Jack T.R. : Capítulo 1.

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Capítulo 1

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Sus ojos azules se abrieron de par en par, atemorizados.

 

Una rata chilló y corrió hacia ella, saltando entre los charcos que abundaban en el suelo y pasó por su lado antes de huir y perderse en la oscuridad.

 

Como ella deseaba hacer.

 

Sin embargo estaba corriendo desesperada en dirección contraria. Tropezó al interior de ese callejón que los clientes masculinos del bar solían usar cuando no querían esperar su turno en el baño y acabó cayendo al rompérsele uno de sus tacones en una grieta.

 

Se giró, quedando sentada en el sucio suelo, haciendo caso omiso al tacto pegajoso del asfalto bajo sus manos y a las lentejuelas que empezaban a desprenderse de su frágil falda, brillando levemente en la mortecina luz de una farola cercana.

 

Frente a ella la muerte la acorralaba, cerrándole el paso, como un lobo a su presa.

 

Por un segundo deseó estar teniendo una pesadilla. Una de la que pudiera despertar, a salvo en su cama y no ahí, rodeada por contenedores de basura y paredes sucias, cubiertas de carteles desgarrados del último espectáculo de strippers que actuaron la semana anterior.

 

No en aquel lugar, con el sonido de la gente divirtiéndose en el bar y la música estridente del interior como banda sonora de su futura muerte.

 

Porque estaba segura de que iba a morir esa noche.

 

Quería gritar para pedir ayuda, pero no conseguía que le saliera la voz. El miedo y el dolor, producido por un profundo corte en su hombro izquierdo, eran tan grandes que le impedían articular sonido alguno y paralizaban su cuerpo empapado de sudor frío. Solo era capaz de emitir gemidos entrecortados.

 

Con torpeza se llevó las manos a la herida en un vano intento de detener la sangre que manaba sin parar, viendo como sus manos y su top blanco se teñían de rojo rápidamente. Se arrastró un par de metros, sus rodillas raspándose contra el duro asfalto y rompiéndose las medias, tratando torpemente de huir de aquel monstruo.

 

Pero era inútil y lo sabía.

 

No existía escapatoria. Estaba en un callejón sin salida.

 

Pero se negaba a morir. Tan solo tenía veintiocho años y aun le quedaban muchas cosas pendientes. Ahora lamentaba no haber aclarado las cosas con su hermana. Ya no podría hacer las paces con ella y ver al fin a su sobrino, al que no conocía a causa de una estúpida discusión.

 

Estaba atrapada con un monstruo que jamás la dejaría salir de ahí con vida.

 

Ese pensamiento la hizo temblar aún más, el pánico atenazándola y sacándole sollozos mientras su vista se nublaba a causa de las lágrimas.

 

Los rizados mechones de su larga y sedosa melena negra cayeron sobre sus ojos, entorpeciéndole más la visión, cuando aquella cosa agarró su brazo con una fuerza antinatural y la alzó del suelo con un violento tirón. Como si fuera una muñeca de trapo, desencajándole el hombro y sacándole un grito ahogado de dolor.

 

Lo único que pudo ver con claridad al enfrentarse a él fueron sus ojos.

 

No los olvidaría nunca. Era incapaz de apartar la mirada de ellos. Ni siquiera cuando sintió la fría y afilada hoja del cuchillo clavándose nuevamente en su carne y rasgándola pudo desviar la vista.

 

El asesino la hizo girar entre sus brazos y le cortó el cuello. Con extremada lentitud.

 

–  Tú serás mi mayor obra, querida. — le susurró al oído, mientras la tumbaba boca arriba en el suelo.

 

A los cortes en la garganta se sumaron otros más en la cara, en el pecho, en los brazos al tratar de cubrirse y minimizar un daño que ya era inconmensurable. El golpe de gracia, el que la dejó finalmente rindiéndose a lo inevitable, fue en el estómago. El cuchillo se hundió en su interior hasta la empuñadura, subió y ya no se detuvo.

 

Mientras la vida se le escapaba a borbotones y oía la estridente risa de su asesino, su último pensamiento fue para esos ojos dorados. Ni siquiera prestó atención a que estaba abriéndola en canal como si solo fuera un pedazo de carne.

 

Aquellos aterradores y diabólicos ojos que no dejaban de mirarla, brillando anti naturalmente de satisfacción, observándola morir.

 

Charles Andrews despertó bruscamente, encontrándose en su cama y no en aquel callejón de su sueño. Jadeaba entrecortado, con el corazón a mil por hora haciéndole sentir mareado y sin poder dejar de tocarse el cuello donde aún sentía el roce fantasma del cuchillo. La vieja camiseta gris de “The Police” que usaba para dormir estaba empapada de un sudor frio que pegaba el algodón a su piel. Notaba el sabor de la bilis en la garganta, sabiendo que estaba muy cerca de vomitar lo poco que cenó la noche anterior.

 

Para cualquier persona normal, eso podría ser producto de una horrenda pesadilla.

 

Pero él no era alguien normal y una pesadilla ordinaria no le tendría temblando de puro terror y sin aliento. Sabía que ni siquiera todo lo que sentía era exclusivamente suyo. Todavía podía notar el miedo de la chica con la que había soñado, escuchar sus intentos de pedir ayuda, oler la sangre en el aire…

 

Notar el aliento del asesino cuando le susurró al oído.

 

Odiaba sus sueños. En específico los de esa clase.

 

En su familia, en cada generación, siempre existió un miembro que podía ver el futuro mientras dormía. Su padre, por ejemplo. Y, antes que él, su abuelo y su bisabuelo. Toda su rama paterna nació con ese don. Charles prefería llamarlo maldición aunque, probablemente, era una cuestión de perspectiva.

 

Él era uno de los últimos que quedaba con esa habilidad. Sufría, porque no había otra palabra mejor para expresarlo, sueños premonitorios.

 

En cada miembro de su familia esos sueños se manifestaban de manera distinta. Su padre podía ver sucesos con varios días de antelación, mientras que su abuelo veía cosas que podían estar sucediendo en otras ciudades. Charles los vivía en directo, sin opción a poder hacer algo para intervenir.

 

No había una razón que explicara el por qué sus sueños eran de esa manera y, para ser sinceros, tampoco se molestó en investigarlo o consultarlo cuando comenzaron, siendo él un adolescente. Bastante tuvo con lidiar con lo que veía.

 

Pero ese no era el mejor momento para ponerse a pensar en ello.

 

Alguien había muerto esa noche.

 

La chica de su sueño murió asesinada exactamente de la misma manera que él lo había visto y sintió cada cuchillada, cada intento de escapar, cada respiración hasta que su vida terminó. Cada instante con todo lujo de detalles, pero lo más importante, lo fundamental se le escapaba… no había podido ver al asesino.

 

¿Para qué le servía su don si era incapaz de evitar que sucediera lo que soñaba?

 

¿Por qué no podía verlo a tiempo para poder actuar y salvar a la víctima?

 

¿De qué le valía si nunca conseguía ver el rostro de quien realizaba esos actos terribles?

 

Esos sueños solo le desesperaban y frustraban hasta cotas inimaginables.

 

También eran la razón por la que acabó haciéndose policía. Si no podía hacer nada para impedirlos, haría algo para dar algo de paz a quienes veía morir y sus familias.

 

Con un gruñido, decidió levantarse por fin y prepararse.

 

Salió del dormitorio y se encaminó hacia el baño para tratar de borrar esas imágenes de su mente bajo el chorro de agua caliente. El frío del invierno y el sudor que cubría su cuerpo le hicieron estremecerse a pesar de que ya había encendido la calefacción.

 

Al mirarse en el espejo vio las ojeras oscuras que empezaban a profundizarse bajo sus ojos marrones. Hacía algún tiempo que no dormía bien, desde el primer asesinato, cuatro días antes. El cansancio hacía que su piel estuviera más pálida de lo habitual, casi cenicienta y que las pocas arrugas de expresión que solía tener estuvieran más marcadas.

 

Tras una corta ducha, regresó al dormitorio y preparó su ropa. Traje negro, camisa blanca de lino, abrigo de lana, corbata de seda burdeos… regresar a la cama estaba descartado a pesar de ser las seis de la mañana.

 

Hizo un no muy entusiasta intento de peinar su alborotado cabello castaño, el cual siempre decidía por su propia cuenta como quería estar, hiciera él lo que hiciera, y se tocó la barba, ya de una semana. La observó, crítico. Empezaba a verse canas en la barba. Probablemente sería mejor afeitársela, pero ese día no tenía ánimos para hacerlo.

 

Desechó la idea de desayunar y se limitó a tomarse un par de ibuprofenos para la futura jaqueca que ya andaba rondándole. Desayunaría con su compañero cuando acabaran con la escena del crimen. Era un ritual que ambos tenían desde que empezaran a trabajar juntos y lo mejor para asegurarse que no ibas a quedar en ridículo delante de todos los compañeros vomitando cuando el olor o la visión del cadáver te revolviera el estómago.

 

Se sentó en el sofá, frente al televisor e hizo un poco de zapping para matar el tiempo hasta que recibiera el aviso. Dejó el canal de noticias, donde un presentador con más Botox que Cher, hablaba sobre la muerte de un multimillonario en Nueva York.

 

Necesitaba despejar su mente del sueño para poder centrarse en el caso al que inevitablemente le iban a asignar.

 

Efectivamente, media hora después su móvil sonó.

 

— Detective Andrews. — contestó con la voz ronca. Aun sentía un poco adolorida la garganta por los gritos que esa pobre muchacha no había podido dar. Esperaba que su vecina no volviera a preguntarle que hacía por las noches para gritar tanto. La primera vez ya fue lo suficientemente bochornoso. — Aja… estaré allí en veinte minutos.

 

El aviso fue en el Parque Meyering, a menos de un kilómetro de una zona de bares ligeramente conflictiva. Un lugar frecuentado por familias con niños pequeños y corredores durante el día, pero, al anochecer, se convertía en el punto de encuentro favorito de yonkis y prostitutas. No era recomendable pasear por allí pasadas las diez de la noche, si se quería regresar con la cartera intacta.

 

Un hombre que hacía jogging con su perro fue quien descubrió el cuerpo y llamó a la policía. Le estaban tomando declaración cuando Charles aparcó su Chevrolet Camaro, veinticinco minutos después de recibir la llamada. Había varios coches patrulla rodeando el lugar, las luces tiñendo de rojo y azul la nieve que cubría los árboles.

 

Vio a su capitán inmerso en lo que parecía una acalorada conversación con el jefe de prensa del alcalde, un tipo verdaderamente detestable que era capaz de vender a su madre si con eso conseguía más votantes para su jefe.

 

No era extraño el verle allí. Un asesino en serie daba muy mala prensa a cualquier ciudad. Probablemente estaba amenazando al capitán Murphy con despedirle si no atrapaban pronto a ese asesino. Y, por la expresión de su jefe de departamento, este se estaba conteniendo para evitar mandarlo al diablo.

 

― ¿Qué tenemos? — preguntó al ver a su compañero, Gordon Henricksen, parecía haber dormido incluso peor que él, si las ojeras que tenía bajo sus ojos azules eran una indicación.

 

Su compañero llevaba el abrigo arrugado, el cabello pelirrojo despeinado y tampoco se había afeitado. Probablemente, ni siquiera llegó a su cama esa noche. Había sido padre un par de meses antes y la pequeña no les estaba dejando dormir una noche entera ni a él ni a su mujer.

 

― Nada bueno.

 

El detective podía oír a sus espaldas a dos novatos, un par de críos recién salidos de la academia, recuperándose después de haber vomitado todo el desayuno tras ver esa masacre. Y no era para menos. Incluso a él, que ya sabía que iba a encontrarse, la visión le hizo sentir enfermo.

 

La víctima era una chica de unos treinta y de cabello negro largo y rizado, tal como vio en su sueño. Iba vestida con una falda negra de lentejuelas muy corta y un top blanco. O debió ser blanco antes de que su sangre lo tiñera de rojo. A unos dos metros de su cuerpo se podían ver su pequeño abrigo de piel sintética negro y un bolso a juego con la falda. No había ni rastro de sus zapatos por ninguna parte.

 

La falta del calzado no le resultó una sorpresa. Probablemente, se le cayeron al trasladarla desde la verdadera escena del crimen hasta ahí. Debían encontrar ese callejón para procesarlo.

 

Esperaba que llevara algún documento en ese bolso, porque su cara estaba prácticamente irreconocible. Le habían golpeado brutalmente y cortado en el rostro, desfigurándola. Tenía, además, múltiples heridas de arma blanca por todo el cuerpo.

 

Un corte largo y profundo en la garganta, de izquierda a derecha. Podía incluso ver el hueso… Charles intentó centrarse en las pistas que le daba el cuerpo y no en lo demás.

 

Otro corte atravesaba su torso de arriba a abajo, dejando su interior expuesto de manera macabra.

 

Había mucha sangre alrededor del cuerpo, tanta que la nieve estaba completamente manchada, pero no la suficiente como para que los forenses pensaran que era el sitio donde había sido asesinada y parecía que habían extraído algunos órganos. Podía ver los intestinos enrollados pulcramente y colocados sobre el hombro izquierdo de la víctima, mientras que algo que parecían ser el estómago y los riñones estaban en el suelo, junto a la cabeza.

 

Tendrían que esperar al informe del forense para saber cuál de ellos faltaba, porque era obvio que así sería.

 

No muy separado del cuerpo, sobre la nieve y escrito con la sangre de la víctima, tres letras.

 

“J.T.R.”

 

Igual que en el caso anterior. ¿Qué podían significar?

 

― ¡Joder!

 

― Y que lo digas. Los novatos no han sido los únicos que han perdido el desayuno por ver esto. — Charles arqueó una ceja divertido a su compañero, sacándole una mueca. — Como si tú no estuvieras a punto de hacer lo mismo…

 

― Lo haría si hubiera desayunado, que no ha sido así. No aprendes. Nunca vengas a una escena del crimen recién desayunado. ― rio, sacando un gruñido descontento a su compañero. ― ¿Habéis encontrado los zapatos de la víctima? — Henricksen miró hacia los pies descalzos de la chica.

 

― No hay rastro de ellos por ninguna parte. Los patrulleros ya han estado buscando sin encontrarlos.

 

― Está claro que la chica no murió aquí. No hay suficiente sangre para semejante carnicería. Tuvo que recogerla en algún bar o algo por el estilo. — su compañero meditó en silencio un minuto antes de volver a hablar.

 

Sabía lo que estaba haciendo. Repasaba los locales cercanos a la zona. Saberlos no era imprescindible, pero si muy útil en su trabajo. Y si Charles no recordaba mal, había escuchado música donde la atacaron. Debía venir de un bar muy cercano.

 

― Hay pocos sitios lo bastante cerca de este lugar en los que pudo estar. Eso contando que no se alejara demasiado de donde la secuestró, claro. O que no sea una de las prostitutas de la zona.

 

― No pudo ser muy lejos o no habría tanta sangre aquí. Y no tiene pinta de prostituta. Lo sabremos con más seguridad cuando comprobemos si tiene antecedentes, claro. – respondió Andrews, evitando mirar demasiado a la chica. — Mover el cuerpo también coincide con el modus operandi de este tío y ha vuelto a dejar su firma.

 

― Hasta que no lo comprueben los forenses… Pero todo coincide con la otra víctima.

 

― No se ensañó tanto con la primera.

 

Con la anterior chica (Loretta, veintinueve años, castaña, trabajaba en un bar cercano a donde la encontraron y tenía antecedentes por trapichear con cocaína) no hubo paliza. Solo tenía heridas de arma blanca en el cuello y abdomen, pero no en brazos y, desde luego, no tenía la cara destrozada a puñetazos.

 

― ¿Tal vez lo interrumpieron? La otra escena era un desastre. Esta no. Parece que incluso hay una especie de siniestro orden.

 

― Tendría más sentido. La pobre ni siquiera lo vio venir. – Eso fue lo que dijo el forense. A la chica la habían inmovilizado por detrás y cortado la garganta antes de que pudiera emitir algún ruido. No tuvo ninguna oportunidad. ― ¿Pero por qué tanta violencia con esta?

 

― ¿Quién sabe qué pasa por la cabeza de un monstruo así?

 

El detective negó en silencio.

 

Monstruo… ojalá fuera tan fácil.

 

En la ficción siempre podías averiguar enseguida quien era el monstruo porque su maldad se reflejaba en su aspecto exterior.

 

En la vida real, estos se escondían bajo la fachada de una persona normal. Podía ser cualquiera. El cartero, el chico que repartía en el supermercado, o simplemente, ese tipo con el que siempre te cruzabas en el metro y del que no sabías absolutamente nada.

 

Y si todo era parecido a la anterior escena, este cabrón no habría dejado ninguna pista para encontrarle salvo su firma. Ni huellas, ni ADN, ni una fibra… nada.

 

Quién fuera ese bastardo, sabía lo que hacía y era extremadamente cuidadoso.

 

Andrews alzó la vista, paseándola por los alrededores de la escena, odiando el momento en que permitió a su compañero convencerle para dejar de fumar y deseando tener un cigarrillo.

 

Entonces le vio.

 

El chico no llamaba la atención por nada en especial. Era alguien normal, más bien del montón. Con no más de veinticinco, pelo oscuro oculto bajo una gorra gris, vestido con vaqueros y sudadera de los Chicago Bears debajo de una cazadora gruesa negra y algo más alto que él. Miraba horrorizado lo que podía vislumbrar del cadáver, como todos los curiosos a los que los agentes de a pie no conseguían alejar lo suficiente.

 

No, no llamaba para nada la atención.

 

Pero él le había visto antes.

 

No conseguía ubicar su rostro, pero estaba seguro de haberle visto antes de ese momento. Era muy bueno memorizando caras.

 

― Oye, Henricksen. ― Charles se giró hacia su compañero, desviando por un segundo la mirada del muchacho y tratando de hacer caso omiso del cuerpo inerte cerca de ellos.

 

― ¿Sí?

 

― ¿Habéis sacado algo de quien encontró el cuerpo?

 

― ¿El del perro? Aun le siguen tomando declaración. — respondió el otro, señalando por encima de su hombro, poniéndose en pie. Efectivamente, dos agentes seguían tomando testimonio al asustado hombre que acariciaba distraído a un bonito golden retriever que él viera al llegar. ― Estaba paseándolo mientras hacía jogging por el parque y se lo tropezó. Pero no creo que viera nada más que eso. ¿Por qué?

 

― ¿Ese chico de ahí no te suena de algo? Creo que lo he visto antes.

 

― ¿Qué chico?

 

Pero al girarse para señalárselo, el muchacho ya había desaparecido del lugar. Seguramente habría satisfecho su curiosidad y estaría camino de su casa o su trabajo.

 

Suspiró cansado. La falta de sueño le estaba volviendo paranoico.

 

― Nada… olvídalo. Vamos, te invito a un café mientras esperamos a que levanten el cadáver.

 

No fue hasta unas horas después, ya en su escritorio y con las fotos de las dos escenas de los asesinatos en sus manos para comparar, que volvió a pensar en aquel joven.

 

Estaba revisando las fotos que los agentes hacían a los alrededores de las escenas y lo vio. En algunas ocasiones, con casos peculiares como ese, solían tomar instantáneas a la gente que curioseaba. Muchas veces los autores de los crímenes volvían para ver el resultado de su hazaña y regodearse en ella o, incluso, ofrecían su ayuda.

 

Había para todos los gustos, por desgracia.

 

Y ahí estaba él. En las fotos del primer asesinato, entre los curiosos. Las dos escenas estaban muy separadas la una de la otra, casi cada una en un extremo distinto del distrito. Resultaba muy curioso que estuviera por los dos sitios el mismo día y en el mismo momento en que se descubrían los cuerpos.

 

Demasiada casualidad.

 

Y, la mayor parte del tiempo, en su trabajo eso no existía.

 

Mientras esperaba a que el forense empezara la autopsia decidió investigar eso por su cuenta.

 

¿Quién sabia?

 

En casos así no se debían dejar nada al aire.

 

¡La semana siguiente más!

 

Relato: Dioses y demonios. Capítulo final.

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Relato: Dioses y demonios. Capítulo 11.

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–  ¿Qué hago ahora?

Dioniso miró a su padre, sorprendido de verle en semejante estado. Nunca lo había visto tan apenado. Ni siquiera cuando Hera le abandonó definitivamente.

Al parecer, y para sorpresa de todos, su padre estaba genuinamente encariñado con el chico y le había afectado muchísimo que se marchara.

–  ¡No lo sé, padre. Si te soy sincero, esto me ha dejado sin palabras.

Zeus suspiró, dejándose caer pesadamente en el sillón a su lado. Parecía derrotado.

–  Me disculparía pero ni siquiera sé por qué debo disculparme. ¿Por ocultarle que soy un dios? ¿Por mi pasado?

–  Tu pasado no ayuda, eso desde luego.

–  Lo sé… pero no puedo hacerlo desaparecer.

–  Entonces hazle ver que no eres más esa persona.

–  ¿Cómo?

–  Respetándolo. Respetando su espacio y sus decisiones. No importa lo mucho que creas que le quieres. Si él dice no, tú debes respetar su voluntad y volver por donde has venido.

–  Puedo hacer eso.

Unos golpes apresurados en la puerta les interrumpió. Un apurado Kevin entró en la habitación, sudando y temblando de nervios y preocupación. Zeus tuvo un mal presentimiento.

–  ¡D! ¡Tenemos un problema! ¡Un problema muy gordo!

–  ¿Qué ocurre?

–  Unos tipos se han llevado a Finn.

–  ¿Quiénes? – preguntó Zeus, levantándose de un salto. El cielo, el cual había estado despejado y cuajado de estrellas hasta ese momento, se nubló de repente y los relámpagos empezaron a brillar.

–  No estoy seguro aunque tengo sospechas. Eran varios, enmascarados y vestidos de negro. Se lo han llevado en una furgoneta negra, sin matricula ni nada distintivo.

– ¿Quién querría secuestrar a Finn? ¿De quien sospechas? – cuando Zeus les dirigió una mirada de incomprensión, Dioniso se explicó. – Kevin conoce el secreto de Finn, al igual que yo. Y es un oso…

–  Formas parte de la comunidad.

–  Y también formé parte de las fuerzas especiales humanas. Ha habido varios sucesos en los últimos años… secuestros, desapariciones, asesinatos, ataques… me temo que La Orden esté detrás de esto también.

– La Orden… ¡quieren al demonio!

–  Es muy probable, sí.

Dioniso se levantó también de su asiento y se dirigió hacia su escritorio, donde cogió el teléfono.

– Voy a tratar de averiguar adonde han podido llevárselo. Y si sigue vivo.

–  Encuéntralo, hijo.

Dioniso aun necesitó un par de horas más para averiguar lo que quería. Mientras Kevin y él pusieron al día a Zeus sobre La Orden, ya que el dios había pasado varios siglos desconectado del mundo de los mortales y no conocía toda la historia.

Le contaron sobre su odio a lo sobrenatural, lo cual les incluía, su obsesión con eliminarles y sus últimos avances que les daban ventaja tras años de estar ambos bandos al mismo nivel.

La Orden llevaba los últimos años tramando algo. Algo muy gordo, le explicó Kevin. Pero no tenían idea de qué.

Al menos, todavía.

Cada día llegaban noticias preocupantes sobre nuevos ataques a la comunidad. Ataques muy concretos, con un fin. Nada era dejado al azar.

No para esa gente.

Por eso, si de verdad ellos tenían a Finn, no había sido una casualidad.

Y ese era el mayor temor de Zeus en ese instante.

– Me temo que mis fuentes han confirmado las malas noticias. La Orden tiene a Finn. Eran hombres de la Legión los que le han llevado hasta el aeropuerto y lo han embarcado en un avión privado rumbo a Memphis.

– Entonces es allí a donde iré. Debo evitar que le hagan daño.

– Te recuerdo que no tienes poderes. Eres poco más que un humano con algo más de fuerza de lo común y vulnerable.

– Lo sé. Pero no puedo permitir que le usen para sus planes. Ni Finn ni su demonio querrían eso. – Kevin se acercó a él.

– Te acompañaré. Vas a necesitar ayuda para encontrarles.

– Haré los preparativos. Espero que no tengamos que arrepentirnos de todo esto.

 


 

Y si, voy a dejártelo ahí. ¿Por qué? Pues simple, porque la búsqueda de Zeus y Kevin va a llevarles a aparecer en una futura novela con el resto de personajes de la Comunidad y porque La Orden tiene planes para el demonio de Finn.

Ya lo averiguarás en un futuro, no te preocupes.

 

Relato: Dioses y demonios. Capítulo 10

dioses demonios

Relato: Dioses y demonios. Capítulo 10.

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–  ¡Finn! ¿Podemos hablar?

Finn maldijo por lo bajo, observando molesto como Zeus se acercaba a él a grandes zancadas.

Sabía que estaba siendo ridículo pero tras lo ocurrido en los últimos días y después de la reveladora conversación que tuvo con su abuelo no quería tener a nadie cerca.

Su abuelo le contó toda la leyenda. Renuente, al principio, pero acabó revelándole todo sobre la maldición de su familia. De cómo, siglos atrás y para salvar a su gente, un antepasado suyo hizo un pacto con un demonio milenario. A cambio de evitar que un ejercito invasor devastara su pueblo, el guerrero concedió al demonio el uso de su cuerpo y el de toda su estirpe.

Y, por loco que sonara, él creía la historia. Sabía que esa voz en su cabeza era real. El demonio era real.

Y muy peligroso.

Al demonio no le gustaba Zeus y Finn temía que fuera a herirle si se acercaba demasiado.

–  Lo siento… no tengo tiempo. Estoy ocupado. — se excusó, intentando huir. Pero Zeus fue más rápido y le agarró de la muñeca.

–  ¡Y una mierda! ¡Vamos a hablar! – gruñó, arrastrándole hasta un armario y metiéndoles dentro. Finn casi rio.

–  ¿En un armario? ¿En serio? — pero Zeus no lo encontraba tan gracioso.

–  ¿Por qué me estas evitando? ¡Y no te atrevas a decir que no lo estas haciendo porque ambos sabemos que sería una mentira! — añadió al ver que el chico iba a replicar.

–  Está bien… estaba evitándote. ¡Es lo mejor para los dos! No quiero que te haga daño.

–  ¿Quién? — preguntó Zeus, confundido.

–  Es complicado.

– ¿Hice algo para molestarte?

–  No. — el chico negó rápidamente. No podía permitir que Zeus pensara que era su culpa. — No eres tú. Sé como suena, pero no eres tú, de verdad. Hay algo mal conmigo y podría hacerte daño. Eso no puedo permitirlo.

–  No vas a hacerme daño, créeme. — Zeus le cogió de las manos, acercándole un poco más hasta juntar sus frentes. — Te prometo que no vas a hacerme daño. Ni yo a ti.

– No puedes prometerme eso…

«Los dioses prepotentes suelen hacer esa clase de promesas vacías.»

Finn se estremeció al oír la voz del demonio en su cabeza aunque su tono no era el de siempre. Parecía más bien molesto que furioso.

¡Un momento! ¿Había dicho dioses?

–  ¿Dios? ¿Quién es un dios? — preguntó sin darse cuenta de que lo había hecho en voz alta.

–  ¿Qué?

«Él es un dios. Hasta te dijo su nombre real, el muy arrogante. Es el padre de los dioses, el dios del rayo y el dios que hace cualquier cosa por llevarse a la cama a quien llama su atención. Te hará daño, chico. Eso no lo dudes.»

–  ¿Eres un dios?

Zeus le miró, sorprendido, soltándole las manos. Sus ojos reflejaban culpa y sorpresa.

–  Yo… ¿Quién te ha dicho…?

–  ¿Lo eres? ¿Eres el verdadero Zeus?

–  Es complicado.

–  ¿Qué tiene de complicado? ¿Lo eres o no? – volvió a preguntar, empezando a molestarse. Había estado tan preocupado con herir accidentalmente a Zeus con su demonio que el hecho de que le hubiera mentido le pilló completamente por sorpresa.

–  Lo soy. Estoy en la Tierra porque Atenea creyó más sensato mandarme aquí sin poderes a que me quedara en el Olimpo, intentando recuperar la vieja gloria y tratando de conquistar de nuevo el mundo de los mortales. No esperaba encontrar a alguien como tu aquí.

–  No soy un entretenimiento. – respondió Finn con tono amargo. Había sido demasiadas veces usado en su vida como para permitir ni una más. Hacía mucho que se prometió que no volverían a usarlo. – Ni una muesca más en tu lista de conquistas.

–  No lo he pensado nunca. Créeme.

–  No puedo creerte. Él tenia razón. Vas a hacerme daño.

Finn salió del armario, dejando atrás a un aturdido Zeus. El dios le vio marcharse sin poder evitarlo y sin reaccionar.

Mientras, en la entrada trasera del local, Kevin se acercaba al callejón dispuesto a regresar con los recados de D y listo para empezar a trabajar. Pero, antes de llegar a la puerta, vio a Finn salir del local, agitado y luciendo confuso.

Kevin estaba a punto de llamarle, ya que le veía muy nervioso y se preocupó por su amigo pero una furgoneta negra apareció en el otro extremo del callejón, derrapando y frenando a pocos metros del irlandés. Tres tipos enmascarados se bajaron del vehículo y atraparon a Finn, arrastrándole al interior de la furgoneta a pesar de los esfuerzos del muchacho por liberarse.

Antes de que pudiera hacer nada, ni siquiera gritar por ayuda, la furgoneta con su amigo dentro arrancó de nuevo y desapareció en la noche neoyorkina.

–  ¡Mierda!

 

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Relato: Dioses y demonios. Capítulo 6.

dioses demonios

Relato: Dioses y demonios. Capítulo 6.

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–  Bueno… de todas las situaciones que podía imaginar para acabar esta noche, esta no se me pasó por la cabeza, la verdad. — murmuró Zeus, escondido bajo la mesa del restaurante.

La mañana había empezado tan bien…

Recogió a Finn cuando acabó su turno y lo llevó a dar un paseo por Central Park, viendo amanecer desde el parque.

Luego se dirigieron a un restaurante propiedad de un amigo de Dioniso. Su hijo se encargó de que el local estuviera abierto y a su disposición para que Zeus pudiera agasajar a su cita como debía ser.

¡Y la cena/desayuno fue deliciosa!

Todo iba perfecto.

Hasta que intentó besar al chico. En ese punto todo se fue a la mierda.

A su hijo no se le ocurrió comentarle que el chico era el recipiente de un demonio, el cual, al creerse amenazado por la presencia excesivamente cercana de un dios, había decidido salir, tomar el control de su recipiente e intentar destruir todo a su alrededor.

Por eso, en ese instante, se encontraba escondido debajo de una mesa del restaurante mientras su cita, cuyos ojos habían pasado de azul cielo a rojo sangre, hacia volar los muebles del local.

–  ¡Ningún dios o humano va a volver a controlarme jamás! — gritaba el chico/demonio.

–  Esto es ridículo. — gruñó Zeus, esquivando por poco una botella. — ¡Ey! — el dios salió con cautela de su escondite, levantando las manos en son de paz. — ¿Podemos hablar un segundo?

Sorprendentemente, el demonio se detuvo, mirándole fijamente con sus ojos rojos y una silla a medio romper en sus manos. Zeus pudo comprobar que solo había tomado control del cuerpo del chico. No se había transformado en nada monstruoso aunque la ropa del muchacho estaba rota por los movimientos bruscos que había realizado mientras destrozaba el local.

–  ¿Con cual nombre debo llamarte, demonio?

–  Los nombres son poder. No voy a darte ese poder sobre mí. — rugió el demonio. — Y menos a un dios. — añadió con desprecio.

Zeus arqueó una ceja, intrigado y sorprendido. No escuchaba sobre el poder de los nombres desde la antigüedad. Era una creencia milenaria, mucho más vieja que cualquier religión humana existente, de cuando se creía en que si poseías el nombre escrito de alguien podías controlar su alma.

Eso significaba que ese demonio era muy antiguo. Probablemente.

–  Esta bien. Comprendo. Nada de nombres. — concedió, acercándose un paso. — Pero estaba pasando un rato muy divertido con Finn y me gustaría que regresara para que siguiéramos nuestra cita. Él no sabe de tu existencia, ¿verdad? — el demonio ladeó la cabeza, el movimiento y la mirada en sus ojos dándole un aire animal y salvaje al chico.

–  Yo tampoco sabía de ti, demonio. Y, sinceramente, no me importa. Solo me interesa Finn. — el demonio rio.

–  No voy a dejar que me encierres, dios. Conozco tu historia. Ya encerraste a otros como yo en el pasado. — eso era, en parte, cierto. Zeus encerró a varios demonios y titanes en su juventud. Entre otros que le molestaban para tomar el poder, en aquel momento.

Pero hacía ya mucho tiempo que el poder y todo lo que conllevaba había dejado de interesarle. Cierto que aun pensaba en los días dorados como dios de dioses pero… su hija tenia razón. Los humanos hacía mucho que dejaron de necesitarles y creer en ellos.

Era hora de vivir y punto.

–  Como has dicho, eso fue en el pasado. Ya no tengo ese poder. No desde hace siglos. Y no me interesas. Me interesa el chico.

Su declaración sacó una carcajada seca del demonio.

–  También conozco tu fama en ese tema… Zeus.

«¡Como no!» pensó amargo el dios. Su pasado le había traído siempre más problemas y sinsabores que satisfacciones y se arrepentía de muchas cosas que hizo por un calentón.

–  Eso también hace siglos que deje de hacerlo. No sale muy a cuenta ser infiel. Demasiados problemas. Y Hera hace mil años que me mandó a paseo por mis estupideces. Te puedo asegurar que no pretendo hacer daño al chico. Solo quiero conocerlo. Y con eso no te digo que vaya a salir bien, porque no lo sé pero me gustaría intentarlo.

El demonio le miró con sorna pero bajó la silla que aun tenia en sus manos.

–  Si le haces daño, volveré. Si le dices la verdad sobre esto, volveré. Si tratas de deshacerte de mí, volveré y acabaré contigo. Sé que ya no tienes poderes, dios.

Y con esas palabras finales, los ojos de Finn volvieron a ser azules y toda presencia del demonio desapareció del lugar. El chico miró a su alrededor, confundido y desorientado un segundo antes de caer al suelo inconsciente.

–  Bueno… para ser una primera cita no ha ido tan mal. — ironizó Zeus.

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Relato: Dioses y demonios. Capítulo 5

dioses demonios

Relato: Dioses y demonios. Capítulo 5.

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–  ¿Has puesto a un demonio a cuidar de papa? ¿Estás loco?

Dioniso se encogió a causa de los gritos de Atenea. No entendía por qué su hermana armaba semejante escándalo.

–  No es un demonio… exactamente…

–  ¡Eso no lo mejora, D!

–  El chico es el recipiente de un demonio… toda su familia lo ha sido y será, ya que fueron creados para ello. Pero es un humano normal. No tiene ningún poder.

–  Hasta que le posea ese demonio.

–  ¡Eso no va a ocurrir! Ese demonio lleva siglos atrapado y sellado.

Atenea se frotó las sienes, frustrada. ¿Por qué su familia tenía esa mala costumbre de hacer chapuzas y sin consultarlas con ella?

¿Es que era la única inteligente de esa familia o qué?

– Más te vale que así sea. ¿Sabe papa lo que es?

–  Papa no me ha dirigido la palabra desde que llegó, así que no… no lo sabe. Y el chico tampoco. No tiene ni idea de su herencia y no es mi lugar comunicárselo.

–  ¿Y en qué pensabas cuando se te ocurrió contratarlo? ¡Es una bomba de relojería!

–  Es mono y atrae muchos clientes…

–  De verdad, D… estoy segura de que te diste un golpe en la cabeza al nacer y nadie te lo dijo. ¡Lo tuyo no es normal!

Dioniso gruñó, molesto. ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Insultos, no!

–  Mira, no fue mi brillante idea la de sacar a papa del Olimpo y lanzarlo aquí prácticamente sin poderes.

–  ¡Tú no lo escuchaste! ¡Estaba planeando volver a dominar la Tierra!

–  ¡No tiene poder para eso!

–  ¡Eso no lo sabes seguro! Mira, no podía arriesgarme, ¿vale? Esta aburrido. Tu idea de ponerle una niñera no era mala, pero ¿tenía que ser un demonio?

–  Es un tío confiable. Y muy majo. Si le conocieras no hablarías tan mal de él.

–  Mientras no la líe…

Mientras, Zeus tenía planes… no para dominar el mundo. No en esta ocasión, pero si para poder pasar un rato más interesante y agradable con cierto camarero.

Lo había estado pensando durante los últimos días.

Mucho.

Y sus hijos tenían razón. Si debía estar ahí atrapado, ¿por qué no disfrutar de lo que le ofrecían?

Tras el paseo por Nueva York, acompañado por el chico empezó a considerar la idea de disfrutar un poco más de su compañía.

¿Por qué no?

Su antiguo yo le habría secuestrado desde el primer momento en que le vio.

Ahora no podía hacer eso. Principalmente, porque no tenía sus poderes.

Pero podía invitarle a tomar algo.

¿Qué era lo peor que podía pasar?

Decidido, bajó al bar para buscar al objeto de su deseo. No tardó en encontrarlo, ya que estaba reponiendo el bar con dos de sus compañeros.

Uno de ellos era un chico pelirrojo, con barba. Un canadiense que vibraba de energía mal contenida y no paraba de hablar. El otro, un tipo algo más bajo y corpulento que ellos, era castaño y con barba también, pero su aura era la de alguien que no malgastaba las palabras. Dos tipos muy interesantes, pero no quien él venía a buscar.

–  ¡Ey, Finn! – el chico le sonrió ampliamente. Eso era una buena señal.

–  ¡Ey!

–  Me preguntaba si… ¿estás muy ocupado? Puedo volver después.

–  No… no… solo estamos reponiendo esto. Ya casi hemos acabado. Dime.

Zeus se vio observado por tres pares de ojos expectantes. Eso era más presión y atención de la que había esperado en un principio…

–  Me preguntaba si… o sea… si tal vez… ¿quisieras ir a tomar algo? ¿Conmigo?

–  ¡Claro! ¿Por qué no iba a querer? ¡Como el otro día! – sus amigos rieron, el moreno dándole un manotazo en la nuca.

–  ¡Está pidiéndote una cita, memo!

–  Uh… ¿Sí?

–  ¿Sí? – la sonrisa de Finn se hizo más tímida.

–  Estaría muy bien, sí. Pero hoy trabajo toda la noche.

–  ¿Te apetecería desayunar, cuando acabes?

–  Sería estupendo.

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Relato Dioses y demonios. Capítulo 4.

dioses demonios

Relato: Dioses y demonios. Capítulo 4.

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–  Oye, Finn…

Finn se detuvo al oír su nombre y vio a su jefe haciéndole gestos para que se acercara. Dejó las botellas que llevaba sobre la barra y se acercó. No era muy habitual que Dioniso se dirigiera personalmente a los camareros pero, en los últimos días, parecía que hubiera descubierto su existencia.

Y todo a causa de Zeus.

Desde que el chico apareciera allí con el misterioso hombre, Dioniso le había llamado para interrogarle sobre cómo se encontraron y que había pasado. Ya había contado la historia tres veces. Esperaba que no tuviera que repetirla una vez más.

Todo resultaba bastante extraño. No había vuelto a ver a Zeus y su jefe parecía extraordinariamente nervioso e irascible desde que llegó al club.

–  Dígame, jefe.

–  Tengo un trabajo para ti.

–  Creía que ya trabajaba para usted. — repuso el chico con algo de sorna.

–  Ya, ya… no me refiero a servir copas. Veras, estoy un poco preocupado por mi… amigo.

–  El tipo del otro día.

–  Me gustaría que te ocuparas de él.

–  No soy una niñera, ni una prostituta. — contestó a la defensiva.

Por desgracia, su aspecto hacía creer a más de uno que tenían derecho a usarle. Daba igual cuanta musculatura hubiera ganado en los últimos años, cuanto peso pudiera levantar o a cuantos pudiera vencer en una pelea… su rostro seguía siendo excesivamente infantil y daba lugar a malentendidos.

Dioniso levantó las manos en son de paz y le dirigió una mirada de disculpa.

–  Vale, ha sonado bastante mal. Lo siento. No quiero que hagas de niñera. Ni tampoco lo otro. — le hizo un gesto para que se sentara en la silla frente a su escritorio. — Pero el otro día parecía que os llevabais bien y, créeme, no es una persona fácil de tratar. Es insoportable, por decir poco. Tienes muy buena mano con la gente y, a lo mejor, consigues averiguar qué le pasa y que salga. No es que me moleste que se quede en el apartamento pero esto no va a llevar a nada bueno. Lo sé.

–  Si lo conoce tan bien, ¿por qué no va usted?

–  Ya he intentado hablar con él y me ha tirado una tostadora… — Dioniso dio un largo suspiro. — Considéralo como un trabajo opcional. Te pagaré igual que cuando sirves aquí. Te pagaré el doble. Yo podré respirar tranquilo sabiendo que no va a prenderle fuego al edificio o algo por el estilo.

Finn decidió ceder. Era la primera vez que le pedían algo así pero… no le vendría mal el dinero extra. ¿Qué era lo peor que podía pasar?

–  Voy a intentarlo. Pero si no me abre la puerta, volveré a mi turno normal y me va a pagar esta semana doble.

–  ¡Hecho!

Finn suspiró, preguntándose qué clase de historia tenían esos dos. Dioniso parecía atemorizado con la idea de tratar con Zeus. Se suponía que eran amigos… ¿verdad? ¿Por qué entonces se llevaban tan mal?

¿Y por qué decía que era insoportable? Le había parecido un tío de lo más normal. Llegó a la tercera planta y se paró frente a la puerta de la derecha, donde le habían indicado que estaba alojándose Zeus.

En el pasillo pudo ver lo que eran los restos de una tostadora. Vaya… al parecer Dioniso no exageró con eso, pensó riendo por lo bajo al imaginarse la escena.

Llamó a la puerta y esperó… y esperó… y esperó…

Volvió a llamar más fuerte. Tres veces seguidas. Al minuto, un muy despeinado y sucio Zeus abrió, con aspecto de acabar de levantarse de la cama y de muy malas pulgas.

Llevaba unos pantalones de pijama arrugados, no se había afeitado ni peinado ni… ni bañado desde que llegó si hacía caso al olor ocre que le llegó a su nariz.

¡Agh!

–  Hola. — saludó, dando un paso atrás por el olor. ¡Dios, olía a cerrado y a sudor!

–  Creí que era Dioniso…

–  D pensó que conmigo no tirarías más tostadoras. — Finn sonrió suavemente. — ¿Puedo pasar?

–  ¿Para qué?

–  Para hablar… y abrir una ventana… — gruñó, empujando a Zeus a un lado y entrando al apartamento. Dentro olía peor. — ¡Tío! ¿Qué has hecho? ¿Matar a alguien y dejar que se pudra dentro? ¡Apesta!

Zeus vio impotente como el chico entraba y abría las persianas y ventanas, dejando entrar la luz y el aire fresco.

¿Es que no le podían dejar deprimirse en paz?

Solo quería estar solo, ya que sus hijos habían decidido sin consultarle lo de dejarle tirado en la Tierra sin poderes.

–  D dice que llevas cuatro días sin salir. ¿Por qué? — le preguntó, cuando acabó de abrir las ventanas y el olor había casi desaparecido. — Pensaba que estarías de turismo o algo así.

–  No tengo a donde ir. Ni a quien ver.

La afirmación fue hecha con tal tono apesadumbrado que llamó la atención del muchacho. Tal vez no fuera mala idea sacar al tipo de ahí antes de que acabara deprimido del todo.

–  Una pregunta estúpida… ¿para qué viniste si no tienes a quien visitar?

–  No fue idea mía. Yo estaba muy bien en mi casa, tranquilo. Pero mi… hija decidió que era muy buena idea traerme aquí y dejarme en la puerta de Dioniso… y no puedo regresar a mi casa hasta que ella lo diga.

–  ¿Por qué?

–  Er… están fumigando…

–  No me extraña… igualmente, deberías considerar esto como unas vacaciones y disfrutarlas.

–  Eso mismo dijo Dioniso.

–  Las mentes brillantes piensan igual. Ve y dúchate… vístete y haz turismo

–  No.

–  Lo voy a poner de otra manera. Iremos a hacer turismo. Nada mejor que un irlandés para enseñarte Brooklyn.

Resultó que el paseo no fue nada aburrido para ambas partes. Finn disfrutó más de lo que había pensado enseñando la ciudad al otro hombre, quien después de librarse de ese amargo humor llegó a ser una grata compañía.

Zeus era un tipo raro. Se expresaba de manera anticuada y muy correcta, rara vez soltaba una mala palabra y hacia afirmaciones de lo más extravagantes. Pero tenía un buen sentido del humor, algo negro y respuestas rápidas y mordaces para casi todo.

A Finn no le había pasado desapercibido lo atractivo que era. Zeus tenía casi todo su cabello gris, pero no debía tener más de cuarenta y cinco. Eso ya implicaba que le llevaba veinte años y, aunque, por norma, no solía fijarse en alguien tan mayor, no pudo evitarlo. Resultaba muy atractivo con esos ojos celestes y la sonrisa de medio lado que no prodigaba demasiado. Y lo había visto sin camiseta. Puede que no estuviera tan marcado como él, pero tenía poco que envidiarle.

Así que, si su jefe le iba a pagar por salir de paseo con un tipo guapo e interesante… bienvenido fuera.

–  ¿Cuánto te paga mi hijo por hacer esto? — la pregunta le pilló por sorpresa a Finn, quien se sonrojó. — No soy tonto. Agradezco el paseo, de verdad. Y la compañía. Pero sé que no ibas a presentarte voluntario para esto. No nos conocemos de nada.

–  No me paga… exactamente. Si te hacia salir, me libraba del turno de hoy. Un día sin trabajar y cobrando. Ha resultado un buen negocio. — repuso, encogiéndose de hombros. El chico cogió su móvil y le hizo una foto a Zeus, que arqueó una ceja, interrogante.

–  ¿Y eso? ¿Prueba grafica de que he salido? — preguntó, divertido.

–  ¡Nah! ¡Eres muy fotogénico! — el chico miró la imagen y sonrió. – Haría una sesión fotográfica maravillosa contigo.

–  Estaría encantado de tener una “sesión maravillosa” contigo. — Finn soltó una carcajada, divertido.

Le resultaba muy entretenida la forma en que Zeus coqueteaba con él, cuando tenía ocasión. Ya debía ser la tercera o cuarta en ese día y seguía pareciéndole gracioso. Normalmente, cuando alguien desconocido le insinuaba algo, solía darle mala impresión. No le gustaba la gente tan directa pero por alguna razón, no le ocurría con él.

¿Sería por qué le encontraba atractivo?

–  ¿Siempre eres tan descarado? — le preguntó, intentando disimular el ligero sonrojo. El otro sonrió más abiertamente.

–  Depende de a quien preguntes. Yo prefiero verme como decidido a descarado. — respondió. — Pero si, imagino que siempre he sido así. ¿Te molesta? — su rostro se volvió serio en un instante. — Si te resulta incómodo, solo tienes que decirlo y dejare de molestarte.

–  Nah… no me molesta. Creo que puedo manejarte. — Zeus se mordió el labio, sonriendo como si estuviera conteniéndose el contestar y el chico no pudo evitar reír. — No sé si esa sonrisa es por qué quieres volver a darle la vuelta a mis palabras o por qué crees que no puedo manejarte.

–  Oh, estoy seguro de que puedes manejarme… muy bien, de hecho. – esa afirmación hizo soltar una carcajada al chico, que se sonrojó de nuevo.

–  ¡Eres un caso perdido!

Zeus sonrió, viendo reír al chico. Le gustaba el muchacho. Habría que ser ciego para que no te gustara. Era muy guapo, con esos ojos azules y el cabello corto negro y la sonrisa perpetua en sus labios. Y el cuerpo que se adivinaba bajo la ropa parecía de lo más apetecible. Estaba más que en forma.

Además, había algo muy especial en él. Especial del tipo mágico, pero muy leve. Tanto, que dudaba que el mismo muchacho supiera de su existencia. Probablemente, pensó, debía ser un descendiente lejano de alguna criatura de la Comunidad mágica.

Así que si, le gustaba. Era simpático, divertido y con una energía inagotable. No sabía si era gay o hetero o bi, pero parecía que sus cumplidos y sus coqueteos le resultaban divertidos y aun no le había parado los pies.

Y, mientras no lo hiciera, seguiría tonteando. Por eso le había preguntado, pero el chico le devolvió la indirecta en vez de contestarle. Bueno, lo volvería a intentar en otra ocasión.

–  ¿Te apetece comer? Creo que deberíamos aprovecharnos de la generosidad de D y comer en algún sitio caro. Muy caro. Excesiva y ridículamente caro. — Finn sonrió.

–  Conozco el sitio perfecto.

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Relato: Dioses y demonios. Capítulo 2.

dioses demonios

Relato: Dioses y demonios. Capítulo 2.

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Lo malo que tenía el teletransporte involuntario, era que no podías escoger dónde y cómo aterrizar.

Eso era en lo que pensaba Zeus después de caer nada dignamente en mitad de un callejón sucio y oscuro y hacerse polvo las posaderas.

¿A dónde lo había enviado su hija? Se puso de pie y sacudió sus ropas, ahora sucias. ¡Un momento! ¿También había cambiado su ropa? Había pasado de llevar su cómoda túnica a vestir unos vaqueros y una camisa negra.

¿En serio? ¿Vaqueros? ¿No había algo menos divino para vestir?

Bueno, el paseo había sido muy divertido (no) pero él no iba a quedarse en la Tierra. Iba a regresar al Olimpo y ver su programa favorito.

Atenea ya había hecho su gracia. Ja, ja. Pero se acabó.

Sin embargo, al intentar teletransportarse de vuelta a casa se dio cuenta de que no podía. Intentó convocar una tormenta y tampoco funcionó.

Nada. Ni un simple rayito.

¿Le había dejado ahí y sin poderes?

–  ¡Atenea! – gritó al callejón vacío. – ¡Atenea! ¡Déjame regresar a casa!

Un papel apareció en el aire frente a él. Zeus lo cogió al vuelo y fue poniéndose más y más rojo de furia mientras leía.

“Querido padre: lo siento pero no puedo permitir que nos fastidies a todos solo por aburrimiento. Estás en Nueva York, cerca del club de Dioniso. Te he preparado un pequeño apartamento en su edificio con ropa y dinero para que no te falte nada. Mi hermano te dirá cómo encontrarlo. Intenta no llamar mucho la atención y recuerda que seguimos sin comprobar si somos o no inmortales, así que no te metas en líos. Te quiere, Atenea.”

–  Voy a matarla cuando regrese… Si es que me deja regresar. Niña entrometida… Y ahora… ¿por dónde se irá al club de Dioniso? ¿Y cómo sabré cuál es? – se preguntó saliendo del callejón a la calle principal.

Otro papel apareció de la nada delante de sus narices. En ese había una dirección y un pequeño mapa dibujado. Al parecer, el bar estaba cerca de ahí.

Precisamente, se encontraba en una zona llena de bares y clubs. Todos con grandes carteles de neón y luces de colores chillones. Parecían exactamente lo mismo. ¿Cómo saber cuál era el de su hijo?

Decidió caminar entre los bares y ver si encontraba la dirección cuando dos tipos más grandes y corpulentos que él le sujetaron y volvieron a meter en el callejón, a la fuerza. Sorprendido, Zeus miró a sus atacantes sin saber muy bien cómo reaccionar, así que se quedó quieto mientras los otros dos lo acorralaban contra la pared.

–  Muy bien, viejo… – ¿viejo? – Danos todo lo que tienes y no te pasara nada.

¿En serio? ¿Le estaban robando? ¿Y llamando viejo, además? ¿Cómo se atrevían?

Zeus se enfureció e intentó acercarse para darles su merecido pero su fuerza, al igual que sus poderes había quedado reducida a la de un simple humano. De un manotazo, el matón que había hablado le empujó contra la pared de nuevo.

¡Qué humillante!

Zeus pasó de enfadarse a asustarse. Sin poderes, sin fuerza sobrehumana… y siendo atracado por dos matones… ¿Era así como iba a acabar? ¿En un callejón? ¡Iba a matar a Atenea como saliera de esa!

–  ¡Ey! ¡Dejadle en paz!

Los tres miraron sorprendidos a la entrada del callejón a la vez y se encontraron con un chico. No debía tener más de veinticinco, alto, con el cabello negro y corto y unos ojos azules que destacaban como faros en una noche oscura.

Era absurdamente atractivo. Incluso asustado y confundido, el dios no pudo más que fijarse en lo hermoso que era el muchacho.

Se regañó a sí mismo. ¿Cuándo iba a empezar a pensar con el cerebro en vez de con otra parte de su anatomía? Eso era lo que siempre le metía en líos.

–  ¡Metete en tus asuntos, niñato! – chilló uno de los matones que intentaban robarle.

El niñato, como el matón le había llamado, no se molestó en contestar. Simplemente, se lanzó y golpeó a los matones con un buen par de puñetazos y patadas que les hizo retroceder y huir despavoridos calle abajo.

Zeus se quedó mirando atontado a su salvador, quien en ese instante recogía el paquete que había dejado caer antes de ayudarle. Atractivo y sabía luchar. Esos golpes eran de profesional, no de aficionado.

–  Menudos chorizos… – le escuchó gruñir, acercándose a él. – Espero que no te hayan quitado nada. ¿Estás bien? – de cerca era aún más guapo.

Le recordaba un poco a su Ganimedes. No físicamente, porque Ganimedes era rubio y delicado y este chico tenía un cuerpo fuerte y musculoso. Pero su actitud justiciera le recordaba al antiguo copero por el que se metió en muchos líos con su mujer.

–  Wow… tienes unos ojos preciosos… – si, como primeras palabras dirigidas a quien acababa de salvarlo no resultaban de lo más adecuadas. El chico sonrió y se sonrojó.

–  Creo que si estás bien. Te dejare seguir con tu camino.

–  ¡No, espera! – el dios le cogió de la muñeca, deteniéndolo. El chico miró su brazo y arqueó una ceja, pidiendo sin palabras que le soltara. Zeus lo hizo, después de dar una sutil caricia con el pulgar al pulso del muchacho. – Estoy perdido…

–  ¿Perdido?

–  Si, tenía que reunirme con… un amigo, en su club. Pero no sé cuál es.

– ¿Cómo se llama tu amigo?

– ¿Dioniso? – Zeus recordó en ese momento el papel con la dirección y se lo tendió al chico. – Tengo este mapa, pero no sé orientarme demasiado bien. Es mi primera vez en esta ciudad.

– ¿D? ¡Conozco a Dioniso! Trabajo para él, de hecho, en su club, El Ánfora.

El Ánfora… por supuesto… ¡que típico de Dioniso! El dios tuvo que contenerse para no poner los ojos en blanco.

– ¿Puedes indicarme el camino?

– Te acompañare, que ya me toca entrar a trabajar en un rato. Soy Finn, por cierto. – se presentó, ofreciéndole la mano. Zeus se la estrechó, con una sonrisa de oreja a oreja.

A lo mejor esto de estar en el mundo de los mortales no era tan malo después de todo…

– Zeus.

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Relato: Dioses y demonios. Capítulo 1

dioses demonios

Relato: Dioses y demonios. Capítulo 1.

dioses demonios

El Olimpo ya no era lo que fue, pensó mirando a su alrededor.

Donde antes había fastuosidad y elegancia ahora solo quedaba vacío y polvo.

Montones de polvo.

¿Nadie limpiaba ya o qué?

Los grandes salones que en el pasado albergaron fiestas se encontraban abandonados desde hacía siglos.

Milenios, incluso.

Cuando los humanos dejaron de preocuparse por ellos, de creer en ellos e interrumpieron sus oraciones y ofrendas, los dioses decidieron hacerse a un lado.

Estaban preparados para avanzar y dejarles crecer como civilización. Los dioses, simplemente, se recluyeron en El Olimpo y siguieron viviendo sin interferir.

Otras religiones y otras creencias sustituyeron a los dioses griegos y la vida siguió… y siguió… y siguió…

Pasaron siglos y los habitantes del Olimpo empezaron a desperdigarse por el mundo, mezclándose con los humanos, buscando con que ocupar la eternidad.

Ares encontró un filón con los mortales. Se lo pasaba en grande instigando guerra tras guerra y no se aburría. Hades le hacía visitas en los países donde residía porque siempre encontraba un montón de trabajo allá donde fuera Ares.

Atenea decidió que La Haya era un buen lugar para ejercer sus dotes, aunque había varios que no estaban muy de acuerdo con su decisión.

Uno a uno, todos los dioses fueron encontrando un lugar entre los mortales donde vivir…

Menos Zeus.

Zeus, padre de todos los dioses, señor del trueno… seguía en El Olimpo, sin salir. Esperando que sus hijos regresaran para animarle la velada, cosa que nunca ocurría, claro.

Lo que si hacían era turnarse para echarle un ojo. Nunca era bueno dejar a Zeus tanto tiempo sin vigilancia.

En eso estaba ese día Atenea cuando a su padre se le ocurrió lo que debía ser la idea más estúpida de la historia después de elegir a Trump como presidente.

–  ¿Qué vas a hacer qué? – preguntó con incredulidad la diosa.

–  Voy a retomar mi liderazgo sobre los mortales. Va siendo hora, hija mía. ¡Mírales! No hacen más que cometer error tras error. Necesitan que alguien les guie.

–  Y ese alguien vas a ser tu… – estaba claro que cuando repartieron sabiduría se la dieron solo a ella, porque lo que era a su padre…

–  ¡Por supuesto!

–  Padre… ellos no necesitan tu liderazgo. Necesitan espabilar y dejar de hacer el imbécil, eso sin duda, pero no tú metiéndote en medio.

–  Uhm… – un trueno resonó sobre ellos, haciendo que los cristales de la habitación retumbaran.

Atenea resopló. ¡Por supuesto que su padre se iba a enfadar y no entender que no podía interferir de nuevo en la vida de los humanos! ¡Siempre tan egoísta!

–  ¿Y podrías dejar de crear tormentas? Los humanos se están quedando sin nombres para tanto temporal.

–  ¡Me aburro!

¿Veis? ¡Egoísmo puro y duro!

–  ¿Por qué no sales y les visitas, si tanto les echas de menos? Pasar una temporada lejos de aquí te haría bien. – intentó razonar.

–  No, no puedo. Si salgo no tendré poderes.

Lo cual era cierto. Lo único que les quedaba ya de sus poderes era su inmortalidad y poco más. Dentro del Olimpo todo seguía igual que siglos antes. Pero si lo abandonaban… sin poderes, sin fuerza sobrehumana…

Ares aún mantenía su poder para influir (mal) en las personas y Hades el de llevar las almas a su sitio correspondiente en el Tártaro porque eso era imprescindible.

Los demás seguían siendo más fuertes y sanos que el mortal medio pero eso era todo.

Y la inmortalidad no estaba comprobada. Obviamente, ninguno quería hacer la prueba.

–  No va a pasarte nada. – mintió. Su padre la fulminó con la mirada.

–  ¿Y si choco con uno de esos automóviles? ¡No sabemos si seguimos siendo inmortales, querida! ¡Podría morir!

–  No tengo tanta suerte… – masculló por lo bajo.

–  ¡No, lo mejor es volver a lo que éramos antes! ¿Dónde crees que es mejor empezar? ¿Grecia? ¿O Estados Unidos? Peor que el presidente actual no lo voy a hacer…

Atenea suspiró, preocupada. No podía dejar que su padre volviera a las andadas. No iba a funcionar, para empezar. Los mortales ya no creían en nada, solo en la tecnología y poco más. Y mucho menos iban a creer en ellos.

No. Si su padre intentaba algo lo único que conseguiría era confundir a los mortales y exponerlos a ellos. Y no necesitaba semejante drama en su vida en ese instante.

–  Lo siento, padre. Pero no puedo permitir que hagas ninguna estupidez.

Con un chasquido de dedos por parte de la diosa, Zeus desapareció de la sala. Ella sabía perfectamente a dónde lo había enviado.

A Brooklyn, cerca del bar de Dioniso, para ser más exactos. Estaba segura de que su hermano podría vigilar que Zeus no hiciera ninguna estupidez. Pero, por si las moscas, envió un mensaje de aviso a su hermano y preparó un lugar donde su padre podría quedarse y todo lo que pudiera necesitar.

Una cosa era mandarlo de paseo para evitar una tragedia griega y otra muy distinta, dejarle en la calle como a un indigente.

Seguía siendo su padre.

–  Lo que tiene que hacer una para mantener las apariencias…


¿Te va gustando? ¡Pues pronto más!

¡Mientras, puedes leer mis novelas AQUÍ y en Amazon!

 

Todos tienen sus propios demonios… ¡y yo tengo los míos!

Demonios.

Te conté la semana pasada cuales eran mis criaturas sobrenaturales preferidas. Y una de ellas eran los demonios.

Que tú dirás… hija, ¡vaya gusto!

¿Qué? Son unos bichos muy útiles. Y se les puede sacar muchísimo jugo.

¿No? Ya verás…

demonios

Partiendo desde mi concepto de demonio, aka un alma humana que ha pasado unos cientos de años en el Infierno siendo torturada y maltratada hasta convertirse en lo mismo que su torturador.

demonios

Como alma que es, no tiene cuerpo físico, así que puede y debe poseer un cuerpo humano para andar por el mundo de los vivos. Este cuerpo estará vivo o no. Eso le es indiferente. Mientras lo ocupe, aguantará.

Si el humano está vivito y coleando, lo mantendrá encerrado en su propia mente, de manera consciente o no. Eso también dependerá de lo sádico que sea el demonio en cuestión.

demonios

¿Ves cómo da mucho juego?

Las posibilidades con ellos a la hora de escribir son infinitas.

Hoy en día, con la fantasía urbana y la paranormal, usarlos es muy común. Hay que echarle más imaginación aun a la cosa para que quede novedoso XD

Lo bueno es poder usar los famosos pactos. Los demonios del cruce, como el de la leyenda de Robert Johnson (me encanta esa leyenda urbana). Un demonio que, convocado en un cruce de caminos, te concede lo que más desees… a cambio de tu alma.

demonios

Esto también da para mucho. Una historia con alguien tratando de romper su pacto. Una donde se busque a un demonio para realizar un pacto. O para destruir al demonio. O alguien que usa su pacto para conseguir más poder y haya que destruirlo y el demonio no lo permita.

Infinitas…

Y hay que contar que los demonios pueden usar a los sabuesos del Infierno, tienen súper fuerza, teletransportación y todo lo que se te ocurra.

demonios

¡Eso es lo bueno de los seres sobrenaturales! ¡Son como tú te los imagines!

Está claro que tengo que volver a sacar otro pronto…

En fin… apuntadlo, que son un bicho muy útil.

Cambiando un poco de tema, en septiembre voy a empezar un reto de escribir, a ver si así espabilo y hago ya el siguiente borrador, que este año no he pegado un palo en una pelea de gatos… Haré una versión light del nano, pero en septiembre y con menos palabras XD

Y lo iré radiando, porque… ¿qué gracia tiene hacer una cosa de estas si no la cuentas?

Bromas aparte, a ver si así no lo dejo a los tres días, que ya me conozco.

¡Nos vemos la semana que viene con otra entrada!

PD. Recuerda que mis novelas siguen a la venta en Amazon y Lektu

 

Lista de cortos de #JackTR

Pues como la fecha se va a acercando y esta semana espero poder compartir con todos vosotros un poco más de mi novela, voy a poner por aquí la lista de los cortos que escribí para promocionar a mi Jack T.R.

Recordad que todo lo relacionado con la novela lo podéis encontrar en su pagina.

Corto: Aidan.

Corto: Charles.

Corto: Jack.

Fichas de personajes.

Sigo trabajando para tenerla lista para su salida y cruzando los dedos para que todo vaya bien y no meta mucho la pata con la maquetación y todo eso, que soy novata… XD

Esta semana pondré algo más de ella. Otro aperitivo.

¡Un saludo!