Rugidos del corazón. Capítulo 1.

(Ese es el título provisional porque, si, después de dos años y sumando aún no le he puesto título al borrador. Poner títulos se me da fatal y lo odio…)

Como tengo medio borrador corregido he decidido irlo subiendo aquí y a mi Tumblr. Hasta donde está corregido queda bien, así voy tanteando si gusta o no. Espero comentarios cuando la historia avance.


Capítulo 1.

«Una mala decisión puede arruinar tu vida.»

Kenny había escuchado decir esa frase muchas veces a su padre, pero nunca pensó que fuera cierta hasta que le ocurrió a él.

Pero siendo un joven león a punto de cumplir su mayoría de edad era normal que se creyera intocable.

Los leones como Kenny eran una variante más del cambia formas, como los lobos, los tigres o los zorros. Seres que nacían con la capacidad de pasar de una forma a la otra sin problemas, más animales que humanos en muchos sentidos. Desde hacía siglos, vivían sin ser notados en ciudades y pueblos.

Los lobos eran la versión más común, tanto que se habían colado en la mitología humana. Lobos rebeldes o enfermos que se volvían descuidados o indiscretos frente a los humanos creando las leyendas sobre hombres lobos.

Los leones, sin embargo, eran mucho menos sociables. Vivían entre los humanos, pero sin mezclarse y casi sin relacionarse con ellos, ya que, al principio, estaba terminantemente prohibido.

Así pues, existían manadas de leones por todo el mundo aunque en un numero bastante más pequeño que sus primos los lobos. Sus antiguas y estrictas costumbres empezaban a hacer mella en su número ya que les prohibían mezclarse con otras razas.

Por suerte, algunas manadas empezaban a ser más flexibles. En la zona de California y más al sur, las familias de leones habían empezado a emparejarse con humanos e, incluso, otras razas mágicas.

Pero en el norte aun no llegaba esa idea. Ahí, en Winnipeg, Manitoba, las cosas seguían exactamente igual que hacía siglos.

Y Kenny estaba muy aburrido de ello.

Siempre veía y hablaba con las mismas personas y de los mismos temas. Día tras día.

Para alguien con la mente inquieta del león eso era una tortura. Estaba deseando que llegara su cumpleaños para poder salir de allí y marcharse lo más lejos posible.

La única costumbre antigua de su raza que el joven encontraba interesante decía que cuando un león cumplía la mayoría de edad debía salir en un viaje buscando a su pareja definitiva y formar su propia familia, lejos de la de nacimiento. Una costumbre ancestral para evitar luchas territoriales y que se remontaba a los años cuando los leones eran mucho más numerosos.

Kenny no veía la hora de coger su coche y desaparecer de ese lugar. Iría al sur, bien lejos del frio de Canadá. Pasaría la frontera y conduciría hasta llegar a la playa. Nunca había visto el mar y deseaba poder bañarse en aguas cálidas y pasear sin camiseta.

Cuando ya tuviera su pareja, algo que no dudaba tardaría poco en suceder, se establecerían en una zona como Texas o Montana. Ambas opciones le apetecían mucho, ya que quería zonas abiertas y campo. No quería más ciudades grandes que le producían claustrofobia.

No. Cuando encontrara a su pareja se irían a un sitio con mucho espacio libre. Le daba igual si era bosque, desierto o playa. Él solo deseaba kilómetros y kilómetros de espacio para correr.

Un lugar donde hubiera espacio para convertirse y que nadie les descubriera.

Aunque a Kenny no le gustaba demasiado convertirse en león. Los leones no necesitaban convertirse cada cierto tiempo, como les ocurría a los lobos. Era algo que se hacía por comodidad, no por necesidad. 

Pero a Kenny no le hacía gracia recordarse que no era humano. Si, ser un león tenía muchas ventajas, como la visión, el olfato, la fuerza. Pero también muchas desventajas, como la limitación a relacionarse con los demás a causa de su condición.

Sus padres, ambos los alfas de la familia y, por tanto, quienes dirigían su pequeña manada de la ciudad de Winnipeg, eran bastante estrictos. Solo le habían tenido a él, algo muy poco común en su raza, ya que lo normal era que las leonas tuvieran trillizos o gemelos. Pero, por algún motivo, su madre solo le tuvo a él.

Ser hijo único le brindó una infancia muy solitaria y sus padres no pudieron impedir que hiciera amistad con los humanos con los que compartía estudios.

Pero, claro, no le permitían participar en las actividades deportivas ya que su agilidad y fuerza destacaría sobre la de los otros niños y le descubrirían.

A pesar de todo y de su disconformidad, Kenny pudo estudiar en un colegio e instituto humano. Ahora, sus amigos se preparaban para ir a la universidad mientras él pensaba en el viaje que debía emprender en unos meses.

Un par de meses antes de su cumpleaños, su amigo Adam le invitó a la fiesta que celebraba antes de empezar la universidad. Kenny no era muy aficionado a esa clase de fiestas porque sus amigos siempre intentaban que bebiera y él detestaba el alcohol.

Aún así asistió, ya que esa sería una de las últimas ocasiones en las que vería a sus amigos antes de partir él también.

Y fue allí donde le conoció.

Estaba en la mesa de las bebidas sirviéndose un refresco cuando vio por el rabillo del ojo a un tipo grande con traje ponerse a su lado. Sus amigos eran más de usar vaqueros y sudaderas, así que un traje en esa fiesta era algo que llamaba mucho la atención. 

Kenny le echó un discreto vistazo. El tipo parecía algo mayor que todos los que estaban ahí. Su traje era gris oscuro de tres piezas, con una camisa blanca y una corbata morada que llevaba con el nudo flojo, como si no se decidiera si quitársela del todo o no.

Kenny se giró para poder observarle mejor. Era más o menos de su estatura, con el cabello corto pintado de rubio y los ojos azul oscuro. Muy atractivo y con aire elegante que no provenía únicamente de la ropa.

Kenny no podía considerarse así mismo feo. Sabía que era bastante guapo. Casi metro noventa, con una larga melena rizada rubia y los ojos celestes. Muchas chicas le consideraban simpático y con una bonita sonrisa.

Pero al lado de ese tipo se sintió muy poquita cosa. Y cuando este le miró y le sonrió, sintió arder las mejillas de vergüenza al ser atrapado comiéndoselo con los ojos.

– ¡Hola! Soy Cody, amigo de Allen, que es amigo de Adam… y, bueno… ¿Qué tal? – Kenny se sintió un poco mejor al verlo tan incómodo. Y menos intimidado.

– Encantado, Cody. Soy Kenny, amigo de Adam y Allen. No pareces que hayas estudiado con ellos. – añadió, señalando su ropa. – ¿De qué los conoces, si se puede preguntar?

– Trabajo como becario en la firma de abogados del padre de Allen. Él se suele pasa por allí a saludar a su padre y este nos presentó. Hoy me comentó si me apetecía pasar un rato agradable en la fiesta de un amigo y acepté.

– Si, eso suena como Allen, siempre mirando por los demás. – contestó Kenny con una sonrisa boba. Le gustaban mucho los ojos de ese Cody. Eran celestes y muy bonitos.

– ¿Qué bebes? ¿Te apetece una cerveza? – Kenny negó.

– No, no bebo alcohol. Solo refresco.

– ¿Y eso? ¿Alguna razón en particular?

– No me gusta el sabor. – mintió, encogiéndose de hombros. No conocía a ese chico como para contarle la verdadera razón.

Cody rio por lo bajo y se acercó a él. Kenny se quedó congelado, como un ciervo que ve acercarse los focos de un coche hacia él y no puede moverse para esquivarlo. El otro alargó la mano y le apartó un mechón de la cara, la yema de sus dedos rozándole la mejilla.

– Oye, no conozco a casi nadie aquí y tú pareces simpático. ¿Te apetece salir de aquí e ir a comer una pizza ahí enfrente?

– Uh… claro… estaría bien.

Sin que nadie se diera cuenta se escabulleron de la fiesta. La verdad era que estaba tan llena de gente que su marcha pasó desapercibida.

Justo frente al edificio de Adam se encontraba la pizzería D-Jays, conocida en toda Winnipeg por sus enormes y sabrosas pizzas. Se sentaron en una mesa apartada en un rinconcito tranquilo y pidieron dos pizzas. Kenny se pidió una The Jericho, Cody una Nº1 y comieron y hablaron durante casi toda la noche.

Las horas volaron, mientras se contaban todo y nada y los camareros se vieron en la obligación de llamarles la atención porque el local iba a cerrar y ellos seguían en su mesa.

Al salir, Cody se ofreció a acompañarle al coche porque era tarde. Y, aunque Kenny lo veía ridículo, accedió porque le pareció un gesto muy dulce.

De camino al coche Cody le cogió de la mano y no le soltó hasta que tuvo que buscar las llaves. Cuando ya tenía la puerta abierta y se disponía a entrar, el otro le agarró de nuevo de la mano y tiró de él hasta tenerle casi en sus brazos. Kenny se quedó muy quieto, sin saber muy bien cómo responder a eso. Él era un alfa, solía ser el dominante siempre. No estaba acostumbrado a ser manejado por nadie.

– Me lo he pasado muy bien. ¿Puedo… puedo verte de nuevo? – le preguntó Cody con voz incierta. Y esa duda en su voz borró todas las que él mismo tenía.

– Claro. Eso me gustaría.

Con una sonrisa lobuna, Cody se acercó más y le besó en los labios. Solo un roce, pero le hizo sentir un cosquilleo desde los dedos de los pies hasta la cabeza.

No era su primer beso, pero jamás había sentido algo así al dar o recibir uno. ¿Por qué era eso?

Cuando se separaron, Kenny sentía arder sus mejillas y, al ver el brillo en los ojos de Cody, se le escapó un suspiro.

Mientras conducía hacia su casa, después de haberle dado su número al otro, se preguntó qué estaba haciendo.

Cody era humano y él se marcharía en un par de meses de viaje, cruzando la frontera y largándose bien lejos de allí.

¡No podía tener una relación ahora!

Y su familia nunca aceptaría que saliera con un humano.

¿Para qué molestarse?

Se rozó los labios, aun calientes por el beso y sonrió.

Si… ¿para qué molestarse?

Pero si le llamaba para tomar un café, ¿Qué mal había en eso?

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