Jack T.R. Capítulo 9.

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Capítulo 9

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Charles llegó a su destino poco antes de que se le acabara el plazo que le había dado Jack. Aparcó su Chevrolet, apagando el motor con mano temblorosa, tomándose un minuto antes de salir. Necesitaba calmar sus nervios.

 

El asesino le había enviado a la avenida S. Ridgland. En específico a una de las múltiples y adorables casitas de dos pisos de ladrillo rojizo y tejado beige que formaban una larga fila por toda la calle.

 

La casa estaba rodeada por setos. Estos habían sido cortados en forma rectangular para ocultar la verja, aunque parecía que varias ramas habían empezado a crecer fuera del diseño principal.

 

Caminó sobre los cuatro ladrillos grises que componían el camino de la entrada y vio también signos de dejadez en el césped del pequeño jardín. Nadie había retirado la nieve de la entrada en días.

 

Observando con un poco más de atención notó también que las ventanas tenían las persianas echadas y el correo se amontonaba en el buzón.

 

Su preocupación y sus nervios aumentaron ante esos nuevos descubrimientos. Esa casa donde se encontraba era la de su compañero Henricksen.

 

Y por las señales que estaba viendo parecía que llevaran varios días fuera. En una casa donde vivían dos adultos y una niña pequeña debía haber más movimiento y ruido, no ese lúgubre silencio que parecía haber rodeado todo el lugar.

 

Daba la impresión de que la sombra del infortunio se hubiera posado sobre ella.

 

Eso le hizo sospechar. Creía que Henricksen había sido una elección de última hora del demonio para hacerle acudir a la cita, pero ¿y si le hubiera usado antes?

 

Ese pensamiento le puso los pelos de punta. ¿Significaba eso que Jack había seguido toda la investigación desde el principio? ¿Sabía, entonces, cada detalle, testimonio y pista que siguieron durante el proceso completo?

 

Si eso fue así no le extrañaba que jamás hubieran conseguido acercarse siquiera a él. Siempre estuvo ahí y no se habían dado cuenta.

 

Algo más que el frío le hizo estremecerse. La sola idea de que pudiera haber estado trabajando, codo con codo, con esa cosa…

 

Trató de sacudirse ese mal presentimiento. Al acercarse a la puerta de entrada comprobó que estaba entreabierta. Agudizó el oído y sacó su arma de la pistolera, asegurándose de que estuviera cargada primero. Oyó un leve rumor sordo, como de música, y unos gemidos demasiado bajos para ser notados desde la calle.

 

Empuñó su pistola y entró, lo más sigilosamente que pudo.

 

Había estado varias veces allí para cenar, cuando Angela le invitaba, siempre en navidades o Acción de Gracias. Decía que existían fechas en el año en las que una persona no debería pasar sola.

 

Era una mujer encantadora. Solo esperaba que estuviera a salvo, pensó mientras dejaba atrás el desastre que era el recibidor. El interior de la casa estaba revuelto, con signos de lucha.

 

La música que había creído oír se hizo más clara y pudo reconocer la canción. Era «The Ripper», de Judas Priest. Charles tuvo que reconocer que el cabrón tenía sentido del humor.

 

La música parecía proceder del salón, hacia donde se dirigió. No esperaba encontrarse con tan horrible espectáculo.

 

Jack estaba en el cuerpo de su compañero, de pie junto a la chimenea encendida. Esos odiosos ojos dorados le delataban. A su lado, amordazada y atada a una silla, se encontraba Angela, la mujer de Henricksen. Su habitualmente arreglado cabello rubio estaba revuelto y sucio, la ropa desgarrada y manchada de sangre. Por un segundo temió haber llegado demasiado tarde, ya que no se movía, pero el asesino la cogió bruscamente del pelo y le alzó la cabeza, sacándole un sollozo ahogado.

 

Todo a su alrededor parecía haber sido volcado o roto, llenando la alfombra burdeos de trozos de cristal y cerámica que brillaban a la luz de las llamas. Se encontraban de espaldas de la que debía ser la única ventana con las persianas levantadas de toda la casa, la cual daba al patio trasero.

 

No había rastro de la niña.

 

El bastardo le sonrió, usando el control remoto del equipo de música para apagarlo, cuando Charles sacó su arma y le apuntó con ella.

 

― Bienvenido, detective. Empezábamos a pensar que no vendría. Angie ya estaba impacientándose. — Charles jadeó al fijarse en la cara llena de cortes de la mujer.

 

Angela tenía numerosas heridas su torso y brazos que manchaban de sangre su camisa blanca y la falda gris que llevaba. Algunas solo eran meros arañazos, pero otras se veían terriblemente mal, más profundas y peligrosas. Estaba pálida y casi inconsciente.

 

Empezaba a dudar de que pudiera sacarla de ahí con vida.

 

― ¡Oh, lo siento! Estaba algo lejos de aquí. — ironizó sin dejar de apuntarle con su arma y acercándose un paso más. — Creí que yo era tu entretenimiento, Jack. ¿Por qué no les dejas ir a los dos?

 

― Tres. — le corrigió el asesino, jugando con su cuchillo. Era de hoja larga, ancha y empuñadura de madera, muy parecido al que encontraran anteriormente en la escena del crimen. ― Y no, detective. No sea tan arrogante.

 

― ¿Tres?

 

― ¿Te olvidas de la pequeña Lauren? — al ver la expresión de horror que compuso el policía cuando mencionó al bebe, Jack rio. — Tranquilo, ella será el postre. La tengo reservada para cuando acabe contigo. O tal vez te deje ver como la despedazo, mientras agonizas en el suelo.

 

― ¡Cabrón! ¿Dónde está?

 

Charles miró preocupado a su alrededor, buscando dónde podía haberla escondido. La casa tenía dos plantas y un desván.

 

Y la niña podía estar en cualquier sitio.

 

Mientras trataba calcular en cuál estaría y cuánto tardaría en encontrarla, miró a su compañero. Si Angela estaba mal, su marido no tenía mucho mejor aspecto. Podía ver las líneas de tensión en el rostro demacrado de Gordon. Su piel estaba cenicienta y cubierta de sudor, como si estuviera realizando un gran esfuerzo físico y su traje gris manchado con sangre.

 

Al notar el escrutinio, Jack sonrió torcido.

 

― Tu compañero está aquí. ― el asesino se golpeó la sien izquierda un par de veces con un dedo de su mano libre. Con la derecha seguía empuñando el cuchillo en la garganta de la víctima. ― Sigue tratando de escapar. No sabe que no le va a servir de nada. Solo va a empeorarlo.

 

― ¡Déjales ir! — chilló, preocupado por la seguridad de su compañero y su familia. ¡Maldita sea! La niña empezó a llorar en la habitación de al lado. Suspiró mentalmente de alivio. Ahora sabía que seguía viva y dónde. Solo necesitaba sacarla de ahí antes de que a ese animal se le ocurriera usarla. ― ¡Ya me tienes aquí! ¿Qué más quieres?

 

― ¿Qué quiero? — los ojos del demonio brillaron con una luz siniestra. ― Quiero que veas cómo tu compañero mata a su mujer mientras te cuento cómo le hice destripar a todas aquellas chicas. Eso para empezar.

 

― ¡Cállate!

 

― No sabes cuánto lo disfruté. — con una sonrisa diabólica hizo otro corte en el cuello a la mujer. ― Lo satisfactorio que fue volver a sentir la sangre en mis manos.

 

Esta gimió, la sangre brotando de la nueva herida con fuerza. Jack apretó el cuchillo en la tierna carne, haciéndola más profunda. Charles cargó su arma, horrorizado al pensar que podía haberle cortado la yugular, y disparó.

 

La bala alcanzó al demonio en el hombro derecho. Para sorpresa de Charles, Jack ni se inmutó. Se limitó a mirar la herida con expresión aburrida antes de alzar la vista hacia él.

 

― Disparar no le va a servir de nada, detective. No va a detenerme con eso. Y lo sabe.

 

El detective miró furtivamente hacia la ventana, recordando lo que Aidan y Julian le habían comentado sobre las posesiones. Jack tenía razón. Disparando solo había conseguido herir el cuerpo ocupado, pero no haría ningún daño al demonio.

 

Por suerte, tenían un plan… solo esperaba que funcionara antes de que alguien más muriera.

 

― Déjala ir. ¿Quieres contarme tus estúpidas historias? ¡Adelante! No la necesitas para eso.

 

― ¿En cuánto muera? No. ¿Ahora mismo? Te mantiene a raya un rato más. — Charles gruñó frustrado y volvió a desviar la mirada a la ventana, disimuladamente. ― ¿Está esperando a la caballería, detective?

 

― No hay ninguna caballería a la que esperar.

 

El demonio acarició el pelo de Angela con ternura una vez más, sus manos manchadas de sangre ensuciando las rubias hebras, antes de alejarse hacia la ventana. Charles no dejó de apuntarle con la pistola, siguiendo todos sus movimientos y vigilando de reojo la respiración casi inexistente de la víctima.

 

― Le voy a contar una historia, detective. — comenzó, apartando la cortina y mirando hacia el exterior. La nieve volvía a caer suavemente. ― Cómo conseguí escapar del Infierno donde estuve retenido durante doscientos años.

 

― No me interesa.

 

Jack soltó una carcajada, girándose hacia él.

 

― Oh, que descortés. ¿Por qué no? — cogió de nuevo el cabello de la mujer, tirando para hacerle levantar la cabeza. ― Tenemos tiempo hasta que Angela se desangre, ¿verdad, querida? Aún le quedan unos minutos.

 

― Sigue sin interesarme. — Charles trató de acercarse a la mujer, pero el asesino levantó la mano y le hizo retroceder con esa energía invisible. El policía jadeó, por el golpe y la sorpresa. Se alejó un par de pasos, aliviado al comprobar que en esa ocasión no le había dejado inmovilizado.

 

― No, no. Aún no le he contado como Gordon y yo matamos a esas mujeres.

 

― No te creo. Hubiera notado algo. Él hubiera dicho algo.

 

― Para nada. No podía. No iba a dejar que importunara mi juego con su estúpida conciencia. Le impedí acceder a esos recuerdos y lo mantuve en la ignorancia hasta que salía a jugar. Lo elegí a él desde el primer día.

 

― ¿Por qué? ¿Por qué a él?

 

― ¿Por qué no? Me pareció divertido usar a un policía para esto. Además, fue él quien rompió accidentalmente el sello que me mantenía preso. Se merecía el honor de ser mi recipiente.

 

El asesino le sonrió, siniestro, riendo por lo bajo mientras limpiaba el cuchillo con el bajo de su chaqueta, claramente divertido.

 

― Tú… tú, sin embargo, fuiste un plus en todo esto. — levantó de nuevo la vista hacia Charles, con los ojos dorados brillantes de la risa. ― ¿Quién iba a decirme que me encontraría con el único descendiente de quien me mandó a mi prisión? ¿Quien, además, era capaz de ver lo que hacía en sueños? Eso fue oro. Siempre he querido un testigo de mi arte.

 

― ¿Arte? — no quería ni tenía tiempo de analizar lo que el demonio había insinuado sobre su familia. ¿Descendiente de quién?

 

La expresión de asco del policía hizo sonreír aún más al otro. Era una sonrisa de orgullo.

 

― Si, arte. Entre los míos estoy considerado como un gran artista, detective. Cuando vuelva, seré aclamado, como lo fui hace doscientos años. Pero no tengo intención de regresar todavía. Hay tanto que hacer todavía…

 

Charles volvió a desviar la mirada a la ventana. Algo le había llamado la atención. Algo que llevaba esperando desde que entró a la casa. Se acercó otro paso al asesino, empuñando con más firmeza su pistola.

 

― No pienso permitirlo.

 

― ¿Y cómo vas a evitarlo? Cuando quiera puedo abandonar este cuerpo e irme de esta casa. Y jamás podrás encontrarme, no hasta que sea demasiado tarde.

 

― No, no puedes.

 

Fue ligeramente cómico ver al demonio parpadear sorprendido. Le vio cerrar los ojos y fruncir el ceño cuando no ocurrió nada.

 

― ¿Qué has hecho? — rugió. Charles sacó una bolsita de cuero del bolsillo de sus pantalones y la abrió, mostrándole al demonio lo que contenía, para luego desviar los ojos al suelo donde había dibujado una línea entre el monstruo y él. Era polvo de plata. Según Aidan, eso debería impedir que se acercara más a Charles y le dejaría un poco de margen para lo que tenía que hacer.

 

― ¿Yo? Nada. — el policía se encogió de hombros, intentando aparentar indiferencia mientras tiraba la bolsita de cuero al suelo. ― ¿Recuerdas que dije que no esperaba a la caballería? Eso era porque ya estaba aquí. Ha cerrado todas las salidas posibles para que tú no puedas ir a ninguna parte, bastardo. Y, ahora, estás atrapado.

 

Mientras él estuvo hablando con el asesino, distrayéndolo, Aidan había sellado con polvo de plata todas las ventanas y puertas de la casa.

 

Esa era la primera parte del plan.

 

Ahora debía funcionar la segunda.

 

Guardó su pistola y buscó en el interior de abrigo el papel que el librero le había dado antes de entrar.

 

Le dirigió una mirada desafiante al demonio antes de abrirlo, mientras rezaba para que eso funcionara. Si no lo hacía…

 

― Espero que tengas un bonito viaje hacia abajo. ― Charles empezó a recitar a toda prisa el exorcismo en latín que Aidan había encontrado entre sus libros.

 

― No voy a irme solo. — gruñó el demonio antes de clavar el cuchillo en su propio pecho.

 

― ¡Hijo de puta! — con horror vio como Jack sacaba el cuchillo de su cuerpo y se lo enseñaba, sin dejar de sonreír perverso para luego clavárselo a Angela. Ambas heridas sangraban sin parar.

 

― Ahora, detective si salgo de este cuerpo, tu amigo muere. De hecho, creo que ya está muerto. No noto su estúpido corazón latiendo.

 

Charles se obligó a dejar de mirar al que fuera su compañero durante años. Su amigo. La pena le inundó al recordar todas las veces que había estado en esa casa. La última fue para celebrar el nacimiento de la niña.

 

Dirigió una mirada triste a la pareja y siguió leyendo a pesar de que tenía la vista nublada por las lágrimas.

 

Jack, mientras, seguía buscando una manera de salir de allí, pero al tocar la ventana, se alejó siseando de ella como si le hubiera quemado.

 

Furioso, tiró todos los papeles y libros que había sobre una mesa, que cayeron entre la alfombra y la chimenea. Ninguno de los dos notó cuando empezaron a arder.

 

― Te lo advierto, pienso volver. ¡Y seguiré donde lo he dejado!

 

― Y te estaré esperando, cabrón. ― gruñó el policía antes de finalizar el exorcismo.

 

Aidan estaba fuera de la casa, esperando.

 

Tal como habían planeado, se dedicó a sellar las salidas de la casa con plata, como Julian y él habían leído en uno de los libros copiados a La Orden, mientras Charles entraba. Eso no solo encerraría al demonio en la casa, sino que también debilitaría notablemente su poder.

 

Ahora esperaba a que el policía saliera de allí vivo.

 

No quería ni pensar en lo que ocurriría si fallaba. Tenían un plan de reserva, pero no estaba demasiado seguro de que pudiera convencer a alguien de La Orden para que se ocupase de eso.

 

Tampoco quería pensar en lo que estaría sufriendo Charles al ver a su compañero poseído por ese monstruo.

 

Se estremeció al oír gritos, las voces de dos hombres hablando. El llanto de un bebe. Cosas cayendo al suelo y rompiéndose.

 

El cielo se nubló de repente.

 

El brillante cielo azul celeste con unas pocas nubes que hubiera unos segundos antes, se encontraba ahora cubierto de nubarrones negros de tormenta. Comenzó a nevar con fuerza. Aidan no tardó en empaparse, su ropa mojada pegándose a su cuerpo y haciéndole tiritar por el frío y el miedo al saber que ese fenómeno no era normal.

 

De entre esas nubes negras cayó un rayo, justo sobre el tejado y atravesó la casa, lanzando madera y tejas hacia la calle. El chico se vio obligado a alejarse con rapidez cuando los escombros amenazaron con caerle encima.

 

Y tal como comenzó, se detuvo todo. Las nubes se disolvieron lentamente, dejando de nuevo paso a un cielo despejado y azul. La tormenta paró, la temperatura subió varios grados…

 

Los minutos pasaban y Aidan se impacientaba cada vez más cuando vio humo salir por las ventanas de la planta baja de la casa. Oyó más ruido y más golpes procedentes del interior, preocupándole.

 

¿Qué acababa de ocurrir? ¿Qué era ese rayo? ¿Había acabado Charles con Jack? ¿O, por el contrario, el demonio había salido victorioso?

 

Una de las ventanas estalló, a causa del calor del fuego, llenando el porche de cristales y devolviéndole al presente. Los vecinos de las casas colindantes empezaron a gritar pidiendo ayuda y usando sus móviles para llamar a los bomberos.

 

Charles debía salir rápido de ahí o les iban a pillar.

 

Estaba a punto de entrar a la casa cuando la puerta se abrió y salió por fin el detective, con un bebe en brazos que lloraba sin parar.

 

Fue una imagen que impactó a Aidan. El aspecto sombrío del policía, vestido con su abrigo negro y llevando en un brazo al bebe envuelto en una mantita rosa.

 

Y a sus espaldas, las llamas devorando la casa.

 

Le vinieron a la mente las palabras de Julian sobre por qué alguien perseguía a lo sobrenatural, del por qué alguien se enfrentaba a algo tan terrorífico como demonios, fantasmas y monstruos sedientos de sangre. Y estaba seguro de que el detective acababa de cruzar esa línea.

 

Horas más tarde y ya a salvo en su piso sobre la librería, miraba las noticias mientras terminaba de ponerse ropa limpia que no oliera a humo. Charles estaba en la ducha. La bebe dormía plácidamente en su sofá, con Luna acostada en el suelo a su lado, como si su perra hubiera decidido convertirse en guardián de la pequeña.

 

En su televisor, una guapa presentadora del canal CBS narraba el suceso de una familia entera devorada por las llamas del incendio que había asolado su casa.

 

No decían nada de que el incendio había sido provocado y que las víctimas no habían muerto realmente por el fuego. Eso, imaginó el chico, solo lo sabía la policía y los bomberos, quienes trataban de evitar que el público supiera que sospechaban del compañero de la víctima.

 

Aidan se entristeció pensando en Charles, el cual no podría volver a trabajar como policía. Su vida ahí, tal y como la había vivido, estaba acabada. Ahora tendría que empezar una nueva, bien lejos de Chicago.

 

El hombre permitió ser acusado del asesinato de sus amigos por proteger esa ciudad de un demonio. Perdió su vida entera por mandar a ese monstruo de vuelta al Infierno.

 

Y había descubierto la pasada relación de su familia con La Orden.

 

Demasiado que asumir para una persona normal.

 

Pero, como dijo Julian cuando le conoció, Charles no era una persona normal.

 

 

 

 

 

Jack T.R.: Capítulo 3.

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Capítulo 3

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― Bien, ¿qué me puedes decir, doctor?

 

El doctor John Morgan, médico forense de su departamento, se subió ligeramente las gafas y ojeó su informe.

 

A sus cincuenta años recién cumplidos, seguía siendo un hombre atlético y atractivo, si Charles hacía caso a los cuchicheos de la mitad del personal femenino de la comisaría.

 

Con el cabello y barba negros aunque con canas visibles, los ojos marrón verdosos y su voz ronca solía hacer suspirar a más de una de sus compañeras cuando iba y venía para hablar con los detectives sobre cualquier caso que llevara en ese momento.

 

Su metro ochenta y su retorcido sentido del humor ayudaban algo. La seguridad y el desparpajo con el que coqueteaba con toda fémina en comisaría conseguía que hasta su capitán se hubiera visto en la obligación de llamarle la atención un par de veces porque distraía al personal femenino y tenía celoso al masculino (incluido Charles). Lamentablemente para su club de fans, llevaba quince años felizmente casado, aunque eso no detenía sus coqueteos o, como él lo llamaba, «juegos inofensivos».

 

Aunque ese día solo se veía al profesional en él. En toda su carrera como forense había presenciado más cadáveres y heridas repulsivas de lo que un ser humano debería. Pero aun conseguía asombrarlo la «creatividad» y la crueldad de algunos asesinatos que llegaban a su mesa. Y este, era especialmente dotado en ambas cosas.

 

― No hay muchas diferencias del otro cuerpo. Incisiones profundas en garganta, torso, extremidades… varias más de menor profundidad en el pecho y rostro, claro ensañamiento… ― dejó los papeles sobre la camilla y levantó la sabana que cubría el cadáver, dejando a la vista el desastre de lo que fue el cuerpo de una chica. – Y, como veras, ha vuelto a extraer algunos órganos.

 

― ¿Cuáles? — preguntó Charles haciendo una mueca cuando Morgan separó la piel del estómago mostrando las entrañas de la víctima.

 

― El hígado y los órganos sexuales.

 

― ¿El hígado? — el médico asintió, mientras el detective revisaba el informe de la autopsia de la otra víctima. ― A Loretta le faltaba un riñón, si no me equivoco.

 

― Exactamente. Se llevó uno y destrozó el otro. Al parecer ha preferido el hígado con esta. Como verás, nuestro asesino volvió a atacar por detrás. — informó el forense, señalando el largo corte que iba de un extremo al otro del cuello de la mujer. ― Se desangró hasta morir. Los demás cortes fueron hechos mientras ella agonizaba, pero la extracción de órganos fue post mortem. A pesar de que cortó la yugular, pudo haber durado varios minutos viva.

 

― ¡Joder!

 

― Y ha repetido su modus operandi. — Morgan cogió el archivo de la víctima, mirando los datos que había estado apuntando durante la autopsia. ― Las incisiones han sido hechas con un cuchillo largo, de unos treinta centímetros, seguramente el mismo que el del molde que saqué con los de la científica de la otra chica. Las heridas son similares. Todo encaja. En la anterior víctima no hubo tanto ensañamiento, los cortes fueron apresurados… pero aparte de eso creo que tenéis un asesino en serie en ciernes.

 

― ¿Qué me puedes decir sobre los golpes?

 

― Por lo que pude ver en los informes de la científica sobre la escena del crimen, yo diría que con la primera le interrumpieron. De ahí los cortes chapuceros. A nuestra nueva visitante consiguió llevarla a un lugar más tranquilo. Eso podría explicar porque la ha molido a golpes, aunque no puedo asegurarte de que esa fuera la razón. — tapó el cadáver, mirando con pena la cara destrozada de la muchacha. — Los de perfiles pueden decirte más que yo de eso. Pero puedo asegurarte de que este tío es un sádico de cuidado y muy inteligente.

 

― Gracias, doctor.

 

― Imagino que no era lo que querías oír. — el médico sonrió sombrío quitándose los guantes de goma para tirarlos a la papelera.

 

― Si te soy sincero, no sé qué quería. ― negó suavemente con la cabeza. ― Preferiría que no pasaran estas cosas. Que gente capaz de hacer esto, no existieran.

 

― Y yo… pero entonces estaríamos sin trabajo.

 

Charles salió del laboratorio con el estómago revuelto. Otro día que pasaría en ayunas. Algo que le ocurría en cada ocasión que se veía obligado a visitar la zona de autopsias y estar presente en una. Pero las normas le obligaban a ser testigo del procedimiento.

 

Necesitaban encontrar a ese asesino antes de que volviera a matar de nuevo, pero ni las pruebas ni sus sueños le daban ninguna pista de por dónde empezar. A pesar de que habían peinado la escena e incluso encontrado la primaria del segundo asesinato, no fueron capaces de conseguir algo útil. Había varios testigos que la vieron salir del bar, pero ninguno prestó atención a si iba sola, acompañada o si la seguía alguien.

 

También consiguieron las grabaciones de seguridad del bar. El dueño tenía una cámara enfocada hacia la zona de cobro. Los técnicos estaban con ellas, pero ya le habían dicho que casi todo lo grabado era estática. Algo debió interferir con la señal de la cámara durante una buena media hora. Y justo en ese lapso fue cuando la víctima pasó cerca de la barra.

 

Lo único útil que encontraron fue la identificación de la chica.

 

Se llamaba Nancy Spencer, veintiocho años. Trabajaba entre semana en un supermercado en la calle 71, cerca del parque donde fue encontrada. Su hermana, único familiar que pudieron localizar, había sido avisada y estaba en camino para identificar y reclamar el cadáver. Por lo poco que pudo hablar con ella, mientras la oía llorar desconsoladamente, llevaban unos meses sin mantener contacto por una pelea.

 

No iba a ser agradable tener que tomarle declaración.

 

Los chicos de perfiles, a quienes los federales enviaron hacía unos días para echar una mano, iban a tratar de hacer un perfil psicológico y geográfico del sujeto que les ayudara a descartar sospechosos y a tratar de adelantarse a él.

 

El problema era que no había sospechosos a los que descartar aún.

 

Si, tenían lo de siempre. Bandas, mafias, posibles ajustes de cuentas, venganzas, los chulos de esa zona… Esos serían los habituales si no fuera porque tenían otra víctima similar y que no tenía absolutamente ninguna relación con la nueva salvo su asesino.

 

Igualmente indagarían en la vida de la chica e interrogarían a cualquiera que consideraran sospechoso. Había que seguir el procedimiento.

 

― ¡Ey, Charlie! — el detective se giró y vio a Henricksen acercarse corriendo hasta él. No era raro que lo llamara por su nombre de pila, pero tampoco era habitual. Solo lo hacía cuando estaba especialmente nervioso.

 

Su compañero era diez años más joven que él. Un crío a su lado, que ya había cumplido los cuarenta. A veces se preguntaba por qué su capitán les puso a trabajar juntos, ya que eran completamente opuestos, tanto físicamente como en personalidad. Él tenía el pelo castaño, Gordon pelirrojo. Él media metro ochenta, su compañero llegaba raspando el metro setenta y tres. O eso decía él. Charles estaba seguro de que mentía sobre su altura, pero nunca tuvo corazón para llevarle la contraria.

 

Henricksen, además, estaba especialmente dotado para sacar confesiones con facilidad. Sabía ganarse la confianza de cualquiera y era muy bueno disfrazándose. Una habilidad que aprendió en su tiempo en narcóticos, donde tuvo que infiltrarse en más de una ocasión.

 

A veces pensaba que su compañero debería haberse quedado allí. Hubiera progresado más. Su mujer, sin embargo, no era de la misma opinión, porque consideraba su anterior destino mucho más peligroso y en homicidios tenían un horario más estable.

 

Así que, por petición de su esposa, dejó una brillante carrera en ese departamento y aceptó una no tan prometedora en homicidios, donde lo emparejaron con él.

 

La primera cosa que aprendió de su compañero fue que era agotador trabajar con él. No podía ser sano tanta energía en una sola persona. Ni para él ni para quienes estaban a su alrededor.

 

― ¿Qué pasa? ― preguntó, encaminándose de nuevo hacia la máquina de café. Al pasar cerca del escritorio del detective Landon, este le dedicó una sonrisa divertida al ver al otro casi corriendo tras él.

 

― Adivina que acaba de aparecer en la recepción. — Henricksen estaba literalmente dando saltitos como un niño de cinco años. Charles arqueó una ceja mientras se llenaba una taza, esperando pacientemente a que se decidiera a terminar de hablar. Si preguntaba sería mucho peor. ― Un mensajero ha traído un paquete a nuestra comisaría. Envío anónimo y pagado con una tarjeta que fue denunciada como robada hace una hora.

 

― ¿Me vas a decir que tenía el paquete o voy a tener que adivinarlo de verdad?

 

Gordon Henricksen miró hacia los lados, como comprobando que nadie les estaba espiando y se acercó más para hablar, componiendo una expresión tan ridícula que hizo reír a una agente que pasaba por ahí.

 

En ocasiones como esa, su compañero le hacía sentir vergüenza ajena.

 

Mucha.

 

― Un hígado. ― Charles parpadeó, sorprendido, casi ahogándose con el sorbo de café que acababa de dar. Esa no era la respuesta que esperaba.

 

― ¿Qué?

 

― Lo que has oído. Un hígado. — el rostro de su compañero estaba mortalmente serio, pero seguía dando saltitos, demasiado nervioso para contenerse. ― El forense está con el ahora mismo, pero creo que podemos dar por hecho que es humano. Morgan piensa que probablemente sea de nuestra última víctima.

 

― ¡Hijo de puta! Se está burlando de nosotros. – gruñó, pasando por delante de su compañero y dirigiéndose hacia su escritorio. De repente, el café se le había agriado.

 

― También había una nota. — eso consiguió que se detuviera. Aprovechó para tirar la taza de papel a la papelera. ― Aunque no tengo ni idea de a quién demonios va dirigida.

 

― ¿Qué quieres decir? ¿Qué ponía? — Henricksen le entregó una bolsita de pruebas con un papel manchado de sangre en su interior. — «Querido jefe: es bueno estar de vuelta. Pronto le enviare más regalos como este. Saludos desde el infierno. J.T.R.» — Leyó ― ¿Qué coño significa esto? – el otro se encogió de hombros, tan perdido como él.

 

― El único que lo sabe es ese loco. Voy a llevarlo a que lo analicen y comparen la sangre con la de la víctima y a ver si encuentran alguna huella, aunque lo dudo. — Charles miró más atentamente el papel, sin poder dar crédito a lo que veía. ¡No podía ser!

 

― Es un ticket.

 

― Si… ¿y? ― Gordon trató de recuperar la bolsita de pruebas con la nota dentro pero Charles lo esquivó y se acercó al escritorio más cercano, poniéndola bajo la luz de una de las lámparas para ver mejor.

 

― Un ticket de compra. Alguien compró «El infierno» de Dante y usó esto para escribir la nota. ¡No puedo creerlo!

 

― Quizás cogió el papel del suelo.

 

― No. Esto fue deliberado. — su compañero lo miró extrañado.

 

― ¿Qué te hace pensar eso? — Charles volvió a mirar el papel, incrédulo y sorprendido. No podía ser una coincidencia. Imposible.

 

― ¡Yo estuve en esta librería ayer! ¡Es del chico que vi en la escena del crimen!

 

― ¿Ese que te llamó la atención? ¡Menuda coincidencia!

 

― No puede ser una coincidencia. ¿Recuerdas ese aviso de la ATF?

 

― ¿El de la banda de «Los vampiros»?

 

― ¡Ese mismo! Uno de sus miembros estaba allí haciendo alguna clase de negocio con el dueño.

 

― Eso ya es algo más que sospechoso. ― Henricksen cogió la nota y la guardó en el bolsillo de su chaqueta. ― Voy a llevar esto a los de la científica y buscare lo que tengamos de ese grupo. Puede que sean los responsables de estos asesinatos.

 

Charles no fue consciente de su compañero alejándose, ni de los otros policías a su alrededor haciendo su trabajo. No oyó el sonido de los teléfonos sonando, ni a su capitán gritando a alguien. Estaba demasiado centrado en algo que había visto mientras tenía la bolsita con la nota en sus manos.

 

Las letras habían bailado frente a sus ojos, cambiando el orden y formando otra frase completamente distinta.

 

«¡Cójame si puede, detective!»

 

Nevaba suavemente cuando regresó a la librería. La nieve en la entrada estaba aún blanca, resaltando entre el negro pavimento y la fachada beige de la tienda, y apenas sin pisadas por lo que imaginó que no había demasiado movimiento en la tienda a esas horas. Eso era muy conveniente.

 

Aún seguía asustado por lo ocurrido en comisaría. No sabía si fue su mente jugándole malas pasadas por la falta de sueño y su obsesión con ese caso o de verdad había pasado.

 

Volvió a oír las campanillas de cristal sobre su cabeza al abrir la puerta y esa vez encontró al chico tras el mostrador, revisando lo que parecía un libro de cuentas.

 

― ¡Detective! ― le saludó, claramente extrañado de verlo ahí de nuevo. ― ¿Qué se le ofrece esta vez?

 

― ¿Hay alguna manera de saber quién se llevó un libro en específico? — preguntó a bocajarro y sin saludar siquiera. Aidan le dirigió una mirada sorprendida por la pregunta.

 

― Me temo que no llevamos ningún registro para eso. ¿De qué libro estamos hablando y cuando fue esa compra?

 

― Ayer, después de irme. «El infierno» de Dante.

 

― Pues no. Ni idea. No me suena que…

 

― ¿Qué libro se llevó su amigo? ― le interrumpió Charles, más alterado.

 

― ¿Qué amigo?

 

― ¡El motero!

 

― «Las leyendas de Bécquer». ― mintió Aidan, molesto por el tono insolente del detective.

 

Charles paseaba frente al mostrador, cada vez más inquieto.

 

― No puede ser una coincidencia… Un miembro de «Los vampiros» aquí, la nota hecha con un ticket de esta tienda… ¡No puede ser una coincidencia!

 

― Espera… ¿Qué? ¿Qué nota? ¿De qué está hablando?

 

El librero estaba bastante confundido. ¿De qué iba todo eso?

 

― No puedo comentar detalles de una investigación abierta con alguien ajeno al departamento.

 

Charles se pasó una mano por la cara, cansado. De pronto se sentía estúpido por estar ahí, preguntando por un libro. ¿En qué demonios estaba pensando?

 

― Usted fue quien vino hasta aquí. ¿Es sobre esos asesinatos? Si piensa que Rolf puede estar involucrado en eso, se equivoca. — el detective lo consideró un minuto antes de decidirse. ¿Qué daño podía hacer? Estaba desesperado.

 

― Alguien ha enviado un paquete a comisaría. Quien fuera ha reclamado la autoría de esos dos asesinatos y el papel que usaron era un ticket de compra de este establecimiento.

 

Aidan parpadeó varias veces, asombrado. ¿Alguien había usado algo de su tienda para eso? ¿Y quién? No había duda de que hablaba del asesino del diario. ¿Cómo hizo para conseguir un ticket de su tienda? Si hubiera entrado, lo habrían notado… ¿verdad?

 

Trató de hacer memoria de la gente que entró a su tienda el día anterior, pero solo recordaba a un montón de adolescentes ruidosos y dos habituales que vinieron casi al cierre a parte de Rolf.

 

Ningún extraño que pudiera darle mala espina.

 

― Lo siento… no consigo recordar… ¿tal vez envió a alguien a por el libro? ¿O cogió el ticket de alguien que comprara aquí ayer? No recuerdo a nadie que comprara ese libro en específico y tampoco a nadie que me pudiera resultar llamativo.

 

― ¿Está absolutamente seguro de que su amigo no tiene nada que ver? ¿Tiene cámaras de vigilancia en el local? ― el chico sintió pena por el detective. Debía ser frustrante no encontrar nada que le ayudara a resolver esos asesinatos.

 

― Sí, estoy seguro de que Rolf no tuvo nada que ver. Si quiere puede comprobar si tiene coartada para esos días, pero dudo que encuentre lo que quiere. Y, no, no tengo cámaras aquí, lo siento. — la única razón por la que no había cámaras en su local era porque Julian creaba interferencias en los aparatos electrónicos. Además, la mayoría de sus clientes no podían ser grabados. ― Siento no haber sido de ayuda. Si necesita algo…

 

― No es su culpa. ― le interrumpió con un gruñido.  Gracias de todas maneras, señor Kelly.

 

― Aidan. Mejor llámeme Aidan.

 

― Aidan. ― Charles asintió, serio. Pensaba comprobar con los de la ATF, en cuanto llegara a comisaría, si el tal Rolf tenía coartadas para esas noches. Llevaban un par de semanas vigilando a esa banda estrechamente. ― Siento haberle molestado con todo esto, ha sido una idea ridícula venir por algo así. Pero si consigue recordar algo…

 

― Le llamaré. Tengo su tarjeta.

 

Julian se apareció a su lado en cuanto el detective salió de su tienda. Para no variar su costumbre, volvió a resoplar dirigiendo miradas envenenadas a la espalda del policía.

 

― Sigue habiendo algo en ese poli que no termina de encajarme. ¿Qué clase de policía viene preguntando algo así?

 

― Uno muy desesperado. Y parece cansado. — suspiró Aidan, volviendo a sus cuentas. En la radio, un locutor comentaba las últimas noticias sobre la reciente e inesperada muerte del multimillonario P. Drake en Nueva York. ― Sinceramente, no podría hacer su trabajo. Ver todo eso a diario y no perder la cabeza… ― el librero negó suavemente con la cabeza y apagó la radio. ― Voy a llamar a Rolf y avisarle de que la policía le tiene como sospechoso de esos asesinatos.

 

― No sé. ― murmuró Julian, sin apartar la vista de la puerta por donde se había ido el policía. — Ese tío no es un poli normal.

 

Jack T.R. : Capítulo 1.

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Capítulo 1

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Sus ojos azules se abrieron de par en par, atemorizados.

 

Una rata chilló y corrió hacia ella, saltando entre los charcos que abundaban en el suelo y pasó por su lado antes de huir y perderse en la oscuridad.

 

Como ella deseaba hacer.

 

Sin embargo estaba corriendo desesperada en dirección contraria. Tropezó al interior de ese callejón que los clientes masculinos del bar solían usar cuando no querían esperar su turno en el baño y acabó cayendo al rompérsele uno de sus tacones en una grieta.

 

Se giró, quedando sentada en el sucio suelo, haciendo caso omiso al tacto pegajoso del asfalto bajo sus manos y a las lentejuelas que empezaban a desprenderse de su frágil falda, brillando levemente en la mortecina luz de una farola cercana.

 

Frente a ella la muerte la acorralaba, cerrándole el paso, como un lobo a su presa.

 

Por un segundo deseó estar teniendo una pesadilla. Una de la que pudiera despertar, a salvo en su cama y no ahí, rodeada por contenedores de basura y paredes sucias, cubiertas de carteles desgarrados del último espectáculo de strippers que actuaron la semana anterior.

 

No en aquel lugar, con el sonido de la gente divirtiéndose en el bar y la música estridente del interior como banda sonora de su futura muerte.

 

Porque estaba segura de que iba a morir esa noche.

 

Quería gritar para pedir ayuda, pero no conseguía que le saliera la voz. El miedo y el dolor, producido por un profundo corte en su hombro izquierdo, eran tan grandes que le impedían articular sonido alguno y paralizaban su cuerpo empapado de sudor frío. Solo era capaz de emitir gemidos entrecortados.

 

Con torpeza se llevó las manos a la herida en un vano intento de detener la sangre que manaba sin parar, viendo como sus manos y su top blanco se teñían de rojo rápidamente. Se arrastró un par de metros, sus rodillas raspándose contra el duro asfalto y rompiéndose las medias, tratando torpemente de huir de aquel monstruo.

 

Pero era inútil y lo sabía.

 

No existía escapatoria. Estaba en un callejón sin salida.

 

Pero se negaba a morir. Tan solo tenía veintiocho años y aun le quedaban muchas cosas pendientes. Ahora lamentaba no haber aclarado las cosas con su hermana. Ya no podría hacer las paces con ella y ver al fin a su sobrino, al que no conocía a causa de una estúpida discusión.

 

Estaba atrapada con un monstruo que jamás la dejaría salir de ahí con vida.

 

Ese pensamiento la hizo temblar aún más, el pánico atenazándola y sacándole sollozos mientras su vista se nublaba a causa de las lágrimas.

 

Los rizados mechones de su larga y sedosa melena negra cayeron sobre sus ojos, entorpeciéndole más la visión, cuando aquella cosa agarró su brazo con una fuerza antinatural y la alzó del suelo con un violento tirón. Como si fuera una muñeca de trapo, desencajándole el hombro y sacándole un grito ahogado de dolor.

 

Lo único que pudo ver con claridad al enfrentarse a él fueron sus ojos.

 

No los olvidaría nunca. Era incapaz de apartar la mirada de ellos. Ni siquiera cuando sintió la fría y afilada hoja del cuchillo clavándose nuevamente en su carne y rasgándola pudo desviar la vista.

 

El asesino la hizo girar entre sus brazos y le cortó el cuello. Con extremada lentitud.

 

–  Tú serás mi mayor obra, querida. — le susurró al oído, mientras la tumbaba boca arriba en el suelo.

 

A los cortes en la garganta se sumaron otros más en la cara, en el pecho, en los brazos al tratar de cubrirse y minimizar un daño que ya era inconmensurable. El golpe de gracia, el que la dejó finalmente rindiéndose a lo inevitable, fue en el estómago. El cuchillo se hundió en su interior hasta la empuñadura, subió y ya no se detuvo.

 

Mientras la vida se le escapaba a borbotones y oía la estridente risa de su asesino, su último pensamiento fue para esos ojos dorados. Ni siquiera prestó atención a que estaba abriéndola en canal como si solo fuera un pedazo de carne.

 

Aquellos aterradores y diabólicos ojos que no dejaban de mirarla, brillando anti naturalmente de satisfacción, observándola morir.

 

Charles Andrews despertó bruscamente, encontrándose en su cama y no en aquel callejón de su sueño. Jadeaba entrecortado, con el corazón a mil por hora haciéndole sentir mareado y sin poder dejar de tocarse el cuello donde aún sentía el roce fantasma del cuchillo. La vieja camiseta gris de “The Police” que usaba para dormir estaba empapada de un sudor frio que pegaba el algodón a su piel. Notaba el sabor de la bilis en la garganta, sabiendo que estaba muy cerca de vomitar lo poco que cenó la noche anterior.

 

Para cualquier persona normal, eso podría ser producto de una horrenda pesadilla.

 

Pero él no era alguien normal y una pesadilla ordinaria no le tendría temblando de puro terror y sin aliento. Sabía que ni siquiera todo lo que sentía era exclusivamente suyo. Todavía podía notar el miedo de la chica con la que había soñado, escuchar sus intentos de pedir ayuda, oler la sangre en el aire…

 

Notar el aliento del asesino cuando le susurró al oído.

 

Odiaba sus sueños. En específico los de esa clase.

 

En su familia, en cada generación, siempre existió un miembro que podía ver el futuro mientras dormía. Su padre, por ejemplo. Y, antes que él, su abuelo y su bisabuelo. Toda su rama paterna nació con ese don. Charles prefería llamarlo maldición aunque, probablemente, era una cuestión de perspectiva.

 

Él era uno de los últimos que quedaba con esa habilidad. Sufría, porque no había otra palabra mejor para expresarlo, sueños premonitorios.

 

En cada miembro de su familia esos sueños se manifestaban de manera distinta. Su padre podía ver sucesos con varios días de antelación, mientras que su abuelo veía cosas que podían estar sucediendo en otras ciudades. Charles los vivía en directo, sin opción a poder hacer algo para intervenir.

 

No había una razón que explicara el por qué sus sueños eran de esa manera y, para ser sinceros, tampoco se molestó en investigarlo o consultarlo cuando comenzaron, siendo él un adolescente. Bastante tuvo con lidiar con lo que veía.

 

Pero ese no era el mejor momento para ponerse a pensar en ello.

 

Alguien había muerto esa noche.

 

La chica de su sueño murió asesinada exactamente de la misma manera que él lo había visto y sintió cada cuchillada, cada intento de escapar, cada respiración hasta que su vida terminó. Cada instante con todo lujo de detalles, pero lo más importante, lo fundamental se le escapaba… no había podido ver al asesino.

 

¿Para qué le servía su don si era incapaz de evitar que sucediera lo que soñaba?

 

¿Por qué no podía verlo a tiempo para poder actuar y salvar a la víctima?

 

¿De qué le valía si nunca conseguía ver el rostro de quien realizaba esos actos terribles?

 

Esos sueños solo le desesperaban y frustraban hasta cotas inimaginables.

 

También eran la razón por la que acabó haciéndose policía. Si no podía hacer nada para impedirlos, haría algo para dar algo de paz a quienes veía morir y sus familias.

 

Con un gruñido, decidió levantarse por fin y prepararse.

 

Salió del dormitorio y se encaminó hacia el baño para tratar de borrar esas imágenes de su mente bajo el chorro de agua caliente. El frío del invierno y el sudor que cubría su cuerpo le hicieron estremecerse a pesar de que ya había encendido la calefacción.

 

Al mirarse en el espejo vio las ojeras oscuras que empezaban a profundizarse bajo sus ojos marrones. Hacía algún tiempo que no dormía bien, desde el primer asesinato, cuatro días antes. El cansancio hacía que su piel estuviera más pálida de lo habitual, casi cenicienta y que las pocas arrugas de expresión que solía tener estuvieran más marcadas.

 

Tras una corta ducha, regresó al dormitorio y preparó su ropa. Traje negro, camisa blanca de lino, abrigo de lana, corbata de seda burdeos… regresar a la cama estaba descartado a pesar de ser las seis de la mañana.

 

Hizo un no muy entusiasta intento de peinar su alborotado cabello castaño, el cual siempre decidía por su propia cuenta como quería estar, hiciera él lo que hiciera, y se tocó la barba, ya de una semana. La observó, crítico. Empezaba a verse canas en la barba. Probablemente sería mejor afeitársela, pero ese día no tenía ánimos para hacerlo.

 

Desechó la idea de desayunar y se limitó a tomarse un par de ibuprofenos para la futura jaqueca que ya andaba rondándole. Desayunaría con su compañero cuando acabaran con la escena del crimen. Era un ritual que ambos tenían desde que empezaran a trabajar juntos y lo mejor para asegurarse que no ibas a quedar en ridículo delante de todos los compañeros vomitando cuando el olor o la visión del cadáver te revolviera el estómago.

 

Se sentó en el sofá, frente al televisor e hizo un poco de zapping para matar el tiempo hasta que recibiera el aviso. Dejó el canal de noticias, donde un presentador con más Botox que Cher, hablaba sobre la muerte de un multimillonario en Nueva York.

 

Necesitaba despejar su mente del sueño para poder centrarse en el caso al que inevitablemente le iban a asignar.

 

Efectivamente, media hora después su móvil sonó.

 

— Detective Andrews. — contestó con la voz ronca. Aun sentía un poco adolorida la garganta por los gritos que esa pobre muchacha no había podido dar. Esperaba que su vecina no volviera a preguntarle que hacía por las noches para gritar tanto. La primera vez ya fue lo suficientemente bochornoso. — Aja… estaré allí en veinte minutos.

 

El aviso fue en el Parque Meyering, a menos de un kilómetro de una zona de bares ligeramente conflictiva. Un lugar frecuentado por familias con niños pequeños y corredores durante el día, pero, al anochecer, se convertía en el punto de encuentro favorito de yonkis y prostitutas. No era recomendable pasear por allí pasadas las diez de la noche, si se quería regresar con la cartera intacta.

 

Un hombre que hacía jogging con su perro fue quien descubrió el cuerpo y llamó a la policía. Le estaban tomando declaración cuando Charles aparcó su Chevrolet Camaro, veinticinco minutos después de recibir la llamada. Había varios coches patrulla rodeando el lugar, las luces tiñendo de rojo y azul la nieve que cubría los árboles.

 

Vio a su capitán inmerso en lo que parecía una acalorada conversación con el jefe de prensa del alcalde, un tipo verdaderamente detestable que era capaz de vender a su madre si con eso conseguía más votantes para su jefe.

 

No era extraño el verle allí. Un asesino en serie daba muy mala prensa a cualquier ciudad. Probablemente estaba amenazando al capitán Murphy con despedirle si no atrapaban pronto a ese asesino. Y, por la expresión de su jefe de departamento, este se estaba conteniendo para evitar mandarlo al diablo.

 

― ¿Qué tenemos? — preguntó al ver a su compañero, Gordon Henricksen, parecía haber dormido incluso peor que él, si las ojeras que tenía bajo sus ojos azules eran una indicación.

 

Su compañero llevaba el abrigo arrugado, el cabello pelirrojo despeinado y tampoco se había afeitado. Probablemente, ni siquiera llegó a su cama esa noche. Había sido padre un par de meses antes y la pequeña no les estaba dejando dormir una noche entera ni a él ni a su mujer.

 

― Nada bueno.

 

El detective podía oír a sus espaldas a dos novatos, un par de críos recién salidos de la academia, recuperándose después de haber vomitado todo el desayuno tras ver esa masacre. Y no era para menos. Incluso a él, que ya sabía que iba a encontrarse, la visión le hizo sentir enfermo.

 

La víctima era una chica de unos treinta y de cabello negro largo y rizado, tal como vio en su sueño. Iba vestida con una falda negra de lentejuelas muy corta y un top blanco. O debió ser blanco antes de que su sangre lo tiñera de rojo. A unos dos metros de su cuerpo se podían ver su pequeño abrigo de piel sintética negro y un bolso a juego con la falda. No había ni rastro de sus zapatos por ninguna parte.

 

La falta del calzado no le resultó una sorpresa. Probablemente, se le cayeron al trasladarla desde la verdadera escena del crimen hasta ahí. Debían encontrar ese callejón para procesarlo.

 

Esperaba que llevara algún documento en ese bolso, porque su cara estaba prácticamente irreconocible. Le habían golpeado brutalmente y cortado en el rostro, desfigurándola. Tenía, además, múltiples heridas de arma blanca por todo el cuerpo.

 

Un corte largo y profundo en la garganta, de izquierda a derecha. Podía incluso ver el hueso… Charles intentó centrarse en las pistas que le daba el cuerpo y no en lo demás.

 

Otro corte atravesaba su torso de arriba a abajo, dejando su interior expuesto de manera macabra.

 

Había mucha sangre alrededor del cuerpo, tanta que la nieve estaba completamente manchada, pero no la suficiente como para que los forenses pensaran que era el sitio donde había sido asesinada y parecía que habían extraído algunos órganos. Podía ver los intestinos enrollados pulcramente y colocados sobre el hombro izquierdo de la víctima, mientras que algo que parecían ser el estómago y los riñones estaban en el suelo, junto a la cabeza.

 

Tendrían que esperar al informe del forense para saber cuál de ellos faltaba, porque era obvio que así sería.

 

No muy separado del cuerpo, sobre la nieve y escrito con la sangre de la víctima, tres letras.

 

“J.T.R.”

 

Igual que en el caso anterior. ¿Qué podían significar?

 

― ¡Joder!

 

― Y que lo digas. Los novatos no han sido los únicos que han perdido el desayuno por ver esto. — Charles arqueó una ceja divertido a su compañero, sacándole una mueca. — Como si tú no estuvieras a punto de hacer lo mismo…

 

― Lo haría si hubiera desayunado, que no ha sido así. No aprendes. Nunca vengas a una escena del crimen recién desayunado. ― rio, sacando un gruñido descontento a su compañero. ― ¿Habéis encontrado los zapatos de la víctima? — Henricksen miró hacia los pies descalzos de la chica.

 

― No hay rastro de ellos por ninguna parte. Los patrulleros ya han estado buscando sin encontrarlos.

 

― Está claro que la chica no murió aquí. No hay suficiente sangre para semejante carnicería. Tuvo que recogerla en algún bar o algo por el estilo. — su compañero meditó en silencio un minuto antes de volver a hablar.

 

Sabía lo que estaba haciendo. Repasaba los locales cercanos a la zona. Saberlos no era imprescindible, pero si muy útil en su trabajo. Y si Charles no recordaba mal, había escuchado música donde la atacaron. Debía venir de un bar muy cercano.

 

― Hay pocos sitios lo bastante cerca de este lugar en los que pudo estar. Eso contando que no se alejara demasiado de donde la secuestró, claro. O que no sea una de las prostitutas de la zona.

 

― No pudo ser muy lejos o no habría tanta sangre aquí. Y no tiene pinta de prostituta. Lo sabremos con más seguridad cuando comprobemos si tiene antecedentes, claro. – respondió Andrews, evitando mirar demasiado a la chica. — Mover el cuerpo también coincide con el modus operandi de este tío y ha vuelto a dejar su firma.

 

― Hasta que no lo comprueben los forenses… Pero todo coincide con la otra víctima.

 

― No se ensañó tanto con la primera.

 

Con la anterior chica (Loretta, veintinueve años, castaña, trabajaba en un bar cercano a donde la encontraron y tenía antecedentes por trapichear con cocaína) no hubo paliza. Solo tenía heridas de arma blanca en el cuello y abdomen, pero no en brazos y, desde luego, no tenía la cara destrozada a puñetazos.

 

― ¿Tal vez lo interrumpieron? La otra escena era un desastre. Esta no. Parece que incluso hay una especie de siniestro orden.

 

― Tendría más sentido. La pobre ni siquiera lo vio venir. – Eso fue lo que dijo el forense. A la chica la habían inmovilizado por detrás y cortado la garganta antes de que pudiera emitir algún ruido. No tuvo ninguna oportunidad. ― ¿Pero por qué tanta violencia con esta?

 

― ¿Quién sabe qué pasa por la cabeza de un monstruo así?

 

El detective negó en silencio.

 

Monstruo… ojalá fuera tan fácil.

 

En la ficción siempre podías averiguar enseguida quien era el monstruo porque su maldad se reflejaba en su aspecto exterior.

 

En la vida real, estos se escondían bajo la fachada de una persona normal. Podía ser cualquiera. El cartero, el chico que repartía en el supermercado, o simplemente, ese tipo con el que siempre te cruzabas en el metro y del que no sabías absolutamente nada.

 

Y si todo era parecido a la anterior escena, este cabrón no habría dejado ninguna pista para encontrarle salvo su firma. Ni huellas, ni ADN, ni una fibra… nada.

 

Quién fuera ese bastardo, sabía lo que hacía y era extremadamente cuidadoso.

 

Andrews alzó la vista, paseándola por los alrededores de la escena, odiando el momento en que permitió a su compañero convencerle para dejar de fumar y deseando tener un cigarrillo.

 

Entonces le vio.

 

El chico no llamaba la atención por nada en especial. Era alguien normal, más bien del montón. Con no más de veinticinco, pelo oscuro oculto bajo una gorra gris, vestido con vaqueros y sudadera de los Chicago Bears debajo de una cazadora gruesa negra y algo más alto que él. Miraba horrorizado lo que podía vislumbrar del cadáver, como todos los curiosos a los que los agentes de a pie no conseguían alejar lo suficiente.

 

No, no llamaba para nada la atención.

 

Pero él le había visto antes.

 

No conseguía ubicar su rostro, pero estaba seguro de haberle visto antes de ese momento. Era muy bueno memorizando caras.

 

― Oye, Henricksen. ― Charles se giró hacia su compañero, desviando por un segundo la mirada del muchacho y tratando de hacer caso omiso del cuerpo inerte cerca de ellos.

 

― ¿Sí?

 

― ¿Habéis sacado algo de quien encontró el cuerpo?

 

― ¿El del perro? Aun le siguen tomando declaración. — respondió el otro, señalando por encima de su hombro, poniéndose en pie. Efectivamente, dos agentes seguían tomando testimonio al asustado hombre que acariciaba distraído a un bonito golden retriever que él viera al llegar. ― Estaba paseándolo mientras hacía jogging por el parque y se lo tropezó. Pero no creo que viera nada más que eso. ¿Por qué?

 

― ¿Ese chico de ahí no te suena de algo? Creo que lo he visto antes.

 

― ¿Qué chico?

 

Pero al girarse para señalárselo, el muchacho ya había desaparecido del lugar. Seguramente habría satisfecho su curiosidad y estaría camino de su casa o su trabajo.

 

Suspiró cansado. La falta de sueño le estaba volviendo paranoico.

 

― Nada… olvídalo. Vamos, te invito a un café mientras esperamos a que levanten el cadáver.

 

No fue hasta unas horas después, ya en su escritorio y con las fotos de las dos escenas de los asesinatos en sus manos para comparar, que volvió a pensar en aquel joven.

 

Estaba revisando las fotos que los agentes hacían a los alrededores de las escenas y lo vio. En algunas ocasiones, con casos peculiares como ese, solían tomar instantáneas a la gente que curioseaba. Muchas veces los autores de los crímenes volvían para ver el resultado de su hazaña y regodearse en ella o, incluso, ofrecían su ayuda.

 

Había para todos los gustos, por desgracia.

 

Y ahí estaba él. En las fotos del primer asesinato, entre los curiosos. Las dos escenas estaban muy separadas la una de la otra, casi cada una en un extremo distinto del distrito. Resultaba muy curioso que estuviera por los dos sitios el mismo día y en el mismo momento en que se descubrían los cuerpos.

 

Demasiada casualidad.

 

Y, la mayor parte del tiempo, en su trabajo eso no existía.

 

Mientras esperaba a que el forense empezara la autopsia decidió investigar eso por su cuenta.

 

¿Quién sabia?

 

En casos así no se debían dejar nada al aire.

 

¡La semana siguiente más!