¡Último capítulo!: Relato: 3 Hermanos. Capítulo 8

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Relato: 3 Hermanos. Capítulo final.

Si, último capítulo. La semana que viene ya no habrá lobitos, pero te tengo preparada una cosita nueva hasta que acabe el siguiente relato. ¡Disfruta!

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La zona de la ciudad que pertenecía a la manada estaba a más de cuarenta minutos en coche de donde les habían atrapado. Los tres lobos visitantes se resistieron lo indecible pero, al ser ampliamente superados en número, fueron reducidos, esposados (con unas esposas especiales para lobos con aleación de plata) y metidos a la fuerza en una furgoneta junto con Aidan.

Al librero no le encadenaron ni nada parecido pero tampoco le dieron otra opción que la de acompañarles. Aunque en ningún momento hicieron uso de la fuerza con él. Para sorpresa de los otros tres, le trataron con mucho respeto.

En la parte de atrás de la furgoneta, Jon no dejaba de gruñir como un animal. Incluso en su forma humana, daba bastante miedo.

Joseph había dejado de pelear hacia un buen rato, aunque tampoco ponía las cosas fáciles. Estaba esperando a ver cuál iba a ser el movimiento de la manada. Las cadenas no eran realmente un problema (sabía que Jon y él eran más que capaces de romperlas a pesar de la plata) pero no quería herir a un lobo si no había razones de peso para ello.

Colby, por su parte, parecía que iba al matadero. Teniendo en cuenta su situación, no era extraña su preocupación. Su manada le buscaba por traición y, ahora, La Orden también lo haría. Las cosas no pintaban nada bien para el chico.

Cuando por fin se detuvo la furgoneta, habían llegado a un barrio céntrico con edificios de apartamentos y tiendas pequeñas. Era una zona tranquila, con parques y calles amplias.

Y repleto de lobos.

Toda esa zona era exclusiva de la manada. No había ni un solo humano viviendo en esos edificios de ladrillo rojo. De paseo o visita, sí. Viviendo, no.

Sus captores les hicieron entrar al edificio más cercano y los empujaron hacia el ascensor. Subieron hasta la última planta, donde se encontraba un loft que ocupaba todo el piso. Allí les metieron en lo que parecía un comedor y echaron la llave.

Cuando se quedaron solos, Jon volvió a gruñir y rompió sus esposas, ganándose la mirada sorprendida de Aidan y la fastidiada de los otros dos.

–  ¿Cómo has roto eso? ¡Se supone que los lobos no podéis romper ese metal! – exclamó Aidan, sin dejar de mirar las esposas rotas en el suelo. Colby refunfuñó una maldición, cogiendo una servilleta de la mesa y acercándose al rubio. De la muñeca derecha de Jon manaba un hilo de sangre. No era mucha pero no paraba.

–  ¡Te has hecho sangre! ¿No podías esperar a que nos las quitaran?

–  No tengo tanta paciencia… – mientras Colby intentaba limpiar el corte que se había hecho Jon con las esposas, Joseph suspiró, fastidiado.

–  Nos pasamos un año esquivando a todo el mundo para que no nos pillen y nos cogen de la forma más tonta. Papa va a matarnos…

–  ¿Papa? – rio Jon. – Mama sí que va a matarnos.

–  Estoy muerto… – susurró Colby. – Si no me despellejan en la manada, lo harán en La Orden…

–  Nadie va a tocarte un pelo. – gruñó Jon, cogiendo las esposas del pequeño y rompiendo la cadena. Joe asintió.

–  No vamos a dejar que te hagan nada.

Aidan, mientras, empezaba a sentirse incómodo. No por la compañía actual, sino por la que vendría en breve. Conocía a todos los miembros del Consejo y temía que apareciera alguien más a quien no estaba tan dispuesto a volver a ver tan pronto.

–  ¿Qué va a pasar ahora? – preguntó, intentando distraerse.

–  Con suerte avisaran a nuestra manada.

–  Eso si no se toman la justicia por su mano, que podría pasar. – Colby no se sentía tan optimista como su hermano mayor.

–  No van a hacerte nada.

–  J, no puedes protegerme siempre.

–  Oh… ¿no? Tú espera y mira.

La puerta de la habitación en la que estaban se abrió y entraron cuatro lobos. Uno de ellos, un tipo alto, con el cabello corto castaño claro y barba se acercó directamente a Aidan, quien hizo un mohín descontento.

–  Aidan… ¿Qué estabas haciendo con estos? – el librero bufó, cruzándose de brazos y poniéndose a la defensiva.

–  ¡Oh, hola Zack! ¿Cómo has estado? ¡Yo, bien, gracias! – soltó con tono sarcástico. – En cuanto a que hacía, no es asunto tuyo.

–  Es asunto de la manada. – replicó el otro con sequedad. – Son prófugos. Deberías haber dado aviso.

–  Te recuerdo que no soy un lobo y no formo parte de tu manada, así que no me puedes exigir nada.

Los tres hermanos se apartaron sutilmente. Sabían reconocer una pelea de pareja cuando la veían y también sabían que no debían entrometerse a menos que la cosa se pusiera violenta. Por ahora el único que parecía en peligro de que le dieran una paliza era el tal Zack y ese, la verdad, no les importaba mucho.

–  ¿Me estoy perdiendo algo? – preguntó Colby señalando a los otros dos disimuladamente.

–  Son pareja. – respondió simplemente Jon. Joseph rio por lo bajo, quitándose sus propias esposas.

–  No jodas… ¿Un lobo y un hada? Menuda mezcla.

–  ¡No somos pareja! – gruñó Aidan molesto. Al parecer les había oído. – No lo hemos sido nunca.

–  ¿Entonces por qué te marcó?

Aidan se giró a mirarlos, sorprendido antes de volver su atención al otro lobo. Zack perdió en un segundo su aire arrogante y parecía estar deseando que le tragara la tierra. El librero parecía furioso. Tanto, que el aire de la habitación crepitó. Sus emociones habían descontrolado su magia.

–  ¿Me marcaste? ¿Sin mi permiso?

–  Era para protegerte…

–  ¿Protegerme? ¡Te largaste! ¡Me marcas y te largas! ¡Eres un cabrón!

Las puertas volvieron a abrirse y, en esa ocasión entró un grupo de cinco lobos, bastante más mayores que los anteriores. Uno de ellos era claramente el Alfa. Solo había que fijarse en la postura altiva y el comportamiento de los que le acompañaban.

También notaron que era el padre de Zack.

–  ¡Basta ya! Tenemos asuntos más importantes ahora mismo. Aunque no voy a olvidar esto. Hablaremos luego sobre esto, hijo. – añadió, dirigiéndose a Zack. El Alfa se giró entonces hacia los tres hermanos, sonriendo imperceptiblemente al ver las cadenas rotas en el suelo. – Vuestro Alfa está en camino. Se ha decidido que sea él quien se ocupe de vuestro castigo o lo que quiera hacer con vosotros.

–  Genial…

–  De todas maneras, tenemos un visitante que quiere hablar con vosotros primero. Debatiremos sobre el asunto de los planes de La Orden en un rato, cuando lleguen los demás.

Eso sí que era una sorpresa. ¿Los demás? ¿A quiénes se refería? ¿Y quién era el misterioso visitante? Joseph no podía imaginar quien podría ser.

–  ¿Quiénes más van a venir? – preguntó, curioso.

–  Además del Alfa de Davenport y varios miembros de vuestra manada, vienen en camino también el heredero de Excalibur y su gente. Están bastante comprometidos con la idea de detener a La Orden.

–  ¿El heredero de Excalibur? – preguntaron Colby y Jon a la vez en voz baja.

–  Los tipos de Nueva York – aclaro Joseph. – Uno de ellos, al parecer, la reencarnación de Arturo Pendragon.

–  Vaya…

En ese instante, un hombre grande, de porte militar y cabello rubio entró en la habitación, acercándose a Jon y Joe. El resto de los lobos se tensaron. No era extraño, ya que un depredador más grande y peligroso había entrado en su territorio.

Aidan lo observó, fascinado. No todos los días veías a un dragón en su forma humana paseando delante de tus narices.

–  ¿Jerrad? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás en Alaska?

–  Ya iba siendo hora de que volviera al campo de batalla… Veo que habéis encontrado a vuestro hermano. Bien. Así podrá contarnos todo lo que trama La Orden para que podamos destruirlos de una vez por todas.

 

 

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