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Relato: Relato: El juego de la Orden. Capítulo 2

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Relato: El juego de la Orden.

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Capítulo 2.

–  ¿Dónde estamos?

Nadie respondió a su pregunta. No tenía ni idea de donde estaba, pero en comisaria seguro que no.

Después de esposarle y meterle en el coche, uno de los tipos que acompañaban a Jordan le colocó una bolsa sobre la cabeza y no se la quitó hasta media hora después, cuando ya habían llegado a su destino.

Fue la experiencia más agobiante de su vida. La incertidumbre, el miedo de no saber qué iba a pasar y la maldita bolsa casi le asfixia. La tela era demasiado gruesa y le hizo sudar, acentuando la sensación de agobio.

Lo poco que consiguió ver al bajar del coche fue una casa vieja y en ruinas rodeada por árboles y nada de civilización. Dado que solo habían estado conduciendo poco más de media hora, no podían estar muy lejos de la ciudad. Sabía que en la zona norte, en las afueras, existían varios bosques. Iba a ser complicado regresar a la ciudad cuando consiguiera escaparse.

Si conseguía escaparse, claro.

Lo habían metido en una habitación y atado a una silla. Jordan se tomó la molestia de colocarle una cadena con plata en el cuello, para neutralizar su fuerza de lobo.

Lo tenían todo bien planeado. Presentarse en su piso con acusaciones falsas y una orden de arresto aún más falsa… había sido una idea muy inteligente. Will no tenía razones para desconfiar de sus compañeros hasta ese momento. Sabían que no se resistiría a un arresto legal por muy equivocado que fuera.

¡Ah, había sido tan estúpido!

Y ahora lo tenían a su merced, en su escondite. Atado e incapacitado.

Hacía mucho tiempo que Will no sentía tanto miedo. Muchísimo tiempo.

–  No importa dónde estamos, lobo. – contestó finalmente Jordan. – Lo importante es que te hemos descubierto. – el hombre rio por lo bajo. – Sabía que había algo raro contigo. Ahora todo tiene más sentido.

–  ¿Trabajas para La Orden? Son los únicos que han podido decirte que soy.

–  No es asunto tuyo. De lo único que deberías preocuparte ahora mismo es de que va a pasarte, lobito.

–  Está bien… ¿Qué vas a hacer conmigo? ¿Cómo vas a explicar en comisaria que has venido a mi casa, me has secuestrado y…? ¿Qué? ¿Luego qué, Jordan? ¿Vas a matarme? ¿Para eso te ficharon en La Orden? ¿De asesino?

El detective se acercó a él, dando grandes zancadas y golpeando con el puño la mesita que había cerca de donde se encontraba atado Will, quien dio un respingo involuntario.

–  ¡No soy ningún asesino! – gritó, claramente molesto. – Pero no voy a dudar en eliminar a un monstruo como tú.

Patrice tampoco lo estaba pasando muy bien. Había cogido un taxi para presentarse en la comisaria, no antes de mandar un mensaje a su hermano, como le había pedido Will. No tenía idea de porque el chico había pedido por Charles en vez de un abogado pero imaginaba que tenía sus razones.

Razones que empezaron a ser más claras cuando llegó a la comisaria y le dijeron que ni Jordan estaba de servicio ni Will había sido fichado ni detenido. Tampoco había ninguna orden a su nombre.

Regresó al apartamento de Will más preocupada que antes. Solo le quedaba esperar a que su hermano contestara su mensaje o tendría que usar el número de emergencia que el lobo le diera para un caso extremo. Y, sinceramente, no deseaba usarlo. No tenía ningunas ganas de explicar a un montón de lobos como había sido secuestrado Will y por qué era ella la que llamaba.

Charles estaba oficialmente prófugo y buscado por la justicia, así que encontrarle y hacerle venir era toda una odisea, incluso para ella. Sin embargo, le envió el mensaje y cruzó los dedos.

Solo le quedaba esperar.

Al llegar a la puerta del apartamento y sacar la llave para abrir, se dio cuenta de que esta ya estaba abierta.

Mientras sacaba su Beretta y la amartillaba, pensó en que podía ser Will. Lo veía improbable, pero…

Sentado en el sofá, como si estuviera de visita, se encontraba su hermano. Su abrigo estaba colgado en una silla e incluso había cogido una cerveza de la nevera. Cuando todo eso acabara iba a tener unas palabras con él y explicarle que matarla de un infarto no era buena idea.

–  ¡Charles! ¡Has venido! – sintiéndose un poco más tranquila, soltó la pistola y se acercó a su hermano. – No estaba segura de sí podrías.

Charles la abrazó, estrechándola fuerte entre sus brazos. Fue ahí, mirándolo más de cerca que Patrice notó lo cambiado que estaba el ex policía. Había envejecido bastante y tenía más canas que la última vez que lo viera. Su traje negro también estaba más arrugado y olía a pólvora y wiski.

Su rostro era una máscara que no dejaba ver más que una expresión seria. Nada de emociones. ¿Qué había ocurrido con su querido y dulce hermano?

–  Has tenido suerte de que me has pillado cerca de la ciudad. – Charles se separó de ella y la llevó hasta el sofá, obligándola a sentarse. – ¿Qué ha pasado? ¿Qué es eso de que han detenido a Will?

–  ¡Es aun peor! Creía que lo habían detenido, porque han venido unos compañeros suyos y se lo han llevado esposado, acusándolo de aceptar sobornos y de robo de drogas y no sé qué más… – farfulló, nerviosa. Se detuvo un segundo y respiró profundamente para calmarse. Nerviosa no le serviría de nada a Will. – Cuando he ido a comisaria me han dicho que allí no está y que no hay ninguna orden de arresto. Tampoco estaba el policía que lo detuvo. – Charles frunció el ceño.

Le había resultado extraño que su hermana le enviara un mensaje solo porque a su… su amigo estaba detenido. Cuando le dio el número de su móvil a Patrice, le explicó claramente su situación y el peligro que corría cada vez que se acercara a ella.

Eso fue cuando le llevó a Lauren y, hasta ese día, Patrice nunca lo llamó.

Y debía reconocer que estaba más que justificado.

–  Eso no pinta bien, Patrice…

–  No… – acordó ella. – Fue Will quien me pidió que te llamara. Sabía que pasaba algo raro. ¿Qué vamos a hacer?

Charles miró a su hermana y vio el miedo en sus ojos, algo que había deseado no volver a ver. Todavía seguía soñando con ella en aquella fabrica, aterrada e indefensa y a punto de ser atacada por un hellhound.

Esa era la razón por la que no era muy partidario de que Will y ella tuvieran una relación. Él era un lobo. Por mucho que quisiera evitar los problemas, estos le iban a perseguir de por vida, a causa de La Orden. Y eso afectaría a todo aquel que estuviera cerca.

O, lo que era lo mismo, a su hermana.

Pero eso debía dejarlo para más tarde. En ese momento, la cosa no pintaba nada bien. Will estaba retenido por un número indeterminado de personas, en un lugar desconocido y sin saber exactamente por qué. Las posibilidades de que siguiera vivo tres horas después eran muy remotas.

–  Voy a hacer un par de llamadas. – era lo menos que podía hacer. Además, alguien debía avisar a la manada. – Voy a ver que averiguo. Tú espera aquí. Te llamaré cuando sepa algo. Lo que sea. Te lo prometo. ¿Dónde está Lauren?

–  Con mi vecina. He llamado hace un rato y estaba dormida y bien en casa.

–  Vuelve a llamar dentro de una hora. Espérame aquí hasta que te llame.

Media hora más tarde y cuatro llamadas después, Charles se reunía en una cafetería con uno de los miembros de la manada de Detroit. El Consejo no estuvo nada complacido de que un humano tuviera su número y les hubiera llamado, pero menos les gustó enterarse de que uno de los suyos había desaparecido y se estuvieran enterando por alguien de fuera.

Por eso, cuando Charles les dio lo poco que sabía sobre el asunto y dejó clara su intención de averiguar dónde estaba el policía, la manada se puso manos a la obra. Y concertó una cita con él.

Charles esperaba que la reunión resultara fructífera porque tenía una promesa que cumplir a su hermana, pensó mientras se terminaba su café sentado en la barra.

–  ¿Detective Andrews? – Charles hizo una mueca y se giró para encontrarse con un lobo joven, de poco más de veinte años con chaqueta gris oscura, camisa blanca y vaqueros.

Con solo mirarlo, el ex policía supo que no iba a recibir mucha ayuda de él. Ese lobo era de los que se encargaba de papeleos y relaciones, no un luchador.

–  Solo Andrews. – respondió seco, dándole de nuevo la espalda e ignorando la mano que el otro le tendía. – Deje de ser detective cuando me echaron de la policía.

–  No deberían haber hecho eso. Era inocente.

–  Cuéntaselo al juez. ¿Qué han averiguado? – el chico se sentó a su lado en la barra.

–  El policía que se llevó a Moore, Jordan, no está en su casa ni en la comisaria. Hemos revisado los sitios que suele frecuentar, pero no ha aparecido por ninguno hoy. – la camarera del local se acercó a la barra y rellenó la taza de Charles con más café. – La manada ha realizado una investigación a fondo sobre el tipo. Hasta ahora no existía ningún indicio de que trabajara para La Orden. Incluso de que conociera su existencia. Está a punto de jubilarse, con una hoja de servicios impecable y varias menciones por su trabajo.

–  ¿Creen que trabaja para La Orden?

–  Es la única explicación que encontramos.

–  No tiene sentido. Acabas de decir que no había señales ni de que les conociera. Le hubieran usado antes, cuando lo del hellhound, por ejemplo. ¿Por qué ahora? ¿Por qué así?

El lobo pareció considerar sus palabras. Charles se dio cuenta de que ni le había preguntado su nombre y no le importaba. Tenía asuntos más importantes en ese momento que ser educado.

–  Hemos descubierto que lleva un par de meses pagando el alquiler de una casa en las afueras, al norte. Por lo que hemos podido ver, el lugar está completamente abandonado y en ruinas. Y tan alejado de todo que es perfecto para ocultar a alguien.

Charles asintió. Era un buen sitio para lo que tuvieran planeado. Nadie vería ni oiría nada. Pero noto que el lobo se callaba algo. Tenía más información sobre el policía y no lo estaba contando. ¿Por qué?

–  ¿Qué vais a hacer? – preguntó en su lugar. Primero, Will, luego averiguar que ocultaba la manada.

Prioridades.

–  Esperar que lo rescates tú. Si necesitas nuestra ayuda, te la brindaremos pero preferiríamos no involucrarnos en nada que pueda poner a la manada en el punto de mira público. – el chico le entregó un papel con algo escrito. Una dirección.

–  Como no… – refunfuñó Charles guardándose la dirección de la casa en un bolsillo de la chaqueta. Típico el no mover un dedo para salvar a uno de los suyos si eso implicaba que pudieran exponerse. – Mantened a mi hermana a salvo. No quiero que le pueda afectar ninguna represalia.

–  Tu hermana esta en nuestra lista de protegidos.

–  Creo que preferiría no saber eso… – gruñó, levantándose y dejando un billete de diez sobre la barra. El lobo lo miró, sorprendido.

–  ¿Por qué?

–  Porque sé lo que implica.

 

¿Te va gustando? Pues si quieres saber más sobre los personajes, puedes leer Jack T.R. o El juego de Schrödinger.

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