Rugidos del corazón: Capítulo 11.

Fiel a su palabra, Nicky le envió la dirección y el número de habitación del motel en el que habían decidido quedarse. Kenny se sintió ridículamente nervioso al recibir el mensaje, ya que eso volvía más real el hecho de que iba a compartir habitación con esos dos.

No sabía que sentir, si era sincero consigo mismo.

Le emocionaba, le ponía nervioso, le irritaba… ¿sabría compartir de nuevo su espacio personal con alguien? Llevaba casi cuatro años solo, haciendo lo que le daba la gana cuando le daba la gana.

Tampoco tenía ni idea de cómo debía comportarse con ellos.

Todo ese asunto le estaba estresando y empezaba a arrepentirse de haber dicho que sí.

Intentó distraerse buscando pistas de La Orden en la ciudad, pero los dos sitios de la Comunidad que visitó no le dieron nada interesante.

Ninguna desaparición injustificada, ninguna actividad extraña, nada destacable que apestara a la organización y sus secuaces. Decidió dejarlo después de pararse en una hamburguesería, cuando recibió el mensaje de Max preguntando si podía traer algo para comer.

Mientras pagaba se dio cuenta de lo que había cambiado su vida en unos minutos. Ahí estaba, comprando comida para tres y pensando cómo debía comportarse cuando llegara a la habitación.

Suspiró y se dirigió a la dirección que le había enviado Nicky. Se habían hospedado en un Motel 8 que parecía haber vivido años mejores, ya que lucía bastante estropeado en el exterior. Esperaba que el interior fuera mejor.

Fue hasta la habitación y tocó a la puerta. Un sonriente Nicky le abrió y le echó un brazo por los hombros para frotar su mejilla con la de Kenny.

Eso que para otros podía parecer un gesto demasiado íntimo era el típico saludo de su raza cuando se trataba de amigos o familia.

No era tan raro, pero Kenny llevaba tanto tiempo sin relacionarse con alguien de su raza que le chocó mucho.

Nicky aprovechó su estupor y le arrebató la bolsa de la comida, huyendo para abrirla y empezar a comer sin esperar a nadie. Max, que había visto todo el intercambio desde su asiento en la cama y notó que Kenny seguía un poco cortado con el saludo, se acercó a él y le cogió de la muñeca para hacerle entrar en la habitación y poder cerrar la puerta.

  • Lo siento. Nicky a veces se pasa de efusivo. Si te molesta, dímelo y le pediré que no lo haga más. – le susurró, llevándole a un rincón apartado y soltándole la mano. Kenny negó.
  • No, no. Solo me ha pillado un poco por sorpresa. Eso es todo.
  • ¿No te molesta entonces que te saludemos así? – preguntó Max, acercándose a él para repetir el mismo gesto que su hermano, solo que más despacio. Kenny se sintió enrojecer cuando el otro le dedicó una mirada llena de afecto.
  • No, para nada. Es que hace mucho tiempo. Pero no pasa nada. – farfulló, haciendo que Max sonriera aún más.
  • Estupendo. ¿Comemos?

No había mucho sitio en la pequeña habitación para sentarse. Nicky se había colocado en la cama, sentado a lo indio mientras que Max y Kenny ocuparon las dos sillas que existían. Fue a media hamburguesa que notó que solo había una cama. Los hermanos habían prometido pedir dos y ahora solo había una.

Dirigió una mirada interrogante a Max, quien se encogió de hombros.

  • Lo siento. No quedaban dobles. Me han dicho que si queda alguna libre hoy nos avisaran. ¿Has encontrado algo?
  • No demasiado. Mañana daré otra vuelta y si no encuentro nada, haré lo que os dije esta mañana.
  • Ir a Arizona.
  • Exacto.
  • Si vamos a quedarnos tan poco tiempo no merece la pena que busquemos ningún trabajo, Max. – dijo Nicky, dando un sorbo a su refresco.
  • No, la verdad es que no. En la próxima, entonces. – respondió Max. Al ver la expresión confusa de Kenny, trató de aclarárselo. – Estamos bien de fondos, pero no queremos correr riesgos así que cuando podemos, cogemos algún trabajillo.

Acabada la comida, Kenny volvió a sentirse incómodo. En ocasiones normales, si no había ninguna pista que seguir, él se tumbaría en la cama y vería la televisión hasta la hora de la cena y poco más. Luego buscaría donde cenar y regresaría a la habitación a dormir.

Pero con esos dos allí no sabía qué hacer.

Los observó recoger los paquetes vacíos de comida y poner la bolsa en un rincón, cerca de la puerta para llevarla a la basura más tarde. Nicky regresó a la cama, sentándose con la espalda apoyada en el cabecero mientras buscaba algo en la tele y Max fue al baño, regresando al poco rato para colocarse junto a su hermano.

Y Kenny seguía en su silla, sin saber que hacer.

Fue Max quien, riendo por lo bajo, se acercó y le llevó a la cama con ellos a rastras, sentándolo en medio. Y ahí se quedó Kenny envarado y sin moverse mientras los otros dos discutían sobre la programación por encima de él.

Pasó un buen rato antes de que se relajara lo suficiente y empezara a disfrutar de la película que habían escogido para ver.

Nicky bostezó y apoyó la cabeza en el hombro de Kenny, cerrando los ojos. Este se quedó congelado, sin querer moverse por temor a despertar al otro.

Entonces notó una mano en su pelo, acariciando y rozando con suavidad su cuero cabelludo y tuvo ganas de ronronear. Desde siempre, que le acariciaran el pelo había sido su punto débil. Miró de reojo a Max, que era quien le acariciaba y sintió otra vez como le ardían las mejillas. 

  • ¿Te molesta? – le preguntó y Kenny no estaba seguro de si hablaba del pelo o del otro dormido en su hombro.
  • No. – consiguió responder casi sin gemir de gusto por las caricias. El otro sonrió, satisfecho.
  • Parecías tenso. Cuando ese empiece a ponerse pesado dime y te lo saco de encima. Cuando se duerme no se despierta con nada. – Kenny soltó una risita y se acomodó un poco más en las almohadas, dejando vía libre al otro para que le siguiera acariciando.

Un rato más tarde, Max paró, pero solo para colocar bien a su hermano y que este dejara de estar apoyado en el otro. Cuando ya lo tuvo tendido y tapado, se volvió a sentar y le indicó a Kenny que podía poner la cabeza en su regazo, si quería.

Kenny dudó, pero obedeció siendo recompensado con más caricias que le adormilaron durante el resto de la tarde.

Se despertó al notar un roce en su mejilla. Abrió los ojos y se encontró con otros dos pares mirándolo con un brillo divertido en ambos. Gimió y trató de darse la vuelta, pero no se lo permitieron.

  • ¡Vamos! ¡Hay que ir a cenar! Se ha hecho tarde. – le urgió Nicky, obligándole a levantarse.

Fueron a cenar a una pizzería no muy lejos del motel. Mientras devoraban las pizzas, los hermanos le fueron contando cosas de ellos.

Eran Max y Nicky Buxter, hijos del alfa de la manada de Rancho Cucamonga, en California. Su familia era algo particular para los estándares de su raza. No solían hacer caso a casi ninguna de las antiguas tradiciones, de ahí que su padre le permitiera a Max esperar cuatro años a que su hermano tuviera la edad para la excursión y así enviarlos a los dos juntos. Eran una familia muy cariñosa y algo extravagante, pero ellos no la cambiarían por nada.

Tenían su objetivo bastante claro. Encontrar pareja y regresar a California para vivir los dos uno al lado del otro.

Eso hizo sonreír a Kenny. Ya había notado el cariño que se tenían esos dos, pero verlo era aún más adorable.

También comprobó un poco como eran. Mientras Nicky parecía más relajado en cualquier situación, siempre sentado como si estuviera en su casa y con un tono de voz tranquilo, Max se sentaba muy derecho en su asiento, era muy correcto comiendo y era mucho más nervioso que el otro.

Las diferencias entre ellos eran obvias, pero la gente tendía a confundirles con gemelos porque reaccionaban igual a muchas cosas.

Kenny no supo que contarles cuando le preguntaron por su pasado. Se limitó a dar pequeños detalles, como que venía de Winnipeg, que su padre también era alfa pero que él era hijo único y que estaba buscando a Cody por atacar a su familia.

Por suerte, los otros dos no insistieron en sus preguntas. Se notaba que tenían ganas de saber más, pero respetaron su promesa de no insistir, cosa que agradeció.

Antes de regresar y cuando todavía estaban terminando su cena, Max salió con la excusa de llamar a su padre para preguntar como seguían. Kenny miró extrañado a Nicky, que solo se rio.

  • Mi padre nos obliga a llamarle todas las noches, para saber que seguimos bien. Si no lo hace ahora, nos llamará él de madrugada, créeme. – le informó y Kenny sintió un poco de celos por su familia.

La de él no quería saber ni de su existencia.

Cuando regresó Max, terminaron y se dirigieron de vuelta a la habitación. Cuando Kenny salió del baño, ya listo para dormir, se encontró con los otros dos hablando algo en susurros, pero se detuvieron al verle.

Extrañado, se metió en la cama y espero a que acabaran de cuchichear para dormir. Se preguntó si había algo mal o si pasaba algo raro. Tal vez habían recibido alguna noticia preocupante de casa.

Max fue el siguiente en meterse en la cama, colocándose a su derecha, bajo la sabana y con una sonrisa que parecía de todo, menos inocente. Cuando Nicky se colocó a su izquierda, Max apagó la luz y se dispusieron a dormir.

O eso pensaba Kenny que iban a hacer.

Se quedó tumbado, bocarriba mirando al techo durante un rato, viendo las luces de los coches hacer sombras extrañas en la pared.

Al poco rato, Nicky, que había estado hasta ese momento dándole la espalda, se giró hacia él y le agarró del brazo, usándolo de almohada.

Kenny rodó los ojos, viendo como el más joven se acomodaba a su lado más dormido que despierto ya. Escuchó una risita al otro lado y volvió la cabeza para encontrarse con el rostro risueño de Max.

  • ¿Qué te hace tanta gracia? – le refunfuñó en el tono más bajo que pudo conseguir. No quería despertar al otro.
  • Tú, obviamente.
  • Tienes suerte de que tu hermano esté ahí sujetándome o te pondría en tu sitio. – bromeó. Max volvió a reír.
  • Me gustaría ver como ibas a hacer eso. – Max se incorporó un poco, colocando una mano en la mejilla de Kenny. – Ahora mismo te tengo a mi merced. Si haces algo raro, despertaras a Nicky y tiene muy mal despertar, te lo advierto. – le amenazó de broma. Kenny se sonrojó. No hacía más que sonrojarse desde que conoció a esos dos.

¿Qué demonios le pasaba?

  • Puede que me arriesgue.
  • ¿Sí? – Max se acercó más y se quedó a centímetros de sus labios. – Puede que yo también.

A Kenny se le escapó un suspiro. Estaban tan cerca que podía sentir el calor del otro en su piel. Solo tenía que moverse un poco para tocarlos. Solo un poquito de nada.

¿Qué le pasaba con ese chico? Le dejaba hacer lo que quisiera con él. Le permitía acercarse, tocarle… ¿Qué le pasaba?

Su corazón se aceleró cuando el otro eliminó la escasa distancia para besarle. Fue un beso tanteando terreno, temiendo una mala respuesta. Kenny respondió lamiéndole el labio y abriendo la boca para permitirle acceso al otro, que no tardó en profundizarlo con un ruidito de satisfacción.

Las manos de Kenny enmarcaron el rostro de Max, deseando más. Deseaba cogerle del cabello y tirar de él para acercarle más. Deseaba morderle en el cuello y marcarle como suyo, devorarlo.

Deseaba comérselo, beso a beso y no dejar que nadie le volviera a tocar.

Fue una sensación tan fuerte que le asustó.

Cuando se separaron por fin, Max tenia los labios rojos y brillantes y su excitación le estaba rozando la pierna a Kenny. Sin embargo, le sonrió con calidez y volvió a su sitio en la cama, dándole la espalda a los otros dos.

Kenny trató de recuperar el aliento y cerró los ojos.

¿Qué demonios le pasaba?

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