Relato: Luna llena en Memphis. Capítulo 8 y final.

Relato: Luna llena en Memphis.

Capítulo 8 y final.

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Astrid aparcó el coche en un descampado a las afueras de la ciudad, lo suficientemente apartado de todo como para que nadie pudiera ser testigo de lo que iba a ocurrir.

Mucho mejor así, pensó mientras escondía un cuchillo en su bota.

Presumiblemente, le quitarían sus armas al llegar, así que no estaba de más intentar colar alguna a la fiesta.

En el solar había un edificio en ruinas. Era una antigua fábrica, por lo que parecía. Tenia el tejado completamente destrozado, las pocas ventanas que quedaban no tenían cristales y los muros estaban cubiertos de maleza y pintadas. El suelo era un barrizal, a causa de la humedad en el ambiente.

Iba a ensuciarse las botas nuevas.

Entró al edificio con cautela. El lugar estaba completamente vacío, ningún mueble o cualquier cosa que indicara que estuviera siendo usado. Debía ser uno de esos edificios que La Orden utilizaba para esconder mercancía.

No tardó en encontrar lo que buscaba. La arpía mantenía al chico en el centro del lugar, esposado y con una pistola apuntándole a la cabeza.

No había rastro de Bauman.

–  ¿Dónde está Bauman? – preguntó, molesta. No había venido a discutir con una subordinada. Ya estaba harta de jugar al gato y el ratón con esa sanguijuela.

–  Justo detrás de ti, querida.

Astrid maldijo en voz baja, sintiendo el frío acero del cañón de una pistola apuntándole por la espalda. No le había escuchado venir. Eso le pasaba por distraerse.

–  No sé cómo se me ha pasado el pestazo a mierda cuando te has acercado, la verdad. – repuso. Bauman le golpeó con la culata del arma en la espalda, haciéndola caer de rodillas.

–  Muy graciosa. Vamos a terminar con esto de una vez, que ya estoy cansado de tus continuas interferencias, gorgona. Primero… – Bauman tiró de su brazo, haciéndola girar para rociarle la cara con un spray.

El liquido cayó en los ojos de Astrid, provocándole tal dolor que fue incapaz de aguantar los gritos. Cuando intentó abrir los ojos, veía borroso y el dolor le obligaba a volver a cerrarlos. No tenía idea de que era lo que le había echado pero estaba haciéndole mucho daño.

–  ¡Hijo de puta! – gritó. El otro soltó una carcajada.

–  Así me aseguro de que no acabo convertido en piedra. – se burló Bauman, empezando a golpearla sin piedad. – Ahora empieza lo divertido.

Alec observaba impotente como el cazador le daba la paliza de su vida a su compañera. Forcejeó con las esposas, pero la arpía le golpeó haciéndole caer.

–  ¡Quédate quieto y disfruta del espectáculo! Vas a ser el siguiente.

El chico gruñó y alzó la mirada para ver que el cazador estaba dispuesto a acabar con su amiga. Dolph tenia una de sus dagas en la mano, alzándola peligrosamente contra la chica.

–  Por fin voy a librarme de ti, engendro.

–  ¡No!

Cuando el cuchillo estaba a punto de tocar la carne de la chica, alguien pasó a toda velocidad y empujó al cazador, alejándolo de su víctima. Ambar, que era quien había empujado a Dolph, aprovechó que estaba aturdido para atacar a la arpía. Lilith saltó hacia ella para atacarla.

Antes de que la criatura pudiera emitir ningún sonido, la loba le rasgó la garganta con las garras, dejándola, desangrándose en el suelo. Luego se dirigió hacia Bauman, al que cogió del cuello y lo arrastró hacia la gorgona que se había sentado en el suelo.

–  Nosotras vamos a librarnos de ti, por fin. Abre los ojos, Astrid. – ordenó la loba.

Astrid obedeció con gran esfuerzo, ya que le seguían doliendo a causa del líquido. Sin embargo y a pesar del dolor, la gorgona sonrió al ver a su enemigo frente a ella.

O mas bien, intuirlo, porque seguía viendo borroso todo. Borroso y oscuro. Pero no importó. Él estaba ahí, era todo lo que necesitaba. Concentró todo su poder y escuchó con satisfacción como se iba convirtiendo en piedra.

Dejó la cabeza para el final, permitiéndole verla y escucharla por ultima vez. Era una muerte más dulce de lo que tenia pensado para él pero no estaba en posición de ponerse exquisita con el tema.

–  Esto es por mis padres y hermanas, desgraciado. Ya no volverás a hacer daño a nadie más.

Cuando ya estuvo convertido completamente en piedra, Ambar lo redujo a polvo de un puñetazo. No era tan satisfactorio como si lo hubiera matado ella pero al menos su familia estaba vengada y ella ahora podría volver a su vida y sus estudios.

–  Gracias. – la loba se encogió de hombros, ayudándola a levantarse.

–  Matarlo no iba a devolverme a mi familia, igualmente. Nada lo hará. Pero me sentiré más tranquila ahora que sé que no está.

–  Tienes razón. Y sienta tan bien…

–  ¡Ey! ¿Podéis alguna de las dos quitarme estas esposas? – chilló Alec. Ambar rio y se acercó hasta él, rompiendo la cadena de las esposas, liberándolo. – ¡Gracias! ¡Ya era hora!

El chico se acercó rápidamente a su compañera, que seguía sentada en el suelo e intentó ignorar los cascotes de piedra que antes fueran Bauman para agacharse a su lado.

–  ¿Estas bien? – le preguntó, observándola detenidamente. Tenía varios golpes en el rostro que ya empezaban a oscurecerse. No quería imaginar como estaría el resto del cuerpo. – Te ha dado una buena zurra.

–  ¡Ah, eso no ha sido nada! Dolerá un rato y mañana estaré bien. – Astrid hizo un gesto, restando importancia al asunto y se puso en pie con la ayuda del chico.

–  Vamos, iremos al motel y te compraré todos los perritos calientes del barrio para que te recuperes. – Ambar y Alec empezaron a andar, dirigiéndose a la salida pero se detuvieron a los pocos pasos al ver que Astrid no les seguía. – ¿Qué pasa? ¿No quieres volver al motel?

–  Si, eso estará bien… solo hay un problemita…

–  ¿Cuál?

–  Vas a tener que ayudarme a llegar allí porque no puedo ver nada.

El chico sintió un escalofrío recorriéndole de pies a cabeza. No estaba insinuando lo que él creía que estaba insinuando, ¿verdad?

–  ¿Cómo que no puedes ver?

–  No sé que tenia lo que me ha echado Bauman en los ojos pero no puedo ver. He perdido la vista.

 


¡Y se acabó por ahora! A ver si después del verano os puedo traer alguna aventura más de Astrid o no. Quizás la jubile.

¡Feliz verano!

 

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Dagas de venganza: Primer capítulo

dagas de venganza

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¡La hora se acerca!

En poco menos de un mes, Dagas de venganza estará en Amazon y en el blog para que puedas conseguirla. ¡Estoy deseando que la leas!

Pero, mientras esperamos, te dejo el primer capítulo para que le eches un ojo y lo disfrutes.

¡Espero que te guste!


 Capítulo 1

 

 

Escuchar el crujir de huesos y sentir el cráneo de ese tipo haciéndose añicos en su mano no le resultó tan satisfactorio como debería haber sido.

El sonido tendría que haber calmado su ira. Un poco, al menos.

Pero no. Nada de nada. Seguía notando la furia, quemándole por dentro.

Se sacudió la suciedad de las manos con gesto molesto. Una de las pocas ventajas de poder convertir en piedra a la gente era lo limpio que resultaba matarlas y poder convertirlas en polvo.

Sin sangre, sin cuerpo, sin pistas que la incriminaran… completamente limpio.

Una lástima que ese mismo polvo le produjera alergia. Estropeaba un poco su victoria.

Pateó lejos un cascote de piedra con forma de mano. No era ese el cadáver que deseaba.

No era esa la presa que buscaba. No era por quien había viajado miles de kilómetros abandonándolo todo y dejando atrás su hogar.

 

No fue ese el monstruo que desmembró a sus queridas hermanas al creer que eran ella.

No… quien había cometido semejante atrocidad y desatado su furia era otro. Un humano llamado Dolph Bauman, un cazador alemán que trabajaba para la facción europea de La Orden y que era, también, responsable de la muerte del último dragón, según contaban. Un experto en eliminar criaturas mágicas de gran poder.

Un fanático despiadado al que no le importaba acabar con vidas inocentes. Mientras pertenecieran a la comunidad, todo valía.

Poseía un largo currículum para alguien que no tenía más de treinta años. Sin embargo, parecía que sus habilidades venían de familia y había sido entrenado para exterminar bestias mágicas desde muy pequeño.

Pero eso se iba a acabar cuando le encontrara. Astrid pensaba encargarse de que terminara peor que todos los subordinados a los que había enviado contra ella. Él no tendría la suerte de acabar petrificado y aplastado, no. Eso era demasiado fácil. Tenía planes muy especiales y mucho más divertidos para ese monstruo.

Miró frustrada a su alrededor, escuchando la música y el ruido de los humanos mientras estos celebraban el Mardi Gras.

La calle principal estaba abarrotada de gente, bailando y participando en el desfile. Desde las carrozas lanzaban collares y flores a los viandantes mientras la banda de música tocaba algo de jazz ligero.

La música y la fiesta creaba un ambiente demasiado alegre y colorido para su amargo humor.

Había llegado a Nueva Orleans la noche anterior justo cuando empezaba su fiesta grande, algo que, por poco que le gustara, jugó a su favor.

Era una suerte ya que el ruido había ahogado toda la pelea. Todo el mundo estaba demasiado ocupado festejando como para notar algo.

Dos juerguistas tropezaron frente al callejón y vieron el jaleo desde la distancia, pero estaban muy borrachos y no le dieron importancia, así que regresaron a la fiesta.

Sus atacantes, por otra parte, no estaban tan distraídos ni borrachos.

Cuatro humanos de apariencia normal que no llamaban para nada la atención… o no habrían llamado su atención si hubieran olido a otra cosa que no fuera pólvora y no hubieran pasado media hora siguiéndola.

Los cuatro, armados con porras y cuchillos, intentaron emboscarla en ese callejón cuando creyeron, erróneamente, que ella no les había detectado.

Astrid se libró de ellos rápido. Mató a dos, dejó ko a otro mientras el cuarto consiguió huir, mezclándose entre la multitud. Seguidamente, se acercó al que aún seguía vivo e inconsciente y lo cogió del cuello de la chaqueta, levantándolo del suelo bruscamente, poniendo su cara a centímetros de la suya y lo sacudió para despertarlo.

Lo bueno de no ser humana era que su apariencia física engañaba a todos. Podía parecer una mujer delgada de poco más de metro setenta, pero su fuerza era muy superior a la de dos hombres el doble de grandes que ella. Mangonearlo era un juego de niños para ella.

 

—Dile a tu jefe que no va a conseguir detenerme —le siseó—. Voy a ir a por él y destruiré a todos los que envíe contra mí.

De pronto, escuchó un ruido, algo así como cuando te quedas sin aire y levantó rápidamente la mirada, esperando encontrarse con otro borracho. En su lugar vio a un policía mirándola paralizado desde la entrada del callejón.

Un chico joven de color, con uniforme de patrullero, probablemente novato y sin galones. La miraba, estupefacto con su pistola desenfundada y apuntando hacia ella. Le temblaban las manos y sus ojos marrones viajaban, asustados, de ella a los restos petrificados de los otros cazadores.

«¡Ups, que fallo!» exclamó en voz alta.

—¡No se mueva! —Astrid bufó, porque… ¿en serio? ¿Se encuentra con semejante escena y en vez de salir corriendo le da por ser el héroe e intentar detenerla? ¡Buena suerte con eso, niño!

Claro que esa interrupción significaban problemas para ella. Se le acababa de complicar la tarde y mucho. Una cosa era eliminar cazadores, que estaba autorizada a ello, y otra muy distinta, niñatos vestidos de uniforme que se creían superhéroes.

¿Qué iba a hacer ahora con él?

—¡Esto te viene grande, niño! —gritó, intentando asustarlo. Con suerte eso sería suficiente para librarse de él sin necesidad de matarlo. No quería matar a un inocente solo porque fuera estúpido—. Desaparece antes de que te hagas daño con ese juguetito que no sabes usar.

El policía frunció el ceño, estupefacto. Era un joven que aparentaba veintipocos, alto y de complexión delgada. El cabello corto y negro con un fino bigote sobre su boca, en la cual se dibujaba un rictus de incredulidad.

El sudor brillaba en su piel de ébano, delatando su nerviosismo y el miedo.

Como si no pudiera oler ya.

Astrid dejó caer al cazador, que soltó un quejido al chocar contra el suelo, y se giró, dándole la espalda al chico y a su pistola. No le preocupaba que fuera a disparar. Por cómo le temblaba la mano, no parecía que la usara a menudo.

¡No tenía tiempo para esto! Debía encontrar a su presa y no iba a hacerlo ahí. Prefería regresar a su motel, organizarse y trazar otro plan para obligarle a salir de su madriguera.

—¡He dicho que no se mueva! —gritó el chico.

Debía darle algo de crédito. Demostraba agallas, a pesar de estar muerto de miedo. Otro, en otras circunstancias, habría salido corriendo en dirección contraria gritando por refuerzos.

Astrid se giró de nuevo, quedando frente a él y se bajó ligeramente las gafas, dejando sus ojos al descubierto durante una décima de segundo, lo suficiente como para que la pistola se convirtiera en piedra.

Ese era un truco que había perfeccionado con los años. De niña, cuando sus poderes empezaban a aflorar, convertía todo en piedra sin control alguno. Ahora, podía calibrar la potencia de su poder y decidir qué parte deseaba petrificar.

Asustado, el policía dejó caer la ahora petrificada arma, que se hizo añicos al chocar contra el suelo. Durante un largo minuto, el chico se quedó helado mirando la pistola, luego a ella y de nuevo al trozo de piedra que momentos antes era su arma reglamentaria. Parecía haber entrado en un bucle. Resultaba casi cómico.

Casi.

—¿Qué demonios…?

—Te lo he dicho. Esto te viene grande —le repitió, con tono aburrido—. Lárgate antes de que tenga que hacerte daño.

Por el rabillo del ojo vio al cazador que quedaba vivo sacar otro cuchillo y saltar para atacarla. Los había que eran más tontos de lo que aparentaban.

Antes de que pudiera ser considerado una amenaza, ella le esquivó y golpeó, haciéndole caer. Sin darle tiempo a reaccionar, Astrid volvió a cogerlo de la chaqueta, obligándole a mirarla.

—Podías haberte quedado quieto y hubieras salido vivo… —gruñó, molesta—. Ahora tendré que enviar mi mensaje a través de otro. No tienes idea de lo inconveniente que me resulta matarte.

Con esas palabras, Astrid se quitó las gafas y sus ojos brillaron de manera extraña, cambiando de color. El cazador gritó mientras se convertía en piedra despacio, empezando por los pies y subiendo, dejando su cabeza para el final.

No merecía una muerte rápida.

Astrid hizo un ruido despectivo y lanzó el cuerpo contra la pared. Este estalló en pedazos, rebotando por todo el callejón.

El policía seguía en el mismo sitio, con una mano tapando su boca, los ojos desorbitados y una expresión de horror en su joven rostro.

—¿Qué eres? —consiguió balbucear.

Astrid suspiró, enfurruñada. Su plan de enviar un mensaje a Dolph a través de sus matones acababa de estallar, literalmente. Tendría que idear otra cosa o esperar a que volvieran a atacarla.

Ninguna de las opciones le entusiasmaba, la verdad.

—Nada que puedas comprender. Vuelve a tu comisaría y no le cuentes nada de esto a nadie. No te creerán, niñato. —le gruñó amenazante antes de salir del callejón, desapareciendo entre la multitud que seguía celebrando su gran fiesta, ajenos a esas sobrenaturales muertes.

Antes de perderlo de vista, lo vio sentado en el suelo.


¿Te ha gustado? ¡Pronto llegará la novela completa!

 

El diario de Charles. Capítulo 11.

¡Y vamos a por otro capítulo!


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El diario de Charles

Charles llegó por los pelos al baño de su habitación.

Dos minutos más y hubiera vomitado en los pies de Jason.

Si había tenido dudas alguna vez en esos meses sobre si debía o no estar ahí, ya estaban despejadas.

Ese día fue una pesadilla de principio a fin.

Jason le pidió esa mañana que lo acompañara a una cacería. Una cosita simple, le dijo. Solo un cambia formas que había atacado a unos humanos mientras estaba en su forma animal.

Una cosita simple…

El cambia formas resultó ser un chiquillo de dieciséis años. Cuando se enfadaba o se ponía nervioso se convertía sin querer en una copia del perro de su vecino, un pastor alemán enorme que tenia atemorizado a medio barrio.

Solo un crio que no sabía que ocurría con él y con su cuerpo.

Y Jason le pegó un tiro con balas de plata. Un tiro directo a su cabeza y el chiquillo cayó al suelo sin vida.

Luego, como si no hubiera quitado la vida a un niño, Jason cogió el cuerpo, lo metió en una fosa, le roció gasolina y le prendió fuego.

Charles prácticamente se arrancó la ropa y entró en la ducha. Olía a humo y carne quemada.

Iba a vomitar de nuevo.

El veterano fue recibido en la fábrica como un héroe, con palmaditas en la espalda y una cerveza fría.

Había matado a un niño.

Se frotó el cuerpo con fuerza, intentando borrar de su piel el olor y la memoria. No podía dejar de ver los ojos muertos del niño.

Ese niño que solo necesitaba quien le echara una mano con sus poderes y no un tiro en la cabeza.

Hasta ese momento no se le había ocurrido pensar en que pasaba con aquellos que nacían sin saber que eran, aquellos que estaban solos y asustados, ignorantes de que les hacia diferentes y como vivir con ello.

Ahora sabía que algunos acababan como aquel chico. Muertos solo por ser distinto.

¿Cómo podía seguir pensando en ser parte de una organización que mataba por ese motivo sin distinguir bien de mal?

Cuando salió de la ducha, una idea iba formándose en su cabeza. Aun necesitaba saber más. Necesitaba más información, más datos.

Pero una cosa era segura.

Él ya no trabajaba para La Orden.

Ahora lo hacía para él mismo.

 

El diario de Charles. Capítulo 8.

El diario de Charles

¡El primer capítulo del año!

¡Vamos allá!


El diario de Charles
El diario de Charles
  •  ¿De dónde sacaste el exorcismo?

Charles rodó los ojos, hastiado. Esa era la cuarta vez esa semana que alguien le preguntaba “casualmente” sobre el exorcismo que usó contra Jack.

No tenía idea porque era tan especial pero no iba a decirles de donde había salido.

  •  Me lo dio un párroco. – contestó.

Como las otras tres veces consiguió el mismo gesto de incredulidad y fastidio por parte del otro.

Desde su entrevista con Rhodes no paraban de intentar sacarle detalles sobre Jack y todo lo ocurrido. No había mucho que ocultar pero tanta insistencia resultaba molesta y sospechosa.

Estaba más y más decidido a no revelar la verdad.

Y más decidido a averiguar que querían de Aidan.

En las últimas semanas, Charles había centrado sus esfuerzos en acumular informes y fichas antiguas y modernas sobre todo lo referente al chico, su familia y Jack.

Sabía que lo tenían fuertemente vigilado. Existían notas con sus horarios, rutinas y costumbres. Sus aliados, visitas, clientes…

Hasta sabían en que centro estaba ingresado su abuelo.

Resultaba aterrador.

Le debía la vida al muchacho y, cada día, lamentaba más no haberle escuchado cuando le pidió que se pensara buscar La Orden.

Pero quería venganza… aun la deseaba.

Igual que ansiaba ser capaz de proteger a sus seres queridos. Por Patrice… por Lauren…

Tenía que protegerlas. A cualquier precio.

Aunque para ello tuviera que trabajar con una gente que no le daba ninguna confianza. Incluso si no estaba seguro de que pudiera trabajar con ellos.

A veces sentía que La Orden eran los verdaderos demonios y no Jack.

 

 

Comenzamos con «Kamelot 2.0»

¡Ya estoy de vuelta! ¡Y con el ordenador funcionando al fin!

Mis vacaciones han sido cortitas pero intensas, eso sí. Mucho frikear, viaje a Roma para convención (como todos los años) y mucho aprovechar el tiempo para hacer limpieza hogareña (pintar es agotador, he dicho).

La Jus In Bello ha sido tan maravillosa como siempre y ver a las chicas que aprecio y viven lejos de mi siempre será un gustazo.

El plus de disfrutar de mis actores favoritos en vivo y en directo y tener la oportunidad de decirles cuanto aprecio su trabajo ya es el acabose XD Como de costumbre, ha sido un gustazo poder verles y oírles y hablarles y darles abrazos y comprobar que siguen prestándose a todas las tonterías que les pedimos sin perder la sonrisa.

Gracias, Jensen, por mi foto. Estoy segura de que te estarías preguntando que leñe ponía en el libro y qué importancia tenia para mí, pero imagino que habrá que dejarlo en el misterio porque no había tiempo para explicártelo XD

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Pero hay que regresar a la realidad al menos hasta el año siguiente.

Así que vamos al trabajo. También he aprovechado estos días para avanzar algo con mi “Kamelot 2.0” y voy avisando a mis dos sufridoras que ya mismo os estaré enviando el nuevo capítulo 9 reescrito y ampliado. El final aun me lo reservo.

También voy a empezar a poner algo de información en el blog, así que ya podéis ver la primera de las fichas, para que conozcáis a alguno de los personajes. Va a haber unos cuantos, os aviso.

A los suscritos al blog, os llegara la información un poco antes. Ando algo liada aun pero todo lo que venga después, lo recibiréis antes que el resto, prometido.

Por ahora, lo dejamos aquí. Sed buenos y volveré la semana próxima con algo más interesante que contaros. Y más útil, espero

 

¡Lee el primer capítulo de «Jack T.R.» gratis!

¡El gran día se acerca!

Ya solo quedan un par de semanas para Halloween y para que saque a Jack de su encierro. Y para celebrarlo os dejo el primer capítulo.

¡Espero que os guste!


Jack T.R. Primer capítulo.

 

 

Sus ojos azules se abrieron de par en par, atemorizados.

Una rata chilló y corrió hacia ella, saltando entre los charcos que abundaban en el suelo y pasó por su lado antes de huir y perderse en la oscuridad.

Como ella deseaba hacer.

Sin embargo estaba corriendo desesperada en dirección contraria. Tropezó al interior de ese callejón que los clientes masculinos del bar solían usar cuando no querían esperar su turno en el baño y acabó cayendo al rompérsele uno de sus tacones en una grieta.

Se giró, quedando sentada en el sucio suelo, haciendo caso omiso al tacto pegajoso del asfalto bajo sus manos y a las lentejuelas que empezaban a desprenderse de su frágil falda, brillando levemente en la mortecina luz de una farola cercana.

Frente a ella la muerte la acorralaba, cerrándole el paso, como un lobo a su presa.

Por un segundo deseó estar teniendo una pesadilla. Una de la que pudiera despertar, a salvo en su cama y no ahí, rodeada por contenedores de basura y paredes sucias, cubiertas de carteles desgarrados del último espectáculo de strippers que actuaron la semana anterior.

No en aquel lugar, con el sonido de la gente divirtiéndose en el bar y la música estridente del interior como banda sonora de su futura muerte.

Porque estaba segura de que iba a morir.

Quería gritar para pedir ayuda, pero no conseguía que le saliera la voz. El miedo y el dolor, producido por un profundo corte en su hombro izquierdo, eran tan grandes que le impedían articular sonido alguno y paralizaban su cuerpo empapado de sudor frío. Solo era capaz de emitir gemidos entrecortados.

Con torpeza se llevó las manos a la herida en un vano intento de detener la sangre que manaba sin parar, viendo como sus manos y su top blanco se teñía de rojo rápidamente. Se arrastró un par de metros, sus rodillas raspándose contra el duro asfalto y rompiéndose las medias, tratando torpemente de huir de aquel monstruo.

Pero era inútil y lo sabía.

No había escapatoria. La había llevado a un callejón sin salida.

Se negaba a morir. Solo tenía veintiocho años. Aun le quedaban cosas pendientes. Ahora lamentaba no haber aclarado las cosas con su hermana. Ya no podría hacer las paces con ella y conocer al fin a su sobrino, al que no había visto a causa de una estúpida discusión.

 

Estaba atrapada. Ese monstruo jamás la dejaría salir de ahí con vida.

 

Ese pensamiento la hizo temblar aun más, el pánico atenazándola, sacándole sollozos mientras su vista se nublaba a causa de las lágrimas.

Los rizados mechones de su larga y sedosa melena negra cayeron sobre sus ojos, entorpeciéndole más la visión, cuando aquella cosa la agarró del brazo con una fuerza antinatural y la levantó de un violento tirón, como si fuera una muñeca de trapo, desencajándole el hombro y sacándole un grito ahogado de dolor.

Lo primero que pudo ver con claridad al enfrentarse a él fueron sus ojos.

No podría olvidarlos nunca. Era incapaz de apartar la mirada de ellos. Ni siquiera cuando sintió la fría y afilada hoja del cuchillo clavándose nuevamente en su carne y rasgándola pudo dejar de mirarlos.

La hizo girar entre sus brazos y le cortó el cuello. Con extremada lentitud.

– Tu seras mi mayor obra, querida. – le susurró al oído, mientras la tumbaba boca arriba en el suelo.

A los cortes en la garganta se sumaron otros más en la cara, en el pecho, en los brazos al tratar de cubrirse y minimizar un daño que ya era inconmensurable. El golpe de gracia, el que la dejó finalmente rindiéndose a lo inevitable, fue en el estomago. El cuchillo se hundió en su interior hasta la empuñadura, subió y ya no se detuvo.

 

Mientras la vida se le escapaba a borbotones y oía la estridente risa de su asesino, su último pensamiento fue para esos ojos dorados. Ni siquiera prestó atención a que la estaba abriendo en canal como si solo fuera un pedazo de carne.

Aquellos ojos aterradores y diabólicos que no dejaban de mirarla, brillando antinaturalmente de satisfacción mientras la observaba morir.

Charles Andrews abrió los ojos, despertando bruscamente para encontrarse en su cama y no en aquel callejón de su sueño. Jadeaba entrecortado, con el corazón a mil por hora haciéndole sentir mareado  y sin poder dejar de tocarse el cuello donde aun sentía el roce fantasma del cuchillo. Su vieja camiseta gris de «The Police» que usaba para dormir estaba empapada de un sudor frio que pegaba el algodón a su piel. Notó el sabor de la bilis en la garganta, sabiendo que estaba muy cerca de vomitar lo poco que cenó la noche anterior.

Para cualquier persona normal, eso podría ser producto de una horrenda pesadilla.

Pero él no era alguien normal. Una pesadilla ordinaria no le tendría temblando de puro terror y sin aliento. Sabía que ni siquiera todo lo que sentía era exclusivamente suyo. Aun podía notar el miedo de la chica con la que había soñado, oír sus intentos de pedir ayuda, oler la sangre en el aire…

Oír al asesino susurrándole y notar su aliento en su oído.

 

Odiaba sus sueños. En específico los de esa clase.

 

En su familia, en cada generación, siempre hubo un miembro que podía ver el futuro mientras dormía. Su padre, por ejemplo, y, antes que él, su abuelo y su bisabuelo. Toda su rama paterna nació con ese don. Charles prefería llamarlo maldición, aunque probablemente era una cuestión de perspectiva.

Él era uno de los últimos que quedaba con esa habilidad. Sufría, porque no había otra palabra mejor para expresarlo, sueños premonitorios.

En cada miembro de su familia, esos sueños se manifestaban de manera distinta. Su padre podía ver sucesos con varios días de antelación, mientras su abuelo veía cosas que podían estar sucediendo en otras ciudades. Charles los vivía en directo, sin opción a poder hacer algo para intervenir.

No había un porque a los motivos por los que sus sueños eran de esa manera y, para ser sinceros, tampoco se molestó en investigarlo o consultarlo cuando comenzaron, siendo él un adolescente. Bastante tenía con lidiar con lo que veía. Sin embargo, aquel no era el mejor momento para ponerse a pensar en ello.

Alguien había muerto esa noche.

La chica de su sueño murió exactamente de la misma manera que él lo había visto y sintió cada cuchillada, cada intento de escapar, cada respiración hasta que su vida terminó… Cada instante con todo lujo de detalles, y en tecnicolor pero lo más importante, lo fundamental se le escapaba… no pudo ver al asesino.

 

¿Para qué le servía su don si no podía evitar que sucediera lo que soñaba?

¿Por qué no podía verlo a tiempo para poder actuar y salvar a la victima?

¿De qué le valía si nunca podía ver el rostro de quien realizaba esos actos terribles?

Esos sueños solo conseguían desesperarle y frustrarle hasta cotas inimaginables.

También eran la razón por la que acabó haciéndose policía. Si no podía hacer nada para impedirlos, haría algo para dar paz a quienes veía morir.

Con un gruñido, decidió levantarse por fin y prepararse.

Salió del dormitorio y se encaminó hacia el baño para tratar de borrar esas imágenes de su mente bajo el chorro de agua caliente. El frio del invierno y el sudor que cubría su cuerpo le hicieron estremecerse a pesar de que ya había encendido la calefacción.

Al mirarse en el espejo vio las ojeras oscuras que empezaban a profundizarse bajo sus ojos marrones. Hacía algún tiempo que no dormía bien. No desde el primer asesinato, cuatro días antes. El cansancio había hecho que su piel estuviera más pálida de lo habitual, casi cenicienta y que las pocas arrugas de expresión que solía tener estuvieran más marcadas.

Tras una corta ducha, regresó al dormitorio y preparó su ropa. Traje negro, camisa blanca de lino, abrigo de lana, corbata de seda burdeos… descartando el regresar a la cama a pesar de ser las seis de la mañana.

Hizo un no muy entusiasta intento de peinar su alborotado cabello castaño, el cual siempre decidía por su propia cuenta como quería estar, hiciera él lo que hiciera, y se tocó la barba, ya de una semana. La observó, crítico. Empezaba a verse canas en la barba. Probablemente sería mejor afeitársela, pero ese día no se encontraba con ánimos para hacerlo.

Desechó la idea de desayunar y se limitó a tomarse un par de ibuprofenos para la futura jaqueca que ya andaba rondándole. Desayunaría con su compañero después de acabar con la escena del crimen. Ese era un ritual que ambos tenían desde que empezaran a trabajar juntos y lo mejor para asegurarse que no ibas a quedar en ridículo delante de todos los compañeros vomitando cuando el olor o la visión del cadáver te revolviera el estomago.

Se sentó en el sofá, frente al televisor e hizo un poco de zapping para matar el tiempo hasta que recibiera el aviso. Dejó el canal de noticias, donde un presentador con más botox que Cher, hablaba sobre la muerte de un multimillonario en Nueva York.

Tenía claro que no iba a ser capaz de dormir más y necesitaba despejar su mente del sueño para poder centrarse en el caso.

Efectivamente, media hora después su móvil sonó.

– Detective Andrews. – contestó con la voz ronca. Aun sentía un poco adolorida la garganta por los gritos que esa pobre muchacha no había podido dar. Esperaba que su vecina no volviera a preguntarle que hacía por las noches para gritar tanto. La primera vez ya fue lo suficientemente bochornoso. – Aja… estaré allí en veinte minutos.

El aviso fue en el Parque Meyering, a menos de un kilómetro de una zona de bares ligeramente conflictiva. Era un lugar frecuentado por familias con niños pequeños y corredores durante el día, pero, al anochecer, era el punto de encuentro favorito de yonkis y prostitutas. No era recomendable pasear por allí pasadas las diez de la noche, si se quería regresar con la cartera intacta.

Un hombre que hacía jogging con su perro fue quien descubrió el cuerpo y llamó a la policía. Le estaban tomando declaración cuando Charles aparcó su Chevrolet Camaro, veinticinco minutos después de recibir la llamada. Había varios coches patrulla rodeando el lugar, las luces tiñendo de rojo y azul la nieve que cubría los arboles.

Vio a su capitán inmerso en lo que parecía una acalorada conversación con el jefe de prensa del alcalde, un tipo verdaderamente detestable que era capaz de vender a su madre si con eso conseguía más votantes para el alcalde.

No se sorprendió mucho al verle allí. Un asesino en serie daba muy mala prensa a cualquier ciudad. Probablemente estaba amenazando al capitán Murphy con despedirle si no atrapaban pronto a ese asesino. Y, por la expresión de su jefe de departamento, este se estaba conteniendo para evitar mandarlo al diablo.

– ¿Qué tenemos? – preguntó al ver a su compañero, Gordon Henricksen, quien tenía pinta de haber dormido incluso peor que él, si las ojeras que tenía bajo sus ojos azules eran una indicación.

Su compañero llevaba el abrigo arrugado, el cabello pelirrojo despeinado y no se había afeitado. Probablemente, ni siquiera llegó a su cama. Algo normal, puesto que había sido padre un par de meses antes. La pequeña no les estaba dejando dormir una noche entera ni a él ni a su mujer, por lo que le contaba.

– Nada bueno.

El detective podía oír a sus espaldas a dos novatos, un par de críos recién salidos de la academia, recuperándose después de haber vomitado todo el desayuno tras ver esa masacre. Y no era para menos. Incluso a él, que ya sabía que iba a encontrarse, la visión le revolvió el estomago.

La víctima era una chica de unos treinta y de cabello negro largo y rizado, tal como vio en su sueño. Iba vestida con una falda negra de lentejuelas muy corta y un top blanco. O debió ser blanco antes de que su sangre lo tiñera de rojo. A unos dos metros de su cuerpo se podían ver su pequeño abrigo de piel sintética negro y un bolso a juego con la falda. No había ni rastro de sus zapatos por ninguna parte.

La falta del calzado no le resultó una sorpresa. Probablemente, se le cayeron al trasladarla desde la verdadera escena del crimen hasta ahí. Debían encontrar ese callejón para procesarlo.

Esperaba que llevara algún documento en ese bolso, porque su cara estaba prácticamente irreconocible. La habían golpeado brutalmente y cortado en el rostro, desfigurándola. Tenía, además, múltiples heridas de arma blanca por todo el cuerpo.

Un corte largo y profundo en la garganta, de izquierda a derecha. Podía incluso ver el hueso… Charles intentó centrarse en las pistas que le daba el cuerpo y no en lo demás.

Otro corte atravesaba su estomago de arriba a abajo, dejando su interior expuesto de manera macabra.

Había mucha sangre alrededor del cuerpo, tanta que la nieve estaba completamente manchada, pero no la suficiente como para que los forenses pensaran que era el sitio donde había sido asesinada y parecía que habían extraído algunos órganos. Podía ver los intestinos enrollados pulcramente y colocados sobre el hombro izquierdo de la víctima, mientras que algo que parecían ser el estomago y los riñones estaban en el suelo, junto a la cabeza.

Tendrían que esperar al informe del forense para saber cuál de ellos faltaba, porque era obvio que así era.

No muy separado del cuerpo, sobre la nieve y escrito con la sangre de la víctima, tres letras.

 “J.T.R.”

Igual que en el caso anterior. ¿Qué podían significar?

– Joder…

– Y que lo digas. Los novatos no han sido los únicos que han perdido el desayuno por ver esto. – Charles arqueó una ceja divertido a su compañero, sacándole una mueca. – Como si tú no estuvieras a punto de hacer lo mismo…

– Lo haría si hubiera desayunado, que no ha sido así. No aprendes. Nunca vengas a una escena del crimen recién desayunado. – rió, sacando un gruñido descontento a su compañero. – ¿Habéis encontrado los zapatos de la victima? – Henricksen arqueó una ceja, mirando hacia los pies descalzos de la chica.

– No hay rastro de ellos por ninguna parte. Los patrulleros ya han estado buscando sin encontrarlos.

– Está claro que la chica no murió aquí. No hay suficiente sangre para semejante carnicería. La tuvo que recoger en algún bar o algo por el estilo. – su compañero meditó en silencio un minuto antes de volver a hablar.

Sabía lo que estaba haciendo. Repasaba los locales cercanos a la zona. Saberlos no era imprescindible, pero si muy útil en su trabajo. Y si Charles no recordaba mal, había escuchado música donde la atacaron. Debía venir de un bar muy cercano.

– Hay pocos sitios lo bastante cerca de este lugar en los que pudo estar. Eso contando que no se alejara demasiado de donde la secuestró, claro. O que no sea una de las prostitutas de la zona.

– No pudo ser muy lejos. Y no tiene pinta de prostituta. Lo sabremos con más seguridad cuando comprobemos si tiene antecedentes, claro. – respondió Andrews, evitando mirar demasiado a la chica. – Mover el cuerpo también coincide con el modus operandi de este tío y ha vuelto a dejar su firma.

– Hasta que no lo comprueben los forenses… Pero todo coincide con la otra víctima.

– No se ensañó tanto con la primera.

Con la anterior chica (Loretta, veintinueve años, castaña, trabajaba en un bar cercano a donde la encontraron y tenía antecedentes por trapichear con cocaína) no hubo paliza. Solo tenía heridas de arma blanca en el cuello y abdomen, pero no en brazos y, desde luego, no tenía la cara destrozada a puñetazos.

– Tal vez lo interrumpieron. La otra escena era un desastre. Esta no. Parece que incluso hay una especie de siniestro orden.

– Tendría más sentido. La pobre ni siquiera lo vio venir. – Eso fue lo que dijo el forense. A la chica la habían inmovilizado por detrás y cortado la garganta antes de que pudiera emitir algún ruido. No tuvo ninguna oportunidad. – ¿Pero por qué tanta violencia con esta?

– ¿Quién sabe qué pasa por la cabeza de un monstruo así?

El detective negó en silencio.

Monstruo… ojala fuera tan fácil.

En la ficción siempre podías averiguar enseguida quien era el monstruo porque su maldad se reflejaba en su aspecto exterior.

En la vida real, estos se escondían bajo la fachada de una persona normal. Podía ser cualquiera. El cartero, el chico que repartía en el supermercado, o simplemente, ese tipo con el que siempre te cruzabas en el metro y del que no sabías absolutamente nada.

Y si todo era parecido a la anterior escena, este cabrón no habría dejado ninguna pista para encontrarle salvo su firma. Ni huellas, ni ADN, ni una fibra… nada.

Quien fuera ese bastardo, sabía lo que hacía y era extremadamente cuidadoso.

Andrews alzó la vista, paseándola por los alrededores de la escena, odiando el momento en que permitió a su compañero convencerle para dejar de fumar y deseando tener un cigarrillo, cuando le vio.

El chico no le llamó la atención por nada en especial. Era alguien normal, más bien del montón. No más de veinticinco, pelo oscuro oculto bajo una gorra gris, vestido con vaqueros y sudadera de los Chicago Bears debajo de una cazadora gruesa negra y algo más alto que él. Miraba horrorizado lo que podía vislumbrar del cadáver, como todos los curiosos a los que los agentes de a pie no conseguían alejar lo suficiente.

No, no llamaba para nada la atención.

Pero él le había visto antes.

No conseguía ubicarle, pero estaba seguro de haberle visto antes de ese momento. Era muy bueno memorizando caras.

– Oye, Henricksen… – Charles se giró hacia su compañero, desviando por un segundo la mirada del muchacho y tratando de hacer caso omiso del cuerpo inerte cerca de ellos.

– ¿Si?

– ¿Habéis sacado algo de quien encontró el cuerpo?

– ¿El del perro? Aun le siguen tomando declaración. – respondió el otro, señalando por encima de su hombro, poniéndose en pie. Efectivamente, dos agentes seguían tomando testimonio al asustado hombre que acariciaba distraído a un bonito golden retriever que él viera al llegar. – Estaba paseándolo mientras hacía jogging por el parque y se lo tropezó. Pero no creo que viera nada más que eso. ¿Por qué?

– ¿Ese chico de ahí no te suena de algo? Creo que lo he visto antes.

– ¿Qué chico?

Pero al girarse para señalárselo, el muchacho ya había desaparecido del lugar. Seguramente habría satisfecho su curiosidad y estaría camino de su casa o su trabajo o lo que fuera que hiciera.

Suspiró cansado. La falta de sueño le estaba volviendo paranoico, estaba claro.

– Nada… olvídalo… Vamos, te invito a un café mientras esperamos a que levanten el cadáver.

No fue hasta unas horas después de regresar a comisaria, ya en su escritorio y con las fotos de las dos escenas de los asesinatos en sus manos para comparar, que volvió a pensar en aquel joven.

Estaba revisando las fotos que los agentes hacían a los alrededores de las escenas y lo vio. En algunas ocasiones, con casos peculiares como ese, solían tomar instantáneas a la gente que curioseaba. Muchas veces los autores de los crímenes volvían para ver el resultado de su hazaña y regodearse en ella o, incluso, ofrecían su ayuda.

Había para todos los gustos, por desgracia.

Y ahí estaba él. En las fotos del primer asesinato, entre los curiosos. Las dos escenas estaban muy separadas la una de la otra, casi cada una en un extremo distinto del distrito. Resultaba muy curioso que estuviera por los dos sitios el mismo día y en el mismo momento en que se descubrían los cuerpos.

Demasiada casualidad.

Y, la mayor parte del tiempo, en su trabajo eso no existía.

Mientras esperaba a que el forense empezara la autopsia decidió investigar eso por su cuenta.

¿Quién sabia?

En casos así no se debían dejar nada al aire.


¡Y hasta ahí puedo leer! XD O dejaros leer.

No olvidéis que podéis descargar el capítulo AQUÍ.

Y no olvidéis visitar el blog de la novela AQUÍ.

PD. Si, es la misma entrada que he puesto en el blog de Jack. Sinceramente, creo que quedaba mejor ponerla completa a poner un link enlazándola. Así me aseguro de que lo leéis… XD

Escribir escenas: ¿Cómo lo hago?

Narrar, describir, mostrar, dar vida a los personajes, a los lugares… Todo eso y más hacemos cuando escribimos una historia.

Pero… entre todo eso, están las escenas. De amor, acción, sexo, intriga…

No es tan fácil. Tu puedes ver perfectamente en tu cabeza esa escena que quieres escribir. La ves como una película. ¿A que si? Ahora intenta poner todo eso que ves en el papel… ¿A que no es tan fácil?

A mi se me atraviesan las de batallas, peleas y las de sexo. Esas me cuestan horrores. Nunca se si me estoy pasando de describir, de narrar o si me estoy liando tanto que luego no va a entenderse nada.

Como en las historias con las que estoy liada ahora hay un par de escenas de peleas, pues hice lo de siempre. Busque ayuda.

Hay muy buenos consejos ahí que ayudan bastante si se te atraviesa una escena así.

Cambiando un poco el tercio, hay otra nueva plataforma de publicación que se estrenará mañana. He podido echarle un vistazo a la web y tiene buena pinta.

Hablo de NextChap.Com, en la que podrás darte de alta como autor o lector. Los autores podrán enviar sus historias y se irán publicando por capítulos. Se publicaría el primero en la web y si gusta a los lectores, se pasaría al siguiente. Al conseguir cinco capítulos subidos, la plataforma publicaría tu historia integra.

Este vídeo lo explica mucho mejor que yo, que me lío sola.

La iniciativa es interesante.

 

Cuando la impaciencia ataca.

Hoy voy a hablar de una de mis peores enemigas.

Es tan mala como la hoja en blanco y la inspiración que se va de paseo y no regresa.

¿A quién no le ha podido la impaciencia?

Pues a todos.

Dependiendo de si eres una persona más o menos tranquila, te afectara en mayor o menor medida. Pero a todo el mundo, en alguna ocasión, le ha ganado la batalla el deseo de hacer/conseguir algo y que sea ya.

En este mundillo que hemos elegido, igual que en cualquier otro ámbito de la vida, es un enemigo al que debes aprender a manejar.

¿Cuántas historias se han estropeado por las prisas al corregir, al terminarlas? ¿Cuántas veces has pensado al leer algo… “esto tiene un final apresurado”? ¿O te has encontrado con alguna falta ortográfica por que se revisó con prisas? ¿O un fallo en la trama?

Cuando dicen que las prisas son malas consejeras, por algo será. Y esas prisas que te hacen cometer esos errores, vienen por la impaciencia.

Cuando empiezas una historia estas emocionadísima. ¿Verdad? Y te da esa impresión de que tus dedos no van lo suficientemente rápidos. Tu cerebro corre más. El va cuatro o cinco capítulos por delante, lo cual es bueno. Y malo.

Bueno, porque sabes cómo va a seguir la historia. Malo, porque te está haciendo sentir como que no vas a poder plasmarlo todo lo suficientemente rápido, que la idea que tienes en ese instante la vas a olvidar por ir tan despacio.

En los borradores eso no importa realmente. Es un borrador. Todos sabemos los mil cambios que acabara sufriendo, así que… no, realmente no importa mucho. Además, recuerda, para eso están las notas. Si sigues pensando tres capítulos por delante, para, escribe esa idea en papel y luego sigue con lo tuyo. Metete en la cabeza (y de camino se lo comentas a tu cerebro) que lo que nos sobra es tiempo. Normalmente, claro.

Aplícalo al corregir y revisar también. Porque… tu lees… y relees… y vuelves a releer… y quieres acabar. Reescribir puede ser muy divertido. No sabes que vas a cambiar o que nuevo giro surgirá de repente transformando tu borrador en algo mucho más bonito. Pero también puede ser tedioso releer tanto. Mi voto esta en hacerlo poquito a poco, por mucho que desespere. Dos, tres capítulos máximo y luego un largo descanso o empezaras a saltarte párrafos con la excusa de que en el primer repaso ya estaba bien.

Para los que tienen la suerte de saber maquetación y diseño y se autopublican (os envidio terriblemente. Tarde tres horas en aprender a usar un solo botón de un programa de maquetación. Tenéis mucho merito.) ojito también con esa impaciencia. Que por mucho correr, no hagáis una chapuza. Todos estamos deseando ver publicado nuestro libro. Los autopublicados siempre lo conseguirán antes, pero que ese deseo de verlo en el escaparate on line no os haga cometer el error de ir con prisas. Que luego esos errores no se olvidan.

A mí la impaciencia me puede como a la que más. Siendo como soy una “Mari Nervios”, llega a frustrarme mucho. No solo en esto, en todo. Treinta y cinco años peleando con eso me ha enseñado a domarlos un poco. A obligarme a decir… Ahora no… todavía no…

Ahora me repito a mi misma mientras escribo… todavía no… repásalo otra vez… aun no ha reposado lo suficiente… déjalo un par de días más… se más paciente…

Obviamente, no me funciona siempre, como a cualquiera. Pero también trato de recordar eso que aquí se dice muchísimo… escribir no es un sprint, es una maratón. Y en las maratones no se corre especialmente rápido hasta que ves la línea de meta. Se trata de aguantar hasta ese momento, no de agotarte antes.

Así que cuando te pueda, para. Deja lo que estés escribiendo y haz otra cosa hasta que te calmes. Si, es lo contrario que se dice, ¿verdad? Lo normal sería no parar, no distraerte. Pero en este caso, debes. Si acabas frustrado por esa impaciencia, tu historia podría ni terminarse. Así que si, para. Mira algo… la tele, escucha música, mira por la ventana (yo tengo un bar muy divertido enfrente. Cuando me frustro, les miro. A ellos y a los policías que vienen día si y día no a llamarles la atención.) Lo que sea que te calme y luego, sigue escribiendo.

Otra cosa que a mí me gusta hacer para evitar eso es centrarme solo en lo que me toca escribir ese día. Como cualquiera, yo tengo mi esquemita. Bueno,  hago mini resúmenes por capítulos. Unos pocos párrafos para el capítulo entero, a escena por párrafo. Me lo leo varias veces antes de escribirlo, meditando como van a ir y me centro en cada escena como si no hubiera algo más que escribir. Solo una escena cada vez. Así evito distraerme con lo que vendrá después. No me permito ni pensar ni leer la siguiente escena que toca hasta haber acabado la anterior.

Obviamente, esto trabaja para mí. A lo mejor a otro no le vale. O no tiene mi problema. Normalmente, la gente escribe con silencio absoluto para no distraerse o usa música. Yo lo hago con series en versión original puestas como ruido de fondo. Todos tenemos nuestras manías que nos funcionan.

Pero si tienes ese problema, ya sea al empezar o al corregir, antes de apresurarte, para… respira… cuenta hasta diez… y no dejes que la impaciencia te gane.

PD. Este no es la clase de post que he estado publicando últimamente, pero me gustaría mucho saber, de quien lea por aquí, si también les ocurre algo parecido y como hacen para evitar que les distraiga. Sería interesante saber vuestra opinión.