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¡Nuevo capítulo! : Relato: El juego de La Orden. Capítulo 4.

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Relato: El juego de La Orden.

Capítulo 4.

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–  ¿Cómo está Patrice?

Will suspiró, entregando el teléfono móvil a Charles. Lo que empezó como una simple llamada para asegurarse de que ella estaba bien e informarla de que estaba a salvo y con su hermano, acabó siendo un largo rapapolvo por haberla asustado.

Estaba bastante enfadada con él, aunque también se mostró muy aliviada y feliz de saber que se encontraba bien.

–  Más tranquila… y cabreada. Muy cabreada. – Charles rio al ver la expresión de desconcierto del lobo. – Me ha echado una bronca épica.

–  Pobre… mi hermana siempre ha tenido mucho carácter. Te destrozará cada vez que hagas algo mal. Por tu propio bien, procura no darle motivos para cabrearla a menudo.

El lobo se encogió de hombros. No se sentía nada intimidado por el carácter de la chica. Fue eso, precisamente, lo que hizo que se fijara en ella, en primer lugar. Y lo que más le gustaba de ella.

–  Los lobos no nos achantamos por unos mordiscos… más bien nos gustan. – le dijo en tono de guasa, riendo cuando el otro le dirigió una mirada envenenada.

Parecía que Charles no era tan frio como quería aparentar. Seguía preocupado por las muertes que había provocado antes y no tenía ningunas ganas de explicárselo a la manada.

– ¡Basta! ¡No quiero saberlo! Vamos a centrarnos en lo importante, que es averiguar dónde está La Orden y por qué querían eliminarte.

Tras huir de la casa, Charles había conducido de vuelta a la ciudad, a la zona este, bien alejado del apartamento de Will.

El lobo miró pensativo por la ventana. Estaban en un piso vacío, uno que el otro usaba como tercera opción de escondite cuando visitaba a su hermana, o algo así le había comentado cuando entraron. La verdad era que no estaba seguro de querer conocer las dos opciones primeras como tampoco quería saber cuántos más tenía ni cómo los mantenía.

Tenían cosas más importantes de las que ocuparse, como averiguar por qué y cómo La Orden había hecho que su compañero de trabajo, del que cada vez estaba más seguro que no tenía que ver con todo eso, le secuestrara e intentara matar.

–  No tengo ni idea. – admitió. – No he hecho nada fuera de lo normal… he trabajado en casos humanos en los últimos meses. Solo he hablado con la manada tres veces desde lo del hellhound porque no ha ocurrido nada notable desde entonces. Tampoco soy ya candidato a Alfa, desde que me mudé aquí.

Charles asintió. Sabía que Will renunció a ser Alfa en Nueva York cuando se mudó a Detroit y que se había mantenido con un perfil bajo desde entonces, intentando no llamar la atención de sus nuevos compañeros.

–  ¿Tal vez sea en represalia por interferir en sus planes con el sabueso?

–  No lo sé, tío… Esto me ha pillado tan de sorpresa como al resto.

–  Quizás deberíamos preguntarle a tu amigo. A ver qué es lo que le motiva… – Will se estremeció por el tono frio con el que había hablado el otro.

–  Primero tendremos que encontrarlo, porque dudo que se quedara en la casa cuando haya descubierto a todos sus compañeros muertos.

–  No, obviamente. No pienso que sea tan estúpido. Tampoco habrá ido a comisaria, así que… ¿Dónde?

–  ¿Su casa?

Tuvieron suerte. Sorprendentemente, Jordan estaba en su casa aunque no por mucho rato. A la media hora de estar allí, aparcados y vigilando, el hombre salió y cogió su coche.

–  ¿Hacia dónde ira? – musitó Will, después de un rato conduciendo tras el policía. – Parecía bastante alterado.

–  Quizás vaya a un bar a tomar algo.

–  Es alcohólico. Dejó de beber hace quince años y no pisa los bares desde entonces. Siempre va directo a casa. Presumía de ello.

–  Habrá que seguirlo. Puede que nos lleve hasta quien le ordenó secuestrarte.

Siguieron al policía durante un buen rato, atravesando la ciudad. Se detuvo en el Parque Campus Martius, un enorme parque natural lleno de monumentos y familias que iban a patinar en invierno y a pasar el rato en la playa o paseando en los jardines.

Allí dejó su coche y se adentró andando hacia los jardines botánicos. Parecía buscar a alguien, mirando hacia todos lados, nervioso. Will y Charles le siguieron lo más discretamente posible para poder ver y oír sin ser vistos.

Al poco rato, se detuvo junto a una fuente, donde un tipo vestido con traje negro le abordó. Era un tipo enorme. Debía medir más de metro noventa y muy musculoso. Tenía la piel muy clara y el cabello y la barba pelirrojos. Llevaba unas gafas de sol ocultando sus ojos.

No era alguien que pasara desapercibido, dado su tamaño y color de cabello, pero, además, llevaba el pelo peinado con una alta cresta. No lo conocía pero el aspecto le resultó familiar a Charles. Estaba casi seguro de que había oído hablar de alguien con esas pintas.

Will agudizó el oído. Él era capaz de oírles a esa distancia, si no había demasiado ruido de fondo.

–  ¿Qué ha pasado con el lobo? – espeto el recién llegado, con un marcado acento irlandés. Jordan se encogió de hombros, cada minuto más agitado.

–  Logró escapar. Alguien vino y lo rescató. Mató a mis hombres. – el hombre de negro hizo un gesto de disgusto.

–  Eso es inaceptable.

–  Mira, tío, yo he cumplido. Me lleve a Moore a la casa, como pediste y fui a buscarte. No es mi culpa que alguien, con quien no contabais, viniera a rescatarlo. Debisteis avisarme de que eso podía pasar.

–  Pero si lo es, señor Jordan. Solo tenía que hacer una cosa. Mantenerlo ahí hasta que llegáramos. Y ha sido incapaz de cumplir.

Jordan se alejó del hombre, sacando su pistola de la parte trasera de sus pantalones y apuntándole con ella. Will hizo el intento de ir a detenerlos, pero Charles no le dejó.

–  ¡Dijisteis que estaba solo! Si hubiera sabido que había alguien más habría puesto más seguridad. ¡No es mi culpa!

El hombre sonrió y se quitó las gafas de sol que llevaba, mostrando unos ojos celestes y fríos que hicieron estremecer al policía. Alzó la mirada por encima del hombro de Jordan y se encogió de hombros.

–  Tiene razón… tendríamos que haber imaginado que enviarían ayuda. Pero nos ocuparemos de ello.

–  ¿Van a dejar en paz a mi familia?

–  Su familia está a salvo, como prometí. Usted, por otra parte… – un silbido cortó el aire y una bala impacto en la frente de Jordan, quien cayó al suelo fulminado. – Usted ya no nos es útil.


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