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Y continuamos por dónde lo dejamos... : Capítulo 3: Relato 3 hermanos

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Joseph miró a través de la ventana, suspirando cansado.

Estaban en otro motel, a las afueras de Chicago, tras más de doce horas en coche. Le dolía todo el cuerpo. Había sido un viaje infernal, pero no hubo manera de convencer a Jon de que se lo tomaran con más calma.

Al menos, pensó mientras intentaba no dormirse en la silla, su hermano tuvo piedad de él y paró para hacer noche cerca de Toledo. Claro que hubiera sido más rápido y fácil aceptar los billetes de avión que les ofreció el tipo de Kamelot, pero no les pareció aceptar algo tan caro de alguien a quien no conocían.

Además, Jon detestaba volar.

No era que le diera miedo, simplemente, no le gustaba. Sus oídos eran muy sensibles y el cambio de presión resultaba muy doloroso para cualquier lobo. A Jon parecía afectarle más, por alguna razón.

La única vez que Jon cogió un avión, para asistir a un evento del Consejo en otra ciudad y por insistencia de su padre, casi se volvió loco del dolor. Solo Colby fue capaz de calmarlo y Joseph no sabía si él tendría tanta suerte.

Era muy consciente de la relación especial que tenían sus dos hermanos pequeños. Jon sentía un amor muy especial por Colby. Era su punto débil. Era así desde el primer día en aquel hospital, al quedarse huérfanos los tres. Fue algo instantáneo que había ido creciendo con los años.

Era por eso que su hermano se culpaba por no ver a tiempo lo que ocurría con el pequeño.

También sabía también que la traición del pequeño había herido más a Jon, a causa de lo que este sentía por Colby. Puede que les hubiera traicionado a los dos, pero rompió el corazón de Jon en más pedazos.

Un dolor intenso en el brazo le hizo regresar a la realidad. Su hermano le había dado un puñetazo. Joe gruñó, dirigiéndole una mirada de enfado.

–  ¿A qué cojones viene eso?

–  Llevo cinco minutos preguntándote si quieres una cerveza. ¿Dónde estabas? – le preguntó, pasándole una lata de cerveza.

El cansancio estaba haciendo más mella en él de lo que pensaba, si había estado tan abstraído. Vio a su hermano sentándose en su cama, mientras se bebía su cerveza.

–  En ninguna parte. – suspiró. – Solo pensando en qué vamos a hacer cuando lleguemos a Chicago. ¿Por dónde deberíamos empezar?

–  El mago mencionó la zona neutral de la ciudad. Y que el dueño había tenido tratos con Andrews y La Orden. Tal vez pueda darnos alguna pista sobre dónde buscar.

Joseph asintió. No tenían más opciones.

–  Mejor que ir directamente a la manada. – Jon soltó una risita, tirándole la almohada.

–  ¡Y más seguro! Habrá que tener cuidado de no cruzarse con nadie. Allí tienen un territorio más amplio y no conocemos los límites. – el mayor asintió, lanzando de vuelta la almohada.

–  Compartido con los vampiros. Recuerdo que lo comentó papa en una ocasión, en el Consejo.

La animosidad entre vampiros y lobos era milenaria. La tregua llegó un par de siglos atrás, con ambos bandos diezmados por sus guerras internas, las batallas con otras razas y el acoso de los humanos. Fue entonces cuando se reunieron y decidieron no atacarse, firmando una alianza histórica. Desde entonces, ambos bandos solían compartir las ciudades, manteniendo unas normas de convivencia que exigían no traspasar los límites establecidos sin autorización y solo en casos muy especiales.

Todo vampiro o lobo que visitara la ciudad debía presentarse ante los Alfas para evitar traspasar fronteras por error.

Chicago era una de las ciudades con la población más alta de lobos y vampiros. Sorprendentemente, también era la que menos problemas de territorio tenia, lo que era casi un milagro. Las otras cuatro ciudades que existieron con ambos bandos conviviendo, fueron un completo fracaso.

Nadie comprendía que era lo que hacía a Chicago tan especial para que funcionara la tregua.

–  Iremos directamente a la zona neutral y le preguntaremos por las fronteras, para no meter la pata. Y recuerda, Jon… nada de asustar al guardián. – su hermano lo miró a medio camino entre ofendido y divertido por la advertencia. – Necesitamos su ayuda. Intenta comportarte.

–  ¿Qué? ¡Yo no voy asustando a la gente por que sí! – ante la expresión de incredulidad del otro, Jon bufó. – ¡No lo hago!

–  Perdona, pero si, lo haces. Y lo haces porque eres un crio y te parece divertido, pero esta vez no. No gruñas, no grites, no te muestres violento y no enseñes los colmillos. Necesitamos la ayuda del guardián.

Jon volvió a bufar, apagando la luz del dormitorio. Joseph simplemente rio por lo bajo.

–  ¡Aguafiestas! – le escuchó protestar.

–  Ya, ya… ve a dormir. Mañana hay que salir temprano ya que no conocemos la ciudad y hay que buscar la zona neutral.

Un camión pasó cerca del motel, haciendo temblar ligeramente los cristales de la ventana y Joseph escuchó a su hermano moverse en la cama.

–  ¿Crees que nos ayudará?

–  No lo sé. Eso espero. Las zonas neutrales se crearon para asistir y pedir consejo. Esperemos que el guardián de esta sea comprensivo con nuestra situación.

–  Y si no, le muerdo. – Joseph no pudo contener la carcajada.

–  Y si no, le muerdes. De acuerdo.

 


 

La próxima semana, los que ya hayan leído Jack T.R. disfrutarán del cameo de su protagonista. Y los que no… ¡estáis tardando! ¡Ven y sigue las aventuras de mis hermanos lobo por mi universo!

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¡Seguimos con los lobos!: Capítulo 2: Relato 3 hermanos

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Capítulo 2.

La Torre Kamelot era uno de los edificios más altos de la ciudad de Nueva York, situado en el Bajo Manhattan, en el centro de los negocios.

Una enorme estructura de metal y cristal, sobrio e imponente que parecía presidir el distrito financiero ya que destacaba entre los demás.

Y en ese mar de trajes oscuros y maletines, los dos hermanos resaltaban como los lobos que eran en un redil lleno de ovejas. Su aspecto resultaba demasiado llamativo al estar rodeados de tanto yupi trajeado.

Los dos iban vestidos como siempre. Joseph con sus pantalones de estilo militar y camiseta negra sin mangas, a pesar de que el tiempo era más bien fresco. Pero los lobos no sentían el frio igual que los humanos y a él le gustaba mostrar el tatuaje que cubría todo su brazo derecho.

Jon llevaba sus vaqueros rotos, camiseta blanca, botas y la cazadora de cuero negro que le ganó a las cartas a un motero, en un bar de mala muerte en Ohio. Para variar, no se había peinado y su cabello estaba hecho un desastre. No que a él le importara…

Pero las miradas sospechosas les siguieron al acercarse a la Torre y entrar.

En recepción una hermosa mujer les informó, con pocas palabras y tono nada cordial, que nadie podía atenderles. Cualquier persona debía pedir cita con, al menos, un mes de antelación.

Eso enfadó mucho a Jon, quien no soportaba a la gente que se creía por encima de los demás. Intercambió una mirada con su hermano, que parecía suplicarle en silencio que no formara un escándalo.

Obviamente, eso fue exactamente lo que hizo. Un segundo después de que la mujer, educadamente, les mandara a paseo empezó a gritar, asustándola tanto que acabó llamando a seguridad.

Al menos así había acudido alguien a recibirles.

–  ¿No habíamos acordado que íbamos a ser discretos? – preguntó Joseph al verse rodeados por un mini ejercito de hombres vestidos con trajes negros y el logo de la empresa en el bolsillo de la chaqueta.

Debían pertenecer la seguridad privada de la empresa.

–  ¿Cuándo? – los hombres sacaron porras extensibles al comprobar que no retrocedían. Todos eran tipos grandes y fuertes. Posiblemente, militares. Era la norma en las empresas privadas.

–  ¡Antes de salir del motel!

Los hombres eran buenos y presentaron una buena pelea pero no pudieron contra los dos lobos. Cuando ya los tenían a todos en el suelo, la campanita del ascensor sonó y de su interior salió otro hombre.

Este no pertenecía a seguridad, eso estaba claro. Ni su físico ni su porte eran como los de los otros. Este vestía un traje de tres piezas gris ceniza con camisa blanca y corbata burdeos. Era un hombre joven aunque el cabello totalmente cubierto de canas le hacía parecer mayor.

Además, no era humano. La magia chisporroteaba y le rodeaba como un escudo.

El hombre dirigió sus ojos azules a la pareja y les sonrió, haciendo un gesto a los de seguridad para que se retiraran. Estos parecían reticentes a obedecer, pero se marcharon.

–  ¿Qué puedo hacer por dos lobos a los que no conozco? No pertenecéis a la manada de la ciudad.

Ambos se sorprendieron. No era fácil, incluso entre la gente de la Comunidad, reconocer la raza de un solo vistazo. El hecho de que ese joven lo hiciera demostraba que era muy poderoso. Y, también, que habían acertado al venir.

Jon dejó que su hermano tomara la palabra. Era el más diplomático de los dos y conseguiría más que él.

–  Soy Joseph y este es Jonathan. – les presentó. El hombre les saludó con un gesto. -Queremos que nos ayudes a detener a nuestro hermano.

El joven arqueó una ceja, visiblemente intrigado.

– ¿Por qué? ¿Qué es lo que está haciendo para necesitar ser detenido?

– Trabajar con La Orden. – el hombre silbó, componiendo una expresión preocupada.

–  Vamos a hablar a otra parte. Por favor, seguidme.

Los tres se dirigieron hacia los ascensores, entrando en el primero que se abrió. Jon observó como el otro pulsaba el botón de la planta treintaisiete.

–  Eso no es habitual… lo de vuestro hermano, me refiero. Y nada bueno para la Comunidad. Aunque, me temo, que no es el único del que tenemos noticias.

Ahora fue el turno de los hermanos de lucir preocupados. ¿Existían más lobos trabajando para La Orden? ¿Cuántos? ¿A qué otras manadas habían conseguido influir?

Al llegar el ascensor a la planta, el hombre les hizo un gesto para que les siguiera y comenzaron a andar pasillo abajo. Los lobos intercambiaron una mirada al ver el lujo que les rodeaba.

–  ¿Cuántos más? – preguntó Joseph.

–  No estamos seguros. Sabemos de un caso más, que fue solucionado hace poco con ayuda de nuestra gente. Un renegado que fue expulsado de la manada de Chicago y buscaba venganza. También descubrimos que están usando hellhounds.

–  Tienen demonios a su servicio. – gruñó Jon, apretando los puños. ¡Odiaba a los demonios! En su viaje persiguiendo a Colby habían cruzado caminos con muchísima gente. También con algún demonio. No existían criaturas más desagradables y malvadas que los demonios.

Joe le intentó tranquilizar, poniendo su mano en el hombro.

–  O demonios o hechiceros poderosos. – el hombre ignoró la reacción de Jon y siguió andando. – Lo que sea no pinta bien para nadie. Vuestro hermano está en un avispero. Estos no dudan en usar a los suyos como cabezas de turco para conseguir sus planes. – Jon se estremeció. – Y ya sabemos lo que valen las vidas de los no humanos para ellos.

Finalmente, se detuvieron frente a una puerta de madera oscura labrada. Un enorme árbol de la vida estaba gravado en la superficie. Al abrir la puerta, descubrieron una habitación amplia que resultó ser una enorme biblioteca. Era tan grande que había varias decenas de librerías, sofás y un muy surtido mueble bar. Todo muy lujoso. A Jon casi le dio vergüenza pisar esas alfombras, que parecían valer una fortuna, con sus botas sucias. Al mirar a su hermano notó que debía pensar parecido, ya que se mantenía alejado de cualquier cosa temiendo romper algo valioso.

En el interior había otro hombre, más joven, casi un muchacho, con el cabello corto y oscuro vestido también con traje. Estaba sentado en uno de los sillones, con un libro en las manos y su teléfono móvil apoyado en la pierna derecha. La magia en él no era tan poderosa como en el primero, pero también le rodeaba, como protegiéndole.

–  Arthur, estos son Joseph y Jonathan, lobos. – les presentó. El joven se levantó rápidamente y se acercó para saludarles. – Han venido a porque su hermano está con La Orden. Señores, este es Arthur P. Drake, dueño de Kamelot. Y yo soy Joss Merlin, su asistente.

–  Y mago. – matizó Jon, sin acercarse para estrechar su mano como su hermano estaba haciendo. No era nada personal, simplemente, no se fiaba de nadie. Menos si ese alguien tenía tal poder.

Merlin pareció gratamente sorprendido, ya que le sonrió divertido.

–  Y mago, sí. Buen olfato. No todos los lobos pueden oler magia. ¿A qué manada habéis dicho que pertenecéis?

–  No lo hemos dicho. Y preferimos no decirlo. – la respuesta sorprendió a los otros dos y Joseph intentó explicarse. – La manada no aprueba que saliéramos a buscar a nuestro hermano.

–  Está bien.

Arthur, quien había permanecido junto al sillón durante la conversación, se acercó un par de pasos pero se detuvo al oír el gruñido de advertencia de uno de los lobos y notar que se ponían  a la defensiva.

Levantó las manos en son de paz y se colocó junto a su ayudante.

–  Tengo una curiosidad. ¿Cómo acabó vuestro hermano con La Orden? – preguntó. – ¿Cómo lo convencieron?

–  No estamos seguros pero imaginamos que se aprovecharon sus inseguridades. – respondió Jon, con tono amargo. – Siempre ha sido un estúpido.

–  Entonces está con ellos por decisión propia. ¿Cómo vais a convencerlo para que los deje? Lo tenéis bastante difícil.

–  Sabemos que quiere salir.

Arthur y Merlin intercambiaron una mirada, cada vez más desconcertados con el asunto. Los lobos habían acudido ahí porque no tenían pistas para encontrar a su hermano y La Orden. Pero si sabían que quería salir…

–  ¿Cómo sabéis eso? ¿Habéis hablado con él?

–  Un ex cazador llamado Andrews. Al parecer, La Orden envió a Colby para acabar con él. En vez de obedecer, le dejó en un hospital con nuestra localización y el recado de que estaba bien.

El mago les miró, sorprendido.

–  Eso no es mucho.

–  Si no quisiera que fuéramos a buscarle, le habría dejado en el hospital y ya. No habría enviado ningún mensaje. Conocemos a nuestro hermano. Pero el ex cazador no pudo decirnos dónde buscar. La única localización que supo darnos fue esta ciudad.

Arthur y Merlin intercambiaron una mirada antes de volver a hablar.

–  Conocemos a Andrews. Estuvo aquí para ayudarnos con La Orden para evitar que se hicieran con un berserker y también nos echó una mano con el hellhound en Detroit.

–  El tío está en todas partes… – murmuró Arthur, haciendo reír a los otros tres.

Arthur se sentó en un sillón, pensativo mientras observaba a los dos lobos. Parecían tan fuera de lugar en esa habitación. Cualquiera que no supiera lo que eran realmente, pensaría que veía a dos hombres, algo desastrados, de apariencia ruda, demasiado grandes y toscos para estar cómodos en un sitio lleno de lujos.

Pero había algo animal en su postura, en su forma de moverse… podía ver a los depredadores que realmente eran.

El que parecía mayor y hablaba más, Joseph, sacó una gomilla del bolsillo de sus pantalones y se recogió su largo cabello negro en un pequeño moño sin dejar de susurrar algo a su hermano. El otro no dejaba de mover la pierna y morderse la uña del pulgar. Parecían estar discutiendo.

–  Sabéis que será muy difícil que pueda salir de ahí con vida. Nadie deja La Orden.

–  Lo sabemos. Vamos a intentar sacarlo pero necesitamos saber dónde está exactamente.

–  ¿Y luego? – los dos lobos miraron interrogantes a Arthur, que era quien había hecho la pregunta. Este intentó no sentirse intimidado por ellos pero estaba fracasando estrepitosamente. – Quiero decir… Os traicionó… imagino que vuestra manada tendrá algo que decir al respecto.

–  Esto es cosa de familia. Si nuestro padre, como Alfa, cree que debe castigarlo, así será. Pero dudo que nuestra madre lo permitiera.

–  Eso sí… – añadió Jon, crujiéndose los nudillos. – De camino a casa va a recibir de lo lindo.

Merlin se encogió de hombros, casi riendo al ver la expresión de estupefacción de Arthur por las respuestas.

–  Siempre me ha parecido fascinante la forma en que las manadas dirigen sus asuntos. Pero la respeto. Aun así, la situación de vuestro hermano es realmente delicada. ¿Qué tenéis pensado?

–  Aun nada. Le perdimos la pista aquí.

–  En eso no creo que podamos ayudaros pero si podemos daros todo lo que tenemos de La Orden.

Casi dos horas después, los lobos salían de la Torre con más información y más dudas. Habían escuchado con atención todo el relato sobre lo ocurrido recientemente en la ciudad, con La Orden y el nigromante. También lo acontecido en Detroit y el hellhound y la implicación de otro lobo para cubrir su rastro. Por todo lo contado y descrito estaban casi seguros de que Colby no había estado ahí… o no a la vista, al menos.

Lo cual no les ayudaba realmente con el paradero de su hermano.

–  ¿Qué sacamos de todo esto? – preguntó Joseph, cuando hubieron regresado al motel.

Jon le observó coger un par de cervezas de la nevera y le agradeció cuando le entregó una de ellas.

–  ¿Además de que me está dando la impresión de que esto nos viene grande? No mucho. No sabemos cuál es su siguiente objetivo. Ni donde están, ni donde se esconde su base… la dirección que nos dio el cazador estaba vacía. Probablemente, evacuaron el lugar temiendo que alguien hubiera sido informado. – gruñó, dando un sorbo a su cerveza. El otro lo imitó. Seguía pensativo y no tan frustrado como Jon se sentía.

¿Por qué?

–  Pero si tenemos una pista…

–  ¿Cuál?

–  De todo lo que nos han contado, hay algo que se repite. El demonio, el lobo traidor, el cazador… de alguna manera, todo parece estar conectado a Chicago.

– ¿Crees que tienen ahí la base?

– No tengo ni idea. Pero me resulta sospechoso que se repita tantas veces el nombre en dos casos totalmente diferentes. – el rubio terminó su cerveza y aplastó la lata en su mano antes de lanzarla a la papelera.

Su hermano tenía razón. Era demasiada casualidad. Y no tenían más pistas.

–  Está bien… Descansamos un día más y salimos hacia Chicago. Tal vez tengamos suerte y podamos rastrearle ahí.

Jonathan se dejó caer en su cama, cansado. Aun no se habían recuperado y el día había resultado especialmente largo. No tardó en notar el peso de su hermano tumbándose a su lado. La cama, aunque grande, resultaba estrecha para dos hombres de su tamaño, pero no iba a ser el quien le dijera a su hermano que se fuera a su propia cama. Si Joseph estaba ahí, era porque necesitaba consuelo.

Y, ¡que demonios! Él mismo también estaba necesitando un abrazo.

Se giró, quedando cara a cara con el otro y se dejó abrazar, apoyando la barbilla en el hombro del mayor.

–  Vamos a encontrarle…

–  Sigo pensando que fue mi culpa… – murmuró Jon. – No debí molestarle tanto.

–  Fueron sus propias decisiones las que le llevaron ahí, Jon. Pudo hablar, discutir, pelear… decidió huir. No es tu culpa. Y vamos a encontrarlo para que puedas comprobarlo.

 


 

Lo prometido es deuda y aquí tenéis el segundo capítulo del relato. ¡La semana que viene más!

Lee el capítulo 1 aquí.

¿No sabes quienes son Arthur y Merlin? ¡Lee Kamelot 2.0 y enterate!