Rugidos del corazón. Capítulo 5.

Whitehorse era bastante más pequeña que Winnipeg.

Mucha menos gente, muchos menos locales y casas, aunque no le faltaba casi de nada. Lo malo que tenían las ciudades pequeñas era que un extraño resaltaba como un faro en una noche sin estrellas.

Así que no tardó en ser el foco de una atención no deseada, con la poca gente que estaba despierta atenta a él cuando solo llevaba allí una hora.

Su autobús llegó a la estación de Whitehorse de madrugada, cerca de las cuatro y Kenny se encontró sin saber muy bien donde ir o quedarse a esas horas y con aquel frio. Preguntó en información donde le confirmaron sus sospechas. No existía ningún transporte público que llegara a su destino final, Destruction Bay.

Salió, paseando la mirada, centrándose en encontrar una solución a su problema más acuciante.

Dónde quedarse mientras buscaba una manera de llegar a su destino final.

Lo único que encontró abierto fue lo que parecía ser una cafetería y restaurante de esas que servían las veinticuatro horas. El joven león se preguntó el por qué necesitaba una ciudad tan pequeña algo así.

Encogiéndose de hombros, se dirigió allí y entró al local. Era pequeño pero agradable, cálido y seco y, por increíble que pareciera, había dos mesas ocupadas con lo que parecían camioneros mientras una camarera cincuentona paseaba de una a otra con la jarra de café humeante, rellenando tazas.

Kenny se acercó tímidamente a la barra, donde la camarera, que acababa de regresar de servir café, le recibió con una amplia sonrisa.

  • ¡Buenos días, jovencito! – le saludó. – ¿Qué te pongo?
  • ¿Qué me recomienda? Estoy hambriento.
  • Tenemos un plato especial de beicon, huevos, salchichas y patatas fritas que es de lo mejorcito, si te apetece. Y hay café caliente. – el estómago de Kenny rugió solo de escuchar la carta.
  • Eso suena estupendo.
  • Pues ve a sentarte a una de las mesas y te lo llevaré en un ratito.

Kenny obedeció y se sentó en silencio en una de las mesas que quedaban vacías. A los pocos minutos, la camarera, cuya chapa identificativa decía que se llamaba Sarah, llegó con una taza y la cafetera y le sirvió una humeante taza de café solo. Notó como los otros clientes se le quedaban mirando, curiosos, cosa que le hizo sentir incómodo. Bajó la cabeza, evitando el contacto visual y, al poco, los hombres dejaron de observarle. Kenny suspiró, aliviado. No le gustaba ser el centro de atención.

Cuando la comida estuvo lista, Sarah se acercó de nuevo y le colocó el plato hasta arriba de comida caliente. Kenny sintió su estómago gruñir de pura hambre. Olía delicioso.

  • ¿Estás de paso, jovencito? Tienes pinta de estar cansado. – le preguntó ella, viendo divertida como atacaba la comida. – No mentías con lo de que estabas hambriento.
  • Acabo de llegar desde Alberta en el autobús. – masculló, entre bocado y bocado.
  • ¿Desde tan lejos? ¿Y qué se te ha perdido por aquí?

El chico consideró un segundo que contestar. No quería dar detalles a un extraño, pero tal vez la camarera supiera de alguna manera de llegar a su destino.

  • Nada, realmente. – respondió, finalmente. – Me dirigía hacia Destruction Bay, pero no hay autobuses que vayan allí. Imagino que tendré que ir andando. – Sarah le miró sorprendida.
  • ¿Piensas ir andando? ¿Con este tiempo? Está muy lejos y podría pasarte algo. – Kenny sonrió.
  • Es importante para mí llegar allí.

La campanilla de la puerta sonó, al abrirse y la camarera desvió la mirada hacia la entrada. Se disculpó con la mirada y se marchó a atender al cliente que acababa de llegar.

Kenny siguió comiendo, disfrutando de la primera comida decente que tenía en días. En el albergue había comido bien, pero no estaba tan rica como esa ni de cerca. Y, por suerte, era barata.

Cuando hubo acabado con su plato, un tipo grande se sentó frente a él, llevando dos tazas de café. Dejó una frente a Kenny y empezó a tomarse la suya, observándole fijamente. El león se quedó congelado en el sitio y sin saber muy bien cómo reaccionar. Su olfato le decía que ese tipo era un lobo, pero no parecía estar buscando problemas.

O eso esperaba.

El hombre, o lobo, era grande, vestido un pantalón oscuro, botas y un pesado abrigo gris. Su cabello rubio oscuro estaba cortado al estilo militar y sus ojos azules chispeaban divertidos al notar su escrutinio.

  • Así que quieres ir a Destruction Bay. – dijo, simplemente, tomando su café. Kenny cogió su taza y le imitó. – ¿Puedo saber a qué?
  • ¿Puedo saber quién lo pregunta? – preguntó de vuelta.

El lobo sonrió complacido.

  • Me llamo Ronald y soy el sheriff de Destruction Bay. Me interesa por cuestiones laborales. – respondió con una risita. – No eres el primero ni el último que intenta llegar. Ese lugar es un refugio por una razón muy importante y no todos pueden pasar. Así que… ¿Qué se le ha perdido a un león por esta zona y por qué quieres ir a mi ciudad?

Kenny suspiró, considerando si debía o no contar toda su historia a ese lobo. Intuía que, si no lo hacía, no iba a permitirle llegar a la ciudad y entonces, ¿qué iba a hacer?

Respiró hondo.

  • Pertenezco a la manada de Winnipeg y he sido desterrado. – el sheriff silbó, sorprendido.
  • He oído algo de lo ocurrido allí. ¿Tú eres el hijo del Alfa? Te han acusado de intentar asesinarlo.

El chico maldijo por lo bajo. ¿Le habían acusado frente la ley humana?

  • Alguien en quien yo confiaba me utilizó para entrar en casa y fui tan estúpido como para creer en sus mentiras. Solo quería robar unos documentos. Mi padre nos sorprendió, cuando esa persona se disponía a matarme y le disparó a él a cambio. Mi madre consiguió que el Consejo solo me desterrara y marcara.

El lobo se pasó una mano por el cabello con gesto serio.

  • Vaya… siento escuchar eso. Siempre he pensado que las normas de los leones eran demasiado estrictas, pero… ¿quién soy yo para opinar de las costumbres ajenas? No sé si es buena idea que vayas a la ciudad.

Kenny palideció, sus peores temores convirtiéndose en realidad. Si no le aceptaban allí, no tenía ni idea de qué iba a hacer. Se sentía demasiado perdido como para pensar en otras opciones en ese momento.

  • ¡Por favor! Ahora mismo no tengo adónde ir. Solo necesito un lugar donde estar mientras pienso que voy a hacer. No pienso quedarme.
  • Nadie se queda para siempre, chico. – Ronald sonrió triste. – Pero entiendo tu situación, créeme. Tengo que consultarlo con el alcalde, pero te llevaré allí. Puedes quedarte en la granja mientras deciden si te permiten o no vivir ahí más permanentemente.
  • ¿En serio?
  • En serio. Pero te lo advierto, si el alcalde Connor decide que no puedes quedarte, tendrás que marcharte sin formar jaleo. ¿De acuerdo?
  • Sin problema. Lo prometo. Solo quiero una oportunidad. – Ronald se levantó, dejando su taza vacía sobre la mesa.
  • Aún tengo que hacer unos recados, pero no tardaré demasiado. Pídele a Sarah un segundo plato. Vendré a recogerte en una hora.

Fiel a su palabra, Ronald regresó una hora después al restaurante. El viaje en coche, con las primeras luces del amanecer, fue tranquilo y silencioso. La carretera estaba llena de hielo y había que permanecer muy atento para no tener un accidente.

Tres horas más tarde, comenzaron a ver la silueta de una pequeñísima ciudad y pasaron de largo una señal de tráfico que anunciaba la entrada al territorio de Destruction Bay, de cincuenta y cinco habitantes.

Cincuenta y seis, pensó Kenny, si le admitían. Al menos, temporalmente.

Atravesaron la ciudad en cuestión de minutos, así de pequeña era. Vio una diminuta tienda de conveniencia, una gasolinera, una cafetería, un par de tiendas más de ropa, una ferretería, la funeraria…

Ronald siguió conduciendo hasta salir de nuevo a campo libre, donde se veía una especie de granja grande, rodeada de prados. Y hacia allí se dirigió.

Al detener el coche frente a la entrada, un hombre corpulento y de cabello gris, vestido con vaqueros y una camisa roja de franela salió a recibirles. Kenny le vio fruncir el ceño cuando le vio.

  • Veo que me traes algo más que los picos que te pedí. – Ronald rio y se giró hacia Kenny.
  • Chico, ¿por qué no te das una vuelta mientras yo habló con Edgar un minuto?

Kenny sabía perfectamente cuando le estaban despachando. Alzó las manos en señal de paz y se dio media vuelta para dar un paseo por los terrenos. Había un corral en el exterior, donde acababa de entrar un rebaño de vacas y se acercó a verlas.

El olor a estiércol, hierba pisoteada y a lluvia era intenso. En Winnipeg no había mucha contaminación, pero el aire no era ni de cerca tan puro como ahí. Seguía siendo una ciudad grande con demasiada gente y coches.

Allí, en mitad de ninguna parte y rodeados de campo y animales, Kenny se sintió un poquito mejor. No feliz, pero no tan triste como cuando todo ocurrió. Todavía sentía su corazón roto, pero no lo veía todo tan negro. Tal vez, incluso pudiera considerar rehacer su vida.

Pero eso sería si le permitían quedarse allí, claro.

Intentó ser educado y no prestar atención a la conversación. Podría oírla, si quisiera, pero no le parecía bien. Un rato más tarde, Ronald le hizo un gesto para que se volviera a acercar.

  • Kenny, te presentó a Edgar Connor, alcalde de la ciudad. Esta es su granja y te vas a quedar aquí un tiempo.
  • Oh… no puedo aceptar eso. No quiero ser una molestia.
  • No vas a serlo. – repuso Edgar, serio. Su voz era autoritaria y ronca, de esas que no aceptan que les lleven la contraria si daba una orden. – Vas a trabajar para pagar tu estancia. Necesito una mano más en la granja, que me ayude con algunas tareas. No va a ser fácil. Así te podre vigilar más de cerca, para asegurarme de que no das problemas.
  • No voy a darlos, señor. Gracias. – Edgar le miró intensamente, como si intentara averiguar si mentía o no.

Kenny notó pronto algo curioso en ese hombre. No era humano del todo. Había un aura de magia a su alrededor que olía a especias y menta.

Él ya había olido algo así una vez, cuando una bruja pasó por Winnipeg y su madre le advirtió que nunca se cruzara en su camino.

Así que el tal Edgar era un brujo… interesante.

El sheriff se despidió de ellos y Edgar le indicó que le siguiera al interior de la casa. Esta era muy cálida y confortable, casi toda de madera y muy bien cuidada.

  • Apareces en un momento algo complicado, la verdad. – confesó Edgar, mientras le guiaba al piso superior de la casa. – Hace poco que hemos aceptado a dos hermanos lobos algo problemáticos. Vienen bastante heridos, de cuerpo y alma. Pero Ron tiene razón. No podemos hacernos los ciegos y sordos a lo que te ha ocurrido. No ha sido justo.
  • Veo que las noticias vuelan. – replicó Kenny, con una mueca.
  • Aunque a los de tu raza no les guste, sí. Y las malas son las que más corren. Pero no te preocupes, nadie, salvo Ron y yo, sabemos del asunto. Y no tienes que compartirlo si no lo deseas.
  • Gracias.

Edgar abrió la puerta de la habitación al final del pasillo y Kenny pudo ver un pequeño dormitorio, con una cama que parecía cómoda y un pequeño armario.

  • Todos los de aquí, en algún momento, hemos metido la pata o nos hemos cruzado en el camino de la persona equivocada. – comentó, invitándole a entrar en la habitación. – La mayoría están escondiéndose de La Orden, así que la primera norma que debes conocer es la de no llamar nunca la atención. No hagas jamás algo que atraiga atención exterior a la ciudad. Esta protegida, pero nada es infalible.
  • Comprendo. Créame, yo tampoco quiero ninguna atención hacia mí.

Edgar parecía que quería decir algo más, pero se lo calló.

  • El baño está en el pasillo, a la derecha. Date una ducha caliente y ponte algo limpio. Luego comeremos y te iré contando cuales van a ser tus tareas. Todavía puede ser que te arrepientas de quedarte conmigo

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