Relato Peripecias escritoriles. Capítulo 3.

 

peripecias escritoriles

 

Llega el fin de semana y la escritora que no cobra por ello cree que podrá aprovecharlo y adelantar algo del borrador con el que está liada.

¡Qué equivocada está!

No sabe aun que lo que siempre falta en un fin de semana es tiempo.

Pero la escritora que no cobra por ello se despierta temprano ese fin de semana para aprovechar el día y adelantar el borrador.

Cuando lleva poco más de seis líneas, llama su madre. Hay que ir a comprar porque no queda en la nevera ni la comida del perro.

La escritora que no cobra por ello puede pasar el fin de semana sin comida de verdad, pero no sin refrescos y patatas fritas.

Sin eso no se puede escribir bien, lo sabe todo el mundo.

Y el chucho saltarín no calla si no tiene su comida a tiempo.

Así que, resignada, la escritora que no cobra por ello se prepara para ir de compras y traer lo necesario para sobrevivir al fin de semana.

Mil paquetes de patatas, decenas de latas de refrescos y algo de comida sana.

Cuando por fin regresa a casa y coloca la compra, ha perdido dos horas del día. Pero tiene patatas, así que se dispone a volver al trabajo.

Hay un borrador que no se va a escribir solo.

El problema es que el chucho saltarín ha decidido que es su hora de salir. De hecho, es su hora de salir.

Y el chucho saltarín es muy elocuente cuando quiere algo. Tan elocuente que lo oyen cuatro pisos por arriba y por abajo.

Para evitar ser echada de su propia casa por tener un chucho saltarín y escandaloso, la escritora que no cobra por ello coge la correa y saca de paseo a esa bola de pelos ruidosa que tiene por chucho.

¿En qué estaría pensando cuando lo adoptó?, se pregunta un par de veces hasta recordar que no pensaba, precisamente.

Y mientras pasean pasa un buen rato y ya es hora de comer. El chucho saltarín no perdona la hora de la comida ni un segundo por lo que no se puede dejar para más tarde.

Hay que comer ya sí o sí.

Cuando acaban ya es muy pasado el medio día y aun no ha empezado a escribir nada.

¿Cómo va a terminar el borrador si no se pone nunca a escribir?

No lo sabe, pero ya es hora de empezar. Más vale tarde que nunca.

Vuelve a coger el portátil, vuelve a abrir el archivo de Word y relee de nuevo lo que ya llevaba escrito, para saber por donde había dejado la cosa.

Cuando ya ha cogido el hilo de la historia, suena el timbre.

Son las cuatro de la tarde. ¿Quién viene a esas horas?

¡Pues quien va a ser! ¡Familia!

Sus hermanos han decidido hacer una visita sorpresa, eliminando cualquier posibilidad de trabajar algo ese día.

Dará igual si se marchan en una hora o en cinco. Cualquier oportunidad de escribir se acaba de ir por la borda con esos en casa.

La escritora que no cobra por ello suspira, derrotada, y cierra el portátil.

Tal vez el domingo…

 

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