Relato: Luna llena en Memphis.

luna

Capítulo 5.

–  Esto se lo cuento a alguien y no me creería. Jamás.

Alec estaba pasando el momento más irreal (y divertido) de su vida desde que conociera a Astrid y había vivido algunos muy sorprendentes en ese corto periodo de tiempo.

¿Una gorgona y una loba enseñándose los colmillos e intentando matarse en la habitación de su motel con él en medio?

No, ese iba a ganar por goleada durante una larga temporada.

Después de huir de la policía, de alguna manera Ambar acabó siguiéndoles hasta el motel. Astrid, que no estaba para nada contenta con lo que había ocurrido, se lanzó a su cuello y ahí estaban, las dos gruñéndose y él intentando que no se mataran y destrozaran la habitación al mismo tiempo.

–  ¡Os advertí que os alejarais de mi presa! – gruñó la loba.

–  ¡Bauman es mío! – siseó Astrid.

–  ¿Podéis parar un segundo? ¡Deberíamos hablar civilizadamente! – intentó mediar Alec.

La única respuesta que consiguió fue un par de gruñidos y sendas miradas furibundas. Con un resoplido de exasperación, el chico alzó las manos al cielo y las abandonó, dirigiéndose al mini bar.

Necesitaba una cerveza.

Mientras, las dos mujeres parecían a punto de empezar a morderse.

–  Estáis siendo ridículas las dos. Y Bauman por ahí de parranda porque no sabéis compartir. Porque seguro que ya sabe que lo estáis buscando. — gruñó, dando un sorbo a su cerveza.

Eso consiguió que se detuvieran un momento, separándose aunque no dejaron de mirarse con recelo y molestia mal disimulada.

–  Ahora que habéis parado… – siguió Alec. – ¿Alguna idea de cómo poder encontrar de nuevo el rastro de Bauman y su gente? – Ambar se dejó caer en una de las camas, suspirando molesta.

–  La manada de aquí cree que se esconden en el puerto. Pero se han registrado ataques en toda la zona este y norte. Están cogiendo gente al azar y se los llevan para experimentar o ese es el rumor que circula. — Alec se estremeció. Nunca iba a acostumbrarse a oír esas declaraciones.

–  ¿Experimentando?

–  Si, eso es lo que dicen. Los que atrapan, no regresan o aparecen muertos y en terribles condiciones.

–  ¿Qué crees que es ese experimento? — preguntó el expolicía viendo como su compañera arrasaba con los aperitivos del mini bar. Eso iba a salir caro.

–  Nadie lo sabe pero creo que es un virus. He podido ver los informes del forense de los dos únicos cadáveres que han recuperado. Los cuerpos presentaban pinchazos en los brazos y su organismo mostraba signos de haber sufrido alguna enfermedad mortal. Sin embargo, ambos estaban sanos antes de desaparecer, según sus familiares.

–  ¿Cómo sabes tanto del tema? — la expresión de la chica se ensombreció.

–  Estudiaba medicina antes de que Bauman asesinara a mi familia.

Alec y Astrid intercambiaron una mirada y la gorgona refunfuñó algo por lo bajo. El chico observó mejor a la loba. En su forma humana era muy atractiva, con un rostro fino, ojos almendrados y ese largo cabello trenzado. Llamaba mucho la atención.

Ahora que era consciente de esa otra parte de la sociedad que vivía oculta entre los humanos no entendía como nunca antes había notado su presencia.

¡Resultaba tan obvio!

–  Mira, siento que ese cerdo haya matado a tu familia. — la voz de Astrid le trajo de vuelta a la realidad. — También asesinó a los míos. Pero Bauman me pertenece. Es mi misión atraparlo y hacerle confesar los planes de La Orden antes de hacerle picadillo con mis propias manos. ¿Entendido? Así que no puedo dejar que una cachorrita como tú vaya por ahí intentando matarle antes de que hable. Hay mucho en juego.

–  ¡Ni de coña! Es mi presa. – Astrid se giró para dar a Alec una mirada de puro fastidio.

–  Y por esto siempre intento no hacer negocios con lobos…

El chico iba a replicarle pero un grito ensordecedor les hizo encogerse de dolor y taparse los oídos a los tres. Nunca antes había escuchado algo parecido. Era realmente estridente.

Se le empezaba a nublar la vista cuando notó como alguien le cogía bruscamente del brazo y tiraba de él hacia el pasillo del motel. Al alejarse del horrible sonido su visión se aclaró y empezó a recuperar la audición.

–  ¿Qué demonios ha sido eso? — preguntó sacudiendo la cabeza. Sus oídos pitaban y estaba seguro de que tendría dolor de cabeza para siempre.

Las dos mujeres tampoco lucían muy bien. Ambar se frotaba las orejas y parecía estar sufriendo muchísimo. Astrid estaba algo mejor pero no mucho.

–  Eso, chico, ha sido una arpía.

 


 

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