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¡Continuamos con los lobos! : Relato 3 hermanos: Capítulo 6

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3 Hermanos
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Resultó que La Orden y sus cazadores no estaban intentado esconderse demasiado.

Habían hecho caso a Aidan y, a primera hora y después de recoger el salón y guardar las mantas, se dirigieron al puerto. No tardaron mucho en encontrar alguien que, por un billete de cincuenta, les comentara sobre los tipos de negro que iban y venían con furgonetas y camiones cargados de cajas a dos naves industriales que hasta hacia poco estaban abandonadas.

Cuando por fin llegaron, pudieron comprobar que ambos edificios se encontraban rodeados una docena de guardias armados que vigilaban el perímetro. Guardias, cámaras de seguridad, alarmas de toda clase… incluso perros.

–  ¿Has visto que cantidad de armas? – preguntó Joshep, preocupado. Ambos estaban escondidos en el tejado de otro edificio, no demasiado cerca para evitar ser descubiertos. – ¿Qué cojones estarán escondiendo ahí?

–  Ni idea, pero debemos averiguarlo. Tiene que ser algo muy gordo si lo protegen tanto.

De repente, Joseph se envaró, levantando el rostro al cielo y olfateando el aire como si buscara algo.

–  Espera… ¿hueles eso?

Jon olfateó el aire, al igual que su hermano y el corazón le dio un vuelco.

Olía regaliz y tierra mojada. Una mezcla que les era muy conocida. No tardaron en ver a Colby aparecer en su rango de visión, hablando con uno de los guardias antes de dirigirse a uno de los coches aparcados en la entrada, subirse en él y salir del recinto a toda velocidad.

–  ¡Jon! ¡Espera!

Antes de que pudiera impedirlo, Jon perseguía el coche en el que iba Colby, corriendo por los callejones hasta salir del puerto. Joseph no tardó en alcanzarlo y ambos siguieron el vehículo por la ciudad.

Colby parecía estar bastante bien. Incluso, pensó Joe sin dejar de correr tras Jon, parecía estar en mejor forma que cuando vivía con ellos. Seguía siendo delgado pero estaba más fuerte y se le veía más seguro de sí mismo. Tal vez fuera porque se había dejado el cabello y la barba más poblados y le hacían parecer mayor.

Lo que le molestaba más era que no había tenido ocasión de ver bien su rostro. Deseaba poder verlo y comprobar si estaba realmente bien, si era feliz, si se sentía culpable y preguntarle por qué… por qué les había abandonado de esa manera.

Iba tan distraído pensando en eso que chocó con la espalda del otro al no darse cuenta que se había detenido.

–  ¿Qué pasa?

–  Se ha bajado del coche. – susurró Jon. – ¡Ven! – Joe se vio arrastrado por la muñeca siguiendo a su hermano sin tiempo para detenerlo.

Colby había entrado en una tienda de ropa masculina mientras su coche se alejaba calle abajo. Parecía ser que haría el resto del recorrido a pie. Lo esperaron, escondidos en una esquina y, cuando salió diez minutos después, lo arrastraron al callejón.

Colby luchó ciegamente, llegando a golpearles varias veces pero se detuvo bruscamente cuando consiguió ver quiénes eran sus atacantes.

Su hermano pequeño se mostró sorprendido de verlos, aunque no asustado. Un poco en shock.

–  ¿Qué… que hacéis aquí? – preguntó, zafándose del agarre. – ¿Estáis locos? ¡Si os ven, os mataran!

–  ¡Ah! ¿Pero eso no era lo que querías la última vez que nos vimos, Col? – repuso con tono acido Jon. El pequeño palideció, como si recordar lo que había hecho le pusiera enfermo.

–  No… yo no… no era… – tartamudeó. – ¡Debéis iros! ¡Nos van a ver! ¡No pueden vernos juntos!

–  No hasta que nos des una explicación.

–  Colby, vas a venir con nosotros. A casa. – Jon no estaba por la labor de ser sutil. Colby tuvo que librarse nuevamente de su agarre, ya que había empezado a tirar de él hacia la calle.

–  ¡Ni de coña! ¿Estás loco? ¡Ya os podéis estar largando por donde habéis venido! No voy a ninguna parte con vosotros. No os he pedido que vengáis a buscarme.

–  ¡Eres un crío desagradecido! ¡Aquí van a matarte!

–  ¡No he pedido que vengas a salvarme, Jon!

El coche en el que había llegado Colby volvió a aparcar frente a la tienda de ropa. Al parecer solo se habían alejado porque no tenían donde parar a esperar. El conductor se bajó y entró en la tienda, presumiblemente buscando al pequeño. Los tres miraron preocupados hacia el local. En cualquier momento, el conductor saldría y les vería ahí.

–  ¡Vais a conseguir que nos maten a los tres! ¡Debéis largaros!

Lamentablemente, Colby tenía razón. Si el tipo los descubría, la cosa no iba a acabar bien para ninguno y el pequeño parecía preocupado de veras. Tal vez por su propio pellejo.

Aun así, no era el momento para arriesgarse. Joe agarró a Jon del brazo y tiró de él, intentando llevárselo de ahí aunque este se resistía a moverse.

–  Jon, por favor. – suplicó Colby, en un susurro desesperado.

Solo entonces el otro permitió que le llevaran de ahí.

No hablaron apenas mientras regresaban a la librería. Joseph no sabía que pensar de lo que había ocurrido. Estaba muy confundido.

Esperaba encontrar al Colby que les atacó. Pero el Colby que se encontró fue a su hermano pequeño, asustado por ser descubierto y temiendo por su vida. Tenían que sacarlo de ahí.

Deseaba hacerle pagar por el daño que les había causado. Darle un par de puñetazos para estar a mano.

Pero no pudo. Al igual que Jon, lo único que pasó por su cabeza mientras estaban en ese callejón era coger a sus hermanos y sacarlos de ahí lo más rápido posible, bien lejos de La Orden y todo aquel que quisiera hacerles daño.

También estaba preocupado por Jon. La traición de Colby no había hecho desaparecer el lazo que les unía antes de todo eso. El pequeño todavía tenía el mismo efecto sobre el otro y Jon aún seguía queriéndole igual.

Lo había podido ver en sus ojos.

–  Deberíamos mantenernos alejados de él por ahora… parecía realmente asustado de que nos fueran a atrapar. – sugirió, cuando llegaron al apartamento de Aidan.

El chico les había dejado dormir ahí una noche más, preocupado por ellos y por el silencio obstinado de su hermano. No había dicho una palabra desde que dejaran al otro atrás.

Jon asintió y le dio la espalda para disponerse a dormir.

Cuando Joseph se durmió al fin, todavía preocupado, Jon se levantó lo más silenciosamente posible y se escabulló del piso sin que nadie lo notara. No sabía cómo ni por qué pero debía volver al callejón donde había visto a Colby ese día.

Cuando llegó y le vio, el alivio que sintió fue tan grande que necesitó un segundo para recuperar el aliento. El pequeño parecía feliz de verle también. Se acercó a él en dos grandes zancadas y lo abrazó tan fuerte que le sacó todo el aire.

–  ¿Por qué has vuelto? – preguntó Colby, sin dejar de abrazarle.

–  ¿Por qué lo has hecho tú?

Y, como pasara antes, Jon vio todo su resentimiento desaparecer. Siempre había sentido un gran amor por sus hermanos. Podía ser que no estuvieran relacionados realmente, ya que no compartían sangre, pero eran su familia y les quería.

Pero siempre fue más especial con Colby. Jon se dejaría matar por Joseph sin dudarlo. Pero mataría por el pequeño. Y sabía que era correspondido.

Por eso había sido tan dolorosa su traición.

–  Sabía que ibas a estar aquí. No sé porque, pero lo sabía.

–  Yo también. – Jon se separó, a regañadientes, poniendo las manos en los hombros del otro y mirándole fijamente con sus ojos celestes. – Tienes que venir con nosotros, Col. Déjales antes de que te maten. Ven conmigo… – terminó, cogiéndole de las manos.

Colby bajó la mirada a sus manos unidas y suspiró, triste.

–  No puedo… – susurró, con la voz rota. – Sé que no vas a creerme, pero lo siento… siento mucho lo que te hice… lo que os hice. No sabes cuánto llevo arrepintiéndome…

–  ¡Entonces vuelve! Mama y papa te echan de menos. ¡Yo te echo de menos! – Colby negó con la cabeza, intentando separarse pero Jon no se lo permitió.

–  Estos están organizando algo muy gordo, J. Muy muy muy gordo. Y estoy muy cerca de averiguar qué, cómo y dónde… tengo que quedarme. Es lo mínimo que puedo hacer para compensar mi traición a la manada. No puedo volver sin arreglar lo que hice.

Jon le cogió bruscamente del rostro, acercándole. Cerró los ojos y juntó sus frentes, sintiendo impotencia por no poder sacar a su hermano de ese avispero en el que estaba metido. Si Colby deseaba enmendar su error, debía dejarle. Era demasiado cabezota como para hacerle cambiar de idea.

Abrió los ojos de nuevo al sentir una caricia en su mejilla.

–  Pronto… cuando averigüe que es lo que traman y pueda redimirme, venid a buscarme. Sé que me vas a encontrar.


 

¡Y hasta aquí el capítulo de esta semana!

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