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Resumen semanal: del 12 al 16 de noviembre. : Resumen semanal: tercera semana de noviembre.

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Resumen semanal: del 12 al 16 de noviembre.

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Lunes.

Empezamos la semana con un post sobre tres de los personajes de mi novela Kamelot 2.0 y su relación entre ellos.

Arthur, Merlin y Uther.

Su relación es muy importante ya que es lo que provoca la novela y la leyenda artúrica.

¡No te lo pierdas!

 

Martes.

Sigo buscando…

 

Miércoles.

¡Último capítulo del relato Dioses y demonios!

Acabamos la historia o, más bien, le ponemos un punto y seguido, ya que sus personajes regresarán en un futuro no muy lejano.

¡Espero que te haya gustado este relato!

 

Jueves.

¡La fecha se va acercando!

Ya queda poco más de un mes para que Dagas de venganza esté aquí. Y para celebrar que ya falta poquísimo te regalo el primer capítulo.

¡Enterito para disfrutarlo!

Por cierto, ya tengo mi portada. ¡Hecha por David Orell y es preciosa! ¡Estoy deseando enseñártela y me va a costar la vida no hacerlo antes de tiempo!

Pero hay que esperar un poco aún. La próxima semana te la enseñaré.

 

Viernes.

¡Por fin se acabó la semana! Este finde lo tengo completito y espero que me quede tiempo para descansar algo.

¡Disfruta tu viernes y tu finde!

 

 

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¡Último capítulo!: Relato: Dioses y demonios. Capítulo final.

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Relato: Dioses y demonios. Capítulo 11.

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–  ¿Qué hago ahora?

Dioniso miró a su padre, sorprendido de verle en semejante estado. Nunca lo había visto tan apenado. Ni siquiera cuando Hera le abandonó definitivamente.

Al parecer, y para sorpresa de todos, su padre estaba genuinamente encariñado con el chico y le había afectado muchísimo que se marchara.

–  ¡No lo sé, padre. Si te soy sincero, esto me ha dejado sin palabras.

Zeus suspiró, dejándose caer pesadamente en el sillón a su lado. Parecía derrotado.

–  Me disculparía pero ni siquiera sé por qué debo disculparme. ¿Por ocultarle que soy un dios? ¿Por mi pasado?

–  Tu pasado no ayuda, eso desde luego.

–  Lo sé… pero no puedo hacerlo desaparecer.

–  Entonces hazle ver que no eres más esa persona.

–  ¿Cómo?

–  Respetándolo. Respetando su espacio y sus decisiones. No importa lo mucho que creas que le quieres. Si él dice no, tú debes respetar su voluntad y volver por donde has venido.

–  Puedo hacer eso.

Unos golpes apresurados en la puerta les interrumpió. Un apurado Kevin entró en la habitación, sudando y temblando de nervios y preocupación. Zeus tuvo un mal presentimiento.

–  ¡D! ¡Tenemos un problema! ¡Un problema muy gordo!

–  ¿Qué ocurre?

–  Unos tipos se han llevado a Finn.

–  ¿Quiénes? – preguntó Zeus, levantándose de un salto. El cielo, el cual había estado despejado y cuajado de estrellas hasta ese momento, se nubló de repente y los relámpagos empezaron a brillar.

–  No estoy seguro aunque tengo sospechas. Eran varios, enmascarados y vestidos de negro. Se lo han llevado en una furgoneta negra, sin matricula ni nada distintivo.

– ¿Quién querría secuestrar a Finn? ¿De quien sospechas? – cuando Zeus les dirigió una mirada de incomprensión, Dioniso se explicó. – Kevin conoce el secreto de Finn, al igual que yo. Y es un oso…

–  Formas parte de la comunidad.

–  Y también formé parte de las fuerzas especiales humanas. Ha habido varios sucesos en los últimos años… secuestros, desapariciones, asesinatos, ataques… me temo que La Orden esté detrás de esto también.

– La Orden… ¡quieren al demonio!

–  Es muy probable, sí.

Dioniso se levantó también de su asiento y se dirigió hacia su escritorio, donde cogió el teléfono.

– Voy a tratar de averiguar adonde han podido llevárselo. Y si sigue vivo.

–  Encuéntralo, hijo.

Dioniso aun necesitó un par de horas más para averiguar lo que quería. Mientras Kevin y él pusieron al día a Zeus sobre La Orden, ya que el dios había pasado varios siglos desconectado del mundo de los mortales y no conocía toda la historia.

Le contaron sobre su odio a lo sobrenatural, lo cual les incluía, su obsesión con eliminarles y sus últimos avances que les daban ventaja tras años de estar ambos bandos al mismo nivel.

La Orden llevaba los últimos años tramando algo. Algo muy gordo, le explicó Kevin. Pero no tenían idea de qué.

Al menos, todavía.

Cada día llegaban noticias preocupantes sobre nuevos ataques a la comunidad. Ataques muy concretos, con un fin. Nada era dejado al azar.

No para esa gente.

Por eso, si de verdad ellos tenían a Finn, no había sido una casualidad.

Y ese era el mayor temor de Zeus en ese instante.

– Me temo que mis fuentes han confirmado las malas noticias. La Orden tiene a Finn. Eran hombres de la Legión los que le han llevado hasta el aeropuerto y lo han embarcado en un avión privado rumbo a Memphis.

– Entonces es allí a donde iré. Debo evitar que le hagan daño.

– Te recuerdo que no tienes poderes. Eres poco más que un humano con algo más de fuerza de lo común y vulnerable.

– Lo sé. Pero no puedo permitir que le usen para sus planes. Ni Finn ni su demonio querrían eso. – Kevin se acercó a él.

– Te acompañaré. Vas a necesitar ayuda para encontrarles.

– Haré los preparativos. Espero que no tengamos que arrepentirnos de todo esto.

 


 

Y si, voy a dejártelo ahí. ¿Por qué? Pues simple, porque la búsqueda de Zeus y Kevin va a llevarles a aparecer en una futura novela con el resto de personajes de la Comunidad y porque La Orden tiene planes para el demonio de Finn.

Ya lo averiguarás en un futuro, no te preocupes.

 

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¡Nuevo capítulo! Dioses y demonios. : Relato: Dioses y demonios. Capítulo 10

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Relato: Dioses y demonios. Capítulo 10.

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–  ¡Finn! ¿Podemos hablar?

Finn maldijo por lo bajo, observando molesto como Zeus se acercaba a él a grandes zancadas.

Sabía que estaba siendo ridículo pero tras lo ocurrido en los últimos días y después de la reveladora conversación que tuvo con su abuelo no quería tener a nadie cerca.

Su abuelo le contó toda la leyenda. Renuente, al principio, pero acabó revelándole todo sobre la maldición de su familia. De cómo, siglos atrás y para salvar a su gente, un antepasado suyo hizo un pacto con un demonio milenario. A cambio de evitar que un ejercito invasor devastara su pueblo, el guerrero concedió al demonio el uso de su cuerpo y el de toda su estirpe.

Y, por loco que sonara, él creía la historia. Sabía que esa voz en su cabeza era real. El demonio era real.

Y muy peligroso.

Al demonio no le gustaba Zeus y Finn temía que fuera a herirle si se acercaba demasiado.

–  Lo siento… no tengo tiempo. Estoy ocupado. — se excusó, intentando huir. Pero Zeus fue más rápido y le agarró de la muñeca.

–  ¡Y una mierda! ¡Vamos a hablar! – gruñó, arrastrándole hasta un armario y metiéndoles dentro. Finn casi rio.

–  ¿En un armario? ¿En serio? — pero Zeus no lo encontraba tan gracioso.

–  ¿Por qué me estas evitando? ¡Y no te atrevas a decir que no lo estas haciendo porque ambos sabemos que sería una mentira! — añadió al ver que el chico iba a replicar.

–  Está bien… estaba evitándote. ¡Es lo mejor para los dos! No quiero que te haga daño.

–  ¿Quién? — preguntó Zeus, confundido.

–  Es complicado.

– ¿Hice algo para molestarte?

–  No. — el chico negó rápidamente. No podía permitir que Zeus pensara que era su culpa. — No eres tú. Sé como suena, pero no eres tú, de verdad. Hay algo mal conmigo y podría hacerte daño. Eso no puedo permitirlo.

–  No vas a hacerme daño, créeme. — Zeus le cogió de las manos, acercándole un poco más hasta juntar sus frentes. — Te prometo que no vas a hacerme daño. Ni yo a ti.

– No puedes prometerme eso…

«Los dioses prepotentes suelen hacer esa clase de promesas vacías.»

Finn se estremeció al oír la voz del demonio en su cabeza aunque su tono no era el de siempre. Parecía más bien molesto que furioso.

¡Un momento! ¿Había dicho dioses?

–  ¿Dios? ¿Quién es un dios? — preguntó sin darse cuenta de que lo había hecho en voz alta.

–  ¿Qué?

«Él es un dios. Hasta te dijo su nombre real, el muy arrogante. Es el padre de los dioses, el dios del rayo y el dios que hace cualquier cosa por llevarse a la cama a quien llama su atención. Te hará daño, chico. Eso no lo dudes.»

–  ¿Eres un dios?

Zeus le miró, sorprendido, soltándole las manos. Sus ojos reflejaban culpa y sorpresa.

–  Yo… ¿Quién te ha dicho…?

–  ¿Lo eres? ¿Eres el verdadero Zeus?

–  Es complicado.

–  ¿Qué tiene de complicado? ¿Lo eres o no? – volvió a preguntar, empezando a molestarse. Había estado tan preocupado con herir accidentalmente a Zeus con su demonio que el hecho de que le hubiera mentido le pilló completamente por sorpresa.

–  Lo soy. Estoy en la Tierra porque Atenea creyó más sensato mandarme aquí sin poderes a que me quedara en el Olimpo, intentando recuperar la vieja gloria y tratando de conquistar de nuevo el mundo de los mortales. No esperaba encontrar a alguien como tu aquí.

–  No soy un entretenimiento. – respondió Finn con tono amargo. Había sido demasiadas veces usado en su vida como para permitir ni una más. Hacía mucho que se prometió que no volverían a usarlo. – Ni una muesca más en tu lista de conquistas.

–  No lo he pensado nunca. Créeme.

–  No puedo creerte. Él tenia razón. Vas a hacerme daño.

Finn salió del armario, dejando atrás a un aturdido Zeus. El dios le vio marcharse sin poder evitarlo y sin reaccionar.

Mientras, en la entrada trasera del local, Kevin se acercaba al callejón dispuesto a regresar con los recados de D y listo para empezar a trabajar. Pero, antes de llegar a la puerta, vio a Finn salir del local, agitado y luciendo confuso.

Kevin estaba a punto de llamarle, ya que le veía muy nervioso y se preocupó por su amigo pero una furgoneta negra apareció en el otro extremo del callejón, derrapando y frenando a pocos metros del irlandés. Tres tipos enmascarados se bajaron del vehículo y atraparon a Finn, arrastrándole al interior de la furgoneta a pesar de los esfuerzos del muchacho por liberarse.

Antes de que pudiera hacer nada, ni siquiera gritar por ayuda, la furgoneta con su amigo dentro arrancó de nuevo y desapareció en la noche neoyorkina.

–  ¡Mierda!

 

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¡Nuevo capítulo! Dioses y demonios. : Relato: Dioses y demonios. Capítulo 9.

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Relato: Dioses y demonios. Capítulo 9.

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–  ¿Estás seguro de querer hacer esto?

–  No… pero tampoco me han dejado más opción.

Zeus observó como Hades convocaba su poder para activar un espejo mágico con el que iban a invocar al demonio. Al no saber el nombre del demonio, la invocación era imposible para un mortal, pero no para el señor del Inframundo.

Hades conocía todos los demonios existentes y tenía a su disposición artilugios para invocarlos, atraparlos o lo que necesitara en ese momento.

El dios de la muerte empezó a recitar un antiguo ritual y el espejo se volvió negro. Al acabar el hechizo, unos ojos rojos aparecieron en el cristal del espejo.

–  ¿Quién me invoca? – los ojos se clavaron en Zeus y un gruñido resonó, haciendo temblar el espejo. – ¡Tu!

–  Si, yo. Tenemos que hablar.

–  ¡No voy a permitir que vuelvan a encerrarme! – gritó el demonio, haciendo temblar no solo el espejo, si no toda la sala donde se encontraban los dos dioses. Zeus rodó los ojos, molesto.

–  No tengo intención de encerrarte. No me importa ni interesa tu existencia, siempre y cuando no intervengas mientras estoy con Finn. Y, siempre y cuando, no le hagas daño.

El demonio rio. Una risa cruel y estridente.

–  Jamás podría herirle. Si a él le ocurre algo, yo desaparezco.

–  Entonces ambos queremos mantenerle a salvo.

–  No lo estará contigo. En algún momento, tu pasado y tú le haréis daño.

–  No voy a permitir que eso pase.

–  No vas a poder evitarlo. Los humanos dicen que la gente no cambia… y tienen razón. La gente no cambia. Y los dioses, menos.

Hades, quien hasta ese momento había permanecido en silencio, carraspeó, luciendo ligeramente incomodo con esa conversación.

–  Siento interrumpir esta interesante conversación pero tengo planes con mi esposa en una hora y preferiría que no me pillara invocando demonios cuando estoy en mis vacaciones. Entiendo y comparto tus dudas, demonio. — añadió, dirigiéndose directamente al espejo, ganándose un bufido de indignación de Zeus. — Pero la palabra de un dios aun vale. Si él compromete su palabra, está obligado a cumplir. — el otro dios asintió.

–  Te doy mi palabra de que no voy a permitir que nadie ni nada haga daño a Finn, ni a ti.

Los ojos del demonio brillaron antes de desaparecer del espejo sin dar una respuesta. Ambos dioses intercambiaron una mirada, soltando un suspiro.

–  Bueno… no ha ido tan mal.

En otra parte de la ciudad, Finn descansaba en su apartamento, esperando la hora adecuada para hacer una llamada internacional. Cuando comprobó que ya era de día en Irlanda, su tierra natal, cogió su móvil y marcó el numero de la persona con la que quería hablar.

Tenia preguntas que solo encontrarían respuesta al otro lado del planeta.

–  ¿Abuelo? Necesito hablar contigo.

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¡Nuevo capítulo! Dioses y demonios. : Relato: Dioses y demonios. Capítulo 8

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Relato: Dioses y demonios. Capítulo 8.

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–  ¿Seguro que te encuentras bien?

Finn suspiró, cansado.

No, no se sentía bien para nada. Llevaba teniendo pesadillas, soñando con la voz de sus fantasías infantiles y con lo ocurrido en el restaurante desde que despertó desorientado en su habitación.

La voz no había vuelto a hablarle, pero sentía su presencia oscura rodeándole como una manta.

También llevaba desde ese día esquivando a Zeus. La voz no le quería cerca y Finn temía que volviera a salir y atacar si estaba cerca. Así que decidió rehuirle y evitarle a toda costa.

Semejante situación le estaba causando una gran tensión nerviosa y la falta de sueño no ayudaba para nada.

No, no se sentía bien para nada.

–  Estoy bien, Kevin. En serio.

–  Pues te ves como la mierda, perdona que te diga.

– ¡Wow! ¡Gracias, Kev! ¿Para qué necesito enemigos con amigos como tú?

Kevin soltó una sonora carcajada.

–  Lo siento, pero ¿te has mirado en el espejo? Parece que te ha pasado un camión por encima. Además…

El chico se interrumpió cuando oyó la puerta abrirse. Al girarse, se encontró con Zeus entrando a la zona donde ellos estaban, luciendo como si buscara a algo.

O, más bien, a alguien.

Cuando Kevin estaba a punto de hacerle señas, escuchó una maldición a sus espaldas y un golpe seco. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que Finn había saltado la barra y estaba escondido, tirado en el suelo, para evitar que Zeus le viera.

Zeus le dedicó una débil sonrisa antes de salir de nuevo de la habitación. Parecía preocupado y algo perdido con todo el asunto.

Aunque no más de lo que él mismo se encontraba en ese momento.

¿Qué cojones había sido eso?

–  ¿Se ha ido ya?

–  ¿Qué cojones estás haciendo?

–  No puedo verle ahora mismo. No hasta que averigüe que está mal conmigo. – su amigo le dio una mirada lastimera.

–  Finn, no hay nada mal contigo.

–  Si lo hay. Oigo una voz en mi cabeza… ¡eso no es normal! Hasta que no esté seguro de que no me estoy volviendo loco y no soy un peligro para nadie, no quiero a Zeus cerca. No puedo permitir que «eso» le haga daño.

Kevin conocía su historia con la voz. Fue quien le descubrió teniendo un ataque de nervios después de que volviera a escucharla y Finn le contó todo, pensando que su amigo creería que estaba perdiendo la cabeza o algo así. Sin embargo, se mostró bastante comprensivo y le tranquilizó, echando la culpa al cansancio y a la presión de una primera cita tan improvisada.

Pero la voz no se marchó ni cuando descansó, si no que regresó con más fuerza aun y Finn cada vez notaba más dificultad a la hora de silenciarla y empezaba a asustarse.

¿Qué pasaría si volvía a controlarle como en el restaurante?

La voz no quería a Zeus cerca. Le odiaba, aunque el chico no conseguía entender el por qué. No podía dejar que le hiciera daño.

–  Tengo que averiguar cómo librarme de esto.

Mientras, Zeus decidió hacer una llamada a alguien con quien no hablaba desde hacía mucho pero era al único que podía recurrir para lo que deseaba hacer.

–  ¿Hola? Hades… necesito tu ayuda para invocar a un demonio.

 

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¡Nuevo capítulo! Dioses y demonios. : Relato: Dioses y demonios. Capítulo 7.

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Relato: Dioses y demonios. Capítulo 7.

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–  ¿Cómo se te ocurre no decirme que el chico es el recipiente de un demonio?

Dioniso resopló, frustrado.

–  ¡Pero si no me hablabas! ¿Cómo iba a decirte nada así? — Zeus le dirigió una mirada torcida. — Mira, padre… sinceramente, no pensé que te importaría.

–  Me importa cuando dicho demonio intenta matarme. A mí y a todos alrededor. Tu amigo puede que pida explicaciones por el destrozo de su local.

–  Ya me he hecho cargo de hacer desaparecer todo eso… recuerdos del personal incluidos. — cómo su padre no parecía muy convencido, añadió. — Es la primera vez que se manifiesta el demonio. Su familia lleva siendo su recipiente desde hace milenios y nunca los ha usado antes.

Zeus suspiró, cansado.

Tras desmayarse Finn, tuvo que cargar con el chico hasta el local de su hijo y sufrir un interrogatorio por parte de los amigos de Finn, en el que tuvo que inventarse una historia sobre un exceso de cansancio del chico para justificar que llegara inconsciente.

Sus amigos no le creyeron demasiado pero como Finn estaba bien y no recordaba nada desde el postre pues acabaron por aceptar la historia.

–  ¿Cómo es posible que no sepa nada del asunto?

–  Su familia lo habrá olvidado, supongo. ¿Quién va a creer algo así? Seguramente, la historia se convirtió en cuento y la dejaron en el olvido.

–  ¿Y no has pensado decírselo?

–  No es asunto mío. — respondió Dioniso, encogiéndose de hombros. — Y no tengo ganas de enfrentarme a ese demonio. Tiene pinta de ser muy antiguo.

–  Eso parece.

–  ¿Qué vas a hacer?

He ahí la pregunta del millón.

¿Qué iba a hacer con todo eso?

La respuesta era bastante simple. O fingía que había perdido interés en el chico y dejaba de verlo para evitar al demonio o…

–  Supongo que tendré que acostumbrarme a la amenaza del demonio.

–  ¿Vas a seguir viéndolo?

–  ¡Por supuesto! ¿Cuándo algo así me ha impedido ver a alguien? — Dioniso rio.

–  Te recuerdo que no tienes poderes. No le provoques innecesariamente.

Mientras, en otra parte del edificio, un todavía aturdido Finn se miraba en el espejo, inseguro de lo que veía.

Había despertado en su habitación, en su cama, vestido y solo. Eso le asustó porque no recordaba cómo había llegado ahí ni que ocurrió después de cenar.

¿Le había drogado Zeus? ¿Y por qué estaba vestido?

Su amigo Kevin apareció un minuto después y le contó lo que había ocurrido, versión Zeus. Que perdió el conocimiento por cansancio. Como llevaba más de veinticuatro horas sin dormir, no era una idea absurda, la verdad. Pero no le había pasado nunca.

Después de marcharse Kevin, Finn decidió tomar una ducha y relajarse. Fue ahí, al cerrar los ojos bajo el agua, cuando le vinieron imágenes de sí mismo en el restaurante. Como si fuera una película, se vio destrozar el local, intentar atacar a Zeus mientras sus ojos se volvían rojos y una especie de aura oscura le rodeaba.

Fue muy extraño. Pero no más que la voz que resonó perfectamente clara en su cabeza.

«¡Nadie volverá a encerrarme jamás!»

El chico se estremeció. Había oído esa voz antes. Mucho tiempo atrás, cuando era un niño. Era una voz que le hablaba y contaba historias y a la que él respondía como si fuera un amigo imaginario.

La olvidó al crecer, pensando que no era más que una fantasía infantil.

Asustado, cerró los ojos.

–  No eres real… no eres real… no eres real… — murmuró, estremeciéndose. Pero al abrir los ojos y mirar a su reflejo, se vio con los ojos rojo sangre.

«¡Oh! ¡Si que lo soy!»

 

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¡Nuevo capítulo! Dioses y demonios. : Relato: Dioses y demonios. Capítulo 6.

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Relato: Dioses y demonios. Capítulo 6.

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–  Bueno… de todas las situaciones que podía imaginar para acabar esta noche, esta no se me pasó por la cabeza, la verdad. — murmuró Zeus, escondido bajo la mesa del restaurante.

La mañana había empezado tan bien…

Recogió a Finn cuando acabó su turno y lo llevó a dar un paseo por Central Park, viendo amanecer desde el parque.

Luego se dirigieron a un restaurante propiedad de un amigo de Dioniso. Su hijo se encargó de que el local estuviera abierto y a su disposición para que Zeus pudiera agasajar a su cita como debía ser.

¡Y la cena/desayuno fue deliciosa!

Todo iba perfecto.

Hasta que intentó besar al chico. En ese punto todo se fue a la mierda.

A su hijo no se le ocurrió comentarle que el chico era el recipiente de un demonio, el cual, al creerse amenazado por la presencia excesivamente cercana de un dios, había decidido salir, tomar el control de su recipiente e intentar destruir todo a su alrededor.

Por eso, en ese instante, se encontraba escondido debajo de una mesa del restaurante mientras su cita, cuyos ojos habían pasado de azul cielo a rojo sangre, hacia volar los muebles del local.

–  ¡Ningún dios o humano va a volver a controlarme jamás! — gritaba el chico/demonio.

–  Esto es ridículo. — gruñó Zeus, esquivando por poco una botella. — ¡Ey! — el dios salió con cautela de su escondite, levantando las manos en son de paz. — ¿Podemos hablar un segundo?

Sorprendentemente, el demonio se detuvo, mirándole fijamente con sus ojos rojos y una silla a medio romper en sus manos. Zeus pudo comprobar que solo había tomado control del cuerpo del chico. No se había transformado en nada monstruoso aunque la ropa del muchacho estaba rota por los movimientos bruscos que había realizado mientras destrozaba el local.

–  ¿Con cual nombre debo llamarte, demonio?

–  Los nombres son poder. No voy a darte ese poder sobre mí. — rugió el demonio. — Y menos a un dios. — añadió con desprecio.

Zeus arqueó una ceja, intrigado y sorprendido. No escuchaba sobre el poder de los nombres desde la antigüedad. Era una creencia milenaria, mucho más vieja que cualquier religión humana existente, de cuando se creía en que si poseías el nombre escrito de alguien podías controlar su alma.

Eso significaba que ese demonio era muy antiguo. Probablemente.

–  Esta bien. Comprendo. Nada de nombres. — concedió, acercándose un paso. — Pero estaba pasando un rato muy divertido con Finn y me gustaría que regresara para que siguiéramos nuestra cita. Él no sabe de tu existencia, ¿verdad? — el demonio ladeó la cabeza, el movimiento y la mirada en sus ojos dándole un aire animal y salvaje al chico.

–  Yo tampoco sabía de ti, demonio. Y, sinceramente, no me importa. Solo me interesa Finn. — el demonio rio.

–  No voy a dejar que me encierres, dios. Conozco tu historia. Ya encerraste a otros como yo en el pasado. — eso era, en parte, cierto. Zeus encerró a varios demonios y titanes en su juventud. Entre otros que le molestaban para tomar el poder, en aquel momento.

Pero hacía ya mucho tiempo que el poder y todo lo que conllevaba había dejado de interesarle. Cierto que aun pensaba en los días dorados como dios de dioses pero… su hija tenia razón. Los humanos hacía mucho que dejaron de necesitarles y creer en ellos.

Era hora de vivir y punto.

–  Como has dicho, eso fue en el pasado. Ya no tengo ese poder. No desde hace siglos. Y no me interesas. Me interesa el chico.

Su declaración sacó una carcajada seca del demonio.

–  También conozco tu fama en ese tema… Zeus.

«¡Como no!» pensó amargo el dios. Su pasado le había traído siempre más problemas y sinsabores que satisfacciones y se arrepentía de muchas cosas que hizo por un calentón.

–  Eso también hace siglos que deje de hacerlo. No sale muy a cuenta ser infiel. Demasiados problemas. Y Hera hace mil años que me mandó a paseo por mis estupideces. Te puedo asegurar que no pretendo hacer daño al chico. Solo quiero conocerlo. Y con eso no te digo que vaya a salir bien, porque no lo sé pero me gustaría intentarlo.

El demonio le miró con sorna pero bajó la silla que aun tenia en sus manos.

–  Si le haces daño, volveré. Si le dices la verdad sobre esto, volveré. Si tratas de deshacerte de mí, volveré y acabaré contigo. Sé que ya no tienes poderes, dios.

Y con esas palabras finales, los ojos de Finn volvieron a ser azules y toda presencia del demonio desapareció del lugar. El chico miró a su alrededor, confundido y desorientado un segundo antes de caer al suelo inconsciente.

–  Bueno… para ser una primera cita no ha ido tan mal. — ironizó Zeus.

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¡Nuevo capítulo! Dioses y demonios. : Relato Dioses y demonios. Capítulo 4.

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Relato: Dioses y demonios. Capítulo 4.

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–  Oye, Finn…

Finn se detuvo al oír su nombre y vio a su jefe haciéndole gestos para que se acercara. Dejó las botellas que llevaba sobre la barra y se acercó. No era muy habitual que Dioniso se dirigiera personalmente a los camareros pero, en los últimos días, parecía que hubiera descubierto su existencia.

Y todo a causa de Zeus.

Desde que el chico apareciera allí con el misterioso hombre, Dioniso le había llamado para interrogarle sobre cómo se encontraron y que había pasado. Ya había contado la historia tres veces. Esperaba que no tuviera que repetirla una vez más.

Todo resultaba bastante extraño. No había vuelto a ver a Zeus y su jefe parecía extraordinariamente nervioso e irascible desde que llegó al club.

–  Dígame, jefe.

–  Tengo un trabajo para ti.

–  Creía que ya trabajaba para usted. — repuso el chico con algo de sorna.

–  Ya, ya… no me refiero a servir copas. Veras, estoy un poco preocupado por mi… amigo.

–  El tipo del otro día.

–  Me gustaría que te ocuparas de él.

–  No soy una niñera, ni una prostituta. — contestó a la defensiva.

Por desgracia, su aspecto hacía creer a más de uno que tenían derecho a usarle. Daba igual cuanta musculatura hubiera ganado en los últimos años, cuanto peso pudiera levantar o a cuantos pudiera vencer en una pelea… su rostro seguía siendo excesivamente infantil y daba lugar a malentendidos.

Dioniso levantó las manos en son de paz y le dirigió una mirada de disculpa.

–  Vale, ha sonado bastante mal. Lo siento. No quiero que hagas de niñera. Ni tampoco lo otro. — le hizo un gesto para que se sentara en la silla frente a su escritorio. — Pero el otro día parecía que os llevabais bien y, créeme, no es una persona fácil de tratar. Es insoportable, por decir poco. Tienes muy buena mano con la gente y, a lo mejor, consigues averiguar qué le pasa y que salga. No es que me moleste que se quede en el apartamento pero esto no va a llevar a nada bueno. Lo sé.

–  Si lo conoce tan bien, ¿por qué no va usted?

–  Ya he intentado hablar con él y me ha tirado una tostadora… — Dioniso dio un largo suspiro. — Considéralo como un trabajo opcional. Te pagaré igual que cuando sirves aquí. Te pagaré el doble. Yo podré respirar tranquilo sabiendo que no va a prenderle fuego al edificio o algo por el estilo.

Finn decidió ceder. Era la primera vez que le pedían algo así pero… no le vendría mal el dinero extra. ¿Qué era lo peor que podía pasar?

–  Voy a intentarlo. Pero si no me abre la puerta, volveré a mi turno normal y me va a pagar esta semana doble.

–  ¡Hecho!

Finn suspiró, preguntándose qué clase de historia tenían esos dos. Dioniso parecía atemorizado con la idea de tratar con Zeus. Se suponía que eran amigos… ¿verdad? ¿Por qué entonces se llevaban tan mal?

¿Y por qué decía que era insoportable? Le había parecido un tío de lo más normal. Llegó a la tercera planta y se paró frente a la puerta de la derecha, donde le habían indicado que estaba alojándose Zeus.

En el pasillo pudo ver lo que eran los restos de una tostadora. Vaya… al parecer Dioniso no exageró con eso, pensó riendo por lo bajo al imaginarse la escena.

Llamó a la puerta y esperó… y esperó… y esperó…

Volvió a llamar más fuerte. Tres veces seguidas. Al minuto, un muy despeinado y sucio Zeus abrió, con aspecto de acabar de levantarse de la cama y de muy malas pulgas.

Llevaba unos pantalones de pijama arrugados, no se había afeitado ni peinado ni… ni bañado desde que llegó si hacía caso al olor ocre que le llegó a su nariz.

¡Agh!

–  Hola. — saludó, dando un paso atrás por el olor. ¡Dios, olía a cerrado y a sudor!

–  Creí que era Dioniso…

–  D pensó que conmigo no tirarías más tostadoras. — Finn sonrió suavemente. — ¿Puedo pasar?

–  ¿Para qué?

–  Para hablar… y abrir una ventana… — gruñó, empujando a Zeus a un lado y entrando al apartamento. Dentro olía peor. — ¡Tío! ¿Qué has hecho? ¿Matar a alguien y dejar que se pudra dentro? ¡Apesta!

Zeus vio impotente como el chico entraba y abría las persianas y ventanas, dejando entrar la luz y el aire fresco.

¿Es que no le podían dejar deprimirse en paz?

Solo quería estar solo, ya que sus hijos habían decidido sin consultarle lo de dejarle tirado en la Tierra sin poderes.

–  D dice que llevas cuatro días sin salir. ¿Por qué? — le preguntó, cuando acabó de abrir las ventanas y el olor había casi desaparecido. — Pensaba que estarías de turismo o algo así.

–  No tengo a donde ir. Ni a quien ver.

La afirmación fue hecha con tal tono apesadumbrado que llamó la atención del muchacho. Tal vez no fuera mala idea sacar al tipo de ahí antes de que acabara deprimido del todo.

–  Una pregunta estúpida… ¿para qué viniste si no tienes a quien visitar?

–  No fue idea mía. Yo estaba muy bien en mi casa, tranquilo. Pero mi… hija decidió que era muy buena idea traerme aquí y dejarme en la puerta de Dioniso… y no puedo regresar a mi casa hasta que ella lo diga.

–  ¿Por qué?

–  Er… están fumigando…

–  No me extraña… igualmente, deberías considerar esto como unas vacaciones y disfrutarlas.

–  Eso mismo dijo Dioniso.

–  Las mentes brillantes piensan igual. Ve y dúchate… vístete y haz turismo

–  No.

–  Lo voy a poner de otra manera. Iremos a hacer turismo. Nada mejor que un irlandés para enseñarte Brooklyn.

Resultó que el paseo no fue nada aburrido para ambas partes. Finn disfrutó más de lo que había pensado enseñando la ciudad al otro hombre, quien después de librarse de ese amargo humor llegó a ser una grata compañía.

Zeus era un tipo raro. Se expresaba de manera anticuada y muy correcta, rara vez soltaba una mala palabra y hacia afirmaciones de lo más extravagantes. Pero tenía un buen sentido del humor, algo negro y respuestas rápidas y mordaces para casi todo.

A Finn no le había pasado desapercibido lo atractivo que era. Zeus tenía casi todo su cabello gris, pero no debía tener más de cuarenta y cinco. Eso ya implicaba que le llevaba veinte años y, aunque, por norma, no solía fijarse en alguien tan mayor, no pudo evitarlo. Resultaba muy atractivo con esos ojos celestes y la sonrisa de medio lado que no prodigaba demasiado. Y lo había visto sin camiseta. Puede que no estuviera tan marcado como él, pero tenía poco que envidiarle.

Así que, si su jefe le iba a pagar por salir de paseo con un tipo guapo e interesante… bienvenido fuera.

–  ¿Cuánto te paga mi hijo por hacer esto? — la pregunta le pilló por sorpresa a Finn, quien se sonrojó. — No soy tonto. Agradezco el paseo, de verdad. Y la compañía. Pero sé que no ibas a presentarte voluntario para esto. No nos conocemos de nada.

–  No me paga… exactamente. Si te hacia salir, me libraba del turno de hoy. Un día sin trabajar y cobrando. Ha resultado un buen negocio. — repuso, encogiéndose de hombros. El chico cogió su móvil y le hizo una foto a Zeus, que arqueó una ceja, interrogante.

–  ¿Y eso? ¿Prueba grafica de que he salido? — preguntó, divertido.

–  ¡Nah! ¡Eres muy fotogénico! — el chico miró la imagen y sonrió. – Haría una sesión fotográfica maravillosa contigo.

–  Estaría encantado de tener una “sesión maravillosa” contigo. — Finn soltó una carcajada, divertido.

Le resultaba muy entretenida la forma en que Zeus coqueteaba con él, cuando tenía ocasión. Ya debía ser la tercera o cuarta en ese día y seguía pareciéndole gracioso. Normalmente, cuando alguien desconocido le insinuaba algo, solía darle mala impresión. No le gustaba la gente tan directa pero por alguna razón, no le ocurría con él.

¿Sería por qué le encontraba atractivo?

–  ¿Siempre eres tan descarado? — le preguntó, intentando disimular el ligero sonrojo. El otro sonrió más abiertamente.

–  Depende de a quien preguntes. Yo prefiero verme como decidido a descarado. — respondió. — Pero si, imagino que siempre he sido así. ¿Te molesta? — su rostro se volvió serio en un instante. — Si te resulta incómodo, solo tienes que decirlo y dejare de molestarte.

–  Nah… no me molesta. Creo que puedo manejarte. — Zeus se mordió el labio, sonriendo como si estuviera conteniéndose el contestar y el chico no pudo evitar reír. — No sé si esa sonrisa es por qué quieres volver a darle la vuelta a mis palabras o por qué crees que no puedo manejarte.

–  Oh, estoy seguro de que puedes manejarme… muy bien, de hecho. – esa afirmación hizo soltar una carcajada al chico, que se sonrojó de nuevo.

–  ¡Eres un caso perdido!

Zeus sonrió, viendo reír al chico. Le gustaba el muchacho. Habría que ser ciego para que no te gustara. Era muy guapo, con esos ojos azules y el cabello corto negro y la sonrisa perpetua en sus labios. Y el cuerpo que se adivinaba bajo la ropa parecía de lo más apetecible. Estaba más que en forma.

Además, había algo muy especial en él. Especial del tipo mágico, pero muy leve. Tanto, que dudaba que el mismo muchacho supiera de su existencia. Probablemente, pensó, debía ser un descendiente lejano de alguna criatura de la Comunidad mágica.

Así que si, le gustaba. Era simpático, divertido y con una energía inagotable. No sabía si era gay o hetero o bi, pero parecía que sus cumplidos y sus coqueteos le resultaban divertidos y aun no le había parado los pies.

Y, mientras no lo hiciera, seguiría tonteando. Por eso le había preguntado, pero el chico le devolvió la indirecta en vez de contestarle. Bueno, lo volvería a intentar en otra ocasión.

–  ¿Te apetece comer? Creo que deberíamos aprovecharnos de la generosidad de D y comer en algún sitio caro. Muy caro. Excesiva y ridículamente caro. — Finn sonrió.

–  Conozco el sitio perfecto.

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¡Nuevo capítulo! Dioses y demonios. : Relato: Dioses y demonios. Capítulo 3.

dioses demonios

Relato: Dioses y demonios. Capítulo 3.

dioses demonios– ¿Zeus? ¿Cómo el dios griego? — ¡Oh, aún quedaba gente que les recordaba!

Zeus se pateó mentalmente. Tenía que empezar a tener cuidado con que decía y hacia si iba a vivir ahí una temporada. Los humanos no dejaban pasar ni una y no quería acabar en un manicomio o algo parecido.

¡Lo había visto en las novelas de la televisión!

–  Si… mis padres eran muy fans de la mitología. — mintió, mostrándole su mejor sonrisa y esperando sonar convincente.

Al tal Finn parecía hacerle gracia, ya que le devolvió la sonrisa y empezó a andar hacia la salida del callejón, indicándole que le siguiera.

–  ¿Así que eres amigo de D? — le preguntó el chico. Zeus se quedó mudo, sin saber que contestar exactamente. No podía revelar su parentesco. A penas parecía un par de años más mayor que Dioniso. — ¿Desde hace mucho?

–  Toda la vida, se podría decir. — contestó, finalmente. Las medias verdades valdrían por ahora. — ¿Es buen jefe? ¿De qué trabajas?

–  Es buen jefe. De los mejores que he tenido, de hecho. — Finn se frotó el cuello. Parecía incomodo por algo. — Siempre ayuda a quien puede. Y soy camarero. Su club es un poco… peculiar, pero se respeta a todo el mundo y me paga los estudios.

¿Peculiar? ¿Qué clase de bar regentaba Dioniso? Hasta donde él supiera, su hijo solo disfrutaba de beber y beber y beber…

Pero, regresando a su joven acompañante…

–  ¿Qué estudias?

–  Fotografía.

El dios dio un largo repaso al chico, mirándole descaradamente. Fotógrafo, ¿eh?

–  ¿En serio? No sé cómo resultaras de fotógrafo pero serias un gran modelo… — sí, estaba coqueteando. ¿Qué? ¡No podía evitarlo!

Finn sonrió más ampliamente y se sonrojó un poco. ¡Tenía pecas!

–  Gracias pero estoy más cómodo al otro lado del objetivo. — se detuvo frente a un enorme edificio, más parecido a una nave industrial que a un bar. — ¡Ya hemos llegado! No te separes de mí. Esto está lleno hoy. Buscaremos a D para que podáis hablar.

El chico tenía razón. El local estaba lleno hasta la puerta y con una cola en la entrada que daba la vuelta a la calle. Efectivamente, el edificio era una antigua nave industrial, le informó Finn. Una fundición que cerró hacía décadas y que habían reformado por completo.

Sobre la entrada, un enorme cartel de neón con el nombre del bar brillaba en la noche.

En el interior la música tecno y las luces de colores hacían el ambiente agobiante y molesto a la vista pero la gente parecía estar disfrutándolo mucho. Finn le cogió de la muñeca y tiró de él entre la multitud.

Recorrieron las pistas de baile, esquivando gente, hasta llegar a una de las barras, donde Finn habló con uno de los camareros. El ruido impidió a Zeus poder escuchar la conversación pero los gestos del chico tras la barra eran bastante claros.

Señalaban hacia lo que parecía un reservado o zona vip. Y allí, en una de las mesas, estaba sentado Dioniso.

Su hijo tuvo la decencia de lucir avergonzado cuando le vio. El chico se acercó a él, aun tirando del dios.

–  ¡D! Este señor te estaba buscando.

–  Gracias, Finn. Ya me ocupo. — el chico desapareció tras la barra y Zeus le vio irse, esperando que volvieran a verse. — Padre…

–  Hola, D… — saludó con tono sarcástico. — Imagino que tu hermana te habrá puesto al día sobre sus planes…

–  Y espero que no estés de acuerdo y que me ayudes a regresar a casa.

–  Uhm… no.

Zeus se quedó ojiplático. Eso no se lo esperaba. ¿Tampoco Dioniso iba a ayudarle? ¿Por qué sus hijos se volvían contra él?

–  ¿Cómo qué no?

–  Padre, Atenea tiene razón. Estabas a punto de hacer una estupidez. Aquí, al menos, te tenemos controlado. — Zeus gruñó, pero Dioniso le ignoró. — Piensa que son como unas vacaciones pagadas. Tienes donde quedarte, dinero y lo que necesites. Haz lo que te dé la gana y disfruta. Simplemente, no te metas en líos.

–  Cuando recupere mis poderes pienso freíros a los dos con un rayo…

Dioniso se levantó, encogiéndose de hombros. Lucía resignado con su papel de guarda de su padre.

–  Lo sé. Créeme que lo sé. Pero mientras… ¿Por qué no haces lo que más te gusta? Mira a tu alrededor. — señaló a la pista de baile, donde la gente bailaba, ignorantes de lo que ocurría en el reservado. Los ojos de Zeus, sin embargo, fueron hacia la barra, donde Finn ya estaba poniendo bebidas a los clientes. — Estamos rodeados por la belleza. Y aquí no está Hera para impedir que te diviertas.

¡Ouch! ¡Eso había sido un golpe bajísimo por parte de su hijo! Cierto que nunca supo ser fiel a su esposa, pero, al contrario de la creencia popular, él la quería. Simplemente, no podía evitar engañarla. Era incapaz de ignorar la belleza a su alrededor. Vivía de conquistar esa belleza y disfrutarla.

Pero eso era antes… en ese momento, traicionado y sin poderes, no se sentía con ánimos para ello.

–  Si… mejor no. Tu hermana ha mencionado una casa o un apartamento…

–  Si, si, está en este mismo edificio. Justo encima. Lo compré entero con la intención de alquilar los apartamentos pero resulta que casi nadie quiere vivir encima de un club… Así que los tengo por si alguna vez no quiero volver a casa o por si alguno de los chicos necesita un sitio donde quedarse por alguna emergencia. — su hijo le hizo un gesto para que le siguiera y ambos salieron del reservado por un pasillo que les alejaba del ruido del club.

–  Al menos eres mejor jefe que hijo… — repuso, acido. Dioniso le arqueó una ceja.

–  En serio, padre… no eres quien para protestar. Tampoco has sido el padre del año.

Mientras hablaban, los dos habían traspasado una puerta que daba a un largo pasillo en donde subieron a un ascensor hasta la tercera planta. Al llegar, Zeus vio dos puertas. Al parecer, Dioniso había construido dos apartamentos por planta, lo que haría un total de seis en todo el edificio.

Entraron por la puerta de la derecha y la sorpresa del dios fue enorme al comprobar el tamaño del apartamento.

Era un gigantesco loft, con una enorme cocina americana, dos habitaciones, un gimnasio y un baño completo con jacuzzi incluido.

–  Un poco excesivo, ¿no te parece? — Dioniso se encogió de hombros.

–  Si vas a hacer algo, hazlo bien. — se limitó a contestar. — En el dormitorio hay ropa de tu talla. Me temo que Atenea no te ha dejado mucha elección sobre el estilo.

–  Deja que adivine… ¿más vaqueros?

–  Sin duda. En serio, padre… no lo hagas más difícil. Disfruta estos días como si fueran vacaciones y, cuando a mi hermana se le pase la tontería, podrás regresar a casa.

–  Dudo que disfrute nada de aquí.

–  Eso es tu elección.

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Capítulo 2. Dioses y demonios. : Relato: Dioses y demonios. Capítulo 2.

dioses demonios

Relato: Dioses y demonios. Capítulo 2.

dioses demonios

Lo malo que tenía el teletransporte involuntario, era que no podías escoger dónde y cómo aterrizar.

Eso era en lo que pensaba Zeus después de caer nada dignamente en mitad de un callejón sucio y oscuro y hacerse polvo las posaderas.

¿A dónde lo había enviado su hija? Se puso de pie y sacudió sus ropas, ahora sucias. ¡Un momento! ¿También había cambiado su ropa? Había pasado de llevar su cómoda túnica a vestir unos vaqueros y una camisa negra.

¿En serio? ¿Vaqueros? ¿No había algo menos divino para vestir?

Bueno, el paseo había sido muy divertido (no) pero él no iba a quedarse en la Tierra. Iba a regresar al Olimpo y ver su programa favorito.

Atenea ya había hecho su gracia. Ja, ja. Pero se acabó.

Sin embargo, al intentar teletransportarse de vuelta a casa se dio cuenta de que no podía. Intentó convocar una tormenta y tampoco funcionó.

Nada. Ni un simple rayito.

¿Le había dejado ahí y sin poderes?

–  ¡Atenea! – gritó al callejón vacío. – ¡Atenea! ¡Déjame regresar a casa!

Un papel apareció en el aire frente a él. Zeus lo cogió al vuelo y fue poniéndose más y más rojo de furia mientras leía.

“Querido padre: lo siento pero no puedo permitir que nos fastidies a todos solo por aburrimiento. Estás en Nueva York, cerca del club de Dioniso. Te he preparado un pequeño apartamento en su edificio con ropa y dinero para que no te falte nada. Mi hermano te dirá cómo encontrarlo. Intenta no llamar mucho la atención y recuerda que seguimos sin comprobar si somos o no inmortales, así que no te metas en líos. Te quiere, Atenea.”

–  Voy a matarla cuando regrese… Si es que me deja regresar. Niña entrometida… Y ahora… ¿por dónde se irá al club de Dioniso? ¿Y cómo sabré cuál es? – se preguntó saliendo del callejón a la calle principal.

Otro papel apareció de la nada delante de sus narices. En ese había una dirección y un pequeño mapa dibujado. Al parecer, el bar estaba cerca de ahí.

Precisamente, se encontraba en una zona llena de bares y clubs. Todos con grandes carteles de neón y luces de colores chillones. Parecían exactamente lo mismo. ¿Cómo saber cuál era el de su hijo?

Decidió caminar entre los bares y ver si encontraba la dirección cuando dos tipos más grandes y corpulentos que él le sujetaron y volvieron a meter en el callejón, a la fuerza. Sorprendido, Zeus miró a sus atacantes sin saber muy bien cómo reaccionar, así que se quedó quieto mientras los otros dos lo acorralaban contra la pared.

–  Muy bien, viejo… – ¿viejo? – Danos todo lo que tienes y no te pasara nada.

¿En serio? ¿Le estaban robando? ¿Y llamando viejo, además? ¿Cómo se atrevían?

Zeus se enfureció e intentó acercarse para darles su merecido pero su fuerza, al igual que sus poderes había quedado reducida a la de un simple humano. De un manotazo, el matón que había hablado le empujó contra la pared de nuevo.

¡Qué humillante!

Zeus pasó de enfadarse a asustarse. Sin poderes, sin fuerza sobrehumana… y siendo atracado por dos matones… ¿Era así como iba a acabar? ¿En un callejón? ¡Iba a matar a Atenea como saliera de esa!

–  ¡Ey! ¡Dejadle en paz!

Los tres miraron sorprendidos a la entrada del callejón a la vez y se encontraron con un chico. No debía tener más de veinticinco, alto, con el cabello negro y corto y unos ojos azules que destacaban como faros en una noche oscura.

Era absurdamente atractivo. Incluso asustado y confundido, el dios no pudo más que fijarse en lo hermoso que era el muchacho.

Se regañó a sí mismo. ¿Cuándo iba a empezar a pensar con el cerebro en vez de con otra parte de su anatomía? Eso era lo que siempre le metía en líos.

–  ¡Metete en tus asuntos, niñato! – chilló uno de los matones que intentaban robarle.

El niñato, como el matón le había llamado, no se molestó en contestar. Simplemente, se lanzó y golpeó a los matones con un buen par de puñetazos y patadas que les hizo retroceder y huir despavoridos calle abajo.

Zeus se quedó mirando atontado a su salvador, quien en ese instante recogía el paquete que había dejado caer antes de ayudarle. Atractivo y sabía luchar. Esos golpes eran de profesional, no de aficionado.

–  Menudos chorizos… – le escuchó gruñir, acercándose a él. – Espero que no te hayan quitado nada. ¿Estás bien? – de cerca era aún más guapo.

Le recordaba un poco a su Ganimedes. No físicamente, porque Ganimedes era rubio y delicado y este chico tenía un cuerpo fuerte y musculoso. Pero su actitud justiciera le recordaba al antiguo copero por el que se metió en muchos líos con su mujer.

–  Wow… tienes unos ojos preciosos… – si, como primeras palabras dirigidas a quien acababa de salvarlo no resultaban de lo más adecuadas. El chico sonrió y se sonrojó.

–  Creo que si estás bien. Te dejare seguir con tu camino.

–  ¡No, espera! – el dios le cogió de la muñeca, deteniéndolo. El chico miró su brazo y arqueó una ceja, pidiendo sin palabras que le soltara. Zeus lo hizo, después de dar una sutil caricia con el pulgar al pulso del muchacho. – Estoy perdido…

–  ¿Perdido?

–  Si, tenía que reunirme con… un amigo, en su club. Pero no sé cuál es.

– ¿Cómo se llama tu amigo?

– ¿Dioniso? – Zeus recordó en ese momento el papel con la dirección y se lo tendió al chico. – Tengo este mapa, pero no sé orientarme demasiado bien. Es mi primera vez en esta ciudad.

– ¿D? ¡Conozco a Dioniso! Trabajo para él, de hecho, en su club, El Ánfora.

El Ánfora… por supuesto… ¡que típico de Dioniso! El dios tuvo que contenerse para no poner los ojos en blanco.

– ¿Puedes indicarme el camino?

– Te acompañare, que ya me toca entrar a trabajar en un rato. Soy Finn, por cierto. – se presentó, ofreciéndole la mano. Zeus se la estrechó, con una sonrisa de oreja a oreja.

A lo mejor esto de estar en el mundo de los mortales no era tan malo después de todo…

– Zeus.

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