Capítulo 10

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Aidan estaba en su trastienda, frente a la estantería que se encontraba al fondo de la habitación. Movió tres grandes atlas (esos que su abuelo rescató del sótano de una iglesia y que mostraban la ubicación de varios lugares a los que el ser humano no debía ir jamás) para sacar una caja rectangular de madera oscura, cuya tapa tenía un manzano labrado en ella.

 

La abrió y colocó con cuidado el diario en su interior, envuelto en un trozo de tela blanco.

 

Mientras volvía a colocar la caja en su sitio y la ocultaba de nuevo tras los tres grandes atlas, deseó no tener que verlo nunca más.

 

Una hora antes tuvo la última visita de la policía. O, al menos, él esperaba que fuera la última.

 

Había vuelto a ser interrogado sobre Charles. Al parecer su nombre aparecía en los informes del antiguo detective y consideraron necesario ver si estaba relacionado con los recientes sucesos.

 

Si ellos supieran…

 

Los asesinatos de Jack y las muertes de la familia Henricksen en el incendio se habían convertido en un solo caso.

 

Por lo que había oído, los que fueran compañeros de Charles habían barajado primero la teoría de que Henricksen fue el asesino todo el tiempo, matando a su mujer y a su hija, además de al resto de las víctimas. Las heridas de Angela y el cuchillo encontrado entre los escombros y cenizas de lo que fuera el salón de su casa apoyaban esa teoría.

 

Pero el testimonio de un testigo que afirmaba haber visto el día del incendio a un hombre que coincidía con la descripción de Charles y la repentina desaparición del detective les hizo cambiar de idea.

 

Por lo que el ex detective entró en la lista de sospechosos y Aidan dudaba seriamente que saliera de ella algún día. No había manera de demostrar la verdad y Charles no iba a volver para defenderse.

 

La policía no tenía manera de saber lo ocurrido en realidad y que la niña estaba viva y a salvo, bien lejos de ahí. Aidan no quiso saber a donde la enviaba Charles y este no hizo ningún intento de informarle, pero si le aseguró que estaría con una buena familia y segura.

 

Habían transcurrido ya tres meses de todo aquello. El ex detective se marchó a la mañana siguiente del incendio, tras reunir unas pocas de sus pertenencias, su coche y la información que deseaba. Con la ayuda de Rolf y sus contactos pudo salir de la ciudad sin que las autoridades le descubrieran.

 

No era necesario ser un médium ni tener ningún don especial para notar la ira ciega y las ansias de venganza del hombre. El dolor que sentía por perder a sus amigos era inmenso, pero la frustración por no haber descubierto antes lo que aquel demonio hacía con su compañero le estaba matando.

 

No hubo modo de hacerle cambiar de idea cuando este le pidió ayuda para ponerse en contacto con La Orden para averiguar su relación con ella. Incluso Julian, que era bastante partidario de ellos, trató de disuadirle. Charles estaba convencido de que podría evitar otra desgracia así a personas inocentes si sabía cómo ver los indicios desde el primer momento. Que ese conocimiento unido a su adiestramiento como detective sería muy útil para salvar y proteger gente de una manera distinta a la que había usado hasta ese momento, ahora que no podía ser policía.

 

Y Aidan no pudo seguir negándose a darle lo que quería a pesar de que de esa manera Charles se convertía, sin saberlo, en un enemigo para él.

 

Le entristeció pensar que el expolicía pudiera mirarle de manera diferente si supiera su verdadero origen.

 

La Orden, como bien le dijo, no se detenía demasiado en pensar y juzgar antes de destruir cualquier cosa sobrenatural. Y, la mayoría de las veces, eliminaban inocentes sin una pizca de remordimientos.

 

Tenían información que muy pocas personas conocían sobre criaturas que nadie pensaba que existían siquiera y eso les hacía terriblemente peligrosos para gente como el librero.

 

Porque Aidan no era humano. Pretendía serlo, como muchos en esa ciudad. O en el mundo. Pero no lo era.

 

Él era un mestizo.

 

Siglos atrás, varias razas no humanas empezaron a vivir a escondidas en las ciudades, en los pueblos, sin que nadie lo notara. Al principio, solo se emparejaban con los de su misma especie, pero en algún punto eso cambió.

 

Hombres lobo, arpías, brujas, hadas… los mestizos fueron creciendo en número. Nacidos, la gran mayoría, con aspecto humano, pero con algún poder especial.

 

Gente como él llamaba especialmente la atención de La Orden. Más incluso que los mismos seres originales, ya que eran más vulnerables y se les consideraba una aberración. Unos traidores a su raza.

 

Pero, a pesar de esa amenaza, los mestizos no se rindieron. Crearon la contraparte de La Orden.

 

La Comunidad Mágica.

 

Una sociedad secreta y pacifica que se encargaba de mantener el anonimato de todos los seres sobrenaturales y mestizos en las ciudades a la vez que ocultaba sus secretos y su historia de quien pudiera usarlos en su contra.

 

Una sociedad que mantenía el equilibrio.

 

Era por ello por lo que existían lugares como la librería “El pergamino”, por lo que había gente como Aidan y su familia. Ellos eran los encargados de evitar que ninguna raza, mágica o no, sobrenatural o no, tuviera más poder que las otras.

 

― Ey, ¿estás listo? — Rolf asomó la cabeza al interior de la trastienda y le miró, arqueando las cejas.

 

Aidan suspiró, regresando al presente y a la tarea que debía enfrentar ese día. Tenía una visita de cortesía que hacer al nido de vampiros, por poco que le gustara.

 

― Casi estoy. Dame un minuto y cojo mi chaqueta. — se alejó de la estantería donde había escondido el diario para dirigirse hacia otra, que estaba en la pared derecha de la habitación.

 

No estaba entusiasmado con hacer esa visita.

 

Los vampiros siempre habían sido cordiales con su gente. Sabían que La Comunidad guardaba el registro más completo sobre su historia, además de libros de hechizos ya olvidados que nadie usaba y a los que era muy aficionado su líder. Karl era muy consciente de ello y nunca disimuló su interés. El viejo vampiro estaba algo más que obsesionado con sus orígenes. Tal vez fuera porque su creador lo dejó a su suerte al poco de traerlo a ese lado. Tal vez no.

 

Pero a pesar de que su relación con el clan de vampiros local fuera bastante buena, seguía sin hacerle ilusión pasar no sabía cuántos días con ellos. También eran contrabandistas de armas y traficantes de drogas, lo que convertía su guarida en algo muy ruidoso e incómodo. No era el mejor lugar para ponerse a descifrar un manuscrito en russenorsk.

 

No era que le necesitaran para traducirlo, en realidad. Estaba seguro de que el mismo Karl podría leerlo mejor que él. El chico sabía que solo era una estratagema para no perderle de vista, después de lo ocurrido con el demonio. A su extraña manera, estaban preocupados por su seguridad.

 

― Está bien. — Rolf entró con cautela en la trastienda, como si esperara que algo le atacase. Aidan casi rio, sabiendo que aguardaba una emboscada del fantasma. ― Oye… ¿Y Julian? No ha aparecido para molestarme.

 

― Julian se ha ido. Hace una semana me pidió que quemara el relicario. — el vampiro le miró, parpadeando sorprendido al oírle.

 

― ¿En serio? ¿Y ese cambio de opinión? Pensaba que no quería irse.

 

― Llevaba una temporada comentándome que tenía problemas para materializarse y que cada vez le costaba más mantenerse corpóreo si hacia algún esfuerzo. — comentó, cogiendo una carpeta marrón de la estantería y guardándola en su mochila. ― Los últimos acontecimientos nos han afectado a todos un poco y creo que tenía miedo de desaparecer sin más o convertirse en un poltergeist.

 

― Lo imagino. Lo siento, era un tío majo… para ser un fantasma, claro.

 

― Lo voy a echar de menos, pero ya era su hora de pasar. Llevaba demasiado tiempo postergándolo.

 

― ¿Quieres hablar de ello? — ese ofrecimiento le hizo sonreír a su pesar. Rolf era de los pocos con los que trabajaba que podía casi considerar un amigo.

 

― Te lo agradezco, pero no. No es necesario.

 

Un suspiro triste se escapó del librero al pensar en el fantasma. Julian había sido su compañero durante años. Su marcha no iba a ser fácil de superar porque Aidan no se permitía a si mismo tener muchos amigos.

 

Cuando, una semana atrás, Julian le comunicó que quería irse no podía decir que le sorprendiera la petición. Había notado que cada vez discutía menos cuando sacaba el tema. Pero le dolió igual.

 

El fantasma había sido bastante claro al explicar sus razones, pero el chico sospechaba que existía algo más que le hizo cambiar de opinión.

 

Aidan salió de la trastienda, cerrando bien la puerta tras él y cogió su chaqueta y sus guantes de piel.

 

― ¿Y tu perro?

 

― Perra. La he dejado con los de la carnicería de la esquina. No podía dejarla sola sin saber cuántos días voy a estar fuera y ellos la cuidaran bien.

 

― Bien pensado. Con suerte esto lo traduces rápido. Ya sabes cómo es Karl para los negocios. Los quiere sin complicaciones y en el acto.

 

― Pues va a tener que ser algo más paciente con esto. No puedo traducirle ese manuscrito en un día, por muy corto que sea. Solo espero que sepa que no va a sacar nada en claro de eso.

 

Los dos salieron. El sol empezaba a ocultarse y la temperatura descendía rápidamente, haciendo que saliera vaho de sus bocas con cada respiración. La Ducati de Rolf les esperaba aparcada frente a la tienda, negra y reluciente. El vampiro hizo su acostumbrada revisión a los alrededores mientras Aidan se aseguraba que la alarma estaba conectada y todo quedaba bien cerrado con llave.

 

― Lo sabe. Solo es curiosidad. Sabemos que cualquier cosa «interesante» sobre nosotros no la va a encontrar en EBay, precisamente. — rio Rolf, encaminándose hacia su moto con el chico pisándole los talones. — Mientras se mantengan con vosotros y no con La Orden, estamos bien.

 

― ¿Por qué las prisas con este papel, entonces? — Aidan cogió el casco que le pasó el vampiro y se lo puso. Era negro y sin adornos. El de Rolf, por el contrario, llevaba el logo de la banda. La discreción nunca fue el fuerte de los vampiros, razón por la cual siempre había tantas leyendas sobre ellos. — Si sabe que no es nada transcendental ¿para qué quiere saber que hay escrito?

 

― Te comenté que Karl piensa que podría haber pertenecido a su creador, ¿verdad? Y ya sabes cómo somos con la «familia». — el chico asintió. Si, los vampiros eran muy posesivos con cualquier pertenencia familiar. Por muy ridícula que esta fuera. — Ahora, sube. Espero que esa chaqueta que llevas sea suficiente. Y agárrate bien.

 

Aidan no tuvo mucho tiempo para replicar antes de que el vampiro se lanzara a toda velocidad por su calle.

 

Odiaba ir con Rolf en moto. Siempre iba rompiendo el límite de velocidad y, podía ser que él fuera inmune a las caídas y se recuperara de cualquier herida en segundos, pero Aidan no lo era y no tenía ninguna intención de acabar estrellado en una cuneta porque Rolf disfrutara tanto de la velocidad.

 

Se agarró fuertemente a la cintura del otro para no caer y usó el más amplio cuerpo del vampiro para escudarse del viento y del frío. Su chaqueta era perfecta para esa época del año, pero no tanto como para ir en moto a toda velocidad. Oyó la risa de Rolf, amortiguada por el viento y el ruido del motor, cuando escondió las manos en los bolsillos de la cazadora de cuero del vampiro.

 

― Ni una palabra.

 

― No iba a decir nada.

 

Ninguno de los dos notó que estaban siendo vigilados.

 

Desde un anodino sedan negro, el doctor Morgan les observaba con unos prismáticos hasta que los vio desaparecer al doblar la esquina de la calle.

 

Se rascó la barba, preocupado. No contaba con el vampiro. Su idea principal había sido abordar al chico en cuanto saliera de la tienda, pero la visita del otro torció sus planes.

 

Cogió su teléfono móvil y usó la marcación rápida para hacer una llamada. Necesitaba nuevas órdenes.

 

― Si, soy yo. No he podido hacerme con el objetivo. Uno de los chupa sangres se lo ha llevado. ― rodó los ojos al oír lo que le preguntaban al otro lado de la línea. ― ¡Claro que estoy seguro! Es uno de los locales. No… No hay rastro del otro. ¿Qué queréis que haga?

 

Morgan frunció el ceño mientras escuchaba sus nuevas órdenes, frotándose la cara, repentinamente cansado. Le acababan de dar una larga guardia.

 

― Bien. Así será. Vigilare hasta que vuelva. Tal vez el otro aparezca antes. ¿Qué hago con el chico si no sabe nada o no habla?

 

Se estremeció mientras cortaba la llamada, las últimas palabras aun rondando por su mente.

 

La Orden había sido clara. Atrapar al chico, interrogarle y eliminarle.

 

Pero, sobre todo, atrapar y eliminar al traidor Charles Andrews.

 


 

¡Y se acabó! Espero que hayas disfrutado con la historia y que quieras seguir a Charles y más personajes en las demás novelas.

¡No te las pierdas!

 

 

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