda pesadilla.

 

Pero él no era alguien normal y una pesadilla ordinaria no le tendría temblando de puro terror y sin aliento. Sabía que ni siquiera todo lo que sentía era exclusivamente suyo. Todavía podía notar el miedo de la chica con la que había soñado, escuchar sus intentos de pedir ayuda, oler la sangre en el aire…

 

Notar el aliento del asesino cuando le susurró al oído.

 

Odiaba sus sueños. En específico los de esa clase.

 

En su familia, en cada generación, siempre existió un miembro que podía ver el futuro mientras dormía. Su padre, por ejemplo. Y, antes que él, su abuelo y su bisabuelo. Toda su rama paterna nació con ese don. Charles prefería llamarlo maldición aunque, probablemente, era una cuestión de perspectiva.

 

Él era uno de los últimos que quedaba con esa habilidad. Sufría, porque no había otra palabra mejor para expresarlo, sueños premonitorios.

 

En cada miembro de su familia esos sueños se manifestaban de manera distinta. Su padre podía ver sucesos con varios días de antelación, mientras que su abuelo veía cosas que podían estar sucediendo en otras ciudades. Charles los vivía en directo, sin opción a poder hacer algo para intervenir.

 

No había una razón que explicara el por qué sus sueños eran de esa manera y, para ser sinceros, tampoco se molestó en investigarlo o consultarlo cuando comenzaron, siendo él un adolescente. Bastante tuvo con lidiar con lo que veía.

 

Pero ese no era el mejor momento para ponerse a pensar en ello.

 

Alguien había muerto esa noche.

 

La chica de su sueño murió asesinada exactamente de la misma manera que él lo había visto y sintió cada cuchillada, cada intento de escapar, cada respiración hasta que su vida terminó. Cada instante con todo lujo de detalles, pero lo más importante, lo fundamental se le escapaba… no había podido ver al asesino.

 

¿Para qué le servía su don si era incapaz de evitar que sucediera lo que soñaba?

 

¿Por qué no podía verlo a tiempo para poder actuar y salvar a la víctima?

 

¿De qué le valía si nunca conseguía ver el rostro de quien realizaba esos actos terribles?

 

Esos sueños solo le desesperaban y frustraban hasta cotas inimaginables.

 

También eran la razón por la que acabó haciéndose policía. Si no podía hacer nada para impedirlos, haría algo para dar algo de paz a quienes veía morir y sus familias.

 

Con un gruñido, decidió levantarse por fin y prepararse.

 

Salió del dormitorio y se encaminó hacia el baño para tratar de borrar esas imágenes de su mente bajo el chorro de agua caliente. El frío del invierno y el sudor que cubría su cuerpo le hicieron estremecerse a pesar de que ya había encendido la calefacción.

 

Al mirarse en el espejo vio las ojeras oscuras que empezaban a profundizarse bajo sus ojos marrones. Hacía algún tiempo que no dormía bien, desde el primer asesinato, cuatro días antes. El cansancio hacía que su piel estuviera más pálida de lo habitual, casi cenicienta y que las pocas arrugas de expresión que solía tener estuvieran más marcadas.

 

Tras una corta ducha, regresó al dormitorio y preparó su ropa. Traje negro, camisa blanca de lino, abrigo de lana, corbata de seda burdeos… regresar a la cama estaba descartado a pesar de ser las seis de la mañana.

 

Hizo un no muy entusiasta intento de peinar su alborotado cabello castaño, el cual siempre decidía por su propia cuenta como quería estar, hiciera él lo que hiciera, y se tocó la barba, ya de una semana. La observó, crítico. Empezaba a verse canas en la barba. Probablemente sería mejor afeitársela, pero ese día no tenía ánimos para hacerlo.

 

Desechó la idea de desayunar y se limitó a tomarse un par de ibuprofenos para la futura jaqueca que ya andaba rondándole. Desayunaría con su compañero cuando acabaran con la escena del crimen. Era un ritual que ambos tenían desde que empezaran a trabajar juntos y lo mejor para asegurarse que no ibas a quedar en ridículo delante de todos los compañeros vomitando cuando el olor o la visión del cadáver te revolviera el estómago.

 

Se sentó en el sofá, frente al televisor e hizo un poco de zapping para matar el tiempo hasta que recibiera el aviso. Dejó el canal de noticias, donde un presentador con más Botox que Cher, hablaba sobre la muerte de un multimillonario en Nueva York.

 

Necesitaba despejar su mente del sueño para poder centrarse en el caso al que inevitablemente le iban a asignar.

 

Efectivamente, media hora después su móvil sonó.

 

— Detective Andrews. — contestó con la voz ronca. Aun sentía un poco adolorida la garganta por los gritos que esa pobre muchacha no había podido dar. Esperaba que su vecina no volviera a preguntarle que hacía por las noches para gritar tanto. La primera vez ya fue lo suficientemente bochornoso. — Aja… estaré allí en veinte minutos.

 

El aviso fue en el Parque Meyering, a menos de un kilómetro de una zona de bares ligeramente conflictiva. Un lugar frecuentado por familias con niños pequeños y corredores durante el día, pero, al anochecer, se convertía en el punto de encuentro favorito de yonkis y prostitutas. No era recomendable pasear por allí pasadas las diez de la noche, si se quería regresar con la cartera intacta.

 

Un hombre que hacía jogging con su perro fue quien descubrió el cuerpo y llamó a la policía. Le estaban tomando declaración cuando Charles aparcó su Chevrolet Camaro, veinticinco minutos después de recibir la llamada. Había varios coches patrulla rodeando el lugar, las luces tiñendo de rojo y azul la nieve que cubría los árboles.

 

Vio a su capitán inmerso en lo que parecía una acalorada conversación con el jefe de prensa del alcalde, un tipo verdaderamente detestable que era capaz de vender a su madre si con eso conseguía más votantes para su jefe.

 

No era extraño el verle allí. Un asesino en serie daba muy mala prensa a cualquier ciudad. Probablemente estaba amenazando al capitán Murphy con despedirle si no atrapaban pronto a ese asesino. Y, por la expresión de su jefe de departamento, este se estaba conteniendo para evitar mandarlo al diablo.

 

― ¿Qué tenemos? — preguntó al ver a su compañero, Gordon Henricksen, parecía haber dormido incluso peor que él, si las ojeras que tenía bajo sus ojos azules eran una indicación.

 

Su compañero llevaba el abrigo arrugado, el cabello pelirrojo despeinado y tampoco se había afeitado. Probablemente, ni siquiera llegó a su cama esa noche. Había sido padre un par de meses antes y la pequeña no les estaba dejando dormir una noche entera ni a él ni a su mujer.

 

― Nada bueno.

 

El detective podía oír a sus espaldas a dos novatos, un par de críos recién salidos de la academia, recuperándose después de haber vomitado todo el desayuno tras ver esa masacre. Y no era para menos. Incluso a él, que ya sabía que iba a encontrarse, la visión le hizo sentir enfermo.

 

La víctima era una chica de unos treinta y de cabello negro largo y rizado, tal como vio en su sueño. Iba vestida con una falda negra de lentejuelas muy corta y un top blanco. O debió ser blanco antes de que su sangre lo tiñera de rojo. A unos dos metros de su cuerpo se podían ver su pequeño abrigo de piel sintética negro y un bolso a juego con la falda. No había ni rastro de sus zapatos por ninguna parte.

 

La falta del calzado no le resultó una sorpresa. Probablemente, se le cayeron al trasladarla desde la verdadera escena del crimen hasta ahí. Debían encontrar ese callejón para procesarlo.

 

Esperaba que llevara algún documento en ese bolso, porque su cara estaba prácticamente irreconocible. Le habían golpeado brutalmente y cortado en el rostro, desfigurándola. Tenía, además, múltiples heridas de arma blanca por todo el cuerpo.

 

Un corte largo y profundo en la garganta, de izquierda a derecha. Podía incluso ver el hueso… Charles intentó centrarse en las pistas que le daba el cuerpo y no en lo demás.

 

Otro corte atravesaba su torso de arriba a abajo, dejando su interior expuesto de manera macabra.

 

Había mucha sangre alrededor del cuerpo, tanta que la nieve estaba completamente manchada, pero no la suficiente como para que los forenses pensaran que era el sitio donde había sido asesinada y parecía que habían extraído algunos órganos. Podía ver los intestinos enrollados pulcramente y colocados sobre el hombro izquierdo de la víctima, mientras que algo que parecían ser el estómago y los riñones estaban en el suelo, junto a la cabeza.

 

Tendrían que esperar al informe del forense para saber cuál de ellos faltaba, porque era obvio que así sería.

 

No muy separado del cuerpo, sobre la nieve y escrito con la sangre de la víctima, tres letras.

 

“J.T.R.”

 

Igual que en el caso anterior. ¿Qué podían significar?

 

― ¡Joder!

 

― Y que lo digas. Los novatos no han sido los únicos que han perdido el desayuno por ver esto. — Charles arqueó una ceja divertido a su compañero, sacándole una mueca. — Como si tú no estuvieras a punto de hacer lo mismo…

 

― Lo haría si hubiera desayunado, que no ha sido así. No aprendes. Nunca vengas a una escena del crimen recién desayunado. ― rio, sacando un gruñido descontento a su compañero. ― ¿Habéis encontrado los zapatos de la víctima? — Henricksen miró hacia los pies descalzos de la chica.

 

― No hay rastro de ellos por ninguna parte. Los patrulleros ya han estado buscando sin encontrarlos.

 

― Está claro que la chica no murió aquí. No hay suficiente sangre para semejante carnicería. Tuvo que recogerla en algún bar o algo por el estilo. — su compañero meditó en silencio un minuto antes de volver a hablar.

 

Sabía lo que estaba haciendo. Repasaba los locales cercanos a la zona. Saberlos no era imprescindible, pero si muy útil en su trabajo. Y si Charles no recordaba mal, había escuchado música donde la atacaron. Debía venir de un bar muy cercano.

 

― Hay pocos sitios lo bastante cerca de este lugar en los que pudo estar. Eso contando que no se alejara demasiado de donde la secuestró, claro. O que no sea una de las prostitutas de la zona.

 

― No pudo ser muy lejos o no habría tanta sangre aquí. Y no tiene pinta de prostituta. Lo sabremos con más seguridad cuando comprobemos si tiene antecedentes, claro. – respondió Andrews, evitando mirar demasiado a la chica. — Mover el cuerpo también coincide con el modus operandi de este tío y ha vuelto a dejar su firma.

 

― Hasta que no lo comprueben los forenses… Pero todo coincide con la otra víctima.

 

― No se ensañó tanto con la primera.

 

Con la anterior chica (Loretta, veintinueve años, castaña, trabajaba en un bar cercano a donde la encontraron y tenía antecedentes por trapichear con cocaína) no hubo paliza. Solo tenía heridas de arma blanca en el cuello y abdomen, pero no en brazos y, desde luego, no tenía la cara destrozada a puñetazos.

 

― ¿Tal vez lo interrumpieron? La otra escena era un desastre. Esta no. Parece que incluso hay una especie de siniestro orden.

 

― Tendría más sentido. La pobre ni siquiera lo vio venir. – Eso fue lo que dijo el forense. A la chica la habían inmovilizado por detrás y cortado la garganta antes de que pudiera emitir algún ruido. No tuvo ninguna oportunidad. ― ¿Pero por qué tanta violencia con esta?

 

― ¿Quién sabe qué pasa por la cabeza de un monstruo así?

 

El detective negó en silencio.

 

Monstruo… ojalá fuera tan fácil.

 

En la ficción siempre podías averiguar enseguida quien era el monstruo porque su maldad se reflejaba en su aspecto exterior.

 

En la vida real, estos se escondían bajo la fachada de una persona normal. Podía ser cualquiera. El cartero, el chico que repartía en el supermercado, o simplemente, ese tipo con el que siempre te cruzabas en el metro y del que no sabías absolutamente nada.

 

Y si todo era parecido a la anterior escena, este cabrón no habría dejado ninguna pista para encontrarle salvo su firma. Ni huellas, ni ADN, ni una fibra… nada.

 

Quién fuera ese bastardo, sabía lo que hacía y era extremadamente cuidadoso.

 

Andrews alzó la vista, paseándola por los alrededores de la escena, odiando el momento en que permitió a su compañero convencerle para dejar de fumar y deseando tener un cigarrillo.

 

Entonces le vio.

 

El chico no llamaba la atención por nada en especial. Era alguien normal, más bien del montón. Con no más de veinticinco, pelo oscuro oculto bajo una gorra gris, vestido con vaqueros y sudadera de los Chicago Bears debajo de una cazadora gruesa negra y algo más alto que él. Miraba horrorizado lo que podía vislumbrar del cadáver, como todos los curiosos a los que los agentes de a pie no conseguían alejar lo suficiente.

 

No, no llamaba para nada la atención.

 

Pero él le había visto antes.

 

No conseguía ubicar su rostro, pero estaba seguro de haberle visto antes de ese momento. Era muy bueno memorizando caras.

 

― Oye, Henricksen. ― Charles se giró hacia su compañero, desviando por un segundo la mirada del muchacho y tratando de hacer caso omiso del cuerpo inerte cerca de ellos.

 

― ¿Sí?

 

― ¿Habéis sacado algo de quien encontró el cuerpo?

 

― ¿El del perro? Aun le siguen tomando declaración. — respondió el otro, señalando por encima de su hombro, poniéndose en pie. Efectivamente, dos agentes seguían tomando testimonio al asustado hombre que acariciaba distraído a un bonito golden retriever que él viera al llegar. ― Estaba paseándolo mientras hacía jogging por el parque y se lo tropezó. Pero no creo que viera nada más que eso. ¿Por qué?

 

― ¿Ese chico de ahí no te suena de algo? Creo que lo he visto antes.

 

― ¿Qué chico?

 

Pero al girarse para señalárselo, el muchacho ya había desaparecido del lugar. Seguramente habría satisfecho su curiosidad y estaría camino de su casa o su trabajo.

 

Suspiró cansado. La falta de sueño le estaba volviendo paranoico.

 

― Nada… olvídalo. Vamos, te invito a un café mientras esperamos a que levanten el cadáver.

 

No fue hasta unas horas después, ya en su escritorio y con las fotos de las dos escenas de los asesinatos en sus manos para comparar, que volvió a pensar en aquel joven.

 

Estaba revisando las fotos que los agentes hacían a los alrededores de las escenas y lo vio. En algunas ocasiones, con casos peculiares como ese, solían tomar instantáneas a la gente que curioseaba. Muchas veces los autores de los crímenes volvían para ver el resultado de su hazaña y regodearse en ella o, incluso, ofrecían su ayuda.

 

Había para todos los gustos, por desgracia.

 

Y ahí estaba él. En las fotos del primer asesinato, entre los curiosos. Las dos escenas estaban muy separadas la una de la otra, casi cada una en un extremo distinto del distrito. Resultaba muy curioso que estuviera por los dos sitios el mismo día y en el mismo momento en que se descubrían los cuerpos.

 

Demasiada casualidad.

 

Y, la mayor parte del tiempo, en su trabajo eso no existía.

 

Mientras esperaba a que el forense empezara la autopsia decidió investigar eso por su cuenta.

 

¿Quién sabia?

 

En casos así no se debían dejar nada al aire.

 

¡La semana siguiente más!

 

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La librería de Jack T.R. y zona neutral de Chicago. : La librería El Pergamino. El legado Kelly.

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La librería El Pergamino. El legado Kelly.

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Cuando creé a Aidan para que fuera el protector de la zona neutral, pensé primero en no ponerle un negocio. La idea original iba con que fuera esa fuerza que mantenía la zona neutral en toda la ciudad y ya.

Pero, claro… luego pensé… ¿Y si alguien quiere consultar algo? ¿Y si vienen visitas y no saben las fronteras? No todas las ciudades van a estar distribuidas igual.

Además, una zona neutral necesitaría poder. Mucho más de lo que podría darle una sola persona.

Y ahí acabó naciendo la librería.

¿Por qué una librería?

O sea… pregunta ridícula. ¿Por qué va a ser?

¡Escritora here!

Y da gracias que aun no he hecho publicidad descarada de mis novelas en esa librería XD Tiempo al tiempo…

A lo que iba…

La librería se creó para que sirviera de amplificador y canalizador de los poderes de Aidan. El nombre fue algo más simple, eso si.

Fue lo único que se me ocurrió que no apestara…

En cuanto a que sus poderes y la librería fueran una herencia familiar, era lo más lógico. Esa clase de responsabilidad no podía darse a cualquiera.

Si es una cuestión de herencia, se crece con esa responsabilidad y se sabe manejar mejor. En teoría.

Aidan no iba a ser el encargado de esa responsabilidad tan pronto. Debía ser su padre el que tomara su lugar, cuando su abuelo enfermó de alzhéimer. Pero el Katrina, aquel huracán tan horrendo que casi borró del mapa a Nueva Orleans, se llevó a los padres del chico, dejándole huérfano.

Tuvo que trasladarse a Chicago, con sus abuelos paternos y aprender a conocer y usar su herencia antes de tiempo. Y, cuando su abuelo fue diagnosticado con la enfermedad, se vieron obligados los dos a apresurar las cosas.

Los que habéis tratado con esta enfermedad sabéis como funciona. La gente que no ha vivido de cerca esto cree que se limita a hacer que una persona olvide. Lamentablemente, no es tan simple. No borra recuerdos.

Borra a la persona.

Hace unos años, poco antes de terminar con Jack T.R. y sacarla, diagnosticaron a mi padre con esa enfermedad. Esa es la razón por la que la mencioné en la novela. Normalmente, casi todo lo que menciono tiene una razón y eso no iba a ser la excepción.

Cuando trato de explicarle a alguien ajeno como es esa enfermedad en realidad, la describo con un símil que creo que es fácil de entender hoy en día.

El alzhéimer es como un troyano, el virus. Nosotros somos el ordenador infectado.

Cuando un troyano (a todos se nos ha colado uno alguna vez…) infecta el ordenador, empieza a borrar los .exe de todos los programas instalados. Empieza con cosas pequeñas, programas que no sueles usar o que usas poco. Olvidas unas fechas, un nombre, si te has dejado las llaves y cosas así.

Luego va ascendiendo a programas más usados y ya empiezas a mosquearte. Nombres y personas empiezan a ser confundidas y las líneas temporales se difuminan.

Y llega el momento en que va a por el exe de Windows y, un día, el ordenador no enciende porque ya no tiene sistema operativo. Dejas de responder y de moverte por ti mismo, porque tu cerebro ya no envía ordenes ni para lo más simple, como tragar.

La enfermedad es dura para quien la sufre. Pero lo es más para quien es testigo de ese deterioro. Ver como una persona a la que aprecias desaparece es muy duro.

Y es dolorosamente lento.

Que el abuelo de Aidan sufriera eso no fue casualidad. Me parecía la manera más justificable de que no estuviera al mando de la librería y que Aidan aceptara su herencia. Creo que no lo habría hecho si no se sintiera como una mierda por su abuelo.

Debes entender esto. Aidan no quería eso. No deseaba sus poderes y no quería su herencia. Su padre se alejó de todo eso y él creía que podría hacer lo mismo. Pero la enfermedad de su abuelo le hizo renunciar a sus sueños e ideas. Renunció a su relación con Zack, que en ese momento estaba bastante avanzada y a sus planes de vivir juntos.

Si su abuelo hubiera muerto, nadie le obligaría a nada. Pero ver a su abuelo desesperarse por proteger su legado, su trabajo y ser testigo de como iba perdiéndose…

Eso era muy diferente.

Cuando los escritores decimos que ponemos un poquito (mucho) de nuestra alma en cada historia, en cada personaje, en cada dialogo… es bastante cierto.

Recuerda que puedes conseguir Jack T.R. aquí. 

 

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¿Te cuento una historia?

¿Te cuento una historia?

Va a ser un poquitín negra, te aviso.

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Veras… esto pasó en Chicago, hace tres años, un poquito antes de navidades.

Desde hacía un mes o así estaban apareciendo mujeres asesinadas, sus cuerpos masacrados y la policía no tenía ni una sola pista.

Y tú dirás… ¿Dos líneas y ya estás matando gente?

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¿Pues no acabo de decirte que iba a ser un poco negra?

¡Calla y no me desconcentres!

Charles, un detective de homicidios, es el encargado de investigar esas muertes junto con su compañero. Pero Charles tiene un pequeño secreto.

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Un secreto que le obliga a buscar con más ahínco al asesino.

Sueña con los asesinatos en el momento en que se realizan y el autor de esas muertes le está retando a encontrarle.

Si, esto ya ha pasado de típico thriller a algo raro… espera que aun no hemos llegado a lo mejor.

Siguiendo una corazonada, Charles llega a una extraña librería cuyo dueño ha sido visto en varias de las escenas del crimen.

¿Ya? ¿Cómo que ya? ¿Qué quieres decir con ya? ¡Este no es el asesino, leñe!

Aish…

Aidan, que así se llama el librero, es un chico joven pero con más secretos y problemas que el mismo Charles.

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¿No te lo crees? Espera que te enumere…

Para empezar, tiene un fantasma ocupa en su casa.

A la librería viene toda clase de criaturas sobrenaturales a cualquier cosa menos a comprar un libro. Imagina las ventas…

¿He mencionado que van criaturas sobrenaturales?

Y, además, quieren cargarle el muerto de los asesinatos.

¿Te parece poco?

Pues todavía tiene otra cosa más, pero eso no te lo cuento.

¡Ale, chincha!

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El asesino decide jugar con ambos y hacerles sufrir mientras sigue matando.

Y, de fondo, tenemos una organización milenaria que trabaja en la sombra de la sociedad, criaturas sobrenaturales (no las había mencionado, ¿verdad?) andando junto a ti sin que lo sepas, vampiros con sentido del humor y unas cuantas muertes desagradables.

¿A qué mola?

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Pues se llama Jack T.R. y es mi novela.

¿Quieres saber algo mejor?

Puedes leerla gratis solo con suscribirte.

¡Eso si que mola!

VelEJ

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El diario de Charles. Capítulo 14

Y último por ahora. Seguramente lo continuaré en otra parte o puede que no… ¿quien sabe?


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El diario de Charles 

Charles despertó dolorido.

Se asustó bastante cuando, al intentar moverse, no pudo. Tardó un minuto en descubrir por qué.

Su brazo derecho estaba vendado, desde el hombro a la mano. El izquierdo tenía escayolada la muñeca. Notaba más vendas en su cuerpo. Pecho, piernas… pero no más escayolas, por suerte.

Se sentía como si le hubiera pasado por encima un camión.

¿Qué había ocurrido?

  •  ¿Señor Page?

  •  ¿Uh? – Charles observó a la enfermera que acababa de entrar llamándole por uno de sus alias. Vale… era obvio que estaba en un hospital… pero… ¿Cómo había llegado ahí?

  •  ¿Cómo se encuentra, señor Page?

  •  Dolorido. – la chica rió. Era una mujer joven, no más de treinta, con el cabello oscuro recogido en una pequeña coleta y ojos cálidos.

  •  Lógico. Con esa cantidad de heridas lo raro sería que no le doliera. ¿Puede decirme que ocurrió?

El ex policía intentó recordad. No iba a contar la verdad pero tampoco era que lo recordara muy claramente.

Había salido a escondidas de la fábrica, dispuesto a largarse de ahí y dejar La Orden de una vez por todas. Ya tenía toda la información que podía conseguir a salvo bien lejos de ahí. Solo debía irse sin que le descubrieran.

Simple… no lo fue tanto.

No sabía que había hecho mal para llamar la atención o si ya sospechaban de antes pero cuando iba a abandonar el lugar, Rhodes le interceptó y le hizo acompañar al extraño muchacho que venía con él.

En teoría solo tenían que entregar un paquete en la ciudad.

Colby, que así se llamaba el muchacho, esperó a estar en las afueras para atacar. Como había imaginado Charles, el chico tenía algo raro. Animal.

Su fuerza era sobrehumana. Sus dientes y garras, también.

Era un lobo.

El descubrimiento le dejó totalmente descolocado. ¿Por qué un lobo trabajaría con La Orden, los mismos que se dedicaban a eliminarles? ¿Y por que La Orden usaba a una de esas criaturas, que tanto decían detestar, para sus fines?

Claro que en ese momento no tuvo mucho tiempo para pensar en todo eso. Era más importante salvar su vida. Luchó con uñas y dientes pero no fue suficiente.

  •  Tuve un accidente… – la enfermera le arqueó una ceja. – Digamos que me tropecé repetidamente con los puños de alguien.
  •  Se tropezó… – repitió la mujer, aguantando la risa. – Espero que se le ocurra algo mejor para contar a la policía.

  •  ¿Es necesario?

  •  Me temo que sí. No hay heridas de arma blanca ni de fuego, pero semejante paliza llama la atención. Si denuncia o no, ya es decisión suya. Ahora voy a llamar a su médico para que le revise y le explique qué es lo que tiene.

Charles vio a la enfermera dirigirse hacia la puerta.

  •  ¡Oiga! – la llamó. – ¿Cómo llegué aquí? – la mujer le miró confundida.
  •  ¿No lo recuerda? Su amigo le trajo.

  •  Mi amigo…

  •  Un chico alto, con el pelo negro largo y barba. Parecía magullado también pero no quiso quedarse a que le miráramos.

Eso si era una sorpresa. El lobo lo había traído al hospital.

¿Por qué?

Lo tuvo a su merced y le perdonó la vida cuando era obvio que le habían ordenado matarle.

Y entonces el final de la pelea regresó a su memoria. Como, después de darle la paliza de su vida, lo cargó sobre su hombro y le llevó hasta ahí.

También recordó al chico inclinarse sobre él y susurrarle algo al oído.

“Demolition Bay. Alaska. Encuentra a mis hermanos.”

Charles se acomodó en la cama mientras su médico entraba sonriendo y empezaba a enumerarle un sinfín de heridas y demás. Pero no le estaba escuchando.

Estaba planeando como iba a salir de ahí sin que le vieran y cuanto tardaría en poder volar a Canadá.

Tenía una nueva misión.


 

Recordad que podéis conseguir Jack T.R. completamente gratis solo por suscribirte al blog. ¡Regálame un poco de tu tiempo y yo te regalo una novela!

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El diario de Charles. Capítulo 13.

¡Vamos a por otro mini capítulo del relato!

¡Esto se pone interesante!


diario13
El diario de Charles Capítulo 13

Le habían descubierto.

Estaba seguro de ello.

Lamentablemente, dudaba de que estuviera siendo paranoico.

Hacía días que le mandaban a hacer las tareas más absurdas, manteniéndole durante largos periodos de tiempo lejos de su habitación.

Estaba seguro de que usaban ese tiempo para registrarle a fondo pero no iban a encontrar nada. No era estúpido e iban a lamentar subestimarle de esa manera.

Pero en ese momento le preocupaba más el averiguar cómo salir de ahí sin que acabaran con él.

Había usado sabiamente el tiempo en sacar y poner a salvo una gran cantidad de información. Estaba toda bien oculta en varias taquillas y apartados de correos de una decena de ciudades diferentes. Aprovechó las misiones para conseguirlo.

La información se encontraba a salvo.

Él, no tanto.

  •  ¡Ey, Andrews!

Charles se volvió, preocupado al reconocer la voz. Era Rhodes acompañado por otro hombre, mucho más joven. No lo reconoció del centro. Seguramente era algún novato o alguien enviado para llevar algún recado.

  •  ¿Si?

  •  Necesito que me hagas un favor. – Oh… eso no sonaba bien. – Quisiera que acompañaras al joven Colby a la ciudad. Es la primera vez que viene y tiene que entregar un paquete a un aliado. Es algo muy importante y delicado. No quisiera que se perdiera…

El ex policía observó al chico detenidamente. No aparentaba más de veinticinco, con el cabello castaño largo hasta los hombros, los ojos marrones y barba oscura. Era casi tan alto como él, pero más delgado y de musculatura muy marcada. Estaba muy en forma.

Su físico y su expresión, prácticamente vacía, no le decían mucho. Sin embargo si notaba un aire animal y peligroso en él. Era demasiado silencioso, sus andares eran demasiado suaves y agiles.

Había algo no humano en ese muchacho.

Era obvio que se trataba de una trampa. Había llegado el momento de librarse de él. Pero no contaban con un pequeño detalle.

No pensaba ponérselo fácil.

  •  Por supuesto. Lo acompañare encantado.

¡Feliz San Valentín!

¡Hasta la semana que viene!