Rugidos del corazón: Capítulo 15.

(Aviso por escenas subidas de tono en este capítulo)

Unos días después tuvieron una noche algo más que movida.

Kenny decidió revisar unos locales abandonados en los que había rumores que eran propiedad de La Orden. Lamentablemente solo encontró a un grupo de ladrones de poca monta que intentaron darle una paliza.

Por suerte, esa noche no había ido solo, ya que Max insistió en acompañarlo y con él, Nicky. Ninguno estaba feliz con la idea de que Kenny fuera solo.

Gracias a eso, no tuvieron problema en acabar con el grupo de ladrones, reduciéndolos y dejándolos listos para que la policía se hiciera cargo de ellos tras una conveniente llamada anónima.

Pero en la trifulca, Max pisó mal una piedra, resbaló y se torció el tobillo. A los pocos minutos lo tenía tan hinchado y amoratado que los otros dos se preocuparon.

Apurados por que se hubiera hecho un daño serio, lo llevaron a las urgencias más cercana que encontraron, que eran humanas, donde les informaron que solo había sido un esguince leve y que se recuperaría con un par de días de hielo y descanso.

Kenny se sentía responsable ya que fue su obsesión por encontrar a Cody lo que los llevó a ese lugar y Max se había hecho daño por su culpa. Con ayuda de Nicky, lo llevaron de vuelta al motel donde se alojaban.

  • ¿Estás bien? – Max bufó. Kenny le ayudó a sentarse en la cama, ahuecándole las almohadas.
  • Si. Jodido, pero bien. – Nicky rio, divertido viendo como el rubio colocaba el pie herido de su hermano sobre un cojín.
  • Podría ser peor. Solo es un esguince. Unos días de descanso y estarás estupendamente.
  • Ya, pero esto fastidia los planes.

Kenny se sentó en la cama junto al moreno y le acarició el cabello. Nicky sonrió al verlos.

  • Nah, en vez de quedarnos un día, pues nos quedamos dos o tres. No te preocupes. Lo importante es que te recuperes bien.
  • Bueno, yo voy a ducharme. – anunció el pequeño. – Creo que luego voy a darme una vuelta. ¿Estaréis bien o me necesitáis para algo?

Los otros dos se encogieron de hombros.

  • Ve tranquilo. Yo pienso dormir temprano esta noche. – respondió su hermano. Kenny asintió a su lado.  

Mientras Nicky se duchaba, Max se removió, incomodo. Durante la escaramuza con los ladrones todos acabaron llenos de barro, polvo y más cosas de las que Max prefería no saber su origen.  

  • ¿Pasa algo? ¿Te duele el tobillo? – le preguntó el rubio, preparándose para coger un nuevo cojín y colocarlo bajo el pie del otro. Este le detuvo, sujetándole de la muñeca.
  • No. Pero voy a necesitar ducharme yo también. Apesto. – Kenny asintió. Él mismo necesitaba lavarse.
  • Si, yo también. Pero a ver cómo te vas a duchar a pata coja sin romperte el cuello.
  • No voy a poder. Voy a necesitar ayuda.

Nicky apareció en ese momento, ya vestido y listo para salir. Max notó que se había arreglado el cabello, dejándoselo suelto y llevaba su camisa favorita. Arqueó una ceja, curioso. Su hermano, al parecer, tenía planes.

  • Que te ayude Kenny. – soltó el pequeño haciendo que el aludido diera un respingo. – Te tienes que duchar también, ¿no? Pues así lo hacéis los dos y Max no se cae y se rompe el cuello.

Max soltó una risita mientras Kenny los observaba, sorprendido.

  • No hace falta… – empezó Max, pero su hermano le cortó.
  • A él no le importa, ¿verdad, Kenny? – le preguntó con un tono que no dejaba lugar a replicas.

Dos pares de ojos, unos castaños y otros azules le dirigieron una mirada inquisidora y Kenny tragó en seco.

  • No… claro que no. – consiguió farfullar. Nicky dio una palmada, complacido.
  • Pues hecho. Vosotros id a la ducha y yo voy al cine. Tengo ganas de ver la última de Marvel. No me esperéis despiertos. – avisó, saliendo de la habitación y dejándolos solos.

Kenny y Max se quedaron un rato, sentados en silencio hasta que el rubio decidió que era mejor no pensarlo demasiado. Podía hacer eso. Podía ayudarle a ducharse sin que pasara nada raro ni se pusiera en completo ridículo.

Podía hacerlo, ¿verdad?

  • Bueno, ¿vamos? – le preguntó, ofreciéndole la mano.

Con cuidado le ayudó a ir al baño, donde le sentó en el retrete para abrir el grifo y graduar el agua de la ducha. Al terminar, vio a Max intentando quitarse la bota que todavía llevaba puesta y fallando miserablemente.

  • Déjame. – le pidió, arrodillándose para quitarle la bota. Lo siguiente eran los pantalones y ahí notó la posición en la que se encontraban.

Kenny tenía la cara a la altura de la entrepierna del otro. Max sonrió, divertido desabrochándose los pantalones.

  • Estás disfrutando esto demasiado. – rio Kenny ayudándole también con los pantalones. Max se quitó la camiseta y la lanzó con el resto de su ropa en un montón. Luego alargó las manos y empezó a abrirle los vaqueros al otro.
  • Pretendo disfrutarlo aún más. – le dijo, ganándose una carcajada.

Kenny ayudó al moreno a entrar en la ducha y lo dejó bajo el agua caliente mientras se quitaba su propia ropa. Con el cabello empapado y el agua resbalando por su cuerpo, Max era lo más hermoso que había visto en mucho tiempo.

Max le hizo un gesto con el dedo, invitándolo a entrar y el rubio obedeció, sin poder quitarle la vista de encima. Cuando lo tuvo al alcance de la mano, el moreno le sujetó del rostro para besarle, sacándoles un gemido a ambos.

Kenny les hizo retroceder hasta tenerle con la espalda pegada a la pared, los fríos azulejos haciéndole temblar ligeramente. Bajó las manos por su cuerpo, disfrutando de los sonidos que le sacaba al otro con sus caricias. Cuando llegó a su miembro, no se sorprendió al sentirlo duro bajo su mano.

Max le miró, con los ojos oscurecidos, acariciando y mordiendo cada trozo de piel que quedaba a su alcance. Se le escapó un jadeo al sentir los dedos de Kenny rondando su entrada. Solo acariciando y rozando, sin tratar de entrar.

El moreno le acarició con más ímpetu, dándole un leve mordisco en el hombro.

  • Max… – gimió, sujetándole de la mano para detener las caricias. – Max, para. – el otro le miró, interrogante. 
  • ¿Por qué? – le preguntó, con un rugido bajo, lamiéndole el cuello. Kenny se estremeció entero, sintiendo su resolución flaquear.  
  • Porque si sigues así… – jadeó. – …si sigues así no voy a poder detenerme.
  • ¿Y quién te pide que lo hagas?

Kenny, al oírlo, soltó un rugido de pura excitación que hizo temblar los cristales de la ducha. Le cogió de la cintura y le atrajo para besarle, moviendo las manos para sujetarle del trasero y pegarle más contra su cuerpo.

  • ¿Estás seguro? – le preguntó, separándose para poder mirarle a los ojos. El otro asintió, con la respiración agitada. – Bien, pero vamos a la cama, porque aquí nos vamos a matar los dos.

Eso arrancó una risa de Max, que se dejó ayudar por Kenny para salir de la ducha y dirigirse a la cama. Ambos se miraron, con hambre y ganas, pero también con algo de nervios.

Kenny se sentía un poco inseguro. Deseaba eso y sabía que Max también, pero no estaba seguro de que fuera él quien debiera estar en una posición dominante.

Max no tenía sus mismas dudas y le cogió del cuello, para obligarle a besarle, deslizando luego sus manos por el pecho del rubio, acariciándole e instándole a retomar las cosas por donde lo habían dejado en la ducha. 

Kenny seguía inseguro, pero sus miedos se fueron por la ventana cuando Max, viendo que no se decidía, le puso el bote de aceite corporal que habían usado para el masaje en su cara. Soltó una risita y se manchó los dedos para empezar a prepararlo despacio.

Max se tensó al principio, molesto e incómodo por la intrusión, pero no tardó en gemir y jadear cuando el otro encontró un punto en su interior que le hizo temblar de deseo y ganas. Kenny le observaba, extasiado. Con la melena oscura revuelta y aun húmeda, los ojos brillando y el rostro enrojecido, era toda una visión.

Terminó de prepararlo y se quedó dudando de nuevo. Max le besó, sonriéndole con ternura.

  • Vamos… no me hagas de rogar. – le susurró, levantando las caderas para rozar su miembro con el del otro.

Kenny gruñó y se introdujo despacio, observando cada gesto de incomodidad o dolor del moreno para asegurarse de que no le hacía daño. Pero Max le atrapó la cintura con las piernas y le forzó a ir más deprisa.

El rubio empezó a moverse, despacio al principio, más rápido y descontrolado conforme el placer aumentaba. Enredó sus dedos con los de Max y le apretó la mano, besándole para tragarse sus gemidos.

Sintiéndose cerca de acabar, hundió la cara en el cuello del otro y le dio un fuerte mordisco, acariciándole para hacerle terminar también. No era una marca de apareamiento si no un mordisco amoroso que le iba a dejar marca durante días.

La idea de saber que cualquiera podría ver esa marca le excitó más, haciéndole acabar con un rugido ronco.

Max le besó de nuevo, cansado y satisfecho, abrazándole mientras Kenny lamía el mordisco para aliviar el dolor que hubiera podido causarle.

Cuando volvió Nicky casi amanecía. Al entrar, sonrió al encontrarlos dormidos y abrazados. Con cautela se cambió de ropa en el baño y salió de nuevo, en esa ocasión para buscar el desayuno. Ya se burlaría de su hermano por ese mordisco en el cuello cuando amaneciera. 

Pero no tuvo muchas oportunidades. La noche siguiente, quizás provocado por lo ocurrido entre él y Max, quizás por ninguna razón en especial, Kenny tuvo una pesadilla que los desveló a todos.

Una que no sufría desde hacía años.

El rubio soñó con aquella noche cuando Cody le engañó para llevarlo a su casa. La misma noche que atacó a su padre, disparándole varias veces y le confesó que nunca le había querido. También soñó con el Consejo y el momento en que le impusieron la marca. Incluso volvió a su nariz aquel horrible olor a carne quemada.

  • ¿Kenny? – la voz de Max le despertó de tan horrible sueño. Sus manos le estaban acariciando el rostro y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba llorando. – ¿Qué pasa?

Nicky también se había despertado y le observaba preocupado a su espalda. Kenny se quedó en silencio, sollozando sin poder detenerse. Max le abrazó, acariciando su cabello intentando consolarle.

Cuando por fin pareció que se había calmado, Max le secó las lágrimas del rostro y le obligó a mirarle. Se le partió el alma al ver esos ojos celestes enrojecidos y tristes.

  • ¿Qué ha pasado? ¿Una pesadilla? – Kenny asintió. – Lo que fuera ya no puede hacerte daño, tranquilo. – intentó consolarle.
  • Soy un omega. – musitó Kenny, tan bajito que dudaba que los otros dos le hubieran escuchado.

Guardó silencio, esperando a que los otros se rieran de él o le echaran o le insultaran.

Algo.

No se esperaba una nueva caricia en la mejilla y los labios de Max besándole en la frente, mientras que Nicky le besaba el hombro, rodeándole la cintura con sus brazos.

  • ¿Y? Eso no importa. Omega, alfa… da igual. Sigues siendo Kenny. Nuestro Kenny. – y añadió más bajo, casi un susurro. – Mi Kenny.
  • Pero… pero estoy desterrado. Y marcado. No puedo tener familia. – el abrazo de Nicky se hizo más apretado y Max le obligó a levantar el rostro para besarle.
  • Esa marca no significa nada. No puede borrar quién eres ni cambiarlo. Y para mí… para nosotros tú eres Kenny, eres un alfa y puedes tener lo que quieras. Y quien diga lo contrario se las verá con nosotros.

Kenny volvió a sollozar, escondiendo la cara en el cuello del moreno, consolándose con el aroma del otro león, en el que podía notar rastros del suyo propio. Eso ayudó bastante, consiguiendo que dejara de llorar y se quedara dormido abrazado a los dos hermanos.

Al día siguiente, ninguno de los tres comentó nada de lo sucedido. Pero Nicky fue extra amable y Max no dejaba su lado, como si temiera que fuera a romper a llorar de nuevo.

Antes de salir del motel, preparados para dirigirse a una nueva ciudad para seguir buscando pistas de La Orden, Max le arrinconó un segundo en el baño para besarle largo y profundo durante un buen rato, con una sonrisa llena de cariño que iluminó el resto de su día.

  • ¿Adónde vamos esta vez? – preguntó Nicky, sentándose tras el volante.

Kenny se puso el casco y se montó en su moto, arrancándola a la primera.

  • San Francisco. Tengo el pálpito de que ahí puede que si encontremos algo.

Rugidos del corazón: Capítulo 14.

 Kenny se despertó sobresaltado al notar un movimiento brusco en la cama, seguido de un ruido extraño. Al abrir los ojos, más dormido que despierto, notó que faltaba uno de los hermanos en la cama y que la luz del baño estaba encendida.

Miró a su derecha y vio a Max, igual de adormilado y desorientado que él, mirando hacia el baño, rascándose la cabeza.

  • ¿Qué pasa? – preguntó, con voz ronca. Desde el baño les llegó el inconfundible sonido de alguien vomitando y los dos se levantaron de un salto.
  • Creo que mi hermano no se encuentra muy bien. – masculló el moreno antes de entrar al baño.  

El joven león estaba sentado en el suelo, con la cabeza casi metida en el retrete y vomitando sin parar. Max se arrodilló a su lado, apartándole el cabello de la cara y recogiéndoselo en una cola para evitar que se le manchara mientras el otro seguía vaciando su estómago.

Kenny se encogió de dolor al oírle. Decidió hacer algo útil y mojó una toalla y llenó un vaso de agua para cuando acabara. Luego se acercó a los hermanos, preocupado.

  • Nicky, ¿qué tienes?
  • Ni id… ni idea, pero me siento fatal. – Max le tocó la frente y frunció el ceño.
  • Tiene fiebre. No es una simple intoxicación. – cuando vio que el pequeño dejaba de vomitar, le ayudó a incorporarse. – ¿Crees que necesitarás vomitar más?
  • No estoy seguro. – Max asintió.
  • Nos llevaremos la papelera a la cama. Ayúdame, Kenny.

Kenny se acercó rápidamente y le ayudó a sujetar y llevar al pequeño hasta la cama. Allí le acostaron y taparon, no sin antes limpiarle un poco con la toalla. Max miró preocupado a su hermano y luego consultó su reloj. Todavía era de madrugada.

  • ¿Qué pasa? – le preguntó Kenny, al verle preocupado.
  • Tiene fiebre, pero es tarde para encontrar algo abierto donde comprar medicinas. Y no quisiera tener que llevarlo a las urgencias humanas, la verdad.  
  • Había un veinticuatro horas en la gasolinera, a la entrada de la ciudad. No está lejos de aquí. Puedo llegarme, si hace falta.
  • ¿Podrías? No quiero que siga vomitando. Cuando se pone así acaba muy dolorido y débil. – Kenny asintió, notando la preocupación del otro. No quería tampoco que Nicky estuviera enfermo.
  • Dime que es lo que necesitas.

Al poco rato, Kenny salía de la habitación con una lista de cosas y se dirigió hacia la gasolinera, donde se encontraba la tiendecita.

Estaba preocupado también por el más joven. Nicky era alguien muy activo, divertido y encantador. Verlo enfermo, adormilado y temblando, resultaba inquietante. No estaba acostumbrado a eso.

Ver a alguien que apreciaba tan enfermo, le asustó.

Le asustaba la posibilidad de perder a alguno de los dos, de que pudiera pasarles algo, ya fuera una enfermedad o un accidente o, peor aún, un ataque.

¿Y si su obsesión por encontrar a Cody les ponía en peligro?

Era la primera vez que consideraba esa posibilidad y no le gustó nada.

También era la primera vez que consideraba el hecho de apreciar realmente a esos dos. No, era algo más que simple aprecio. Estaba seguro de tener sentimientos hacia Max y Nicky.

Sobre todo, hacía Max, pensó con un suspiro. ¿Qué iba a hacer cuando ese cachorro encontrara a su pareja y se marchara?

Lo iba a pasar mal, eso sin duda. Pero eso era un pensamiento para otro momento.  

Al salir de la gasolinera, con todo lo que le habían encargado y varias cosas más, Kenny se encontró con un restaurante japones que seguía abierto.

Fue una gran sorpresa comprobar que no solo estaba abierto al público y todavía servían comida, si no que sus dueños eran parte de la Comunidad.

Una familia de youkais que habían emigrado de Japón a Estados Unidos hacía unos años. Kenny, que siempre había sentido fascinación por el país nipón, no tardó en entablar conversación con el camarero, hijo de los dueños. Este le dio la dirección y el teléfono de un médico de la Comunidad en la ciudad, al escucharle hablar sobre su amigo enfermo.

Kenny agradeció la información y salió del restaurante con comida para los tres.

Al regresar a la habitación, se encontró con Nicky intentando echar el contenido de su estómago en la papelera de nuevo mientras Max le sujetaba como podía. Kenny se acercó corriendo para ayudarle.

  • Veo que sigue igual. – le dijo, ayudándole a ponerle de vuelta en la cama cuando termino de vomitar.

Max suspiró cansado y fue al baño a vaciar la papelera. Regresó al minuto, despeinado y con cara de sueño.

  • Podría ser peor. ¿Has traído lo que te pedí?
  • Si. – Kenny le acercó la bolsa de medicinas. – Aquí tienes el jarabe que me dijiste y los sobres estos para la fiebre. – el moreno cogió el bote del jarabe y sirvió una cucharada llena.
  • Ayúdame a dárselo. – pidió.

Kenny incorporó a Nicky y Max le dio el jarabe, consiguiendo que el otro hiciera una mueca de asco al probarlo, pero se lo tragó sin rechistar. Acto seguido, abrió uno de los sobres y lo echó en un vaso con agua para que se lo bebiera también.

  • Con eso debería bastar para evitar que siga vomitando. Y para que le baje la fiebre. – Kenny le echó un brazo por los hombros y lo atrajo hacia él, en un medio abrazo.
  • ¿Tienes hambre? He traído ramen para nosotros y sopa de miso para Nicky cuando despierte y se encuentre algo mejor. También me han dado el numero de un médico de la Comunidad en la ciudad, por si se pone peor. Y patatas y chocolate.

Max rio, divertido y le dio un beso suave en los labios.

  • Gracias. El ramen suena genial, ahora mismo. No tenías que haber comprado tantas cosas.
  • ¡Claro que sí! Sois mis amigos. Tengo que cuidaros. – le contestó, medio en broma, acercándole uno de los platos con ramen.
  • ¿Y quién te cuida a ti? – preguntó a su vez Max, empezando a comer.

Kenny le miró, sorprendido al escuchar la réplica. ¡Él no necesitaba que nadie le cuidara! Era un alfa y llevaba mucho tiempo cuidándose solo. Max pareció notar su incertidumbre ante la pregunta, porque puso una mano en su mejilla y se la acarició con ternura.

  • No te preocupes. Yo cuidaré de ti cuando te haga falta. – le prometió. Kenny forzó una sonrisa, para que no notara lo que le había afectado esa respuesta.
  • ¿Si me pongo igual de enfermo me vas a cuidar también?
  • Si. Incluso te llevare la papelera para que vomites. – rio el otro.

Después de comer, Nicky volvió a vomitar y Max comprobó su temperatura. Seguía teniendo fiebre. Eran las cinco de la mañana.

  • Estoy preocupándome un poco. No puedo darle más medicina y menos con el estómago vacío. Si dentro de un par de horas sigue con la misma fiebre o sube, vamos a llamar a ese médico.
  • Está bien. No te preocupes, verás como se pone mejor.

Max asintió y se echó sobre Kenny, apoyando la cabeza en su hombro. El otro le abrazó, instándole a ponerse más cómodo.

  • Descansa un poco. Yo vigilare mientras. – le dijo. Max asintió y se acurrucó a su lado.

Kenny volvió a sentirse abrumado por la confianza que le regalaban esos leones. Tras como fue tratado por su propia familia y, más tarde, por otros miembros de la Comunidad, esa confianza ciega resultaba extraña y bienvenida.

Echaba de menos que alguien quisiera estar con él, que alguien se ofreciera a cuidarlo si le ocurría cualquier cosa, que alguien se dejara cuidar por él.

Pero sentía también que no estaba siendo sincero con ellos. No les había contado que era un omega, que estaba desterrado de su propia casa, que había cometido el error más grande de su vida y nunca terminaría de pagarlo.

¿Sería capaz alguna vez de confesarles la verdad?

Miró al otro, que estaba dormido, apoyado en su hombro, pegado a su cuerpo y suspiró. No estaba seguro de si podría. Si Max y Nicky le rechazaban jamás podría superarlo. Sería muy doloroso.

Un suave clic le devolvió a la realidad, encontrándose con un Nicky sonriente que acababa de hacerles una foto con su móvil.

  • Pienso mandársela a mi madre. – Kenny no sabía si reír o quitarle el móvil antes de cumpliera semejante amenaza.
  • Intuyo que te encuentras mejor. – el más joven asintió. Todavía estaba pálido, pero tenía mejor aspecto.
  • Algo. Al menos ya no siento la necesidad de echar las tripas.
  • Eso es un comienzo. – Kenny colocó a Max tumbado en el sofá para poder levantarse y acercarse a la cama.

Puso una mano en la frente del pequeño y notó la piel más fresca. Parecía que le había bajado la fiebre.

  • ¿Crees que podrás comer?
  • Puedo intentarlo. Tengo algo de hambre, la verdad. ¿Qué hay?
  • Sopa de miso de anoche. Te la calentare un poco en el microondas y comes, a ver si puedes mantenerla en el estómago.

Kenny calentó la sopa, que aún seguía en su plato del restaurante y se la acercó a Nicky que empezó a comerla despacio al principio para luego casi devorarla. El otro sonrió, divertido al verlo.

  • Come despacio, tío. Te va a sentar mal.
  • Lo dudo. Estaba muerto de hambre. – suspiró, feliz al terminar el plato. – Siento todo esto.
  • No es como si hubieras escogido ponerte enfermo. Son cosas que pasan.

Max se removió en sueños y Kenny corrió a arroparlo con la manta que habían puesto en el sofá antes. Nicky sonrió al verlo.

  • ¿Sabes? No creo haber visto a mi hermano confiar en alguien tanto como lo hace en ti. – Kenny se sonrojó, volviendo a sentarse en la silla donde estaba antes.
  • No sé de lo que me hablas. – el más joven bufó.
  • Oh, sí que lo sabes. No soy ciego, ¿vale? No me tomes por tonto. Él no me dice nada, pero no hace falta que lo haga. Lo conozco y sé cuándo algo le importa de verdad y cuando no. Y tú le importas.
  • A mí también me importa. – murmuró el rubio. Nicky asintió, complacido con la respuesta.
  • Bien. Procura que no sufra, porque si no te las verás conmigo, por mucho que te aprecie.

Max se despertó y se acercó a la cama al ver a su hermano sentado. Su rostro se ilumino de alivio al comprobar que no tenía fiebre.

  • ¿Estás mejor? ¿Cómo te encuentras?
  • Creo que bien. Un poco débil pero bien. – Max le obligó a volver a tumbarse.
  • Estupendo. Ahora duerme otro poco. Cuando te vuelvas a despertar, te ayudaré en la ducha. Apestas.
  • Yo también te quiero, hermano.
  • Ya, ya. Y Kenny irá a comprarnos más comida porque también nos quiere, ¿verdad, Kenny?

El tono de la pregunta había sido totalmente en broma y Kenny podía ver que estaban jugando, pero su respuesta fue mucho más seria.

  • Claro que sí.

Rugidos del corazón: Capítulo 13.

Había pasado toda una semana desde lo ocurrido esa noche y ninguno de los dos quiso hablar del asunto. Ni siquiera intentaron sacar el tema.

En la siguiente ciudad volvieron a pedir una habitación simple y durmieron los tres juntos como si no hubiera pasado nada.

Y Nicky sabía que había ocurrido algo entre los dos. El olor a sexo en la habitación cuando regresó del cine casi le hizo dormir en el coche. Pero tampoco quería forzar a ninguno a reconocerlo. ¿Para qué? Ya eran adultos. Así que decidió dejarles arreglarlo por su cuenta y siguió como si nada.

No pensaba intervenir hasta que les viera demasiado incomodos o que el asunto interfiriera en sus asuntos normales.

Y mientras tanto, los días pasaban y se acercaba el cumpleaños de Max. El pequeño había decidido hacer algo especial para celebrarlo ya que era el primero que pasaban lejos de casa y de su familia.

Le haría la famosa jambalaya de su abuela, que a Max tanto le gustaba. Esa receta era la envidia de la familia y su madre se la pasó el día que se fueron de excursión. Quería que tuvieran algo especial para recordarles mientras estuvieran fuera. Algo que les recordara a su hogar.

Se preparó para ir a hacer unas compras mientras su hermano estaba en el baño y Kenny se encontraba sentado en la cama, mirando unos mapas. Todavía no conseguía encontrar ninguna pista que le llevara hasta aquel tipo que buscaba, lo cual le estaba frustrando mucho. Lamentablemente, no había más pistas que seguir, por el momento.

  • ¡Ey! ¿Adónde vas? – le preguntó cuando le vio ponerse los zapatos. Nicky miró hacia la puerta del baño y se acercó a Kenny.
  • Mañana es el cumpleaños de Max. Voy a ir a comprar algunas cosas para hacerle un plato especial que le gusta mucho. – Kenny lució sorprendido, dejando a un lado los papeles que había estado mirando.
  • ¿Mañana es su cumpleaños?  
  • No hace falta que le regales nada, ¿sabes? – le dijo, adivinando que le preocupaba. – No es necesario. Con que le felicites y le hagas un par de mimos, estoy seguro de que será muy feliz. – Kenny se sonrojó, pero decidió ignorar las palabras del pequeño.
  • ¿Qué le puedo regalar? – preguntó, dándose cuenta de que conocía muy poco de los gustos del otro león. Necesitaba prestar más atención a Max e intentar averiguar qué cosas le gustaban y cuáles no. Sería lo lógico, ya que eran amigos.

Ignoró el hecho de que no había incluido a Nicky en ese pensamiento, lo cual hubiera sido lo normal. 

Nicky sonrió, divertido. Sabía que le dijera lo que le dijera a Kenny sobre no preocuparse por regalarle nada Max, este no iba a hacer ni caso. Resultaba adorable y predecible.

  • A Max le encanta leer. – le dijo, cogiendo su cartera y guardándosela en el bolsillo trasero de sus vaqueros. – Lo que más le dolió dejar en casa fueron sus libros. Y le encanta Stephen King. Consíguele el ultimo y hará lo que le pidas. – terminó, con tono sugerente. Rio al ver como Kenny se sonrojaba.
  • A mí también me gusta Stephen King. – dijo el otro, distraído.
  • Entonces tenéis bastante en común. – asintió Nicky. – No tardaré mucho en volver. Dile a Max que solo he ido a comprar para la cena.

Kenny le vio marcharse y se quedó pensando cómo iba a hacer para ir a comprar su propio regalo y no despertar sospechas en el otro león. Si el cumpleaños de Max era al día siguiente, no tenía mucho tiempo. Miró en su teléfono, buscando información en internet sobre una librería que tuviera la última novela de Stephen King y comprobó horarios.

Para cuando Max salió del baño, recién duchado, con solo los pantalones viejos de chándal que usaba para dormir, el cabello aun mojado y el pecho brillante de la ducha, Kenny tenía un plan para conseguir su regalo.

Plan que, al ver al otro, se le olvidó bastante.  Max se dio cuenta del escrutinio del otro y sonrió, yendo hacia su mochila para coger una camiseta y el peine para desenredarse el cabello.

  • ¿Dónde está Nicky?
  • Ha salido a comprar la cena. – Max frunció el ceño, cosa que sorprendió un poco al otro.
  • Vaya.
  • ¿Ocurre algo?
  • Nada. Le iba a decir que me ayudara con el pelo. Me cuesta desenredármelo bien, sobre todo por atrás.
  • Yo puedo hacerlo. – se ofreció el rubio, con un hilo de voz.

Max se volvió a mirar a Kenny y sintió su corazón saltarse un par de latidos. ¿Cómo podía ser tan adorable? Cada día le costaba más y más cumplir su promesa de ir despacio. Kenny era demasiado algunas veces.

Demasiado dulce, demasiado adorable, demasiado atento.

Le ofreció el peine y se sentó en la cama, dándole la espalda para que le ayudara con su melena.

Kenny empezó a peinarle despacio, cogiendo los mechones para desenredarlos sin darle demasiados tirones al otro. Los dos estuvieron un rato en silencio, mientras Kenny se dedicaba a peinar, mechón a mechón y Max trataba de no estremecerse cada vez que le rozaba con los dedos.

Kenny disfrutó de la suavidad del cabello del moreno, acariciando las oscuras hebras con sus dedos. Para cuando acabó, ambos estaban muertos de ganas de que pasara algo.

  • Esto ya está. – consiguió mascullar, devolviéndole el peine.
  • ¿Te importaría trenzármelo? Es muy tarde para secarlo y si lo dejo así, mañana va a amanecer enredadísimo. – pidió y Kenny tragó en seco, asintiendo.

Con las manos temblando, separó la espesa melena en tres partes y comenzó a trenzarla con cuidado y esmero, sintiéndose especial por el pedido.

Max era un alfa y uno poderoso, más que Nicky. Kenny podía decirlo sin ninguna duda. Y entre los de su raza no era habitual que un alfa diera la espalda a otro. Bajo casi ningún concepto.

Era una cuestión de ego y tradición.

Sin embargo, ahí estaba este precioso alfa, no solo dándole la espalda a propósito, si no pidiendo y aceptando su ayuda.

Eso era un regalo. Era lo suficientemente inteligente para valorarlo.

Cuando terminó, se inclinó y dio un beso en la nuca al otro. Max se giró, la trenza cayendo sobre su hombro derecho y le dio una sonrisa llena de afecto.

Kenny no pudo resistirse y tiró con suavidad de la trenza para acercarle y robarle un beso largo.

Nicky apareció un segundo después de acabar el beso, con lo que les pilló mirándose embobados y a Kenny aun sujetando la trenza de Max.

Estuvo tentado a reír o hacer un chiste, pero se lo pensó mejor e hizo como que no había visto nada.

Los otros dos saltaron, sentándose cada uno en un extremo opuesto de la cama cuando el pequeño entró.

  • ¡Ya estoy aquí! – anunció, aguantando la risa. – ¡Traigo la cena!  

A la mañana siguiente, Kenny se desenredó de los dos y salió de la cama en silencio, intentando no despertarlos. Con Nicky era fácil. Dormía como un tronco y era complicado despertarlo. Max tenía el sueño bastante más ligero.

Pero lo consiguió. Así que salió en su misión de buscar el regalo de cumpleaños para el moreno, entre otras cosas.

Primero fue a una cafetería cercana y encargó café para los tres y tortitas, con extra de chocolate para Max. Luego fue a la librería que había visto en internet.

Tuvo suerte y no tardó demasiado en encontrar el libro que buscaba, pidiéndole a la dependienta que se lo envolviera para regalo.

Su teléfono móvil sonó y vio un mensaje de Max, preguntando donde estaba. Le respondió que estaba comprando el desayuno y que volvería en unos minutos.

Con el libro bajo el brazo se dirigió a recoger el desayuno, pero antes de llegar vio que había una chica vendiendo pulseras en una manta delante de la puerta. Las observó detenidamente y escogió una de cuero trenzado negro con un adorno en plata de un rayo. Era bonita y simple y decidió comprarla para el otro león.

Recogió el desayuno y regresó al motel.

Al llegar los otros dos ya estaban despiertos, aunque seguían tumbados en la cama, holgazaneando.

  • ¡Oh, nos trae el desayuno a la cama! ¡Que romántico! – bromeó Nicky, acercándose para saludarle, frotando su mejilla con la de Kenny. Este sonrió y le dio un beso en la mejilla, haciéndole reír.
  • Traigo tortitas. – anunció. Cogió uno de los cafés y un plato se lo llevó a Max a la cama. – Especiales para el chico del cumpleaños. Felicidades. – el otro se sonrojó, aceptando la comida.
  • ¡Gracias, Kenny! No debiste molestarte.
  • ¡Oh, sí que debía! – rio Nicky, comiendo sus tortitas. – Luego yo haré la comida, para celebrar tu cumple, hermano. Voy a hacerte jambalaya. – los ojos del moreno brillaron.
  • ¿La jambalaya de Nana?
  • Esa misma. – Max saltó sobre su hermano, casi tirándole el café para darle un abrazo.

Un poco más tarde, mientras Nicky se afanaba en la diminuta cocina para preparar la comida, Kenny se acercó con el libro envuelto, que le ofreció al moreno.

  • ¿Y esto? – los ojos de Max brillaron felices al desenvolver el paquete y ver el libro. – ¡Oh, el Doctor sueño! ¡Me encanta! ¡Gracias!
  • También te he traído esto. – Kenny le enseño la pulsera, sintiéndose un poco inseguro de si le gustaría o no, pero la sonrisa del otro se ensanchó aún más cuando cogió la pulsera de su mano para verla mejor.
  • ¡Es preciosa! ¡Muchas gracias! No tenías que comprarme nada. – le dijo, con la voz cargada de afecto. – ¿Me la abrochas?

Kenny asintió y le cogió de la muñeca para abrocharle la pulsera de cuero. Una vez terminado el nudo, acarició el interior de la muñeca con el pulgar. Max miró hacia su hermano un segundo, para comprobar que no estaba atento y agarró a Kenny de la camiseta para atraerlo y darle un beso que no tardaron en profundizar.

Al separarse, el rubio cogió un mechón que se le había soltado de la trenza al otro y se lo colocó tras la oreja.

  • Gracias. – susurró el moreno, poniendo su mano en el pecho del otro. – De verdad que no tenías por qué comprar nada.

Kenny puso su mano sobre la que Max y la apretó con suavidad.

  • Si que tenía. Si que tenía.

Rugidos del corazón: Capítulo 12.

(¡Feliz año!)

  • No sé cómo demonios te las arreglas para olvidarte siempre de hacer la colada, Nicky, de verdad. Por tu culpa nos hemos quedado sin ropa limpia. Otra vez.

Nicky le dedicó a su hermano una enorme sonrisa desvergonzada que Kenny encontró adorable.

El pequeño odiaba hacer la colada y se saltaba su turno casi siempre. Su «descuido» tenía consecuencias y ahora estaban en una lavandería de auto servicio, en ropa interior y lavando toda la ropa que tenían porque no les quedaba nada limpio.

Por suerte no había nadie más allí, pero Kenny no dejaba de mirar hacia la puerta, vigilando que nadie les pillara en una situación tan vergonzosa.

Quien no estaba pasando ninguna vergüenza era Nicky. Andaba sobre sus manos, haciendo el pino, dando acrobacias y malabares con los calcetines.  

Kenny no sabía si reírse o esconderse. Estaba ridículo, pero tenía mucho talento con la gimnasia, todo había que decirlo.  

  • Si sabes que no va a hacerla, ¿para que se lo pides? – le preguntó al otro hermano, observando como el pequeño hacia equilibrios sobre una mano.
  • Porque soy tan iluso que pienso que un día crecerá y hará las cosas como debe. Lo sé… ridículo. – repuso Max con el rostro tan serio y el tono de voz tan seco que hizo reír a Kenny.

Estaban en Kingman, Arizona. Habían parado porque no tenían ropa limpia, ni gasolina y necesitaban descansar de verdad un par de días. Llevaban una semana durmiendo en el coche y Max ya se había quejado varias veces de dolor de espalda.

El mismo Kenny se sentía un poco enfermo de dormir a la intemperie, aguantando bichos y el duro suelo todo el tiempo. Un par de días de dormir en una cómoda cama sería el descanso perfecto que los tres necesitaban.

Vio a Max frotarse la espalda por tercera vez en la última hora y sentarse más recto de lo habitual en él y frunció el ceño, preocupado.

  • ¿Hacia dónde iremos cuando descansemos? – preguntó el moreno, sin dejar de frotarse la espalda distraídamente.
  • Creo que podríamos dirigirnos a Colorado. Escuché sobre una pista en esa zona a unos lobos antes de salir Las Vegas. – Max se estiró, dando un pequeño gruñido de dolor.
  • Será interesante visitarla. Nunca hemos estado ahí.
  • ¿Te duele mucho? – le preguntó el rubio, preocupado.
  • Nah… un poco solo. Hace tiempo que me molesta. – le informó. Nicky se acercó, haciendo un salto hacia atrás y cayendo sobre sus pies.
  • Se la fastidió hace unos años al caerse de la bici. – dijo, ganándose un bufido por parte de su hermano. – Se golpeó bastante mal. No se la rompió de milagro.
  • No fue para tanto.
  • Si lo fue. – Kenny le miró, espantado.
  • ¿Por qué no lo has dicho antes? ¡No deberíamos haber dormido en el coche! – se acercó a Max, poniendo las manos en sus rodillas para observarle de cerca. – Te debe doler mucho. – Nicky rio, divertido ante el estallido de Kenny mientras que Max se quedó sin palabras, parpadeando sorprendido.
  • No es para tanto, en serio. – consiguió decir después de un rato. El rubio negó con la cabeza, obstinado.
  • Si lo es. Hoy vamos a coger una habitación con camas separadas. Así podrás dormir más cómodo tú solo.

Ante eso Nicky volvió a reírse a carcajadas mientras el otro se quedaba mirándolos sin saber que decir. No estaba acostumbrado a que alguien, a parte de su hermano, se preocupara por él. Y Nicky no solía mimarle, precisamente. Sobre todo, porque sabía que le molestaba bastante. Que Kenny lo hiciera le resultaba raro y no tenía idea de cómo sentirse con eso.

  • A mí me parece bien. – dijo Nicky, ganándose una mirada molesta de su hermano. – Es más, creo que lo que le ayudaría mucho sería un masaje. Por casualidad no sabrás dar masajes, ¿verdad Kenny? – Max estaba a punto de darle una patada a su irritante hermano cuando escuchó la respuesta del otro.
  • No soy un experto, pero sí. Algo sé.
  • ¿Qué?
  • Creo que Nicky tiene razón. – el pequeño volvió a reírse. Kenny tenía las mejillas rosadas por la vergüenza, pero parecía determinado. – Si quieres te puedo dar un masaje en la espalda cuando lleguemos.
  • No hace falta, estoy bien. – dijo antes de saltar de la secadora y ponerse en pie.

Pero al hacerlo, su espalda dio un doloroso crujido y al moreno se le escapó un gruñido de dolor. Al girarse hacia los otros dos, se encontró con la expresión seria de Kenny y la sonrisa socarrona de su hermano.

No tenía escapatoria.

Algo más tarde ese día y tras recoger toda su ropa limpia, buscaron un motel barato y limpio y pidieron una habitación doble a pesar de las negativas de Max.

Nicky se excusó al rato para comprar la comida y les dejó solos. Kenny aprovechó para darse una ducha y Max se quedó mirando las dos camas y pensando en cómo escaparse de eso.

Cierto era que su espalda agradecería tener la cama para él solo. No tendría que encogerse para evitar caerse por falta de espacio ni dormir en una postura incomoda que luego le empeoraría su dolor.

Pero odiaba la idea de dormir solo. Llevaba tanto tiempo compartiendo cama que no sabía si sería capaz de conciliar el sueño solo.

Y no estaba seguro de querer intentarlo.

Nicky regresó al poco con el almuerzo, mientras Kenny intentaba secar su cabello con la toalla. Los rizos se le erizaban al frotarlos con la tela, haciendo que los otros dos leones se rieran al verlo. Comieron la comida china que había traído el pequeño viendo la Ruleta de la fortuna, los tres sentados en una de las camas.

La otra seguía vacía y Nicky observaba divertido como los otros dos la miraban incomodos. Al pequeño esa situación le resultaba hilarante.

El mismo día que Kenny aceptó quedarse, él tuvo una larga conversación con Max porque veía que su hermano estaba obsesionándose con el otro león. Llegaron a la conclusión de que podría ser su pareja y Nicky le recomendó ir un poco más despacio, que intentara crear una relación con el otro león y comprobara si sentía lo mismo. Pero desde ese día, Max había hecho muy poco o absolutamente nada.

Y Nicky se aburria. Lo único divertido que había era ver a esos dos haciendo el tonto.

Por eso había sugerido a Kenny lo del masaje. A su hermano le vendría genial para su espalda y era algo que estaba seguro ambos disfrutarían.

Pero Max parecía mortificado y el otro no estaba por la labor de dar el primer paso así que Nicky se vio obligado a hacer algo para darles un empujón.

  • Voy a ir al cine a ver la última de «Los mercenarios». – anunció, ganándose las miradas de sorpresa de los otros dos.
  • ¿Qué? ¿Vas a verla sin nosotros? – preguntó su hermano, ofendido.  
  • Si. Estoy pensando que podéis aprovechar para que Kenny te de ese masaje. – el pequeño cogió la bolsa en la que había traído la comida y sacó un bote, que lanzó al rubio. Este lo atrapó al vuelo. – Os he comprado un aceite corporal.

Kenny y Max se sonrojaron un poco y el pequeño rodó los ojos.

  • Esto es ridículo.
  • Lo ridículo es que estés aguantándote el dolor por no dejar que alguien cuide de ti para variar, Max. Deja que Kenny te dé ese masaje. Y tú – añadió, volviéndose hacia el otro y señalándole. – cuida de él. Es muy cabezota para reconocer cuando necesita ayuda.

Y con eso, se marchó dejando a dos leones muy incomodos. Kenny miró el bote de aceite en sus manos y se encogió de hombros.

  • Anda, vamos a prepararlo todo.

Max suspiró y vio como el otro ponía una toalla grande en la cama, lanzando las almohadas en la cama vacía. El moreno se desnudó, quedando solo en calzoncillos y se tumbó bocabajo en el colchón, sobre la toalla.

Kenny observó al otro león, tumbado, con su larga melena negra suelta y desparramada por su espalda y se le secó la boca. Con cuidado le recogió el cabello y lo apartó de la ancha espalda para evitar que se le manchara con el aceite.

Acto seguido, se echó un chorro en las manos, las frotó para que no estuviera demasiado frio y empezó a masajear los músculos de los hombros con cuidado. Kenny se había sentado en el borde de la cama para poder acceder mejor, pero estaba comprobando que en esa postura no podía hacer mucha fuerza y Max estaba todavía muy tenso.

Gruñó una maldición y se separó, para quitarse la camiseta, que se le había manchado con el aceite y se subió a la cama, sentándose a horcajadas sobre las piernas de Max, que dio un respingo por la sorpresa.

  • Lo siento. Así llego mejor. – se excusó cuando el otro le miró por encima del hombro.

Y volvió a masajearle los hombros. Un segundo más tarde se tropezó con un nudo especialmente grande, sacándole un largo gemido de alivio a Max al deshacérselo. Kenny sonrió, más confiado y siguió un buen rato masajeando y frotando los músculos de la espalda del otro, uno a uno hasta aliviar la rigidez.

Un rato más tarde, Max gemía bajito de gusto y Kenny empezaba a disfrutar del tacto caliente de la piel del otro bajo sus manos y de los sonidos que le estaba provocando. Se movió, sentándose un poco más abajo para dedicarle un poco de atención a la parte baja de la espalda del moreno. Sus dedos rozaron la cinturilla de su ropa interior y sintió una enorme tentación de retirarla para poder tocarle mejor.

Se mordió el labio y siguió con el masaje, notando la piel cada vez más caliente. Sus dedos resbalaron varias veces por debajo de la ropa interior, rozando la suave piel debajo, antes de colocar las manos en la cintura del otro. Kenny estaba respirando entrecortado, sintiendo como su miembro respondía a la situación en la que se encontraba.

Avergonzado, intentó levantarse, pero Max le sorprendió, dándose la vuelta y haciéndole una llave con las piernas, intercambiaron posiciones. El moreno acabó sentado sobre su entrepierna, demostrándole que no era el único interesado.

Se miraron en silencio un buen rato antes de que Kenny le agarrara del rostro y se incorporara un poco para besarle con pasión. Max no se quedó atrás, atrayéndole y haciendo que sus erecciones se frotaran, sacándole un jadeo a ambos.

Max se inclinó más, pegando su cuerpo al del otro y rodaron en el colchón abrazándose más estrecho, sus respiraciones convertidas en jadeos y gemidos. Kenny bajó las manos al firme trasero del otro y le apretó contra sí, disfrutando del maullido que se le escapó al moreno.

Max abrió los ojos y le miró, con la mirada oscurecida y el cabello revuelto cayendo como una cascada. Los mechones le hicieron cosquillas a Kenny en el rostro y le sonrió, poniendo una mano en la mejilla al otro.

  • ¿Cómo esta tu espalda? – le preguntó en un susurro, haciéndole reír.
  • La espalda, bien. Ahora tengo dolorida otra parte. – repuso, sin dejar de reír. – Voy a tener que darme una ducha fría.
  • ¡Oh, no! Si haces eso, estropearas el masaje. – dijo Kenny, moviendo las manos de la cintura de Max hasta sus caderas. El otro suspiró.
  • ¿Y qué propones? – las manos de Kenny se colaron bajo la cintura de la ropa interior de Max y empujaron ligeramente la prenda hacia abajo.
  • Tu hermano me pidió que cuidara de ti. – Kenny le obligó a rodar de nuevo y quedaron los dos de lado, uno frente al otro. De esa manera, le resultó más fácil quitarle la ropa interior a Max, que se dejó sin apartar la mirada de los ojos celestes de Kenny.
  • Pues habrá que hacerle caso a mi hermano. – jadeó al sentir la mano grande de Kenny colocarse sobre su miembro y empezar a acariciarle.

Kenny no dejó de besarle todo el tiempo, mientras le sujetaba de la cintura con la mano libre, tragándose los gemidos que se le escapaban.

Casi a punto de terminar, Max abrió apresuradamente los vaqueros a Kenny y coló la mano en sus calzoncillos, intentado devolverle el favor. Este ya estaba muy excitado y no necesitó mucho para acabar, no sin antes conseguir que Max terminara en su mano, ronroneando su nombre.

Agotados y satisfechos se quedaron un rato mirándose mientras recuperaban el aliento. Kenny fue el primero en moverse, dándole otro beso antes de levantarse de la cama.

  • Vamos. – le dijo, ofreciéndole la mano para ayudarle a incorporarse. – Hay que arreglar esto un poco antes de que venga Nicky y nos vea así.

Los dos se lavaron un poco en el baño y Kenny echó la toalla al montón de la ropa sucia, mientras Max se limpiaba el aceite que le quedaba en el cuerpo del masaje. Luego se metieron en la cama, con la televisión puesta a espera a que Nicky regresara.

Cuando el pequeño volvió del cine se los encontró dormidos y abrazados en la cama. Él se había entretenido jugando video juegos después de la película y había conocido a un par de chicos muy divertidos con los que pasó un par de horas jugando a Street Figther antes de decidirse regresar al motel.

Sonrió al verlos y se preparó para dormir en la cama libre. No le gustaba dormir solo. Se había acostumbrado a compartir la cama con su hermano, pero podía sacrificarse un par de días.

Estaba siendo bonito y divertido ver a esos dos enamorándose.

Rugidos del corazón: Capítulo 11.

Fiel a su palabra, Nicky le envió la dirección y el número de habitación del motel en el que habían decidido quedarse. Kenny se sintió ridículamente nervioso al recibir el mensaje, ya que eso volvía más real el hecho de que iba a compartir habitación con esos dos.

No sabía que sentir, si era sincero consigo mismo.

Le emocionaba, le ponía nervioso, le irritaba… ¿sabría compartir de nuevo su espacio personal con alguien? Llevaba casi cuatro años solo, haciendo lo que le daba la gana cuando le daba la gana.

Tampoco tenía ni idea de cómo debía comportarse con ellos.

Todo ese asunto le estaba estresando y empezaba a arrepentirse de haber dicho que sí.

Intentó distraerse buscando pistas de La Orden en la ciudad, pero los dos sitios de la Comunidad que visitó no le dieron nada interesante.

Ninguna desaparición injustificada, ninguna actividad extraña, nada destacable que apestara a la organización y sus secuaces. Decidió dejarlo después de pararse en una hamburguesería, cuando recibió el mensaje de Max preguntando si podía traer algo para comer.

Mientras pagaba se dio cuenta de lo que había cambiado su vida en unos minutos. Ahí estaba, comprando comida para tres y pensando cómo debía comportarse cuando llegara a la habitación.

Suspiró y se dirigió a la dirección que le había enviado Nicky. Se habían hospedado en un Motel 8 que parecía haber vivido años mejores, ya que lucía bastante estropeado en el exterior. Esperaba que el interior fuera mejor.

Fue hasta la habitación y tocó a la puerta. Un sonriente Nicky le abrió y le echó un brazo por los hombros para frotar su mejilla con la de Kenny.

Eso que para otros podía parecer un gesto demasiado íntimo era el típico saludo de su raza cuando se trataba de amigos o familia.

No era tan raro, pero Kenny llevaba tanto tiempo sin relacionarse con alguien de su raza que le chocó mucho.

Nicky aprovechó su estupor y le arrebató la bolsa de la comida, huyendo para abrirla y empezar a comer sin esperar a nadie. Max, que había visto todo el intercambio desde su asiento en la cama y notó que Kenny seguía un poco cortado con el saludo, se acercó a él y le cogió de la muñeca para hacerle entrar en la habitación y poder cerrar la puerta.

  • Lo siento. Nicky a veces se pasa de efusivo. Si te molesta, dímelo y le pediré que no lo haga más. – le susurró, llevándole a un rincón apartado y soltándole la mano. Kenny negó.
  • No, no. Solo me ha pillado un poco por sorpresa. Eso es todo.
  • ¿No te molesta entonces que te saludemos así? – preguntó Max, acercándose a él para repetir el mismo gesto que su hermano, solo que más despacio. Kenny se sintió enrojecer cuando el otro le dedicó una mirada llena de afecto.
  • No, para nada. Es que hace mucho tiempo. Pero no pasa nada. – farfulló, haciendo que Max sonriera aún más.
  • Estupendo. ¿Comemos?

No había mucho sitio en la pequeña habitación para sentarse. Nicky se había colocado en la cama, sentado a lo indio mientras que Max y Kenny ocuparon las dos sillas que existían. Fue a media hamburguesa que notó que solo había una cama. Los hermanos habían prometido pedir dos y ahora solo había una.

Dirigió una mirada interrogante a Max, quien se encogió de hombros.

  • Lo siento. No quedaban dobles. Me han dicho que si queda alguna libre hoy nos avisaran. ¿Has encontrado algo?
  • No demasiado. Mañana daré otra vuelta y si no encuentro nada, haré lo que os dije esta mañana.
  • Ir a Arizona.
  • Exacto.
  • Si vamos a quedarnos tan poco tiempo no merece la pena que busquemos ningún trabajo, Max. – dijo Nicky, dando un sorbo a su refresco.
  • No, la verdad es que no. En la próxima, entonces. – respondió Max. Al ver la expresión confusa de Kenny, trató de aclarárselo. – Estamos bien de fondos, pero no queremos correr riesgos así que cuando podemos, cogemos algún trabajillo.

Acabada la comida, Kenny volvió a sentirse incómodo. En ocasiones normales, si no había ninguna pista que seguir, él se tumbaría en la cama y vería la televisión hasta la hora de la cena y poco más. Luego buscaría donde cenar y regresaría a la habitación a dormir.

Pero con esos dos allí no sabía qué hacer.

Los observó recoger los paquetes vacíos de comida y poner la bolsa en un rincón, cerca de la puerta para llevarla a la basura más tarde. Nicky regresó a la cama, sentándose con la espalda apoyada en el cabecero mientras buscaba algo en la tele y Max fue al baño, regresando al poco rato para colocarse junto a su hermano.

Y Kenny seguía en su silla, sin saber que hacer.

Fue Max quien, riendo por lo bajo, se acercó y le llevó a la cama con ellos a rastras, sentándolo en medio. Y ahí se quedó Kenny envarado y sin moverse mientras los otros dos discutían sobre la programación por encima de él.

Pasó un buen rato antes de que se relajara lo suficiente y empezara a disfrutar de la película que habían escogido para ver.

Nicky bostezó y apoyó la cabeza en el hombro de Kenny, cerrando los ojos. Este se quedó congelado, sin querer moverse por temor a despertar al otro.

Entonces notó una mano en su pelo, acariciando y rozando con suavidad su cuero cabelludo y tuvo ganas de ronronear. Desde siempre, que le acariciaran el pelo había sido su punto débil. Miró de reojo a Max, que era quien le acariciaba y sintió otra vez como le ardían las mejillas. 

  • ¿Te molesta? – le preguntó y Kenny no estaba seguro de si hablaba del pelo o del otro dormido en su hombro.
  • No. – consiguió responder casi sin gemir de gusto por las caricias. El otro sonrió, satisfecho.
  • Parecías tenso. Cuando ese empiece a ponerse pesado dime y te lo saco de encima. Cuando se duerme no se despierta con nada. – Kenny soltó una risita y se acomodó un poco más en las almohadas, dejando vía libre al otro para que le siguiera acariciando.

Un rato más tarde, Max paró, pero solo para colocar bien a su hermano y que este dejara de estar apoyado en el otro. Cuando ya lo tuvo tendido y tapado, se volvió a sentar y le indicó a Kenny que podía poner la cabeza en su regazo, si quería.

Kenny dudó, pero obedeció siendo recompensado con más caricias que le adormilaron durante el resto de la tarde.

Se despertó al notar un roce en su mejilla. Abrió los ojos y se encontró con otros dos pares mirándolo con un brillo divertido en ambos. Gimió y trató de darse la vuelta, pero no se lo permitieron.

  • ¡Vamos! ¡Hay que ir a cenar! Se ha hecho tarde. – le urgió Nicky, obligándole a levantarse.

Fueron a cenar a una pizzería no muy lejos del motel. Mientras devoraban las pizzas, los hermanos le fueron contando cosas de ellos.

Eran Max y Nicky Buxter, hijos del alfa de la manada de Rancho Cucamonga, en California. Su familia era algo particular para los estándares de su raza. No solían hacer caso a casi ninguna de las antiguas tradiciones, de ahí que su padre le permitiera a Max esperar cuatro años a que su hermano tuviera la edad para la excursión y así enviarlos a los dos juntos. Eran una familia muy cariñosa y algo extravagante, pero ellos no la cambiarían por nada.

Tenían su objetivo bastante claro. Encontrar pareja y regresar a California para vivir los dos uno al lado del otro.

Eso hizo sonreír a Kenny. Ya había notado el cariño que se tenían esos dos, pero verlo era aún más adorable.

También comprobó un poco como eran. Mientras Nicky parecía más relajado en cualquier situación, siempre sentado como si estuviera en su casa y con un tono de voz tranquilo, Max se sentaba muy derecho en su asiento, era muy correcto comiendo y era mucho más nervioso que el otro.

Las diferencias entre ellos eran obvias, pero la gente tendía a confundirles con gemelos porque reaccionaban igual a muchas cosas.

Kenny no supo que contarles cuando le preguntaron por su pasado. Se limitó a dar pequeños detalles, como que venía de Winnipeg, que su padre también era alfa pero que él era hijo único y que estaba buscando a Cody por atacar a su familia.

Por suerte, los otros dos no insistieron en sus preguntas. Se notaba que tenían ganas de saber más, pero respetaron su promesa de no insistir, cosa que agradeció.

Antes de regresar y cuando todavía estaban terminando su cena, Max salió con la excusa de llamar a su padre para preguntar como seguían. Kenny miró extrañado a Nicky, que solo se rio.

  • Mi padre nos obliga a llamarle todas las noches, para saber que seguimos bien. Si no lo hace ahora, nos llamará él de madrugada, créeme. – le informó y Kenny sintió un poco de celos por su familia.

La de él no quería saber ni de su existencia.

Cuando regresó Max, terminaron y se dirigieron de vuelta a la habitación. Cuando Kenny salió del baño, ya listo para dormir, se encontró con los otros dos hablando algo en susurros, pero se detuvieron al verle.

Extrañado, se metió en la cama y espero a que acabaran de cuchichear para dormir. Se preguntó si había algo mal o si pasaba algo raro. Tal vez habían recibido alguna noticia preocupante de casa.

Max fue el siguiente en meterse en la cama, colocándose a su derecha, bajo la sabana y con una sonrisa que parecía de todo, menos inocente. Cuando Nicky se colocó a su izquierda, Max apagó la luz y se dispusieron a dormir.

O eso pensaba Kenny que iban a hacer.

Se quedó tumbado, bocarriba mirando al techo durante un rato, viendo las luces de los coches hacer sombras extrañas en la pared.

Al poco rato, Nicky, que había estado hasta ese momento dándole la espalda, se giró hacia él y le agarró del brazo, usándolo de almohada.

Kenny rodó los ojos, viendo como el más joven se acomodaba a su lado más dormido que despierto ya. Escuchó una risita al otro lado y volvió la cabeza para encontrarse con el rostro risueño de Max.

  • ¿Qué te hace tanta gracia? – le refunfuñó en el tono más bajo que pudo conseguir. No quería despertar al otro.
  • Tú, obviamente.
  • Tienes suerte de que tu hermano esté ahí sujetándome o te pondría en tu sitio. – bromeó. Max volvió a reír.
  • Me gustaría ver como ibas a hacer eso. – Max se incorporó un poco, colocando una mano en la mejilla de Kenny. – Ahora mismo te tengo a mi merced. Si haces algo raro, despertaras a Nicky y tiene muy mal despertar, te lo advierto. – le amenazó de broma. Kenny se sonrojó. No hacía más que sonrojarse desde que conoció a esos dos.

¿Qué demonios le pasaba?

  • Puede que me arriesgue.
  • ¿Sí? – Max se acercó más y se quedó a centímetros de sus labios. – Puede que yo también.

A Kenny se le escapó un suspiro. Estaban tan cerca que podía sentir el calor del otro en su piel. Solo tenía que moverse un poco para tocarlos. Solo un poquito de nada.

¿Qué le pasaba con ese chico? Le dejaba hacer lo que quisiera con él. Le permitía acercarse, tocarle… ¿Qué le pasaba?

Su corazón se aceleró cuando el otro eliminó la escasa distancia para besarle. Fue un beso tanteando terreno, temiendo una mala respuesta. Kenny respondió lamiéndole el labio y abriendo la boca para permitirle acceso al otro, que no tardó en profundizarlo con un ruidito de satisfacción.

Las manos de Kenny enmarcaron el rostro de Max, deseando más. Deseaba cogerle del cabello y tirar de él para acercarle más. Deseaba morderle en el cuello y marcarle como suyo, devorarlo.

Deseaba comérselo, beso a beso y no dejar que nadie le volviera a tocar.

Fue una sensación tan fuerte que le asustó.

Cuando se separaron por fin, Max tenia los labios rojos y brillantes y su excitación le estaba rozando la pierna a Kenny. Sin embargo, le sonrió con calidez y volvió a su sitio en la cama, dándole la espalda a los otros dos.

Kenny trató de recuperar el aliento y cerró los ojos.

¿Qué demonios le pasaba?

Rugidos del corazón: Capítulo 10.

Kenny recogió su moto del aparcamiento del bar y revisó que sus cosas siguieran en su sitio. Al comprobar que todo estaba bien, arrancó y salió de la ciudad rumbo a Las Vegas, su siguiente destino.

Un par de horas más tarde se encontraba dando vueltas por la ciudad, buscando un lugar donde desayunar para luego dedicarse a buscar pistas sobre La Orden y Cody.

Desde aquella vez en Texas no había conseguido ninguna pista solida que le llevara a encontrar al otro hombre. Tuvo sus encontronazos con la organización y algunos de sus hombres, pero ni rastro de Cody.

Parecía que se lo hubiera tragado la tierra. Resultaba de lo más irritante.

Entró en una pequeña cafetería que anunciaba tortitas recién hechas en el cartel de la entrada. El lugar estaba desierto ya que todavía era muy temprano, lo cual era ideal para él. Así no tendría que vigilar a nadie.

La camarera, una mujer mayor de aspecto maternal, le sirvió una taza de café, tomó su pedido y le dejó solo con sus pensamientos.

No pudo evitar que su mente regresara a esa habitación de motel y a los dos hermanos a los que acababa de abandonar en la otra ciudad.

Se sentía mal por haberse ido de esa manera, sin despedirse ni dar las gracias por permitirle quedarse en su habitación. Pero no podía, no debía quedarse más tiempo.

La forma tan cariñosa en que le habían tratado trajo tantos recuerdos de tiempos mejores, cuando aún tenía familia y nombre, gente que le quería y se preocupaba por él.

Y dolía, dolía mucho recordar que ya no tenía nada de eso.

Tampoco quería sentir ese afecto para luego perderlo. Porque acabarían dándole la espalda y marchándose cuando descubrieran su marca y su pasado. Entonces toda esa amabilidad se convertiría en hostilidad y Kenny no estaba seguro de poder soportarlo.

Esos cachorros le habían caído bien. Le gustaba su olor, a mar y brisa fresca. Y se había sentido bien y cómodo en aquella cama, abrazado a ellos. No quería que descubrir la verdad cambiara ese sentimiento.

Suspiró, algo triste mientras atacaba su plato de tortitas. Incluso una sola noche era suficiente para echar de menos algo que no le pertenecía.

Tan enfrascado estaba en sus pensamientos que no escuchó la puerta principal de la cafetería abrirse, ni vio a las dos figuras que entraron y se acercaron hasta su mesa.

Casi saltó de su asiento cuando alguien se sentó frente a él, en su propia mesa, asustándole.

Los dos hermanos le miraron con una sonrisa prepotente en sus rostros mientras Kenny trataba de no quedarse con la boca abierta de par en par por la sorpresa.

El día anterior y con la escasa luz del bar y de la habitación, los hermanos le parecieron casi gemelos. Kenny llegó a pensar que eran mellizos.

Pero a la luz del día sus diferencias se hicieron más obvias. Max tenía el cabello más oscuro y espeso que su hermano y se veía algo más mayor que el otro. Mientras Nicky era más rubio, con el cabello más fino y varios centímetros más alto que su hermano.

Pero cuando sonreían con esa misma picardía parecían gemelos.

  • ¿Qué demonios hacéis aquí? – fue lo único que se le ocurrió preguntar cuando recuperó el habla. Los otros dos rieron, divertidos.
  • Pasábamos por aquí. – respondió Nicky, encogiéndose de hombros.
  • ¿Pasabais por aquí? ¿Casualmente habéis cruzado un estado y entrado en la misma cafetería que yo?
  • No, pero ¿a qué sería genial? – contestó Nicky, robándole un trozo de tortita. – ¡Uhm! ¡Esto está genial! Voy a pedirme unas. ¿Tú quieres? – le preguntó a su hermano. Max asintió. – Vale, no os mováis de aquí.

Nicky se dirigió a la barra y les dejó a solas, cosa que aprovechó Max para hablar.

  • ¿Por qué te has marchado así? ¿Hemos hecho algo que te molestara? – preguntó, con expresión preocupada. – Quizás nos tomamos demasiadas confianzas. No sé si en Canadá hacéis las cosas de otra manera. – Kenny hizo una mueca. No había sido su intención herir los sentimientos de los hermanos.
  • No, no ha sido eso.
  • ¿Entonces? ¿Por qué te fuiste sin siquiera decir adiós?
  • ¿Por qué me habéis seguido? – Max le dedicó una sonrisa infantil, amplia y deslumbrante.
  • Porque nos has gustado. – su sinceridad descolocó a Kenny, que lo miró de hito en hito. – Y creemos que haríamos buen equipo, los tres juntos. Las excursiones son peligrosas, por eso mi padre permitió que esperara a Nicky. – Kenny negó con la cabeza.
  • No estoy de excursión. – esa declaración consiguió que Max arqueara una ceja, pero nada más, lo que extrañó a Kenny.
  • No buscas a tu pareja, pero buscas algo, eso puedo verlo. Puedes hacerlo con nosotros.
  • Podría ser peligroso.
  • Has picado mi curiosidad. – rio, pero al ver la expresión de Kenny, suspiró y volvió a ponerse serio. – Nosotros podemos cuidarnos. Ayer Nicky estaba enfermo y le pillaron por sorpresa. Incluso sin ti, podríamos haber solucionado el asunto sin problemas.

El tono del león moreno era claro y Kenny asintió.

  • Por supuesto, pero es algo personal.
  • Entiendo. Simplemente, pensé que sería mejor hacer el viaje juntos. – Kenny se sintió mal de nuevo por estar empujando a los dos jóvenes leones lejos de él, pero no podía permitirse que se acercaran. No podía permitirse pensar en viajar juntos.

Era una idea demasiado tentadora. Pero esos cachorros le abandonarían en cuanto vieran la marca. Le insultarían y odiarían, como todos.

Como su propia familia hizo en su momento.  

  • Estoy buscando a alguien para matarlo.

No estaba seguro de que le hizo decir eso, pero para su sorpresa, su interlocutor ni se estremeció. Ni sorpresa ni miedo ni asco. Ni siquiera una chispa escandalizado.

¿Le habría oído bien?

  • ¿Qué hizo? – preguntó Max.
  • Me usó para atacar a mi familia. – mejor dejarlo simple. Con esos datos no podrían relacionarlo, si habían escuchado alguna vez la noticia. No tenía idea de si aquello llegó tan lejos.
  • Entonces se lo merece. No soy muy partidario de las venganzas, pero si alguien toca a Nicky, lo despedazo. Punto. – fue la respuesta simple del otro y Kenny podía ver en su expresión y en sus ojos castaños que no mentía. –Mira, es tú decisión y no vamos a imponernos, pero no tenemos una ruta establecida. Solo vamos dando vueltas sin rumbo. Creo que deberíamos acompañarnos en el camino y ayudarnos. Cuando llegue el momento, nos separaremos.

Kenny lo consideró y se descubrió viendo más pros que contras. También se descubrió deseando decir que sí.

¿Podía compartir espacio y camino con esos dos sin llegar a involucrarse? ¿Sin dejar que se acercaran tanto que descubrieran su secreto?

¿Podría sobrevivir a otro rechazo si lo peor ocurría?

No estaba seguro de ello.

Nicky aprovechó ese momento para aparecer con dos platos de tortitas que colocó en su lado de la mesa, ofreciendo uno a su hermano y sonriendo a Kenny.

  • Bueno, ¿qué? ¿Vas a viajar con nosotros? – Max le dio un codazo en las costillas sacándole un quejido.
  • Uno, has tardado demasiado. Ya tenía hambre. Dos, se lo está pensando. Tiene otros planes para el viaje.
  • ¡Oh! ¿Se pueden saber?
  • Quiere matar a alguien. – respondió Max antes de que Kenny pudiera abrir la boca haciendo que el pequeño se atragantara. – En serio. Fue alguien que hizo daño a su familia.
  • Eso tiene sentido.

Kenny parpadeo, sorprendido. Incluso tenían la misma reacción a lo que había dicho. Era preocupante.

  • Por esa misma razón deberías viajar con nosotros. Te cuidaríamos las espaldas y no tendrías que estar solo si necesitas que alguien te cuide si resultas herido. – añadió Nicky, dando un bocado enorme a sus tortitas. – Creo que sería un buen negocio para todos. – Max rodó los ojos y rio al escucharlo, pero no dijo nada.

Kenny los miró sin saber que decir. La soledad que llevaba sintiendo desde que se vio forzado a dejar su hogar se hacía más patente conforme más hablaba con ellos. Moría por más interacción, más conversación. No sabía qué hacer.

  • Veo que vas en moto. – la voz de Nicky le sacó de sus pensamientos. – Nosotros tenemos una camioneta con espacio detrás para subirla cuando no tengas ganas de conducir o si hace mal tiempo. Normalmente solemos dormir en moteles baratos, porque estamos intentando no hacer gastos inútiles, pero si hace buen tiempo y andamos cortos de dinero acampamos.
  • Eso está muy bien. – fue lo único que se le ocurrió decir.
  • Y nos defendemos haciendo de comer, aunque nada especial. Salvo Nicky, que sabe hacer una jambalaya deliciosa, pero nunca la hace, el bastardo. Y ronca.
  • ¡Ey! Es especial. No se puede hacer todos los días. Y no ronco.
  • No, solo duerme muy fuerte. – se burló, revolviéndole el cabello a su hermano. – Y también olvida hacer la colada.
  • Nunca me lo recuerdas.
  • Siempre te lo recuerdo. Tú pasas de mí, que no es lo mismo. – respondió Max, sin perder la sonrisa. ¿Así que eso era tener hermanos? Pensó Kenny sonriendo por el intercambio, sin darse cuenta. – Prometemos respetar tus cosas y tu intimidad y no insistir si no quieres compartir algo. Nosotros preferimos dormir juntos, por economía y porque es más cómodo. Pero si quieres tu propia cama, no hay ningún problema.
  • Además, si dices que no te seguiremos hasta la siguiente ciudad. Y la siguiente. Y la siguiente. Hasta que digas que sí. – bromeó Nicky, ganándose un coscorrón por parte de su hermano.
  • Acabo de decirle que vamos a respetar su decisión y vas tú y sueltas eso. ¿En serio, Nicky?
  • ¿Qué?

Kenny suspiró. Estaba claro que no había manera de escapar de esos dos. Y tampoco podía dejarles ir por ahí, siguiéndole y poniéndose en peligro. Al menos, pensó, si estaban con él sabría cuando estaban en peligro y podría ayudarles.

Y si no compartían cama, evitaría que le vieran la marca. A lo mejor era un buen momento para empezar a usar un pañuelo en el cuello o algo así para taparla.

  • Está bien. – aceptó, ganándose una mirada de satisfacción de los otros dos. – Viajaremos juntos. Tenía pensado pasar aquí un par de días, para buscar algún rastro y luego dirigirme hacia Arizona, al sur. Si encuentro algo puede que cambie la dirección.
  • Eso es perfecto para nosotros. – Nicky cogió el móvil de Kenny de encima de la mesa y empezó a teclear cosas en él. ¿Cómo había desbloqueado su móvil? – Te acabo de guardar nuestros números en tu agenda y me he dado un toque para quedarme con el tuyo. Mientras tú buscas pistas, nosotros vamos a buscar un motel habitable. Te enviaremos la dirección cuando lo encontremos.
  • ¿Cómo…? – Max se rio a carcajadas, divertidísimo con la expresión de pura sorpresa de Kenny por la hazaña de su hermano.
  • Mejor que no preguntes. Pero este es capaz de hackearlo todo así que ándate con ojo con tu móvil.
  • Menudo peligro tenéis…

La sonrisa que le dedicó Max le erizó los vellos de la nuca. Era a la vez traviesa y seductora y a Kenny le gustó demasiado la manera en que se le iluminaba el rostro cuando sonreía.

  • No tienes ni idea.

Rugidos del corazón: Capítulo 9.

La moto chirrió al derrapar en el aparcamiento mientras se detenía junto a aquel bar de carretera en las afueras de Hurricane, Utah.

En mitad de ninguna parte, para ser más exactos.

Se había detenido porque necesitaba descansar un poco y tomar algo fresco antes de que el calor y las horas de conducción le hicieran tener un accidente.

Tal vez, pensó mientras entraba al bar y le llegaba el olor a carne asada, incluso podía comer algo.

El bar era el típico bar de carretera en el que solo se detenían moteros y camioneros, clientela siempre de paso y poco recomendable. Y esos eran los sitios con mejores comidas.

Se sentó en una mesa apartada del bullicio que había cerca de la máquina de discos y la de dardos y se dedicó a observar el lugar tras haber hecho su pedido.

Justo en el otro extremo, había un grupo de motoristas ruidosos que bebían y hacían jaleo mientras jugaban a los dardos. Debian pertenecer a una banda, ya que todos llevaban la misma serpiente en la espalda de sus chaquetas o chalecos de cuero.

Nada fuera de lo común.

Algo más allá, dos tipos grandes comían en silencio apoyados en la barra. Eran hombres musculosos, pero de actitud tranquila. Probablemente, camioneros que habían parado a comer y descansar, como él.

Y algo más alejado de los dos grupos y medio escondido entre las sombras del local había un chico joven sentado solo en una mesa. No tenía ningún plato con comida frente a él, solo un vaso de agua y miraba constantemente sobre su hombro, como si esperara a alguien.

Kenny arqueó una ceja, intrigado. El chico parecía fuera de lugar allí, demasiado joven, con el cabello rubio oscuro y largo recogido en una cola baja medio oculta por una gorra gris. Tenía la piel clara y unos bonitos ojos azules que miraban nerviosos alrededor.

  • Aquí tiene. – una profunda voz masculina y el plato de comida que apareció frente a él le sacaron de sus pensamientos. Pero antes de que tuviera tiempo de mirar, el chico que le había traído la comida se había dado la vuelta, alejándose a paso ligero hacia la mesa del misterioso joven.

Kenny solo lo pudo ver de espaldas. Alto, aunque no tanto como él, buen cuerpo, hombros anchos y cintura estrecha, con el cabello oscuro recogido en un moño y andares decididos. Kenny miró con algo más que curiosidad las anchas espaldas y los brazos fuertes.

Lo vio acercarse al otro joven e inclinarse para comprobar que estaba bien. Incluso llegó a ponerle la mano en la frente. El otro le apartó la mano, mascullando algo y el del cabello oscuro se marchó, dejándole solo.

Así que era a ese a quien estaba esperando.

Kenny empezó a comer, olvidándose temporalmente de los misteriosos chicos y disfrutando de las costillas que había encargado. Estaban deliciosas.

Cuando ya casi había acabado con ellas y terminaba su refresco, empezó a escuchar un gran jaleo.

Fue una cosa gradual, empezando por solo las risas y las voces de los motoristas mezclándose con la música y el ruido de la televisión y acabó con gritos y una voz más joven en medio pidiendo ayuda.

Kenny alzó la mirada y comprobó que uno de los motoristas, un tipo enorme con barba cana y rostro repugnante había cogido al chico de la mesa de su cabello y lo arrastraba hacia el grupo.

Algo dentro de Kenny se revolvió al ver como trataban al muchacho. Se disponía a levantarse cuando alguien pasó como una exhalación a su lado y se tiró sobre el motorista, placándolo y obligándole a soltar a su presa.

Era el otro chico, al que ahora que, si podía verle la cara, se parecía muchísimo al más joven. ¿Serian familia? Este tenía los ojos castaños y barba no muy poblada.

  • ¡Ey, gilipollas! ¡Aléjate de mi hermano! – le escuchó gruñir y eso confirmó lo que acababa de pensar. Eran familia.

Al motero no le hizo ninguna gracia ni el golpe ni el insulto ni que le quitaran su diversión. Pronto todo el grupo rodeaba a los dos muchachos y los motoristas empezaron a sacar navajas y palos. Eso no iba a acabar bien para ellos.

Kenny se levantó con calma y en silencio y se acercó al grupo. Se detuvo en seco un segundo antes de llegar.

Los dos chicos eran leones como él, podía olerlos.

Decidió que eso debía esperar. No le apetecía tener nada que ver con nadie de su raza, pero tampoco podía dejar que les hicieran daño. Eran demasiados para ellos solos.

Los chicos le miraron, sorprendidos y desconfiados cuando se acercó. Pero esbozaron una sonrisa al ver a Kenny atacar al primer motorista que le pilló más cerca. Acto seguido, se desató el caos.

Kenny no tenía mucha idea de cómo sucedió todo, si era sincero consigo mismo. Se había metido en ese lio por ayudar a esos cachorros y no se arrepentía. En cuestión de segundos se formó una batalla campal entre ellos tres y los siete motoristas en la que todo el mobiliario voló por los aires.

Cinco minutos más tarde, con más golpes de los que deseaba haber recibido, pero relativamente bien, Kenny corría calle abajo siguiendo a los otros dos ya que el dueño del local llamó a la policía y ya se escuchaban las sirenas acercándose.

Ninguno tenía ningunas ganas de pasar una noche en comisaría.

Por un segundo, casi se sintió como cuando era más joven y todos sus problemas no existían.

Los dos hermanos se detuvieron tras unos minutos corriendo, en la entrada al aparcamiento de un motel barato. Ambos se giraron para encarar a Kenny, con sendas sonrisas y la respiración agitada.

  • Creo que ya no corremos peligro de que nos pillen. – anunció el del cabello oscuro. – ¡Ey! ¡Gracias por ayudarnos con esos matones, tío!
  • Sip, gracias.
  • No hay de qué. – contestó Kenny, repentinamente tímido.
  • Yo soy Max… – se presentó con una sonrisa dulce el que tenía el cabello más oscuro. Luego señaló al otro. – …y este es mi hermano Nicky. Somos de la manada de Los Ángeles.
  • Soy Kenny, de la manada de Winnipeg, Canadá. ¿Estáis de excursión? – Kenny frunció el ceño. – Pareces algo mayor para eso.  
  • Mi padre me permitió esperar a que este tuviera la edad y así ir juntos. – repuso encogiéndose de hombros. – Tengo veintidós.
  • Oye, ¿Vives por aquí o estás de paso? – preguntó Nicky, quitándose la gorra y soltándose el pelo.

Kenny observó que ambos hermanos tenían una bonita y larga melena, algo muy típico entre los de su raza. Él había recuperado algo de la suya, tras su estancia en Destruction Bay, pero no la llevaba ni la mitad de larga que cuando vivía con su manada. Ahora le llegaba solo a los hombros.  

  • No, estoy de paso. Tengo la moto en el aparcamiento del bar, con mis cosas. Ahora iré a buscarlas y seguiré mi camino. – Max hizo una mueca.
  • Si, no creo que sea buena idea de que vayas en este momento. Estará lleno de polis. – razonó y Kenny se vio obligado a darle la razón. – Deberías esperar a mañana. Nosotros tenemos una habitación aquí. Si no te importa compartir la cama con nosotros o dormir en el sofá, te puedes quedar. Es una cama grande.

Kenny consideró la idea. Cierto era que no podía ir en ese momento a por su moto o le pillaría la policía. Compartir cama no era algo que le apeteciera, pero no diría que no al sofá, si este era lo suficientemente grande para que cupiera.

  • Si no es molestia…
  • Ninguna. ¡Vamos!

Siguió a los hermanos al motel, a la habitación 710. Entraron y Kenny descubrió que no iba a poder dormir en ese sofá ni con toda la buena intención del mundo. Era minúsculo para alguien de su tamaño. La cama, por otro lado, era una de matrimonio enorme y en la que podrían caber los tres sin estar demasiado apretados.

Bueno, solo era una noche y se pondría en un rincón alejado de los otros dos. Podía hacer eso.

Se turnaron para el baño y, puesto que no tenía ninguna de su ropa ahí, Kenny decidió dormir en ropa interior. No quería arrugar de más la que llevaba puesta. Esperó a que los otros se prepararan para dormir y que entraran en la cama para poder ponerse él en el extremo opuesto.

Habían pasado más de cinco años desde que tuviera que dejar su casa y a su familia y Kenny olvidó algunas peculiaridades de su raza tras tanto tiempo sin relacionarse con ninguno de los suyos.

Cuando Kenny se subió a la cama, colocándose casi en el borde del colchón, los dos hermanos intercambiaron una mirada. Nicky saltó por encima de él y le obligó a ponerse en el centro de la cama, con un hermano a cada lado.

No tardaron ni medio segundo en pegarse a él como si fueran lapas.

Eso, que para un humano podría parecer raro, era de lo más normal en los leones. Kenny casi había olvidado lo muy necesitados de tacto que eran los de su raza, la incapacidad de respetar el espacio personal de los demás y lo muy cariñosos que eran los leones jóvenes.

Nicky se abrazó a su espalda, rodeándole la cintura con sus brazos y Max le abrazó de frente, colocando la barbilla en su hombro para rozar su mejilla con la de Kenny, en un gesto de cariño que hacía años que el otro no recibía.

Kenny se encontró rodeado y sin saber que hacer. Por un lado, estaba incomodo porque no conocía a esos chicos y la marca en su cuello le hacía sentir que no merecía ningún gesto tierno.

Por otro lado, estaba hambriento de ese tacto, de ese afecto que le estaban mostrando y no se había dado cuenta de lo mucho que lo necesitaba hasta ese momento.

Con algo de miedo, colocó las manos en la cintura de Max y le devolvió el abrazo, sintiendo como su piel se erizaba al notar el cálido aliento del otro en su cuello. Nicky parecía ya dormido, respirando pesadamente en su espalda.

Max, al contrario, seguía despierto y se apartó lo justo para mirarle, sonreírle y darle un leve beso en los labios antes de volver a acomodarse y esconder su rostro en el cuello de Kenny.

Kenny aun tardó un buen rato en dormirse, demasiado abrumado para poder conciliar el sueño. Supuso que si supieran de la marca no serían tan amigables. Así le habían tratado casi todos los que la veían.

Por eso, cuando ya comenzó a clarear la mañana, se desenredó de los otros dos con mucho cuidado para no despertarles y salió en silencio de la habitación. Agradeció el momento de normalidad, pero no se atrevió a quedarse más tiempo, temiendo que, si descubrieran la verdad sobre él, le rechazarían. Y no estaba seguro de si podría soportar un nuevo desprecio.

Rugidos del corazón: Capítulo 8.

El día que Charles Andrews regresó a Destruction Bay, Kenny llevaba viviendo allí casi dos años.

Había oído hablar sobre él, un medio humano loco que se había unido a La Orden para poder aprender todo de la organización y ahora se dedicaba a tratar de fastidiar todos sus planes a la vez que ayudaba a los miembros de la Comunidad que lo necesitaban.

Ronald habló de él en un par de ocasiones, frente a Kenny y los otros.

Edgar también. Lo hizo el mismo día que apareció por la ciudad, indicando que se quedaría a dormir en la granja. El león sentía mucha curiosidad por el visitante.

¿Qué clase de persona sería?

¿Cómo podía alguien unirse a La Orden, incluso para estudiarla?

¿Qué motivos le impulsaron a hacer eso?

Esas y muchas más preguntas rondaban su mente mientras terminaba de limpiar el granero, la última de las tareas que le quedaban ese día. Tras eso, era libre para hacer lo que quisiera y Kenny estaba considerando sus opciones.

No era sábado, así que no había quedado con los otros. Pero podía bajar para tomar algo con Rose, si no estaba ocupada o, incluso, llamar a Jon y ofrecerle ver juntos el combate que había en la televisión esa noche.

¿Quién iba a decirle que una noche juntos haría que los dos forjaran una buena amistad? Amistad que, a veces, iba un poco más allá.

Salió del granero, dispuesto a entrar y darse una ducha cuando vio un coche desconocido acercarse a la puerta. Extrañado, espero a que el coche se detuviera y observó salir de él a un hombre vestido con traje negro y abrigo oscuro.

El tipo era alto, aunque no tanto como Kenny, con el cabello castaño oscuro, ensortijado y revuelto, como si hiciera días que no se peinara. La barba de varios días empezaba a ponérsele cana y las arrugas de expresión de su rostro mostraban que era bastante más mayor que él.

El hombre abrió el maletero y sacó una mochila que se colgó al hombro antes de que Edgar saliera de la casa y se acercara para saludarle afectuosamente.

Kenny decidió entrar y ducharse antes de que notaran su presencia.

Al salir del baño se tropezó cara a cara con él. Este le sonrió, con una sonrisa tentativa, ofreciéndole la mano para saludarse.

¡Que curiosa era esa costumbre humana de darse la mano!

Los leones solían frotarse las mejillas para saludarse y solo lo hacían con quienes eran cercanos. Así ofrecías tu aroma a un aliado y era, además, un gesto de amistad.

Pero los humanos ofrecían su mano a cualquiera. Lo había visto mil veces, incluso entre gente que no se soportaba.

  • Tú debes ser Kenny. Soy Charles Andrews. Edgar me ha hablado mucho de ti. – Kenny aceptó la mano, preguntándose qué sería lo que habría contado Edgar sobre él a ese tipo.
  • Tú eres el ex cazador. – Charles frunció el ceño antes de volver a sonreír, esta vez más confiado.
  • Si, lo soy. Veo que también te han hablado de mí.
  • Solo un poco. No conozco mucho de La Orden y de su gente. – Charles arqueó una ceja.
  • Curioso porque he oído tu nombre allí. Bastante, de hecho.

Kenny le miró, extrañado. Iba a preguntarle a que se refería, pero Edgar les avisó de que la cena estaba servida y decidió dejarlo para más tarde.

La comida pasó tranquila. Charles y Edgar comentaron sobre varias personas que conocían y poco más. Al acabar, Kenny se ofreció a recoger la cocina y, cuando Edgar se marchó a descansar, el león arrinconó al ex cazador. No había podido dejar de pensar en lo que le dijo antes.

Charles parecía más curioso que preocupado cuando se vio atrapado por el joven.

  • ¿Qué quieres decir con que has oído mi nombre allí? – le preguntó directamente. No había tiempo para rodeos y sutilezas. El otro pareció considerar su respuesta.
  • Hace año y pico, no recuerdo cuanto exactamente, llegó un chico joven a la sede de Illinois. Yo estaba allí haciendo un recado para mi supervisor. Este chico venía desde Canadá muy recomendado, porque, al parecer, presumía de haber dejado a una manada de leones debilitada y de robar unos documentos muy importantes con nombres de muchos miembros de la Comunidad. – Kenny palideció tanto que Charles se preocupó. – Oye, ¿estás bien?
  • ¿Cómo se llamaba? – preguntó, con un hilo de voz temiendo y sabiendo la repuesta.
  • Cody. Cody Knox.

A Kenny le fallaron las rodillas y hubiera ido al suelo si Charles no le hubiera sujetado para evitarlo. Durante lo que le pareció una eternidad pero que en realidad fueron unos pocos minutos, el león no fue consciente de absolutamente nada. Los ojos se le habían nublado y el corazón le retumbaba tanto en los oídos que no podía escuchar nada más.

Charles consiguió arrastrarlo hasta su habitación y sentarle en la cama. Allí se arrodilló frente a él para poder examinarle bien.

  • ¡Kenny! ¡Kenny! – le llamó, casi gritando.
  • Sabía que estaba vivo, pero… – consiguió musitar cuando se recuperó un poco del shock.
  • No es lo mismo saberlo que escucharlo, lo sé. – acordó Charles, levantándose. Se dirigió al baño y regresó con una toalla húmeda con la que le limpió el rostro con cuidado. – Supongo que ese desgraciado hablaba de tu manada.
  • Disparó a mi padre. Robó esos documentos porque yo le dejé entrar a nuestra casa. Va presumiendo de sus logros por mi culpa.

Charles suspiró. Así que lo que había contado aquel niñato era verdad. Había usado al hijo del Alfa para colarse en su casa y poder robarle y dispararle allí mismo. Algo que le hizo ganar muchos puntos ante los superiores y ser trasladado a Illinois, donde estaba la última vez que le vio.

Ese chico era uno de esos futuros peligros para su causa. Ambicioso y despiadado, una mezcla peligrosa y perfecta para la organización.

Ahora sabia también que era un manipulador muy dotado, si había conseguido que el hijo de un Alfa le permitiera entrar en su casa, algo que estaba terminantemente prohibido. Nadie ajeno a la familia podía entrar en una casa de un alfa.

  • Lo siento mucho. Siento haberte traído tan malos recuerdos. – Kenny negó con la cabeza, tapándose la cara con las manos.
  • No. En este tiempo me había hecho a la idea de que no volvería a escuchar su nombre. ¡Qué ingenuo y estúpido he sido! ¡Otra vez! – gimió, con aire triste. – ¿Dónde está?

Charles miró al chico al notar como el tono de su voz había cambiado a más acerado, seco y monótono.

  • Hace bastante de la última vez que lo vi. – respondió. – Seguramente ya no esté allí.
  • ¿Dónde? – rugió.
  • En las afueras de Illinois. La Orden tiene una sede y Cody estaba trabajando allí hace año y medio, que fue la cuando le vi por última vez. Me marche al poco de llegar él.

Kenny asintió, ausente. Tenía la mirada perdida, metido en su propio mundo. Charles le trajo de vuelta, al cogerle del brazo.

  • Entiendo que quieras vengarte de él. Yo lo haría también. Pero ten en cuenta una cosa cuando vayas a hacerlo. Él no está solo. Tiene a toda la organización tras él y dispone de todos sus recursos y personal. Si vas a por él, vas tras La Orden y es algo que no te recomiendo.
  • Entiendo. – Charles negó, con aire triste.
  • No, no creo que lo hagas. Pero lo harás. Piensa seriamente si merece la pena. – le advirtió. – Puedes perder algo más que tu vida si te enfrentas a ellos.

Kenny asintió de nuevo. No se dio cuenta cuando Charles salió de su habitación, dejándole a solas con sus pensamientos.

Esa noche el león no durmió nada. Ni siquiera llegó a moverse de donde lo había dejado el ex cazador.

Pasó toda la noche en vela, pensando, considerando sus opciones y sus oportunidades de que funcionara lo de ir a buscar a Cody.

Primero, tendría que salir de la ciudad. Debería abandonar la seguridad que le proveía ese lugar y sus habitantes y regresar a la cruel realidad. No estaba seguro de estar preparado para ello.

También debía abandonar Canadá y dirigirse a Estados Unidos, algo con lo que había estado soñando desde que se enteró de la existencia de la excursión y que, ahora, le aterraba.

Y la posibilidad de que llegara allí y Cody no estuviera. ¿Dónde iría después? ¿Por dónde podría empezar a buscarle?

Si decidía ir a buscar al otro, sabía que estaba saltando a la piscina sin tener ni idea de si había agua o no. Y las probabilidades de darse el golpe contra el cemento eran muy altas.

El día pasó como un sueño, trabajando sin tener la cabeza en las tareas, si no a kilómetros. Tan distraído estaba que Edgar se preocupó bastante. Y esa preocupación se tradujo en llamada a cierto lobo.

Kenny se sorprendió al ver a Jon acercarse a su sitio favorito de la granja. Era un rincón en el que había un viejo tocón caído en el que Kenny solía sentarse a ver el atardecer. Jon parecía tan fuera de lugar allí, con su cazadora de cuero, las gafas de sol y las botas de motorista que le hizo sonreír sin darse cuenta.

El lobo se sentó a su lado sin decir una palabra. Pasaron en silencio un largo rato antes de que Kenny decidiera romperlo.

  • Voy a marcharme.
  • ¿Cuándo? – Jon no parecía realmente sorprendido, solo triste.
  • No lo sé. Pronto, supongo. Tengo una pista de donde puede estar Cody. – Kenny le había contado hacía tiempo lo ocurrido en Winnipeg.
  • ¿Estás seguro de que es buena idea?
  • ¿Si tuvieras una pista de Colby, no irías? – le preguntó de vuelta.  
  • Preferiría que te marcharas a buscar una pareja, no venganza.

Kenny se giró para poder mirar al lobo que abrió los brazos ofreciéndole un abrazo que el león aceptó encantado. Sabía que no iba a tener esa clase de consuelo en mucho tiempo, tal vez nunca.

  • Prométeme que te despedirás de nosotros y que vas a cuidarte mucho. No dejes que ese bastardo pueda contigo. No permitas que te manipule. – le susurró al oído, sin dejar de abrazarle.
  • Te lo prometo.

Una semana más tarde, Kenny cruzaba la frontera de Canadá con Estados Unidos acompañado de Charles quien conducía una vieja camioneta.

Los planes eran que el ex cazador le ayudaría a cruzar la frontera y le dejaría en Dakota del Norte. Allí, Kenny se reuniría con un amigo del otro hombre, quien le tendría preparada documentación con un nuevo nombre para él y un medio de transporte que le ayudaría a llegar a su destino.

Kenny estaba asustado y nervioso, pero, a la vez, emocionado. No sabía que le depararía esta nueva parte de su vida, pero iría a por ello con todo lo que tenía. Y si podía localizar a Cody, mucho mejor.

Seis meses tardó Kenny en encontrar una pista sobre el paradero de Cody.

Llegó a Dakota del Norte y se reunió con el contacto de Charles, que, para su sorpresa, resultó ser una bibliotecaria. El león no podía salir de su estupor cuando aquella menuda mujer le encañonó con un rifle de caza hasta que le demostró ser amigo del ex cazador.

Alba, que así se llamaba la mujer, le entregó sus nuevos documentos de identidad, una mochila con ropa nueva y una vieja Yamaha que aún ronroneaba como un gatito cuando arrancaba.

Kenny estaba entusiasmado con la moto. Siempre había querido una y esa, aunque estuviera algo deslucida, era un verdadero sueño para él. Le costó un poco controlarla al principio, pero ahora era como una extensión de sí mismo en la carretera.

Con eso y algo de dinero que te había guardado mientras estuvo en Destruction Bay, se dirigió hacia Illinois. Pero como le advirtiera Charles, al llegar allí no encontró nada.

La base que existiera allí cuando Charles trabajaba para La Orden, había desaparecido. Revisó el abandonado local pero solo encontró papeles rotos o quemados y poco más.

Aquello le frustró lo indecible. Después de semejante viaje y todas las molestias que se había tomado, ahora se encontraba con nada.

Sin embargo, un día más tarde un indigente que dormía una calle más lejos le comentó que había oído hablar a los que se encargaron de trasladar el material del local y que estos dijeron que iban a llevar todo a Atlanta, Georgia.

Y Kenny puso rumbo hacia a Atlanta.

Durante meses, el león viajó de un lado al otro del país, buscando una pista de Cody sin encontrarla y siguiendo rumores. Se había tropezado con algunas bases de la organización, detuvo algunas operaciones, pero no encontraba a nadie que le diera alguna indicación sobre el paradero del humano que buscaba.

Meses y meses dando vueltas hasta el día que volvió a escuchar su voz en Corpus Christi, Texas.

Fue por pura casualidad, mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde, con la moto vibrando entre sus piernas y la lluvia empapando su chaqueta. Un coche negro y grande, de aspecto caro, se detuvo a su lado y una de las ventanillas del asiento de atrás se abrió un poco para que su ocupante tirara un chicle usado.

Y en ese segundo que estuvo la ventanilla abierta, escuchó la voz inconfundible de Cody.

Jamás podría olvidar esa voz que tantas pesadillas le había causado.

Se quedó helado en el sitio mientras veía alejarse el coche hasta que las bocinas de los coches tras él le regresaron a la realidad. Arrancó la moto y persiguió al coche.

Llegaron a una zona industrial cerca del puerto, repleta de grandes naves donde La Orden prefería poner sus negocios. Había descubierto que sentían predilección por esa clase de ubicación a la hora de realizar sus peores experimentos.

Fue esa la razón por la que no se lanzó de cabeza a despedazar al otro en cuanto le vio salir del coche. Quería asegurarse de que no había nada raro en esa nave.

Dejó que el otro pasara e hiciera sus recados mientras él se dedicaba a averiguar cuantos hombres habría en el interior.

Tras un buen rato dando vueltas y asomándose por donde podía, que había unos tres hombres además de Cody y sus acompañantes. Lo que hacía un total de diez.

También hizo otro descubrimiento más preocupante. Había dos personas en sendas camillas en una de las habitaciones del local. Apartadas, vigiladas, atadas y con algún tipo de maquina conectada a sus cuerpos.

Aquello no pintaba bien para los ocupantes de las camas, que estaban pálidos como cadáveres.

Eso fastidiaba sus planes. No podía entrar, solo, cuando había tantos soldados a los que enfrentarse. Diez eran demasiados para él. Debía esperar a que se fuera Cody y, esperaba, que le acompañaran la mayoría.

Pero si dejaba ir a Cody… ¿Cuándo podría volver a encontrarlo? Le volvería a perder la pista y había tardado mucho en encontrarlo.

Se debatía internamente en qué hacer. Lo correcto o lo que deseaba. Y, para su sorpresa, se dio cuenta de que no era una elección fácil.

Se sintió morir un poco cuando dejó ir el coche negro con Cody y su camarilla en su interior. Los vio alejarse hasta que desapareció en el horizonte y, maldiciendo por lo bajo, se dirigió a la nave.

Tenía un sitio que destrozar, unos soldados a los que apalizar y unas personas a las que salvar. No pensaba dejar a nadie atrás.

Se coló discretamente, intentando no llamar la atención de los guardias. Quedaban tres, si no había contado mal.

Fue hasta la habitación en la que había visto las camillas y lo que se encontró le puso los vellos de punta, de puro horror. Era mucho peor de lo que había imaginado.

Como viera antes, había dos camillas ocupadas por sendas personas. Por el aspecto Kenny pudo comprobar que se trataban de una sirena y una ninfa. Una combinación curiosa, por decir algo.

Ambas tenían una aguja clavada en el brazo que parecía estar extrayéndoles la sangre y, por su palidez extrema, no quedaba mucho tiempo antes de que las desangraran vivas. Con mucho cuidado, las desconectó de las máquinas y les tomó el pulso. Era débil pero constante. Necesitaban un médico, pero uno que perteneciera a la Comunidad.

Al llegar a la ciudad se encontró con una familia de trolls que regentaban un supermercado y que le dejaron su número por si necesitaba alguna cosa para la moto. Ellos podrían ayudarle a buscar ese médico, así que Kenny se apresuró a llamarles.

Explicó lo mejor posible al cabeza de familia dónde estaba y que ocurría, haciéndole prometer que enviaría a alguien para recoger a las víctimas que necesitaban con urgencia ayuda médica.

Luego, se dispuso a deshacerse de los guardias.

Lamentablemente, no contó bien cuantos había. Un cuarto guarda apareció tras él, disparándole por la espalda. Por suerte, la bala solo le atravesó el antebrazo, en una herida limpia.

Se encargó del tipo y luego se sentó a intentar taparse la herida, de la que manaba abundante sangre.

Para su sorpresa, el móvil del ultimo guardia sonó, reflejando en su pantalla el nombre de Cody. Un intenso escalofrío le recorrió al contestar el teléfono y oír de nuevo la voz del otro.

  • ¡James! ¿Por qué has tardado tanto en contestar? – Kenny sintió su corazón detenerse durante un segundo. Era doloroso escucharle sabiendo ahora lo que sabía.
  • James está muerto, Cody. – se hizo un silencio sorprendido al otro lado de la línea.
  • ¿Quién eres?
  • ¿No lo sabes? ¿No eres capaz de reconocer mi voz?
  • No… no puede ser. – Kenny soltó una risita cruel, disfrutando del estupor y el miedo que reflejaba la voz del otro.
  • Si que puede ser. Empieza a mirar por encima del hombro, Cody. Voy a por ti. – le advirtió antes de cortar la llamada y romper el teléfono.

Se levantó del suelo y se dirigió hacia la habitación donde estaban las camillas. Empezaba a marearse por la pérdida de sangre así que se dejó caer al suelo sentado cuando consiguió llegar a su destino.

Ahí fue donde le encontraron los refuerzos, formados por un médico de la Comunidad, el troll del supermercado y dos más a los que no conocía de nada, pero olían como elfos.

Luego, perdió el conocimiento.

Cuando lo volvió en sí, un tiempo indefinido después, estaba tumbado en una cama, con el brazo vendado y sus cosas colocadas en una silla a su lado. No reconocía el lugar. Preocupado, se sentó, pero el dolor de la herida le hizo soltar un gemido que alertó al dueño de la casa en la que se encontraba.

  • Veo que ya te encuentras mejor. – le saludó un hombre, de unos cuarenta años y que olía a bosque y madera. ¿Un hada?
  • Si, gracias. Gracias por curarme. – el hombre sonrió.
  • Gracias a ti por rescatar a esas chicas. Llevaban desaparecidas un mes. Ya las dábamos por muertas.
  • ¿Cómo no las habíais encontrado antes? – el hombre suspiro, triste y cansado de repente.
  • Cuando La Orden se lleva a alguien, ya lo puedes dar por muerto. Demasiados escondites, demasiada vigilancia… no sabíamos que seguían aquí. Imaginaba que ya las habrían usado y tirado, como hacen siempre. – horrible, pero cierto. Lamentablemente.
  • ¿Para qué querrían su sangre? – preguntó, recordando la máquina a la que estaban conectadas las chicas.
  • Se rumorea que están experimentando, intentando crear algo que nos extermine. Pero aún no han dado con lo que buscan. Y esperemos que jamás lo consigan o estaremos muertos.

Kenny se estremeció, pensando en esa imagen. La idea de que La Orden estuviera gastando medios y tiempo en averiguar una manera de exterminarles era para sentir algo más que miedo.

Y Cody estaba detrás de todo eso. Él había mantenido ese lugar y ocultado a esas chicas para experimentar con ellas, haciéndoles daño para su beneficio.

¿Cómo había podido estar tan ciego con ese tipo? ¿Cómo no había sido capaz de ver lo que era en realidad?

El medico carraspeó, repentinamente incomodo por algo. Kenny no tenía idea de que era lo que ocurría, pero intuía que no iba a gustarle.

  • ¿Sí? – preguntó a pesar de que no deseaba saberlo. La mirada de culpabilidad del otro decía mucho.
  • Lamento tener que pedírtelo… sobre todo, después de lo que has hecho, pero no puedo… o sea, no puedes… – Kenny sintió sus mejillas arder de vergüenza y se llevó la mano a la nuca de manera inconsciente.

Su melena había crecido lo suficiente para tapar la marca, pero seguía ahí. El hombre debía haberla visto al curarle.

  • Oh… sí, entiendo. Me marcharé enseguida. – repuso con pena. El otro le miró apesadumbrado.
  • A mí no me importa. Y ya te digo que después de lo que has hecho, mucho menos. Pero el Consejo no quiere a un desterrado en su ciudad. Algunos son muy anticuados para la época en la que vivimos. – se excusó.
  • No pasa nada, no se preocupe. – Kenny empezó a ponerse la camiseta que estaba en la silla.

El hombre le ofreció una bolsita que el león cogió, desconfiado. Al abrirla vio un montón de gasas, vendas, esparadrapo y desinfectante en su interior.

  • Debes curarte la herida al menos una semana más. A diario. Si tienes problemas o se te infecta, ve a un médico. Por una cosa así podrás acudir hasta al de los humanos. No corres peligro. Con esto creo que tendrás de sobra. Guarda por si necesitas más adelante.
  • Gracias.
  • No. No me las des. Siento que tengas que marcharte así. Tu moto está aparcada delante de la puerta.

Kenny asintió y salió del lugar, con su mochila a cuestas y el casco en la mano. Como le dijera el otro, su moto estaba esperándole en la entrada. Se subió en ella y arrancó.

Ahora… ¿hacia dónde se dirigía para encontrar a Cody de nuevo?

Rugidos del corazón: Capítulo 7.

(Aviso: Escenas subidas de tono.)

Había pasado todo un año desde que Kenny llegara a Destruction Bay.

Doce meses de trabajo duro en la granja, de ir todos los fines de semana a la cafetería a tomar algo con los hermanos lobo y Jerrad, con los que había trabado una curiosa amistad.

Doce meses de hacer reír a Rose, la protegida de Jerome y que ella le usase de conejillo de indias cuando quería probar un nuevo tinte o peinado, usando su melena, la cual había dejado crecer de nuevo.

Doce meses de sentarse a ver puestas de sol en su rincón privado en la granja, sintiendo la soledad como si fuera un ente vivo que siempre le acompañaba.

Había sido un año duro, para ser sinceros. Pero seguía vivo y cuerdo y se sentía algo más fuerte que antes de llegar allí.

Un poquito más sano que un año antes.

Esa tarde, como cada sábado, estaba en la cafetería, tomando algo con los demás.

Llegaban y bebían algo, mientras comentaban el partido que estaban retransmitiendo en el televisor en ese momento. Cervezas o refrescos y unas patatas fritas y mucha conversación y compañía. Una noche de sábado más que pasaban juntos.

A Kenny le encantaban esas noches. Eran las únicas en las que no se sentía tan solo todo el rato. Y podía decir sin duda alguna que esos tres que le acompañaban en ese momento eran sus amigos. En su peculiar manera, eso sí.

En esos sábados de patatas y deportes por cable llegó a conocer muy bien a esos tres hombres.

Jerrad, el dragón, era alguien muy interesante con el que hablar. Tenía cientos de años y había participado en varias guerras a lo largo de la historia humana porque era un soldado que no sabía dejar de pelear y buscaba cada batalla que existiera para poder saciar su sed de pelea.

Pero en la última en la que estuvo había hecho mucha amistad con su batallón y se acabó descubriendo por protegerlos. Lamentablemente, eso hizo que el ejército para el que trabajaba intentara capturarlo y fueron sus hombres quienes le sacaron de allí y le ayudaron a llegar a Destruction Bay. Unos pocos se habían quedado allí con él, hasta que las cosas se calmaran. Por eso Jerrad era tan protector con la ciudad.

Protegía a sus leales hombres.

Además de un soldado, Jerrad era un ávido lector de casi cualquier clase de novela que cayera en sus manos y adoraba hablar sobre ellas con quien fuera. Eso fue lo que los llevó a hablar civilizadamente por primera vez, semanas después de su primer encontronazo. Kenny defendió una de las novelas de Stephen King frente a Rose, a quien no le entusiasmaba y llamó la atención del dragón, que no tardó en unirse a la discusión.

A partir de ahí, era uno de sus temas favoritos para hablar. Su relación era más bien cortés, pero podía considerarlo alguien que le ayudaría si lo necesitara de verdad.

Con los lobos fue algo distinto.

Joseph, el mayor de los dos, era un tipo tranquilo, al que le gustaba el deporte, tanto verlo como practicarlo y salía a correr todas las mañanas temprano. Obviamente, en un lugar tan pequeño no tardaron en encontrarse, ya que Kenny también corría antes de desayunar y empezar con su día. Al principio se ignoraron mutuamente, escogiendo cada uno caminos separados, pero pronto acabaron entablando conversación y dándose cuenta de que tenían algunas cosas en común.

Ambos valoraban la familia y el deseo de formar una, sobre todo.

Ahora, cuando salían a correr todas las mañanas, hablaban, Joe sobre sus hermanos y su infancia y Kenny sobre cómo eran las cosas en su casa cuando todo era normal y él seguía teniendo una familia.

En cuanto a Jon, la cosa fue muy distinta a los otros dos.

Muy muy distinta.

Joseph le obligó a acompañarlo uno de los sábados a tomar algo y el otro casi no habló en toda la noche. Solo le observaba de una manera que le hacía sentir ligeramente incómodo.

Kenny estaba preocupado, porque Jon siempre parecía preparado para saltarle al cuello por alguna razón que él desconocía.

La siguiente vez que acompañó a su hermano, después de un par de cervezas, se relajó e, incluso, participó varias veces en la conversación. Y fue mucho más agradable.

Resultó que Jon tenía un sentido del humor muy cortante y sarcástico y Kenny se encontró riendo de alguna de sus réplicas sin darse cuenta.

Las miradas de Jon prosiguieron, pero cambiaron ligeramente, pasando de hacerle sentir incomodo a intimidado en el buen sentido.

Una noche, Joseph no pudo acudir a la cita porque debía acompañar a Ronald a un recado y a Jerrad le surgió un imprevisto con sus hombres y se quedaron los dos solos.

Esa noche empezó un poco incomoda, con ambos sin saber muy bien cómo o de qué hablar sin los otros dos haciendo de puente. Pero la cosa mejoró cuando alguien sintonizó un combate de artes marciales mixtas en el televisor y resultó que los dos eran fans. Compartieron unas alitas a la barbacoa y unas patatas mientras comentaban la pelea y fue una muy buena noche.

Al salir, Kenny se sentía feliz y cómodo y agradeció el fresco de la noche, tras pasar la ultima hora casi sudando en la cafetería. Acompañó a Jon al aparcamiento para llevarle de vuelta a casa en su coche, porque este había tomado un par de cervezas de más.

El lobo se había quitado la chaqueta de cuero, quedando en mangas cortas y Kenny se sorprendió admirando como le quedaba la camiseta cuando Jon le pilló. Su rostro cambió radicalmente, pasando de la sonrisa despreocupada que portaba al salir del local a una expresión depredadora. Le cogió del brazo para arrastrarle hasta el callejón, donde le arrinconó para besarle.

No fue un mal beso, pero si inesperado y denotaba más desesperación que ganas, como si tratara de probarse algo. Kenny se dejó hasta que el otro acabó rompiendo el beso, mirándole con sus ojos azules llenos de culpabilidad y, sin dejar de sujetarle de los brazos.

El joven león levantó una mano para acariciarle el cabello cuando el otro apoyó la cabeza en su pecho, intentando consolarlo un poco. Cuando por fin se separaron y se sentaron en la camioneta, Kenny se atrevió a preguntarle.

  • ¿A qué ha venido eso?
  • Lo siento mucho, no debí hacerlo. Lo siento. – Kenny le dio un apretón suave en el hombro.
  • Oye, no pasa nada. No importa, en serio. – le dijo, sonriendo. – Hubiera sido agradable, si no pensara que lo has hecho más para probar algo que porque te apeteciera. – la mirada de culpabilidad del otro se acentuó.
  • Intentaba hacer caso a Jerome y seguir con mi vida, pero no puedo olvidarle. Estaba besándote y en mi mente solo le veía a él.

Kenny suspiró. Podía comprender como se sentía su amigo. Hubo un tiempo en que él también pensaba que no podría sustituir a Cody.

Veía la misma desesperación por olvidar en los ojos del lobo.

¿Estarían los dos condenados a vivir con su corazón en manos de personas que no lo merecían? ¿O podrían rehacer sus vidas en algún momento?

Lo que fuera a pasar, no sería esa noche.

  • Es normal, Jon. Le amas. Si amas a alguien así cuesta mucho olvidarlo. Quizás un día encontremos quien nos haga borrar esos nombres de nuestras mentes.  
  • Lo siento.
  • No te disculpes más. – le regañó, poniendo su mano en la rodilla del otro. – Ninguno de los dos está preparado para nada aún. – terminó, con una risita.

Jon asintió.

  • ¿Y tú? ¿Qué es lo que quieres? – Kenny se encogió de hombros.
  • Yo no estoy seguro aún. Pero no me disgustaría saldar cierta deuda antes de pensar en rehacer mi vida.

Kenny se inclinó y besó suavemente a Jon. Esa vez, el beso fue más lento y dulce, más un consuelo que otra cosa y se sintió bien. Y Kenny se dio cuenta de que podría volver a enamorarse y ser feliz con alguien más en un futuro. Que Cody no había estropeado eso para él.

Y se sintió feliz por ese descubrimiento.

Por eso mismo invitó a Jon esa noche a su habitación. Ambos tenían muy claro de que no era más que puro consuelo y necesidad de no sentirse solo por una noche. Una promesa de que mañana todo estaría bien y se podría arreglar.

Kenny echó los brazos al cuello de Jon cuando le besó, una vez cerrada la puerta de su habitación, abrazándole fuerte y permitiéndose una cercanía que hacía demasiado que no sentía. Su corazón saltó en su pecho cuando el otro le correspondió, rodeando su cintura para atraerlo y pegarle más a su cuerpo.

Se besaron durante un largo rato hasta que Kenny se obligó a separarse, con los labios hinchados y los pantalones más apretados que antes. Jon tenía las pupilas dilatadas y las mejillas rosas y le parecía lo más adorable que había visto en mucho tiempo.

Se alejó de él un par de pasos, sin soltarle la mano y se dirigió hacia la cama. El otro no tardó en seguirle, cogiéndole de nuevo de la cintura para besarle más intensamente mientras se dejaban caer en el colchón.

Se besaron así, tumbados en la cama y con la ropa puesta por lo que parecieron horas, sintiendo como la excitación de ambos iba creciendo cada vez más, hasta quedar jadeando y muertos de ganas. Jon le acarició por encima del pantalón, mordiéndole el cuello y Kenny gimió al sentir sus colmillos rozarle la piel.

De repente, toda la ropa sobraba. El león nunca había odiado tanto unos pantalones como a los de Jon cuando se le atascó la cremallera. El lobo rio, entre excitado y divertido y le apartó las manos para poder quitarse los pantalones sin tantos problemas. Kenny le imitó, lanzando bien lejos la camisa y los vaqueros.

Los dos se quedaron un largo minuto así, de rodillas en la cama en ropa interior y mirándose. Jon dibujó una sonrisa lobuna en su rostro cuando gateó para acercarse, besándole de nuevo. Con una mano en su pecho, obligó al león a tumbarse boca arriba, sin romper el beso. Kenny gimió al sentir su peso sobre él, las manos recorriendo sus costados hasta llegar a la cintura de sus calzoncillos. Jon se los bajó despacio y rompió el beso para disfrutar de la vista.

Kenny se sintió intimidado por esa mirada y trató de distraerse quitándole a Jon su propia ropa interior, cosa que divirtió aún más al otro. La mano del lobo se colocó sobre su miembro, acariciándole con tortuosa lentitud sin dejar de mirarle a los ojos haciéndole gemir más fuerte y sin control. Kenny podía sentir la dureza del lobo rozándose contra su muslo y decidió corresponderle, sorprendiéndole, antes de besarle con más violencia.

El ritmo de las caricias se intensificó y Kenny sentía que no iba a poder aguantar más. Agarró la muñeca de Jon, deteniéndole y ganándose una mirada interrogante.

  • Como sigas, acabamos antes de empezar. – le dijo, con la respiración entrecortada. – Déjame… déjame probarte.

Jon asintió, los ojos oscurecidos de pura lascivia e intercambio de lugar con el león, quien le obligó a quedar recostado contra el cabecero de la cama. Kenny le dio un corto beso antes de empezar a descender, beso a beso, por su cuello, su pecho, su estómago… La respiración del lobo se volvía cada vez más errática y se quedó totalmente sin aire al notar el calor de la boca del león rodearle su miembro. Kenny degustó su sabor, soltando un quejido cuando Jon le agarró del pelo con más fuerza de la necesaria. Sin embargo, no hizo nada para liberarse. 

La mano en su cabello aflojó su agarre, acariciándole la nuca y la marca, algo que le hizo tensarse. La voz de Jon fue dulce cuando le habló.

  • Lo siento. No quería incomodarte. – Kenny dejó de lamerle, para alzar la mirada.
  • No pasa nada. – Jon le atrajo y le besó, primero en los labios y luego en la marca.
  • Esto no significa nada. No te hace menos que los demás. No dejes que te controle. – le susurró, volviendo a besarle en los labios.

Jon le volvió a tumbar en la cama, una de sus manos deslizándose hacia su entrada para empezar a prepararle. Con desesperante lentitud, fue abriéndole hasta que consideró que estaba listo. Retiró los dedos y empezó a introducirse despacio, gruñendo al sentir la estrechez y el calor del otro.

Pronto estaban ambos llenando la habitación de gemidos y gruñidos, el aire caldeándose a su alrededor mientras Jon seguía moviéndose en su interior, cada vez a un ritmo más acelerado y errático.

El lobo empezó a notar como el orgasmo le alcanzaba y se apresuró a volver a acariciar a Kenny, intentando y consiguiendo que llegara antes que él. Al sentir su mano manchada, se permitió terminar, escondiendo el rostro en el cuello del otro y mordiéndole, tan fuerte que a Kenny se le escapó un rugido de sorpresa y excitación.

Aun jadeando, Jon rodó a un lado, liberando al león de su peso. Hubo un momento de silencio, en el que el lobo no sabía qué hacer. No estaba seguro de si debía quedarse o irse a su casa con su hermano.

Kenny acabó con su dilema, echándole un brazo encima y colocando su cabeza en el pecho del otro. Jon sonrió.

Había sido agradable y se sentía mucho menos solo y triste que antes. Pero seguía pensando en Colby y en que le seguía queriendo y echando de menos a pesar de lo que había hecho.

Besó al león en el pelo y se dispuso a dormir.

Un día, tendría que reunir el valor suficiente para volver a salir y buscar a Colby. Ya fuera para perdonarlo o matarlo. Eso lo decidiría en su momento.

Rugidos del corazón. Capítulo 6.

Una semana después de su llegada a Destruction Bay, Kenny estaba casi adaptado a la rutina y tareas de la granja. El joven agradecía el tener un lugar al que poder regresar y donde descansar de cuerpo y mente.

Las tareas no eran nada fáciles, eso sí. Cuidar del ganado, darles de comer, limpiar el granero y los establos, cargar y descargar camiones con heno, paja y lo que tocara, cortar leña…

Todo muy físico y duro y justo lo que necesitaba. Acababa tan agotado que no tenía ni ganas ni tiempo para pensar en nada que no fuera dormir y descansar.

Era perfecto y empezaba a ponerse en forma. Eso era mucho mejor y más efectivo que un gimnasio.

Lo que no había hecho todavía era visitar la ciudad. Tampoco le apetecía mucho, pues imaginaba que todos estarían enterados de su llegada y odiaba ser el centro de atención.

Y, hasta ese momento, evitó bajar, pero la suerte se le había acabado.

  • ¡Ey, Kenny! – le llamó Edgar. – Acompáñame. Tengo que ir a la tienda a por alambre de espino. – el león hizo una mueca.
  • ¿Es necesario que vaya?
  • Si. No pienso venir cargando con tanto alambre yo solo. Venga, muévete.

Kenny refunfuñó, pero obedeció, subiendo a la furgoneta con el hombre. Hasta ese día no le había obligado a relacionarse con nadie más, esperando al momento adecuado.

Y el día había llegado.

Tras unos pocos minutos conduciendo, Edgar aparcó frente a la tienda de conveniencia. Kenny supuso que la ciudad era demasiado pequeña para tener una ferretería o algo parecido.

Al entrar a la tiendecita, notó dos cosas.

La primera era que tenía de todo. Desde el dichoso alambre de espinos a gel de baño a cerveza a comida.

Absolutamente de todo.

Lo segundo, que la dirigían dos lobos que no tardaron en gruñirle cuando notaron su olor.

Los leones y los lobos no se llevaban mal per se. Pero ambas razas eran muy dominantes y territoriales. Así que no era raro ese comportamiento cuando se cruzaban, sobre todo si se trataba de alfas.

Kenny esperó que solo quedara en gruñidos y que no trataran de buscar pelea porque no le apetecía dar un motivo a su anfitrión para echarle.

Edgar rodó los ojos al escucharlos y les dirigió una mirada de advertencia que los lobos entendieron a la primera, ya que dejaron de gruñir.

Esos debían ser los dos hermanos de los que le habló Edgar el primer día. El joven león no les encontró demasiado parecido físico. Si notó los golpes y moratones en ambos. Alguien se había ensañado y bien con esos dos.

Edgar le hizo coger tres paquetes de alambre y cargarlos en la camioneta mientras él pagaba. Al salir de la tienda tropezó con alguien, se disculpó apresuradamente y siguió su camino. El alambre pesaba mucho y estaba deseando soltarlo.

  • ¡Oye, ten cuidado por donde andas, imbécil! – le gritó la persona con la que había tropezado. Kenny se molestó. Había pedido perdón, ¿qué más quería?
  • ¡Ya te he pedido perdón! No hace falta insultar. – gruñó, colocando el alambre en la parte de atrás de la furgoneta.

Al girarse para enfrentarse al otro se encontró con un tipo más alto que él y mucho más ancho. A Kenny le sorprendió el tamaño del hombre. Él mismo media metro noventa y solo le llegaba al hombro al otro. ¿Cuánto podía medir?

Y lo peor, parecía furioso con él.

  • ¿Qué has dicho, enano? – le increpó, cogiéndole de la camisa y levantándolo hasta hacerle ponerse de puntillas.

Kenny jadeó sorprendido. No iba a poder pelear contra semejante montaña.

Pero antes de que la cosa pasara a mayores, un extraño perro marrón oscuro trotó hacia ellos, sentándose justo en medio, rascándose una oreja mientras observaba curioso al otro hombre.

Kenny parpadeó, sorprendido y confuso cuando el tipo grande le soltó, gruñendo una maldición.

  • Tienes suerte de que Jerome haya decidido salvarte el pellejo, enano.
  • ¿Enano? ¡Mido metro noventa! – le gritó, mientras le veía irse. Suspiró aliviado y miró al perro. – ¿Y quién demonios es Jerome?

El perro le miró, doblando la cabeza y sacudiéndose antes de convertirse en un hombre enorme. El tipo tenía el cabello largo y moreno y vestía entero de negro con un guardapolvo del mismo color. Su rostro era tan pálido que parecía casi un fantasma.

  • Yo soy Jerome. Y tú debes ser Kenny. Edgar y Ron me han hablado de ti. – se presentó, ofreciéndole una mano que Kenny aceptó, reticente. ¿Es que todos los tipos de esa ciudad eran gigantes?
  • Uh… hola. – Jerome sonrió, dándole un poco de vida a su rostro lo que le hacía parecer menos inquietante.
  • No es muy común ver un león de tu edad que no esté de excursión. – el chico se encogió de hombros, apenado.
  • Bueno, no puedo ir de excursión ya.
  • ¿Por qué?

El león consideró si responder o no, pero el hombre parecía realmente interesado.

  • El objetivo de las excursiones es encontrar una pareja y crear una familia y yo ya no puedo.
  • ¿Por qué? – Kenny se sintió incómodo. No le gustaba hablar ni recordar las razones por las que estaba desterrado.
  • Estoy marcado como omega.
  • Eso solo es una marca. – la mirada del otro hombre se suavizó. – No puede impedirte crear tu familia si así lo quieres.
  • Nadie de mi raza va a querer a alguien marcado. – repuso Kenny con un hilo de voz. Jerome puso una mano en su hombro, apretándole ligeramente.
  • No estaría tan seguro de ello. Y menos si llegan a conocerte. – Kenny se sonrojó un poco, pero hizo un gesto para quitarle importancia.
  • Como habrás comprobado mi popularidad no es precisamente muy buena. – Jerome rio, haciéndole un gesto para que le siguiera.

Ambos cruzaron la calle hacia la cafetería, en la que entraron. El hombre le hizo sentarse en una de las mesas antes de acompañarle.

  • Jerrad, el tío con el que has chocado es un dragón. Lo suyo es tener mal genio, le viene de raza. Se pelea con todos, sobre todo con los nuevos.
  • ¡Un dragón! Vaya, eso explica su tamaño. – el león estaba asombrado. Un dragón… nunca pensó que vería uno con sus propios ojos.  
  • Pues deberías verlo transformado. Es una lagartija del tamaño de un elefante. – eso hizo reír a Kenny. – En cuanto a los lobos, ni caso. Tampoco están pasando un buen momento y no confían en nadie. Lógico, si tenemos en cuenta que están aquí porque les traicionó y atacó su propio hermano.
  • ¡Buff! Eso debió ser duro.
  • Ya has visto como acabaron. – Jerome se encogió de hombros. – Pero se recuperarán y volverán a la carretera para buscarlo, no tengo duda de ello. – eso sorprendió al león. ¿Irse? ¿Por qué? Si ya estaban establecidos ahí e incluso con su propio negocio. ¿Para qué marcharse?
  • ¿Se marcharán? ¿Por qué?
  • Porque aquí nadie llega para quedarse, Kenny. – Kenny recordó a Ronald diciéndole las mismas palabras cuando se conocieron en Whitehorse y en el mismo tono triste. – Siempre es una zona de paso. Todos llegamos escapando de algo, pero la gran mayoría supera sus miedos y vuelve al mundo real para recuperar su vida. Y tú lo harás también, estoy seguro de ello. – el chico negó con la cabeza.

Una bonita camarera les trajo dos tazas de café y un trozo de tarta de frambuesa a cada uno. ¿Habían pedido? ¿Cuándo?

  • No tengo a donde ir.
  • Por ahora. Pero cuando llegue el momento saldrás de aquí, como todos, a buscar tu camino. Tal vez en busca de esa familia que crees que no te mereces. Tal vez a cerrar viejas heridas, saldando esa cuenta pendiente que tienes. Eso dependerá de ti.

Kenny consideró sus palabras mientras se comía la tarta. Vengarse de Cody por lo que le había hecho sería algo muy apetecible. Pero no sabría ni por dónde empezar a buscarlo.

Lo de buscar una pareja ni lo consideró. Estaba al cien por cien seguro de que nadie de su raza le querría al estar marcado. No tenía duda de ello.

¿Quién en su sano juicio tendría una relación con un omega acusado de robo e intento de asesinato y desterrado por su propia familia?, pensó con tristeza.

  • Te oigo pensar desde aquí, joven león. – la voz de Jerome le regresó a la realidad. – La venganza no es la mejor opción. Pero si eso lo que quieres, puede que tengas una oportunidad. Solo hay que tener paciencia y esperar a que aparezca.
  • Tiempo y paciencia es lo que me sobra.
  • Pues, entonces, tendrás tu oportunidad. Pero considera la otra opción. No todas las manadas de leones son como la tuya. Otras hace siglos que dejaron atrás las viejas tradiciones, como la marca. La única que suelen mantener todas es la de la excursión. Supongo que piensan que es bueno para sus jóvenes.
  • Es algo que se espera con mucha ilusión. – susurró Kenny, recordando sus antiguos planes.

¿Cuánto había pasado desde eso? Solo unos meses. Pero parecían años. ¿Cómo era posible eso?

  • ¿Dónde pensabas ir?
  • Al sur. Estaba harto de tanto frio. Quería ir a Los Ángeles o Texas, cualquier sitio donde la temperatura más fría no bajara de los veinte grados. Pensaba buscar a mi pareja y que nos estableciéramos en una de esas ciudades.
  • ¿Y si tu pareja estaba harta de calor? – preguntó, riendo Jerome.
  • No se me pasó por la cabeza que alguien pudiera hartarse del calor. – contesto simplemente haciendo reír de nuevo al otro.
  • No, supongo que no. Guarda esos planes. – le aconsejó, levantándose de la mesa y dejando un puñado de billetes por la comida. – Puede que dentro de unos meses consideres realizarlos. Ahora, vamos. Edgar debe estar esperándote para regresar a la granja.

Ambos salieron de la cafetería y se encontraron con Edgar apoyado en la furgoneta, hablando con uno de los lobos. Era un chico algo mayor que él, rubio con una chaqueta de cuero y no parecía demasiado feliz con lo que estaba escuchando. Kenny deseó no tener que acercarse para no interrumpir, pero Jerome no parecía preocupado por eso.

  • Sé que estáis pasando un mal momento, Jon. Solo te pido que intentéis no buscar bronca con todos. – escuchó decir a Edgar. El lobo bajó la cabeza, ligeramente apesadumbrado.
  • Lo sé. Lo intentaremos. Andamos un poco susceptibles.
  • Y es comprensible. Recuerda que, si necesitáis algo, lo que sea, podéis contar con nosotros.
  • Gracias. – murmuró el lobo, antes de alejarse.

Edgar se encogió de hombros cuando se giró para saludarles.

  • Son buenos chicos. Solo necesitan tiempo. – Jerome asintió.
  • Están en una situación complicada. Pero son fuertes y están juntos. Lo superaran. – Jerome se volvió hacia Kenny. – Y tú piensa en lo que hemos hablado. El mundo no se acaba aquí, joven león. Y la vida tampoco.

Kenny asintió y acompañó a Edgar de regreso a la granja.

Mientras reparaba una parte de la verja que se había roto con el alambre de espino recién comprado, Kenny volvió a pensar en lo que había hablado con el otro hombre.

Sobre la posibilidad de salir de allí para vengarse o para buscar una pareja con la que formar su familia.

¿Sería capaz de permitirse soñar un poquito en la idea de encontrar a alguien que le quisiera a pesar de la marca?

Con un suspiro triste, siguió con la verja. Era imposible que alguien así existiera.