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Capítulo 6

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Cuando Charles le pidió explicaciones, Aidan pensó que sería mucho mejor darlas en un lugar más privado y lo más alejado posible de donde el detective sufrió el ataque. Por el bien mental de ambos.

El librero aun no conseguía calmar su corazón, que latía desbocado desde que se encararan a ese demonio. ¡No podía creer que de verdad se hubieran enfrentado a eso! ¡Y habían salido vivos!

Por el momento, al menos.

No sabía cuándo ni cómo, pero sí que volvería a atacarles. De eso estaba seguro.

Así que lo llevó al único sitio donde estarían a salvo. Su librería.

Él por lo menos se sentía mejor ahí, en su tienda, protegido de cualquier cosa maligna que quisiera entrar sin invitación.

Si algo había aprendido durante su tiempo llevando el negocio fue a protegerse contra sus propios clientes. En especial, contra todos los que eran sobrenaturales. Ese era un lugar neutral, pero eso no implicaba que todos respetaran las reglas.

No se le ocurrió que, después de dos vasos de whisky y pasado un poco el shock, Charles iba a ponerse tan frenético.

No, frenético era quedarse corto.

Rayando un poco la histeria, exigiendo saber que había pasado y ladrando más que su perra, la cual había optado por esconderse debajo del mostrador, asustada por la ira nerviosa y los gritos del detective.

Aidan estaba pensando seriamente en hacer algo parecido, porque estaba asustándole más que el mismo demonio al que se habían enfrentado. Él no cabía debajo del mostrador, pero a lo mejor dentro del armario…

Julian, el muy bastardo, estaba disfrutando mucho con eso. No lo veía tan feliz desde que asustó a aquellos adolescentes en el último Halloween. Aidan aun recordaba cómo perdió una hora mintiendo a las familias de los críos para encubrir las travesuras del fantasma.

― Detective, por favor, ¿podría sentarse? Me está mareando. ― pidió lo más calmado que pudo después de verle dar la octava vuelta a la pequeña tienda. Charles le miró como si le hubiera pedido matar a su madre o algo parecido.

Lo peor era que Rolf se había ido hacía ya un buen rato, para informar a su jefe que la reunión tendría que posponerse un poco más, así que no tenía quien le ayudara si el policía se ponía violento. Cosa, que viendo cómo se comportaba, podría pasar en cualquier momento.

― ¿Sentarme? ¿Sentarme? — chilló, ya perdiendo los nervios del todo y acercándosele, pisando fuerte. ― ¿Cómo se supone que voy a sentarme?

― Pues es muy simple. Coges una silla y pones tu culo en ella. ― bromeó el fantasma encogiéndose de hombros y ganándose un par de miradas malhumoradas. Eso solo consiguió hacerle sonreír divertido.

― Julian, no ayudas.

― ¡No quiero sentarme! — Charles pateó la silla que tenía más cerca, volcándola y mandándola lejos. Luna gimió asustada bajo el mostrador. ― ¡Quiero saber qué demonios ha pasado allí y por qué hay un tío transparente hablándome en mitad de la tienda!

Julian bufó, atravesando el mostrador donde se había agachado para comprobar a la perra, y se cruzó de brazos frente al policía, con expresión indignada.

― Me siento ofendido por eso de transparente. Sí estoy ahora más incorpóreo es porque gasté mucha energía anoche y hasta que no me recupere seguiré así, gracias por preguntar.

― Nos estamos desviando del tema. Si se sienta, puedo intentar explicar lo que sé.

Renuente, Charles recogió del suelo la silla que había pateado antes y se sentó frente a ellos, cruzándose de brazos y mirándolos expectante, terminándose de un solo trago lo que le quedaba del tercer whisky.

Debía ser por la adrenalina que no le estaba afectando ni lo más mínimo el alcohol. O eso, o tenía un aguante muy bueno. Físicamente, Charles no parecía haber salido herido del enfrentamiento. Aún tenía el pecho dolorido por la presión a la que esa cosa le sometió y la ropa manchada de cuando cayó al suelo al ser liberado, pero por lo demás estaba bien. Solo asustado, alterado, nervioso y un largo etcétera de sinónimos en los que no quería pensar en ese momento.

Aidan respiró hondo y trató de ordenar un poco sus pensamientos. El encuentro con esa criatura también le había afectado bastante. A pesar de su propia experiencia con lo sobrenatural, jamás tuvo la mala suerte de cruzarse con un demonio antes y no tenía más información sobre ese tema que lo que había leído.

Y la realidad resultó ser más escalofriante de lo esperado.

― Vamos a empezar por lo más simple… este es Julian. Como puedes ver, es un fantasma. Lleva muerto ciento sesenta años y…

― Ciento sesenta y tres. – le interrumpió Julian, sacándole un suspiro frustrado.

― Estaba redondeando. – masculló entre dientes.

― Redondea con la fecha de la muerte de otro, si no te importa.

― Está bien. ― respiró hondo de nuevo, esa vez para no dejarse llevar por las casi irresistibles ganas de mandar al fantasma de paseo. ― Lleva muerto ciento sesenta y tres años. ¿Contento? ― Julian sonrió, divertido.

― Mucho.

Aidan negó en silencio y volvió a centrar su atención en el detective.

― Su espíritu está atado al mundo de los vivos por… un pequeño objeto personal. Vamos a dejarlo así. Yo lo encontré, le ofrecí destruirlo para que pudiera descansar pero no quiso. Así que aquí sigue. — como resumen apestaba bastante, pensó rascándose la nuca, pero no se atrevía a dar más detalles sobre el fantasma y su único punto débil.

Charles le miró parpadeando entre sorprendido y abrumado. No podía creer que estuviera oyendo semejante historia. Y lo que era peor, se la estaba creyendo. ¿Pero qué otra explicación había? Podía ver con absoluta claridad al fantasma.

― ¿Por qué no tiraste el objeto por ahí? ¿O destruirlo sin más? — preguntó curioso el policía, olvidando por un minuto el asunto que les había traído ahí. Julian le dirigió una mirada envenenada.

― No podía dejar que lo encontrara nadie más. — respondió, encogiéndose de hombros. ― Nunca se sabe. Algo así en malas manos. Y no puedo destruirlo si él no quiere irse al otro lado. Eso no sería justo.

― Sería lo más lógico.

Y tanto que lo sería, pensó el librero con tristeza. Nadie se lo habría pensado antes de poner a descansar al viejo vaquero. Él no tuvo corazón para hacerlo. No después de oír su historia.

En el fondo era un blando y un romántico. Podía entender que Julian no quisiera pasar la eternidad lejos de la que fue el amor de su vida. Aunque también sabía que, tarde o temprano, el fantasma se vería obligado por las circunstancias a cruzar al otro lado o perdería su esencia.

― Mi vida no tiene mucha lógica, de todas maneras. — repuso Aidan, quitándole importancia con un gesto, levantándose de su silla para acercarse al mostrador. ― Y no hay mucha gente que pueda verle. Tú puedes porque acabas de sufrir un suceso sobrenatural. Eso suele ayudar.

Charles le miró sin terminar de entender de qué le estaba hablando.

― ¿Hablas del psicópata ese? Está loco y es un asesino, ¿qué tiene eso de sobrenatural?

― Demonio. Es un demonio. — corrigió Julian, uniéndose a la conversación. De alguna manera había conseguido que la perra saliera de debajo del mostrador. El animal se escondió tras él, lo que resultaba bastante ridículo ya que tanto Aidan como Charles la podían ver a través del fantasma. ― Quien fuera el tipo al que está poseyendo, probablemente esté muerto y si no, lo deseara cuando le libere. Lo que le ha obligado a hacer, si le permitió mirar, le volverá loco.

― Un demonio. ― Charles repitió la palabra mirándolos incrédulo. Aidan resopló.

― Se cómo suena. Pero sí. Un demonio. Si nos ponemos prácticos, un alma humana que ha pasado demasiado tiempo en el Infierno.

― ¿Eso fue antes humano?

El librero miró al fantasma con expresión triste, cosa que no entendió Charles. Se estaba perdiendo algo ahí. Pero no quiso preguntar. Ya tenía suficiente con lo ocurrido hasta ese momento.

― Todos, salvo los originales, lo fueron alguna vez. Pero unos cuantos cientos de años de tortura y maldad acaban convirtiéndote en eso.

Aidan se frotó la cara y volvió a caminar, sintiéndose agobiado por las intensas emociones que había en la habitación en ese instante. La incredulidad del detective y la pena de Julian le estaban ahogando un poco.

Paseó hasta el escaparate, observando la nieve que volvía a caer lentamente en el exterior, tratando de apartarse mentalmente de los sentimientos de los otros dos.

― Encontré el libro por el que vino preguntando el otro día. El debió pedirle a alguien que lo dejara dentro de la tienda. — Charles le dirigió una mirada inquisitiva. ― Soy médium y empático. Normalmente suelo ver espíritus y sentir las emociones de la gente a través de un objeto que hayan tocado. Él dejó una fuerte huella psíquica en el libro a propósito para que pudiera verla. Quería que supiera que iba a por ti. Por eso fuimos capaces de encontrarte a tiempo.

― ¿Qué más viste?

El chico no pudo evitar estremecerse al recordar lo que vio y sintió después de tocar el libro.

― Nada que quiera volver a ver en mi vida. No fue nada bonito.

― Él dijo que era «El Destripador». — el librero parpadeó. Ahora ya estaba confirmado. Iban tras el demonio del que hablaba el diario. O él iba tras ellos. ― ¿Cómo es posible que existiera hace doscientos años y aun esté con vida? ¿Dónde ha estado todo este tiempo? ¿Cómo no lo hemos descubierto hasta ahora?

― Es un demonio, no puede morir. Y si el diario que encontré hace unas semanas es auténtico, fue exorcizado y enviado al Infierno. Ahí es donde ha estado. Lo que no sé es cómo ha salido.

― ¿Un diario? — el policía empezaba a sentirse un poco como un loro. Solo era capaz de repetir lo que oía. Pero era todo tan inverosímil…

― Lo conseguí en el mercadillo del parque. Era, o parece ser, el diario de un cazador sobrenatural. Lo consulté con un contacto mío en Europa, pero no hay nada «oficial» sobre el tema. Extraoficialmente, el dueño del diario pertenecía a un grupo que se hace llamar La Orden, el cual lleva siglos funcionando en las sombras y de los que muy pocos saben de su existencia.

― A mí no me miréis. ― añadió el fantasma encogiéndose de hombros cuando la mirada del policía se dirigió hacia él. ― Morí mucho antes de que eso ocurriera. Ni siquiera sabía que pasaba en Europa por aquella época. Bastante tenía con mis problemas en casa.

― La cuestión es que ese demonio estuvo sembrando el terror en Whitechapel en aquella época hasta que este hombre fue enviado allí para atraparlo. Con ayuda del detective encargado de los asesinatos consiguió localizarlo justo después de matar a su última víctima. Le exorcizó y taparon todo para que el público nunca pudiera averiguar la verdad. Fue por eso por lo que el asesino paró, de repente y sin motivo, de matar y desapareció sin dejar rastro.

― Si tan seguro estás de que es un demonio y ese grupo se dedica a eso, ¿por qué no te pones en contacto con ellos para que se hagan cargo? Ya lo hicieron una vez.

― No puedo. Lamentablemente, soy persona non grata en su círculo.

― ¡Esto es ridículo!

― Sé cómo suena todo esto, pero es verdad. Tú mismo lo has visto. ¿Cómo explicas lo que ha pasado en ese parking? ¿Con qué crees que te retuvo?

― ¡No! ― masculló el detective levantándose de su silla. — ¡Esto es estúpido! No voy a creer que…

― Sé que no es fácil, pero es la verdad. Y mientras sigas sin querer reconocerla, él seguirá matando. — Aidan se acercó a él, para tratar de calmarlo pero manteniendo una distancia prudencial para evitar tocarlo. Lo último que necesitaba en ese momento era que las emociones de Charles se mezclaran con las suyas. ― Tenemos una oportunidad de detenerle de nuevo. De volver a mandarle al Infierno por otros doscientos años.

― ¡No! — Charles se alejó de ellos, retrocediendo hacia la puerta y mirándolos como si fueran dos locos peligrosos. Claro, que después de lo que había oído, ¿quién podía culparle? ― ¡Quiero que os mantengáis alejados de mí y del caso! ¡Si os veo, aunque sea a cien metros de una de las escenas o de mí, os arrestare! ¿Queda claro? — el fantasma rio, claramente divertido con sus palabras.

― ¿Cómo demonios se supone que vas a arrestarme?

― ¡Julian!

Aidan se acercó al detective y le tendió una petaca. Era una de las que había rellenado con la receta que había encontrado en uno de sus libros cuando todo eso había empezado. Una anodina petaca de plata rellena con una serie de especias y hierbas con agua bendita.

― Si vas a irte, bien. No vamos a detenerte. Pero llévate esto… solo por si acaso.

― Estáis locos… ― el librero le dio una mirada triste, ignorando el resoplido que el fantasma había soltado detrás de él.

― Por favor… solo es agua. No va a hacerte ningún daño llevarla. Y me quedaría más tranquilo.

Charles se apartó de él, pero se guardó la petaca en el bolsillo de la chaqueta antes de salir de la librería dando un portazo. Los otros dos se miraron, soltando un suspiro al unísono.

― Bueno… tampoco ha ido tan mal. He visto reacciones peores a estos temas.

― No nos ha detenido. Bueno, a mí. A ti no sé cómo se suponía que iba a detenerte. — Julian volvió a reír.

― Mi punto exactamente.

El chico suspiró y se encaminó al mostrador para recoger los vasos vacíos y esconder la botella en el estante que tenía bajo la caja registradora, junto a una pequeña caja fuerte donde solía guardar el dinero hasta la hora del cierre. Al coger el que había estado usando el policía casi se cayó de rodillas. Julian se acercó a él, raudo, con la perra pegada a sus talones.

― ¿Aidan?

― ¡Joder! — gruñó Aidan, apoyándose en el mostrador mientras la visión pasaba. ― ¡Mierda!

― ¿Qué pasa? ¿Qué has visto?

El librero se frotó la cara, cansado y mareado. Cuando algo así de fuerte le golpeaba, lo dejaba casi sin poder moverse. Con gran esfuerzo se puso derecho y se separó tentativamente del mostrador. Al ver que no corría peligro de caer redondo al suelo, se acercó a la silla que ocupara antes el detective y se sentó en ella, riendo de manera sombría.

Ahora tenía algo más de sentido que Charles hubiera acabado envuelto en todo eso y su especial celo con ese caso.

― Que tenías razón… no es un poli normal.

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