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Jack T.R. Capítulo 5.

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Capítulo 5

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― ¡Esto es la cosa más estúpida que has hecho jamás!

― ¿Entonces para qué me acompañas?

― ¡Para evitar que te metan en la cárcel si te equivocas, por ejemplo!

Rolf conducía su Ducati 848 Corsea negra a toda velocidad por las calles de Chicago, con Aidan fuertemente agarrado a su cintura. El vampiro había pasado por la tienda para comprobar si podía o no celebrarse la reunión entre el librero y su jefe encontrándose con que el chico se disponía a salir solo para avisar al policía.

Julian fue quien le puso sobre aviso de las intenciones del chico y del posible demonio que podía estar implicado en todo ese asunto y por esa razón decidió acompañarle. Su grupo tenía muchos intereses que dependían del librero y su relación con ellos siempre había sido cordial, como poco. Karl, su jefe, le tenía en alta estima,lo cual era motivo más que de sobra para ayudarle. Pero el mismo Rolf también le apreciaba bastante.

Así que se ofreció a acompañarle, cosa que Aidan agradeció internamente, aunque exteriormente protestó bastante.

La idea de enfrentarse a ese demonio no le hacía ninguna ilusión.

El tener que explicarle todo ese asunto al detective, menos aún.

Pero su conciencia no iba a dejarle tranquilo hasta que se asegurara que lo que había visto no se hiciera realidad.

Cerró los ojos con fuerza cuando el vampiro tomó una curva demasiado rápido y rezó para que no fuera tarde.

Charles acababa de llegar a la escena del crimen. Mientras esperaba a que los de la científica hicieran su trabajo y dejaran al juez levantar el cadáver, bebió el último sorbo de su café con leche y echó un vistazo al hombre que había encontrado el cuerpo.

El pobre tipo estaba al borde de un ataque de ansiedad. Era un simple chico de no más de veinte años, moreno y bastante enclenque, que se dirigía a su trabajo en un supermercado cercano y que dejaba su coche en ese parking todas las mañanas. La noche anterior hubo inventario, por lo que fue a trabajar de madrugada, tropezándose con el asesino.

Después de diez minutos con él, el detective lo acabó dejando por imposible y lo envió con uno de los patrulleros para que lo llevaran a un hospital. Necesitaba media caja de tranquilizantes… por lo menos.

Aunque con lo que tuvo que ver (y Charles sabía perfectamente que había visto ya que fue testigo indirecto e involuntario de todo) no le extrañaba nada. Según su declaración (o   lo poco que habían sacado en claro) estaba entrando al parking a las cuatro dela madrugada cuando los faros de su coche alumbraron a un hombre agachado sobre algo o alguien. El hombre, al verle se levantó rápidamente y salió corriendo, desapareciendo por la parte trasera del supermercado. El testigo se acercó para comprobar que había en el suelo y vio a la víctima ya muerta.

Llevaba temblando como una hoja desde entonces.

El cuerpo estaba tal como en su sueño. Pero desde el punto de vista de ella no era igual que desde fuera. Era aún más grotesco. Nadie podría adivinar que ese montón de carne golpeado y sanguinolento fue una guapa muchacha que se dedicaba a bailar y  robar para ganarse la vida.

En esta ocasión no había podido mover el cadáver, dejándolo en el mismo sitio donde cometió el asesinato. Uno de los patrulleros le entregó la cartera de la chica, que había encontrado en su bolso, unos metros más allá del cuerpo. Lucy, veintiséis años,según su licencia de conducir. En la foto de la identificación la vio como en su sueño, cuando se miró en el retrovisor de un coche antes de que ese monstruo la atacara. Rubia, cabello largo y con bucles, ojos azules que chispeaban al sonreír a la cámara.

Por ahora las tres víctimas tenían algo en común y eso les daba una bastante clara victimología del asesino. Todas tenían algún problema con las drogas, por pequeño que fuera.Aún no habían visto su firma por ninguna parte, pero era probable que el testigo le interrumpiera antes de poder hacerla.

Se frotó la cara, cansado y asqueado. No había podido tomar nada que no fuera café desde que despertó y sentía nauseas a causa de lo visto en el sueño. El olor a sangre que había en el aire no estaba ayudándole nada. Empezaba a sentirse más y más enfermo.

Necesitaba encontrar algo que pudiera darle una pista del asesino. Debía volver a comisaría y leer el informe de la unidad de perfiles, hablar de nuevo con el forense… algo que le diera ese pequeño retazo de información que buscaba y pudiera ayudarle.

Y necesitaba otro café. O tal vez mejor un té, pensó cuando su estómago volvió a dar un vuelco desagradable.

Los de la científica encontraron en la nieve las que podrían ser las huellas que dejó el asesino cuando salió corriendo y un cuchillo de grandes dimensiones, que ya estaba embolsado y listo para ser analizado. Cuando llegara Henricksen y desayunaran regresarían a comisaría para ver que les decían de todo eso.

Era extraño que su compañero llegara tarde. Miró su móvil, considerando llamarle o no. Luego recordó la reciente paternidad de Henricksen y lo volvió a guardar en su bolsillo. Seguramente la niña habría reclamado su atención con cualquier cosa típica de niños en el último minuto. Era algo muy normal.

Decidió pasear mientras le esperaba, alejándose del cuerpo para buscar un poco de aire fresco que aliviara su mareo.

Fue esa necesidad la que le llevó a caminar por el parking, deshaciendo el camino que la víctim arecorrió esa noche, el mismo que él vio en su sueño. Anduvo despacio hasta llegar al bar donde ella bailó por última vez esa noche, buscando el lugar donde le vio.

El parking estaba casi desierto a esas horas de la mañana, una vez pasada la hora de cierre del bar. A su alrededor no había mucho que ver salvo una pequeña licorería, el supermercado y el parque. Ya habían tomado declaración a los trabajadores tanto del bar como de la licorería, pero ninguno vio ni oyó nada. Hubiera sido todo un milagro que escucharan algo, pensó. El volumen al que solían tener la música en esa clase de locales era demasiado alto.

El coche donde estuvo apoyado el asesino antes de atacarla aún seguía en su lugar. Un maltratado sedan negro, con la pintura levantada en una de sus puertas, probablemente por un roce al aparcar.

Frunció el ceño al verlas tres letras que representaban la firma del asesino dibujadas con sangre en el parabrisas del coche. Así que le dio tiempo a firmar su crimen antes de huir…

Tocó el capó pero estaba helado. Nadie lo había conducido en varias horas. Tal vez pudiera buscar huellas en el más tarde.

― ¿Puedo ayudarle? —Charles se giró al oír una voz, tropezándose con un hombre más joven que él, de más o menos su estatura, con el cabello rubio y corto y ojos azules. De complexión fuerte, vestido con unos vaqueros, jersey azul y cazadora tipo aviador, el tipo le dedicó una cordial pero fría sonrisa.

― Si. Soy el detective Andrews, estoy aquí por el asesinato que ha ocurrido esta noche en el parking.— se presentó, sacando la placa y mostrándosela al hombre. ― ¿Ha estado usted esta noche por la zona?

La sonrisa del tipo se volvió torcida. Le oyó reír por lo bajo, como si hubiera recordado alguna broma divertida.

― ¡Ah, sí! ¡Pobre chica! He oído lo que le ha ocurrido. Una desgracia.

El tono del hombre fue tan falso que despertó sus sospechas. Había algo en él que le ponía los vellos de la nuca de punta. Guardó su placa en el bolsillo interior de su chaqueta y dejó la mano ahí, abriendo el cierre de su pistolera disimuladamente.

― No ha respondido a mi pregunta, señor…

― Estuve aquí toda la noche. La vi bailar. — le interrumpió, con el mismo tono que seguía siendo equivocado, como si hablara de un objeto en vez de una persona. Charles rozó la culata de su pistola con los dedos. El tipo estaba esquivando identificarse. ―Una chica preciosa… tan llena de vida a pesar de su adicción. ― el hombre levantó la mano y una fuerza invisible empujó al detective contra el coche, dejándole sin aire momentáneamente por lo brusco del golpe. La pistola salió volando, escapándose de sus dedos. — Los humanos siempre tan débiles.

― ¿Qué demonios…? —para sorpresa de Charles comprobó que no podía moverse. Estaba atrapado por alguna clase de poder que lo mantenía contra el coche e inmóvil, una especie decampo de fuerza. El hombre se acercó a él, con una sonrisa aterradora y sus ojos brillando dorados y antinaturales. Igual que el monstruo de sus sueños. —¡Tú! ¡Eres tú!

Un miedo atroz empezó a recorrerle entero. ¡Era él! ¡El asesino! Trató de moverse y liberarse pero era imposible. Con cada intento la presión se hacía más fuerte hasta el punto de sentir como su pecho era aplastado por esa fuerza invisible. ¿Cómo demonios lo hacían? Debía ser alguna clase de truco, como los ojos.

― No ha sido de muy buena educación por su parte espiarme mientras me divertía, detective. — la voz del asesino estaba cargada de risa, mientras sacaba un cuchillo largo y afilado del interior de su cazadora, muy parecido al que habían encontrado en la escena. ― ¿Disfrutó mi trabajo? Ha sido muy refrescante volver a donde lo dejé hace doscientos años.

― ¿Doscientos años? ¿De qué estás hablando? ¡Tú eres el que está matando a esas chicas! ¡Quien mandó ese paquete a comisaría!

― El mismo. Soy lo que vosotros los humanos llamáis un demonio. Yo prefiero el término «alma corrupta». Es más acertado. ― Charles lo miraba, parpadeando sorprendido por sus palabras. No se esperaba eso. ― Pero que pocos modales los míos… ¡no me he presentado! Antes solían llamarme Jack.

― ¿Jack?

― The Ripper. El Destripador. Me encantaban los periodistas de antes, eran siempre tan imaginativos…

Rolf esquivó dos coches con su moto y giró a la derecha con más brusquedad de la que esperaba, haciendo que Aidan se agarrara con más fuerza a él.

― ¿Estás seguro de que esto va a funcionar?

― Hombre, a menos que sea uno especialmente poderoso, sí. Todos los demonios son susceptibles de ser exorcizados. ― el chico estaba muy agradecido porque los vampiros estuvieran tan obsesionados por los aparatos modernos como por su pasado o no podrían tener esa conversación mientras conducían a lo loco en la moto.

Y esa obsesión hacía que Rolf tuviera siempre lo último de lo último en tecnología. Y los cascos con intercomunicadores que estaban usando en ese momento resultaban muy útiles.

― Espero que tengas razón.

― Yo también.

Charles aun no podía entender que era lo que estaba ocurriendo.

Tenía al asesino que visitaba sus sueños frente a él y estaba más loco de lo que había pensado en un principio. O era un habitual de las drogas duras.

Se creía Jack el Destripador y que era un demonio.

No. Iba más allá de eso. Estaba absolutamente convencido de ello.

Pero eso era la parte normal. Lo no tan normal era el no poder moverse por mucho que forcejeara a pesar de no estar atado ni sujeto por nada físico. Tenía que estar alucinando o drogado o soñando.

Porque si no era así y lo que decía ese tipo era verdad, estaba frente a un demonio.

Y eso no podía ser verdad… ¿verdad?

Esas cosas solo existían en la Biblia y para los católicos como una manera de asustarles para que se portaran bien.

Solo eran una metáfora. Un cuento.

Nada más.

No podía ser real.

― Pero soy muy real, detective. ― la voz burlona del asesino le hizo regresar su atención a él. Al parecer había pensado en voz alta sin darse cuenta. — Soy más que real. Más antiguo que esto que vosotros llamáis civilización. Me he divertido por siglos con vuestras mujeres, destrozándolas, convirtiéndolas en mis obras maestras. ¡Tan hermosas cuando termino con ellas!

― ¡Estás loco!

― He estado mucho tiempo encerrado. ― prosiguió como si no hubiese escuchado la interrupción. ― Ese cabrón de Campbless me hizo regresar al hoyo pero pude escapar. Necesité doscientos años pero por fin estoy fuera de nuevo y ahora no hay nadie que pueda detenerme.

El detective cada vez estaba más y más anonadado con lo que oía. ¿De qué estaba hablando? ¿Tan grande era su delirio que pensaba que había estado encerrado en el infierno doscientos años? ¿Sería esa su manera de decir que había estado en un psiquiátrico? Tenía que ser…

― ¡Estaba deseando entrar en esta época! ¡Es perfecta! Aquí te tengo, inmovilizado sin tocarte, estás viendo mi poder, mi verdadero rostro y sigues sin creer nada de lo que te digo. ¡Qué maravilloso milenio de escepticismo! — rio. Charles volvió a forcejear para liberarse, aunque solo consiguió que la presión se hiciera más fuerte, asfixiándole.

― Cuando te meta dos balas en la cabeza veremos quién tenía razón. — le gruñó, ya harto de tanta palabrería. Odiaba a los locos por esa razón. Se podían pasar horas y horas hablando de todo lo que iban a hacer y matarte de una jaqueca antes que de un tiro. El asesino se carcajeó, claramente divertido, tal vez por su enfado o tal vez por la amenaza.

― Puedes meterme hasta tres, si quieres. Solo mataras este… traje de carne. No me interesa que esté vivo de todas maneras. No le necesito así. Si se estropea, encontrare otro nuevo. O…

El asesino se acercó a él, cogiéndole de la barbilla y casi pegando su cara a la del detective. Este se estremeció sin poder evitarlo.

― ¿Qué estás haciendo?

― También podría usar tu cuerpo. Te dejaría encerrado en tu mente, solo para que pudieras ver y oír todo el dolor y la muerte que podría causar con tu cuerpo… con tus manos. ― los ojos del asesino brillaron con más fuerza. ― Verías la sangre empapártelas hasta que no pudieras ni sostener el cuchillo. ¡Eso sería tan perfecto!

― ¡No!

― ¡Aléjate de él, demonio!

Tanto Charles como Jack volvieron la cabeza hacia de donde provenía la voz. Las sorpresas parecían no terminar ese día para el policía. O eso pensó al ver al librero correr hacia ellos con un casco de moto en el brazo y gritando. Tras él, apareció el tipo que vio el primer día que visitó la librería, el que pertenecía a la banda demoteros.

Jack… el asesino… eldemonio… se tensó visiblemente, sus brillantes ojos dorados despidiendo odio hacia el chico.

― ¿Crees que puedes detenerme? No tienes poder para derrotarme, niño. — Aidan no se mostró muy impresionado ya que se limitó a abrir una botella que traía en la mano y a rociarles con lo que contenía. Para asombro de Charles era solo agua sazonada con lo que parecía un montón de especias y hierbas.

Sin embargo su atacante siseó dolorido, su piel humeando como si le hubieran echado ácido, retrocediendo y soltándole por fin. Sintió como esa fuerza extraña que le había retenido hasta ese momento, desaparecía, dejándole libre.

Como pudo se arrastró lejos del asesino, respirando profundamente ahora que la presión ya no estaba ahogándole, sin dejar de observar la extraña escena. Aidan seguía con la petaca abierta en la mano, dispuesto a seguir rociando agua al asesino, que lo miraba con la cara deformada por la ira. El motero que le acompañaba casi parecía estar gruñendo, vigilando de cerca lo que ocurría.

― Podemos hacer un intento y ver si funciona o no o puedes largarte antes de que acabe. Tú eliges.— Aidan enseñó un pequeño y maltratado libro. Charles buscó su pistola con la mirada, pero esta había caído demasiado lejos para alcanzarla a tiempo. Volvió su mirada hacia el asesino y, para su sorpresa, parecía estar debatiéndose entre huir y atacar. ¿Qué tenía ese libro para conseguir asustarle?

― Esto no ha acabado.

― Pues nos veremos, entonces.

El librero abrió el libro y comenzó a recitar una parrafada en latín a toda prisa, de la cual, Charles no consiguió entender más que unas pocas palabras. Jack maldijo en voz alta y huyó del lugar, desapareciendo entre los coches.

― ¿Estás bien? ―preguntó Aidan al policía cuando se quedaron solos. Rolf estaba en el otro extremo del parking, por donde había huido el demonio, para asegurarse de que no seguían en peligro.

Y eso fue todo lo que Charles pudo soportar antes de estallar.

Demasiado para un día.

Las pesadillas, el nuevo asesinato, el encuentro con el asesino, que este le pudiera manejar y amenazar sin apenas tocarle, la aparición inexplicable del librero… demasiado.

― ¡No! ¡No estoy bien! ¿Qué cojones ha pasado aquí?

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