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¡El penúltimo!: Relato 3 hermanos: Capítulo 7

relato hermanos

Relato 3 hermanos: Capítulo 7

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–  ¿Estás loco, Jon? ¡Te has puesto en peligro! ¡A los dos!

Jon miró a su hermano, dedicándole un mohín de puro disgusto.

–  ¿Podrías no usaras esa palabra?

Joe se mordió el labio, culpable. Los nervios habían hecho que olvidara lo mucho que su hermano detestaba que le llamaran “loco”, incluso de broma. Hubo un tiempo, cuando aún eran unos niños, en el que muchos cuestionaron la salud mental del rubio al negarse a hablar y por el genio tan volátil que tenía.

De hecho, en la manada casi todo el mundo andaba de puntillas a su alrededor, esperando el momento en que estallara y tratara de destrozar lo que tuviera cerca.

La realidad, sin embargo, era otra muy distinta. Jon no había hablado cuando eran pequeños porque estaba en shock por la muerte repentina de su madre. Era alguien extremadamente sensible que lo ocultaba tras una fachada de tipo violento.

Jon no estaba loco ni era inestable. Simplemente había pasado demasiado y lo manejaba a su manera. Sus padres nunca tuvieron problema para ayudarle cuando averiguaron cómo. Y ni Colby ni él necesitaron a nadie para comprender y apoyar a su hermano cuando tenía un mal día.

–  Vale… lo siento. – se disculpó. – Pero reconóceme que irte sin avisar a buscarle ha sido la cosa más estúpida que has hecho últimamente. ¡Podían haberos descubierto los de La Orden o la manada! ¡Podría haber sido una trampa!

–  No, no fue muy inteligente. Lo reconozco. – repuso, encogiéndose de hombros. Joseph suspiró, derrotado.

–  ¿Y qué pasó? ¿Qué dijo?

–  Dice que están planeando algo. Algo muy gordo. Y va a tratar de averiguar qué es.

–  ¿Te dijo que? – ambos se giraron hacia Aidan, que acababa de entrar a la habitación.

–  No… no dijo qué. No creo que lo sepa con seguridad aun.

El chico se sentó en el sofá, cerca de ellos, entregándoles una taza de café a ambos hermanos. Jon gruñó un gracias mientras Joseph le sonrió. Aidan se encontró reconociendo que aquellos dos lobos eran bastante atractivos.

Joseph, con su cabello largo, su piel tostada y tatuada y los ojos castaños y de expresión suave parecía un modelo. Y más dulce de lo que esperarías encontrar en un tipo de ese tamaño y fuerza.

Y Jon, a pesar de sus gruñidos y su aspereza, era un hombre guapo con esos rebeldes rizos rubios y los ojos celestes. Tenía, además, una faceta traviesa que dejaba escapar cuando hablaba con su hermano y resultaba de lo más encantador.

Pero, regresando a la realidad, tenían otros asuntos más importantes en ese momento que sus atractivos invitados. Como los planes secretos de La Orden, por ejemplo.

–  He recibido una llamada de Merlin, hace una hora. – comentó, llamando la atención de los otros dos, que habían empezado a discutir en susurros. – Por lo visto os conoce.

–  ¡Ah… si! Nos dio varias pistas y nos habló de lo ocurrido en Detroit y en Nueva York. ¿Qué ha dicho?

–  Lo mismo que vuestro hermano, me temo. Los rumores sobre que traman algo importante vuelan por todo el país. Pero hace unos días, los rumores tomaron más forma. Han descubierto que La Orden está creando una especie de virus mágico con el que eliminar solo a los miembros de la Comunidad mágica.

–  ¿Eso es posible? – Aidan se encogió de hombros.

–  No tengo ni idea. Se puede mezclar magia con ciencia, eso lo sé. Es la alquimia moderna. ¿Lo que ellos pretenden? Depende. Necesitarían magia muy poderosa. Hechizos muy antiguos y alguien, un verdadero hechicero para realizarlos. Esto no puede hacerlo cualquiera.

–  ¿Qué clase de libros? Tal vez podríamos rastrearlos a través de ellos. – el librero negó con la cabeza, apesadumbrado.

–  Sin saber que pretenden realmente, no puedo decírtelo. Necesitaríamos saber qué es lo que quieren hacer. Pero si consiguen crear ese “virus mágico” o lo que sea… si crean algo capaz de matar a todas las criaturas mágicas… va a ser un genocidio…

El teléfono de Aidan sonó, en la cocina, donde lo había dejado después de hablar con Merlin, haciéndoles saltar a los tres. El muchacho corrió a cogerlo y, antes de que pudiera decir nada, hizo una mueca y le pasó el aparato a Jon, quien lo miraba como si hubiera perdido un tornillo.

–  Es para ti. – le dijo, mirándoles igual de sorprendido que ellos. Jon lo cogió reticente.

–  ¿Si? – contestó ausente. Aidan observó, fascinado, como su rostro pasó de la extrañeza a la alegría y, de ahí, a la preocupación en décimas de segundo. – Allí estaremos. – Joseph le cogió de la muñeca, quitándole el teléfono de la mano y dejándolo sobre la mesa.

–  ¿Quién era? – preguntó.

–  Quiere vernos.

–  Eso es un poco sospechoso… ¿Acababa de pedirte que le des tiempo para investigar y ahora te llama para que vayas?

–  Lo sé. Ha pasado algo. – Aidan observó el intercambio.

–  ¿Qué vais a hacer?

–  Ir, obviamente. Habrá que averiguar que ha pasado. Puede que sea una trampa de La Orden.

El librero les miró, estupefacto. ¿Estaban seguros de que era una trampa e iban a ir igualmente?

–  Un momento… ¿Cómo sabía que estabais aquí?

–  ¡Es Colby! ¡Lo averigua todo! – respondieron los dos lobos, riendo.

Una hora después, los tres se encontraban en un parque esperando. Había un pequeño bosquecillo, donde podían permanecer ocultos a la vista de los paseantes.

Aidan había insistido en acompañarles, a pesar de la posibilidad de ir de cabeza a una trampa. Ninguno de los dos lobos parecía feliz con la idea de que estuviera ahí, pero pensó que no podría quedarse tranquilo hasta saber que no corrían un verdadero peligro.

Colby apareció, cuando ya llevaban esperando quince minutos, con aspecto más cansado y desastrado que el día anterior. Jon se le acercó rápidamente, lo que hizo sonreír al recién llegado.

–  ¿Estás bien? Te ves como la mierda.

–  Hombre, gracias… – rio, pasándose una mano por la cara. – Anoche, cuando regresé, les oí hablar. Decían algo de encontrar un libro de magia en un pueblo de Irlanda.

–  ¿Qué libro?

–  No lo han dicho. Solo que era magia celta. Pero nada más. – Colby bajó la mirada y vio que el rubio le tenía cogido de la mano. Sonrió sin darse cuenta. – También dijeron algo de una bomba… y de un tipo… una especie de mago monje o algo así… tenía un nombre raro… ¿Rasputín?

– Joder… – los tres lobos miraron interrogantes al librero.

–  ¿Qué? ¿Le conoces?

–  En persona no… y no voy a daros una clase de historia ahora mismo, pero digamos que es alguien muy muy poderoso.

–  ¿Alquimista? – preguntó Joseph, recordando la conversación anterior. El chico asintió.

Jon se volvió hacia Colby, apretándole más fuerte la mano.

–  Ven con nosotros. Ya no es seguro que te quedes ahí.

–  Aun puedo averiguar más.

–  No. – el tono del rubio era suplicante. – Ven.

Pero antes de que Colby pudiera negarse de nuevo un grupo numeroso de hombres les rodeó, cerrando cualquier vía de escape que existiera. Pronto, los cuatro se vieron sujetos a la fuerza y sin poder liberarse, a pesar de la resistencia que ofrecían.

Al menos, pensó Joseph, eran lobos y no hombres de La Orden. Aunque no impedía que siguieran en problemas. En graves problemas.

–  Al único sitio que vais a ir todos es al Consejo.

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