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¡Último capítulo!: Relato: 3 Hermanos. Capítulo 8

relato hermanos

Relato: 3 Hermanos. Capítulo final.

Si, último capítulo. La semana que viene ya no habrá lobitos, pero te tengo preparada una cosita nueva hasta que acabe el siguiente relato. ¡Disfruta!

relato hermanos

La zona de la ciudad que pertenecía a la manada estaba a más de cuarenta minutos en coche de donde les habían atrapado. Los tres lobos visitantes se resistieron lo indecible pero, al ser ampliamente superados en número, fueron reducidos, esposados (con unas esposas especiales para lobos con aleación de plata) y metidos a la fuerza en una furgoneta junto con Aidan.

Al librero no le encadenaron ni nada parecido pero tampoco le dieron otra opción que la de acompañarles. Aunque en ningún momento hicieron uso de la fuerza con él. Para sorpresa de los otros tres, le trataron con mucho respeto.

En la parte de atrás de la furgoneta, Jon no dejaba de gruñir como un animal. Incluso en su forma humana, daba bastante miedo.

Joseph había dejado de pelear hacia un buen rato, aunque tampoco ponía las cosas fáciles. Estaba esperando a ver cuál iba a ser el movimiento de la manada. Las cadenas no eran realmente un problema (sabía que Jon y él eran más que capaces de romperlas a pesar de la plata) pero no quería herir a un lobo si no había razones de peso para ello.

Colby, por su parte, parecía que iba al matadero. Teniendo en cuenta su situación, no era extraña su preocupación. Su manada le buscaba por traición y, ahora, La Orden también lo haría. Las cosas no pintaban nada bien para el chico.

Cuando por fin se detuvo la furgoneta, habían llegado a un barrio céntrico con edificios de apartamentos y tiendas pequeñas. Era una zona tranquila, con parques y calles amplias.

Y repleto de lobos.

Toda esa zona era exclusiva de la manada. No había ni un solo humano viviendo en esos edificios de ladrillo rojo. De paseo o visita, sí. Viviendo, no.

Sus captores les hicieron entrar al edificio más cercano y los empujaron hacia el ascensor. Subieron hasta la última planta, donde se encontraba un loft que ocupaba todo el piso. Allí les metieron en lo que parecía un comedor y echaron la llave.

Cuando se quedaron solos, Jon volvió a gruñir y rompió sus esposas, ganándose la mirada sorprendida de Aidan y la fastidiada de los otros dos.

–  ¿Cómo has roto eso? ¡Se supone que los lobos no podéis romper ese metal! – exclamó Aidan, sin dejar de mirar las esposas rotas en el suelo. Colby refunfuñó una maldición, cogiendo una servilleta de la mesa y acercándose al rubio. De la muñeca derecha de Jon manaba un hilo de sangre. No era mucha pero no paraba.

–  ¡Te has hecho sangre! ¿No podías esperar a que nos las quitaran?

–  No tengo tanta paciencia… – mientras Colby intentaba limpiar el corte que se había hecho Jon con las esposas, Joseph suspiró, fastidiado.

–  Nos pasamos un año esquivando a todo el mundo para que no nos pillen y nos cogen de la forma más tonta. Papa va a matarnos…

–  ¿Papa? – rio Jon. – Mama sí que va a matarnos.

–  Estoy muerto… – susurró Colby. – Si no me despellejan en la manada, lo harán en La Orden…

–  Nadie va a tocarte un pelo. – gruñó Jon, cogiendo las esposas del pequeño y rompiendo la cadena. Joe asintió.

–  No vamos a dejar que te hagan nada.

Aidan, mientras, empezaba a sentirse incómodo. No por la compañía actual, sino por la que vendría en breve. Conocía a todos los miembros del Consejo y temía que apareciera alguien más a quien no estaba tan dispuesto a volver a ver tan pronto.

–  ¿Qué va a pasar ahora? – preguntó, intentando distraerse.

–  Con suerte avisaran a nuestra manada.

–  Eso si no se toman la justicia por su mano, que podría pasar. – Colby no se sentía tan optimista como su hermano mayor.

–  No van a hacerte nada.

–  J, no puedes protegerme siempre.

–  Oh… ¿no? Tú espera y mira.

La puerta de la habitación en la que estaban se abrió y entraron cuatro lobos. Uno de ellos, un tipo alto, con el cabello corto castaño claro y barba se acercó directamente a Aidan, quien hizo un mohín descontento.

–  Aidan… ¿Qué estabas haciendo con estos? – el librero bufó, cruzándose de brazos y poniéndose a la defensiva.

–  ¡Oh, hola Zack! ¿Cómo has estado? ¡Yo, bien, gracias! – soltó con tono sarcástico. – En cuanto a que hacía, no es asunto tuyo.

–  Es asunto de la manada. – replicó el otro con sequedad. – Son prófugos. Deberías haber dado aviso.

–  Te recuerdo que no soy un lobo y no formo parte de tu manada, así que no me puedes exigir nada.

Los tres hermanos se apartaron sutilmente. Sabían reconocer una pelea de pareja cuando la veían y también sabían que no debían entrometerse a menos que la cosa se pusiera violenta. Por ahora el único que parecía en peligro de que le dieran una paliza era el tal Zack y ese, la verdad, no les importaba mucho.

–  ¿Me estoy perdiendo algo? – preguntó Colby señalando a los otros dos disimuladamente.

–  Son pareja. – respondió simplemente Jon. Joseph rio por lo bajo, quitándose sus propias esposas.

–  No jodas… ¿Un lobo y un hada? Menuda mezcla.

–  ¡No somos pareja! – gruñó Aidan molesto. Al parecer les había oído. – No lo hemos sido nunca.

–  ¿Entonces por qué te marcó?

Aidan se giró a mirarlos, sorprendido antes de volver su atención al otro lobo. Zack perdió en un segundo su aire arrogante y parecía estar deseando que le tragara la tierra. El librero parecía furioso. Tanto, que el aire de la habitación crepitó. Sus emociones habían descontrolado su magia.

–  ¿Me marcaste? ¿Sin mi permiso?

–  Era para protegerte…

–  ¿Protegerme? ¡Te largaste! ¡Me marcas y te largas! ¡Eres un cabrón!

Las puertas volvieron a abrirse y, en esa ocasión entró un grupo de cinco lobos, bastante más mayores que los anteriores. Uno de ellos era claramente el Alfa. Solo había que fijarse en la postura altiva y el comportamiento de los que le acompañaban.

También notaron que era el padre de Zack.

–  ¡Basta ya! Tenemos asuntos más importantes ahora mismo. Aunque no voy a olvidar esto. Hablaremos luego sobre esto, hijo. – añadió, dirigiéndose a Zack. El Alfa se giró entonces hacia los tres hermanos, sonriendo imperceptiblemente al ver las cadenas rotas en el suelo. – Vuestro Alfa está en camino. Se ha decidido que sea él quien se ocupe de vuestro castigo o lo que quiera hacer con vosotros.

–  Genial…

–  De todas maneras, tenemos un visitante que quiere hablar con vosotros primero. Debatiremos sobre el asunto de los planes de La Orden en un rato, cuando lleguen los demás.

Eso sí que era una sorpresa. ¿Los demás? ¿A quiénes se refería? ¿Y quién era el misterioso visitante? Joseph no podía imaginar quien podría ser.

–  ¿Quiénes más van a venir? – preguntó, curioso.

–  Además del Alfa de Davenport y varios miembros de vuestra manada, vienen en camino también el heredero de Excalibur y su gente. Están bastante comprometidos con la idea de detener a La Orden.

–  ¿El heredero de Excalibur? – preguntaron Colby y Jon a la vez en voz baja.

–  Los tipos de Nueva York – aclaro Joseph. – Uno de ellos, al parecer, la reencarnación de Arturo Pendragon.

–  Vaya…

En ese instante, un hombre grande, de porte militar y cabello rubio entró en la habitación, acercándose a Jon y Joe. El resto de los lobos se tensaron. No era extraño, ya que un depredador más grande y peligroso había entrado en su territorio.

Aidan lo observó, fascinado. No todos los días veías a un dragón en su forma humana paseando delante de tus narices.

–  ¿Jerrad? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás en Alaska?

–  Ya iba siendo hora de que volviera al campo de batalla… Veo que habéis encontrado a vuestro hermano. Bien. Así podrá contarnos todo lo que trama La Orden para que podamos destruirlos de una vez por todas.

 

 

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Y continuamos por dónde lo dejamos... : Capítulo 3: Relato 3 hermanos

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Joseph miró a través de la ventana, suspirando cansado.

Estaban en otro motel, a las afueras de Chicago, tras más de doce horas en coche. Le dolía todo el cuerpo. Había sido un viaje infernal, pero no hubo manera de convencer a Jon de que se lo tomaran con más calma.

Al menos, pensó mientras intentaba no dormirse en la silla, su hermano tuvo piedad de él y paró para hacer noche cerca de Toledo. Claro que hubiera sido más rápido y fácil aceptar los billetes de avión que les ofreció el tipo de Kamelot, pero no les pareció aceptar algo tan caro de alguien a quien no conocían.

Además, Jon detestaba volar.

No era que le diera miedo, simplemente, no le gustaba. Sus oídos eran muy sensibles y el cambio de presión resultaba muy doloroso para cualquier lobo. A Jon parecía afectarle más, por alguna razón.

La única vez que Jon cogió un avión, para asistir a un evento del Consejo en otra ciudad y por insistencia de su padre, casi se volvió loco del dolor. Solo Colby fue capaz de calmarlo y Joseph no sabía si él tendría tanta suerte.

Era muy consciente de la relación especial que tenían sus dos hermanos pequeños. Jon sentía un amor muy especial por Colby. Era su punto débil. Era así desde el primer día en aquel hospital, al quedarse huérfanos los tres. Fue algo instantáneo que había ido creciendo con los años.

Era por eso que su hermano se culpaba por no ver a tiempo lo que ocurría con el pequeño.

También sabía también que la traición del pequeño había herido más a Jon, a causa de lo que este sentía por Colby. Puede que les hubiera traicionado a los dos, pero rompió el corazón de Jon en más pedazos.

Un dolor intenso en el brazo le hizo regresar a la realidad. Su hermano le había dado un puñetazo. Joe gruñó, dirigiéndole una mirada de enfado.

–  ¿A qué cojones viene eso?

–  Llevo cinco minutos preguntándote si quieres una cerveza. ¿Dónde estabas? – le preguntó, pasándole una lata de cerveza.

El cansancio estaba haciendo más mella en él de lo que pensaba, si había estado tan abstraído. Vio a su hermano sentándose en su cama, mientras se bebía su cerveza.

–  En ninguna parte. – suspiró. – Solo pensando en qué vamos a hacer cuando lleguemos a Chicago. ¿Por dónde deberíamos empezar?

–  El mago mencionó la zona neutral de la ciudad. Y que el dueño había tenido tratos con Andrews y La Orden. Tal vez pueda darnos alguna pista sobre dónde buscar.

Joseph asintió. No tenían más opciones.

–  Mejor que ir directamente a la manada. – Jon soltó una risita, tirándole la almohada.

–  ¡Y más seguro! Habrá que tener cuidado de no cruzarse con nadie. Allí tienen un territorio más amplio y no conocemos los límites. – el mayor asintió, lanzando de vuelta la almohada.

–  Compartido con los vampiros. Recuerdo que lo comentó papa en una ocasión, en el Consejo.

La animosidad entre vampiros y lobos era milenaria. La tregua llegó un par de siglos atrás, con ambos bandos diezmados por sus guerras internas, las batallas con otras razas y el acoso de los humanos. Fue entonces cuando se reunieron y decidieron no atacarse, firmando una alianza histórica. Desde entonces, ambos bandos solían compartir las ciudades, manteniendo unas normas de convivencia que exigían no traspasar los límites establecidos sin autorización y solo en casos muy especiales.

Todo vampiro o lobo que visitara la ciudad debía presentarse ante los Alfas para evitar traspasar fronteras por error.

Chicago era una de las ciudades con la población más alta de lobos y vampiros. Sorprendentemente, también era la que menos problemas de territorio tenia, lo que era casi un milagro. Las otras cuatro ciudades que existieron con ambos bandos conviviendo, fueron un completo fracaso.

Nadie comprendía que era lo que hacía a Chicago tan especial para que funcionara la tregua.

–  Iremos directamente a la zona neutral y le preguntaremos por las fronteras, para no meter la pata. Y recuerda, Jon… nada de asustar al guardián. – su hermano lo miró a medio camino entre ofendido y divertido por la advertencia. – Necesitamos su ayuda. Intenta comportarte.

–  ¿Qué? ¡Yo no voy asustando a la gente por que sí! – ante la expresión de incredulidad del otro, Jon bufó. – ¡No lo hago!

–  Perdona, pero si, lo haces. Y lo haces porque eres un crio y te parece divertido, pero esta vez no. No gruñas, no grites, no te muestres violento y no enseñes los colmillos. Necesitamos la ayuda del guardián.

Jon volvió a bufar, apagando la luz del dormitorio. Joseph simplemente rio por lo bajo.

–  ¡Aguafiestas! – le escuchó protestar.

–  Ya, ya… ve a dormir. Mañana hay que salir temprano ya que no conocemos la ciudad y hay que buscar la zona neutral.

Un camión pasó cerca del motel, haciendo temblar ligeramente los cristales de la ventana y Joseph escuchó a su hermano moverse en la cama.

–  ¿Crees que nos ayudará?

–  No lo sé. Eso espero. Las zonas neutrales se crearon para asistir y pedir consejo. Esperemos que el guardián de esta sea comprensivo con nuestra situación.

–  Y si no, le muerdo. – Joseph no pudo contener la carcajada.

–  Y si no, le muerdes. De acuerdo.

 


 

La próxima semana, los que ya hayan leído Jack T.R. disfrutarán del cameo de su protagonista. Y los que no… ¡estáis tardando! ¡Ven y sigue las aventuras de mis hermanos lobo por mi universo!

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¡Seguimos con los lobos!: Capítulo 2: Relato 3 hermanos

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Capítulo 2.

La Torre Kamelot era uno de los edificios más altos de la ciudad de Nueva York, situado en el Bajo Manhattan, en el centro de los negocios.

Una enorme estructura de metal y cristal, sobrio e imponente que parecía presidir el distrito financiero ya que destacaba entre los demás.

Y en ese mar de trajes oscuros y maletines, los dos hermanos resaltaban como los lobos que eran en un redil lleno de ovejas. Su aspecto resultaba demasiado llamativo al estar rodeados de tanto yupi trajeado.

Los dos iban vestidos como siempre. Joseph con sus pantalones de estilo militar y camiseta negra sin mangas, a pesar de que el tiempo era más bien fresco. Pero los lobos no sentían el frio igual que los humanos y a él le gustaba mostrar el tatuaje que cubría todo su brazo derecho.

Jon llevaba sus vaqueros rotos, camiseta blanca, botas y la cazadora de cuero negro que le ganó a las cartas a un motero, en un bar de mala muerte en Ohio. Para variar, no se había peinado y su cabello estaba hecho un desastre. No que a él le importara…

Pero las miradas sospechosas les siguieron al acercarse a la Torre y entrar.

En recepción una hermosa mujer les informó, con pocas palabras y tono nada cordial, que nadie podía atenderles. Cualquier persona debía pedir cita con, al menos, un mes de antelación.

Eso enfadó mucho a Jon, quien no soportaba a la gente que se creía por encima de los demás. Intercambió una mirada con su hermano, que parecía suplicarle en silencio que no formara un escándalo.

Obviamente, eso fue exactamente lo que hizo. Un segundo después de que la mujer, educadamente, les mandara a paseo empezó a gritar, asustándola tanto que acabó llamando a seguridad.

Al menos así había acudido alguien a recibirles.

–  ¿No habíamos acordado que íbamos a ser discretos? – preguntó Joseph al verse rodeados por un mini ejercito de hombres vestidos con trajes negros y el logo de la empresa en el bolsillo de la chaqueta.

Debían pertenecer la seguridad privada de la empresa.

–  ¿Cuándo? – los hombres sacaron porras extensibles al comprobar que no retrocedían. Todos eran tipos grandes y fuertes. Posiblemente, militares. Era la norma en las empresas privadas.

–  ¡Antes de salir del motel!

Los hombres eran buenos y presentaron una buena pelea pero no pudieron contra los dos lobos. Cuando ya los tenían a todos en el suelo, la campanita del ascensor sonó y de su interior salió otro hombre.

Este no pertenecía a seguridad, eso estaba claro. Ni su físico ni su porte eran como los de los otros. Este vestía un traje de tres piezas gris ceniza con camisa blanca y corbata burdeos. Era un hombre joven aunque el cabello totalmente cubierto de canas le hacía parecer mayor.

Además, no era humano. La magia chisporroteaba y le rodeaba como un escudo.

El hombre dirigió sus ojos azules a la pareja y les sonrió, haciendo un gesto a los de seguridad para que se retiraran. Estos parecían reticentes a obedecer, pero se marcharon.

–  ¿Qué puedo hacer por dos lobos a los que no conozco? No pertenecéis a la manada de la ciudad.

Ambos se sorprendieron. No era fácil, incluso entre la gente de la Comunidad, reconocer la raza de un solo vistazo. El hecho de que ese joven lo hiciera demostraba que era muy poderoso. Y, también, que habían acertado al venir.

Jon dejó que su hermano tomara la palabra. Era el más diplomático de los dos y conseguiría más que él.

–  Soy Joseph y este es Jonathan. – les presentó. El hombre les saludó con un gesto. -Queremos que nos ayudes a detener a nuestro hermano.

El joven arqueó una ceja, visiblemente intrigado.

– ¿Por qué? ¿Qué es lo que está haciendo para necesitar ser detenido?

– Trabajar con La Orden. – el hombre silbó, componiendo una expresión preocupada.

–  Vamos a hablar a otra parte. Por favor, seguidme.

Los tres se dirigieron hacia los ascensores, entrando en el primero que se abrió. Jon observó como el otro pulsaba el botón de la planta treintaisiete.

–  Eso no es habitual… lo de vuestro hermano, me refiero. Y nada bueno para la Comunidad. Aunque, me temo, que no es el único del que tenemos noticias.

Ahora fue el turno de los hermanos de lucir preocupados. ¿Existían más lobos trabajando para La Orden? ¿Cuántos? ¿A qué otras manadas habían conseguido influir?

Al llegar el ascensor a la planta, el hombre les hizo un gesto para que les siguiera y comenzaron a andar pasillo abajo. Los lobos intercambiaron una mirada al ver el lujo que les rodeaba.

–  ¿Cuántos más? – preguntó Joseph.

–  No estamos seguros. Sabemos de un caso más, que fue solucionado hace poco con ayuda de nuestra gente. Un renegado que fue expulsado de la manada de Chicago y buscaba venganza. También descubrimos que están usando hellhounds.

–  Tienen demonios a su servicio. – gruñó Jon, apretando los puños. ¡Odiaba a los demonios! En su viaje persiguiendo a Colby habían cruzado caminos con muchísima gente. También con algún demonio. No existían criaturas más desagradables y malvadas que los demonios.

Joe le intentó tranquilizar, poniendo su mano en el hombro.

–  O demonios o hechiceros poderosos. – el hombre ignoró la reacción de Jon y siguió andando. – Lo que sea no pinta bien para nadie. Vuestro hermano está en un avispero. Estos no dudan en usar a los suyos como cabezas de turco para conseguir sus planes. – Jon se estremeció. – Y ya sabemos lo que valen las vidas de los no humanos para ellos.

Finalmente, se detuvieron frente a una puerta de madera oscura labrada. Un enorme árbol de la vida estaba gravado en la superficie. Al abrir la puerta, descubrieron una habitación amplia que resultó ser una enorme biblioteca. Era tan grande que había varias decenas de librerías, sofás y un muy surtido mueble bar. Todo muy lujoso. A Jon casi le dio vergüenza pisar esas alfombras, que parecían valer una fortuna, con sus botas sucias. Al mirar a su hermano notó que debía pensar parecido, ya que se mantenía alejado de cualquier cosa temiendo romper algo valioso.

En el interior había otro hombre, más joven, casi un muchacho, con el cabello corto y oscuro vestido también con traje. Estaba sentado en uno de los sillones, con un libro en las manos y su teléfono móvil apoyado en la pierna derecha. La magia en él no era tan poderosa como en el primero, pero también le rodeaba, como protegiéndole.

–  Arthur, estos son Joseph y Jonathan, lobos. – les presentó. El joven se levantó rápidamente y se acercó para saludarles. – Han venido a porque su hermano está con La Orden. Señores, este es Arthur P. Drake, dueño de Kamelot. Y yo soy Joss Merlin, su asistente.

–  Y mago. – matizó Jon, sin acercarse para estrechar su mano como su hermano estaba haciendo. No era nada personal, simplemente, no se fiaba de nadie. Menos si ese alguien tenía tal poder.

Merlin pareció gratamente sorprendido, ya que le sonrió divertido.

–  Y mago, sí. Buen olfato. No todos los lobos pueden oler magia. ¿A qué manada habéis dicho que pertenecéis?

–  No lo hemos dicho. Y preferimos no decirlo. – la respuesta sorprendió a los otros dos y Joseph intentó explicarse. – La manada no aprueba que saliéramos a buscar a nuestro hermano.

–  Está bien.

Arthur, quien había permanecido junto al sillón durante la conversación, se acercó un par de pasos pero se detuvo al oír el gruñido de advertencia de uno de los lobos y notar que se ponían  a la defensiva.

Levantó las manos en son de paz y se colocó junto a su ayudante.

–  Tengo una curiosidad. ¿Cómo acabó vuestro hermano con La Orden? – preguntó. – ¿Cómo lo convencieron?

–  No estamos seguros pero imaginamos que se aprovecharon sus inseguridades. – respondió Jon, con tono amargo. – Siempre ha sido un estúpido.

–  Entonces está con ellos por decisión propia. ¿Cómo vais a convencerlo para que los deje? Lo tenéis bastante difícil.

–  Sabemos que quiere salir.

Arthur y Merlin intercambiaron una mirada, cada vez más desconcertados con el asunto. Los lobos habían acudido ahí porque no tenían pistas para encontrar a su hermano y La Orden. Pero si sabían que quería salir…

–  ¿Cómo sabéis eso? ¿Habéis hablado con él?

–  Un ex cazador llamado Andrews. Al parecer, La Orden envió a Colby para acabar con él. En vez de obedecer, le dejó en un hospital con nuestra localización y el recado de que estaba bien.

El mago les miró, sorprendido.

–  Eso no es mucho.

–  Si no quisiera que fuéramos a buscarle, le habría dejado en el hospital y ya. No habría enviado ningún mensaje. Conocemos a nuestro hermano. Pero el ex cazador no pudo decirnos dónde buscar. La única localización que supo darnos fue esta ciudad.

Arthur y Merlin intercambiaron una mirada antes de volver a hablar.

–  Conocemos a Andrews. Estuvo aquí para ayudarnos con La Orden para evitar que se hicieran con un berserker y también nos echó una mano con el hellhound en Detroit.

–  El tío está en todas partes… – murmuró Arthur, haciendo reír a los otros tres.

Arthur se sentó en un sillón, pensativo mientras observaba a los dos lobos. Parecían tan fuera de lugar en esa habitación. Cualquiera que no supiera lo que eran realmente, pensaría que veía a dos hombres, algo desastrados, de apariencia ruda, demasiado grandes y toscos para estar cómodos en un sitio lleno de lujos.

Pero había algo animal en su postura, en su forma de moverse… podía ver a los depredadores que realmente eran.

El que parecía mayor y hablaba más, Joseph, sacó una gomilla del bolsillo de sus pantalones y se recogió su largo cabello negro en un pequeño moño sin dejar de susurrar algo a su hermano. El otro no dejaba de mover la pierna y morderse la uña del pulgar. Parecían estar discutiendo.

–  Sabéis que será muy difícil que pueda salir de ahí con vida. Nadie deja La Orden.

–  Lo sabemos. Vamos a intentar sacarlo pero necesitamos saber dónde está exactamente.

–  ¿Y luego? – los dos lobos miraron interrogantes a Arthur, que era quien había hecho la pregunta. Este intentó no sentirse intimidado por ellos pero estaba fracasando estrepitosamente. – Quiero decir… Os traicionó… imagino que vuestra manada tendrá algo que decir al respecto.

–  Esto es cosa de familia. Si nuestro padre, como Alfa, cree que debe castigarlo, así será. Pero dudo que nuestra madre lo permitiera.

–  Eso sí… – añadió Jon, crujiéndose los nudillos. – De camino a casa va a recibir de lo lindo.

Merlin se encogió de hombros, casi riendo al ver la expresión de estupefacción de Arthur por las respuestas.

–  Siempre me ha parecido fascinante la forma en que las manadas dirigen sus asuntos. Pero la respeto. Aun así, la situación de vuestro hermano es realmente delicada. ¿Qué tenéis pensado?

–  Aun nada. Le perdimos la pista aquí.

–  En eso no creo que podamos ayudaros pero si podemos daros todo lo que tenemos de La Orden.

Casi dos horas después, los lobos salían de la Torre con más información y más dudas. Habían escuchado con atención todo el relato sobre lo ocurrido recientemente en la ciudad, con La Orden y el nigromante. También lo acontecido en Detroit y el hellhound y la implicación de otro lobo para cubrir su rastro. Por todo lo contado y descrito estaban casi seguros de que Colby no había estado ahí… o no a la vista, al menos.

Lo cual no les ayudaba realmente con el paradero de su hermano.

–  ¿Qué sacamos de todo esto? – preguntó Joseph, cuando hubieron regresado al motel.

Jon le observó coger un par de cervezas de la nevera y le agradeció cuando le entregó una de ellas.

–  ¿Además de que me está dando la impresión de que esto nos viene grande? No mucho. No sabemos cuál es su siguiente objetivo. Ni donde están, ni donde se esconde su base… la dirección que nos dio el cazador estaba vacía. Probablemente, evacuaron el lugar temiendo que alguien hubiera sido informado. – gruñó, dando un sorbo a su cerveza. El otro lo imitó. Seguía pensativo y no tan frustrado como Jon se sentía.

¿Por qué?

–  Pero si tenemos una pista…

–  ¿Cuál?

–  De todo lo que nos han contado, hay algo que se repite. El demonio, el lobo traidor, el cazador… de alguna manera, todo parece estar conectado a Chicago.

– ¿Crees que tienen ahí la base?

– No tengo ni idea. Pero me resulta sospechoso que se repita tantas veces el nombre en dos casos totalmente diferentes. – el rubio terminó su cerveza y aplastó la lata en su mano antes de lanzarla a la papelera.

Su hermano tenía razón. Era demasiada casualidad. Y no tenían más pistas.

–  Está bien… Descansamos un día más y salimos hacia Chicago. Tal vez tengamos suerte y podamos rastrearle ahí.

Jonathan se dejó caer en su cama, cansado. Aun no se habían recuperado y el día había resultado especialmente largo. No tardó en notar el peso de su hermano tumbándose a su lado. La cama, aunque grande, resultaba estrecha para dos hombres de su tamaño, pero no iba a ser el quien le dijera a su hermano que se fuera a su propia cama. Si Joseph estaba ahí, era porque necesitaba consuelo.

Y, ¡que demonios! Él mismo también estaba necesitando un abrazo.

Se giró, quedando cara a cara con el otro y se dejó abrazar, apoyando la barbilla en el hombro del mayor.

–  Vamos a encontrarle…

–  Sigo pensando que fue mi culpa… – murmuró Jon. – No debí molestarle tanto.

–  Fueron sus propias decisiones las que le llevaron ahí, Jon. Pudo hablar, discutir, pelear… decidió huir. No es tu culpa. Y vamos a encontrarlo para que puedas comprobarlo.

 


 

Lo prometido es deuda y aquí tenéis el segundo capítulo del relato. ¡La semana que viene más!

Lee el capítulo 1 aquí.

¿No sabes quienes son Arthur y Merlin? ¡Lee Kamelot 2.0 y enterate!

 

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¡Sin post pero con un nuevo corto!: Incumpliendo propósitos de Año Nuevo.

escribir

¿Cómo va el año?

¿Cuántos propósitos has incumplido ya? XD

Esta vez ni he hecho lista… ¿para qué? ¡Si no cumplo ni uno!

Llevamos solo quince días y ya he tenido que improvisar una entrada porque he olvidado prepararla.

escribir¿Ves? ¡Un desastre!

Y como no tengo mucha idea de que inventarme y son las… doce de la noche ya, te voy a contar como va el borrador que estoy escribiendo.

Pues va bien… ya lo he terminado y tendrá diez capítulos, por ahora. Presumiblemente, serán más.

Va a ser una continuación del universo de las otras cuatro novelas, así que habrá un par de cameos y varias menciones.

(Acaba de saltarme el antivirus cuatro veces seguidas… ¡he perdido el hilo de lo que estaba escribiendo y todo!)

Como dije (creo) la protagonista va a ser Astrid, una gorgona que va buscando al cazador que mató a su familia. Pero sus planes se truncan cuando se tropieza con Alec, un policía novato que ha acabado entrometiéndose en los negocios de La Orden por accidente. Astrid acabará por salvarle (también por accidente) y le ayudará a descubrir las intenciones de la organización que no son nada buenas…

¿He mencionado alguna vez que hacer sinopsis y resúmenes se me da de pena? ¿No? Pues ya ha quedado demostrado.

¡Escribir es difícil!

escribirEl borrador ya está acabado. Ahora lo que toca es la corrección y relleno. Si las cosas van normales deberían ser… unas cinco o seis, si hay suerte y me gusta a la primera. Imagino que para mediados de año estará listo y podré presentarlo al concurso de Amazon. Si, sé que no sirve de nada pero así me fuerzo a hacerle más marketing de la cuenta.

Cuando la publique y acabe tengo lista en la cabeza y en la libreta un corto con la continuación de esa novela y que servirá de puente a la siguiente. O, al menos, para decir dónde estarán y dónde irán los personajes cuando termina la historia.

Y, mientras llega o no llega esa, he estado escribiendo un cortito de ocho capis sobre mis tres hermanos lobo. Estos quiero que aparezcan en otra novela que espero escribir prontito. Este corto será otro “puente” y presentación formal de unos personajes que aparecerán de protas en otra de las novelas.

Si… ¡las tengo todas en mi cabeza! *risa malvada*

escribirEste corto, que ya está casi acabado, lo iré publicando por capítulos aquí en el blog (y otros sitios) una vez a la semana.

Normalmente, pondré el post normal de los lunes y el capi del corto los miércoles. Cómo soy un desastre enorme y hoy no tengo post, porque me he olvidado, pues os pondré el capítulo primero y ale… ¡a disfrutar!

escribirCapítulo 1.

–  Jon… Estás haciéndolo otra vez.

Jon se giró para encarar a su hermano Joseph y darle una mira cargada de culpabilidad. Rascándose una ceja, se encogió de hombros y andó un par de pasos, alejándose de la pared.

El otro le observaba desde el raído sofá del motel, con el ceño fruncido y el gesto preocupado.

Su hermano lo conocía mejor que nadie en el mundo y sabía que, cuando su cabeza estaba demasiado llena de ruido, preocupaciones y frustración, solía auto infligirse dolor.

Era algo que hacía inconscientemente. Un mecanismo de defensa de su propio cuerpo. El dolor le regresaba a la realidad y despejaba su mente. No era sano pero si efectivo.

Por eso había golpeado la pared con el puño. Y, ahora, sus nudillos sangraban levemente, raspados por los golpes contra el muro de yeso.

En sus mejores días, por suerte, bastaba con eso.

En sus peores… prefería no recordar la última vez.

Ese día no era de los malos, pero la frustración por no conseguir lo que querían, el cansancio acumulado de días de viaje sin parar y la preocupación le habían hecho perder la noción del tiempo y no estaba seguro de si era viernes, miércoles o lunes.

Si no fuera por su hermano, probablemente estaría perdido por ahí, sin rumbo y sin importarle mucho no tenerlo. Y lo peor era que no podía permitirse eso en ese instante.

No.

Antes debían encontrar al traidor de su hermano pequeño, Colby, llevarle de regreso a su manada y darle un escarmiento por preocupar a sus padres y por el daño que les había causado.

Tenía una lista de ideas muy creativas para castigarle.

Pero eso tendría que ser en otro momento. En ese instante seguían atascados en un motel de mala muerte en Nueva York, más perdidos que cuando llegaron.

Suspirando, fue al baño a limpiarse la sangre de los nudillos y regresó junto a su hermano, intentando lucir arrepentido. Sabía que a Joseph no le importaba mientras no se hiciera daño de verdad, pero aun así… se sentía culpable por preocuparlo.

–  Lo siento. – se disculpó, sus nervios regresando a su cuerpo ahora que el dolor ya no los mantenía a raya.

Joseph le cogió del brazo y tiró de él para acercarlo.

–  No quiero que te hagas más daño, eso es todo. Ven a sentarte. Esta noche no vamos a encontrarle.

–  Ni mañana tampoco… – gruñó Jon, sentándose en el sofá junto a su hermano.

Solo de pensar que el traidor seguía fuera de su alcance y ayudando a sus enemigos le hacía hervir la sangre.

Su hermano pequeño decidió un día, sin que nadie lo sospechara, atacarles y huir de la manada, alistándose en las filas de La Orden, la organización de cazadores que se dedicaban a exterminar todo lo sobrenatural.

El por qué nadie lo sabía con seguridad. Ni siquiera ellos, que eran los más cercanos al chico. Los tres se habían criado juntos, tres huérfanos acogidos y adoptados por el Alfa de la manada que solo se tenían los unos a los otros.

Jon y él tenían un vínculo más fuerte del que ambos tenían con Joseph. Colby siempre era el único capaz de calmarle y animarle cuando tenía sus días malos y Jon le quería y protegía por ello.

Pero, en algún momento, eso no fue suficiente para el pequeño. Un día se marchó, rompiéndoles un par de huesos y el corazón en el proceso.

Jon salió en su busca cuando se recuperó lo suficiente, deseando encontrarle y vengarse. Al menos, al principio. Ahora, la sola idea de imaginar a Colby ayudando a esos psicópatas a destruir a su gente le ponía enfermo.

Quería saber por qué. ¿Por qué se fue con La Orden? ¿Por qué no les dijo nada?

¿Por qué le abandonó?

Hasta ahora no habían conseguido encontrarle. Cada pista acababa en un callejón sin salida. Incluso decidieron parar una temporada y esconderse en Alaska, en una ciudad exclusiva de la Comunidad mágica, para reponer fuerzas. Fue allí donde un ex cazador les dijo que lo había visto y dónde.

Y, mientras, lo perseguían, esperando que se le acabara la suerte al pequeño. Acabarían por atraparle, más tarde o más temprano.

Preferiblemente, más temprano. No perdía la esperanza.

Una mano se posó sobre su rodilla, deteniendo el constante y molesto movimiento que había empezado a hacer sin notarlo y regresándole a la realidad. La siempre cálida mirada de su hermano mayor seguía luciendo preocupada, aunque intentaba disimularla con una sonrisa.

–  Acabaremos por pillarle. No va a poder esconderse de nosotros para siempre.

Algo en el tono del otro hizo saltar sus alarmas y alzó la mirada para observarle más detenidamente. Joseph tenía ojeras pronunciadas y la perilla y el cabello negro descuidado. Las pocas arrugas de expresión que tenía parecían más marcadas que antes y su ropa estaba arrugada y sucia.

Miró su propia ropa, disimuladamente. ¿Cuándo fue la última vez que hicieron la colada? ¿O que comieron o durmieron decentemente?

Habían pasado días corriendo tras una pista solo para descubrir que se les escapó, otra vez, por unas horas.

Y para él estaba bien. Bueno, no. No estaba bien que se les escapara aunque no le importaba ir sin descanso buscándole. Pero era consciente de que su obsesión no era la de Joseph. Si seguían a ese ritmo, el mayor acabaría por marcharse de regreso a la manada. Allí le esperaba una dulce loba que lo quería lo suficiente como para dejarle ir en esa locura solo porque era importante para él.

Jon no quería estar solo. Necesitaba a su hermano mayor para evitar perderse en su mente.

Y su hermano necesitaba descansar. Así que…

–  Creo que debemos parar aquí un par de días y descansar como es debido. Tienes mala cara, hermano. No quiero que te pongas enfermo. – Joseph le miró, sorprendido.

Seguramente estaría pensando en su impaciencia y en si iba a poder mantenerla bajo control tanto tiempo. Iba a ser difícil, pero podía hacerlo. También se sentía agotado.

–  Estoy bien. ¿Estas seguro de que podrás esperar un par de días? – preguntó, preocupado. – Podemos seguir…

–  No… debemos descansar y, luego, reanudar la búsqueda. Si estaba aquí en Nueva York, habrá dejado algo… algún rastro. Nunca fue bueno limpiando la mierda que dejaba atrás. ¡Mama siempre le regañaba por eso! – bromeó, haciendo reír al otro.

–  No es mala idea. Nos vendrá muy bien el descanso. – el rostro del mayor se tornó serio de nuevo. – ¿En qué crees que han podido meterse ahora?

Jon se pasó una mano por su rubio cabello, despeinándose aún más. ¿En qué podría haberse metido La Orden ahí en Nueva York?

Esa era la pregunta del millón. Y no tenían como contestarla.

Presentarse en la manada de la ciudad y preguntar estaba descartado. Siendo hijos del Alfa de Davenport les darían la información sin dudar, sí, pero eso le daría una pista a su padre sobre dónde estaban y eso era lo último que querían. Los dos abandonaron su ciudad y su manada sin permiso y en contra de los deseos de su Alfa. Si se descubrían, les harían regresar por la fuerza y perderían cualquier oportunidad de recuperar al pequeño.

Los medios de comunicación humanos eran completamente inútiles a la hora de conseguir información veraz. Toda noticia relacionada con el mundo mágico estaría manipulada para cubrirla, como era costumbre. Su mundo debía permanecer oculto para los humanos a cualquier coste.

–  ¿Te has dado cuenta de la cantidad de magia que se olía cerca del parque? – preguntó, cambiando de tema. No quería pensar en qué barbaridad estaría el otro metido.

Su hermano desvió la atención de la televisión, donde echaban La ruleta de la fortuna. ¿Cuántos años llevaba ese programa en antena?

–  ¿Cuál? ¿El que pasamos de camino aquí? – Jon asintió.

–  Ese mismo. Noté una gran cantidad de magia en el aire. Toda centrada en el edificio grande que había junto a ese parque.

–  Uhm… ¿Crees que eso podría ser lo que buscaba La Orden?

–  Si es así, se han ido de manos vacías. – repuso Jon, encogiéndose de hombros. Si hubieran conseguido algo de ahí, no habría tantísima magia ahí acumulada. – Creo recordar que papa una vez mencionó un sitio aquí… un sitio que dijo era muy importante para la Comunidad y creo que era ese edificio. Deberíamos visitarlo.

Joseph se levantó del sofá, tendiéndole una mano para ayudarle a hacer lo mismo. Sonreía ligeramente y parecía menos tenso y preocupado que antes. Pero aún se le veía agotado.

Los dos lo necesitaban. Ahora que ya tenía un plan y un objetivo, aunque fuera temporal, su mente volvía a estar centrada y su cuerpo le recordaba todo el maltrato al que lo había sometido esos días antes.

Le dolía todo.

–  Está bien. Disfrutemos de una buena noche de sueño y luego iremos a… ¿A dónde?

–  A la Torre Kamelot.


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