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¡Nuevo capítulo! : Relato: El juego de La Orden. Capítulo 6.

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Relato: El juego de La Orden


juegoCapítulo 6.

–  ¿Estás seguro de que vendrá a por este?

Estaban aparcados en una zona residencial, repleta de casitas adosadas con verjas blancas y porches con columpios y mosquiteras en las puertas.

Un barrio ideal, de película.

Y humano.

Por eso había sido elegido para cuando la manada necesitaba esconder a alguien o reunirse en secreto. Will lo sabía porque en Chicago y Nueva York también tenían algo parecido. Fue fácil para él descubrir cuáles eran los sitios elegidos.

La manada tenía escondidos en una de las casas a dos miembros del Consejo, Jefferson O’Neill y Dustin Loone, ambos concejales en el ayuntamiento y parte importante de la manada. Por eso mismo, Will estaba seguro de que serían los siguientes.

Así que, ignorando las órdenes del Consejo, los dos estaban sentados en el coche, escondidos a pocos metros de la casa donde tenían a los objetivos.

Ya llevaban más de cuatro horas vigilando, hacia frio y parecía que iba a llover. El asiento de atrás estaba lleno de envoltorios vacíos de patatas y comida rápida. Charles se terminó su segundo café y miró preocupado a su acompañante.

Parecía que, a donde fuera el lobo le seguían los problemas. Ya era la segunda vez que La Orden lo atacaba y eso no era seguro para su hermana, si seguía con él.

La situación con la organización era cada día más complicada y más peligrosa. Estaban escalando rápidamente. Los rumores sobre un ataque masivo a la comunidad volaban por todo el país y empezaban a parecer ciertos.

No era el mejor momento para que su hermana decidiera salir con alguien de la comunidad.

–  Deberías dejar a Patrice. – soltó de repente ganándose una mirada desconcertada del lobo. – La pones en peligro. A ella y a Lauren. Ellas no pertenecen a este mundo y no deberían estar necesitando protección por tu culpa.

Para su sorpresa, Will no protestó inmediatamente. Ni siquiera parecía molesto o enfadado con su sugerencia, como si ya hubiera considerado la idea antes. Lo vio encogerse de hombros antes de contestarle.

–  Cuando mis padres y mis tíos me pidieron que me marchara de Chicago para dejar vía libre a mi primo y que este fuera Alfa sin oposición, no me negué. ¿Sabes por qué? Zack es mayor que yo y quiere ser Alfa. Yo nunca quise. No me apasionaba la idea. – Charles le observó suspirar y frotarse la cara, cansado. – Cuando, después de lo ocurrido con el hellhound, pedí el traslado, renuncie de nuevo a ser alfa. En Detroit tienen cubierto el puesto. Pero no me importó.

–  Aja… – fue lo único que acertó a decir el ex policía. Conocía la situación de Will y a lo que había renunciado por el bien de la manada. Con los lobos las cosas funcionaban así. El bien de la mayoría siempre era antes que el bien de la minoría.

Muy Star Trek.

–  Cuando, un día, tu hermana me pida que me vaya y la deje en paz, lo haré sin dudarlo y sin protestar. Estará en su derecho a pedírmelo y yo en la obligación de respetarla. Pero solo ella tiene ese derecho, Charles. Ni tú, ni el Alfa, ni el Consejo… nadie podrá obligarme a que la deje. No voy a hacerlo. – Will dejó de mirar por la ventana del coche para mirarle a los ojos. – Me gusta tu hermana, Charles. Muchísimo. Y creo que yo a ella también. Por eso no voy a permitir que nadie le haga daño. Moriré antes protegiéndola y me quedare a su lado mientras ella me lo permita. Lamento comunicarte que no tienes nada que decir al respecto.

–  Está bien… – el lobo le miró, sorprendido.

–  ¿Está bien? ¿Te suelto todo ese discurso y solo me dices “está bien”? ¿En serio?

–  ¿Qué quieres? – repuso el otro con fastidio. – ¿Un Oscar al mejor discurso? Confórmate con eso y no tientes tu suerte.

–  Increíble… Tranquilo… por respeto a tu hermana, no voy a tenértelo en cuenta.

–  Como si me importara. – masculló Charles, cogiendo los prismáticos. – Creo que veo movimiento en una de las casas.

Will cogió los otros prismáticos y miró a la casa donde escondían a los objetivos. Efectivamente, había movimiento. Las luces del piso superior se habían encendido. El lobo revisó los alrededores y vio dos bultos acercarse furtivamente, atravesando el jardín.

–  ¡Mierda! ¡Están aquí! – ambos salieron a toda prisa del coche, corriendo hacia la casa. – ¡Vamos!

En el interior de la casa los ruidos aumentaron y se encendieron todas las luces. Will escuchó varios disparos, algunos con silenciador. Y gritos… muchos gritos. Cuando llegaron al porche, tropezaron con dos figuras grandes que les hicieron caer al suelo.

Al volver a mirar con quien había chocado, vio el cañón de una pistola apuntándole directamente a los ojos. Detrás de la pistola, un hombre alto, con barba de tres días y la cabeza rapada le observaba con desprecio.

Tras él apareció el pelirrojo del parque, cogiéndole del brazo y tirando de él para que le siguiera.

–  ¡No tenemos tiempo para estos, Tony! ¡Vamos!

Charles consiguió levantarse antes que él y corrió tras los asesinos, pero estos ya habían conseguido llegar a su coche y huido del lugar.

–  ¿Cómo demonios han conseguido pasar toda la vigilancia?

–  ¡No tengo ni idea! ¿Les han matado?

–  Eso me temo… ¡Venga! ¡Vámonos antes de que nos vean los demás!

–  ¡Cuidado!

Will oyó el disparo antes de que este impactara en la pared tras él, pasando a centímetros de su cara y dejando un arañazo en la mejilla. Charles le tiró al suelo cuando sonó el segundo disparo.

–  ¡Mierda! ¿No se habían ido? – preguntó, mientras agudizaba el oído. Se volvió a levantar cuando oyó un motor de coche alejarse.

–  Creía que sí. ¡Cabron! Ese disparo ha sido un aviso, Will.

–  ¿Qué quieres decir?

–  Que un tío así no falla. Me parece que ha escogido su nuevo objetivo… tú.


Recuerda que puedes encontrar El juego de Schrödinger, novela que es madre de este relato, en el blog.

 

 

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